INDICE





PREÁMBULO

CAPÍTULO I
Salamina o la revolución de 1840

CAPÍTULO II
Don Trifón Molano. El Colegio del Rosario, Los Jesuitas y el Ilustrísimo señor Mosquera

CAPÍTULO III
El 7 de marzo de 1849

CAPÍTULO IV
El doctor Murillo y mi escritura

CAPÍTULO V
La enseñanza universitaria. 1849 a 1852

CAPÍTULO VI
Las Reformas Radicales del Congreso De 1851.— La Revolución Conservadora del Mismo Año.—El Doctor Mariano Ospina.—Salvador Camacho Roldán.—Mi Bautismo De Fuégo.—El Coronel Joaquín Acosta.

CAPÍTULO VII
Mi estreno en el foro - Gobernación de Cundinamarca - Soltura de unos conscriptos - Felipe Pérez

CAPÍTULO VIII
Campaña contra la dictadura.1854

CAPÍTULO IX
La revolución de 1860 - Batalla de San Agustín ?  La espada del General Mosquera

CAPÍTULO X
Mi permanencia en Europa como encargado de negocios - El cadáver del emperador Maximiliano - La traducción del paraiso perdido - El príncipe Pedro Bonaparte - D. José Triana o las glorias de la Patria - M. Chevalier - Alejandro Dumas - La transfución de la sangre

CAPÍTULO XI
Mi misión á Caracas 1872 á 1873 - La escritura de propiedad de la frontera oriental de la República

CAPÍTULO XII
Paso de la juventud a la edad provecta - 1873 á 1884 - La elección del señor Parra - Campo de Garrapata - Abajo la confiscación - La constitución federal de 1863 - Gobierno del Tolima con el General Fruto Santos

CAPÍTULO XIII
Retrospectivo- Labor legislativa

CAPÍTULO XIV
La corte suprema de justicia

CAPÍTULO XV
Mi viaje al Perú

CAPÍTULO XVI
Conclusión
CAMPAÑA CONTRA LA DICTADURA. 1854.
 

 

El lunes santo, 10 de Abril de 1854, bajaba yo por la diagonal de la plaza de Bolívar, cuando oí que me llamaban del atrio de la Catedral. Volví á mirar, y era el señor Michelsen, á quien ya conocen nuestros lectores. Dirigíme hacia él, y tan pronto como nos abocámos, me dijo:

-Cuidado con ir á salirme ahora con que no puede dejar la Semana Santa.

-Y, ¿qué hay, pues, de qué se trata? le contesté.

-Se trata de que usted se vaya inmediatamente para el Guamo á salvarme unos ocho ó diez mil pesos que estoy en riesgo de perder. Acabo de saber que D. Manuel Ramos (opulento comerciante de Bogotá, que hacía cerca de dos años estaba enfermo en el Guamo), va á presentarse en quiebra, y como no tengo sino dos pagares simples, es seguro que en el concurso los acreedores privilegiados se lo llevarán todo, y yo perderé la deuda. Es pues, preciso que usted vuele al Guamo á hacerse pagar de cualquier modo, antes de que él se presente en quiebra ó de que algún acreedor la denuncie. ¿Entonces?

-Pues entonces, no hay más que irme.

-¿Y cuándo?

- Inmediatamente.

-¿Y qué necesita usted para el viaje?

-Los pagarés endosados, su liquidación, la carta de estilo para el señor Ramos, un muchacho montado para que me acompañe y lleve mi maleta, una buena mula para mí, y cien pesos en plata.

Y fuímonos en derechura al escritorio de su casa, situada en la calle de La Rosa Blanca, la misma que fué después del señor D. Diego Uribe, y que aún pertenece á la familia, para recibir los papeles y el dinero; y á las 12 del día salíamos mi criado y yo (siempre es bueno ser cortés), por el camellón de San Victorino, camino de La Mesa, hasta el Guamo, á donde llegué el miércoles santo á las 2 de la tarde. Recuerdo que adelante del Espinal, bajo el sol de fuego de las llanuras del alto Magdalena, se insoló mi mula; pero como yo había recibido buena educación calentana en los hatos de mi familia, y sabía y había practicado lo que en tales casos se hacía, desmontéme, liguéla fuertemente por la tabla del pescuezo con el cabestro ó pisador de la jáquima, y le di con el cortaplumas una copiosa sangría de la vena de la nariz, debajo del lagrimal. Púsela en seguida á la sombra debajo de un árbol, y una hora después el animal, perfectamente restablecido, rendía conmigo su viaje en el Guamo.

Desmontéme en casa de mi primo hermano, el señor Lucas Guzmán Galindo, hermano de Sixto, á quien el lector fué presentado en el campo de batalla de Garrapata el 6 de Agosto de 1851.

Y como no había tiempo que perder, una hora después de llegado ya estaba yo tratando mi asunto con el señor Ramos.

Encontré á este respetable caballero, á quien dos años de enfermedad, con sus almacenes cerrados en Bogotá y todos sus negocios paralizados, habían puesto en situación de quiebra; encontrélo, digo, postrado por el reumatismo, acompañado de su yerno el doctor Francisco Barberi, y sirviendo y despachando por sí mismo un mostrador de granos para proveer á su subsistencia.

«Quiero mucho á Michelsen, me dijo el señor Ramos, y como sé que mis bienes alcanzan de sobra para pagar mis deudas, propongo á usted lo siguiente: 'Le vendo mi casa de habitación en Bogotá (la magnífica casa alta que habitó después el señor D. J. M. Urdaneta, á media cuadra de la Plaza de Bolívar), por la suma de $ 20,000; recibiré en pago mis dos obligaciones liquidadas al 6 por 100 anual, (que ascendían á unos nueve mil pesos), y el resto con seis meses de plazo, para mis otros acreedores.»

