CAMPAÑA CONTRA LA DICTADURA. 1854.
El lunes santo, 10 de Abril de 1854, bajaba yo por la diagonal
de la plaza de Bolívar, cuando oí que me llamaban del atrio de la
Catedral. Volví á mirar, y era el señor Michelsen, á quien ya
conocen nuestros lectores. Dirigíme hacia él, y tan pronto como nos
abocámos, me dijo:
-Cuidado con ir á salirme ahora con que no puede dejar la Semana
Santa.
-Y, ¿qué hay, pues, de qué se trata? le contesté.
-Se trata de que usted se vaya inmediatamente para el Guamo á
salvarme unos ocho ó diez mil pesos que estoy en riesgo de perder.
Acabo de saber que D. Manuel Ramos (opulento comerciante de Bogotá,
que hacía cerca de dos años estaba enfermo en el Guamo), va á
presentarse en quiebra, y como no tengo sino dos pagares simples,
es seguro que en el concurso los acreedores privilegiados se lo
llevarán todo, y yo perderé la deuda. Es pues, preciso que usted
vuele al Guamo á hacerse pagar de cualquier modo, antes de que él
se presente en quiebra ó de que algún acreedor la denuncie.
¿Entonces?
-Pues entonces, no hay más que irme.
-¿Y cuándo?
- Inmediatamente.
-¿Y qué necesita usted para el viaje?
-Los pagarés endosados, su liquidación, la carta de estilo para
el señor Ramos, un muchacho montado para que me acompañe y lleve mi
maleta, una buena mula para mí, y cien pesos en plata.
Y fuímonos en derechura al escritorio de su casa, situada en la
calle de La Rosa Blanca, la misma que fué después del señor D.
Diego Uribe, y que aún pertenece á la familia, para recibir los
papeles y el dinero; y á las 12 del día salíamos mi criado y yo
(siempre es bueno ser cortés), por el camellón de San Victorino,
camino de La Mesa, hasta el Guamo, á donde llegué el miércoles
santo á las 2 de la tarde. Recuerdo que adelante del Espinal, bajo
el sol de fuego de las llanuras del alto Magdalena, se insoló mi
mula; pero como yo había recibido buena educación calentana en los
hatos de mi familia, y sabía y había practicado lo que en tales
casos se hacía, desmontéme, liguéla fuertemente por la tabla del
pescuezo con el cabestro ó pisador de la jáquima, y le di con el
cortaplumas una copiosa sangría de la vena de la nariz, debajo del
lagrimal. Púsela en seguida á la sombra debajo de un árbol, y una
hora después el animal, perfectamente restablecido, rendía conmigo
su viaje en el Guamo.
Desmontéme en casa de mi primo hermano, el señor Lucas Guzmán
Galindo, hermano de Sixto, á quien el lector fué presentado en el
campo de batalla de Garrapata el 6 de Agosto de 1851.
Y como no había tiempo que perder, una hora después de llegado
ya estaba yo tratando mi asunto con el señor Ramos.
Encontré á este respetable caballero, á quien dos años de
enfermedad, con sus almacenes cerrados en Bogotá y todos sus
negocios paralizados, habían puesto en situación de quiebra;
encontrélo, digo, postrado por el reumatismo, acompañado de su
yerno el doctor Francisco Barberi, y sirviendo y despachando por sí
mismo un mostrador de granos para proveer á su subsistencia.
«Quiero mucho á Michelsen, me dijo el señor Ramos, y como sé que
mis bienes alcanzan de sobra para pagar mis deudas, propongo á
usted lo siguiente: 'Le vendo mi casa de habitación en Bogotá (la
magnífica casa alta que habitó después el señor D. J. M. Urdaneta,
á media cuadra de la Plaza de Bolívar), por la suma de $ 20,000;
recibiré en pago mis dos obligaciones liquidadas al 6 por 100
anual, (que ascendían á unos nueve mil pesos), y el resto con seis
meses de plazo, para mis otros acreedores.»
Acepté en el acto la proposición; extendimos el contrato, que
una vez aceptado por el señor Michelsen, debía ser cumplido en
Bogotá, otorgándose la correspondiente escritura de venta, por el
señor D. Manuel Troyano, apoderado general del señor Ramos; y al
día siguiente, jueves santo, regresaba el criado del señor
Michelsen, con las mulas, los pagarés y el contrato sometido á su
aprobación. Una vez hecho el viaje, yo resolví quedarme paseándome
y bañándome en el Luisa. El señor Michelsen no aceptó el convenio;
el señor Ramos fué un año después concursado, y el señor Michelsen
perdió íntegramente su crédito, pues apenas alcanzaron á pagarse
los acreedores hipotecarios y privilegiados. Reconveníame después
el señor Michelsen, diciéndome que por qué no había cerrado el
contrato en firme, que para qué lo había sometido á su aprobación.
Bonita reconvención!
Pero apenas alcanzaría á llegar mi expreso á Bogotá, cuando el
General Melo dió el golpe militar del 17 de Abril con el ejército
de su mando; redujo á prisión en su palacio al Presidente General
Obando, y asumió la dictadura con el nombre de Gobierno provisorio.
Los acontecimientos se sucedieron con tal rapidez, que puede
decirse que la noticia de la revolución la trajo al Guamo el
Gobernador de la provincia de Tequendama (su capital La Mesa),
señor Justo Briceño, con la pequeña fuerza que después de un ligero
combate en Portillo contra la tropa que Melo envió por aquella vía,
venia á replegarse del otro lado del río. El Magdalena, que nunca
intentaron pasar las fuerzas del Dictador, quedó desde el principio
formando al occidente la línea de separación entre los dos
campos.
