LA REVOLUCIÓN DE 1860-BATALLA DE SAN AGUSTÍN.-LA ESPADA DEL
GENERAL MOSQUERA
Parece mentira! Sí, parece mentira recordar á dónde habíamos
llegado en materia de virtud es públicas y en el camino de la
consolidación de instituciones políticas sanas, moderadas,
tolerantes, verdaderamente liberales, pero exentas de exageraciones
utópicas ó de sistema, y en las cuales hemos debido detenernos. Tal
carácter revestía la bellísima Constitución liberal de 1853, dada á
contentamiento del Partido Conservador, y con el apoyo de sus votos
en los Congresos de 1851 á 1853, que la sancionaron conforme á los
trámites prescritos en la Constitución vigente de 1843. Conservaba
aquella Constitución la forma unitaria de la República, dividida en
provincias autónomas, pero sin carácter de entidades federales,
dotadas, sin embargo, de todas las atribuciones necesarias para el
manejo de su administración interior, con sus Gobernadores elegidos
directamente por el pueblo de cada provincia, huyendo de constituir
un Ejecutivo central con agentes políticos de su exclusiva
dependencia, y, por lo mismo, con todo el poder necesario para
atentar impunemente contra las mismas instituciones y las
libertades públicas. El cuadro de las garantías individuales,
aseguradas en aquella Constitución, nada dejaba que desear.
En defensa de aquella simpática Constitución fueron ambos
partidos á la guerra, y mezclaron fraternalmente su sangre en los
campos de batalla para rescatarla del golpe de Estado del 17 de
Abril de 1854. Hízose ya bajo su imperio la elección popular de
Vicepresidente de la República para el cuatrienio de 1.o de Abril
de 1855 a 31 de Marzo de 1859, en la cual fué electo el doctor
Manuel María Mallarino, conservador. Destituido coito había sido de
la Presidencia de la República el General Obando por la sentencia
del Senado, copiada en el capítulo anterior, tocóle al señor
Mallarino asumir el ejercicio del Poder Ejecutivo durante los dos
últimos años que aún faltaban del cuatrienio del Presidente
depuesto, de 1.o de Abril de 1855 á 31 de Marzo de 1857.
Y para que se vea si hemos tenido razón de encabezar este
capítulo diciendo que parece mentira recordar á dónde habíamos
llegado ya en materia de instituciones, hé aquí la exposición del
programa político de la Administración Mallarino, hecho de su orden
por su Secretario de Gobierno, y que copiamos de la Gaceta Oficial
número 1,773, correspondiente al 4 de Abril de 1855, manifestando
los principios que seguiría en su política la nueva
Administración.
«CIRCULAR
República de la Nueva Granada.-Secretaría de Estado del Despacho
de Gobierno.-Sección 1.a - Número 4.-Bogotá, á 2 de Abril de
1855.
Al señor Gobernador de la Provincia
de…………..
El ciudadano Vicepresidente de la República, al encargarse del
ejercicio del Poder Ejecutivo y formar una nueva Administración, me
ha ordenado manifestar á usted, como lo verifico, los principios A
que arreglará invariablemente su política mientras rija los
destinos de la Nación. Elevado á la segunda Magistratura después de
una Violenta crisis, el Vicepresidente no desconoce las
dificultades de la situación, pero abriga la mayor confianza en el
patriotismo de los granadinos, y con su leal ayuda espera asegurar
la pública tranquilidad.
La Administración que comienza hoy á ejercer sus altas
funciones, no administra los intereses de un partido político, ni
concederá á ninguno de ellos protección especial: el honor y la
franqueza serán el carácter distintivo de sus procedimientos; los
principios de justicia y legalidad, su invariable regla de
conducta, y las conveniencias nacionales el único fin á que se
dirijan sus medidas administrativas. Lejos de contribuir el Poder
Ejecutivo á sostener los intereses ó tendencias de los partidos,
será un verdadero mediador entre ellos, y procurara, en cuanto se
lo permitan sus facultades é influencias, acercarlos uno á otro,
restablecer su recíproca confianza, curarlos, si es posible, de los
enconos que aún puedan abrigar, y atraer su fraternal concurso á la
purificación y planteamiento de las buenas ideas, á la
consolidación de las instituciones y del orden, y al fomento de los
grandes intereses morales y materiales del país.
La Administración considera como una preciosa conquista las
libertades y garantías que hasta aquí han adquirido los granadinos
en las leyes de la República, y su deber es sostenerlas y
conservadas como el fruto benéfico y civilizador de nuestras
pasadas contiendas, y como la base de nuevos progresos para el
porvenir.
En el sistema que nos rige, el Cuerpo Legislativo es el legítimo
representante de la opinión nacional, y el que positivamente
gobierna la República; á la Administración sólo le toca la
ejecución de las leyes y el empleo eficaz de los medios que ellas
le conceden para dar impulso á los intereses nacionales. El Poder
Ejecutivo promoverá desde luego cuanto le parezca conveniente, y
sostendrá sus propias ideas por todos los medios constitucionales,
mas una vez adoptadas las contrarias, les dará firme y fiel apoyo,
como es de su deber.
El Poder electoral es exclusivo del pueblo, en quien está la
base constitucional del poder público; el Gobierno que toma parte
en las elecciones, prevaliéndose de su prestigio y de los recursos
de acción que le da su autoridad para influir en ellas, falsea y
desmoraliza la institución democrática, cuya fuente es la perfecta
independencia de los electores, fuente que debe conservarse para si
queremos vivir al abrigo del despotismo y la anarquía.
