MI VIAJE AL PERU
Al inscribir este capitulo en el presente libro, no es mi ánimo
redactar un artículo de viajes á aquella República, escrito que
pertenece á otro género de composicion, sino tratar del importante
asunto diplomático que me llevó al Perú, al propio tiempo que de la
situación política que el Perú atravesó en 1894, para dar noticia
de la manera como terminó en el año siguiente de 1895 la revolución
encabezada por el señor Piérola contra el gobierno del General
Cáceres, solución inusitada en la larga historia de las
revoluciones sudamericanas, y digna de ofrecerse como ejemplo de
moderación y de patriotismo, en estos países trabajados por la
fiebre de la revolución y de la guerra civil.
En Mayo de 1894 fui llamado por mi estimado amigo el señor D.
Marco F. Suárez, Ministro de Relaciones Exteriores, para
proponerme, con anuencia y autorizacíón del Presidente de la
República, señor Caro, que fuese inmediatamente á Lima á reclamar
la audiencia á que Colombia se consideraba con derecho para
intervenir en la negociación de límites pendiente entre el Perú y
el Ecuador, y en la cual se disponía de gran parte del territorio
de la margen septentrional del Amazonas, entre el Napo y el
Putumayo, que Colombia reclama como de su propiedad. Acepté no sólo
sin vacilación, sino con mucho gusto, la honrosa misión que me
ofrecía el Gobierno, y provisto de la correspondiente credencial,
dirigida por nuestro Ministro de Relaciones Exteriores a los de
igual clase del Perú y del Ecuador, (pues se dejaba á mi arbitrio,
según las circunstancias, iniciar la negociación en Lima ó en
Quito), y de los plenos poderes conferidos especial y directamente
a mi por el Presidente de la República, me puse en camino para el
Pacífico á mediados de Junio de 1894. Se une ordenaba, si, en los
plenos poderes, que procediera en todo de acuerdo con la Legación
Colombiana en Lima ó en Quito, y de consuno con ella.
Al llegar á Guayaquil, el señor Camaño, Gobernador de aquella
Provincia, á quien todos llamnaban " Gobernador del Ecuador," tomó
vivo interés en que yo me dirigiese de preferencia á Quito para
iniciar y radicar allí la negociación, y el Presidente, señor
Cordero, alcanzó a dirigirme un telegrama en el mismo sentido; unas
yo rehusé, cortés, pero firmemente, acceder á sus deseos,
manifestando al señor Camaño que con quien Colombia tenía
verdaderamente en disputa la -sujeta- materia del litigio, era con
el Perú, por haber estado y estar este país en la persuasión de que
su único vecino del norte era el Ecuador; que los Departamentos
meridionales de la antigua Colombia de que se había formado aquella
República, cubrían toda aquella frontera desde el litoral del
Pacifico hasta los confines del Brasil, y que, por lo mismo, era al
Perú al que Colombia teñía que convencer, ó por lo menos notificar,
del error en que se encontraba, para que admitiese nuestra demanda
de intervención; que en este litigio el Ecuador y Colombia formaban
una misma parte, porque su título territorial era el mismo, el del
Virreinato de Santafé contra el Virreinato del Perú, y por tanto,
Colombia nada adelantaría tratando separadamente con el Ecuador, si
el Perú no admitía su personería; que por estas razones debía
dirigirme á Lima, pero no para tratar tampoco separadamente con el
Perú, sino para solicitar que el Ecuador acreditase en aquella
capital un plenipotenciario para tratar conjuntamente con ambos
gobiernos hasta llegar á un trípartito acuerdo.
- El señor Camaño se manifestó satisfecho de mis
razones, y me prometió apoyar ante el Presidente el envio de un
plenipotenciario.
- Presentad mi nota credencial y mis plenos poderes al
señor Ministro de Relaciones Exteriores del Perú, fueron admitidos
sin demora, calificándose el carácter diplomático que me conferían
como de Encargado de negocios en misión especial, y en el acto
procedí á formular la demanda de intervención ó de accesión de
Colombia á las negociaciones de límites pendientes entre el Perú y
el Ecuador, por medio de la nota fecha 13 de Agosto de 1894, que se
registra en las páginas 918 á 920 del tomo 5to. de la Colección de
documentos diplomáticos del Perú.
La Cancillería peruana dió traslado de esta nota al Enviado
Extraordinario y Ministro Plenipotenciario del Ecuador en Lima,
señor doctor Julio Castro, quien la contestó en los siguientes
términos:
« Legación del Ecuador.-Lima, Agosto 21 de 1894.
~' Señor Ministro.
Por la atenta comunicación de Vuecencia, de 18 del presente, me
he impuesto de que el Excelentísimo Señor Ministro,
Plenipotenciario especial de Colombia, y el honorable señor
Encargado de Negocios de la misma Nación, sosteniendo que su patria
tiene derecho de dominio sobre cierta porción de la zona
territorial amazónica, que es materia de la actual cuestión de
límites entre el Perú y el Ecuador, propone que se celebre un
tratado tripartito de delimitación, y consideran como el momento
más oportuno pata ello, el en que dichas naciones van á tratar de
nuevo y directamente para el arreglo de su común frontera. -
« Por decreto legislativo expedido en el Ecuador declarando
insubsistente el de aprobación del proyecto de tratado
García-Herrera, se autoriza, en electo, al Poder Ejecutivo para
abrir nuevas negociaciones directas con el Gobierno del Perú; pero
el de mi patria no me ha comunicado aún ninguna orden a este
respecto, ni menos las instrucciones necesarias para el caso
imprevisto de que el Gobierno de Colombia tratase de inmiscuirse en
la cuestión contenida entre el Ecuador y el Perú. Por consiguiente,
sin entrar, por ahora, á discutir sobre los derechos alegados por
Colombia, y muy especialmente en la forma en que pretende hacerlos
valer, me limito á decir á Vuecencia que aguardo las órdenes que
tenga por bien darme mi Gobiérno, para lo cual he remitido por el
correo de hoy los documentos relacionados con tan importante
asunto. Cuando reciba la contestación correspondiente, me será
grato entrar en el cambio de ideas á que me invita Vuecencia, tanto
sobre la pretensión formuláda por el Excelentísimo Plenipotenciario
de, Colombia y el honorable señor Encargado de Negocios de la misma
Nación, cuanto sobre la insinuación de que las negociaciones, antes
radicadas en Quito, se radiquen hoy en esta capital.
« Aprovecho la oportunidad para reiterar á Vuecencia las
seguridades de mi más distinguida consideración.
« JULIO CAsTRo.
« Al Excelentísimo señor doctor D. Manuel Irigoyen, Ministro de
Relaciones Exteriores del Perú.»
Era el señor Castro distinguido jurisconsulto, Magistrado de la
Corte Suprema del Ecuador, hombre de talento y vasta ilustración,
pero sobre todo carácter eminentemente franco, honrado y sano,
incapaz de falsedad ni doblez con quien, una vez persuadido de que
la Plenipotencia Colombiana procedía animada del mismo espíritu,
fué fácil llegar á una leal y franca inteligencia sobre el asunto
de mi misión. Así fué que la respuesta definitiva no se hizo
esperar mucho tiempo, y el 6 de Octubre recibía el Ministerio de
Relaciones Exteriores de Lima la siguiente nota:
« Legación del Ecuador-Lima, Octubre 6 de 1892. Señor
Ministro.
« Tengo á honra poner en conocimiento de Vuecencia que he
recibido plenos poderes y las instrucciones respectivas para
intervenir á nombre de mi Gobierno en las negociaciones
correspondientes a la demarcación de fronteras entre el Perú y el
Ecuador. A una y otra Nación interesa sobremanera que su antigua
cuestión de linderos llegue por fin á su término; y no dudo que lo
tendrá satisfactorio, ora en el pacífico terreno de las mutuas
concesiones equitativas, ora en el igualmente pacifico de la
discusión tranquila y serena de los derechos de ambos pueblos ante
el árbitro encargado de decidir tan delicada como importante
cuestión internacional.