 

Acepté en el acto la proposición; extendimos el contrato, que una vez aceptado por el señor Michelsen, debía ser cumplido en Bogotá, otorgándose la correspondiente escritura de venta, por el señor D. Manuel Troyano, apoderado general del señor Ramos; y al día siguiente, jueves santo, regresaba el criado del señor Michelsen, con las mulas, los pagarés y el contrato sometido á su aprobación. Una vez hecho el viaje, yo resolví quedarme paseándome y bañándome en el Luisa. El señor Michelsen no aceptó el convenio; el señor Ramos fué un año después concursado, y el señor Michelsen perdió íntegramente su crédito, pues apenas alcanzaron á pagarse los acreedores hipotecarios y privilegiados. Reconveníame después el señor Michelsen, diciéndome que por qué no había cerrado el contrato en firme, que para qué lo había sometido á su aprobación. Bonita reconvención!

Pero apenas alcanzaría á llegar mi expreso á Bogotá, cuando el General Melo dió el golpe militar del 17 de Abril con el ejército de su mando; redujo á prisión en su palacio al Presidente General Obando, y asumió la dictadura con el nombre de Gobierno provisorio. Los acontecimientos se sucedieron con tal rapidez, que puede decirse que la noticia de la revolución la trajo al Guamo el Gobernador de la provincia de Tequendama (su capital La Mesa), señor Justo Briceño, con la pequeña fuerza que después de un ligero combate en Portillo contra la tropa que Melo envió por aquella vía, venia á replegarse del otro lado del río. El Magdalena, que nunca intentaron pasar las fuerzas del Dictador, quedó desde el principio formando al occidente la línea de separación entre los dos campos.

Aunque escribo para Colombia, siempre es necesario hacer la pintura del medio político en que se efectúan los acontecimientos que refiero: es el esbozo, el marco de la historia; no es ni su clásica narración, ni su postrer juicio.

Es difícil explicar por la política este fenómeno: que en 1853 el movimiento ascendente del liberalismo no chocaba ó no se estrellaba ya contra el Partido Conservador, que más parecía simpatizar que oponerse á las reformas liberales que culminaron en la bellísima Constitución de ¡853, obra de Plata, de Florentino González, de Murillo, de Zaldúa, de Ricardo Vanegas, de Carlos Martín y demás tribunos y estadistas de aquella edad de oro del liberalismo; no chocaba su movimiento, repito, contra el Partido Conservador, sino contra aquella fracción del Liberal que participa más de sus pasiones que de sus ideas, compuesta de los hombres de acción, contra los ideólogos; de los que prefieren en general las soluciones de la fuerza á las de la libertad. En la cuestión religiosa, por ejemplo, ellos han sido siempre partidarios del mantenimiento de la sujeción y dependencia de la Iglesia al poder civil, bajo el régimen del patronato ó de la inspección civil en materia de cultos, que de la separación absoluta de las dos potestades, bajo el principio de «la Iglesia libre en el Estado libre.» En materias económicas admiten y reclaman un régimen de protección al trabajo nacional, contra el principio de la absoluta libertad de los cambios; y en política propiamente dicha sostienen la organización de un Ejecutivo fuerte, dotado de todas las atribuciones necesarias para reprimir á sus enemigos y para la conservación del orden público. En la discusión de la Constitución de 1853, esta fracción resistió y se opuso cuanto pudo al nombramiento de los Gobernadores de las Provincias por elección popular, no solo por creerla perjudicial en principio, porque con ella el Poder Ejecutivo, privado del nombramiento de sus inmediatos agentes, quedaba reducido á la impotencia, y la Administración desorganizada, sino por considerar que tal disposición se sancionaba por hostilidad personal al Presidente de la República, General Obando. Los Obandistas, llamémoslos así, bautizaron á la juventud universitaria, hervidero y núcleo de las reformas, con el nombre de Gólgotas, para significar con ese sobrenombre, derivado de la colina en que se alzó la cruz del Salvador, el absoluto idealismo de sus doctrinas, y los Gólgotas á su turno bautizaron á sus contrarios con el odioso apodo de Draconianos; y con estos nombres, la división entre las dos fracciones del liberalismo se exacerbó y se ahondó hasta convertirse en odio á muerte entre sus miembros.

 

En estas circustancias una desgracia personal, un acontecimiento semejante en pequeño al del denuncio de Erazo contra el General Obando, la fatalidad, en fin, vino á producir el choque. El General José María Melo, uno de los más distinguidos oficiales de la guerra de Independencia, soldado de oficio, militar de honor, probado liberal, recientemente llegado de Venezuela, donde había permanecido desde 1830, hombre á quien jamás se había imputado la comisión de un crimen, era el Comandante general del ejército, y en la noche del 31 de Diciembre de 1853, al entrar en el cuartel de caballería, donde tenía sus habitaciones, tuvo la desgracia de herir involuntariamente de muerte con su espada, á un cabo de apellido Quiroz, á quién encontró ebrio en la escalera y reconvino por esta falta.

El radicalismo, omnipotente en las Cámaras Legislativas y en la prensa, y que odiaba de muerte á Melo por el mando militar de que estaba investido, no le dió cuartel; arrebató la causa del conocimiento de los juzgados militares a quienes correspondía conforme á las Ordenanzas, amenazando llevar á Melo á ignominioso patíbulo.

Hé aquí el medio político en que se produjo el golpe militar del iy de Abril de 1854, que se creyó ejecutado de acuerdo con el General Obando> y ficticia su prisión, para devolverle el poder cuando triunfara la revolución.