La Administración no tomará parte en las elecciones, y procurará
inexorablemente el castigo de los funcionarios del orden político
que violen la libertad electoral; cualquier agente suyo que cometa
esta falta, perderá inmediatamente su confianza.
El Poder Judicial es la verdadera garantía de los derechos
civiles y políticos del ciudadano, garantía que desaparece cuando
de cualquier modo se viola ó debilita la independencia
constitucional de aquel. El Poder Ejecutivo no influirá, ni
permitirá que sus agentes influyan, directa ni indirectamente, en
las decisiones de los jueces, antes bien les prestará mano fuerte,
promoverá una buena organización judicial, y procurará dar, en
cuanto alcancen sus facultades, importancia y vigor á los
tribunales de la República.
La independencia municipal es una institución liberal, justa y
benéfica, y la Administración no sólo la respetará y sostendrá
religiosamente como un poderoso medio de fomento y desarrollo, sino
que contribuirá, en cuanto se lo permita su círculo de acción, al
planteamiento y crédito de los Gobiernos municipales. A los ojos
del Poder Ejecutivo contraerán un mérito especial los funcionarios
que se apliquen con celo y consagración al fomento de los intereses
de las secciones que, en el fondo, son los verdaderos intereses de
la República.
El Poder Ejecutivo no aspira á que se ensanche la autoridad del
Gobierno general, pues reconoce que las instituciones le han dejado
el poder suficiente para obrar, para el bien, que es la noble y
honrosa misión que está llamado á desempeñar. Circunscritas las
funciones de los distintos poderes, y obrando cada cual en su
terreno con la debida independencia y seguridad, la Administración
se facilita para el Poder Ejecutivo, disminuyéndose
considerablemente los motivos del descontento que engendra las
oposiciones violentas. La Administración actual comprende bien las
inestimables ventajas de este sistema, y está, por lo mismo,
interesada en sostenerlo.
Las vicisitudes del país, como la actual, han dejado en
lamentable atraso la instrucción pública, y el Gobierno Ejecutivo
cree que su deber más grave es atender de preferencia á este
importantísimo ramo del progreso nacional; para lo cual exige de
los señores Gobernadores la cooperación más patriótica y
decidida.
Bajo la Administración que empieza hoy habrá tolerancia y
seguridad para todos los granadinos, sean cuales fueren sus
opiniones políticas; el Gobierno Ejecutivo no hará ni permitirá que
sus agentes hagan distinción alguna entre los ciudadanos por sus
denominaciones de partido; todos serán llamados á las funciones
públicas por la medida de su moralidad é inteligencia, y sus
derechos y legítimos intereses serán siempre respetados y
protegidos con eficacia y con lealtad. Libre está, y libre es
conveniente que esté para los granadinos, la arena de la discusión;
el Gobierno recogerá las luces que de ella broten, y no intervendrá
sino cuando haya de cumplir las leyes, reprimiendo los delitos.
- En resumen: el Gobierno Ejecutivo, al través de cualesquiera
dificultades,- y sin detenerse á la vista de cualquier peligro,
cumplirá fielmente su alto é importante deber de cumplir y ejecutar
y hacer que se cumplan y ejecuten la Constitución y leyes de la
República, y se consagrará con fervor y constancia á fomentar los
intereses morales é industriales de la Nación. Lejos está de él el
pensamiento de buscar su apoyo y su defensa en la fuerza ó en las
seducciones de partido; quiere apoyarse en la opinión pública que
rodea siempre al magistrado recto y justiciero. Esa es la única
popularidad durable y honrosa, y á esa es que aspira el ciudadano
Vicepresidente.
Mas para que la política del Poder Ejecutivo produzca todos los
buenos efectos que él se propone alcanzar, es preciso que sus
agentes constitucionales, en particular los señores Gobernadores,
se rijan invariablemente por ella, y tal es el objeto principal de
la presente nota. El ciudadano Vicepresidente me ha encargado
prevenir á usted, no obstante la confianza que le inspira su
patriotismo y sus luces, que arregle su conducta administrativa al
sucinto plan que queda trazado, y que sin pérdida de tiempo dé
usted principio á la noble tarea de traer los ánimos á la concordia
que debe reinar entre los granadinos.
Me suscribo de usted obsecuente servidor,
VICENTE CÁRDENAS»
Sin embargo, la sed de innovación y de reformas políticas no se
satisfizo con la Constitución de 1853; la idea federal se apoderó
de ambos partidos, y la Constitución principió á ser suplantada
parcialmente por aquel régimen, por los Actos Legislativos de 27 de
Febrero de 1855, 11 de Junio de 1856, 13 de Mayo de 1857 y 15 de
Junio del mismo año, por los cuales se dividió la República en ocho
Estados federales, hasta convertirse en el programa político de los
candidatos para la elección presidencial del cuatrienio de 1.o de
Abril de 57 á 17 de Marzo de 61, que lo fueron: el doctor Mariano
Ospina, del Partido Conservador; el doctor Manuel Murillo, del
Liberal, y el General Tomás C. de Mosquera, de una pequeña fracción
del Partido Conservador (hay que hacerle esa justicia y reconocerle
ése mérito), que con el nombre de Partido Nacional, quería fundar
un tercer partido, moderado, que separándose de ambos extremos
constituyese Gobiernos ó Administraciones Ejecutivas exentas de
toda exclusión banderiza, verdaderamente nacionales, á semejanza de
la que había presidido el ilustre doctor Mallarino.