« En cuanto á las gestiones encargadas por Colombia á los
honorables señores doctor D. Aníbal Galindo y D. Luis Tanco, tengo
también plenos poderes para entenderme con ellos á nombre del
Ecuador; por manera que no hay ningún inconveniente para que se dé
audiencia á los Representantes de Colombia en las conferencias
sobre demarcación de fronteras, que pueden comenzar inmediatamente,
radicándose las negociaciones en Lima, con arreglo á la indicación
hecha á este respecto por Vuecencia y aceptada por mi Gobierno.
ti Aprovecho esta oportunidad para reiterar á Vuecencia los
sentimientos de mi más distinguida consideración.
á JULIO CASTRO.
ti Al Excelentísimo Señor Doctor .D. Manuel Irigoyen, Ministro
de Relaciones Extériores del Perú.>
Satisfactoriamente allanarlas estas dificultades, abriéndose sin
pérdida de tiempo el mm de Octubre las conferencias de los
Plenipotenciarios de los tres Gobiernos, en el salón de la Sociedad
Geográfica de Lima, las cuales dieron por resultado la celebración
de la Convención tripartita de 15 de Diciembre de 1894, que á la
letra dice así:
« CONVENCIÓN ADICIONAL DE ARBITRAJE
« Los Gobiernos del Perú, Colombia y Ecuador, deseosos de poner
fraternal y decoroso termino á la cuestión pendiente entre los tres
Estarlos respecto á sus límites territoriales, y anímados del
propósito de remover toda causa ó motivo de desavenencia que pueda
perturbar la amistad que felizmente mantienen, han creído oportuno
provocar un acuerdo entre ellos, y han nombrado con tal fin sus
respectivos Plenipotenciarios, á saber:
((Su Excelencia el Presidente de la República del Perú al doctor
D. Luis Felipe Villarán, Abogado y Plenipotenciario especial del
Perú.
« Su Excelencia el Presidente de la República de Colombia, al
doctor D. Aníbal Galindo, Abogado especial de limites y
Plenipotenciario especial, y al señor D. Luis Tauco, Encargado de
Negocios de Colombia en el Perú.
« Y Su Excelencia el Presidente de la República del Ecuador, al
doctor D. Julio Castro, Enviado Extraordinario y Ministro
Plenipotenciario del Ecuador en el Perú.
« Quienes, como resultado de la conferencia tenida en Lima, y
después de haber canjeado sus plenos poderes y haberlos hallado en
buena y debida forma, han acordado la Convención adicional de
arbitraje que se contiene en los siguientes artículos:
ARTÍCULO I
a Colombia se adhiere á la Convención de arbitramento entre el
Perú y el Ecuador, de 1 de Agosto de 1887, canjeada en Lima en 14
de Abril de 1888, pero las tres altas partes contratantes estipulan
que el Real Arbitro fallará las cuestiones materia de la disputa,
atendiendo no sólo á los títulos y argumentos de derecho que se le
han presentado y se le presenten, sino también á las conveniencias
de las partes contratantes, conciliándolas de modo que la línea de
frontera esté fundada en el derecho y en la equidad.
ARTÍCULO II
ti El Gobierno de Colombia cumplirá los deberes que á las partes
contratantes impone el artículo 2 de la referida Convención, dentro
de ocho meses contados desde la ratificación de la presente. y el
del artículo 3 de aquélla, dentro de seis meses contados desde la
aceptación del Real Arbitro. A partir de esa fecha se arreglará en
todo á los procedimientos pactados en la Convención á la cual se
adhiere.
ti ARTICULO III
ti Los gastos que ocasione al Arbitro la sustanciación del
proceso, los reembolsarán los gobiernos contratantes, erogando cada
uno la tercera parte de la suma á que dichos gastos asciendan.
ti ARTÍCULO iv
« Si esta Convención fuere desaprobada por la República de
Colombia, producirá no obstante sus efectos entre las Repúblicas
del Perú y del Ecuador, coyas cuestiones sobre límites serán
decididas con arreglo á lo estipulado en el artículo 1.
ti ARTÍCULO V
ti Si dicha Convención fuere desaprobada por el Perú, por el
Ecuador ó per ambos, continuará vigente entre las dos naciones el
Convenio de arbitraje de 1º de Agosto de 1887, y Colombia quedará
en libertad para adherirse pura y simplemente á él, dentro de
noventa días contados desde que oficialmente le sea notificada la
improbación.
ti ARTÍCULO VI
ti La presente Convención será ratificada por los Congresos de
las tres Repúblicas contratantes, y las ratificaciones se canjearán
en Lima, Bogotá ó Quito, en el menor tiempo posible.
ti En fe de lo cual los Plenipotenciarios de las altas partes
contratantes han firmado la presente Convención y la han sellado
con sus sellos particulares, en triple ejemplar, en Lima, a los
quince días del mes de Diciembre de mil ochocientos noventa y
cuatro.
ti L. F. VILLARÁN.-ANíBAL GÁLINDo.-Luís TÁNco.- JULIO
CASTRO.»
Esta Convención fué aprobada por unanimidad de votos, menos uno,
por el Congreso del Perú en 1895, y por el de Colombia de 1896,
pero aún no ha sido siquiera tomada en consideración por el del
Ecuador.
La Plenipotencia del Perú había sido confiada al eminente
jurista doctor D. Luis Felipe Villarán, igualmente distinguido por
su intachable reputación de hombre de bien.
Desde el principio la Cancillería peruana acogió la demanda de
Colombia, no sólo de buena voluntad, sino con solícito interés. Los
tres Jefes del Estado que en el asunto intervinieron, la
favorecieron con su amistad. Las negociaciones se abrieron bajo la
Presidencia del Coronel Borgoño. El General Cáceres dió á la
Convención su pase para el Congreso, y el señor Piérola la
recomendó á su aprobación, y una vez aprobada, la proclamó como ley
del Perú. Y el culto, el ilustrado señor Irigoyen, Ministro de
Relaciones Exteriores, nos colmó de atenciones personales y nos dió
todas las facilidades apetecibles para llevar la negociación á buen
término.
Finalmente, el distinguido joven señor D. Luis Tanco Argitez,
con quien yo debía proceder de acuerdo en su caracter de Encargado
de Negocios de la República en Lima, me prestó la más inteligente y
eficaz cooperación para el acertado desempeño de mi cometido. Había
seguido el señor Tanco con solicito interés toda la historia de a
negociación de limites pactada entre el Perú y el Ecuador, con
perjuicio de Colombia, en el Tratado García- Herrera, de 2 de Mayo
de 1890, que afortunadamente no llegó á ser ratificado, pero que
era indispensable conocer á fondo para la acertada dirección de mis
gestiones. Púsome, pues, el señor Tanco al corriente de todos los
detalles de aquella negociación, proporcionándome, además, muchos
otros datos de cancillería sumamente útiles para mis trabajos, por
todo lo cual no quise limitarme á cumplir la fórmula de "obrar de
acuerdo con él," sino que exigí que cuanto en el asunto se hiciera
llevase la firma de ambos, y así se hizo.
Pasémnos ahora á la guerra, pero para relataría en términos tan
generales como pudiera hacerlo un artículo para un Diccionario de
Historia universal, y tomando por base del relato los hechos más
abstractos, admitidos como verdaderos por la opinión general del
país.
El General Cáceres había sido Presidente constitucional de la
República en el cuatrienio de 86 á 90. Le sucedió el señor Morales
Bermúdez para el cuatrienio de 90 á 94; mas el General Cáceres
deseaba ser reelegido para el período de 94 á 98, y parece que
tenía ó creía tener asegurada la reelección con el apoyo de Morales
Bermúdez; pero éste falleció casi súbitamente en Enero de 1894.
Suplen las faltas accidentales ó absolutas del Presidente,
conforme á la Constitución, dos Vicepresidentes, denominados 1 y 2,
por su orden. Estos dos Vicepresidentes eran los señores Pedro
Alejandrino del Solar y Coronel Justiniano Borgoño. El primero era
adverso á Cáceres y el segundo su partidario y su amigo. Coludido
el General Cáceres que disponía del ejército, con el Coronel
Borgoño, para cerrarle el paso á Solar, éste se encontró en
absoluta imposibilidad de entrar en ejercicio del poder.
