CONCLUSION
El 20 de Julio de 1810 se proclamó en Bogotá con el
desconocimiento de la autoridad del Virrey y la formación de una
Junta independiente de Gobierno para la Administración del Reino y
para proveer á la conservación de los derechos del Soberano
cautivo, á semejanza de las organizadas en la Península, lo que se
ha llamado el Acta de nuestra independencia; y el 22 de Diciembre
siguiente, cinco meses después no más, principia la serie de
motines, asonadas y revoluciones contra los Gobiernos nacidos de
aquella misma independencia, que enlazándose unas á otras, forman
la cadena de las sangrientas revoluciones que han anegado el país
en la sangre de millares de víctimas, que han devorado centenares
de millones de la riqueza pública, que han dejado en la miseria,
sin hogar y sin pan, millares de familias, y ahondado á
inconmensurable profundidad el abismo de desmoralización, de
corrupción y de barbarie en que estas revoluciones han sumido á la
República.
El 22 de Diciembre de 1810, en que fué desconocida y atropellada
por turbas de Bogotá, dirigidas y azuzadas por los miembros de la
Junta de Gobierno de Santafé, que de ninguna manera querían
renunciar al poder, la autoridad del primer Congreso de los
Representantes de las Provincias, reunido en la capital, que al
instalarse declaró, como era natural, que asumía el Gobierno
general del Reino,
El 9 de Septiembre de 1811, en que esa misma turba, azuzada y
dirigida por el General Nariño, asaltó el recinto de la
Representación provincial de Cundinamarca, insultó y vejó á sus
miembros, y balo los dictados de su imposición y de su violencia,
hizo elegir Presidente á Nariño, destituyendo de aquel puesto al
inmaculado patriota D. José Tadeo Lozano, Marqués de San Jorge, que
nada había garuado y todo lo había arriesgado abrazando la causa de
la independencia;
Y los cuatro años que siguieron de la guerra que el Congreso de
las provincias unidas, reunido en Leiva, tuvo que declarar á Nariño
para reducir la provincia de Cundinamarca, la provincia capital,
sustraída de hecho á la unidad nacional, hasta su rendición por
Bolívar, en el asedio de Bogotá en los días 10,11 y 12 de Diciembre
de 1814, forman los prolegómenos de la larga serie de revoluciones
y guerras civiles en que hemos consumido todo el siglo xix!
Estas faltas de la incontenible ambición del General Nariño, son
tanto más sensibles, cuanto eran por otro lado grandes sus otras
cualidades: gran talento, sostenido valor personal y magnanimidad
de corazón; pero la historia, corno lo hace el señor Restrepo, no
puede dejar de señalarlo como el primer conductor de la guerra
civil.
Todo el siglo xix! parece mentira!
Recuerdo que ensayando un día una tímida defensa de esta
vergonzosa situación con el Ministro francés Mr. Daloz, éste me
dijo:
«¿Pero qué defensa admite, señor Galindo, el hecho de que en
ochenta años que llevan ustedes de vida independiente, no han
podido ustedes construir un camino, siquiera sea de ruedas, que
mide sólo diez y ocho leguas de largo, del borde de la altiplanicie
á su puerto fluvial de Honda sobre el Magdalena, y aún se sirven
ustedes, desmejorado según me han dicho, del mismo camino de mulas
ó de herradura que bajando y trepando aquellas crestas les dejaron
los españoles al emigrar del país en 1819, al paso que la más
insignificante de las revoluciones en que ustedes se han empleado,
ha consumido cien veces más de lo que habría costado la
construcción de aquel camino?»
Esta interrogación no tenía respuesta.
Y por el contrario, doquier se ha abandonado el camino de la
revolución, de los pronunciamientos y de los Planes, la prosperidad
es asombrosa.
En veinte años de paz, México ha construido ocho mil millas de
ferrocarril, cuarenta y un mil millas de telégrafos, y ha visto
elevarse la producción de oro y plata, que en 1887 llegaba ya á
veintiseis millones de pesos, á cincuenta y ocho millones en 1897,
y ensancharse el movimiento de su comercio exterior, de noventa
millones en 1895, á ciento treinta y ocho millones de pesos en
1899.
Chile posee dos mil seiscientas sesenta y dos millas de
ferrocarril, y nueve mil novecientas sesenta y ocho de telégrafos.
Sus importaciones han subido de cincuenta y cuatro millones de
pesos en 1894, á ciento dos millones en 1898, y sus exportaciones
de 72 millones, á ciento sesenta y ocho millones en el mismo
tiempo.
La Argentina es el orgullo de nuestra raza. Su inmensa
prosperidad no admite comparación con nadie. -
Aun en el Continente negro se han formado, con razas africanas é
insignificante minoría de blancos, comunidades políticas, con las
cuales no podemos compararnos, bajo el punto de vista de la riqueza
y del comercio.
