INDICE





PREÁMBULO

CAPÍTULO I
Salamina o la revolución de 1840

CAPÍTULO II
Don Trifón Molano. El Colegio del Rosario, Los Jesuitas y el Ilustrísimo señor Mosquera

CAPÍTULO III
El 7 de marzo de 1849

CAPÍTULO IV
El doctor Murillo y mi escritura

CAPÍTULO V
La enseñanza universitaria. 1849 a 1852

CAPÍTULO VI
Las Reformas Radicales del Congreso De 1851.— La Revolución Conservadora del Mismo Año.—El Doctor Mariano Ospina.—Salvador Camacho Roldán.—Mi Bautismo De Fuégo.—El Coronel Joaquín Acosta.

CAPÍTULO VII
Mi estreno en el foro - Gobernación de Cundinamarca - Soltura de unos conscriptos - Felipe Pérez

CAPÍTULO VIII
Campaña contra la dictadura.1854

CAPÍTULO IX
La revolución de 1860 - Batalla de San Agustín ?  La espada del General Mosquera

CAPÍTULO X
Mi permanencia en Europa como encargado de negocios - El cadáver del emperador Maximiliano - La traducción del paraiso perdido - El príncipe Pedro Bonaparte - D. José Triana o las glorias de la Patria - M. Chevalier - Alejandro Dumas - La transfución de la sangre

CAPÍTULO XI
Mi misión á Caracas 1872 á 1873 - La escritura de propiedad de la frontera oriental de la República

CAPÍTULO XII
Paso de la juventud a la edad provecta - 1873 á 1884 - La elección del señor Parra - Campo de Garrapata - Abajo la confiscación - La constitución federal de 1863 - Gobierno del Tolima con el General Fruto Santos

CAPÍTULO XIII
Retrospectivo- Labor legislativa

CAPÍTULO XIV
La corte suprema de justicia

CAPÍTULO XV
Mi viaje al Perú

CAPÍTULO XVI
Conclusión
DON TRIFÓN MOLANO - EL COLEGIO DEL ROSARIO, EL SEMINARIO, LOS JESUITAS Y EL ILUSTRISMO SEÑOR MOSQUERA

 

Me acuerdo como si fuera ayer del día y la hora en que entré ó llegué á Bogotá, conducido por el peón á quien mi madre me confió en Ibagué. Se  llamaba Ñor Miguelito Alvarez de quien pueden acordarse muchas personas que aún viven en aquella ciudad. Era uno de esos hombres honrados, formales, de confianza, en que abundan las poblaciones del Tolima. Ni patrón, ni peón ó caporal propiamente dicho; dueños de su casita de campo, con una pequeña estancia, potrerito ó huerta, y de dos ó tres mulas que manejan y conducen ellos mismos con tráfico de víveres. Tal era flor ó don Miguelito Alvarez, flaco, arrugado, enjuto, de limpia sangré española, pero con el recibo de la manzanita tolimense en el pescuezo, la confianza de todo Ibagué, verdadero correo de encomiendas de la población; viajando mensualmente á Bogotá, con una ó dos cargas de petacas repletas de azufre extraído de los azufrales del Tolima, y masatos y conservas de la tierra. Conocía toda la ciudad, y posaba aquí en casa de las señoras Gambas, calle de las Cunitas, frente á la esquina de las enfermerías de San Juan de Dios.

Llegamos á Bogotá ya entrada la noche de uno dé los últimos días de Noviembre dé 17843. Entramos por San Victorino, la calle de San Juan de Dios, la de Florián, la plaza Mayor ó de la Catedral, y subimos hasta la esquina occidental de la plazuela de San Carlos, para tocar en la primera casa alta del costado occidental de dicha plazuela, donde existe hoy una panadería. El conductor me dejó en la calle sobre la flaca acémila en que venía, frente á la portería del Colegio de San Bartolomé, para ir á tocar en el portón de dicha casa; y apenas llevada arriba la razón de quién era el huésped, se abrió la misma ventana alta, que aún existe hoy, frente á dicha portería, y apareció en ella, alumbrándose con una vela en la mano, la simpática y bondadosa figura de un caballero como de unos cuarenta años de edad, de mediana estatura, moreno, gordo de escasa barba negra, cubierto con un bayetón y una cachucha de piel. Era el señor D. Trifón Molano, perteneciente á la honrada familia de este apellido, natural de Ibagué, é íntima amiga de mi padre, tanto, que es una de las pocas mandadas saludar con particular afecto en su carta de capilla á mí dirigida.