Aunque escribo para Colombia, siempre es necesario hacer la
pintura del medio político en que se efectúan los acontecimientos
que refiero: es el esbozo, el marco de la historia; no es ni su
clásica narración, ni su postrer juicio.
Es difícil explicar por la política este fenómeno: que en 1853
el movimiento ascendente del liberalismo no chocaba ó no se
estrellaba ya contra el Partido Conservador, que más parecía
simpatizar que oponerse á las reformas liberales que culminaron en
la bellísima Constitución de ¡853, obra de Plata, de Florentino
González, de Murillo, de Zaldúa, de Ricardo Vanegas, de Carlos
Martín y demás tribunos y estadistas de aquella edad de oro del
liberalismo; no chocaba su movimiento, repito, contra el Partido
Conservador, sino contra aquella fracción del Liberal que participa
más de sus pasiones que de sus ideas, compuesta de los hombres de
acción, contra los ideólogos; de los que prefieren en general las
soluciones de la fuerza á las de la libertad. En la cuestión
religiosa, por ejemplo, ellos han sido siempre partidarios del
mantenimiento de la sujeción y dependencia de la Iglesia al poder
civil, bajo el régimen del patronato ó de la inspección civil en
materia de cultos, que de la separación absoluta de las dos
potestades, bajo el principio de «la Iglesia libre en el Estado
libre.» En materias económicas admiten y reclaman un régimen de
protección al trabajo nacional, contra el principio de la absoluta
libertad de los cambios; y en política propiamente dicha sostienen
la organización de un Ejecutivo fuerte, dotado de todas las
atribuciones necesarias para reprimir á sus enemigos y para la
conservación del orden público. En la discusión de la Constitución
de 1853, esta fracción resistió y se opuso cuanto pudo al
nombramiento de los Gobernadores de las Provincias por elección
popular, no solo por creerla perjudicial en principio, porque con
ella el Poder Ejecutivo, privado del nombramiento de sus inmediatos
agentes, quedaba reducido á la impotencia, y la Administración
desorganizada, sino por considerar que tal disposición se
sancionaba por hostilidad personal al Presidente de la República,
General Obando. Los Obandistas, llamémoslos así, bautizaron á la
juventud universitaria, hervidero y núcleo de las reformas, con el
nombre de Gólgotas, para significar con ese sobrenombre, derivado
de la colina en que se alzó la cruz del Salvador, el absoluto
idealismo de sus doctrinas, y los Gólgotas á su turno bautizaron á
sus contrarios con el odioso apodo de Draconianos; y con estos
nombres, la división entre las dos fracciones del liberalismo se
exacerbó y se ahondó hasta convertirse en odio á muerte entre sus
miembros.
En estas circustancias una desgracia personal, un acontecimiento
semejante en pequeño al del denuncio de Erazo contra el General
Obando, la fatalidad, en fin, vino á producir el choque. El General
José María Melo, uno de los más distinguidos oficiales de la guerra
de Independencia, soldado de oficio, militar de honor, probado
liberal, recientemente llegado de Venezuela, donde había
permanecido desde 1830, hombre á quien jamás se había imputado la
comisión de un crimen, era el Comandante general del ejército, y en
la noche del 31 de Diciembre de 1853, al entrar en el cuartel de
caballería, donde tenía sus habitaciones, tuvo la desgracia de
herir involuntariamente de muerte con su espada, á un cabo de
apellido Quiroz, á quién encontró ebrio en la escalera y reconvino
por esta falta.
El radicalismo, omnipotente en las Cámaras Legislativas y en la
prensa, y que odiaba de muerte á Melo por el mando militar de que
estaba investido, no le dió cuartel; arrebató la causa del
conocimiento de los juzgados militares a quienes correspondía
conforme á las Ordenanzas, amenazando llevar á Melo á ignominioso
patíbulo.
Hé aquí el medio político en que se produjo el golpe militar del
iy de Abril de 1854, que se creyó ejecutado de acuerdo con el
General Obando> y ficticia su prisión, para devolverle el
poder cuando triunfara la revolución.
Imposible que á la edad de veinte años, y con toda mi carrera
por delante, hubiera yo prescindido de tomar parte activa en la
campaña; y sabedor de que el Gobernador de la Provincia, señor D.
Mateo Viana, que me conocía desde niño, había ido á situarse en
Ambalema, rico emporio entonces de población, de comercio y de
riqueza, para organizar fuerzas, exigí del Alcalde del Guamo que me
facilitara una barqueta y bogas sobre el Saldaña, afluente del
Magdalena, para seguir río abajo á Ambalema.
-Así lo haremos, me dijo el Alcalde; pero hay que esperar á que
anochezca para ir, acompañados de una pequeña escolta, á fin de
asaltar algún rancho de bogas en la orilla del río y obligarlos al
viaje, pues si vamos de día, bien sabe usted que no encontraremos á
nadie; y además, porque usted tiene que hacer el viaje de noche,
porque es seguro que muchos de los puertos de la orilla derecha del
río, Girardot, Nariño, Guataquí, estarán ocupados ya por fuerzas de
Melo, y aun viajando de noche, temo mucho que vaya á sucederle
alguna desgracia.
Pero á esa edad no se conoce el miedo, y yo insistí en el viaje.