Hiciéronle el vacío en el mismo Palacio y en los Ministeríos. No se
presentó por ninguna parte ni un simple portero, á recibir órdenes,
mucho mejor un edecán militar.
En estas circunstancias presentáronle las renuncias de
estilo los Ministros del Despacho, y el señor Solar, que no se
encontraba en situación de afrontar un conflicto ni de correr
riesgos personales, tuvo la imprecaución de resolverlas por
escrito, diciendo "que encontrándose en absoluta imposibilidad (sin
expresar la causa) de asumir el ejercicio del Poder Ejecutivo,
dichas renuncias debían presentarse al segundo Vicepresidente." Los
Caceristas creyeron salvadas con esta resolución las fórmulas
constitucionales, y el Coronel Borgoño tomó posesión de la
Presidencia como segundo Vicepresidente llamado por el primero.
Pero el país no se dió por satisfecho con esta comedia.
Consideró el Gobierno del Coronel Borgoño como el resultado de una
flagrante imposición, y se alzó en armas para vindicar los fueros
de la soberanía nacional, con el señor Piérola á la cabeza de la
revolución. Sin embargo, alcanzáronse á verificar las elecciones
populares para la elección del Presidente bajo el gobierno del
señor Borgoño, y el General Cáceres tomó posesión de la Presidencia
ante el Congreso, con toda la solemnidad y formalidades de estilo,
el 8 de Septiembre de 1894.
Mas todo fué en vano. En Febrero de 1895 la revolución ea dueña
del país, siendo perfectamente claro para todo el mundo que el
último combate se libraría en las calles de la capital; y en tal
virtud, el Cuerpo Diplomático, después ríe varias reuniones tenidas
en previsión de este acontecimiento, concluyó por nombre una
Comisión de su seno, compuesta de representantes de las Potencias y
del Delegado Apostólico como su Decano á la cual se delegaron todos
los poderes del Cuerpo, para tomar cuantas providencias fuesen
necesarias á efecto de proteger la segunda de las personas y de los
intereses extranjeros en la capital, y para ofrecer la mediación de
los Gobiernos, llegado el caso.
- El asedio de la capital principió en la madrugada del
miércoles 17 de Marzo de 1895, habiendo quedado en el sangriento
combate de ese día más de mil cadáveres tendidos en las calles, y
las tropas del General Cáceres casi reducidas al Palacio de
Gobierno y manzanas adyacentes.
A eso de las siete de la mañana del 18, encendido ya el fuego,
llegó á la casa de la Legación, donde habitábamos juntos el señor
Tanco y yo, situada en la plaza de Bolívar (antigua plaza de la
Inquisición), el señor D. Alfredo Ayulo, uno de los más respetables
ciudadanos de la capital, protegido por una bandera de las
ambulancias de la Cruz Roja, en solicitud mía, para suplicarme
fuese, acompañado por él, al hotel de la Delegación Apostólica,
distante unas tres cuadras, con el objeto de instar al señor Machi
para que se apresurase á ofrecer la mediación de los gobiernos
amigos, á efecto de poner, de cualquier modo, término á semejante
carnicería.
Como el viaje á la Delegación no estaba exento de serios
peligros para la vida, traté de excusarme de la emnbajada, diciendo
al señor Ayulo que no formando ni el señor Tauco ni yo parte de la
Comisión, temía que el Nuncio no recibiese bien mi visita,
considerándola como una oficiosa intrusión de mi parte en el
cumplimiento de sus delicados deberes; pero habiendo renovado sus
instancias el señor Ayulo, manifestándome que no era el caso de
detenerse para ayudar á prestar este servicio en escrúpulos de pura
delicadeza, sino que era preciso empeñarse por humanidad y por amor
al Perú en detener la efusión de sangre de tan bárbaro combate, y
en buscar algún medio civilizado de avenimiento para la paz, y
temiendo que el señor Ayulo, y con razón, atribuyese mi negativa á
cobardía, me puse en marcha con él, protegidos, como he dicho, por
una bandera de la Cruz Roja.
Llegados á la Delegación, encontrámos al señor Machi, que es un
prelado joven, lleno de noble y buena ambición, inteligente y
activo, preparado ya para salir.
-Vengo, (le dije para tantear terreno), á ponerme á disposición
de Su Señoría, para cualquier cosa en que yo pueda servirle en
desempeño de su misión.
-Pues llega usted á tiempo, une contestó. Precisamente el señor
Coronel, señalándomne á un militar que allí estaba, acaba de
traerme esta carta (que aún tenía en la mano), del General Cáceres,
en que propone que se celebre un armisticio para convocar
inmediatamente el Congreso ante el cual él y los dos
Vicepresidentes presentarán su dimisión, dejando de esta manera
libre el campo para la elección de la persona que se haga cargo del
Gobierno; y al mismo tiempo el señor Solar solicita por medio de su
hijo, encargado de representarlo (y me parece que el joven se
encontraba presente), que debe restituirsele el período de su
Vicepresidencia, y reconocérsele como Jefe del Gobierno. ¿Qué dice
usted de esto?
-Digo, Excelentísimo Señor, que la pretensión del señor Solar no
admite ser tomada en consideración, porque bit tiempo expiró su
período y nadie puede devolvérselo. Es la primera vez en mi vida en
que yo haya oído hablar de restitución de períodos ó términos
constitucionales ó legales expirados, para récobrar el ejercicio
del poder público. Y por lo que hace á la proposición del señor
General Cáceres, me parece absolutamente impracticable. En primer
lugar, el Congreso á cuya autoridad se apela, tiene el mismo origen
vicioso de que la revolución acusa el titulo del Presidente, y
además, de lo que se trata es de una medida de horas, que ponga
inmediatamente término á la efusión de sangre. ¿Cree Su Señoría que
el señor Piérola y su ejército van á tomar cuarteles por dos ó tres
meses en las calles de Lima esperando la reunión del Congreso? Todo
lo que no sea la celebración de un Tratado de paz, por medio de una
esponsión militar entre los beligerantes, no tiene nada de
práctico.
-Soy de la misma opinión de usted, me contestó el señor Machi, y
voy al Cuartel General del señor Piérola, donde me esperan mis
compañeros para negociar ante todo una tregua, siquiera sea de
veinticuatro horas, y tratar en seguida de la paz.
Pero en este momento llegó el señor Tanco, que hahiendo sabido
al levantarse lo ocurrido conmigo, mandó en el acto á buscar una
bandera de ambulancia y se dirigió con ella á la Delegación para
acompañarme y participar de los mismos riesgos que yo corriera en
aquella eventualidad. No contento con esto, el señor Tanco se fué
acompañando al señor Machi al Cuartel General del señor Piérola,
donde fué nombrado, en premio de su comportamiento, Secretario de
la Comisión. El señor Ayulo y yo regresámos á la Legación.
Negocióse, con efecto, un armisticio de cuarenta y ocho horas
para recoger muertos y heridos y para tratar de la paz, y celebróse
en seguida un Tratado ó esponsión militar entre los beligerantes,
por el cual se estableció un Gobierno provisorio con el nombre de "
Junta de Gobierno," compuesta de dos Ministros nombrados por el
señor Cáceres, dos por el señor Piérola, y un quinto, que sería su
Presidente y principal Secretario de Estado, nombrado por la Junta.
Fué elegido para esta Presidencia el distinguido hombre de Estado
del Perú, señor Candamo.
La Junta de Gobierno recibió en el acto la adhesión y el
reconocimiento oficial de todos los representantes diplomáticos
acreditados en Lima, constituyó una de las mejores administraciones
que ha tenido el Perú, y duró en ejercicio hasta el 8 de Septiembre
de 1895, en que tomó posesión de la Presidencia el señor Piérola,
elegido por elección popular para el período de cuatro años, que
terminó el 8 de Septiembre de 1899.
Tal fué la historia y tales los hechos supuestos verdaderos en
que se apoyó la revolución. Si el General Cáceres y el Coronel
Borgoño fueron calumniados por la opinión pública del Perú, que
responda ella y no yo.
LIMA
Como escribo para Colombia, no debe extrañarse la comparación.
