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Primera parte|
|de la recopilación historial resolutoria de Santa Marta
y Nuevo Reino de Granada de las Indias del Mar Océano, en la cual
se trata del primer descubrimiento de Santa Marta y Nuevo Reino, y
lo en él sucedido hasta el año de 68; con las guerras y fundaciones
de todas las ciudades y villas de él. Hecho y acabado por el
reverendo padre fray Pedro de Aguado, fraile de la orden de San
Francisco, de la regular observancia, ministro provincial de la
provincia de Santafé del mismo Nueva Reino de Granada; el cual va
repartido en 16 libros.
Dirigido a la S. C. R. M. del rey don
Felipe, nuestro señor segundo de este nombre
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1.
A la S.C.R.M. Don Felipe segundo de
este nombre, rey de las Españas, monarca universal del Nuevo Mundo.
Fray Pedro Aguado, fraile menor, y el menor y más humilde de todos
sus criados, salud y gloria inmortal desea.
La necesidad natural ha enseñado, S. M., a los hombres de poco
ser, para ser algo, y para que se eche menos de ver su menos ser,
ampararse de quien con el valor que Dios les comunicó, y con el que
han adquirido por sus personas, quedando su ser entero, puedan dar
valor y ser a los que tuvieren la necesidad que yo tengo de él, y
porque nadie en la tierra le puede dar a mi persona ni a mis
trabajos sino sólo V. M. ni a otro esta historia y verdadera
recopilación se debe: pareciome fuera desatino, aunque sea
atrevimiento, no procurar lo que el derecho me da y la necesidad me
pide, y puesto caso que yo conozca la pobreza y penuria que tenga
de favor: para que no se eche de ver lo poco que soy, no pretendo
con el de V. M. ilustrar mi nombre ni engrandecer mi fama, sino que
esta relación que procuro dar de las cosas que he visto con los
ojos y tocado con las manos, y con tanto cuidado he sacado a luz,
sea amparado y favorecido, para que tenga el ser que es necesario
para ser vista con amor y leída con afición, pues con ella yo no
pretendo sino hacer lo que debo como cristiano y fiel servidor de
V. M.; porque en el discurso de quince años, los mejores de mi
vida, que me empleé en la predicación y conversión de los
idólatras, que como bestias vivían en el Nuevo Reino de aquellas
Indias en servicio del demonio, entendí por muchas cédulas que vi
de V. M. el celo que tiene tan católico del aprovechamiento y
conversión de aquellas ánimas, con el cual no solamente provee de
personas eclesiásticas y seglares, para que las unas en el
ministerio de la justicia y las otras en el de las conciencias,
pongan en ejecución lo que con tanta cristiandad y tan costosos
medios V. M. procura, que es la multiplicación de los cristianos y
aumento de la Iglesia, y fe de ella; he visto también que con mucho
cuidado muchas veces ha enviado a mandar le avisen de los ritos, y
ceremonias y sacrificios con que aquella gente por industria de sus
jeques y mohanes sirven a los demonios como a sus dioses, y las
demás cosas que pasan en deservicio de Dios y desacato de la corona
real, para proveer en ello lo que convenga a la gloria de Dios
nuestro Señor y al servicio de la majestad católica; y por
parecerme que nadie puede mejor que yo quitar el deseo de V.M. por
no haber puesto ninguno aquel trabajo, ni tenido aquel cuidado que
para semejante aviso era necesario, me determiné en el presente
discurso, aunque a mí no se me mandaba, obedecer a V. M. haciéndole
este pequeño servicio y ofrecérsele como verdadero, por haber sido
testigo de vista, y halládome a todo o a la mayor parte, presente
en los trabajos que los españoles han pasado en el Nuevo Reino de
Granada, donde yo he vivido; bien veo que para hablar a V. M. tenía
necesidad de otro ingenio que el que aquí mostrare, y de otro
estilo que el que aquí hablare, pero si el ingenio es torpe y el
estilo tosco, el deseo es vivo, y la voluntad limada, que supliendo
la falta que tanto descubre la mía, suplico a V. M. con la humildad
que debo, reciba este servicio con la clemencia y amor que suele
recibir a los que con mayor amor le desean servir, pues ninguno en
esto me puede hacer ventaja; en premio del cual, aunque no ha sido
pequeño trabajo, no quiero otra cosa sino entender ha sido grato a
V. M., pues con esta esperanza he podido tener menos dificultad en
acabarle, si pareciere atrevimiento, ninguno puede ser mayor que
dejar de emprender los hombres cosas grandes y dejar de tratar con
personas grandes, en especial si trata cosas de su servicio y por
ser este mi intento, está mi culpa fuera de pena.