Pusímonos, pues, en marcha al anochecer, en dirección al puerto del
Gusano, sobre el Saldaña, y gracias á que el Alcalde conocía á
palmos el patio, no errámos el golpe, cayendo de improviso sobre él
precisó rancho donde estaban durmiendo unos cuantos de aquellos
anfibios; y aunque protestaron que era una gran temeridad ir á
embarcarse con el río crecido, en la estación de las lluvias y con
semejante noche, oscura y lluviosa, y que ellos no respondían de la
vida del señor (la mía), cedieron al fin á los ruegos del Alcalde,
al trago de buen anisado con que los obsequiámos, y á la oferta de
una 'buena propina, y á eso de las diez de la noche, lloviendo y en
medio de aquella oscuridad, cometí la locura de confiar á las
impetuosas corrientes del Saldaña y del Magdalena, mi vida, sobre
una mala barqueta, de las que allá llaman plataneras, porque apenas
pueden con unos cuantos racimos de plátanos.
La verdad es que yo incurrí en tan temerario arrojo, porque
entonces sólo conocía del río el paso de Guataquí ó de la Boca de
Opía, por donde acostumbraba pasarlo para ir de Bogotá á Ibagué;
que si lo hubiera conocido como lo conozco ahora, si hubiera sabido
lo que eran los raudales de Flandes, Gallinazo, Los Bizcochuelos y
Colombaima, de ninguna manera hubiera arriesgado mi vida por
ahorrarme dos días de sol y viaje por tierra.
¡Lo que se hace á los veinte años! ¿ Por cuánto lo haría yo hoy
á los sesenta y seis? Por ningún oro, ni por todas las patrias del
mundo. ¡Qué tesoro de entusiasmo, de fuerza, de valor y de
generosidad es la juventud! ¡Y qué miseria de miedo, de prudencia y
de egoísmo es la vejez!
Zarpámos, pues, del puerto del Gusano á eso de las diez de l~
noche, y como el río estaba crecido, la barqueta, aguas abajo, no
llevaría una velocidad de menos de tres leguas por hora. A poco
arreció la lluvia; uno de los dos bogas tuvo que emplearse en
achicar la barqueta (sacar el agua que entra, empapada en
estropajos), y yo hube de quedarme tan sólo con el encauchado,
haciendo un lío de mi ropa, que envolví en la alfombra ó sudadero y
acomodé debajo de mi galápago para tener con qué llegar á
Ambalema.
-Patroncito, vamos á pasar un paso muy peligroso; arrodíllese y
agárrese bien de los bordes de la canoa y no tenga miedo, que
Nuestra Señora nos sacará con bien. Y principiaban á encomendarse á
Dios y á rezar sus oraciones. Y con efecto, á otro momento oíanse
rugir las embravecidas aguas del río, que se azotaban contra el
peinazo de las rocas, y las olas levantaban y sacudían la canoa
domo para sepultaría en sus abismos; pero como yo no conocía el
peligro, el miedo no llegó á convertirse en pánico.
En casi todos los puertos de la orilla cundinamarquesa se
divisaba una luz; pero la oscuridad era tan densa, que no alcanzaba
á alumbrarnos; además, desde que la columbrábamos nos cargábamos
cuanto podíamos sobre la márgen izquierda, y dejando de bogar, nos
deslizábamos en silencio hasta perderla de vista.
En fin, á las ocho de la mañana, después de una noche de
peligros y de angustias, llegámos con toda felicidad á Ambalema,
donde estaba el Gobernador, ya activamente ocupado en la
organización de fuerzas. Recibióme el señor Viana con el mayor
cariño, y nombróme en el acto uno de sus ayudantes, puesto que
conservé cerca de él hasta que terminó la campaña, y entrámos
juntos á Bogotá el 4 de Diciembre del mismo año de 1854.
Acompañábalo como Secretario de la Gobernación el joven Carlos
Abondano, mi amigo muy distinguido, con quien yo me había
relacionado por vecindad desde mi residencia en la casa de la
señora Ladrón de Guevara y Vasconcélos de Aranza.
Ocupábase activamente el señor Viana en la organización de la
fuerza con la cual se proponía rescatar la importante plaza de
Honda, llave de la navegación del bajo río y de la comunicación con
la Costa atlántica, que había sido ocupada por las tropas del
Dictador, al mando del Coronel J. M. Barriga; y tan activo fué este
trabajo, que en breve se encontró en aptitud de abrir operaciones
sobre aquella plaza, con una columna compuesta de unos 300 infantes
y unos 100 hombres de caballería, toda gente colecticia, acabada de
reclutar en Ambalema y pueblos circunvecinos. Yo traje de Lérida,
vecindario de la casa de mi tío Felipe Terreros Galindo, donde yo
pasaba los asuetos y donde era muy querido, unos 40 voluntarios. A
Ambalema habían principiado á llegar varios oficiales del ejército,
escapados de Bogotá, leales al orden constitucional, de los cuales
sólo interesan á esta relación los nombres de los Capitanes Mateo
Sandoval y Gregorio Trujillo (llamado después el Manco de
Guillermo, por haber perdido un brazo en la acción de aquel nombre,
en la guerra de 1860), ambos destinados á llegar al más alto grado
de su carrera militar.
Puesta la columna á órdenes del Coronel de ejército,
señor.…………, de probada
reputación militar, pusímonos en marcha el 3 de Mayo temprano; la
infantería en champanes, por el río, y la caballería, naturalmente,
por tierra, para reunirnos en el puerto de Méndez, distante ya
pocas horas de Honda, como así se efectuó con toda regularidad.
El señor Viana, con sus ayudantes, se estableció en la casa de
la hacienda de su yerno, el señor Antonio París Rubio, situada á
orillas del río.