Las urnas favorecieron con gran mayoría de sufragios al
candidato conservador doctor Ospina, quien fué declarado electo
Presidente de la República para el período de 57 á 61; y aunque
este partido tenía, pues, asegurado el poder por cuatro años, y
parecía deber estar interesado en conservar un Ejecutivo central
dotado de la mayor suma de poder administrativo y político, no fué
sin embargo así, y tanto él como su jefe, que junto con Murillo y
Mosquera tuvieron asiento en los dos Congresos que votaron la
reforma, continuaron siendo federalistas, y á verdadero pugilato de
federalismo entre los tres, se expidió y sancionó la primera
Constitución federal de 1858, que dió al país el nombre de
Confederación Granadina, compuesta de los Estados de Antioquia,
Bolívar, Boyacá, Cauca, Cundinamarca, Magdalena, Panamá y
Santander.
Aunque dichos Estados no recibieron en la Constitución el nombre
de soberanos, como se les dió después en la de 1863, lo eran de
hecho y de derecho, puesto que se gobernaban por medio de una
Administración propia suya, organizada por su Constitución y leyes
particulares, con absoluta independencia del Poder Central y con
derecho á darse sus propias leyes así en el campo de lo civil como
en lo criminal y penal.
Posesionado de la Presidencia el señor Ospina el 12 de Abril de
1857, en vez de seguir la amplia vía trazada por el señor
Mallarino, organizando una Administración nacional con Secretarios
de Estado de ambos partidos, como lo esperaban todos los espíritus
moderados, organizó un Gobierno de partido neta y exclusivamente
conservador, constituyendo este procedimiento, ó mejor dicho, esta
línea de conducta, la verdadera falta política del señor Ospina, de
la cual está llamado á responder ante la historia, y digo la
historia, para repudiar de antemano respuestas personales ó de
familia, enteramente dislocadas y exóticas en asuntos de
Estado.
«Los grandes hombres, ha dicho Dumas,-y los nuestros son tan
grandes como los europeos, descontando el pedestal-no tienen padres
ni hijos.» -
¿Qué motivo de conveniencia pública tuvo el señor Ospina, no
solo para no seguir el rumbo que su ilustre predecesor le dejaba
marcado, sino para adoptar el contrario, de que antes hemos
hablado? Hé aquí la interrogación que le hacen la historia y la
posteridad, como interrogan ambas al General Santander por la falta
cometida mezclándose en la eleción presidencial de 1836, reagravada
con la de haber recomendado una Candidatura de exclusión, corno era
la del General Obando. -
Organizado un Gobierno de partido, surgió en el acto una
oposición de la misma clase, la cual condujo á la revolución
liberal de ¡86o, encabezada por el General Mosquera como Gobernador
del Estado del Cauca. Que otros se empleen en pretender justificar
esta revolución en el terreno de la resistencia armada á un
Gobierno que, habiendo conculcado las instituciones y las
libertades públicas, había degenerado en dictatorial y despótico.
Nada de eso es cierto: lo único cierto es que contra un Gobierno de
partido se levantó el partido Liberal para hacerle una revolución
de partido, con el objeto de recuperar el poder, al cual juzgaba no
tendría acceso por las vías del sufragio.
Desde 1881 en mi opúsculo Pata verdades el tiempo y para
Justicias Dios, dirigido á Felipe Pérez, tratando de estos
acontecimientos dije:
«En 1860 no fui yo partidario de la revolución, como no lo
fueron Salvador Camacho R. ni Rafael Núñez, y está aún en tela de
juicio, que la historia pronunciará después de que todos nosotros
hayamos bajado al sepulcao, saber si habría sido mejor para la
misma causa liberal no haberla hecho.>>
Y efectivamente, tan pronto como estalló la guerra me retiré á
Girardot, tanto para atender al servicio del señor Rizo, como á los
trabajos de una pequeña hacienda de mi propiedad que estaba
fundando en aquel vecindario, llamada San Lorenzo, á orillas del
Magdalena; y allí permanecí basta que regresé á Bogotá después de
la entrada del General Mosquera á la capital el 18 de Julio de
1861.
De regreso á Bogotá, el Gobernador de Cundinamarca señor Justo
Briceño, un gran caballero, un gran administrador y un gran
patriota, me comprometió para que lo acompañara como su Secretario
de Hacienda, en asocié de José María Vergara y Vergara, que era su
Secretario de Gobierno.
La capital del Estado residía en Funza, y allí me encontraba yo
cuando ocurrieron los acontecimientos que paso á referir.
Habíase trasladado el General Mosquera con el ejército de su
mando, de Bogotá á Facatativá, cuando resolvió á fines de Diciembre
de 61 ó principios de Enero de 62, seguir al norte hasta Tunja,
probablemente para atender desde allí á los resultados, de la
campaña que en Santander proseguía el General Santos Gutiérrez
contra el ejército que aún sostenía en aquel territorio la causa de
la legitimidad, al mando del General Leonardo Canal; y al
emprender, su marcha ordenó que la Gobernación de Cundinamarca se
trasladara de Funza á Zipaquirá, con el objeto de tenerla más á la
mano para el servicio del ejército, y así se hizo.
Por aquel tiempo habíase separado ya Vergara de la Secretaría de
Gobierno y quedaba yo como único Secretario y Ayudante general del
Gobernador.