-Buenas noches, mi hijito. ¿Cómo está, qué tal camino ha traído? me dijo D. Trifón.

- Bien, señor, pero estoy muriéndome de frío, le contesté yo, que estaba con la misma ropita de hilo y la misma ruanita blanca con que había salido de Ibagué.

-Espérese un momento, mi hijito, que ya van á llevarlo á su posada, repuso D. Trifón, y cerró la ventana.

Y efectivamente, á poco salió una criada para conducirnos, y volvimos á tomar calle abajo por la plaza Mayor y la calle de San Miguel, hoy calle 11, hasta la última cuadra de dicha calle, que terminaba en hondo é inmundo muladar sobre el río.

Sobre la acera izquierda de dicha cuadra, y como á la mitad de ella, un gran portón forrado en hoja de lata daba entrada á un solar, en el cual se encontraba una gran casa pajiza, que era la de la señora Nicolasa Ladrón de Guevara y Vasconcelos de Aranza. Salió á nuestro encuentro, también con una vela en la mano, una de sus hijas, señorita Martina, joven de unos veinte á veinticuatro años, alta, blanca, magnífica, de opulentas formas y extraordinaria belleza, en la que no es extraño me fijase yo, pues desde niño fui particularmente admirador de las mujeres bellas, noble afición del espíritu que aún no ha muerto con los años.

Recibióme la señora, á la cual estaría sin duda muy recomendado por D. Trifón, con maternal cariño, y pocos momentos después, bien cenado y bien abrigado, quedé instalado en el seno de aquella hospitalaria familia, donde viví varios años.

Yo tengo mi corazón partido en dos: el uno, para perdonar y olvidar á todos los que me han hecho mal; el otro, para querer y agradecer eternamente á todos los que me han hecho bien; y por eso complázcome en recordar los nombres de los honrados miembros de aquella familia Molano, que tanto me quisieron y de quienes tanto cariño recibí en los años de mi orfandad: D. Trifón, á quien ya he nombrado; doctor Policarpo, ahogado; doctor Lino, médico; doctor Manuel, médico también, que murió en mis brazos en 1862 en Funza, de fiebre tifoidea contraída en el servicio del hospital militar de aquella población; y D. Felipe, militar, padre. del doctor Mariano Molano, de Ibagué, estimado de cuantos le conocen por su intachable probidad y su decencia, y á quien yo tanto quiero.

Pertenecen á la misma época los dos generosos parientes cuya casa fué también la mía durante aquella orfandad: el hermano medio ó uterino de mi padre, mi tío, D. Francisco Uribe Santofimio, de Ibagué, y mi otro tío, el respetable anciano D. Felipe Terreros Galindo, de Lérida, padre de Aristides (doctor Aristides Térreros), que aún vive en el mismo vecindario, y á quien distingo y quiero como á un hermano.

Matriculáronme para el año escolar de 1844 en el Colegio del Rosario, en los primeros cursos de literatura, gramática castellana, inglés, francés y álgebra; pero no teniendo quien cuidara de mí, que apenas tenía diez años, y acostumbrado á la licencia, á los paseos y á la rochela del muchacho calentano, no hacía sino retozar y jugar; me reprobaron en todos los cursos, con deshonrosa nota de desaplicación, puesta en todas las matrículas; pero este vergonzoso resultado me curó para siempre de la vagamundería; resolví abandonar los claustros en que tan mal me había ido, y entrar desde el año siguiente en el Seminario, y allí permanecí con los jesuitas que posteriormente vinieron á ocupar aquellos claustros, hasta el año de 1849, en que pasé á hacer mis estudios de jurisprudencia en San Bartolomé, ó sea en la Universidad Nacional, de la cual recibí el titulo de doctor en aquella facultad en 1852.