Lima es en extensión y población un Bogotá, al cual le pasara el
mar por Fontibón, pues que sólo dista legua y media del Callao;
pero la planta de la ciudad es mucho mejor, porque es casi plana,
cortada en ángulos rectos de calles amplias, y con una población de
100 á 130 mil habitantes. Divídela el riachuelo Rímac, un Fucha
grande, no sólo en dos mitades materiales, sino en dos cuarteles
sociales. Sobre la margen derecha, que los de la izquierda llaman
"abajo del puente," vive la gente menos acomodada, sin pretensiones
á lucir en sociedad, y sobre la izquierda se extienden los barrios
de la gente rica, ó que no quiere descender de cierto nivel
social.
- Pero la imperial, la opulenta, la aristocrática Lima,
la qúe fué en otro tiempo la ciudad más lujosa y más cara del
mundo, está hoy pobre, muy pobre, comparada con los tiempos de su
antiguo esplendor. Sus mujeres no gastan ya blondas de Nápoles ni
chales de Iram, ni sus grandes señores, como en los tiempos del
Mariscal Castilla, júegan con puestas de á chino (cada chino se
estimaba en 5oo soles) el rocambor (tresilló).
Y eso se comprende. Lima fué por excelencia, desde su fundación,
la capital burocrática del mundo. Vivió siempre exclusivamente de
la repartición del Tesoro público, sin más industrias que las del
comercio distribucion de ese Tesoro, ejercidas pór - extranjeros.
La aristocrática sociedad de Lima - mira todavía con cierto
desprecio á todos los que vi; en de profesiones manuales, desprecio
que aun alcanza algo al médico y al cirujano. Un dentista nó tiene
acceso á ningún salón; se le cónsiderá, póco más ó ménos, comO un
flébotomista. Duranté los largos anos en que caían como una lluviá
de oro en la Tesorería de Lima los millones del húano aquel oro,
distribuido en sueldos, contratos y pensiones, que empleaba
íntegramente en vivir bien, y todo era, por consiguiente,
enormemente caro. Nadie pensó en economizar ni guardar un cuarto,
porque nadie creyó que aquel tesoro tendría fin, y después dé que
la desgraciada guérra con Chile arrebató al Perú su próvincia
salitrera de Tarapacá, todas las fortunas desaparecieron, todos los
bolsillos se encontraron casi vacíos, y Lima, como digo, anda
relativamente muy pobre.
- En cambio es hoy la única capital del mundo de vida barata,
baratura, si se quiere, de mala calidad económica, pues depende de
la abundancia de la oferta contra, un pedido muy debatido ó
regateado, que mantiene los precios de los artículos alimenticios
apenas en la tasa necesaria para que no cese su producción. La
abundancia es inmensa. Da gusto ir á la hermosa plaza de mercado de
Lima, que cobija bajo su magnifica estructura de hierro una manzana
entera, de espaciosas galerías cubiertas de cristal, á contemplar
aquella abundancia. Son montañas de granos, de papas, de legumbres,
de aves, de huevos, de pescado, de frutas, de cacería, etc., etc.,
las que diariamente se ofrecen para la alimentación de Lima, todo á
precios módicos y al alcance del artesano. El pan y la carne son
regalados. El primero vale á 5 centavos libra, y la segunda á 20
centavos el kilogramo, de primera calidad. Todas las huertas de los
alrededores de Lima están cultivadas por italianos, y la hortaiiza
y la fruta que se pregona todas las mañanas por todas las calles de
la ciudad, son ricas y abundantes. Baste decir que la pensión
alimenticia en los comedores del Club Nacional, con cocina italiana
de primera clase, escogiendo cada comensal su almuerzo y su comida
de una lista de 10 á 12 platos, sólo costaba 36 soles de plata al
mes.
Qué diferencia con esta miseria, esta mugre y esta carestía de
Bogotá, que teniendo á mis pies una de las más feraces y extensas
altiplanicies del mundo, cubierta del más rico mantillo de tierra
vegetal, casi, casi no puede alimentamos!!
La administración municipal de la ciudad de Lima es magnífica.
Se ha conservado á su Municipalidad la categoría que tenía bajo la
Colonia. Ocupan aquellos puestos ad honorem, los más respetables
ciudadanos de Lima, y es de rigor que el Presidente y los
Vicepre-sidentes de la República bajen á ser Alcaldes de la ciudad.
Su servicio de aguas es tan abundante como el de Nueva York, y eso
que su acueducto, en el erial de aquella costa, es alimentado por
pozos artesianos. La ciudad está perfectamente alumbrada por gas, y
se la barre todas las noches, de 12 á 4 de la mañana, por numerosas
cuadrillas de chinos que hacen este servicio. El de coches es
completo. A toda hora, y en
cualquier parte de la ciudad, está usted seguro de encontrar un
carruaje, que vale 30 centavos la carrera y $1 la hora.
No tiene Lima edificios públicos que puedan merecer
arquitectónicamente el nombre de tales. La Catedral estaba en
ruinas; ha sido recientemente restaurada por el señor Piérola; las
demás iglesias, excepto San Francisco, valen poco; y el Palacio de
la Plaza de Armas es todavía, con poca diferencia, la misma barraca
que habitó Pizarro, con una mala fachada.
Termina la ciudad, por su extremidad occidental, en el magnífico
Parque de la Exposición, construido en 1872, que cubre unas 6 ú 8
hectáreas de superficie, y es uno de los más bellos jardines del
mundo. El Ministro americano me decía: no querría yo más fortuna
que este Parque á inmediaciones de Nueva York. Dentro de él se
encuentran el magnifico edificio que sirvió para la Exposición de
1872, un espléndido restaurante, un pequeño jardín zoológico ó
mónagerie, comí algunas fieras y variado número de animales y aves
raras del país, y el Club Revólver, para el tiro de pistola y
rifle, al que los peruanos son muy aficionados, y en el cual han
vencido varias veces á tiradores europeos que han venido á
desafiarlos. El Kiosko del Alcalde, porque á él está destinado, es
precioso; puede, si se quiere, constituirse en una magnífica
habitación de recreo en la estación del verano.
La alta sociedad de Lima es de lo más distinguido, benévolo y
culto que pueda imaginarse. Todo extranjero de distinción tiené
seguridad de ser acogido en su seno con la más grande
espontaneidad, y de recibir de las familias con quienes se
relacione, la más generosa hospitalidad. Es una sociedad de
costumbres aristocráticas. Suenan bien á su oído los títulos
nobiliarios, y se amolda á todos los refinamientos de la más
puntillosa sociedad europea.
Como gratos recuerdos, vinculados á mi permanencia en Lima,
quiero perpetuar en este libro los siguientes:
RELIGIÓN, FILOSOFÍA, POLÍTICA
A RICARDO PALMA
Como de costumbre, hoy he despertado triste, con el espíritu
barnizado de algo que no es miel de Inglaterra ni Ilang llang.
Hay en esta tristeza mucho de cobardía. La luz del día es el
llamamiento al trabajo, á la lucha, á la fatiga y ese llamamiento
nos aterra. Por el contrario, siempre vemos acercarse con secreto
placer la caída del sol. El crepúsculo es nuestra verdadera aurora.
Como si necesitáramos de las tinieblas para alguna obra de
iniquidad, casi cantamos como el buho al acercarse la noche, porque
ella impone el reposo, y también porque los jueces, los
recaudadores, los alguaciles y los escribanos tienen por fuerza que
concedernos y a un plazo de catorce horas para volver á la
carga.
Sin embargo, semejante modo de ser no sólo acusa una
imperfección del carácter, sino que es simplemente estúpido; y si
el instinto, rebelde á la ley del dolor, repugna la alegría del
trabajo, es preciso que la razón se la imponga, porque en vano
buscaríamos, ni en la religión ni en la filosofía, amparo contra la
ley que hace entrar necesariamente el dolor en las condiciones de
la existencia. Si preguntamos á la primera, de antemano sabemos ya
la respuesta que va á darnos: la tierra es un valle de lágrimas; la
verdadera vida principia en el dintel de la muerte; trabajad y
sufrid; vuestra recompensa os aguarda en las regiones de la
inmortalidad.
