INDICE





PREÁMBULO

CAPÍTULO I
Salamina o la revolución de 1840

CAPÍTULO II
Don Trifón Molano. El Colegio del Rosario, Los Jesuitas y el Ilustrísimo señor Mosquera

CAPÍTULO III
El 7 de marzo de 1849

CAPÍTULO IV
El doctor Murillo y mi escritura

CAPÍTULO V
La enseñanza universitaria. 1849 a 1852

CAPÍTULO VI
Las Reformas Radicales del Congreso De 1851.— La Revolución Conservadora del Mismo Año.—El Doctor Mariano Ospina.—Salvador Camacho Roldán.—Mi Bautismo De Fuégo.—El Coronel Joaquín Acosta.

CAPÍTULO VII
Mi estreno en el foro - Gobernación de Cundinamarca - Soltura de unos conscriptos - Felipe Pérez

CAPÍTULO VIII
Campaña contra la dictadura.1854

CAPÍTULO IX
La revolución de 1860 - Batalla de San Agustín ?  La espada del General Mosquera

CAPÍTULO X
Mi permanencia en Europa como encargado de negocios - El cadáver del emperador Maximiliano - La traducción del paraiso perdido - El príncipe Pedro Bonaparte - D. José Triana o las glorias de la Patria - M. Chevalier - Alejandro Dumas - La transfución de la sangre

CAPÍTULO XI
Mi misión á Caracas 1872 á 1873 - La escritura de propiedad de la frontera oriental de la República

CAPÍTULO XII
Paso de la juventud a la edad provecta - 1873 á 1884 - La elección del señor Parra - Campo de Garrapata - Abajo la confiscación - La constitución federal de 1863 - Gobierno del Tolima con el General Fruto Santos

CAPÍTULO XIII
Retrospectivo- Labor legislativa

CAPÍTULO XIV
La corte suprema de justicia

CAPÍTULO XV
Mi viaje al Perú

CAPÍTULO XVI
Conclusión
LA REVOLUCIÓN DE 1860-BATALLA DE SAN AGUSTÍN.-LA ESPADA DEL GENERAL MOSQUERA
 

Parece mentira! Sí, parece mentira recordar á dónde habíamos llegado en materia de virtud es públicas y en el camino de la consolidación de instituciones políticas sanas, moderadas, tolerantes, verdaderamente liberales, pero exentas de exageraciones utópicas ó de sistema, y en las cuales hemos debido detenernos. Tal carácter revestía la bellísima Constitución liberal de 1853, dada á contentamiento del Partido Conservador, y con el apoyo de sus votos en los Congresos de 1851 á 1853, que la sancionaron conforme á los trámites prescritos en la Constitución vigente de 1843. Conservaba aquella Constitución la forma unitaria de la República, dividida en provincias autónomas, pero sin carácter de entidades federales, dotadas, sin embargo, de todas las atribuciones necesarias para el manejo de su administración interior, con sus Gobernadores elegidos directamente por el pueblo de cada provincia, huyendo de constituir un Ejecutivo central con agentes políticos de su exclusiva dependencia, y, por lo mismo, con todo el poder necesario para atentar impunemente contra las mismas instituciones y las libertades públicas. El cuadro de las garantías individuales, aseguradas en aquella Constitución, nada dejaba que desear.

En defensa de aquella simpática Constitución fueron ambos partidos á la guerra, y mezclaron fraternalmente su sangre en los campos de batalla para rescatarla del golpe de Estado del 17 de Abril de 1854. Hízose ya bajo su imperio la elección popular de Vicepresidente de la República para el cuatrienio de 1.o de Abril de 1855 a 31 de Marzo de 1859, en la cual fué electo el doctor Manuel María Mallarino, conservador. Destituido coito había sido de la Presidencia de la República el General Obando por la sentencia del Senado, copiada en el capítulo anterior, tocóle al señor Mallarino asumir el ejercicio del Poder Ejecutivo durante los dos últimos años que aún faltaban del cuatrienio del Presidente depuesto, de 1.o de Abril de 1855 á 31 de Marzo de 1857.

Y para que se vea si hemos tenido razón de encabezar este capítulo diciendo que parece mentira recordar á dónde habíamos llegado ya en materia de instituciones, hé aquí la exposición del programa político de la Administración Mallarino, hecho de su orden por su Secretario de Gobierno, y que copiamos de la Gaceta Oficial número 1,773, correspondiente al 4 de Abril de 1855, manifestando los principios que seguiría en su política la nueva Administración.

 

«CIRCULAR

República de la Nueva Granada.-Secretaría de Estado del Despacho de Gobierno.-Sección 1.a - Número 4.-Bogotá, á 2 de Abril de 1855.

Al señor Gobernador de la Provincia de…………..    

El ciudadano Vicepresidente de la República, al encargarse del ejercicio del Poder Ejecutivo y formar una nueva Administración, me ha ordenado manifestar á usted, como lo verifico, los principios A que arreglará invariablemente su política mientras rija los destinos de la Nación. Elevado á la segunda Magistratura después de una Violenta crisis, el Vicepresidente no desconoce las dificultades de la situación, pero abriga la mayor confianza en el patriotismo de los granadinos, y con su leal ayuda espera asegurar la pública tranquilidad.