Imposible que á la edad de veinte años, y con toda mi carrera por delante, hubiera yo prescindido de tomar parte activa en la campaña; y sabedor de que el Gobernador de la Provincia, señor D. Mateo Viana, que me conocía desde niño, había ido á situarse en Ambalema, rico emporio entonces de población, de comercio y de riqueza, para organizar fuerzas, exigí del Alcalde del Guamo que me facilitara una barqueta y bogas sobre el Saldaña, afluente del Magdalena, para seguir río abajo á Ambalema.

-Así lo haremos, me dijo el Alcalde; pero hay que esperar á que anochezca para ir, acompañados de una pequeña escolta, á fin de asaltar algún rancho de bogas en la orilla del río y obligarlos al viaje, pues si vamos de día, bien sabe usted que no encontraremos á nadie; y además, porque usted tiene que hacer el viaje de noche, porque es seguro que muchos de los puertos de la orilla derecha del río, Girardot, Nariño, Guataquí, estarán ocupados ya por fuerzas de Melo, y aun viajando de noche, temo mucho que vaya á sucederle alguna desgracia.

Pero á esa edad no se conoce el miedo, y yo insistí en el viaje. Pusímonos, pues, en marcha al anochecer, en dirección al puerto del Gusano, sobre el Saldaña, y gracias á que el Alcalde conocía á palmos el patio, no errámos el golpe, cayendo de improviso sobre él precisó rancho donde estaban durmiendo unos cuantos de aquellos anfibios; y aunque protestaron que era una gran temeridad ir á embarcarse con el río crecido, en la estación de las lluvias y con semejante noche, oscura y lluviosa, y que ellos no respondían de la vida del señor (la mía), cedieron al fin á los ruegos del Alcalde, al trago de buen anisado con que los obsequiámos, y á la oferta de una 'buena propina, y á eso de las diez de la noche, lloviendo y en medio de aquella oscuridad, cometí la locura de confiar á las impetuosas corrientes del Saldaña y del Magdalena, mi vida, sobre una mala barqueta, de las que allá llaman plataneras, porque apenas pueden con unos cuantos racimos de plátanos.

La verdad es que yo incurrí en tan temerario arrojo, porque entonces sólo conocía del río el paso de Guataquí ó de la Boca de Opía, por donde acostumbraba pasarlo para ir de Bogotá á Ibagué; que si lo hubiera conocido como lo conozco ahora, si hubiera sabido lo que eran los raudales de Flandes, Gallinazo, Los Bizcochuelos y Colombaima, de ninguna manera hubiera arriesgado mi vida por ahorrarme dos días de sol y viaje por tierra.

¡Lo que se hace á los veinte años! ¿ Por cuánto lo haría yo hoy á los sesenta y seis? Por ningún oro, ni por todas las patrias del mundo. ¡Qué tesoro de entusiasmo, de fuerza, de valor y de generosidad es la juventud! ¡Y qué miseria de miedo, de prudencia y de egoísmo es la vejez!

Zarpámos, pues, del puerto del Gusano á eso de las diez de l~ noche, y como el río estaba crecido, la barqueta, aguas abajo, no llevaría una velocidad de menos de tres leguas por hora. A poco arreció la lluvia; uno de los dos bogas tuvo que emplearse en achicar la barqueta (sacar el agua que entra, empapada en estropajos), y yo hube de quedarme tan sólo con el encauchado, haciendo un lío de mi ropa, que envolví en la alfombra ó sudadero y acomodé debajo de mi galápago para tener con qué llegar á Ambalema.

-Patroncito, vamos á pasar un paso muy peligroso; arrodíllese y agárrese bien de los bordes de la canoa y no tenga miedo, que Nuestra Señora nos sacará con bien. Y principiaban á encomendarse á Dios y á rezar sus oraciones. Y con efecto, á otro momento oíanse rugir las embravecidas aguas del río, que se azotaban contra el peinazo de las rocas, y las olas levantaban y sacudían la canoa domo para sepultaría en sus abismos; pero como yo no conocía el peligro, el miedo no llegó á convertirse en pánico.

 

En casi todos los puertos de la orilla cundinamarquesa se divisaba una luz; pero la oscuridad era tan densa, que no alcanzaba á alumbrarnos; además, desde que la columbrábamos nos cargábamos cuanto podíamos sobre la márgen izquierda, y dejando de bogar, nos deslizábamos en silencio hasta perderla de vista.

 

En fin, á las ocho de la mañana, después de una noche de peligros y de angustias, llegámos con toda felicidad á Ambalema, donde estaba el Gobernador, ya activamente ocupado en la organización de fuerzas. Recibióme el señor Viana con el mayor cariño, y nombróme en el acto uno de sus ayudantes, puesto que conservé cerca de él hasta que terminó la campaña, y entrámos juntos á Bogotá el 4 de Diciembre del mismo año de 1854. Acompañábalo como Secretario de la Gobernación el joven Carlos Abondano, mi amigo muy distinguido, con quien yo me había relacionado por vecindad desde mi residencia en la casa de la señora Ladrón de Guevara y Vasconcélos de Aranza.

Ocupábase activamente el señor Viana en la organización de la fuerza con la cual se proponía rescatar la importante plaza de Honda, llave de la navegación del bajo río y de la comunicación con la Costa atlántica, que había sido ocupada por las tropas del Dictador, al mando del Coronel J. M. Barriga; y tan activo fué este trabajo, que en breve se encontró en aptitud de abrir operaciones sobre aquella plaza, con una columna compuesta de unos 300 infantes y unos 100 hombres de caballería, toda gente colecticia, acabada de reclutar en Ambalema y pueblos circunvecinos. Yo traje de Lérida, vecindario de la casa de mi tío Felipe Terreros Galindo, donde yo pasaba los asuetos y donde era muy querido, unos 40 voluntarios. A Ambalema habían principiado á llegar varios oficiales del ejército, escapados de Bogotá, leales al orden constitucional, de los cuales sólo interesan á esta relación los nombres de los Capitanes Mateo Sandoval y Gregorio Trujillo (llamado después el Manco de Guillermo, por haber perdido un brazo en la acción de aquel nombre, en la guerra de 1860), ambos destinados á llegar al más alto grado de su carrera militar.