Y si acudís á la segunda, también sabéis su respuesta:
luchad sin descanso, porque la vida se resume en la lucha por
los medios de subsistencia, en esfuerzo de incesante competencia,
de interminable pugilato, de incesante conflicto, lucha de la cual
resulta la eliminación de los organismos más débiles, para ser
reemplazados por organismos mas fuertes.
El poeta también lo ha dicho:
«A la zizaña el trigo anda mezclado:
Así unidos, el riego y el arado
Los hacen de la tierra producir,
Y cuando la estación propicia llega,
Juntos y á un tiempo el labrador los siega Su hoz al
esgrimir.
Así, oh dolor! no sé cómo llamarte,
Aunque mi corazón tu espada parte
En mil pedazos al cebarse en él:
No sé si de la vida en el abismo
Son en definitiva un jugo mismo
El néctar y la hiel.»
Hay, pues, que desechar esas vanas quimeras, esos juegos de la
fantasía, esos deseos de la pereza que querrían inducirnos á creer
que la vida es ó debería ser un festín, un carnaval de goces
continuados; y tomándola como es, como un simple campo de acción y
de lucha para asimilár por el trabajo los medios materiales de
subsistencia, y para levantarse en esa misma lucha por la escala
ascendente de nuestra perfección moral, hay que despertar contento,
alegre, placentero, á engancharse como el caballo de tiro al carro
del trabajo, para cumplir la ley moral de la existen
cia, ley de fatiga, es cierto, pero condición armónica de
renovación y de vida, sin desconfianzas cobardes y mezquinas, sin
cuidarse de otra cosa que de la sana intención, y dejando el
resultado, que la menor contingencia altera y que el hombre no
puede encerrar en sus cálculos, en las manos de AQUEL que es el
autor y dispensador de todo bien, de AQUEL que ha prometido no
dejar sin recompensa un vaso de agua dado en su nombre. El cielo de
Mahoma es un muladar: la posesión de veinte huríes. El cielo
cristiano es el paraíso del espíritu: la revelación y posesión de
la verdad.
Pero de todas las pasiones innobles que esterilizan el alma,
aquella de que debe uno limpiárse como de una lepra, es la del
odio, principalmente la del odio político, esta fiebre eruptiva de
los partidos en las Repúblicas hispano-americanas, que las consume
en la hoguera de sus constantes revoluciones, que veda todo
progreso, y que mientras perdure mantendrá á estos países á
distancia inconmensurable de la civilizacion.
Y á propósito de intolerancia y odiós políticos, oiga usted lo
que acaba de pasarme en Lima:
Deseando visitar el santuario que guarda las reliquias de San
Francisco Solano y los restos que aún quedan de los muchos tesoros
artísticos que poseía el convento de San Francisco de Asís, que con
su iglesia forma la más importante estructura arquitectónica de
cuantas en su clase tiene Lima, presentéme ayer en la portería á
solicitar el favor de esta visita. El hermano portero envió en el
acto mi tarjeta á uno de los Superiores, y poco después vino á
recibirme el Reverendo Padre español, natural de Orense, en
Galicia, Fray Jesús Hernández, Maestro de novicios, quien lleno de
bondad me abrió la capilla que guarda las reliquias del santo,
erigida en la misma celda en que aquél murió. Ofrecióme, y yo
acepté reverente, una astillita de la gran cruz de madera ante la
cual acostumbraba orar; me enseñó la biblioteca del convento, que
consta de unos 1o,ooo volúmenes, cuidadosamente clasificados, entre
los cuales se conserva una edición de la Biblia poliglota de fines
del siglo xv, y otros libros ya muy raros de la misma época y
principios del siglo xvii, y, finalmente, me hizo admirar el
imponderable revestimiento de azulejos de Sevilla que cubren la
portería y toda la parte baja del claustro principal, formando
preciosos cuadros del más variado mosaico, en los cuales se
destacan las figuras de los mártires del Japon y de los principales
santos de la Orden, todo traído y puesto allí desde 1620.
Pero no es de esto, cuyos detalles figurarán en mi viaje á Lima,
sino de algo para mi más importante que con ello se relaciona, de
lo que aquí quiero tratar.
Veinte años atrás, y quizás sólo diez, me decía á mi mismo,
imposible que yo hubiera pensado, por ningún motivo ni por ningún
interés en hacer esta visita: el libre pensador y el liberal se
habrían considerado apolillados visitando un convento y tratando
con un fraile. Y sin embargo, cuán contento no me siento hoy de
haber alcanzado esta desinfección de mi espíritu, de haber depurado
mis doctrinas y mis principios políticos de ésta intolerancia
filosófica (perdón por la antinomia), mil veces más ruin, más
pequeña y más despreciable que el fanatismo religioso de otras
edades; porque el verdadero liberal es aquel cuyo espíritu se abre
para abarcar en su simpatía todas las formas de la múltiple vida de
la humanidad, para compadecerse de todas sus miserias, de todos sus
dolores y hasta de todas sus preocupaciones; y bajo el punto de
vista religioso, el que, comprendiendo que el inescrutable misterio
de la vida no tiene ni podrá tener otra explicación que la
existencia de ese Sér necesario que llamamos Dios, y que Spencer y
Darwin, sin atreverse á negarlo, llaman lo Incognoscible, sabe
acatar y respetar la conciencia religiosa y la forma externa de los
cultos de todos sus creyentes, esparcidos sobre la superficie de la
tierra.
Creer, amar, perdonar y sufrir, esa es la vida, y por eso el
Cristianismo, que así la resume y comprende en su inmortal
doctrina, está destinado á cobijar bajo su sobra á la humanidad
entera.
Tal vez sea Séneca el que haya acertado á formular la ley moral
absoluta de la humanidad. «La única obra en que el hombre debe
trabajar sin descanso, dice, es en la de su perfección, y el único
placer puro, sin mezcla alguna de pena, el de sentir que se
adelanta en ese camino. Cómo no he de sentirme, pues, contento por
haber alcanzado á emanciparme de las imposiciones groseras y
mezquinas de la intolerancia y del odio!
Siempre que á la vista de una de las suntuosas procesiones de la
Semana Santa en Bogotá, veo pasar la estatua de la Magdalena,
radiante de hermosura, transportada sobre altísimas andas y vestida
de rico brocado, jamás he podido contenerme de decir al que junto á
mí se encontrara: vea usted, contemple usted en esa estatua el
símbolo más bello y más grandioso de la redención cristiana;
muéstreme usted á qué caído ha levantado el mundo, y vea usted á
esa sublime pecadora levantada por la Iglesia á la catégoria de
diosa, con templos esparcidos sobre la superficie de la tierra,
sólo porque un día, traspasada de arrepentimiento, cayó á los pies
del Cristo, anegada en llanto de sublime dolor.
Así, pues, mi querido Palma, hay que desechar la tristeza
estúpida y cobarde que en almas vulgares- inspira la ruda tarea de
la vida; hay, por el contrario, que combatirla con alegría,
levantándose todas las mañanas contento, como las avecillas que
saludan, cantando, la próxima venida del sol, con el alma limpia de
odios, de envidia, de ruindad, dispuesta sólo al bien, para correr
á calentarse bajo el sol vivificador del trabajo, que impulsa y
renueva, rejuvenece y alienta, considerando que por pequeño que sea
el lote que nos toque en la repartición del producto, hay debajo de
nosotros millones de seres, probablemente mucho más meritorios,
sumergidos, sin embargo, en más grandes dolores. -
Lima, Enero 14 de 1895.
ANíBAL GALINDO.
NEOLOGISMOS Y AMERICANISMOS
CARTA A RICARDO PALMA.-LIMA
Bogotá, 26 de Septiembre de 1896.
Mi querido Ricardo:
Aunque entregué en propia mano á Rafael Pombo, á Merchán, á
Jorge Roa, á Enrique Alvarez, á Camacho Roldán y á Rivas Groot los
ejemplares de su opúsculo sobre neologismos y americanismos, todos
ellos han callado como un muerto; ninguno ha querido hacer un
artículo sobre la materia. Reconvenido hace pocos días Merchán por
este silencio, me contestó: «no quiero disgustar á Palma;» lo
propio me dijo Pombo, y para romper la conspiración del silencio
sobre el cuaderno, voy yo, el último, el menos competente de los
que en Colombia hacen travesuras con el alfabeto, á constituirme en
intérprete de lo que creo piensan nuestros hombres de letras sobre
el particular.