La Administración que comienza hoy á ejercer sus altas funciones, no administra los intereses de un partido político, ni concederá á ninguno de ellos protección especial: el honor y la franqueza serán el carácter distintivo de sus procedimientos; los principios de justicia y legalidad, su invariable regla de conducta, y las conveniencias nacionales el único fin á que se dirijan sus medidas administrativas. Lejos de contribuir el Poder Ejecutivo á sostener los intereses ó tendencias de los partidos, será un verdadero mediador entre ellos, y procurara, en cuanto se lo permitan sus facultades é influencias, acercarlos uno á otro, restablecer su recíproca confianza, curarlos, si es posible, de los enconos que aún puedan abrigar, y atraer su fraternal concurso á la purificación y planteamiento de las buenas ideas, á la consolidación de las instituciones y del orden, y al fomento de los grandes intereses morales y materiales del país.

La Administración considera como una preciosa conquista las libertades y garantías que hasta aquí han adquirido los granadinos en las leyes de la República, y su deber es sostenerlas y conservadas como el fruto benéfico y civilizador de nuestras pasadas contiendas, y como la base de nuevos progresos para el porvenir.

En el sistema que nos rige, el Cuerpo Legislativo es el legítimo representante de la opinión nacional, y el que positivamente gobierna la República; á la Administración sólo le toca la ejecución de las leyes y el empleo eficaz de los medios que ellas le conceden para dar impulso á los intereses nacionales. El Poder Ejecutivo promoverá desde luego cuanto le parezca conveniente, y sostendrá sus propias ideas por todos los medios constitucionales, mas una vez adoptadas las contrarias, les dará firme y fiel apoyo, como es de su deber.

El Poder electoral es exclusivo del pueblo, en quien está la base constitucional del poder público; el Gobierno que toma parte en las elecciones, prevaliéndose de su prestigio y de los recursos de acción que le da su autoridad para influir en ellas, falsea y desmoraliza la institución democrática, cuya fuente es la perfecta independencia de los electores, fuente que debe conservarse para si queremos vivir al abrigo del despotismo y la anarquía.

La Administración no tomará parte en las elecciones, y procurará inexorablemente el castigo de los funcionarios del orden político que violen la libertad electoral; cualquier agente suyo que cometa esta falta, perderá inmediatamente su confianza.

El Poder Judicial es la verdadera garantía de los derechos civiles y políticos del ciudadano, garantía que desaparece cuando de cualquier modo se viola ó debilita la independencia constitucional de aquel. El Poder Ejecutivo no influirá, ni permitirá que sus agentes influyan, directa ni indirectamente, en las decisiones de los jueces, antes bien les prestará mano fuerte, promoverá una buena organización judicial, y procurará dar, en cuanto alcancen sus facultades, importancia y vigor á los tribunales de la República.

La independencia municipal es una institución liberal, justa y benéfica, y la Administración no sólo la respetará y sostendrá religiosamente como un poderoso medio de fomento y desarrollo, sino que contribuirá, en cuanto se lo permita su círculo de acción, al planteamiento y crédito de los Gobiernos municipales. A los ojos del Poder Ejecutivo contraerán un mérito especial los funcionarios que se apliquen con celo y consagración al fomento de los intereses de las secciones que, en el fondo, son los verdaderos intereses de la República.

El Poder Ejecutivo no aspira á que se ensanche la autoridad del Gobierno general, pues reconoce que las instituciones le han dejado el poder suficiente para obrar, para el bien, que es la noble y honrosa misión que está llamado á desempeñar. Circunscritas las funciones de los distintos poderes, y obrando cada cual en su terreno con la debida independencia y seguridad, la Administración se facilita para el Poder Ejecutivo, disminuyéndose considerablemente los motivos del descontento que engendra las oposiciones violentas. La Administración actual comprende bien las inestimables ventajas de este sistema, y está, por lo mismo, interesada en sostenerlo.

Las vicisitudes del país, como la actual, han dejado en lamentable atraso la instrucción pública, y el Gobierno Ejecutivo cree que su deber más grave es atender de preferencia á este importantísimo ramo del progreso nacional; para lo cual exige de los señores Gobernadores la cooperación más patriótica y decidida.

Bajo la Administración que empieza hoy habrá tolerancia y seguridad para todos los granadinos, sean cuales fueren sus opiniones políticas; el Gobierno Ejecutivo no hará ni permitirá que sus agentes hagan distinción alguna entre los ciudadanos por sus denominaciones de partido; todos serán llamados á las funciones públicas por la medida de su moralidad é inteligencia, y sus derechos y legítimos intereses serán siempre respetados y protegidos con eficacia y con lealtad. Libre está, y libre es conveniente que esté para los granadinos, la arena de la discusión; el Gobierno recogerá las luces que de ella broten, y no intervendrá sino cuando haya de cumplir las leyes, reprimiendo los delitos.

- En resumen: el Gobierno Ejecutivo, al través de cualesquiera dificultades,- y sin detenerse á la vista de cualquier peligro, cumplirá fielmente su alto é importante deber de cumplir y ejecutar y hacer que se cumplan y ejecuten la Constitución y leyes de la República, y se consagrará con fervor y constancia á fomentar los intereses morales é industriales de la Nación. Lejos está de él el pensamiento de buscar su apoyo y su defensa en la fuerza ó en las seducciones de partido; quiere apoyarse en la opinión pública que rodea siempre al magistrado recto y justiciero. Esa es la única popularidad durable y honrosa, y á esa es que aspira el ciudadano Vicepresidente.

 

Mas para que la política del Poder Ejecutivo produzca todos los buenos efectos que él se propone alcanzar, es preciso que sus agentes constitucionales, en particular los señores Gobernadores, se rijan invariablemente por ella, y tal es el objeto principal de la presente nota. El ciudadano Vicepresidente me ha encargado prevenir á usted, no obstante la confianza que le inspira su patriotismo y sus luces, que arregle su conducta administrativa al sucinto plan que queda trazado, y que sin pérdida de tiempo dé usted principio á la noble tarea de traer los ánimos á la concordia que debe reinar entre los granadinos.