El plan de campaña ideado por el Gobernador, y que yo suponía
había sido concertado de acuerdo con el Coronel.……, fué
el siguiente: Despacharíase por el río á los Capitanes Trujillo y
Sandoval, con unos 50 infantes escogidos y bien municionados, para
que durante la noche desembarcaran frente á Honda, con el río de
por medio, se parapetaran y tomaran fuertes posiciones en el cerro
de Cacao en pelota, que domina la ciudad, y al amanecer, cuidando
de ocultar su número, abrieran fuego sobre ella, teniendo por
seguro que toda, ó la mayor parte de la fuerza enemiga, que ocupaba
á Honda, pasaría en el acto á atacarlos; y prometiéndoles que
nosotros (bien puedo nombrarme), caeríamos sobre Honda, por tierra,
con el resto de la columna, cuando más tarde á las siete de la
mañana. No puede negarse que era un plan muy atrevido y muy
aventurado, que salió bien por mera casualidad.
Sandoval y Trujillo zarparon con su tropa poco después de
anochecer, y descansando, que bien lo necesitaba, acostado en un
chinchorro, estaba yo, cuando á eso de la media noche vino it
despertarme el señor Viana, y me dijo:
-Galindito, levántese y váyase en el acto con dos baquianos, que
están listos, á Mariquita, á llamar á Pacho (el bravo Coronel D.
Francisco de P. Diago), con esta carta, pues el Coronel acaba
de notificarme que se va (como en efecto se fué), por estar en
absoluto desacuerdo conmigo sobre el plan de operaciones. Dígale á
Pacho que lo espero al amanecer, con la columna
en………. no me acuerdo ya del sitio que me
nombró.
Ignoro lo que hubiera pasado entre el Gobernador y el
Coronel……..
La comisión no tenía nada de agradable: marchar en aquella noche
de invierno, teniendo que atravesar los peligrosos pasos de la
quebrada de Lumbí, muy crecida en la estación de las lluvias. Pero
iba bien montado y bien acompañado.
Llegado á Mariquita, casi al amanecer, toqué á la puerta, que
daba á la calle, del dormitorio del Coronel Diago, cuyas señas me
había dado bien D. Mateo. Salió el Coronel en paños menores, con
una vela en la mano, y después de imponerse en la carta de su
amigo, me dijo:
-Dígale á Mateo que yo tengo una reputación militar que perder,
y que no me asocio á esa calaverada; que lo que va á hacer es un
disparate; que Honda está ocupada por 500 veteranos al mando de un
Jefe de honor; que Sandoval y Trujillo han marchado al sacrificio,
y que ustedes, con sus reclutas, serán despedazados en el paso de
la quebrada de Padilla.
Quise yo insistir con respetuosa súplica, pero el Coronel me
contestó literalmente lo que copio:
-Es inútil hacerme discursos de la Escuela Republicana. No tiene
usted tiempo que perder; vuele á darle mi respuesta á Mateo, para
que salga como pueda del berenjenal en que se ha metido.
Figúrese el lector en qué disposición de ánimo volvería yo á
llevar esta respuesta á mi Jefe, con quien me reuní, pero ya á eso
de las siete de la mañana, en el punto convenido. Desde que vió que
llegaba solo, adelantóse á mi encuentro D. Mateo. Impuesto con
disimulo en la respuesta del Coronel Diago, y advertido yo de que
delante de la tropa dijese que no había encontrado al Coronel en
Mariquita, sin dar la menor muestra de vacilación, asumió el señor
Viana el mando de la columna, con la que nos encaminámos, al toque
de pasitrote, á Honda, de la cual nos separaban aún dos ó tres
leguas de marcha.
Todas las gentes que por el camino encontrábamos, nos informaban
que del otro lado del río estaban batiéndose desde las seis de la
mañana. Cuán cierto es que en la guerra la audacia es casi siempre
coronada por la victorial
Falto de espionaje, porque le faltaba la opinión, que toda
acompañaba á los defensores del orden constitucional, el Coronel
Barriga no tuvo noticia de nuestra marcha, y creyendo que todo el
enemigo con quien tenía que habérselas, era el que lo desafiaba del
otro lado del río, pasó con toda su tropa á combatirlo, y nosotros
ocupámos á Honda, sin un tiro, entre las diez y las once de la
mañana del 4 de Mayo de 1854. El Coronel Barriga no intentó
recuperar la ciudad; se dió por derrotado, y regresó con su tropa á
Bogotá.
Sandoval y Trujillo se habían batido cinco horas con 50 hombres,
contra 400, por lo cual el Congreso les declaró después acción
distinguida de valor, conforme á Ordenanza, por esta hazaña.
Mi complexión de blanco y rubio, y mi alto temperamento
sanguíneo, me hacían de joven muy sensible á la acción del sol, y
enfermé de fiebre después de tantas marchas por aquellas llanuras
del Alto Magdalena, abrasadas por un sol africano. Dirigíame para
convalecer á la que era como mi propia casa, la de la familia de mi
tío, el señor Felipe Terreros, en Lérida, pero no habiendo
alcanzado á llegar á ella, entré en la hacienda de Macute, á
orillas del río Lagunilla, propiedad del señor D. Pepe Viana,
hermano de D. Mateo, de cuya familia, que me conocía, recibí la más
cariñosa hospitalidad.
El Gobernador había regresado, entre tanto, á Ambalema, donde
volví á reunírmele al cabo de un mes. Allí se encontraba, hospedado
en la casa de Montoya, el General Tomás Herrera, en ejercicio del
Poder Ejecutivo, como primer Designado, mientras llegaba el
Vicepresidente, señor Obaldía; pero poseído de incurable tristeza
por el desastre que él y el bravo General Franco habían sufrido en
los campos de Tiquiza y Zipaquirá el 21 de Mayo, donde el General
Melo había dispersado como una bandada de aves el ejército
colecticio que aquellos jefes habían formado y traído, en menos de
un mes, de las Provincias del Norte.