Diréle en primer lugar, con amistosa franqueza, que por acá no
participamos de la chica ojeriza (rancune) que en el prólogo del
opúsculo muestra usted contra la Academia y contra España. Nosotros
no creemos que España ríos desdeñe, ni mucho menos que no nos
quiera ó nos tenga mala voluntad. No hay motivo para ello; pues
aunque no fuera sino por un sentimiento de vanidad, cuando no de
justo orgullo, innato en el corazón humano, ella debe
sentirse orgullosa de la paternidad de un Continente entero,
lleno de nácionalidades de su raza, que pesan ya mucho en los
destinos y en el equilibrio del mundo civilizado.
Por lo que á nosotros toca, ningún vestigio queda ya en la
memoria del pueblo colombiano, de los odios ni de los rencores de
la guerra de Independencia. Extinguidos esos recuerdos con la
generación que participé de la lucha, juzgamos hoy con toda
imparcialidad la obra de la conquista y de la colonia; ni podemos
en justicia hacer cargo especial de tiranía á España porque no se
hubiera desprendido espontáneamente de sus colonias, como no lo ha
hecho ninguna otra nación sobre la tierra; y como para sostener esa
lucha contó ella con el afecto y hasta con el fanatismo de
numerosos partidarios en el suelo americano, la guerra de
Independencia podría considerarse con toda propiedad como una
guerra civil. Hace muchos años, no menos de veinte, que aquí
cayeron no sólo en desuso, sino en ridículo, los discursos de 20 de
Julio contra España, conocidos con el apodo de los discursos contra
la tiranibería (tirana Iberia). Cuando los alumnos del colegio de
D. Santiago Pérez querían hacérselo entripar, y como de neologismos
tratamos, vaya este primer neologismo colombiano de entripado por
enfadar, fastidiar ó encolerizar; cuando querían darle, un
entripado, y vaya el segundo, haciéndose los ingleses, poníanse á
recitar las estrofas de una composición patriótica que D. Santiago
escribió de adolescente, y de la cual se fastidiaba naturalmente
siendo ya una eminencia; entre otras, aquella que decía:
Allá tras un rincón de cielo y tierra,
Vegeta España. la vetusta reina:
El mar sus canas deshonradas peina,
Que fué tirana y nos vendió su cruz.
Todo esto dará á usted, mi querido Ricardo, una idea completa
del estado de nuestros sentimientos respecto a la madre patria, á
cuya amistad hemos pedido, y continuamos pidiendo, importantes
servicios, y de quien somos, como debemos ser, buenos y sinceros
amigos.
Por lo que al idioma toca, que es el asunto materia de esta
carta, estamos perfectamente de acuerdo con usted en que si la
Adademia quiere conservar la autoridad del idioma, es necesario que
lo dilate ó extienda á todo el mundo éspañol, haciéndose cargo de
todas sus necesidades mas no por eso pensamós que en el léxico de
la lengua deba darse entrada, y áutorizarse como de correcto
empleo, á todos los vocablos, frases y modismos del lenguaje
provincial y parroquial de las diversas secciones ó pueblos del
mundo español en ambos continentes, porque eso sería convertir el
idioma en un verdadero patúa, en una jeringonza bárbara, que en
breves años concluiría con toda la pureza, con toda la nobleza, con
todo el lirismo de la rica habla de Castilla.
No es, pues, en mi concepto, por capricho erigido en sistema, ni
por espíritu antiamericano, que la Academia ponga dificultades para
dar el pase en el Diccionario de la lengua á todos los
provincialismos ó voces nuevas que ese honor reclamen, con motivos
más ó menos plausibles, sino porque, encargada de mantener el
depósito sagrado de la pulcritud y de la nobleza del lenguaje, debe
discutir mucho esas admisiones antes de sancionarías.
Para ello se requieren, en mi concepto, tres condiciones: 1ª. la
que realmente falte en el Diccionario de la lengua el propio, el
adecuado vocablo para nombrar una cosa ó una manera de ser de
existir de las personas ó de las cosas; 2a, que el vocablo que se
propone no sea meramente parroquial, sino que se encuentre ya
bastante generalizado; y 3a que el neologismo no sea un eufonismo
bárbaro. De lo contrario, como he dicho, el idioma degeneraría en
un patua, en una verdadera jeringonza. Por la sola razón de
suprimir ó eliminar circunloquios, tampoco es licito acuñar ó
amonedar nuevos verbos. El circunloquio es al lenguaje lo que la
curva á la estética: la morbidez de la forma. Un lenguaje sin
circunloquios seria como una matraca, sin armonía musical. No
admito, pues, por mi parte, el verbo dictaminar, por feo; y esta
sola razón de ser feo es suficiente para rechazarlo. Debe decirse:
el Fiscal opinó, ó dió su dictamen, ó fué de concepto
que....................................................................................
De conformidad con estos principios, deben admitirse muchas,
muchísimas, casi la mitad de las nuevas voces que usted propone,
por reunir en su favor las tres condiciones antes enunciadas, á
saber: necesidad, opinión y forma estética. En este caso se
encuentran: absolvente, acápite, adulón, agredir alternabilidad,
amordazar, andino, anexionista, aplomo, atávico, burocracia,
cablegrama, carátula, depreciar, der rumbe, desapercibido,
desvestirse (muy distinto de desnudarse), estero, exculpación,
fusionar, oportunista, nacionalizar (distinto de naturalizar),
obstruccionista, oclocracia, omófago (el que se alimenta de carne
cruda), oportunismo y sus derivados, orificar y sus derivados,
difuerzo, liso, lisura, etc. etc. etc.
Difuerzo, y no disfuerzo, es el remilgo fino, lleno de gracia y
coquetería de la que «lucha luchando quiere que la venzan, corre
corriendo quiere que la alcancen,» pero que sólo en la gentil
limeña sienta. Diriale usted, por ejemplo, á una niña de la margen
derecha del Rímac, de abajo del Puente (no va nada con las de la
margen izquierda); diríale usted: señorita, qué lindo pié tiene
usted; y ella le contestaría en el acto: caballero: ¿sabe usted que
es un amor de muy mala calidad el que principia por elogiarle á una
los pies? No sea usted liso.
Mas para dar á usted una lección objetiva sobre lo que
resultaría de la admisión de la otra mitad de los vocabIos que
usted propone, voy á permitirme componer con algunos de ellos un
pequeño discurso. Oiga usted.
En Diciembre de 1894 tomámos el ferrocarril de la Oroya, con
ánimo de escalar la gigantesca cordillera de los Andes hasta donde
nuestros empobrecidos pulmones lo permitieran. Detuvímonos en el
pequeño caserío de -ya á unos 16oo metros sobre el nivel del mar.
Celebrábase al día siguiente la fiesta del Santo Patrón del pueblo.
Despertónos el albazo con que se daba principio á la fiesta, y no
fué poco nuestro atrenzo para atravesar las filas de la compacta
multitud por en medio de las apachetas con que los indios habían
llenado aquel sitio. El aspecto de la gente era de un completo
atranquitis. Había entre ellos mucho bachicha, y á poco dió
principio el cachua, acompañado de la explosión de innumerables
camaretas. Mi compañero recibió un camaretazo, pero lo castigó con
un cocacho al carachoso que lo arrojó. Para calmar la sed tomámos
ante hasta el concho. Era preciso pensar en almorzar. Entrámos en
una chingana, y hubimos de contentarnos con un poco de charqui.
Imposible conseguir un churrasco, por más que requiebrámos de
amores á la chusquisa de la venta, y hubimos de convencernos que
pretender otra cosa habría sido el más solemne despapucho. Volvimos
á la plaza, donde empavaban á un pobre curcuncho, queriendo á
porfía enamonarlo. Casi todas las mujeres llevaban sus guaguas á la
espalda. Regresámos á la posada, donde no encontrámos á ninguno de
nuestros mucamos, ni pudimos pasar el frangollo que nos sirvieron:
era literalmente intragable. Para ir al pueblo de era preciso
hacerlo á caballo, pero los mancarrones que nos trajeron eran
inservibles.
