EL 7 DE MARZO DE 1849
¡Cómo pasa el tiempo! ¡Hace ya medio siglo, y parece que hubiera
sido ayer!
Las Cámaras Legislativas, Senado y Cámara de Representantes, que
reunidas en Congreso debían perfeccionar la elección presidencial
para el período de 1.o de Abril de 49 á 31 de Marzo de 53, por no
haber reunido ninguno de los candidatos la mayoría de sufragios de
los electores de cantón, requerida por la Constitución para
declarar en su favor la elección popular, acordaron reunirse con
este objeto en el hermoso templo de Santo Domingo, cl 7 de Marzo de
1849.
Los candidatos populares habían sido: el General José Hilario
López, de todo el Partido Liberal, y los doctores Rufino Cuervo y
José Joaquín Gori, de las fracciones divididas del Partido
Conservador.
La opinión liberal era la marea montante; venía en el verbo, en
las olas de la Revolución francesa de Febrero de 1848, que había
derribado el trono de Luis Felipe para fundar aquella República
utópica de Libertad, Igualdad, Fraternidad, que no debía encanecer
sus cabellos, y era imposible contenerla. El Judío Errante, de
Eugenio Sue, contra los Jesuitas, Los Girondinos, de Lamartine, y
Los Montañeses, de Esquiroz, eran el evangelio de toda la juventud
liberal.
La estudiantina de la Universidad (San Bartolomé) y del Rosario,
era liberal en masa, y nos fuimos todos desde temprano á hacer
bochinche en Santo Domingo, en asocio de los artesanos liberales de
la capital, divisados con unas cintas rojas que decían "Viva
López."
Desde el primer escrutinio salió de combate el doctor Gori, y la
elección quedó contraída á López y Cuervo. Los Goristas se
partieron entre éstos, aunque la mayor parte de ellos fué á
engrosar las filas del doctor Cuervo, y los dos bandos quedaron
casi balanceados. Todo el mundo en la barra llevaba por escrito ó
de memoria la cuenta de los votos, que muchos repetían en alta voz,
y á cada papeleta que salía de la urna con el nombre de López, el
clamoreo y los vítores hacían retemblar las bóvedas del templo.
Los Padres conscriptos estaban separados del público por una
fuerte barrera de tablas, que más parecía un parapeto ó un redil
que una barra de separación convencional.
Era uno de los escrutadores el General José María Mantilla,
perpetuo Senador por la provincia de Pamplona; de los pocos que
escaparon en el sitio y toma de Valencia por Boves en 1814, y
célebre en nuestros anales parlamentarios por sus sangrientas
anécdotas y su estilo incisivo, sarcástico y burlón. Sabiendo que
sus contrarios no le tenían confianza, permanecía con los brazos
cruzados sobre la espalda, sin tocar las papeletas, limitándose á
repetir en alta voz el nombre del candidato, á medida que los otros
escrutadores se las enseñaban; pero cada rato, siempre con los
brazos cruzados sobre la espalda, se acercaba á la barra y nos
decía:
-Muchachos, que no falte el gritico "'viva López."
Había tomado posición estratégica en la escalera del púlpito uno
de los guapetones de provincia del partido, que no hay para qué
nombrar, y adrede se echaba cada rato el bayetón al hombro, para
hacer relucir algo que debajo de él llevaba, parecido á los
contornos ó á la boca de una olleta de cobre amarillo, pudiendo
decirse de él, cambiando la camisa en bayetón, lo que Jorge Isaacs
de la ñapanga popayaneja:
Su camisa transparente
yo no sé que hace temblar, cuando finge que se arropa, por
descobijarse más.
A eso de las cuatro y media de la tarde, después de varios
escrutinios sin resultado, dióse por el Presidente del Congreso la
orden perentoria de despejar la barra y hacer salir del recinto del
templo á todo el mundo, providencia que fué cumplida con mucho
tacto, aunque con bastante dificultad, por el señor D. Urbano
Pradilla, Gobernador de Bogotá, que allí estaba con un corneta de
órdenes á su lado, del cual no llegó á hacer uso. Supongo que en
lugar y á distancia conveniente estaría situada alguna tropa para
ser llamada en defensa del Congreso si se hubiera intentado pasar
de los gritos á las vías de hecho, que nunca se intentó.
Cerráronse detrás de nosotros las puertas del templo, y el
Congreso quedó solo y en completa libertad para continuar la
elección, Caía una gruesa llovizna, pero nadie, abandonó el atrio
ni las calles adyacentes al templo, aguardando el resultado, el
cual no se hizo esperar mucho tiempo. A eso de las seis de la
noche, pero todavía con luz, abrióse de nuevo la puerta de la
iglesia, por la cual penetró la multitud corno un torrente
desbordado, para oír el anuncio de que el General López había sido
declarado electo Presidente de la República, aunque la mayoría de
sufragios había sido obtenida con este voto firmado por el doctor
Mariano Ospina: "Voto por López para que el Congreso no sea
asesinado."
Él entusiasmo se convirtió entonces en demencia, en delirio; el
Partido Liberal de la capital se derramó por toda la ciudad
victoreando la elección del General López. El Presidente de la
República, General Mosquera, salió de palacio para unirse cordial y
sinceramente á ésta demostración, no por complacencia servil con el
partido triunfante, de quien para nada necesitaba, sino para
sancionar con su elevada conducta la elección, y con ella la
alternabilidad de los partidos en el Poder por medio del sufragio,
ó cuando menos por las fórmulas constitucionales y legales. Obraba,
en fin, por grandeza de alma y elevación de sentimientos, por
patriotismo, por amor á la República.
Tal fué, honrada y fielmente relatado, lo que el despecho de
partido llamó por muchos años "los puñales del 7 de Marzo." No hubo
tales puñales ni nada parecido. Los que después fuimos víctimas de
la infame lapidación del Congreso del 7 de Mayo de 1879, los que
como yo, gravemente heridos y ensangrentamos, escapámos
milagrosamente con vida de aquella turba asesina, podemos bien
reirnos del bochinche del 7 de Marzo de 1849.
Es muy difícil pasar un voto de censura sobre el voto del doctor
Ospina. Evidentemente que no lo dió por miedo personal, que él
nunca conoció sino porque creyó posible ó inminente, en la
exaltación y desborde de las pasiones banderizas, la perpetración
de un crimen, y quiso evitarlo á su patria; pero entonces se
preguntará: ¿el sacrificio, para ser meritorio, no debe ser
completo? ¿no debió, en tal caso, haber dado ese voto, mudo,
silencioso, sin afrentar con él á sus contrarios?
Pero hay sacrificios que es imposible exigir de un hombre de
honor en situaciones supremas. Imposible exigir que el doctor
Ospina uno de los más connotados jefes del Partido Conservador,
hubiera ocultado su voto, sin firmarlo, ó hubiera firmado
incondicionalmente un voto por el General López, en los momentos en
que ese voto decidía de la suerte de su partido. Hizo lo que creyó
que debía hacer, y que no se encontró en su lugar, no tiene derecho
de juzgarlo.