Vasallo y capellán de V. C. R. M. que sus reales manos
besa.
Premio al lector
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La obra más señalada y más heroica que Dios hizo cuando
hizo el mundo fue criar al hombre, retrato y semejanza de su divino
ser, y señor universal de todo lo creado, al cual, por haber de ser
idea de todas las cosas que el mundo tenía, y por haber de
resplandecer en él más que en otra criatura el poder y sabiduría de
Dios, no confió su creación a los elementos como les confió la
creación de las demás cosas, sino determinó que las Tres Divinas
Personas, juntas en una voluntad, cada una le diese lo que era
necesario para ser hechura y obra de tan soberano Artífice, con lo
cual también le dieron sabiduría para que supiese elegir lo bueno y
apartarse de lo malo y para que con ella supiese hacer la voluntad
de su Señor y proveer en las cosas que a su dignidad y estado
convenía, en testimonio de lo cual le mandó Dios que pusiese nombre
a todas las cosas animadas, y púsole tan al justo y natural, que
aprobándole la sabiduría divina, dijo el nombre que puso Adán es el
propio y el que a cada una le conviene, pues con él abraza la
calidad y propiedad de la cosa que nombra. Duróle tan poco esta
merced que Dios le había hecho y súpola tan mal conservar, que
obedeciendo al demonio y traspasando el precepto divino, no
solamente dejó de ser sabio, pero fue por ignorancia comparado a
las bestias, y fue semejante a cualquiera de ellas; verdad es que
aunque Dios le castigó con tanta justicia, y su pecado mereció
tanto rigor, hízolo con tanta misericordia que le dejó el deseo
natural de saber lo que con ignorancia había perdido, y de lo que
por el pecado había sido despojado; y porque esto no se puede hacer
aunque más solicitud se ponga, con la brevedad de vida que el
tiempo nos concede, por ser tan poca que no pasa de setenta años, y
si más se vive es con dolor y trabajo; proveyó la divina
misericordia que la industria humana hallase remedio para poner en
ejecución su deseo, dando los hombres presentes noticia a los que
en los siglos venideros vinieren, de las cosas de fama o infamia
que en los suyos sucediesen, y de aquí es que los que ahora vivimos
sabemos lo general y mucho de lo particular que ha sucedido desde
la creación del mundo hasta nuestros tiempos, y esto con tanta
certidumbre como si presentes nos halláramos; porque los escritores
divinos y curiosos historiadores tuvieron particular cuidado de
darnos el aviso que bastaba aquietar nuestro deseo y corregir
nuestras vidas, por ser las cosas pasadas, o tan acompañadas de
virtud o tan vestidas de vicios que basten a enseñar a los que las
oyeren, lo que basta para abrazar la virtud y huír el
vicio.