Hallábamonos hospedados, recibiendo generosa hospitalidad, en
casa de los señores D. Miguel Saturnino Uribe y D. Eusebio Bernal,
contratistas de elaboración de sales de aquellas Salinas, y tomando
el lunch estábamos en el comedor de la casa á eso de la una de la
tarde del 23 de Febrero de 1862, cuando llegó un indio con una
jaula á la espalda, preguntando por el señor Gobernador. Haríale
sin duda el indio alguna guiñada de ojos al señor Briceño, porque
éste se separó en el acto de nosotros y se encerró con él en la
primera pieza que á la mano halló; pero un momento después salió en
extremo demudado (no era para menos) y llamándome aparte me dijo:
lea este papelito. Era una tinta de papel, que el indio había
traído cosida al dobladillo de sus calzoncillos, de puño y letra
bien conocida, del señor D. José María Maldonado Neira, de
Chocontá, que decía: «Ayer fué desbaratado el General Mosquera en
el Puente de Boyacá; Canal sigue sobre ustedes como una avalancha;
apenas tendrán tiempo de retirarse. »
Toda la fuerza que en Zipaquirá teníamos era cl batallón
Colombia, fuerte de 500 plazas, al mando del Coronel Mánuel A.
López.
-Vuele usted al cuartel, agregó el señor Briceño, y haga dar el
primer toque de marcha, el segundo dentro de un cuarto de hora, y
el tercero dentro de media. Yo parto en este instante para Bogotá,
á saber lo que resuelva el Consejo de Gobierno. Usted pernocte con
el cuerpo en Cota, y espere allí mis órdenes; pero si usted deja
desbandar ó perder esta fuerza, dése usted un balazo.
Y sin más razones montó y se fué.
Por la primera vez de mi vida encontrábame yo enfrente de una
situación semejante, responsable del cumplimiento de una operación
militar muy delicada: salvar y conducir á su destino una tropa, que
en breve sabría que estábamos derrotados, perseguidos ya de cerca
por un ejército victorioso de más de 4,000 hombres; pero el honor
me dió la calma y la energía suficientes para cumplirla.
Entretanto, y como sucede siempre, traída por todos los vientos, la
noticia dé la derrota del General Mosquera se había esparcido por
la ciudad; afortunadamente casi toda liberal; de modo que no quedó
joven ni hombre de armas de esta opinión que no se aprestara á
seguirnos, como efectivamente nos siguieron hasta el combate de San
Agustín.
Avisáronme que el cuerpo estaba ya formado en la plaza esperando
órdenes. Monto; pero en el zaguán de la casa me detuvo el señor D.
Eusebio Bernal, y poniéndome sobre la cabeza del galápago una
espada. que á mí me pareció más grande que la del Cid, forrada en
gruesa funda de ante, me dijo:
- Esta es la espada de honor del General Mosquera, la misma que
mandó obsequiarle el Congreso de 1845, que el General dejó á
guardar aquí á su paso para el Norte, y que, como usted sabe, fuera
de lo que ella significa, es una obra de arte, cuajada de piedras
preciosas de valor de muchos miles de pesos. Como yo no soy
adivino, como no podía imaginar que un ejército enemigo viniera á
ocupar esta plaza, yo la he enseñado á cuantos han querido
satisfacer la curiosidad de conocerla. Muchísimas personas de todas
opiniones saben, pues, que está en mi poder. Esta noche pernoctará
aquí el señor Canal; pudiera alguien denunciarla, y como yo no
tengo por que ocultarme, siendo conservador, quiero encontrarme en
aptitud de contestar la verdad, si fuere interrogado sobre el
particular, diciendo que usted la pidió y la llevo.
Y sin más razones se fué, dejándome la espada. Y el señor Bernal
estaba en su perfecto derecho para proceder así. Cada palo aguanta
su vela, y ésta no era del suyo.
Mas como yo no podía cargar con semejante estorbo en semejantes
circunstancias, habiendo encontrado al salir á la plaza, ya á
caballo, al doctor Francisco de P. Matéus, Prefecto, del
Departamento, se la endosé con el mismo recadito con que el señor
Bernal me la había endosado it mí, y di orden de marcha para Bogotá
por e camino de Chía.
Al pasar por el puente del Común, que se deja á la izquierda
para tomar aquel camino, desprendiéronse de la colina del puente
unos cuantos jinetes de la guerrilla de Guasca, que allí tenía
siempre un destacamento, y principiaron á tirotearnos con sus
carabinas; pero como yo no iba á pelear, sino á pasar el batallón
para acuartelarlo antes de anochecer, di orden de que éste, sin
contestar los fuegos, desfilara á pasi-trote por el camino de
Chía;. pero los voluntarios de Zipaquirá no obedecieron la orden, y
comprometieron combate con los guascas.
Llegado á Cota, población de mí muy conocida, encerré la tropa
con su parque y bagajes en el patio de la casa cural, contigua á la
iglesia, por ser la única casa dé material de tapia y teja que
ofrecía alguna seguridad, y me fui en seguida por toda la
población, con el habilitado, repartiendo dinero, para que llevaran
comida al cuartel.
A las dos de la mañana llegó el posta del Gobernador,
ordenándome siguiese á la capital, pero dando la vuelta por Funza y
Cuatro Esquinas (hoy Mosquera), para recoger y llevar todo el
parque que allí había quedado abandonado; orden en extremo
impremeditada, pues viniendo el enemigo á tan corta distancia, me
exponía mi ser cortado por él, llegando él primero á Bogotá por el
camino del Norte, que yo por el de Occidente, con tan largo rodeo;
pero la cumplí. Pusímonos inmediatamente en marcha con una luna
como el día; recogí en Funza y Cuatro Esquinas, sirviéndome de
todos los carros que en el camino había, todo el parque que allí
encontré, y entré en Bogotá con mi batallón intacto el 24 de
Febrero á las seis de la noche.