Hondamente impresionado por lo que me había pasado en el Rosario, y asistido ya con la vigilancia y los cuidados de mi madre, fui un excelente estudiante en el Colegio de los Jesuitas. Los Padres me distinguieron con particular cariño, y me complazco en recordar los nombres de los que fueron mis principales maestros: el Padre Gomilla, sabio profesor de física; el Padre Trapiella, valenciano, mi profesor de geografía y matemáticas; el Padre García, mi profesor de historia y filosofía; el Padre Saurí, mi profesor de inglés; y el Padre Amorós, mi profesor de literatura.

Dotado de magnífica, clara, robusta y sonora voz, era escogido, año por año, para la recitación del discurso de distribución de premios con que se cerraban los certámenes en el templo de San Carlos. Lo que en relación con el Ilustrísimo señor Mosquera, y con motivo de uno de esos discursos, me aconteció en uno de aquellos actos, se refiere en la siguiente carta:

 

Bogotá, Marzo de 1899.

 

Señores D. Carlos y U. Rufino Cuervo Márquez.

 

E.        L. C.

 

Estimados señores y amigos:

 

Persuadido estaba de que había desaparecido de mi poder el ejemplar del opúsculo con que tengo el gusto de obsequiar a ustedes. Muchas veces lo había buscado inútilmente en el curso de los últimos años, sin haber podido hallarlo, cuando hace unos pocos días saltó como por encanto, buscando otro papel. Es la noble y generosa defensa que el doctor Rufino Cuervo, ilustre progenitor de ustedes, hizo en 1852 de la conducta, de la ciencia y de las virtudes del señor Arzobispo Mosquera, contra las imputaciones, calumniosas unas, disparatadas otras, acumuladas en un libelo anónimo que con el título de El Arzobispo de Bogotá ante la Nación, circuló en aquel año. El nombre del autor no quiso nunca pronunciarlo la pública Conmiseración.

La defensa del doctor Cuervo es uno de los más bellos actos de su vida, porque atañe á la nobleza é hidalguía de su carácter. Fuera del relevante mérito literario y científico de aquel escrito, campean allí el vigor, la pulcritud y la elocuencia del lenguaje aliado de los profundos conocimientos del jurisconsulto, del canonista y del hombre de Estado.

Había guardado ese folleto como una prenda íntima de agradecimiento de niño por la memoria del señor Mosquera. Sin exageración alguna puedo decir que el Arzobispo se enamoró literalmente de mí, después de un certámen público del Colegio de los Jesuitas en el templo de San Carlos, por allá en los años de 46 ó 47, donde me tocó recitar un precioso discurso, composición del Padre Amorós, sobre las bellezas de la lengua castellana. Aún me acuerdo de algunos trozos. De este de Rioja, me parece, A una Rosa:

 

Pura, encendida rosa,

Émula de la llama

Que sale con el día:

¿Cómo naces tan llena de alegría,

Si sabes que la edad que te da el cielo

Es apenas un corto y fugaz vuelo?

 

De este otro de Gil Polo haciendo la pintura de una niña que juega á orillas del mar:

 

Junto al agua se ponía,

Y las ondas aguardaba,

- Y al verlas venir huía,

Pero á veces no podía

Y el blanco pie se mojaba.

 

Abrazóme el señor Mosquera al bajar riel presbiterio donde se ponía el certámen, y ordenóme que fuese á verle el do mingo siguiente á la una de la tarde. Recibióme el ilustre Prelado con las manifestaciones más afectuosas de cariño. Colmóme de obsequios y de: libros, entre ellos el Criterio de Balmes, en lujosa edición de Barcelona, con su autógrafo, que desgraciadamente he perdido. Abrumóme, en fin, de elogios y cariños, cuyo recuerdo no ha podido borrarse nunca de mi corazón. Con razón ha dicho el poeta:

 

¡Oh dulces años de la niñez!