Y por ser la historia y lección de las escrituras un ejemplo tan
vivo de hombres virtuosos o viciosos, y una escuela de cosas
señaladas y prodigiosas, pareciome que con justicia pudiera ser
reprendido si fuera negligente en semejante trabajo, por faltar
quien así le pudiera sacar a luz y por dar con él a los siglos
venideros verdadera noticia de la memoria y fama de mis naturales,
por cuyo trabajo y aventajados hechos, es el valor de la Majestad
Católica temido, su esfuerzo y ánimo en todo el mundo celebrado, la
santa madre Iglesia aumentada y el nombre y gloria de nuestro
Redentor Jesucristo conocida; y pues nuestros antepasados no
hallaron otro remedio para enseñar a los que ahora vivimos y a los
que vivirán después de nosotros, la soberbia de los babilonios, el
pecado de los sodomitas, la ingratitud de los hebreos, la idolatría
de los egipcios y la sabiduría de los griegos, sino la escritura,
por ser ella el dibujo más cierto donde se esculpieron la fortaleza
de Héctor, la crueldad de Pirro, las mañas de Ulises, la sed de
Alejandro, el valor de César, la justicia de Trajano y las virtudes
de otros muchos varones a quien el mundo, por sus prodigiosas
hazañas y heroicas obras, el día de hoy tiene particular respeto; y
así fue cosa justa y necesaria ocuparme en semejante ejercicio, no
solamente porque no quedasen sepultadas las cosas que en la
presente historia con tanta necesidad se verán escritas, por el
amor que tengo a mi propia patria, que ha sido la que con tanta
franqueza, como madre, ha proveído al Nuevo Mundo de gente que, por
fuerza o por industria, ha traído a los moradores que en él como
bestias vivían en servicio del demonio, unas veces con armas, otras
veces con doctrina al conocimiento de Dios y al yugo de la fe; y
porque obras tan señaladas no pueden dejar de animar a los que en
semejante ejercicio quisieren emplear sus personas, pues no es de
menos nombre que lo que más nombre ha dado a los que el día de hoy
más fama tienen, porque tan aventajados trabajos y tan merecidos
premios no quedasen en las tinieblas que han quedado otras cosas de
mucho lustre, que en nuestra España han sucedido, no es fuera de
razón darle la honra que como a madre debo, y perpetuar la memoria
de sus hijos que también la tienen merecida; pues vemos que con sus
aventajadas plumas Tito Livio renueva cada día la de los romanos;
Suetonio, la de los Césares; Herodoto, la de los reyes de Egipto;
Frigio, la de Troya; Fretulfo, la de los asirios; Polibio, la de
los ptolomeos, y así podríamos decir de otros muchos que han sido
despertadores de los hechos y dichos de muchos varones ilustres que
el tiempo, como voracísimo comedor, con sus muertes trabaja
consumir.
Bien veo que algunos, o con envidia o con algún otro color que
buscaron para dorar su intención, podrían decir es fuera de mi
estado y profesión ocuparme en escribir historias y dar cuenta de
vidas ajenas, por parecerles fuera más justo, siendo la vida tan
breve, la muerte tan incierta y mi hábito de tanta perfección,
ocuparme en el oficio apostólico y evangélica predicación entre
gente tan tierna en la fe y tan dura en la idolatría, pues este era
el mejor aparejo que podría hacer para acabar mi vida y dar cuenta
a Dios de mis pecados; pero quien con claros ojos y desapasionada
voluntad revolviere mi libro me hallará fuera de culpa, porque
hallará en él cómo no solamente me he ocupado en la conversión de
esta miserable gente, procurando el aumento de su cristiandad, con
muchas vigilias y con ordinarios trabajos, sino como a gloria y
honra de Dios, de quien nos viene toda suficiencia, virtud y
bondad, como de verdadera fuente, por espacio de quince años no ha
habido religioso, en las partes adonde a mí me cupo la suerte, que
con más cuidado haya servido a la Majestad Divina y haya procurado
el aumento de la Iglesia.