Me suscribo de usted obsecuente servidor,

 

VICENTE CÁRDENAS»

 

Sin embargo, la sed de innovación y de reformas políticas no se satisfizo con la Constitución de 1853; la idea federal se apoderó de ambos partidos, y la Constitución principió á ser suplantada parcialmente por aquel régimen, por los Actos Legislativos de 27 de Febrero de 1855, 11 de Junio de 1856, 13 de Mayo de 1857 y 15 de Junio del mismo año, por los cuales se dividió la República en ocho Estados federales, hasta convertirse en el programa político de los candidatos para la elección presidencial del cuatrienio de 1.o de Abril de 57 á 17 de Marzo de 61, que lo fueron: el doctor Mariano Ospina, del Partido Conservador; el doctor Manuel Murillo, del Liberal, y el General Tomás C. de Mosquera, de una pequeña fracción del Partido Conservador (hay que hacerle esa justicia y reconocerle ése mérito), que con el nombre de Partido Nacional, quería fundar un tercer partido, moderado, que separándose de ambos extremos constituyese Gobiernos ó Administraciones Ejecutivas exentas de toda exclusión banderiza, verdaderamente nacionales, á semejanza de la que había presidido el ilustre doctor Mallarino.

 

Las urnas favorecieron con gran mayoría de sufragios al candidato conservador doctor Ospina, quien fué declarado electo Presidente de la República para el período de 57 á 61; y aunque este partido tenía, pues, asegurado el poder por cuatro años, y parecía deber estar interesado en conservar un Ejecutivo central dotado de la mayor suma de poder administrativo y político, no fué sin embargo así, y tanto él como su jefe, que junto con Murillo y Mosquera tuvieron asiento en los dos Congresos que votaron la reforma, continuaron siendo federalistas, y á verdadero pugilato de federalismo entre los tres, se expidió y sancionó la primera Constitución federal de 1858, que dió al país el nombre de Confederación Granadina, compuesta de los Estados de Antioquia, Bolívar, Boyacá, Cauca, Cundinamarca, Magdalena, Panamá y Santander.

Aunque dichos Estados no recibieron en la Constitución el nombre de soberanos, como se les dió después en la de 1863, lo eran de hecho y de derecho, puesto que se gobernaban por medio de una Administración propia suya, organizada por su Constitución y leyes particulares, con absoluta independencia del Poder Central y con derecho á darse sus propias leyes así en el campo de lo civil como en lo criminal y penal.

Posesionado de la Presidencia el señor Ospina el 12 de Abril de 1857, en vez de seguir la amplia vía trazada por el señor Mallarino, organizando una Administración nacional con Secretarios de Estado de ambos partidos, como lo esperaban todos los espíritus moderados, organizó un Gobierno de partido neta y exclusivamente conservador, constituyendo este procedimiento, ó mejor dicho, esta línea de conducta, la verdadera falta política del señor Ospina, de la cual está llamado á responder ante la historia, y digo la historia, para repudiar de antemano respuestas personales ó de familia, enteramente dislocadas y exóticas en asuntos de Estado.

«Los grandes hombres, ha dicho Dumas,-y los nuestros son tan grandes como los europeos, descontando el pedestal-no tienen padres ni hijos.» -

¿Qué motivo de conveniencia pública tuvo el señor Ospina, no solo para no seguir el rumbo que su ilustre predecesor le dejaba marcado, sino para adoptar el contrario, de que antes hemos hablado? Hé aquí la interrogación que le hacen la historia y la posteridad, como interrogan ambas al General Santander por la falta cometida mezclándose en la eleción presidencial de 1836, reagravada con la de haber recomendado una Candidatura de exclusión, corno era la del General Obando. -

Organizado un Gobierno de partido, surgió en el acto una oposición de la misma clase, la cual condujo á la revolución liberal de ¡86o, encabezada por el General Mosquera como Gobernador del Estado del Cauca. Que otros se empleen en pretender justificar esta revolución en el terreno de la resistencia armada á un Gobierno que, habiendo conculcado las instituciones y las libertades públicas, había degenerado en dictatorial y despótico. Nada de eso es cierto: lo único cierto es que contra un Gobierno de partido se levantó el partido Liberal para hacerle una revolución de partido, con el objeto de recuperar el poder, al cual juzgaba no tendría acceso por las vías del sufragio.

Desde 1881 en mi opúsculo Pata verdades el tiempo y para Justicias Dios, dirigido á Felipe Pérez, tratando de estos acontecimientos dije:

 

«En 1860 no fui yo partidario de la revolución, como no lo fueron Salvador Camacho R. ni Rafael Núñez, y está aún en tela de juicio, que la historia pronunciará después de que todos nosotros hayamos bajado al sepulcao, saber si habría sido mejor para la misma causa liberal no haberla hecho.>>

Y efectivamente, tan pronto como estalló la guerra me retiré á Girardot, tanto para atender al servicio del señor Rizo, como á los trabajos de una pequeña hacienda de mi propiedad que estaba fundando en aquel vecindario, llamada San Lorenzo, á orillas del Magdalena; y allí permanecí basta que regresé á Bogotá después de la entrada del General Mosquera á la capital el 18 de Julio de 1861.

De regreso á Bogotá, el Gobernador de Cundinamarca señor Justo Briceño, un gran caballero, un gran administrador y un gran patriota, me comprometió para que lo acompañara como su Secretario de Hacienda, en asocié de José María Vergara y Vergara, que era su Secretario de Gobierno.

La capital del Estado residía en Funza, y allí me encontraba yo cuando ocurrieron los acontecimientos que paso á referir.