Semejante á los héroes antiguos, que no podían sobrevivir á la
derrota, el General Herrera resolvió buscar la muerte en todos los
combates, hasta que la halló en el último día de la campaña, en la
toma de Bogotá, el 4 de Diciembre. Me tocó presenciar su agonía,
como se vera en el final de este capítulo.
De Ambalema envióme el General Herrera en comisión militar al
cuartel general del General José Hilario López, en Cali. Lo
sustancial de las aventuras de esta expedición, se halla referido
en un articulo dedicado it la memoria del doctor Teodoro
Valenzuela, publicado en el número 546 de La Crónica,
correspondiente al 9 de Mayo de 1899, que complementado con lo que
en aquella relación faltó, es del tenor siguiente:
Después de la acción de Honda, librada el 4 de Mayo, á órdenes
del Coronel Mateo Viana, para recuperar aquella importante plaza,
de la cual fueron desalojadas las tropas enemigas que la ocupaban,
el General Herrera me envió en comisión al cuartel general del
General López, en Cali, con esta consigna: la de significar al
General la suprema importancia que para la rapidez de la campaña
tenía el que cuanto antes saliera á Ibagué un cuerpo cualquiera que
se llamara la Vanguardia del ejército del Sur con el objeto dé
hacer comprender á Melo que mío debía tener esperanza alguna de
apoyo en el Cauca. Se me ordenó, pues que no regresara á Ibagué,
sino trayendo este cuerpo.
Dióseme por compañero al Teniente Juan N. Castro y Carrillo, de
Bogotá, cuyos cercanos parientes viven aún en esta ciudad.
En Buga, donde tenía que tocar para mis auxilios de marcha con
el Gobernador de la Provincia, señor Antonio Matéus, éste me llamó
inmediatamente aparte y me dijo:
-Cuidado, mucho cuidado con lo que usted hable; no sabe usted el
terreno que pisa; todo el Cauca es Obandista; yo estoy muy
vigilado, y me encuentro aquí casi como prisionero de la
revolución. Muéstrese usted, como yo, estusiasta amigo del General
Obando, sosteniendo que su prisión es efectiva, y que nos ponemos
en armas para restituirlo al ejercicio de sus funciones; de otro
modo, no saldrá usted del Cauca.
El señor Matéus, uno de los hombres más valerosos del mundo,
incorporado después al ejército del General López, hizo toda la
campaña hasta Bogotá, y de regreso al Cauca, todavía en su carácter
de Gobernador de la Provincia, fué cobardemente asesinado en
Palmira en 1856.
En Cali encontré de primer Ayudante general del General López al
doctor Salvador Camacho Roldán, cuya preciosa vida quiera Dios
conservar, y abona mi relato. No pudiendo el General López
desprenderse de parte alguna de la fuerza que reunía en Cali, me
despachó con orden de que el General Murgueitio, que mandaba en
Cartago, pusiera dicho cuerpo á mi disposición.
Pero el viaje de Cali á Cartago estaba lleno de peligros, si no
para mi vida, para mi libertad. Fingiendo por consejo del mismo
General López, que seguía en comisión para Popayán, tomé al salir
de la ciudad esta vía, acompañado de un buen baquiano, y dando
después un largo rodeo para volver á pasar el Cauca por el paso de
Latorre, alcancé á llegar esa noche al Cerrito, á casa del señor
doctor Miguel Cabal, de la distinguida familia de este nombre,
pariente político de una de mis hermanas. En el Cauca y en el
Tolima, me encuentro yo en mi propia tierra.
Al día siguiente llegué á Tuluá para remudar bagajes, donde el
Jefe político, un señor Victoria, me llamó y me dijo: -
-Diga usted en la oficina y en todos los corrillos, que va it
quedarse aquí uno ó dos días descansando del viaje, por estar ya
cumplida su comisión, y al entrar esta noche en su posada, donde
encontrará sus bestias y el peón que debe acompañarlo hasta el
Zarzal, hable en alta voz con su compañero del baño del río por la
mañana; apague su luz y finja que se acuesta; pero a las dos de la
mañana, cuando ya todo el mundo se haya retirado á su casa, ensille
y póngase en marcha, porque sé que quieren echarle mano.
Y así lo hicimos, por fortuna con una luna como el día; pero los
encargados de prenderme (el jefe de ellos, que después supe quién
era, grande amigo mío), advertirían sin duda mi fuga, porque no
haría media hora que descansábamos bajo el toldo de unas negras en
el paso del río de la Paila, esperando un refrigerio, cuando el
buen negro que nos servía de peón y de baquiano, nos dijo:
-A caballo, blancos; miren como relumbran en la cabecera del
llano fas lanzas de la partida que viene á cogernos; pero no hay
cuidado: á pocas cuadras de aquí se abre á mano izquierda un camino
para la hacienda de Cañas gordas. Síganme. Usted, dirigiéndose á
mí, saque la espada y pique mi caballo; y usted, dirigiéndose á
Castro, pique con la suya el del doctor.
Y diciendo y haciendo, pasámos el río y tomámos mi todo escape
el tenebroso monte de Morillo, que principia inmediatamente después
del paso. Y efectivamente: á poca distancia nuestro buen negro
cruzó sobre la izquierda, por una vereda apenas perceptible entre
los árboles del monte, y poco después entrábamos en la hacienda de
Cañas gordas, cuyo administrador, un señor Becerra, era conocido y
a migo mío, pues debe recordarse que yo había vivido en el Cauca,
entre Cartago y Buga, en los años de 52 y 53.