Bien veo que la gente donde yo me ocupaba en este ministerio es
gente que, o por los malos ejemplos de los españoles, o por el poco
cuidado con que son doctrinados, o por el excesivo trabajo con que
los molestan los que van de España, no ha recibido el provecho que
fuera razón ni se ha hecho en ellos el fruto que fuera justo,
habiendo tanto tiempo que tiene noticia de la doctrina evangélica;
pero consuélome que soy uno de los que con mayor frecuencia y con
mayor cuidado, y no se diga el que más, se ha ocupado en aquellas
partes en sembrar la semilla apostólica, que por la misericordia de
Dios hace y espero que hará fruto de ciento; y no es pequeña
lástima, ni pequeña compasión que siendo la mies tan grande y el
campo tan fértil, sean los obreros tan pocos y tan descuidados, en
especial habiendo la santa madre Iglesia romana, y en su nombre el
Papa Alejandro, de gloriosa memoria, cometido y encargado en el
tiempo que los católicos reyes de España, Don Fernando y Doña
Isabel, la gobernaban, la predicación y conversión de aquellas
gentes a los dichos reyes y sus sucesores, dándoles en señal de
premio el dominio temporal de aquellos reinos; bien creo yo que si
sus personas se pudieran hallar presentes, que con más cuidado y
con menos trabajo, y aun con menor ofensa de Dios, se hiciera mayor
fruto en la viña del Señor; pero pues no puede ser, por ser los
hijos de Adán tal mal inclinados, no tenemos de qué maravillarnos,
cuando entendiéremos se hace menos de lo que sería justo. Con todo
esto confieso no me he aprovechado lo que debía aprovecharme de los
monásticos ejercicios, que tan ordinarios en nuestra sagrada
religión tenemos, ni de las inspiraciones divinas que de la mano de
Dios tengo recibidas para dar cuenta de mi alma, cuando parezca el
día de mi muerte delante la Divina Justicia; pero también confieso
que la relajación y tibieza de que puedo ser acusado, no me ha
provenido por la ocupación que he tenido en recopilar esta
historia; parte porque los ratos que la necesidad natural me
compelía recrearme para vivir, me ocupaba en escribir y recopilar
las cosas que más necesarias me parecían, parte porque un religioso
de mi orden que se llamaba fray Antonio Medrano tenía comenzado
este trabajo, por cuya muerte se quedará por salir a luz, el cual
murió en la jornada que el adelantado don Gonzalo Jiménez de
Quesada hizo desde el Nuevo Reino al Dorado, por ir en compañía
suya con celo y ánimo de convertir almas y dar a la Iglesia nuestra
madre nuevos hijos; de manera que el que quisiere ocupar su lengua
en reprenderme como a negligente, me hallará con menos culpa de la
que es necesaria para ejecutarme la pena.
No quiero tampoco que se deje de entender la mucha parte que
tengo, si tengo de decir verdad, en el trabajo de este reverendo
padre, pues no me costó a mí poco al principio despertar muchas
cosas y recopilar otras para hacer de todas ellas un cuerpo y un
discurso, y lo que de él restaba procuré perfeccionar, después de
cumplir con la obligación que tenía al oficio y gobierno de mi
provincia, y esto procurando no hacer en él ninguna falta. Si todo
esto no basta para dejar de condenarme, consuélome que otros muchos
santos de muy escogido y aventajado espíritu, han tenido semejante
ocupación, gastando en ella mucha, o la mayor parte de su vida; y
pues ellos, estando llenos de Dios tuvieron este ejercicio por
bueno, no sé yo por qué se podrá decir ser en mí digno de
reprensión, teniendo yo en escribir la intención y fin que ellos
tuvieron, sino es por faltarme a mí el espíritu y santidad de que
ellos estaban tan bien proveídos; pero si esta mi falta, sé que no
me falta la gana de acrecentar a servir a Dios y de despertar los
ánimos de los buenos cristianos, y animosos soldados, para que
vayan a emplear su vida en jornada tan católica, pues al fin de
ella le tiene Dios aparejada la corona de la gloria.
Aunque el proceso de esta historia parece algo largo, será
sabroso al gusto del lector.