El Consejo de Gobierno, sabedor de que el General Mosquera se
encontraría pronto en aptitud de picar la retaguardia al ejército
de Canal, resolvió que resistiéramos el ataque dentro de los
fuertes muros del Convento de San Agustín, y confió su defensa al
bravo veterano dé la Independencia, General Valerio Francisco
Barriga. -
A las cinco de la mañana del 25 recibímos orden el Coronel
Victoria, el Sargento Mayor Isidro Santacoloma, bellísimo joven de
tunos veinte años de edad, y yo, pata que fuésemos á traer noticias
del enemigo por la vía del- Norte. No existía entonces ninguna de
las construcciones que hoy bordan el camino, de San Diego para
allá. Una tapia baja, de un solo tapial, separaba el camino público
de los potreros de la izquierda que se extienden hacia el
cementerio, pudiendo ser inspeccionados desde á caballo.
Apenas adelantadas unas pocas cuadras, de las huertas de San
Diego para allá, al repechar la ondulación del camino donde se
halla hoy la casa de Cintra, descubrímos a medio tiro de rifle la
imponente masa del ejército enemigo, qué había hecho alto en
columna cerrada hasta la Magdalena. Ocupábase en despojarse de sus
maletas y en revisar sus armas para emitrar en inmediato combate.
El Coronel Victoria, que la revistaba con su anteojo, la calculó en
unos 4,000 hombres. Admirábame yo de que no nos hicieran fuego,
cuando advertí por los potreros de la izquierda la partida de
infantería, que á la sombra de la tapia, agazapada y con fusil en
balanza, corría á cortarnos la retirada en la esquina de San Diego
confluente con el camellón del cementerio; y dada por mi la voz de
alarma, volvimos brida á todo escape y alcanzamos á pasar.
Llegados á San Agustín, el Coronel Victoria á pie, porque por
quedarse faroleando, alcanzaron á matarle el caballo en la calle de
la Carrera, fui yo destinado por el General en Jefe á servir á
órdenes del gallardo General Wenceslao Ibáñez, en la defensa de la
puerta principal.
La parte que me cupo en el combate la referí en el opúsculo:
Para verdades el tiempo y para justicia Dios, publicado en 1881,
cuando aún vivían muchos de los principales actores de aquella
heroica jornada, que podían impugnarlo. Nadie lo hizo por ser
estrictamente verídico, y dice así:
«En la portería del convento se peleó al raso, manteniéndose
todo el día la puerta abierta, como invitando al enemigo á que nos
cargara. Yo acompañé en aquel puesto, al General Ibáñez, como su
segundo; yo estaba con hombro á su lado cuando cayó herido del
balazo que le atravesó la cara; al de su hermano Faustino,
gravemente herido en el cráneo; y al del valeroso coronel Saavedra,
herido en la mano izquierda. Yo estuve entre el grupo de artilleros
que por más de diez minutos sirvió de blanco á los 3,000 fusileros
de Canal, que rompieron Sus fuegos sobre nosotros cuando
advirtieron que nos empeñábamos en retirar las piezas de artillería
que habían quedado en la calle.
Cuando el ataque se dirigió á la capilla, iluminada por el
incendio como en la mitad del día, se me mandó fuese á ponerme á
órdenes del señor coronel Rafael Niño, que con su alta estatura y
su acentuada belleza varonil, parecía el dios de la guerra entre
las llamas del combate; y vi allí actos de heroísmo que hacen pasar
el alma de los bravos al cuerpo de los débiles.
Mientras que nuestros soldados barricaban las puertas y
contestaban al nutrido fuego que se dirigía, con toda certeza,
desde las casas del frente, por entre las ventanas de la capilla,
sobre aquel pavimento iluminado por las llamas, Valenzuela, artista
y poeta, pedía qué salvaran el cuadro de La huida á Egipto, del
inmortal Vásquez, y el señor Miguel Samper sacaba de entre el
incendio la estatua del Nazareno, sirviendo de compañero al coronel
Victoria.
Ricardo Carrasquilla, que tiene en su lira la cuerda
del entusiasmo para lo grande y noble, ha cantado, junto con el
denuedo de los asaltantes, sus correligionarios políticos, nuestras
glorias en aquella jornada inmortal. Oídlo:
'No intiméis rendición á los que luchan
Por defender al Dictador altivo;
El claro nombre de Colombia invocan,
Recuerdan de Ricaurte el heroísmo,
Saben lidiar, morir, más no rendirse;
Son granadinos.
No os estrelléis contra los fuertes muros
De ese edificio lúgubre y sombrío:
Ríos de fuego sus trincheras brotan;
Yacen cien hombres en redor tendidos;
No os obliga el honor á ese combate
En que es invulnerable el enemigo.
Inútiles consejos: los que lidian
Son granadinos.
Un mar inmenso de voraces llamas,
Por el nocturno viento embravecido,
Devora las altísimas techumbres:
El trueno del cañón, el agrio grito
De los sitiados, el terrible estruendo
Que forma al desplomarse el edificio
Las campanas que tocan á re bato,
De las balas el áspero silbido
El agudo clangor de las trompetas,
De la encendida bomba el raudo brillo,
Todo anunciar parece que muy pronto
Aquellos bravos estarán
rendidos.
No lo esperéis: los manda un veterano
Que luchó contra Bóves y Morillo;
Hoy anciano, y enfermo y casi ciego,
Retorciendo el bigote encanecido,
Contesta al que rendirse le propone:
Soy granadino.'
Pasemos ahora del campo de batalla al Consejo de Gobierno.