El Transvaal, que principió á formarse en 1835 con los primeros
emigrados de la Colonia del Cabo, cuya independencia no fué
reconocida hasta 1852, y que conforme al último censo de 1896,
apenas contaba 1.094,096 habitantes de todas razas, colectaba en
1898 3.983,560 de rentas. Su producción de oro se había elevado de
L 4.541,071 en 1892, á L 6.044,135 en 1898, y sus importaciones de
L 6.440,215 en 1894, á L 10.632,893 en 1898. Tiene setecientas
setenta y cuatro millas de ferrocarril en explotación, doscientas
setenta en construcción, y dos mil doscientas dé telégrafos.
El espectáculo de esta aflictiva situación, unido á
un sentimiento de profunda tristeza por su incurabilidad, fué
penetrando gota á gota mi espíritu, con el intimo convencimiento de
que la primera necesidad política del país, para llegar á camino de
salvación, si lo hay, era el de «clavar donde se encontrara, y
sucediera lo que sucediese> la rueda de las revoluciones y
de la guerra civil»; y poseído, hipnotizado por esta idea, llegué á
formar la aspiración de que fuera el Partido Liberal caído, ó en la
oposición, quien se ciñese la corona inmortal de esta épica
transformación del país.
Yo habría querido que el Partido Liberal hubiera dicho á los
partidos conservadores dueños del poder:
«Señores: caído del Gobierno después de veinticinco años de
ejercicio del poder, parte por la ley del tiempo, parte por mis
propias faltas, vengo á hacer á ustedes y al país la siguiente
solemne declaración: no solamente no deberá temerse que yo conspire
ó apele á la fuerza de las armas para recuperar el poder, sino que
une constituyo garante de la conservación del orden público. Dejo á
ustedes la responsabilidad completa y absoluta de la preservación
de las libertades públicas, á tanto precio conquistadas, y de la
formación y conservación de un Gobierno honrado, en consonancia con
todos los que hasta hoy ha tenido el país, sin distinción de
partidos, sin más condición que la de que se mantenga la libertad
de la prensa en la medida acordada por la Constituición y la
Ley.»
Si leal y resueltamente se hubiera tomado este camino desde
1885, ¿cuál habría sido el resultado?
Pues so pena de que la sociedad política de este país carezca de
todo elemento moral en que apoyarse para fundar un cálculo, había
sucedido que del seno de esos mismos partidos conservadores, como
ocurrió después de la catástrofe liberal de 1840 á 1843, habría
salido el partido de la resistencia á cualquier plan liberticida, y
esta fracción, unida á todo el partido liberal pacifico y
doctrinario, habría formado una masa de opinión irresistible; de
tal manera, que antes de diez años de ejercicio de ese régimen
sanitario, no habrían podido mantenerse en el poder sino gobiernos
ó administraciones verdaderamente nacionales, compuestos de los
elementos de ponderación de ambos partidos.
Por mucho que sea el optimismo de que se tiñan estas ideas, como
son para el bien, paréceme que el 99 ½ por 100 del pueblo
colombiano, que no hace política ni vive de la política, tenía
derecho perfecto de pedirle al ½ por 100 restante, que vive del
Presupuesto, se dignara hacer, en obsequio de su felicidad, el
ensayo de esas ideas; á menos que, contra todos los principios
democráticos en que se apoya el liberalismo, ese 1/2 por 100 que
forma la clase política, se crea con derecho de considerar al 99
1/2 por 100 restante, como bestias de carga.
Y la ocasión para haber hecho el ensayo del abandono de la
apelación á la guerra, era la más exenta de peligros para la
libertad.
Después de la larga proscripción política que el partido
conservador había sufrido durante los veinticinco años de la
dominación liberal (186o á 1885), acompañada de la persistente
repulsión hecha á la Iglesia y á las creencias religiosas de la
inmensa mayoría del país, el partido conservador, dueño absoluto
de la situación en 1886, habría podido entregarse á una reacción
política y religiosa, tan grande como la de la casa de Austria en
España, y sin embargo, mío lo hizo.
La Constitución de 1886, que aún rige, no sólo reconoce ó
consagra en principio todas las grandes libertades del derecho
moderno, sino que muchas de ellas están definidas con una precisión
sajona, á que no igualaron las nuestras.
Por ejemplo, el sancta sanctorum de las libertades, la de la
conciencia religiosa, se encuentra definida así:
«Art. 39. Nadie será molestado por razón de sus opiniones
religiosas, ni compelido por las autoridades á profesar creencias
ni á observar prácticas contrarias á su conciencia.
«Art. 40. Es permitido el ejercicio de todos los cultos que no
sean contrarios á la moral cristiana ni á las leyes.»