Habíase trasladado el General Mosquera con el ejército de su mando, de Bogotá á Facatativá, cuando resolvió á fines de Diciembre de 61 ó principios de Enero de 62, seguir al norte hasta Tunja, probablemente para atender desde allí á los resultados, de la campaña que en Santander proseguía el General Santos Gutiérrez contra el ejército que aún sostenía en aquel territorio la causa de la legitimidad, al mando del General Leonardo Canal; y al emprender, su marcha ordenó que la Gobernación de Cundinamarca se trasladara de Funza á Zipaquirá, con el objeto de tenerla más á la mano para el servicio del ejército, y así se hizo.

Por aquel tiempo habíase separado ya Vergara de la Secretaría de Gobierno y quedaba yo como único Secretario y Ayudante general del Gobernador. 

Hallábamonos hospedados, recibiendo generosa hospitalidad, en casa de los señores D. Miguel Saturnino Uribe y D. Eusebio Bernal, contratistas de elaboración de sales de aquellas Salinas, y tomando el lunch estábamos en el comedor de la casa á eso de la una de la tarde del 23 de Febrero de 1862, cuando llegó un indio con una jaula á la espalda, preguntando por el señor Gobernador. Haríale sin duda el indio alguna guiñada de ojos al señor Briceño, porque éste se separó en el acto de nosotros y se encerró con él en la primera pieza que á la mano halló; pero un momento después salió en extremo demudado (no era para menos) y llamándome aparte me dijo: lea este papelito. Era una tinta de papel, que el indio había traído cosida al dobladillo de sus calzoncillos, de puño y letra bien conocida, del señor D. José María Maldonado Neira, de Chocontá, que decía: «Ayer fué desbaratado el General Mosquera en el Puente de Boyacá; Canal sigue sobre ustedes como una avalancha; apenas tendrán tiempo de retirarse. »

Toda la fuerza que en Zipaquirá teníamos era cl batallón Colombia, fuerte de 500 plazas, al mando del Coronel Mánuel A. López.

-Vuele usted al cuartel, agregó el señor Briceño, y haga dar el primer toque de marcha, el segundo dentro de un cuarto de hora, y el tercero dentro de media. Yo parto en este instante para Bogotá, á saber lo que resuelva el Consejo de Gobierno. Usted pernocte con el cuerpo en Cota, y espere allí mis órdenes; pero si usted deja desbandar ó perder esta fuerza, dése usted un balazo.

Y sin más razones montó y se fué.

Por la primera vez de mi vida encontrábame yo enfrente de una situación semejante, responsable del cumplimiento de una operación militar muy delicada: salvar y conducir á su destino una tropa, que en breve sabría que estábamos derrotados, perseguidos ya de cerca por un ejército victorioso de más de 4,000 hombres; pero el honor me dió la calma y la energía suficientes para cumplirla. Entretanto, y como sucede siempre, traída por todos los vientos, la noticia dé la derrota del General Mosquera se había esparcido por la ciudad; afortunadamente casi toda liberal; de modo que no quedó joven ni hombre de armas de esta opinión que no se aprestara á seguirnos, como efectivamente nos siguieron hasta el combate de San Agustín.

Avisáronme que el cuerpo estaba ya formado en la plaza esperando órdenes. Monto; pero en el zaguán de la casa me detuvo el señor D. Eusebio Bernal, y poniéndome sobre la cabeza del galápago una espada. que á mí me pareció más grande que la del Cid, forrada en gruesa funda de ante, me dijo:

- Esta es la espada de honor del General Mosquera, la misma que mandó obsequiarle el Congreso de 1845, que el General dejó á guardar aquí á su paso para el Norte, y que, como usted sabe, fuera de lo que ella significa, es una obra de arte, cuajada de piedras preciosas de valor de muchos miles de pesos. Como yo no soy adivino, como no podía imaginar que un ejército enemigo viniera á ocupar esta plaza, yo la he enseñado á cuantos han querido satisfacer la curiosidad de conocerla. Muchísimas personas de todas opiniones saben, pues, que está en mi poder. Esta noche pernoctará aquí el señor Canal; pudiera alguien denunciarla, y como yo no tengo por que ocultarme, siendo conservador, quiero encontrarme en aptitud de contestar la verdad, si fuere interrogado sobre el particular, diciendo que usted la pidió y la llevo.

Y sin más razones se fué, dejándome la espada. Y el señor Bernal estaba en su perfecto derecho para proceder así. Cada palo aguanta su vela, y ésta no era del suyo.

Mas como yo no podía cargar con semejante estorbo en semejantes circunstancias, habiendo encontrado al salir á la plaza, ya á caballo, al doctor Francisco de P. Matéus, Prefecto, del Departamento, se la endosé con el mismo recadito con que el señor Bernal me la había endosado it mí, y di orden de marcha para Bogotá por e camino de Chía.

Al pasar por el puente del Común, que se deja á la izquierda para tomar aquel camino, desprendiéronse de la colina del puente unos cuantos jinetes de la guerrilla de Guasca, que allí tenía siempre un destacamento, y principiaron á tirotearnos con sus carabinas; pero como yo no iba á pelear, sino á pasar el batallón para acuartelarlo antes de anochecer, di orden de que éste, sin contestar los fuegos, desfilara á pasi-trote por el camino de Chía;. pero los voluntarios de Zipaquirá no obedecieron la orden, y comprometieron combate con los guascas.

Llegado á Cota, población  de mí muy conocida, encerré la tropa con su parque y bagajes en el patio de la casa cural, contigua á la iglesia, por ser la única casa dé material de tapia y teja que ofrecía alguna seguridad, y me fui en seguida por toda la población, con el habilitado, repartiendo dinero, para que llevaran comida al cuartel.

