DON TRIFÓN MOLANO - EL COLEGIO DEL ROSARIO, EL SEMINARIO, LOS
JESUITAS Y EL ILUSTRISMO SEÑOR MOSQUERA
Me acuerdo como si fuera ayer del día y la hora en que entré ó
llegué á Bogotá, conducido por el peón á quien mi madre me confió
en Ibagué. Se llamaba Ñor Miguelito Alvarez de quien pueden
acordarse muchas personas que aún viven en aquella ciudad. Era uno
de esos hombres honrados, formales, de confianza, en que abundan
las poblaciones del Tolima. Ni patrón, ni peón ó caporal
propiamente dicho; dueños de su casita de campo, con una pequeña
estancia, potrerito ó huerta, y de dos ó tres mulas que manejan y
conducen ellos mismos con tráfico de víveres. Tal era flor ó don
Miguelito Alvarez, flaco, arrugado, enjuto, de limpia sangré
española, pero con el recibo de la manzanita tolimense en el
pescuezo, la confianza de todo Ibagué, verdadero correo de
encomiendas de la población; viajando mensualmente á Bogotá, con
una ó dos cargas de petacas repletas de azufre extraído de los
azufrales del Tolima, y masatos y conservas de la tierra. Conocía
toda la ciudad, y posaba aquí en casa de las señoras Gambas, calle
de las Cunitas, frente á la esquina de las enfermerías de San Juan
de Dios.
Llegamos á Bogotá ya entrada la noche de uno dé los últimos días
de Noviembre dé 17843. Entramos por San Victorino, la calle de San
Juan de Dios, la de Florián, la plaza Mayor ó de la Catedral, y
subimos hasta la esquina occidental de la plazuela de San Carlos,
para tocar en la primera casa alta del costado occidental de dicha
plazuela, donde existe hoy una panadería. El conductor me dejó en
la calle sobre la flaca acémila en que venía, frente á la portería
del Colegio de San Bartolomé, para ir á tocar en el portón de dicha
casa; y apenas llevada arriba la razón de quién era el huésped, se
abrió la misma ventana alta, que aún existe hoy, frente á dicha
portería, y apareció en ella, alumbrándose con una vela en la mano,
la simpática y bondadosa figura de un caballero como de unos
cuarenta años de edad, de mediana estatura, moreno, gordo de escasa
barba negra, cubierto con un bayetón y una cachucha de piel. Era el
señor D. Trifón Molano, perteneciente á la honrada familia de este
apellido, natural de Ibagué, é íntima amiga de mi padre, tanto, que
es una de las pocas mandadas saludar con particular afecto en su
carta de capilla á mí dirigida.
-Buenas noches, mi hijito. ¿Cómo está, qué tal camino ha traído?
me dijo D. Trifón.
- Bien, señor, pero estoy muriéndome de frío, le contesté yo,
que estaba con la misma ropita de hilo y la misma ruanita blanca
con que había salido de Ibagué.
-Espérese un momento, mi hijito, que ya van á llevarlo á su
posada, repuso D. Trifón, y cerró la ventana.
Y efectivamente, á poco salió una criada para conducirnos, y
volvimos á tomar calle abajo por la plaza Mayor y la calle de San
Miguel, hoy calle 11, hasta la última cuadra de dicha calle, que
terminaba en hondo é inmundo muladar sobre el río.
Sobre la acera izquierda de dicha cuadra, y como á la mitad de
ella, un gran portón forrado en hoja de lata daba entrada á un
solar, en el cual se encontraba una gran casa pajiza, que era la de
la señora Nicolasa Ladrón de Guevara y Vasconcelos de Aranza. Salió
á nuestro encuentro, también con una vela en la mano, una de sus
hijas, señorita Martina, joven de unos veinte á veinticuatro años,
alta, blanca, magnífica, de opulentas formas y extraordinaria
belleza, en la que no es extraño me fijase yo, pues desde niño fui
particularmente admirador de las mujeres bellas, noble afición del
espíritu que aún no ha muerto con los años.
Recibióme la señora, á la cual estaría sin duda muy recomendado
por D. Trifón, con maternal cariño, y pocos momentos después, bien
cenado y bien abrigado, quedé instalado en el seno de aquella
hospitalaria familia, donde viví varios años.
Yo tengo mi corazón partido en dos: el uno, para perdonar y
olvidar á todos los que me han hecho mal; el otro, para querer y
agradecer eternamente á todos los que me han hecho bien; y por eso
complázcome en recordar los nombres de los honrados miembros de
aquella familia Molano, que tanto me quisieron y de quienes tanto
cariño recibí en los años de mi orfandad: D. Trifón, á quien ya he
nombrado; doctor Policarpo, ahogado; doctor Lino, médico; doctor
Manuel, médico también, que murió en mis brazos en 1862 en Funza,
de fiebre tifoidea contraída en el servicio del hospital militar de
aquella población; y D. Felipe, militar, padre. del doctor Mariano
Molano, de Ibagué, estimado de cuantos le conocen por su intachable
probidad y su decencia, y á quien yo tanto quiero.