Va esta primera parte repartida en diez y seis 2 libros, porque
sea menos penosa, en los cuales se trata del principal intento, el
descubrimiento de Santa Marta poblada en tierra firme, ribera del
Mar Océano, que fue principal causa de descubrirse el Nuevo Reino
de Granada en el cual ha habido y hay tanta abundancia de riquezas
y tan escogidos tesoros espirituales y corporales, que ninguno se
ha descubierto que le pueda hacer ventaja. Los espirituales son
tantos, por tener el demonio las almas de tantos indios ocupados en
su servicio con tan diversos ritos y tan infernales ceremonias, que
parecía imposible apartarlas de su voluntad, lo cual se ha hecho no
con pequeño trabajo, ni con pequeño favor de Dios, en algunas
partes de aquella tierra, y así espero se hará en todas; de manera
que podemos decir que no es pequeña riqueza ganar las almas que
estaban perdidas, habiendo Cristo dado por ellas la vida en precio
a su Padre. Las corporales de que los hombres tienen tanta sed, son
tantas que con dificultad se podrá creer lo que de ellas se dijere.
¿Quién podrá decir el mucho oro que allí se ha hallado, la mucha
cantidad de piedras y esmeraldas, que aunque en los siglos pasados
eran de tanta estima, en los nuestros, por la mucha abundancia que
se ha hallado de ellas, han venido a ser de poco valor? Todo esto
he dicho para que a los que no llevare en aquella tierra el deseo
de ocuparse en la conversión de los infieles, los lleve la codicia
de los bienes. Trata también de la fundación y poblaciones de las
ciudades Santafé, Tunja, Vélez y todas las demás ciudades y villas
que en el Reino se han edificado, desde su principio hasta nuestros
tiempos. Otras conquistas y poblaciones que se han hecho, y van
haciendo en este Reino, se dejan para la tercera parte de esta
historia, con otras muchas cosas no menos dignas de memoria que las
aquí puestas.
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1
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En la "tabla" conservada en Sevilla no existia originariamente
un título para la obra. Como tal sólo se lee: "Tabla del presente
libro" y abajo se agregó con letra y tinta distinta: "Hecha por
Fray Pedro Aguado"; y más abajo las palabras "Libro primero", con
tinta y letra diferente de las anteriores.
En el espacio en blanco que dejó el amanuense entre el título
("Tabla del presente libro"), que esta escrito en la parte superior
de la primera hoja, y el capítulo primero que comienza en la parte
inferior, hay un resumen comenzado y tachado, cuyo texto reza:
|...En el presente libro de la Recopilación Historial de
Santa Marta y Nuevo Reino de Granada se contienen diez y siete
libros y epetomios (por epítomes)...
En el mismo espacio hay otro resumen tambien tachado, que dice
asi:
|Primera parte de la Recopilación Historial de
Santa Marta y Nuevo Reino de Granada que trata de su descubrimiento
y poblazón, con las conquistas y fundaciones de todas las ciudades
y villas que hasta este tiempo se han poblado de españoles en él;
escrita y compuesta por el Padre fray Pedro Aguado, de la orden de
San Francisco, ministro provincial de la Provincia de Santafé, en
el Nuevo Reino de Granada, dirigida...
Sobre estos renglones aplicaron con lacre un trozo de papel,
hoy desprendido, donde se lee un título que no esta tachado y cuyo
texto es el siguiente:
|Tabla de la primera parte de la Recopilación
Historial de Santa Marta y Nuevo Reino de Granada, que trata de su
descubrimiento y poblazón, con las conquistas y fundaciones de
todas las ciudades y villas que hasta este tiempose han poblado de
españoles, hecha por Fray Pedro Aguado, maestro provincial del
dicho Reino, de la Orden de San Francisco.
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2
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La palabra "seis" está colocada entre lineas y reemplaza a
|siete, tachada en el texto original del manuscrito. Esta
enmienda se debe a la circunstancia de que la "Recopilación" tuvo
primitivamente diez y siete libros, reducidos luego a diez y seis.
Vease nota 1 al libro 5º.
Tanto esta corrección como las otras que seguiremos
reseñando son añadiduras al texto original, hechas por mano y con
tinta diferentes, aunque no lo anotemos en cada caso. Estas
añadiduras son de diferentes autores y su identificación es poco
menos que imposible dada la diversidad de rasgos que ofrecen las
distintas correcciones.
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