A las dos de la mañana llegó el posta del Gobernador, ordenándome siguiese á la capital, pero dando la vuelta por Funza y Cuatro Esquinas (hoy Mosquera), para recoger y llevar todo el parque que allí había quedado abandonado; orden en extremo impremeditada, pues viniendo el enemigo á tan corta distancia, me exponía mi ser cortado por él, llegando él primero á Bogotá por el camino del Norte, que yo por el de Occidente, con tan largo rodeo; pero la cumplí. Pusímonos inmediatamente en marcha con una luna como el día; recogí en Funza y Cuatro Esquinas, sirviéndome de todos los carros que en el camino había, todo el parque que allí encontré, y entré en Bogotá con mi batallón intacto el 24 de Febrero á las seis de la noche.

El Consejo de Gobierno, sabedor de que el General Mosquera se encontraría pronto en aptitud de picar la retaguardia al ejército de Canal, resolvió que resistiéramos el ataque dentro de los fuertes muros del Convento de San Agustín, y confió su defensa al bravo veterano dé la Independencia, General Valerio Francisco Barriga. -

 

A las cinco de la mañana del 25 recibímos orden el Coronel Victoria, el Sargento Mayor Isidro Santacoloma, bellísimo joven de tunos veinte años de edad, y yo, pata que fuésemos á traer noticias del enemigo por la vía del- Norte. No existía entonces ninguna de las construcciones que hoy bordan el camino, de San Diego para allá. Una tapia baja, de un solo tapial, separaba el camino público de los potreros de la izquierda que se extienden hacia el cementerio, pudiendo ser inspeccionados desde á caballo.

Apenas adelantadas unas pocas cuadras, de las huertas de San Diego para allá, al repechar la ondulación del camino donde se halla hoy la casa de Cintra, descubrímos a medio tiro de rifle la imponente masa del ejército enemigo, qué había hecho alto en columna cerrada hasta la Magdalena. Ocupábase en despojarse de sus maletas y en revisar sus armas para emitrar en inmediato combate. El Coronel Victoria, que la revistaba con su anteojo, la calculó en unos 4,000 hombres. Admirábame yo de que no nos hicieran fuego, cuando advertí por los potreros de la izquierda la partida de infantería, que á la sombra de la tapia, agazapada y con fusil en balanza, corría á cortarnos la retirada en la esquina de San Diego confluente con el camellón del cementerio; y dada por mi la voz de alarma, volvimos brida á todo escape y alcanzamos á pasar.

Llegados á San Agustín, el Coronel Victoria á pie, porque por quedarse faroleando, alcanzaron á matarle el caballo en la calle de la Carrera, fui yo destinado por el General en Jefe á servir á órdenes del gallardo General Wenceslao Ibáñez, en la defensa de la puerta principal.

La parte que me cupo en el combate la referí en el opúsculo: Para verdades el tiempo y para justicia Dios, publicado en 1881, cuando aún vivían muchos de los principales actores de aquella heroica jornada, que podían impugnarlo. Nadie lo hizo por ser estrictamente verídico, y dice así:

«En la portería del convento se peleó al raso, manteniéndose todo el día la puerta abierta, como invitando al enemigo á que nos cargara. Yo acompañé en aquel puesto, al General Ibáñez, como su segundo; yo estaba con hombro á su lado cuando cayó herido del balazo que le atravesó la cara; al de su hermano Faustino, gravemente herido en el cráneo; y al del valeroso coronel Saavedra, herido en la mano izquierda. Yo estuve entre el grupo de artilleros que por más de diez minutos sirvió de blanco á los 3,000 fusileros de Canal, que rompieron Sus fuegos sobre nosotros cuando advirtieron que nos empeñábamos en retirar las piezas de artillería que habían quedado en la calle.

Cuando el ataque se dirigió á la capilla, iluminada por el incendio como en la mitad del día, se me mandó fuese á ponerme á órdenes del señor coronel Rafael Niño, que con su alta estatura y su acentuada belleza varonil, parecía el dios de la guerra entre las llamas del combate; y vi allí actos de heroísmo que hacen pasar el alma de los bravos al cuerpo de los débiles.

Mientras que nuestros soldados barricaban las puertas y contestaban al nutrido fuego que se dirigía, con toda certeza, desde las casas del frente, por entre las ventanas de la capilla, sobre aquel pavimento iluminado por las llamas, Valenzuela, artista y poeta, pedía qué salvaran el cuadro de La huida á Egipto, del inmortal Vásquez, y el señor Miguel Samper sacaba de entre el incendio la estatua del Nazareno, sirviendo de compañero al coronel Victoria.

Ricardo Carrasquilla, que tiene en su lira la cuerda

del entusiasmo para lo grande y noble, ha cantado, junto con el denuedo de los asaltantes, sus correligionarios políticos, nuestras glorias en aquella jornada inmortal. Oídlo:

 

'No intiméis rendición á los que luchan

Por defender al Dictador altivo;

El claro nombre de Colombia invocan,

Recuerdan de Ricaurte el heroísmo,

            Saben lidiar, morir, más no rendirse;

Son granadinos.

No os estrelléis contra los fuertes muros

De ese edificio lúgubre y sombrío:

Ríos de fuego sus trincheras brotan;

            Yacen cien hombres en redor tendidos;

No os obliga el honor á ese combate

En que es invulnerable el enemigo.

            Inútiles consejos: los que lidian

Son granadinos.