Puesta la columna á órdenes del Coronel de ejército, señor.…………,                 de probada reputación militar, pusímonos en marcha el 3 de Mayo temprano; la infantería en champanes, por el río, y la caballería, naturalmente, por tierra, para reunirnos en el puerto de Méndez, distante ya pocas horas de Honda, como así se efectuó con toda regularidad.

 

El señor Viana, con sus ayudantes, se estableció en la casa de la hacienda de su yerno, el señor Antonio París Rubio, situada á orillas del río.

El plan de campaña ideado por el Gobernador, y que yo suponía había sido concertado de acuerdo con el Coronel.……, fué el siguiente: Despacharíase por el río á los Capitanes Trujillo y Sandoval, con unos 50 infantes escogidos y bien municionados, para que durante la noche desembarcaran frente á Honda, con el río de por medio, se parapetaran y tomaran fuertes posiciones en el cerro de Cacao en pelota, que domina la ciudad, y al amanecer, cuidando de ocultar su número, abrieran fuego sobre ella, teniendo por seguro que toda, ó la mayor parte de la fuerza enemiga, que ocupaba á Honda, pasaría en el acto á atacarlos; y prometiéndoles que nosotros (bien puedo nombrarme), caeríamos sobre Honda, por tierra, con el resto de la columna, cuando más tarde á las siete de la mañana. No puede negarse que era un plan muy atrevido y muy aventurado, que salió bien por mera casualidad.

Sandoval y Trujillo zarparon con su tropa poco después de anochecer, y descansando, que bien lo necesitaba, acostado en un chinchorro, estaba yo, cuando á eso de la media noche vino it despertarme el señor Viana, y me dijo:

 

-Galindito, levántese y váyase en el acto con dos baquianos, que están listos, á Mariquita, á llamar á Pacho (el bravo Coronel D. Francisco de P. Diago), con esta carta, pues el Coronel      acaba de notificarme que se va (como en efecto se fué), por estar en absoluto desacuerdo conmigo sobre el plan de operaciones. Dígale á Pacho que lo espero al amanecer, con la columna en………. no me acuerdo ya del sitio que me nombró.

Ignoro lo que hubiera pasado entre el Gobernador y el Coronel……..

La comisión no tenía nada de agradable: marchar en aquella noche de invierno, teniendo que atravesar los peligrosos pasos de la quebrada de Lumbí, muy crecida en la estación de las lluvias. Pero iba bien montado y bien acompañado.

Llegado á Mariquita, casi al amanecer, toqué á la puerta, que daba á la calle, del dormitorio del Coronel Diago, cuyas señas me había dado bien D. Mateo. Salió el Coronel en paños menores, con una vela en la mano, y después de imponerse en la carta de su amigo, me dijo:

-Dígale á Mateo que yo tengo una reputación militar que perder, y que no me asocio á esa calaverada; que lo que va á hacer es un disparate; que Honda está ocupada por 500 veteranos al mando de un Jefe de honor; que Sandoval y Trujillo han marchado al sacrificio, y que ustedes, con sus reclutas, serán despedazados en el paso de la quebrada de Padilla.

Quise yo insistir con respetuosa súplica, pero el Coronel me contestó literalmente lo que copio:

-Es inútil hacerme discursos de la Escuela Republicana. No tiene usted tiempo que perder; vuele á darle mi respuesta á Mateo, para que salga como pueda del berenjenal en que se ha metido.

Figúrese el lector en qué disposición de ánimo volvería yo á llevar esta respuesta á mi Jefe, con quien me reuní, pero ya á eso de las siete de la mañana, en el punto convenido. Desde que vió que llegaba solo, adelantóse á mi encuentro D. Mateo. Impuesto con disimulo en la respuesta del Coronel Diago, y advertido yo de que delante de la tropa dijese que no había encontrado al Coronel en Mariquita, sin dar la menor muestra de vacilación, asumió el señor Viana el mando de la columna, con la que nos encaminámos, al toque de pasitrote, á Honda, de la cual nos separaban aún dos ó tres leguas de marcha.

Todas las gentes que por el camino encontrábamos, nos informaban que del otro lado del río estaban batiéndose desde las seis de la mañana. Cuán cierto es que en la guerra la audacia es casi siempre coronada por la victorial

Falto de espionaje, porque le faltaba la opinión, que toda acompañaba á los defensores del orden constitucional, el Coronel Barriga no tuvo noticia de nuestra marcha, y creyendo que todo el enemigo con quien tenía que habérselas, era el que lo desafiaba del otro lado del río, pasó con toda su tropa á combatirlo, y nosotros ocupámos á Honda, sin un tiro, entre las diez y las once de la mañana del 4 de Mayo de 1854. El Coronel Barriga no intentó recuperar la ciudad; se dió por derrotado, y regresó con su tropa á Bogotá.

Sandoval y Trujillo se habían batido cinco horas con 50 hombres, contra 400, por lo cual el Congreso les declaró después acción distinguida de valor, conforme á Ordenanza, por esta hazaña.

Mi complexión de blanco y rubio, y mi alto temperamento sanguíneo, me hacían de joven muy sensible á la acción del sol, y enfermé de fiebre después de tantas marchas por aquellas llanuras del Alto Magdalena, abrasadas por un sol africano. Dirigíame para convalecer á la que era como mi propia casa, la de la familia de mi tío, el señor Felipe Terreros, en Lérida, pero no habiendo alcanzado á llegar á ella, entré en la hacienda de Macute, á orillas del río Lagunilla, propiedad del señor D. Pepe Viana, hermano de D. Mateo, de cuya familia, que me conocía, recibí la más cariñosa hospitalidad.