Pero impuesto el señor Becerra de la aventura que allí nos
traía, nos dijo:
-No hay para qué desmontarse, porque á lo sumo dentro de una
hora estarán aquí esas gentes en busca de ustedes. Hay que pasar el
Cauca para que sigan por la otra banda hasta frente á Cartago; por
fortuna hay barqueta en el paso de la hacienda. Vámonos. Y montó
para acompañarnos hasta hacernos pasar el río. Del otro lado del
Cauca cesaron ya nuestros cuidados, y tomando el camino público de
la banda occidental, que viene de Roldanillo, Luimos á repasar el
río frente á Cartago por el paso del Guanábano, para rendir nuestro
viaje en aquella población querida y amiga mía.
A pesar de la orden del General López, el General Murgueitio no
quiso desprenderse de parte alguna de la fuerza que mandaba, y me
propuso, y yo tuve el imbécil y temerario valor de aceptar, que se
formase el cuerpo que yo debía conducir á Ibagué, con los
prisioneros antioqueños de la columna llamada de Urrego, los mismos
que después de haber asesinado al Gobernador Pabón en la ciudad de
Antioquia, habían invadido el Cauca, y á quienes había rendido y
hecho prisioneros pocos días antes, en formidable y heroico asalto,
dado en Roldanillo, aquél hombrazo de Clodomiro Ramírez, muerto
después en Santander en uno dé los combates de la guerra de
1860.
Informado de que Teodoro Valenzuela, á quien ya yo estimaba
mucho de nombre, se encontraba en la población, en casa de su tío
el doctor Sarmiento, cura de la ciudad, fui á verlo y lo comprometí
á que se pusiera en armas, haciendo parte de la expedición, de la
cual era jefe el Coronel Ramírez. Diónos este, á mí el mando de la
1.a Compañía, y á Valenzuela el de la 2.a, y pusímonos en marcha
para atravesar el Quindío, por ahí á mediados de Julio; pero al
segundo día de marcha, estando el cuerpo acampado para almorzar,
con los fusiles en pabellón, debajo de unos cámbulos ó písamos, en
una de las colinas de la aldea de La Balsa, Urrego y sus inmediatos
compañeros, que allí iban como soldados, pero á quienes habíamos
prometido restituirles sus grados en Ibagué, se arrojaron sobre las
armas á los gritos de «viva el General Melo!» «viva el Gobierno
provisorio!» habiendo dado muerte al único oficial extraño que con
ellos estaba, un joven Feijón, de Cartago, que desempeñaba las
funciones de jefe de día. El coronel Ramírez, Valenzuela y yo, que
por fortuna, aunque faltando á la disciplina militar, nos habíamos
quedado atrás para almorzar en casa del Corregidor de la aldea,
distante algunas cuadras del campamento, apenas tuvimos tiempo de
montar antes de ser cortados por la partida enviada á capturarnos y
fusilarnos.
Acompañados del Corregidor contramarchámos hasta el paso del río
de La Vieja, llamado Piedra de Moler, y constituyéndonos en
destacamento sobre la cuesta del otro lado del río, para impedir
que alguno llevara la noticia á Cartago antes que le fuese
comunicada al General Murgueitio, despachámos de allí un posta
dándole cuenta de lo sucedido, á fin de prevenir un levantamiento
de los melistas en Cartago con el apoyo de los insurrectos de La
Balsa. Dos horas después, dando tiempo á que llegara nuestro posta,
seguimos á Cartago, donde encontrámos que la población entera,
indignada por la felonía de los antioqueños, se había puesto en
armas para venir en nuestro auxilio, y con la fuerza que se puso á
nuestra disposición, marchando toda la noche por el camino de la
salina de Consota, dimos al día siguiente alcance á los fugitivos,
cortándolos en el momento preciso en que iban á tomar el camino de
Santa Rosa de Osos para Antioquia; aunque casi todos ellos
escaparon botando los fusiles y echándose al monte á los primeros
tiros, rescatámos todas las armas, y con ellas un corneta y seis
soldados, y salimos á Ibagué, donde el Gobierno del señor Obaldía
anunció pomposamente «la llegada del primer cuerpo de vanguardia
del ejército del Sur.»
De lo ocurrido en La Balsa da cuenta el señor doctor Venancio
Ortiz en su Historia de la Guerra de 1854, y á ella me refiero para
abonar mi dicho.
De regreso del Cauca encontrábanse va instalados en Ibagué todos
los altos poderes del Gobierno: El Vicepresidente señor Obaldía,
ejerciendo el Poder Ejecutivo, á quien servían de Secretarios de
Estado don Pastor Ospina, conservador, y el señor clon Ramon
Matéus, hermano del Gobernador del Cauca, liberal; la Corte
Suprema, de que eran Magistrados los doctores Márquez, Sanclemente
y Latorre Uribe; y el Procurador General de la Nación, cuyo cargo
ejercía el señor Lino de Pombo. Poco después se reunió el Congreso
disperso en Bogotá por el golpe del 17 de Abril, el cual se ocupó,
sin pérdida de tiempo, como del más urgente asunto político, de
iniciar la causa de responsabilidad contra el Presidente General
Obando, por su supuesta participación en aquel golpe de Estado. La
Cámara de Representantes propuso la acusación, y el Senado la
admitió conforme á los trámites prescritos por la Constitución y la
ley, con lo cual quedó el Presidente desde ese momento legalmente
suspenso del ejercicio de sus funciones.
Como no hubiera bolas ó balotas blancas y negras para hacer
conforme á la ley y al reglamento la votación secreta de la
acusación, el Secretario de la Cámara, doctor Teodoro Valenzuela,
habíase procurado para este acto botones de hueso blancos y negros.