 

Un mar inmenso de voraces llamas,

Por el nocturno viento embravecido,

Devora las altísimas techumbres:

El trueno del cañón, el agrio grito

De los sitiados, el terrible estruendo

Que forma al desplomarse el edificio

Las campanas que tocan á re bato,

De las balas el áspero silbido

El agudo clangor de las trompetas,

De la encendida bomba el raudo brillo,

Todo anunciar parece que muy pronto

                               Aquellos bravos estarán rendidos.

No lo esperéis: los manda un veterano

Que luchó contra Bóves y Morillo;

Hoy anciano, y enfermo y casi ciego,

Retorciendo el bigote encanecido,

            Contesta al que rendirse le propone:

Soy granadino.'

 

Pasemos ahora del campo de batalla al Consejo de Gobierno.

A las 7 de la noche del 26 de Febrero de 1862, segundo día del combate, bajó un oficial á llamarme de orden del señor Cerón, Ministro de la Guerra, diciéndome que fuera inmediatamente, que se trataba de un negocio importante. Seguí en el acto al oficial, quien me condujo mi una pieza alta del claustro principal, donde encontré reunidos á los miembros del Consejo de Gobierno, señores Lorenzo María Lleras, Manuel Anc&ar, Manuel Abello, Rafael Núñez, Andrés Cerón y José María Rojas Gárrido, al señor Comandante en jefe de las fuerzas sitiadas, General Valerio Francisco Barriga y al doctor Teodoro Valenzuela.

Al entrar allí, supe que se había recibido del campo enemigo una carta dirigida á los señores doctores Andrés Cerón, Teodoro Valenzuela y Aníbal Galindo. Era la carta histórica dirigida por el señor Lino de Pombo, ofreciéndose como intermediario para una capitulación, en el concepto, decía, de estar asegurada la toma del edificio por la mina y el fuego.

Compréndese que ésta carta había llegado al cuartel por medio de un parlamentario; y que aunque dirigida á tres individuos particularmente, había sido entregada, como era de ordenanza, á los jefes militares de la fortaleza.

Al terminar la lectura de la carta, el señor Lleras, que presidía el Consejo dijo:

-Antes de que nadie hable, deseo que el señor Valenzuela, que debe conocer familiarmente la letra de su suegro el señor Pombo, diga si no duda de la autenticidad de ésta carta, y qué piensa de ella.

Valenzuela contestó poco más ó menos lo siguiente:

-Esta carta es de puño y letra del señor Pombo. Sábese el respeto que yo profeso á su autor, y conociendo más que ninguno la rectitud de su carácter, debo creer que cuando él se ha prestado á dirigir esta intimación, es porque se le ha convencido de la efectividad de la amenaza que ella encierra, es decir, de que está asegurada la toma del cuartel por la mina y el fuego; pero con semejante amenaza, sólo puede intimidarse á los niños: los que aquí estamos somos hombres, que al encerrarnos en este reducto, sabíamos que arrostrábamos esos peligros.

Quísose en seguida saber la opinión del señor Comandante en Jefe de la fortaleza, y el señor General Barriga, paréceme que lo veo, recogiendo el sombrero y ciñéndose la espada contestó estas precisas palabras:

 

-Señores, mi puesto no está en el Consejo, sino en la trinchera. Y salió de la pieza.

                 Bajo la impresión de estas respuestas, y del heroísmo de los dos días de combate, el Consejo ordenó que diésemos al señor Pombo una respuesta moderada y cortés, pero enérgica y digna en cuanto al asunto de que se trataba, y que la fumásemos nosotros, puesto que el señor Pombo, sin duda por instrucciones del General Canal, no había querido dirigirse al comandante en jefe de la fortaleza.

Bajámos á la pieza que servia de hospital de sangre, donde se nos dijo que había útiles de escribir, que efectivamente nos suministró el señor D. Carlos Sáenz, y sirviendo yo de amanuense> principié it escribir lo que dictaba el señor Teodoro Valeneuela.

Redactando esta primera respuesta estábamos, cuando llegó precipitadamente el señor Núñez, miembro o del Consejo, y nos dijo: 'Hay que cambiar la respuesta; hay que aprovecharse de esta comunicación con las fuerzas sitiadoras para adivina, cuál es su situación respecto del General Mosquera. Deberá, pues, decirse que no se rechaza la idea de una capitulación, pero que no se recibirá al comisionado que venga á arreglar sus términos, hasta las seis de la mañana. Si el enemigo insistiere en que debemos abrir las puertas esta misma noche, es perfectamente claro que es porque no puede disponer sino de pocas horas, que el General Mosquera está á su retaguardia, y entoces redoblaremos los esfuerzos y se librará un nuevo combate. Y si conviniere en esperar hasta mañana, es porque realmente no tenemos esperanza de ser auxiliados; pero dispondremos de toda la noche para construir municiones y dar descanso á los soldados.'

Esta respuesta sugerida por el doctor Núñez, estaba llena de sagacidad. El enemigo dirigió un falso y débil ataque, para ocultar su retirada, y abandonó la ciudad en la madrugada del 27 de Febrero.

La batalla de San Agustín, que cubrió de gloria á sitiadores y á sitiados, es una de las más bellas páginas de la historia militar del país.»

Pero como stultorum ínfinitus est numerus, es infinito el número de los estultos, de los idiotas, de los brutos, de los tontos, no faltó quien entonces tijera, y por la prensa, que el doctor Valenzuela y yo habíamos ofrecido entregar San Agustín á Canal.

¿Qué autoridad teníamos el doctor Valenzuela y yo para hacer esta oferta? ¿Ni qué comunicación con el enemigo podía salir de la fortaleza sin el permiso y la aprobación de la autoridad que en ella mandaba?

De la carta dirigida á nosotros, sólo tuvimos noticia cuando nos la leyeron en Consejo.