El Gobernador había regresado, entre tanto, á Ambalema, donde volví á reunírmele al cabo de un mes. Allí se encontraba, hospedado en la casa de Montoya, el General Tomás Herrera, en ejercicio del Poder Ejecutivo, como primer Designado, mientras llegaba el Vicepresidente, señor Obaldía; pero poseído de incurable tristeza por el desastre que él y el bravo General Franco habían sufrido en los campos de Tiquiza y Zipaquirá el 21 de Mayo, donde el General Melo había dispersado como una bandada de aves el ejército colecticio que aquellos jefes habían formado y traído, en menos de un mes, de las Provincias del Norte.

Semejante á los héroes antiguos, que no podían sobrevivir á la derrota, el General Herrera resolvió buscar la muerte en todos los combates, hasta que la halló en el último día de la campaña, en la toma de Bogotá, el 4 de Diciembre. Me tocó presenciar su agonía, como se vera en el final de este capítulo.

De Ambalema envióme el General Herrera en comisión militar al cuartel general del General José Hilario López, en Cali. Lo sustancial de las aventuras de esta expedición, se halla referido en un articulo dedicado it la memoria del doctor Teodoro Valenzuela, publicado en el número 546 de La Crónica, correspondiente al 9 de Mayo de 1899, que complementado con lo que en aquella relación faltó, es del tenor siguiente:

Después de la acción de Honda, librada el 4 de Mayo, á órdenes del Coronel Mateo Viana, para recuperar aquella importante plaza, de la cual fueron desalojadas las tropas enemigas que la ocupaban, el General Herrera me envió en comisión al cuartel general del General López, en Cali, con esta consigna: la de significar al General la suprema importancia que para la rapidez de la campaña tenía el que cuanto antes saliera á Ibagué un cuerpo cualquiera que se  llamara la Vanguardia del ejército del Sur con el objeto dé hacer comprender á Melo que mío debía tener esperanza alguna de apoyo en el Cauca. Se me ordenó, pues que no regresara á Ibagué, sino trayendo este cuerpo.

           

Dióseme por compañero al Teniente Juan N. Castro y Carrillo, de Bogotá, cuyos cercanos parientes viven aún en esta ciudad.

En Buga, donde tenía que tocar para mis auxilios de marcha con el Gobernador de la Provincia, señor Antonio Matéus, éste me llamó inmediatamente aparte y me dijo:

-Cuidado, mucho cuidado con lo que usted hable; no sabe usted el terreno que pisa; todo el Cauca es Obandista; yo estoy muy vigilado, y me encuentro aquí casi como prisionero de la revolución. Muéstrese usted, como yo, estusiasta amigo del General Obando, sosteniendo que su prisión es efectiva, y que nos ponemos en armas para restituirlo al ejercicio de sus funciones; de otro modo, no saldrá usted del Cauca.

El señor Matéus, uno de los hombres más valerosos del mundo, incorporado después al ejército del General López, hizo toda la campaña hasta Bogotá, y de regreso al Cauca, todavía en su carácter de Gobernador de la Provincia, fué cobardemente asesinado en Palmira en 1856.

En Cali encontré de primer Ayudante general del General López al doctor Salvador Camacho Roldán, cuya preciosa vida quiera Dios conservar, y abona mi relato. No pudiendo el General López desprenderse de parte alguna de la fuerza que reunía en Cali, me despachó con orden de que el General Murgueitio, que mandaba en Cartago, pusiera dicho cuerpo á mi disposición.

Pero el viaje de Cali á Cartago estaba lleno de peligros, si no para mi vida, para mi libertad. Fingiendo por consejo del mismo General López, que seguía en comisión para Popayán, tomé al salir de la ciudad esta vía, acompañado de un buen baquiano, y dando después un largo rodeo para volver á pasar el Cauca por el paso de Latorre, alcancé á llegar esa noche al Cerrito, á casa del señor doctor Miguel Cabal, de la distinguida familia de este nombre, pariente político de una de mis hermanas. En el Cauca y en el Tolima, me encuentro yo en mi propia tierra.

Al día siguiente llegué á Tuluá para remudar bagajes, donde el Jefe político, un señor Victoria, me llamó y me dijo: -

-Diga usted en la oficina y en todos los corrillos, que va it quedarse aquí uno ó dos días descansando del viaje, por estar ya cumplida su comisión, y al entrar esta noche en su posada, donde encontrará sus bestias y el peón que debe acompañarlo hasta el Zarzal, hable en alta voz con su compañero del baño del río por la mañana; apague su luz y finja que se acuesta; pero a las dos de la mañana, cuando ya todo el mundo se haya retirado á su casa, ensille y póngase en marcha, porque sé que quieren echarle mano.

Y así lo hicimos, por fortuna con una luna como el día; pero los encargados de prenderme (el jefe de ellos, que después supe quién era, grande amigo mío), advertirían sin duda mi fuga, porque no haría media hora que descansábamos bajo el toldo de unas negras en el paso del río de la Paila, esperando un refrigerio, cuando el buen negro que nos servía de peón y de baquiano, nos dijo:

-A caballo, blancos; miren como relumbran en la cabecera del llano fas lanzas de la partida que viene á cogernos; pero no hay cuidado: á pocas cuadras de aquí se abre á mano izquierda un camino para la hacienda de Cañas gordas. Síganme. Usted, dirigiéndose á mí, saque la espada y pique mi caballo; y usted, dirigiéndose á Castro, pique con la suya el del doctor.