Hallábase en la barra de la Cámara, reunida en la Capilla del
Colegio de San Simón, el popular, antiguo y queridísimo Cura de
Ibagué doctor Calixto Ferreira, exaltado obandista. Levantóse la
sesión; era de noche; lo recuerdo como si hubiera sido ayer: en el
momento en que el doctor Valenzuela acaba., ha de echar los botones
en un taleguito, penetró hasta él el doctor Ferreira, y
arrebatándoselos de la mano le dijo:
«quiero guardar estos botones con los cuales se ha consumado
esta iniquidad, semejantes á los dados con los cuales jugaron los
centuriones la túnica de Cristo»; y se los llevo.
Empeñóse el doctor Murillo, Senador, en hacer comprender en la
acusación á un Secretario de Estado del General Obando, á quién
todos reputaban inocente, hasta el punto, se dijo entonces, de no
haber tenido noticia del golpe de Estado, sino el mismo día 17 de
Abril, por la mañana, en que pasando por la plaza de Bolívar
preguntó qué significaban las descargas de artillería que allí se
hacían; con las cuales se proclamaba la dictadura.
Preguntado el doctor Murillo, al salir cíe la sesión, por uno de
sus colegas, qué motivo tenía para haberse empeñado en que se
comprendiese en la acusación á aquel Secretario, contestó: «porque
yo quiero que se establezca el precedente de que los pen…..
también son responsables.»
Terminadas las sesiones de aquel célebre Congreso, donde tenían
puesto Murillo, don Pedro Fernández Madrid y don Ignacio Gutiérrez
en el Senado, y Salvador Camacho Roldán, Ricardo de la Parra,
Vicente Herrera, José de Jesús Alviar y Zenón Solano en la Cámara
de Representantes, regresé á ocupar nuevamente mi puesto en el
Ejército, al lado de mi jefe el Coronel Viana, en Honda.
En combinación con el ejército que de las provincias del Norte
(Estados ó Departamentos de Santander y Boyacá) traían los
Generales Mosquera y Herrera, movióse el nuestro, llamado del Sur,
sobre la sabana de Bogotá, mandado por los Generales Pedro A.
Hernán y José H. López, á fines de Octubre ó principios de
Noviembre de 1854.
Encontréme en la acción del Puente de Bosa el 22 de Noviembre, y
en el asedio y toma de la capital en los días 3 y 4 de Diciembre,
junto con Carlos Abondano, que era el otro Ayudante del Coronel
Viana.
Los cuerpos de nuestra División formaron para dicho asedio la
extremidad del ala izquierda del ejército del Sur, que debía
unirse, como se unió, con el ala derecha del ejército del Norte, en
la plazuela de San Victorino. Nos tocó entrar asaltando y rindiendo
los puestos y reductos que por esa vía ocupaba el enemigo,
principalmente la torre del convento de San Juan de Dios, por la
calle de ese nombre y la de Florián, hasta la plaza Mayor, que ya
había sido ocupada por otro cuerpo.
Terminado el combate y apagados los fuegos á eso de las 4 de la
tarde, encontréme á esa hora en la 1.a calle Real, de manos á boca
con mi patrón el señor Michelsen, que por allí andaba recogiendo
amigos, siempre el mismo, para llevarlos á comer á su casa, la
misma de la calle de la Rosa Blanca de donde me había despachado
nueve meses antes en busca dei señor Ramos.
La muerte del denodado General Herrera, cuya agonía me tocó
presenciar, la había referido ya años atrás; se encuentra publicada
en el precioso libro del doctor Pedro M. Ibañez, Crónicas de
Bogotá-1891 y es del tenor siguiente:
Comíamos en la tarde del 4 de Diciembre en casa del señor
Michelsen, entre otras personas el doctor Cheyne y yo, cuando
fueron it buscar allí al doctor para que fuera á ver al General, y
como yo vestía traje militar y las calles se encontraban aún llenas
de tropa, el señor Michelsen me indicó que debía ir á acompañar al
doctor. Llegados á la Quinta de Bolívar, adonde había sido
trasladado el herido, encontrámos al General acostado en una cama
formada por dos canapés, y con el mismo vestido militar con que
había sido herido, compuesto de levita azul de botonadura amarilla,
y pantalón también azul. Aún estaba muy animado; tenía abiertos sus
grandes ojos negros; nos conoció y saludó tendiéndonos la mano.
¿Dónde es la herida, General? le preguntó el doctor. El General
abrió su levita y dejó ver dos manchas de sangre en los dos
hipocondrios. El doctor pidió un vaso de agua, que trajeron en una
totuma, tan desmantelada así estaba aquella casa, y dijo al
enfermo: <<General, haga usted un esfuerzo por pasar
algunos tragos>>; pero el liquido se derramó casi
instantáneamente después por ambas heridas. El doctor salió de la
pieza sin despedirse, y el General expiró á las 2 de la mañana del
5.
Al ser notificado el General Obando del auto en qué se le
llamaba á juicio y se le requería para que nombrara defensor, el
General, sin acordarse de mi procedimiento como Gobernador de
Cundinamarca, expuso: que nombraba para su defensor al doctor
Aníbal Galindo, como consta de autos en la causa impresa, cuya cita
puede verificar el que quiera.
Pero yo no tuve el valor de aceptar: incurrí en la gravísima
falta de excusarme, no por ningún sentimiento de antipatía contra
el General Obando, sino por la exaltación de las pasiones de la
época, y por hallarme a priori convencido de su complicidad en el
golpe del 17 de Abril. Después de varios otros nombramientos
infructuosos, hechos en liberales, al fin aceptó el cargo el
desgraciado doctor Andrés Aguilar, conservador, quien lo desempeñó
hidalgamente con el mayor interés.