¡Quién os pudiera multiplicar!

 

Tal es el precio que tiene el opúsculo que á ustedes obsequio, esperando que él será cuidadosa y respetuosamente conservado en el archivo de la familia.

Tiene ese escrito, además, el inestimable valor de que él revela el estado de firmeza á que habían llegado las instituciones patrias y el régimen civil bajo la dirección de los preclaros varones que presidieron á la fundación de la República.

Conocido es de todos el desagradable incidente de la custodia de La Enseñanza.

Un aventurero que se hacía pasar por misterioso personaje incógnito de la revolución francesa, llamado Francisco Arganil, denunció ante la autoridad competente en 1836, la custodia que existía en el templo de La Enseñanza de esta ciudad, como propiedad nacional, por pertenecer, decía, á las temporalidades de los jesuitas expulsados en 1767, para que le fuera adjudicada en cambio de ciertos documentos de deuda pública, coniforme á la ley.

Gobernaba la República el General Santander, y el Juez, en cumplimiento de su deber, decretó el embargo y depósito de la sagrada alhaja eh la Tesorería de Hacienda, mientras se seguía el correspondiente juicio petitorio.

Requerido por el mismo Juez el auxilio de la fuerza pública para la ejecución de la providencia, á la cual se oponía inmensa y tumultuosa asonada, que cubría la calle del templo, en los momentos en que el Gobernador, doctor Florentino González, se disponía á hacer uso de la fuerza para dar cumplimiento á la orden del Juez, en el momento en que el suceso habría tenido sangriento desenlace, presentóse el señor Arzobispo Mosquera para exhortar al pueblo á la obediencia debida á la autoridad. Explicóle que la providencia no tenía nada de sacrílega, - y que una vez retirada, como lo había sido, de la custodia, la hostia eucarística, aquella podía ser lícitamente entregada á la autoridad para el seguimiento del respectivo juicio entre el denunciante y la iglesia parroquial de San Carlos, que la reclamaba corno de su propiedad; y entregó por sus propias manos la custodia al empleado de Hacienda que debía mantenerla en depósito.

¡Cómo se destaca á esta distancia la majestuosa figura del señor Mosquera, por su piedad, por su patriotismo y por sus luces!

Y sin embargo, ironía del destino! fué preciso que un hombre de Estado, conservador, defendiera la conducta del Arzobispo, probando que su piadosa y docta intervención en el asunto en nada menoscabó las leyes ni la dignidad de la Iglesia, por tratarse del cumplimiento de una orden de la autoridad civil en negocios de su competencia.

El señor Mosquera que, salvo la fe y la unidad católica, no se preocupaba de buscarle disputas al poder civil por una extensión más ó menos controvertible de sus regalías ó de sus prerrogativas en asuntos del orden temporal relacionados con la disciplina general de la Iglesia, autorizó la enseñanza del Derecho público eclesiástico de Lackis y de las Instituciones de Cavalario, arreglado por los doctores Estanislao Vergara y José Duque Gómez. Cuidadosamente expurgado por el Prelado de todas las proposiciones poco meditadas, de cuya ortodoxia pudiera abrigarse la más leve duda, dió el Arzobispo su instrucción pastoral de fecha 29 de Septiembre de 1837, aprobando el texto.

Los fanáticos de su tiempo censuraron esta autorización, cuya ignorancia confundieron los mismos doctores Vergara y Duque en un cuaderno titulado Defensa de la Pastoral sobre estudios canónicos.

El libelo de 1852 repitió el mismo cargo, que nuevamente confundió el doctor Cuervo.

Esta carta que por ahora tiene el carácter de personal y privada, pueden y deben ustedes publicarla después de mis días.

De ustedes afectísimo amigo,

ANíBAL GALINDO.

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