Y diciendo y haciendo, pasámos el río y tomámos mi todo escape el tenebroso monte de Morillo, que principia inmediatamente después del paso. Y efectivamente: á poca distancia nuestro buen negro cruzó sobre la izquierda, por una vereda apenas perceptible entre los árboles del monte, y poco después entrábamos en la hacienda de Cañas gordas, cuyo administrador, un señor Becerra, era conocido y a migo mío, pues debe recordarse que yo había vivido en el Cauca, entre Cartago y Buga, en los años de 52 y 53.

Pero impuesto el señor Becerra de la aventura que allí nos traía, nos dijo:

-No hay para qué desmontarse, porque á lo sumo dentro de una hora estarán aquí esas gentes en busca de ustedes. Hay que pasar el Cauca para que sigan por la otra banda hasta frente á Cartago; por fortuna hay barqueta en el paso de la hacienda. Vámonos. Y montó para acompañarnos hasta hacernos pasar el río. Del otro lado del Cauca cesaron ya nuestros cuidados, y tomando el camino público de la banda occidental, que viene de Roldanillo, Luimos á repasar el río frente á Cartago por el paso del Guanábano, para rendir nuestro viaje en aquella población querida y amiga mía.

A pesar de la orden del General López, el General Murgueitio no quiso desprenderse de parte alguna de la fuerza que mandaba, y me propuso, y yo tuve el imbécil y temerario valor de aceptar, que se formase el cuerpo que yo debía conducir á Ibagué, con los prisioneros antioqueños de la columna llamada de Urrego, los mismos que después de haber asesinado al Gobernador Pabón en la ciudad de Antioquia, habían invadido el Cauca, y á quienes había rendido y hecho prisioneros pocos días antes, en formidable y heroico asalto, dado en Roldanillo, aquél hombrazo de Clodomiro Ramírez, muerto después en Santander en uno dé los combates de la guerra de 1860.

Informado de que Teodoro Valenzuela, á quien ya yo estimaba mucho de nombre, se encontraba en la población, en casa de su tío el doctor Sarmiento, cura de la ciudad, fui á verlo y lo comprometí á que se pusiera en armas, haciendo parte de la expedición, de la cual era jefe el Coronel Ramírez. Diónos este, á mí el mando de la 1.a Compañía, y á Valenzuela el de la 2.a, y pusímonos en marcha para atravesar el Quindío, por ahí á mediados de Julio; pero al segundo día de marcha, estando el cuerpo acampado para almorzar, con los fusiles en pabellón, debajo de unos cámbulos ó písamos, en una de las colinas de la aldea de La Balsa, Urrego y sus inmediatos compañeros, que allí iban como soldados, pero á quienes habíamos prometido restituirles sus grados en Ibagué, se arrojaron sobre las armas á los gritos de «viva el General Melo!» «viva el Gobierno provisorio!» habiendo dado muerte al único oficial extraño que con ellos estaba, un joven Feijón, de Cartago, que desempeñaba las funciones de jefe de día. El coronel Ramírez, Valenzuela y yo, que por fortuna, aunque faltando á la disciplina militar, nos habíamos quedado atrás para almorzar en casa del Corregidor de la aldea, distante algunas cuadras del campamento, apenas tuvimos tiempo de montar antes de ser cortados por la partida enviada á capturarnos y fusilarnos.

 

Acompañados del Corregidor contramarchámos hasta el paso del río de La Vieja, llamado Piedra de Moler, y constituyéndonos en destacamento sobre la cuesta del otro lado del río, para impedir que alguno llevara la noticia á Cartago antes que le fuese comunicada al General Murgueitio, despachámos de allí un posta dándole cuenta de lo sucedido, á fin de prevenir un levantamiento de los melistas en Cartago con el apoyo de los insurrectos de La Balsa. Dos horas después, dando tiempo á que llegara nuestro posta, seguimos á Cartago, donde encontrámos que la población entera, indignada por la felonía de los antioqueños, se había puesto en armas para venir en nuestro auxilio, y con la fuerza que se puso á nuestra disposición, marchando toda la noche por el camino de la salina de Consota, dimos al día siguiente alcance á los fugitivos, cortándolos en el momento preciso en que iban á tomar el camino de Santa Rosa de Osos para Antioquia; aunque casi todos ellos escaparon botando los fusiles y echándose al monte á los primeros tiros, rescatámos todas las armas, y con ellas un corneta y seis soldados, y salimos á Ibagué, donde el Gobierno del señor Obaldía anunció pomposamente «la llegada del primer cuerpo de vanguardia del ejército del Sur.»

De lo ocurrido en La Balsa da cuenta el señor doctor Venancio Ortiz en su Historia de la Guerra de 1854, y á ella me refiero para abonar mi dicho.

De regreso del Cauca encontrábanse va instalados en Ibagué todos los altos poderes del Gobierno: El Vicepresidente señor Obaldía, ejerciendo el Poder Ejecutivo, á quien servían de Secretarios de Estado don Pastor Ospina, conservador, y el señor clon Ramon Matéus, hermano del Gobernador del Cauca, liberal; la Corte Suprema, de que eran Magistrados los doctores Márquez, Sanclemente y Latorre Uribe; y el Procurador General de la Nación, cuyo cargo ejercía el señor Lino de Pombo. Poco después se reunió el Congreso disperso en Bogotá por el golpe del 17 de Abril, el cual se ocupó, sin pérdida de tiempo, como del más urgente asunto político, de iniciar la causa de responsabilidad contra el Presidente General Obando, por su supuesta participación en aquel golpe de Estado. La Cámara de Representantes propuso la acusación, y el Senado la admitió conforme á los trámites prescritos por la Constitución y la ley, con lo cual quedó el Presidente desde ese momento legalmente suspenso del ejercicio de sus funciones.

