LA CUESTIÓN MACKINTOSH
EL DOCTOR MURILLO Y MI ESCRITURA
Puedo Decír que desde que abrí los ojos conocí al doctor Manuel
Murillo en mi casa en Ibagué. Fácilmente se comprende el aprecio
que los jefes liberales de aquel tiempo hacían de los talentos,
bien conocidos ya, de aquel eminente joven, y de todo lo que de él
se esperaba en lo por venir. Mi padre y mi tío el Coronel José
María Vezga lo distinguían y lo querían mucho. Yo me acostumbré,
pues, á estimarlo y á respetarlo desde niño, y él á tratarme con la
autoridad que estas relaciones le daba.
Poco tiempo después de instalada la Administración López de la
cual era Secretario de Relaciones Exteriores el doctor Murillo,
encontréme un día, por mi desgracia, con él en la plaza de Bolívar,
por la acera de los cimientos del Capitolio, bajando él de Palacio
para su Secretaría, que estaba en la casa alta de la esquina del
camarín de la Concepción, todavía conocida con el nombre de "Casa
de las Secretarías," y subiendo yo para mis clases en el Colegio de
San Bartolomé. Detúvome el doctor y me dijo:
-Sé que usted traduce bastante bien el inglés. Váyase á la
Secretaría en sus horas desocupadas, y véase con el Jefe de la
Sección 1.o doctor Ortiz (D. José Joaquín), para que me traduzca
unos documentos de la cuestión Mackintosh; pero le advierto que no
es para darle destino, porque no quiero que se acostumbre usted
desde niño á esa vida.
-Con mucho gusto, doctor, le contesté: iré desde mañana entre la
una y las tres de la tarde, que son las horas en que no tengo
clase.
Presentéme al efecto, al día siguiente, con toda puntualidad en
la oficina del doctor Ortiz, quien me acomodó una mesita en un
rincón de la pieza, separado de todos, con los documentos que debía
traducir, un diccionario inglés-español, papel y útiles de
escribir.
Cuatro días haría que estaba yo trabajando en mi traducción,
cuando entró un oficial y le dijo al doctor Ortiz:
-El Secretario, que le mande un escribiente.
Paseó el venerable doctor Ortiz la mirada por toda la pieza, y
sin saber por qué, pero sobre todo sin derecho para ello, puesto
que yo no era empleado, me dijo:
-Galindito, vaya á ver que se le ofrece al Secretario.
Atolondróme yo de tal modo, que no acerté á decirle que mi letra
era malísima; habría bastado mostrársela para que me hubiera
excusado del servicio.
Pero repito que me atolondré y me fui, sin saber lo que hacía,
para el salón de la Secretaria, donde encontré al doctor Murillo,
solo, esperando el amanuense que había pedido. Tan pronto como
entré acomodóme á la mesa del centro, con papel ministro,
magnífico, sin líneas, y principió á dictarme paseándose.
"La fecha.
"A S. E. el señor General Daniel F. O'Leary, Enviado
Extraordinario y Ministro Plenipotenciario de Su Majestad
Británica, etc., etc., etc." -
Es preciso conocer mi letra, letra de criada, inicua, con la
cual nunca he podido escribir una carta á persona por quien se
tenga algún respeto, para saber lo que por mí pasaba. Sólo
esperando la descarga del ajusticiado sobre el banquillo, podría
haber sido más espantosa mi situación, temblando del momento en que
el doctor Murillo se acercara á ver lo que yo había escrito, lo que
sucedió en el acto de doblar el papel para voltear la hoja. Quedóse
el doctor Murillo atónito, mirándome como á un salvaje, y
despedazando el papel con ambas manos, me dijo:
-Maldita sea su plana; ¿estará usted creyendo que no saber
escribir es predisposición de grande hombre? Pues sepa usted que
sólo es muestra de mala educación.
Y quien esto decía, bien podía decirlo, porque el doctor Murillo
era un excelente calígrafo; poseía una de las más bellas, cursadas
y elegantes formas de escritura que puedan envidiarse.
Salí de la pieza adolorido y avergonzado, pero no ofendido con
el doctor Murillo, á quien sobraba razón para el regaño.
Desgraciadamente no pude enmendar la plana, porque carecía en
absoluto de disposición para el dibujo caligráfico, como se verá en
el siguiente
EPÍLOGO
Encontrábame en Londres en 1856, en asocio del que fué mi
excelente, mi querido, mi respetado, mi nunca bien sentido amigo,
el señor D. Carlos Michelsen, de quien yo era abogado consultor en
Bogotá. Tendré ocasión de volver á hablar de él en estos Recuerdos,
pero me es grato anticipar que no he conocido en el mundo un hombre
mejor que el señor Michelsen; era la bondad personificada.
Pasando un día por el Strand, vimos á la puerta de una casa el
anuncio de que allí se daban lecciones de escritura, acompañado de
las muestras que en largos pliegos colgaban, de los progresos de
los discípulos á los 3, á los 8, á los 15 días de entrados en la
clase.
-No me embromará usted más con su letra, me dijo el señor
Michelsen. Voy á ponerlo en la escuela; bien desocupado está usted
aquí.
Y diciendo y haciendo, subimos al 5.o piso, donde encontrámos en
un saloncito una veintena de discípulos de todos sexos y edades,
ocupados en hacer su plana bajo la dirección de una vieja de no
menos de 70 años de edad, de rostro apergaminado, con los
espejuelos calzados sobre la enorme y perfilada nariz, y la cabeza
empavesada de cachumbos y cintas de colores.
Presentóme á ella el señor Michelsen, y después de decirle el
objeto de nuestra visita, señalóme la señora el puesto que debía
ocupar, al cual, me dijo, podía venir diariamente, por espacio de
una hora, entre 8 y 12 de la mañana.
Principió la dificultad por pretender que cambiase totalmente el
modo de tomar la pluma, acostumbrado yo á tomarla sumamente corta,
y empeñada ella, condición sine qua non, en hacerme tomar el mango
cuando menos á cuatro dedos distantes de la pluma.
La batalla duró dos días, y como la plana fuera de mal en peor,
al quinto día me llamó aparte y me dijo:
"Mr. Galindo, usted carece en absoluto de disposiciones para
mejorar su letra, y es inútil que vuelva. LO que usted debe hacer
es escribir despacio, y lo más claro que pueda. Good morning!
Y me puso de patitas en la calle, previo el pago de 5 chelines,
á uno por lección.