La que le va en zaga, la de la libertad del trabajo, parece
copiada del Decreto de la Asamblea Constituyente, de 14 de Junio de
1791. Dice así:
<Art. 44. Toda persona podrá abrazar cualquier oficio ú
ocupación honesta, sin necesidad de pertenecer á gremio de maestros
ó doctores. Las autoridades inspeccionarán las industrias y
profesiones en lo relativo á la moralidad, la seguridad y la
salubridad públicas. La ley podrá exigir títulos de idoneidad para
el ejercicio de las profesiones médicas y de sus auxiliares.»
La abolición de la contrainte par corps, que nosotros llamábamos
simplemente ((abolición de la prisión por deudas,» dice:
<Art. 23. En ningún caso podrá haber detención, prisión
ni arresto por deudas ú obligaciones puramente civiles, salvo el
arraigo judicial.>
La de la prensa, en estos términos:
Art. 42. La prensa es libre en tiempo de paz, pero responsable
con anreglo á las leyes, cuando atente á la honra de las personas,
al orden social ó á la tranquilidad pública.»
Se lo deja todo á la ley; por manera que un Congreso radical
puede, debilitando la sanción, ó restringiendo el campo de la
prohibición, llegar hasta restablecer la absoluta libertad de la
prensa.
El artículo relativo á la esclavitud es digno de Mirabeau:
<Art. 22. No habrá esclavos en Colombia. El que, siendo
esclavo, pise el territorio de la República, quedará
libre.>
Debiendo centralizarse la legislación civil y penal, era difícil
conferir á los Departamentos mayor radio de acción legislativa del
que abraza el artículo 185, tanto que bastaría una reforma
atribuyendo el nombramiento ó elección de los Gobernadores de los
nueve Departamentos (los mismos antiguos Estados) á las Asambleas
departamentales, para volver al régimen de la soberanía de
éstos.
El articulo 41, que ordena que la educación pública (se ha
entendido la oficial ó costeada con fondos públicos) será
organizada y dirigida en concordancia con la Religión Católica, lo
votarían hoy todos los liberales de juicio, lo mismo los muertos
que los vivos; lo mismo Murillo, Ancizar, Gómez, Samper, Carlos
Martin, Jacobo Sánchez y Santiago Pérez, que Acosta, Camargo, José
María Quijano Wallis, Francisco de P. Borda, Clímaco Iriarte y
Zoilo Cuéllar, en vista de lo que pasa en Francia, donde la escuela
sin Dios y el liceo ateo preparan á aquel país espantosa
catástrofe.
Por supuesto que la Constitución contiene en la
irresponsabilidad del Presidente, en la inmensa suma de poder
discrecional que á éste confiere, y en el largo período de su
duración, que causa más dolores para su re-novación que tres
elecciones bienales consecutivas, muchos peligros para la libertad;
pero á todo provee de remedio el artículo 209, que facilita su
reforma.
Salvados los grandes principios, no habría habido, pues, en mi
humilde concepto, inconveniente para que el partido liberal hubiera
aceptado la Constitución de 86 como base de modus vivendi
republicano, con todas las reservas del caso para su reforma.
Guiado por estas convicciones, no hubo escrito mío de los
últimos años en que no combatiera la apelación á la guerra, hasta
llegar al telegráma que, ya en vísperas de estallar, en Octubre del
año pasado, me permití dirigir á Málaga á lós señores Generales
Uribe Uribe y Ruiz, que fué publicado en diversos periódicos de la
capital, y que dice:
«El porvenir le pertenece á los hombres que le conserven al país
el orden público, y con esto lo digo á ustedes todo.
ANíBAL GALINDO.»
Sin embargo, el partido, ó mejor dicho, una parte de él, con el
concurso de hombres eminentemente respetables, que fueron á
ofrendar su vida en los campos de batalla optó por la guerra.
Carezco de toda autoridad para erigirme en censor ó reprensor de su
conducta; pero sus contrarias opiniones no pueden imponer silencio
á las mías, lento producto de un siglo de lastimosa enseñanza, y
que expongo y defiendo porque así lo quiero, con mi derecho de
hombre libre y de ciudadano, para ejercer el cual no necesito
licencia de ningún Directorio.
El e pur si muove de Galileo, si no lo dijo, debió decirlo, y
debe conservarse como la más bella fórmula de la afirmación de una
conciencia que se siente iluminada por la luz de una idea.
Y por lo que hace á creencias religiosas, después de que
Lamnartine, el más grande apóstol de la libertad en el mundo,
aquella inteligencia angélica que se levanta sobre la de los más
altos ingenios de la tierra, dijo: «Oh Díeu de mon berceau, sois le
Dieu de ma tombe!», bien puede cualquier mortal aceptar tranquilo
el desdén de la soberbia humana.
Bogotá, 1900.