Como no hubiera bolas ó balotas blancas y negras para hacer conforme á la ley y al reglamento la votación secreta de la acusación, el Secretario de la Cámara, doctor Teodoro Valenzuela, habíase procurado para este acto botones de hueso blancos y negros. Hallábase en la barra de la Cámara, reunida en la Capilla del Colegio de San Simón, el popular, antiguo y queridísimo Cura de Ibagué doctor Calixto Ferreira, exaltado obandista. Levantóse la sesión; era de noche; lo recuerdo como si hubiera sido ayer: en el momento en que el doctor Valenzuela acaba., ha de echar los botones en un taleguito, penetró hasta él el doctor Ferreira, y arrebatándoselos de la mano le dijo: 

 

«quiero guardar estos botones con los cuales se ha consumado esta iniquidad, semejantes á los dados con los cuales jugaron los centuriones la túnica de Cristo»; y se los llevo.

Empeñóse el doctor Murillo, Senador, en hacer comprender en la acusación á un Secretario de Estado del General Obando, á quién todos reputaban inocente, hasta el punto, se dijo entonces, de no haber tenido noticia del golpe de Estado, sino el mismo día 17 de Abril, por la mañana, en que pasando por la plaza de Bolívar preguntó qué significaban las descargas de artillería que allí se hacían; con las cuales se proclamaba la dictadura.

Preguntado el doctor Murillo, al salir cíe la sesión, por uno de sus colegas, qué motivo tenía para haberse empeñado en que se comprendiese en la acusación á aquel Secretario, contestó: «porque yo quiero que se establezca el precedente de que los pen….. también son responsables.»

Terminadas las sesiones de aquel célebre Congreso, donde tenían puesto Murillo, don Pedro Fernández Madrid y don Ignacio Gutiérrez en el Senado, y Salvador Camacho Roldán, Ricardo de la Parra, Vicente Herrera, José de Jesús Alviar y Zenón Solano en la Cámara de Representantes, regresé á ocupar nuevamente mi puesto en el Ejército, al lado de mi jefe el Coronel Viana, en Honda.

En combinación con el ejército que de las provincias del Norte (Estados ó Departamentos de Santander y Boyacá) traían los Generales Mosquera y Herrera, movióse el nuestro, llamado del Sur, sobre la sabana de Bogotá, mandado por los Generales Pedro A. Hernán y José H. López, á fines de Octubre ó principios de Noviembre de 1854.

Encontréme en la acción del Puente de Bosa el 22 de Noviembre, y en el asedio y toma de la capital en los días 3 y 4 de Diciembre, junto con Carlos Abondano, que era el otro Ayudante del Coronel Viana.

Los cuerpos de nuestra División formaron para dicho asedio la extremidad del ala izquierda del ejército del Sur, que debía unirse, como se unió, con el ala derecha del ejército del Norte, en la plazuela de San Victorino. Nos tocó entrar asaltando y rindiendo los puestos y reductos que por esa vía ocupaba el enemigo, principalmente la torre del convento de San Juan de Dios, por la calle de ese nombre y la de Florián, hasta la plaza Mayor, que ya había sido ocupada por otro cuerpo.

Terminado el combate y apagados los fuegos á eso  de las 4 de la tarde, encontréme á esa hora en la 1.a calle Real, de manos á boca con mi patrón el señor Michelsen, que por allí andaba recogiendo amigos, siempre el mismo, para llevarlos á comer á su casa, la misma de la calle de la Rosa Blanca de donde me había despachado nueve meses antes en busca dei señor Ramos.

La muerte del denodado General Herrera, cuya agonía me tocó presenciar, la había referido ya años atrás; se encuentra publicada en el precioso libro del doctor Pedro M. Ibañez, Crónicas de Bogotá-1891 y es del tenor siguiente:

Comíamos en la tarde del 4 de Diciembre en casa del señor Michelsen, entre otras personas el doctor Cheyne y yo, cuando fueron it buscar allí al doctor para que fuera á ver al General, y como yo vestía traje militar y las calles se encontraban aún llenas de tropa, el señor Michelsen me indicó que debía ir á acompañar al doctor. Llegados á la Quinta de Bolívar, adonde había sido trasladado el herido, encontrámos al General acostado en una cama formada por dos canapés, y con el mismo vestido militar con que había sido herido, compuesto de levita azul de botonadura amarilla, y pantalón también azul. Aún estaba muy animado; tenía abiertos sus grandes ojos negros; nos conoció y saludó tendiéndonos la mano. ¿Dónde es la herida, General? le preguntó el doctor. El General abrió su levita y dejó ver dos manchas de sangre en los dos hipocondrios. El doctor pidió un vaso de agua, que trajeron en una totuma, tan desmantelada así estaba aquella casa, y dijo al enfermo: <<General, haga usted un esfuerzo por pasar algunos tragos>>; pero el liquido se derramó casi instantáneamente después por ambas heridas. El doctor salió de la pieza sin despedirse, y el General expiró á las 2 de la mañana del 5.

Al ser notificado el General Obando del auto en qué se le llamaba á juicio y se le requería para que nombrara defensor, el General, sin acordarse de mi procedimiento como Gobernador de Cundinamarca, expuso: que nombraba para su defensor al doctor Aníbal Galindo, como consta de autos en la causa impresa, cuya cita puede verificar el que quiera.

Pero yo no tuve el valor de aceptar: incurrí en la gravísima falta de excusarme, no por ningún sentimiento de antipatía contra el General Obando, sino por la exaltación de las pasiones de la época, y por hallarme a priori convencido de su complicidad en el golpe del 17 de Abril. Después de varios otros nombramientos infructuosos, hechos en liberales, al fin aceptó el cargo el desgraciado doctor Andrés Aguilar, conservador, quien lo desempeñó hidalgamente con el mayor interés.