A las 7 de la noche del 26 de Febrero de 1862, segundo día del
combate, bajó un oficial á llamarme de orden del señor Cerón,
Ministro de la Guerra, diciéndome que fuera inmediatamente, que se
trataba de un negocio importante. Seguí en el acto al oficial,
quien me condujo mi una pieza alta del claustro principal, donde
encontré reunidos á los miembros del Consejo de Gobierno, señores
Lorenzo María Lleras, Manuel Anc&ar, Manuel Abello, Rafael
Núñez, Andrés Cerón y José María Rojas Gárrido, al señor Comandante
en jefe de las fuerzas sitiadas, General Valerio Francisco Barriga
y al doctor Teodoro Valenzuela.
Al entrar allí, supe que se había recibido del campo enemigo una
carta dirigida á los señores doctores Andrés Cerón, Teodoro
Valenzuela y Aníbal Galindo. Era la carta histórica dirigida por el
señor Lino de Pombo, ofreciéndose como intermediario para una
capitulación, en el concepto, decía, de estar asegurada la toma del
edificio por la mina y el fuego.
Compréndese que ésta carta había llegado al cuartel por medio de
un parlamentario; y que aunque dirigida á tres individuos
particularmente, había sido entregada, como era de ordenanza, á los
jefes militares de la fortaleza.
Al terminar la lectura de la carta, el señor Lleras, que
presidía el Consejo dijo:
-Antes de que nadie hable, deseo que el señor Valenzuela, que
debe conocer familiarmente la letra de su suegro el señor Pombo,
diga si no duda de la autenticidad de ésta carta, y qué piensa de
ella.
Valenzuela contestó poco más ó menos lo siguiente:
-Esta carta es de puño y letra del señor Pombo. Sábese el
respeto que yo profeso á su autor, y conociendo más que ninguno la
rectitud de su carácter, debo creer que cuando él se ha prestado á
dirigir esta intimación, es porque se le ha convencido de la
efectividad de la amenaza que ella encierra, es decir, de que está
asegurada la toma del cuartel por la mina y el fuego; pero con
semejante amenaza, sólo puede intimidarse á los niños: los que aquí
estamos somos hombres, que al encerrarnos en este reducto, sabíamos
que arrostrábamos esos peligros.
Quísose en seguida saber la opinión del señor Comandante en Jefe
de la fortaleza, y el señor General Barriga, paréceme que lo veo,
recogiendo el sombrero y ciñéndose la espada contestó estas
precisas palabras:
-Señores, mi puesto no está en el Consejo, sino en la trinchera.
Y salió de la pieza.
Bajo la impresión de estas respuestas, y del
heroísmo de los dos días de combate, el Consejo ordenó que diésemos
al señor Pombo una respuesta moderada y cortés, pero enérgica y
digna en cuanto al asunto de que se trataba, y que la fumásemos
nosotros, puesto que el señor Pombo, sin duda por instrucciones del
General Canal, no había querido dirigirse al comandante en jefe de
la fortaleza.
Bajámos á la pieza que servia de hospital de sangre, donde se
nos dijo que había útiles de escribir, que efectivamente nos
suministró el señor D. Carlos Sáenz, y sirviendo yo de
amanuense> principié it escribir lo que dictaba el señor
Teodoro Valeneuela.
Redactando esta primera respuesta estábamos, cuando llegó
precipitadamente el señor Núñez, miembro o del Consejo, y nos dijo:
'Hay que cambiar la respuesta; hay que aprovecharse de esta
comunicación con las fuerzas sitiadoras para adivina, cuál es su
situación respecto del General Mosquera. Deberá, pues, decirse que
no se rechaza la idea de una capitulación, pero que no se recibirá
al comisionado que venga á arreglar sus términos, hasta las seis de
la mañana. Si el enemigo insistiere en que debemos abrir las
puertas esta misma noche, es perfectamente claro que es porque no
puede disponer sino de pocas horas, que el General Mosquera está á
su retaguardia, y entoces redoblaremos los esfuerzos y se librará
un nuevo combate. Y si conviniere en esperar hasta mañana, es
porque realmente no tenemos esperanza de ser auxiliados; pero
dispondremos de toda la noche para construir municiones y dar
descanso á los soldados.'
Esta respuesta sugerida por el doctor Núñez, estaba llena de
sagacidad. El enemigo dirigió un falso y débil ataque, para ocultar
su retirada, y abandonó la ciudad en la madrugada del 27 de
Febrero.
La batalla de San Agustín, que cubrió de gloria á sitiadores y á
sitiados, es una de las más bellas páginas de la historia militar
del país.»
Pero como stultorum ínfinitus est numerus, es infinito el número
de los estultos, de los idiotas, de los brutos, de los tontos, no
faltó quien entonces tijera, y por la prensa, que el doctor
Valenzuela y yo habíamos ofrecido entregar San Agustín á Canal.
¿Qué autoridad teníamos el doctor Valenzuela y yo para hacer
esta oferta? ¿Ni qué comunicación con el enemigo podía salir de la
fortaleza sin el permiso y la aprobación de la autoridad que en
ella mandaba?
De la carta dirigida á nosotros, sólo tuvimos noticia cuando nos
la leyeron en Consejo.
La verdad es que yo mismo; estando en el asunto, no supe si
llegó á enviarse la respuesta sugerida por el doctor Núñez, que
éste recogió y llevó al Consejo, firmada sólo por Valenzuela y por
mí. El doctor Cerón. dijo que él, en su carácter de Ministro de la
Guerra del General Mosquera, no podía asociarse á ella, aunque
supiera con qué intención se daba.