Pertenecen á la misma época los dos generosos parientes cuya
casa fué también la mía durante aquella orfandad: el hermano medio
ó uterino de mi padre, mi tío, D. Francisco Uribe Santofimio, de
Ibagué, y mi otro tío, el respetable anciano D. Felipe Terreros
Galindo, de Lérida, padre de Aristides (doctor Aristides Térreros),
que aún vive en el mismo vecindario, y á quien distingo y quiero
como á un hermano.
Matriculáronme para el año escolar de 1844 en el Colegio del
Rosario, en los primeros cursos de literatura, gramática
castellana, inglés, francés y álgebra; pero no teniendo quien
cuidara de mí, que apenas tenía diez años, y acostumbrado á la
licencia, á los paseos y á la rochela del muchacho calentano, no
hacía sino retozar y jugar; me reprobaron en todos los cursos, con
deshonrosa nota de desaplicación, puesta en todas las matrículas;
pero este vergonzoso resultado me curó para siempre de la
vagamundería; resolví abandonar los claustros en que tan mal me
había ido, y entrar desde el año siguiente en el Seminario, y allí
permanecí con los jesuitas que posteriormente vinieron á ocupar
aquellos claustros, hasta el año de 1849, en que pasé á hacer mis
estudios de jurisprudencia en San Bartolomé, ó sea en la
Universidad Nacional, de la cual recibí el titulo de doctor en
aquella facultad en 1852.
Hondamente impresionado por lo que me había pasado en el
Rosario, y asistido ya con la vigilancia y los cuidados de mi
madre, fui un excelente estudiante en el Colegio de los Jesuitas.
Los Padres me distinguieron con particular cariño, y me complazco
en recordar los nombres de los que fueron mis principales maestros:
el Padre Gomilla, sabio profesor de física; el Padre Trapiella,
valenciano, mi profesor de geografía y matemáticas; el Padre
García, mi profesor de historia y filosofía; el Padre Saurí, mi
profesor de inglés; y el Padre Amorós, mi profesor de
literatura.
Dotado de magnífica, clara, robusta y sonora voz, era escogido,
año por año, para la recitación del discurso de distribución de
premios con que se cerraban los certámenes en el templo de San
Carlos. Lo que en relación con el Ilustrísimo señor Mosquera, y con
motivo de uno de esos discursos, me aconteció en uno de aquellos
actos, se refiere en la siguiente carta:
Bogotá, Marzo de 1899.
Señores D. Carlos y U. Rufino Cuervo Márquez.
E. L. C.
Estimados señores y amigos:
Persuadido estaba de que había desaparecido de mi poder el
ejemplar del opúsculo con que tengo el gusto de obsequiar a
ustedes. Muchas veces lo había buscado inútilmente en el curso de
los últimos años, sin haber podido hallarlo, cuando hace unos pocos
días saltó como por encanto, buscando otro papel. Es la noble y
generosa defensa que el doctor Rufino Cuervo, ilustre progenitor de
ustedes, hizo en 1852 de la conducta, de la ciencia y de las
virtudes del señor Arzobispo Mosquera, contra las imputaciones,
calumniosas unas, disparatadas otras, acumuladas en un libelo
anónimo que con el título de El Arzobispo de Bogotá ante la Nación,
circuló en aquel año. El nombre del autor no quiso nunca
pronunciarlo la pública Conmiseración.
La defensa del doctor Cuervo es uno de los más bellos actos de
su vida, porque atañe á la nobleza é hidalguía de su carácter.
Fuera del relevante mérito literario y científico de aquel escrito,
campean allí el vigor, la pulcritud y la elocuencia del lenguaje
aliado de los profundos conocimientos del jurisconsulto, del
canonista y del hombre de Estado.
Había guardado ese folleto como una prenda íntima de
agradecimiento de niño por la memoria del señor Mosquera. Sin
exageración alguna puedo decir que el Arzobispo se enamoró
literalmente de mí, después de un certámen público del Colegio de
los Jesuitas en el templo de San Carlos, por allá en los años de 46
ó 47, donde me tocó recitar un precioso discurso, composición del
Padre Amorós, sobre las bellezas de la lengua castellana. Aún me
acuerdo de algunos trozos. De este de Rioja, me parece, A una
Rosa:
Pura, encendida rosa,
Émula de la llama
Que sale con el día:
¿Cómo naces tan llena de alegría,
Si sabes que la edad que te da el cielo
Es apenas un corto y fugaz vuelo?