Basta.
Y si á los neologismos peruanos se agregaran los de las otras
secciones de la América española, qué quedaría del habla de Larra,
de Castelar y de Balmes?
Vaya allá la muestra de uno solo de los nuestros.
En Colombia, pero principalmente en el Cauca, y muy
probablemente con la piadosa intención de que la cosa no infunda
tanto terror, no se dice fusilar, sino difuntear.
Figúrese usted, mi querido Ricardo, y la cosa no tiene nada de
extraordinario, puesto que vivimos en la América del Sur, que
mañana lo fusilaran á usted por godo ó por radical, por clerical ó
por anarquista, ó por cualquier cosa, y que al llegar la noticia á
Bogotá, uno de tantos admiradores sinceros como usted cuenta aquí,
principiar a su necrología en estos términos: «El 17 de último
dífuntearon en Lima á Ricardo Palma. Las letras -americanas están
de luto. El nombre del salvaje caudillo que tamaño crimen perpetró,
pasará cubierto de infamia hasta la más remota posteridad.» etc.
etc. etc. etc.
Pues seguro estoy, mi querido Ricardo, que usted se levantaría
de su tumba al escozor de semejante improperio, y armado de grueso
garrote vendría á pedir cuenta del sangriento ultraje á Pombo ó á
Merchán, á Jorge Roa ó á Carlos Martínez Silva, que á perpetrado se
hubieran atrevido.
Pero no, mi querido Ricardo, nadie lo difunteará á usted sino
Dios, y EL me lo guardará muchos años para honra y prez de su
Patria, para gloria de las letras españolas en América, y para que
vuelva, que no tardará mucho, á estrecharlo en sus brazos este su
apasionado admirador y amigo que mucho lo quiere.
ANíBAL GALINDO.
RESPUESTA
"Lima, Noviembre 5 de 1896.
<Queridísímo amigo:
<No es este borroneador de papel, descendiente de Adán
por la sábana de arriba y de Eva por la sábana de abajo, hombre de
los que sin respuesta dejan una carta, sobre todo cuando, como
sucede con la de usted, están á la par amabilidad y cortesanía.
Lamento sólo que mi actual recargo de oficinescas labores no me dé
vagar para discurrir, largo y menudo, sobre los diversos puntos que
fueron tema para sus observaciones criticas. Pero aunque á paso
galopante, todo el camino se andará.
<Empieza usted estimando que el móvil de mi pluma al
escribir sobre neologismos y americanismos fué una especie de
ojeriza, grande ó chica (rancune que dicen los franceses), contra
España y contra la Academia; y á fe, mi querido amigo, que no hay
tales carneros, y que el ilustre autor de las Batallas de la
Libertad ha visto endriagos y gigantes donde yo apenas sí me atreví
á dejar que asomasen las narices enanos encapirotados. En este
particular se exhibe usted más español que los españoles mismos,
pues ni Níquel ni Bedia, en el Diario de Barcelona, ni los
Redactores de varios periódicos madrileños que en comentar mi
folleto se ocuparon, cogieron el ascua por ese lado quemante.
«En lo de que no se nos perdona en la Metrópoli el que nos
hubiéramos independizado, y en lo que se procura siempre
empequeñecemos, tratandonos como poquita cosa, básteme, por toda
contestación, recomendar á usted que lea los cuatro volúmenes de la
Antología de poetas americanos, escrita por una eminencia en las
letras castellanas, por el egregio Menéndez y Pelayo, que, con
frase culta en verdad, no desperdicía ocasion para cascarnos, y de
firme. Y si Menéndez y Pelayo, con su forma decorosa y su fondo
margo, no lo convence, échese á leer las groserías tabernarias con
que un tal Valbuena nos pone á los americanos como para cogidos con
guante y tenacilla.
«Pero dejando á un lado estas naderías de sabor un tanto
político, y entrando en el meollo de su carta, esto es, en la
cuestión de lingüística, permitame usted le diga que en las
postrimerías de nuestro siglo, la ley de las mayorías es la que se
impone é impera, y que hoy por hoy, somos cincuenta millones de
latinoamericanos los verdaderos dueños del idioma, pues en la misma
España, con sus diez y ocho millones de habitantes, no exceden de
cuatro los que pueblan las provincias en que el castellano es el
idioma regional. Hay por lo menos catorce millones de españoles,
que acaso mascujan, y á más no poder, la armoniosa lengua de
Castilla, pero que sólo hablan y cultivan con deleite el catalán,
el vascuence ó éuscaro, el bable, el gallego y demás dialectos
regionales con literatura propia y con periodismo propio. Aun los
andaluces, con su germanía graciosa, distan mucho de romper lanzas
en defensa de la pureza del castellano, y en buena cuenta podría
rebajárseles de aquellos cuatro millones.
«Para usted, amigo mío, la lengua es una vestal ó virgen por
cuya pureza está la Academia encargada de velar, encargo parecido
al que por sí y ante sí invistió D. Quijote. Así anda la doncellez
de la doncella! En lenguas, como la de Maritornes. Y olvida usted
que el lenguaje vive en evolución constante, y que, en una palabra,
las lenguas distan mucho de ser vírgenes infecundas. Lejos de eso,
son madres, y madres muy prolíficas.
«Conviene usted conmigo en que una de las condiciones para que
un vocablo halle cabida en el léxico, es la de que no se encuentre
en éste la palabra equivalente; pues bien: en esa condición se
encuentran los vocablos soroche, yaraví, pirca, cachica, chaqui,,
apacheta, puna, yanacona, quinua, puquio, quena, machica, huasca,
choclo, cutaca, cocaina y tantos otros de raíz quechua, de uso
generalizado en los pueblos que formaron el imperio de los Incas, y
que hoy representan, sobre poco más ó menos, una masa de población
no menor de diez millones; palabras con las cuales expresamos cosas
para España desconocidas. Paréceme que consignarías en el
Diccionario valía tanto, ó más, que haber consignado los
trescientos vocablos de germanía que en la duodécima edición
figuran. Cierto que en esa edición lucen veinticinco ó treinta
peruanismos, como quincha, cachapari y anaco, si bien el último
está definido en términos tales, que lo desconocemos los peruanos.
Dice la Academia que anaco es una especie de peinado que usan las
indias en el Perú. Y después de leer tal definición, siga usted
respetando la infalibilidad académica.
<No es de desdeñar tampoco que cronistas de Indias, como
el Padre Acosta en su Historia general, emplearan los vocablos
huaca, apacheta, puna, puquio, soroche y otros, porque en la lengua
española de su siglo no encontraron voz equivalente.
«Quizá tuvo esto en consideración, ha tres meses, la Real
Academia para decidirse, si no estoy mal informado por un mi colega
de Madrid, á aceptar todos los peruanismos de origen incásico
propuestos por mí en el folleto que motiva esta carta. No
escrupulice usted, pues, escribir la palabra apacheta, porque
pronto la verá campear muy frescachona en la edición décima tercera
del léxico, así como la cachua (no el cachito que usted dice), el
chaíqui, la chuquiza y el curcunchu, contra los que protesta usted
en su epístola.
«Siempre tuve por doctrina en mi estética literaria el preferir
la recta á la curva. No me gustan rodeos para expresar mi
pensamiento, que los rodeos no son sino ampulosidad pretensiosa,
rebuscamiento amanerado, y basta pobreza de idioma. Lenguaje
litúrgico, es lenguaje condenado á morir. Hé aquí por qué entre los
prosadores ó prosistas contemporáneos de España, son Pérez Galdós y
Pereda mis predilectos. Necesitan crear una palabra, y la crean sin
escrúpulo de monja boba, y eso que ambos son académicos de la
Española; apuntados tengo más de doscientos neologismos suyos,
sobre los que vendría á cuento disertar ahora; pero no lo hago por
estrechez de tiempo.
«En mi estética no entra lo de palabras feas, ni de palabras
bonitas. Mi distingo alcanza sólo á voces y locuciones cultas y
voces y locuciones vulgares.