¡El doctor Murillo! ¡Siempre el doctor Murillo! Jamás me faltó,
probablemente en recuerdo de la estrecha amistad que lo ligó á mi
padre, ó la oportuna corrección, ó el discreto consejo, su ayuda ó
su encomio en todo y curso de mi carrera pública, como se verá en
la relación de estos Recuerdos; y en esta ocasión no se hizo
esperar mucho tiempo. Hé aquí la espontánea carta, toda de su
propio puño y letra, que puede ver el que quiera, que me dirigió
desde París con motivo de estos sucesos, y á la cual no quiero
quitar nada de su íntimo y confidencial sabor. Dice así:
"Señor Aníbal Galindo.
París, 80 de Mayo de 1862.
Reciba usted, mi estimado compatriota, junto con mi saludo de
Europa, mi fervorosa felicitación por su valerosa conducta en la
puerta de San Agustín. Celebro que en día solemne haya estado usted
con todos los liberales en un puesto avanzado, y que allí se haya
portado como cumple á un hombre de honor. Yo no diré que he sentido
no estar allí, porque entre guerrear y no guerrear, siempre me he
decidido por lo último, pero he admirado, leyendo y oyendo la
relación de lo su pedido, el valor de ustedes, y he oído con gusto
á todos elogiar la conducta de usted en ese día. Reciba usted,
pues, mi cordial felicitación por esa corona marcial, á reserva de
enderezarle otras por las guirnaldas que conquiste en los trabajos
pacíficos de organización pública.
Dícenme que nuestro amigo Núnez dió una estupenda lanzada, que
pasó de medio á medio á un soldado de talla de gigante que quiso
forzar la entrada donde él se hallaba. No lo extrañaría, porque el
doctor Francisco F. Martínez era tan pacifico como Núñez, y sin
embargo, murió de bala, después de haber matado á varios él
mismo.
¿Está usted contento? Quisiera extenderme hoy bastante, pero
mientras haya guerra, no quiero exponerme á decir cosas que no
puedan ser públicas, pues desde la cogida de la mata de cartas á
aquel francés de la mata de rosas, creo que la prudencia exige ser
parco en el escribir. Si usted, que está en el teatro, ve qué no se
corre riesgo, escriba á Nueva York bajo esta dirección: New York
City, 157, Water St.
Tenga la bondad de saludar muy cariñosamente á la mamá, así como
al perezoso de Núñez, de quien no he recibido una contestación, y
disponga de mí.
M. MURILLO."
Pero estaba escrito en el cielo ó en la tierra que yo no debía
gozar tranquilo de la noble satisfacción del deber Cumplido. Yo no
volví á verme con Matéus, ni durante la marcha, ni en el combate, y
no sé si él sabría ya, debía saberlo, lo que había pasado con la
espada; pero al día siguiente vino á buscarme muy afanado mi noble
jefe y amigo, el señor Briceño, para decirme:
"De buen trabajó se ha librado usted, doctor Galindo. La espada
del General Mosquera, que entregó á usted en Zipaquirá el señor
Bernal, cayó en poder de la guerrilla de Guasca. Usted se la dió á
Matéus, y Matéus á su turno se la confió á un oficial que cayó
prisionero con ella en el tiroteo del Puente del Común; y el
General Mosquera acaba de saberlo por la entrega que de la espada
le ha hecho un comisionado, con nobilísima carta de devolución,
escrita por el doctor Valentín Galvis, que afortunadamente se
encontraba allí funcionando como Gobernador de Cundinamarca por la
legitimidad, que de otro modo, si la espada se hubiera perdido, no
sé qué habrían hecho ustedes para evitar una desgracia Pero el
General Mosquera está furioso preguntando qué pasó, cómo fué á dar
su espada á poder de la guerrilla. Aproveche estos momentos, en que
todos elogian su comportamiento en el combate, para ver al General
y contarle lo que pasó, sin esperar á que él lo mande llamar.»
Aún se me eriza el cabello pensando en la desgracia que habría
podido sucederme si un caballero y un hombre civilizado como el
doctor Galvis no se hubiera encontrado por casualidad en el Puente
del Común; pero como todo estaba remediado, no había necesidad de
comprometer para nada en el asunto á mi amigo Matéus, tan inocente
como yo en lo que había sucedido, y fuime en derechura á buscar al
General, que ocupaba la casa donde está hoy el Banco de Bogotá.
Encontrélo como puede suponerse, rodeado de mucha gente; pero como
yo llevaba bien hecha mi composición de lugar, penetré
resueltamente hasta él y casi sin saludarlo le dije:
-Vengo, señor General, it informarlo de por qué estaba su espada
en poder de la guerrilla.
El General saltó como un caucho, y afirmándose los anteojos y
poniéndose de pie delante de mí, sin proferir palabra, esperó, y yo
continué:
-En los momentos de retirarme de Zipaquirá con el batallón que
ha hecho la defensa de San Agustín, el señor D. Eusebio Bernal me
entregó la espada etc. etc. (repitiéndole lo que él me había
dicho). Como yo entraba en campaña y no sabía lo que podía
sucederme, viniendo encima el ejército enemigo, se la di á un
oficial de confianza con orden de que en todo evento, á la menor
cosa que ocurriera, se salvara con ella hasta llegar á la hacienda
de Buenavista, donde podía. dejarla, y donde habría quedado muy
bien guardada, como usted sabe; y aunque al pasar por el Puente del
Común di orden de que la fuerya desfilara sin contestar los fuegos
de la guerrilla, éste oficial insubordinado abandonó las filas y se
comprometió con la gente de Zipaquirá en un tiroteo con los
guerrilleros, donde cayó prisionero.