De este otro de Gil Polo haciendo la pintura de una niña que
juega á orillas del mar:
Junto al agua se ponía,
Y las ondas aguardaba,
- Y al verlas venir huía,
Pero á veces no podía
Y el blanco pie se mojaba.
Abrazóme el señor Mosquera al bajar riel presbiterio donde se
ponía el certámen, y ordenóme que fuese á verle el do mingo
siguiente á la una de la tarde. Recibióme el ilustre Prelado con
las manifestaciones más afectuosas de cariño. Colmóme de obsequios
y de: libros, entre ellos el Criterio de Balmes, en lujosa edición
de Barcelona, con su autógrafo, que desgraciadamente he perdido.
Abrumóme, en fin, de elogios y cariños, cuyo recuerdo no ha podido
borrarse nunca de mi corazón. Con razón ha dicho el poeta:
¡Oh dulces años de la niñez!
¡Quién os pudiera multiplicar!
Tal es el precio que tiene el opúsculo que á ustedes obsequio,
esperando que él será cuidadosa y respetuosamente conservado en el
archivo de la familia.
Tiene ese escrito, además, el inestimable valor de que él revela
el estado de firmeza á que habían llegado las instituciones patrias
y el régimen civil bajo la dirección de los preclaros varones que
presidieron á la fundación de la República.
Conocido es de todos el desagradable incidente de la custodia de
La Enseñanza.
Un aventurero que se hacía pasar por misterioso personaje
incógnito de la revolución francesa, llamado Francisco Arganil,
denunció ante la autoridad competente en 1836, la custodia que
existía en el templo de La Enseñanza de esta ciudad, como propiedad
nacional, por pertenecer, decía, á las temporalidades de los
jesuitas expulsados en 1767, para que le fuera adjudicada en cambio
de ciertos documentos de deuda pública, coniforme á la ley.
Gobernaba la República el General Santander, y el Juez, en
cumplimiento de su deber, decretó el embargo y depósito de la
sagrada alhaja eh la Tesorería de Hacienda, mientras se seguía el
correspondiente juicio petitorio.
Requerido por el mismo Juez el auxilio de la fuerza pública para
la ejecución de la providencia, á la cual se oponía inmensa y
tumultuosa asonada, que cubría la calle del templo, en los momentos
en que el Gobernador, doctor Florentino González, se disponía á
hacer uso de la fuerza para dar cumplimiento á la orden del Juez,
en el momento en que el suceso habría tenido sangriento desenlace,
presentóse el señor Arzobispo Mosquera para exhortar al pueblo á la
obediencia debida á la autoridad. Explicóle que la providencia no
tenía nada de sacrílega, - y que una vez retirada, como lo había
sido, de la custodia, la hostia eucarística, aquella podía ser
lícitamente entregada á la autoridad para el seguimiento del
respectivo juicio entre el denunciante y la iglesia parroquial de
San Carlos, que la reclamaba corno de su propiedad; y entregó por
sus propias manos la custodia al empleado de Hacienda que debía
mantenerla en depósito.
¡Cómo se destaca á esta distancia la majestuosa figura del señor
Mosquera, por su piedad, por su patriotismo y por sus luces!
Y sin embargo, ironía del destino! fué preciso que un hombre de
Estado, conservador, defendiera la conducta del Arzobispo, probando
que su piadosa y docta intervención en el asunto en nada menoscabó
las leyes ni la dignidad de la Iglesia, por tratarse del
cumplimiento de una orden de la autoridad civil en negocios de su
competencia.
El señor Mosquera que, salvo la fe y la unidad católica, no se
preocupaba de buscarle disputas al poder civil por una extensión
más ó menos controvertible de sus regalías ó de sus prerrogativas
en asuntos del orden temporal relacionados con la disciplina
general de la Iglesia, autorizó la enseñanza del Derecho público
eclesiástico de Lackis y de las Instituciones de Cavalario,
arreglado por los doctores Estanislao Vergara y José Duque Gómez.
Cuidadosamente expurgado por el Prelado de todas las proposiciones
poco meditadas, de cuya ortodoxia pudiera abrigarse la más leve
duda, dió el Arzobispo su instrucción pastoral de fecha 29 de
Septiembre de 1837, aprobando el texto.
Los fanáticos de su tiempo censuraron esta autorización, cuya
ignorancia confundieron los mismos doctores Vergara y Duque en un
cuaderno titulado Defensa de la Pastoral sobre estudios
canónicos.
El libelo de 1852 repitió el mismo cargo, que nuevamente
confundió el doctor Cuervo.
Esta carta que por ahora tiene el carácter de personal y
privada, pueden y deben ustedes publicarla después de mis días.
De ustedes afectísimo amigo,
ANíBAL GALINDO.