La verdad es que yo mismo; estando en el asunto, no supe si llegó á enviarse la respuesta sugerida por el doctor Núñez, que éste recogió y llevó al Consejo, firmada sólo por Valenzuela y por mí. El doctor Cerón. dijo que él, en su carácter de Ministro de la Guerra del General Mosquera, no podía asociarse á ella, aunque supiera con qué intención se daba.

¡El doctor Murillo! ¡Siempre el doctor Murillo! Jamás me faltó, probablemente en recuerdo de la estrecha amistad que lo ligó á mi padre, ó la oportuna corrección, ó el discreto consejo, su ayuda ó su encomio en todo y curso de mi carrera pública, como se verá en la relación de estos Recuerdos; y en esta ocasión no se hizo esperar  mucho tiempo. Hé aquí la espontánea carta, toda de su propio puño y letra, que puede ver el que quiera, que me dirigió desde París con motivo de estos sucesos, y á la cual no quiero quitar nada de su íntimo y confidencial sabor. Dice así:

 

"Señor Aníbal Galindo.

París, 80 de Mayo de 1862.

Reciba usted, mi estimado compatriota, junto con mi saludo de Europa, mi fervorosa felicitación por su valerosa conducta en la puerta de San Agustín. Celebro que en día solemne haya estado usted con todos los liberales en un puesto avanzado, y que allí se haya portado como cumple á un hombre de honor. Yo no diré que he sentido no estar allí, porque entre guerrear y no guerrear, siempre me he decidido por lo último, pero he admirado, leyendo y oyendo la relación de lo su pedido, el valor de ustedes, y he oído con gusto á todos elogiar la conducta de usted en ese día. Reciba usted, pues, mi cordial felicitación por esa corona marcial, á reserva de enderezarle otras por las guirnaldas que conquiste en los trabajos pacíficos de organización pública.

Dícenme que nuestro amigo Núnez dió una estupenda lanzada, que pasó de medio á medio á un soldado de talla de gigante que quiso forzar la entrada donde él se hallaba. No lo extrañaría, porque el doctor Francisco F. Martínez era tan pacifico como Núñez, y sin embargo, murió de bala, después de haber matado á varios él mismo.

¿Está usted contento? Quisiera extenderme hoy bastante, pero mientras haya guerra, no quiero exponerme á decir cosas que no puedan ser públicas, pues desde la cogida de la mata de cartas á aquel francés de la mata de rosas, creo que la prudencia exige ser parco en el escribir. Si usted, que está en el teatro, ve qué no se corre riesgo, escriba á Nueva York bajo esta dirección: New York City, 157, Water St.

Tenga la bondad de saludar muy cariñosamente á la mamá, así como al perezoso de Núñez, de quien no he recibido una contestación, y disponga de mí.

M.        MURILLO."

 

Pero estaba escrito en el cielo ó en la tierra que yo no debía gozar tranquilo de la noble satisfacción del deber Cumplido. Yo no volví á verme con Matéus, ni durante la marcha, ni en el combate, y no sé si él sabría ya, debía saberlo, lo que había pasado con la espada; pero al día siguiente vino á buscarme muy afanado mi noble jefe y amigo, el señor Briceño, para decirme:

 

"De buen trabajó se ha librado usted, doctor Galindo. La espada del General Mosquera, que entregó á usted en Zipaquirá el señor Bernal, cayó en poder de la guerrilla de Guasca. Usted se la dió á Matéus, y Matéus á su turno se la confió á un oficial que cayó prisionero con ella en el tiroteo del Puente del Común; y el General Mosquera acaba de saberlo por la entrega que de la espada le ha hecho un comisionado, con nobilísima carta de devolución, escrita por el doctor Valentín Galvis, que afortunadamente se encontraba allí funcionando como Gobernador de Cundinamarca por la legitimidad, que de otro modo, si la espada se hubiera perdido, no sé qué habrían hecho ustedes para evitar una desgracia Pero el General Mosquera está furioso preguntando qué pasó, cómo fué á dar su espada á poder de la guerrilla. Aproveche estos momentos, en que todos elogian su comportamiento en el combate, para ver al General y contarle lo que pasó, sin esperar á que él lo mande llamar.»

 

Aún se me eriza el cabello pensando en la desgracia que habría podido sucederme si un caballero y un hombre civilizado como el doctor Galvis no se hubiera encontrado por casualidad en el Puente del Común; pero como todo estaba remediado, no había necesidad de comprometer para nada en el asunto á mi amigo Matéus, tan inocente como yo en lo que había sucedido, y fuime en derechura á buscar al General, que ocupaba la casa donde está hoy el Banco de Bogotá. Encontrélo como puede suponerse, rodeado de mucha gente; pero como yo llevaba bien hecha mi composición de lugar, penetré resueltamente hasta él y casi sin saludarlo le dije:

 

-Vengo, señor General, it informarlo de por qué estaba su espada en poder de la guerrilla.

El General saltó como un caucho, y afirmándose los anteojos y poniéndose de pie delante de mí, sin proferir palabra, esperó, y yo continué:

-En los momentos de retirarme de Zipaquirá con el batallón que ha hecho la defensa de San Agustín, el señor D. Eusebio Bernal me entregó la espada etc. etc. (repitiéndole lo que él me había dicho). Como yo entraba en campaña y no sabía lo que podía sucederme, viniendo encima el ejército enemigo, se la di á un oficial de confianza con orden de que en todo evento, á la menor cosa que ocurriera, se salvara con ella hasta llegar á la hacienda de Buenavista, donde podía. dejarla, y donde habría quedado muy bien guardada, como usted sabe; y aunque al pasar por el Puente del Común di orden de que la fuerya desfilara sin contestar los fuegos de la guerrilla, éste oficial insubordinado abandonó las filas y se comprometió con la gente de Zipaquirá en un tiroteo con los guerrilleros, donde cayó prisionero.