De las dos causas que se seguían al Presidente, la una por los
trámites de la jurisdicción ordinaria ante la Corte Suprema, por su
supuesta participación en el golpe del 17 de Abril, calificado de
sedición y traición, y la otra de responsabilidad por falta al
cumplimiento de sus deberes, ante el Senado, la primera terminó en
la sentencia absolutoria de segunda instancia de la Corte Suprema,
que lleva las firmas de los eminentes jurisconsultos doctores José
Ignacio de Márquez y José María de la Torre Uribe, la cual se
registra en el número 1,886 de la Gaceta Oficial, correspondiente
al 30 de Diciembre de 1855. Y la segunda, dice así:
«Juicio de responsabilidad.-Mensaje del Presidente del Senado.
-- Bogotá, 5 de Abril de 1855.
El Senado de la Nueva Granada, constituido en Gran Jurado
Nacional, que tengo la honra de presidir, falló, en su sesión de
ayer, en la causa de responsabilidad seguida contra el ciudadano
Presidente de la República General José María Obando, y los ex
Secretarios de Gobierno y Guerra, señores Antonio del Real y
Valerio Francisco Barriga, condenando al primero, por el voto
unánime de todos los ciudadanos Senadores, á la pena de destitución
del empleo, y absolviendo á los últimos del cargo por que se les
sometió á juicio.
Y en cumplimiento del artículo 381 del Código de
procedimiento en negocios criminales, lo pongo en vuestro
conocimiento, aprovechando esta oportunidad para suscribirme de
vos, ciudadano Vicepresidente, muy atento y obediente servidor,
JUSTO AROSEMENA.
Ciudadano Vicepresidente de la República, encargado del Poder
Ejecutivo.»
Quiso el distino, pues, que yo no me portase bien con el General
Obando en ninguna de las dos veces en que, siendo todavía
adolescente, el General me honró en el más alto grado con su
confianza, lo cual fué siempre motivo de constante pesar en mi
vida.
En premio de mis servicios en la campaña contra la dictadura, la
Administración Mallarino me nombró en 1855 Subdirector de Rentas
nacionales, puesto de importancia que habían desempeñado antes los
señores Ignacio Gutiérrez Vergara y Nicolás Pereira Gamba. La
antigua Secretaría de Hacienda comprendía los dos Departamentos de
Hacienda y del Tesoro, que hoy forman dos Ministerios, cada uno de
los cuales era administrado por un Subdirector, bajo la dirección
general: del Secretario de Hacienda, que lo era el doctor
Núñez.
Teniendo que preparar en aquel delicado puesto trabajos serios
sobre aduanas, salinas, ferrocarril de Panamá, timbre nacional,
tierras baldías, bienes nacionales, etc., etc., para los cuales no
bastaba saber hacer discursos o escribir artículos de política,
tuve necesidad de aplicarme. á estudios económicos serios, sobre
estas materias, en los cuales perseveré y llegué á adquirir
bastante suficiencia.
Mal avenido con el dispendioso y complicado sistema de
administración de la Renta de Salinas, que aún subsiste, y después
de haberlo estudiado detenidamente en varias visitas á las Salinas
de Zipaquirá, adquirí la idea de su simplificación, si el monopolio
se reducía sólo á la explotación y venta de la materia prima,
abandonando la elaboración y compactación de la sal en todas sus
formas á la industria privada. Y así tuve el honor de proponerlo al
Gobierno en el Informe general de los negocios adscritos á mi
Departamento, que corre publicado en el número 1,940 de la Gaceta
Oficial de 5 de Abril de 1856.
Terminada la Administración Mallarino en Marzo de 1857, renuncié
el destino para hacer un segundo viaje á Europa, que efectué en
compañía del señor Michelsen y de su distinguida familia. Pasé por
Cartagena, donde residía de muchos años atrás mi querido hermano
mayor, el doctor Inocencio Galindo, que me amaba con la ternura de
un padre. En Turbaco fuí presentado al General López, de México,
baldado de una pierna que había perdido en la defensa del castillo
de San Juan de Ulloa contra los franceses, y á su hermosa y
distinguida señora doña Dolores Tagle de Santana, la misma cantada
por Germán Gutiérrez de Piñeres en aquellas estrofas inmortales que
dicen:
Hízose para vos, para vos sola,
Mexicana inmortal,
La que formó, grandiosa, la española,
Lengua de Moratín y de Argensola,
Octava sin rival.
…………………………………
…………………………………
No os aflijáis si la fortuna instable
Ingrata os trajo hasta la patria mía,
Que el águila también deja su cima,
Y se abate hasta el suelo, miserable;
Y cuanto más rastrera se aproxima
Al hondo abismo, rápida, indomable,
Con regio orgullo levantando el vuelo
Vuelve otra vez á la región del cielo.
Fui á residir en Londres, desde donde llenaba con mi
correspondencia las columnas del Vapor, periódico que redactaba en
Honda Próspero Pereira Gamba. En Londres, tuve la fortuna de
intimar cordiales relaciones de amistad con nuestro compatriota el
señor D. Mauricio Rizo, una de las cabezas de hombre de negocios
mejor organizadas que puedan envidiarse, quien á la sazón mantenía
casa de comercio en aquella ciudad, para la venta del tabaco que
cosechaba en sus establecimientos del Alto Magdalena. Debiendo el
señor Rizo regresar al país para ponerse al frente de sus negocios,
que no marchaban á su satisfacción, y habiendo simpatizado mucho
conmigo, me comprometió por contrato formal para que viniera á
prestarle mis servicios en ayuda del arreglo de sus negocios, donde
él me necesitase. Regresámos al País á principios de 1859, y
habiéndome destinado á servir en su factoría y tierras de Girardot,
población que principiaba á nacer bajo sus auspicios y con su
caudal, allí me encontraba cuando estalló la revolución liberal
encabezada por el General Mosquera, que suministra la materia del
capitulo siguiente.