Afortunadamente los circunstantes, entre otros que yo recuerde,
el General Barriga, el General Mendoza y el doctor Cerón, se
echaron á reir de mi trágica actitud, de mi susto y del suceso, y
el General Mosquera se limitó á decirme: « Prepárese para seguir al
sur con su batallón.» Pero á lo que yo me preparé fué á bajar de
cuatro trancos la escalera para respirar en la calle al aire
libre.
Pasada la batalla de San Agustín, el señor Briceño fué nombrado
Intendente general del ejército, y yo me separé con él de la
Gobernación. Debía entrar pronto en el seno de respetabilísima
familia, y tenía que ocuparme en buscar de nuevo medios
independientes de subsistencia para prepararme á cumplir aquel
deber, sin pensar en destino público. Separéme, pues, por completo
del servicio, para organizar una agencia de negocios asociado á mi
querido compañero y amigo José Maria Vergara y Vergara, por el
estilo de la única que entonces existía en la capital, de Pereira
Gamba, Camacho Roldán & Ca, que pronto llegó á ser centro
de cuantiosos y lucrativos negocios, y de la que no quise separarme
á pesar de haber sido llamado al alto puesto de Procurador general
de la Nación, como se verá por los siguientes documentos:
«Estados Unidos de Colombia.-Pode, Legislativo de la- Unión.
-El Secreta, lo de la Cámara de Representantes.- Número 76.
Señor doctor Aníbal Galindo.
La Cámara de Representantes acaba de nombrar á usted primer
suplente del Procurador general de la Nación por el tiempo que
falta para completar el período constitucional en curso.
Tengo el honor de participarlo á usted, congratulándome con el
país por la acertada elección de la Cámara de Representantes.
Bogotá, Febrero 24 de 1865.
AURELIANO GONZÁLEZ
.
<<Estados Unidos de Colombia.-Poder
Ejecutivo Nacional- Secretaria de lo Inicior y Relaciones
Exteriores.--Departamento de Gobierno.-Sección 2a Número 130.
Señor Aníbal Galindo.
Habiéndose admitido la renuncia que hizo el señor Manuel de J.
Quijano del destiño de Procurador general de la Nación, ha llegado
el caso de que usted, como primer suplente, pase á tomar posesión
del destino á la mayor brevedad posible, y con tal objeto dirijo á
usted la presente nota.
Bogotá. 4 de Mayo de 1865.
ANTONIO DEL REAL.>>
Coto muestra de la honorable posición
que yo ocupaba, me es grato copiar el siguiente oficio.
«Estados Unidos de Colombia.-Presidencia de la
Municipalidad.-Número 266.-.Bogotá, 18 de Diciembre de 1863.
Señor Aníbal Galindo.
La Municipalidad en uso de las facultades que le
confieren los artículos 22 y 32 de la Ordenanza de 15 de Octubre
próximo pasado, dispuso en su sesión de ayer nombrar diez y seis
administradores del instituto de la Caja de Ahorros, ocho de los
cuales por defecto de la Junta de depositantes, y ocho que
corresponde nombrar á esta corporación.
Hecho el escrutinio de los votos emitidos resultó usted elegido
por unanimidad.
Comunícolo á usted para su inteligencia, acompañándole el número
mi de. El Municipal, en el cual está la Ordenanza respectiva.
Soy de usted atento servidor,
VALERIO E. BARRIGA.
Al fin, en 1865, fui elegido simultáneamente miembro del
Congreso por tres Estados: primer suplente de los Senadores por
Panamá, y Representante principal por Cundinamarca y Tolima, como
consta de las siguientes honrosísimas notas.
«Estados Unidos de Colombia. -Estado Soberano de Panamá. -
Presidencia de la Asamblea Constituyente del Estado.-Número 87.-
Panamá, Agosto 17 de 1865.
Señor Aníbal Galindo;
La Asamblea constituyente en sé sesión del día 15 ha nombrado á
usted primer suplente de los Senadores Plenipotenciarios al
Congreso de la Unión, para el próximo período constitucional que
comenzará el 1.o de Febrero de 1866.
Al comunicarle á usted tan honorífica distinción, aguarda la
Presidencia que corresponderá á la marcada prueba de confianza
depositada en usted por el Soberano Cuerpo
constituyente del Estado.
De usted atento servidor,
W.
RODRÍGUEZ.>>
«Estados Unidos de Colombia. -Estado Soberano de Cundinamarca.
-El Presidente de la Asamblea Legislativa. -Número 43.-Bogotá,
Diciembre II de 1865.
Al Señor Aníbal Galindo.
La Asamblea que tengo el honor de presidir, en su sesión del día
de hoy, ha declarado á usted electo Representante principal al
Congreso de la Unión.
Particípolo á usted para su conocimiento y fines
consiguientes.
De usted atento servidor,
FRANcIsco J. ZALDÚA.
Estados Unidos de Colombia.-Estado Soberano del Tolima.
-Poda Legislativo. -Presidencia de la Asamblea.-Número 27.
Señor Aníbal Galindo.
La Asamblea Legislativa en su sesión de ayer declaró á usted
legalmente electo Representante principal al Congreso de la Unión
por este Estado.
Natagaima, Enero 12 de 1866.
JOSÉ HILARIO LópEz.
Y habiendo aceptado la designación por el Estado de mi
nacimiento, liquidé la Compañía para entrar decididamente en la
carrera pública.