Afortunadamente los circunstantes, entre otros que yo recuerde, el General Barriga, el General Mendoza y el doctor Cerón, se echaron á reir de mi trágica actitud, de mi susto y del suceso, y el General Mosquera se limitó á decirme: « Prepárese para seguir al sur con su batallón.» Pero á lo que yo me preparé fué á bajar de cuatro trancos la escalera para respirar en la calle al aire libre.

Pasada la batalla de San Agustín, el señor Briceño fué nombrado Intendente general del ejército, y yo me separé con él de la Gobernación. Debía entrar pronto en el seno de respetabilísima familia, y tenía que ocuparme en buscar de nuevo medios independientes de subsistencia para prepararme á cumplir aquel deber, sin pensar en destino público. Separéme, pues, por completo del servicio, para organizar una agencia de negocios asociado á mi querido compañero y amigo José Maria Vergara y Vergara, por el estilo de la única que entonces existía en la capital, de Pereira Gamba, Camacho Roldán & Ca, que pronto llegó á ser centro de cuantiosos y lucrativos negocios, y de la que no quise separarme á pesar de haber sido llamado al alto puesto de Procurador general de la Nación, como se verá por los siguientes documentos:

 

«Estados Unidos de Colombia.-Pode, Legislativo de la- Unión.

-El Secreta, lo de la Cámara de Representantes.- Número 76.

Señor doctor Aníbal Galindo.

La Cámara de Representantes acaba de nombrar á usted primer suplente del Procurador general de la Nación por el tiempo que falta para completar el período constitucional en curso.

Tengo el honor de participarlo á usted, congratulándome con el país por la acertada elección de la Cámara de Representantes.

 

Bogotá, Febrero 24 de 1865.

AURELIANO GONZÁLEZ

.

            <<Estados Unidos de Colombia.-Poder Ejecutivo Nacional- Secretaria de lo Inicior y Relaciones Exteriores.--Departamento de Gobierno.-Sección 2a Número 130.

            Señor Aníbal Galindo.        

Habiéndose admitido la renuncia que hizo el señor Manuel de J. Quijano del destiño de Procurador general de la Nación, ha llegado el caso de que usted, como primer suplente, pase á tomar posesión del destino á la mayor brevedad posible, y con tal objeto dirijo á usted la presente nota.

                         Bogotá. 4 de Mayo de 1865.

ANTONIO DEL REAL.>>

 

                        Coto muestra de la honorable posición que yo ocupaba, me es grato copiar el siguiente oficio.

«Estados Unidos de Colombia.-Presidencia de la Municipalidad.-Número 266.-.Bogotá, 18 de Diciembre de 1863.

             

    Señor Aníbal Galindo.

 

               La Municipalidad en uso de las facultades que le confieren los artículos 22 y 32 de la Ordenanza de 15 de Octubre próximo pasado, dispuso en su sesión de ayer nombrar diez y seis administradores del instituto de la Caja de Ahorros, ocho de los cuales por defecto de la Junta de depositantes, y ocho que corresponde nombrar á esta corporación.

Hecho el escrutinio de los votos emitidos resultó usted elegido por unanimidad.

Comunícolo á usted para su inteligencia, acompañándole el número mi de. El Municipal, en el cual está la Ordenanza respectiva.

Soy de usted atento servidor,

            VALERIO E. BARRIGA.

 

Al fin, en 1865, fui elegido simultáneamente miembro del Congreso por tres Estados: primer suplente de los Senadores por Panamá, y Representante principal por Cundinamarca y Tolima, como consta de las siguientes honrosísimas notas.

 

«Estados Unidos de Colombia. -Estado Soberano de Panamá. - Presidencia de la Asamblea Constituyente del Estado.-Número 87.- Panamá, Agosto 17 de 1865.

 

Señor Aníbal Galindo;

 

La Asamblea constituyente en sé sesión del día 15 ha nombrado á usted primer suplente de los Senadores Plenipotenciarios al Congreso de la Unión, para el próximo período constitucional que comenzará el 1.o de Febrero de 1866.

Al comunicarle á usted tan honorífica distinción, aguarda la Presidencia que corresponderá á  la marcada prueba de confianza depositada en usted           por      el         Soberano Cuerpo constituyente del Estado.           

De usted atento servidor,

 

                                                 W. RODRÍGUEZ.>>

 

«Estados Unidos de Colombia. -Estado Soberano de Cundinamarca. -El Presidente de la Asamblea Legislativa. -Número 43.-Bogotá, Diciembre II de 1865.

 

Al Señor Aníbal Galindo.

La Asamblea que tengo el honor de presidir, en su sesión del día de hoy, ha declarado á usted electo Representante principal al Congreso de la Unión.

Particípolo á usted para su conocimiento y fines consiguientes.

De usted atento servidor,

FRANcIsco J. ZALDÚA.

 

Estados Unidos de Colombia.-Estado Soberano del Tolima.

-Poda Legislativo. -Presidencia de la Asamblea.-Número 27.

Señor Aníbal Galindo.

La Asamblea Legislativa en su sesión de ayer declaró á usted legalmente electo Representante principal al Congreso de la Unión por este Estado.

Natagaima, Enero 12 de 1866.

 

JOSÉ HILARIO LópEz.

 

Y habiendo aceptado la designación por el Estado de mi nacimiento, liquidé la Compañía para entrar decididamente en la carrera pública.

anterior | índice | siguiente