De las dos causas que se seguían al Presidente, la una por los trámites de la jurisdicción ordinaria ante la Corte Suprema, por su supuesta participación en el golpe del 17 de Abril, calificado de sedición y traición, y la otra de responsabilidad por falta al cumplimiento de sus deberes, ante el Senado, la primera terminó en la sentencia absolutoria de segunda instancia de la Corte Suprema, que lleva las firmas de los eminentes jurisconsultos doctores José Ignacio de Márquez y José María de la Torre Uribe, la cual se registra en el número 1,886 de la Gaceta Oficial, correspondiente al 30 de Diciembre de 1855. Y la segunda, dice así:

 

«Juicio de responsabilidad.-Mensaje del Presidente del Senado. -- Bogotá, 5 de Abril de 1855.

 

El Senado de la Nueva Granada, constituido en Gran Jurado Nacional, que tengo la honra de presidir, falló, en su sesión de ayer, en la causa de responsabilidad seguida contra el ciudadano Presidente de la República General José María Obando, y los ex Secretarios de Gobierno y Guerra, señores Antonio del Real y Valerio Francisco Barriga, condenando al primero, por el voto unánime de todos los ciudadanos Senadores, á la pena de destitución del empleo, y absolviendo á los últimos del cargo por que se les sometió á juicio.

               Y en cumplimiento del artículo 381 del Código de procedimiento en negocios criminales, lo pongo en vuestro conocimiento, aprovechando esta oportunidad para suscribirme de vos, ciudadano Vicepresidente, muy atento y obediente servidor,

JUSTO AROSEMENA.

 

Ciudadano Vicepresidente de la República, encargado del Poder Ejecutivo.»

 

Quiso el distino, pues, que yo no me portase bien con el General Obando en ninguna de las dos veces en que, siendo todavía adolescente, el General me honró en el más alto grado con su confianza, lo cual fué siempre motivo de constante pesar en mi vida.

En premio de mis servicios en la campaña contra la dictadura, la Administración Mallarino me nombró en 1855 Subdirector de Rentas nacionales, puesto de importancia que habían desempeñado antes los señores Ignacio Gutiérrez Vergara y Nicolás Pereira Gamba. La antigua Secretaría de Hacienda comprendía los dos Departamentos de Hacienda y del Tesoro, que hoy forman dos Ministerios, cada uno de los cuales era administrado por un Subdirector, bajo la dirección general: del Secretario de Hacienda, que lo era el doctor Núñez.

Teniendo que preparar en aquel delicado puesto trabajos serios sobre aduanas, salinas, ferrocarril de Panamá, timbre nacional, tierras baldías, bienes nacionales, etc., etc., para los cuales no bastaba saber hacer discursos o escribir artículos de política, tuve necesidad de aplicarme. á estudios económicos serios, sobre estas materias, en los cuales perseveré y llegué á adquirir bastante suficiencia.

Mal avenido con el dispendioso y complicado sistema de administración de la Renta de Salinas, que aún subsiste, y después de haberlo estudiado detenidamente en varias visitas á las Salinas de Zipaquirá, adquirí la idea de su simplificación, si el monopolio se reducía sólo á la explotación y venta de la materia prima, abandonando la elaboración y compactación de la sal en todas sus formas á la industria privada. Y así tuve el honor de proponerlo al Gobierno en el Informe general de los negocios adscritos á mi Departamento, que corre publicado en el número 1,940 de la Gaceta Oficial de 5 de Abril de 1856.

Terminada la Administración Mallarino en Marzo de 1857, renuncié el destino para hacer un segundo viaje á Europa, que efectué en compañía del señor Michelsen y de su distinguida familia. Pasé por Cartagena, donde residía de muchos años atrás mi querido hermano mayor, el doctor Inocencio Galindo, que me amaba con la ternura de un padre. En Turbaco fuí presentado al General López, de México, baldado de una pierna que había perdido en la defensa del castillo de San Juan de Ulloa contra los franceses, y á su hermosa y distinguida señora doña Dolores Tagle de Santana, la misma cantada por Germán Gutiérrez de Piñeres en aquellas estrofas inmortales que dicen:

 

Hízose para vos, para vos sola,

Mexicana inmortal,

La que formó, grandiosa, la española,

Lengua de Moratín y de Argensola,

Octava sin rival.

…………………………………

…………………………………

No os aflijáis si la fortuna instable
Ingrata os trajo hasta la patria mía,

Que el águila también deja su cima,

Y se abate hasta el suelo, miserable;

Y cuanto más rastrera se aproxima

Al hondo abismo, rápida, indomable,

Con regio orgullo levantando el vuelo

Vuelve otra vez á la región del cielo.

 

Fui á residir en Londres, desde donde llenaba con mi correspondencia las columnas del Vapor, periódico que redactaba en Honda Próspero Pereira Gamba. En Londres, tuve la fortuna de intimar cordiales relaciones de amistad con nuestro compatriota el señor D. Mauricio Rizo, una de las cabezas de hombre de negocios mejor organizadas que puedan envidiarse, quien á la sazón mantenía casa de comercio en aquella ciudad, para la venta del tabaco que cosechaba en sus establecimientos del Alto Magdalena. Debiendo el señor Rizo regresar al país para ponerse al frente de sus negocios, que no marchaban á su satisfacción, y habiendo simpatizado mucho conmigo, me comprometió por contrato formal para que viniera á prestarle mis servicios en ayuda del arreglo de sus negocios, donde él me necesitase. Regresámos al País á principios de 1859, y habiéndome destinado á servir en su factoría y tierras de Girardot, población que principiaba á nacer bajo sus auspicios y con su caudal, allí me encontraba cuando estalló la revolución liberal encabezada por el General Mosquera, que suministra la materia del capitulo siguiente.

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