«Sea todo esto dicho, á propósito de que usted encuentra feo el
verbo dictaminar, tal vez no usado en Colombia, pero sí en todas
las demás Repúblicas. ¿Feo dictaminar? Pues si hasta la raíz dicta
le da cierto saborcillo al paladar. Así lo creyeron conmigo Núñez
de Arce, Valera, Castelar, Campoamor, Balaguer, Castro Serrano y
tres académicos más, en pugna con. Menéndez y Pelayo y Tamayo y
Baús, que són - los que encabezan la resistencia á todo neologismo
nacido en América.
«Dice usted que debe escribirse ó decirse: El Fiscal opinó ó dió
su dictamen, ó fué de concepto que Por Dios, mi D. Aníbal! Antes
me despellejen como á San Bartolomé, que recurrir, para expresarme,
á curvilíneas tales. ¿Escribir ó decir yo: soy de concepto que.....
? Ab renuncio! Eso si que sería de fealdad absoluta.
«Por humilde que yo sea para recibir lecciones, y por competente
que estime á usted, como lo estimo, para dictarías, hay en la carta
de usted una que..... en puridad de verdad, se me atraganta. Se
trata de un limeñismo sobre cuya propiedad ó impropiedad sólo los
de la parroquia tenemos voz y voto. En materia de limeñismos, las
autoridades acatadas, sin vuelta de hoja, son D. Felipe pardo, el
poeta cómico Segura, Juan de Arona y Fuentes (El Murciélago).
Ninguno de los cuatro escribió difuerzo, como usted sostiene que
debe escribirse, sino disfuerzo. Yo vivo ya sesenta y tres años y
un respetable pico de meses en la parroquia, y téngome por limeño
de los de tuerca y tornillo, limeño de lo más criollo que Dios
creara, y nunca, ni por soñación, se me ocurrió que, tratándose de
disfuerzo ó de disforzarse, me corrigieran la plana. Perdóneme
usted que me haya disforzado un poquito en refutarle este acápite
de su carta.
«No admite respuesta en serio el pot pourri que me endilga con
las palabras atrenzo (vocablo que nos vino de España y que ha caído
en desuso), apacheta, albazo, cocacho, chingaima, despapucho,
mucamo, intrachable, camaretazo, concho, etc. etc. Haríale yo, en
retorno, otro pot pourri con las voces de germanía, bable ó
euscaro, que en el Diccionario se encuentran, y pidiérale que me
dijera después si, para entenderlo, no había nesesitado recurrir al
léxico.
«Y, como quien da la estocada de gracia, concluye usted, mi
bondadoso amigo, preguntando :-Si á los neologismos peruanos se
agregan los de las otras secciones de América, ¿qué quedaría del
habla de Larra, de Castelar y de Balmes? Paso, por cortesía, que
coloque usted entre Larra y Balmes á Castelar, que vale mucho desde
otros puntos del arte, pero que como hablista es un rebelde del
bien decir; y contestando á su pregunta, le diré:-Precisamente eso
es lo que queremos los de á caballo, que salga el toro. Quedaría el
lenguaje americano enriqueciendo y dando savia nueva al ya anémico
léxico de Castilla.
«Y con la conciencia de que ni á usted ni á mí han de
difuntearnos de cuenta de politiqueros (que ya estamos viejos y muy
desencantados para esa clase de belenes, trotes y cabildeos), le
envía una empuñada muy cordial su amigo y compañero afectísimo.
POR QUÉ NO LLUEVE EN LIMA
La ausencia absoluta de lluvias en la costa del Perú, dentro de
la latitud geográfica que después se dirá, es una singularidad que
naturalmente llama la atención y despierta la curiosidad de todos
los viajeros en la tierra del Sol. Figurándose uno que la
explicación puede darla el primer queda, la pregunta de ¿por qué no
llueve en Lima? es la eterna impertinencia del recién llegado,
hasta que persuadido de que los hijos del país lo ignoran tanto
como el extranjero, al fin se cansa de la pregunta, se familiariza
con la anomalía y no vuelve á ocuparse de ella.
Se necesita que el viajero pertenezca á la clase de los que se
creen con derecho ó en la obligación de escribir sus apuntaciones ó
notas de viaje, para que persista en la averiguación de la causa, y
entonces tiene que dirigirle forzosamente á personas de competente
ilustración sobre el particular.
Dirigime, pues, en busca de la respuesta, á mi distinguido
amigo, el tan modesto como ilustrado caballero, Presidente de la
Sociedad Geográfica de Luna, doctor D. Luis Carranza, autor, entre
muchos otros escritos científicos pertinentes á la Geografía y á la
Meteorología del Perú, de los siguientes:
Fenómeno meteorológico en Ayacucho;
Discurso pronunciado en la inhumación de los restos de
Raimondí;
Las heladas;
Arqueologia, curioso monumento tumular en Tarma;
Restauración del campo de Chupas;
El Lago Titicaca;
- Estadística de la zona del Centro;
Contra-cormiente marítima observada en Paita y Pacasmayo;
Meteorologia y Climatología del Perú.
¿Por qué no llueve en Lima?
-Vengo, mi amigo Carranza, decidido á saberlo, y paciencia,
porque para eso es usted Presidente de la Sociedad Geográfica.
-Pues se equivoca usted, mi amigo Galindo, si usted cree que á
título de Presidente de la Sociedad Geográfica, voy yo á dejarme
cansar de usted con su pregunta.
Y diciendo y haciendo se levantó, tomó de uno de los estántes de
la Biblioteca un volumen ricamente empastado, y agregó:
-En ese libro, que es el tomo 1 del Boletín de la .Sociedad
Geogáfica de Lima, hallará usted todos los escritos relativos á la
explicación de esta anomalía; estúdielos, y arréglese usted como
pueda con los sabios; pero lo que es á mí, no vuelva usted á
importunarme con su pregunta ni á pedirme explicaciones de ninguna
clase sobre el particular.
Y para desviar la conversación dió tres largos repiques en el
botón del timbre, y pocos momentos después se presentó un lacayo
chino, en traje de su país, trayendo, en rico azafate de plata, dos
botellas de vino, cuyas burbujas de granate y oro se veían subir al
través del diáfano cristal; Jerez y Oporto que habrían podido
servirse en la comida del Mariscal de Richelieu al Conde de la
Haga; porque ha de saberse que los peruanos, sin guano y sin
salitre, no han dejado sus costumbres de gente rica: son los persas
de América. -
Había olvidado decir que la Sociedad Geográfica de Lima es un
instituto de primer orden en la América del Sur; que está en
relación con todas las Sociedades de Geografía, Paleontología,
Metereologia, Arqueología, Etnografía y Cartografía, y con todos
los observatorios del mundo, en América, Europa, Asia, Africa y
Australia; sirve de centro y de depósito de todos los trabajos
relativos á la Geografía y á la Historia natural del Perú, á la
guarda y estudio de su archivo de límites, y actualmente se ocupa
en descifrar, ordenar y poner en limpio los manuscritos de
Raimondi, el Codazzi del Perú. La Sociedad divide, con el Ateneo y
lá Biblioteca nacional, los espaciosos salones del claustro de San
Pedro, el único que en Lima merecería el nombre de Palacio. Allí
mismo tiene sus habitaciones el Bibliotecario, D. Ricardo Palma,
incansable obrero de la civilización, de las letras y de la
libertad.
Vamos, pues, al asunto; pero precedido de una observación que es
propia mia: lo demás pertenece á los sabios.
La explicación de la anomalía, que parece tener á su favor todas
las probabilidades de la certeza, perceptible al simple sentido
común, de la que pudiera decirse que se ve y se palpa, no pasa, sin
embargo, de la categoría de hipótesis. ¿Por qué?
Porque no pudiendo sujetarse la experimentación del hecho al
método de la concomitancia y de la discrepancia, no puede llegarse
á la certidumbre.
Para que la lógica pueda establecer como evidente que dos hechos
están en relación de causa á efecto, se necesita:
¡Y, que la observación atestigüe que siempre que bajo el
imperio de ciertas circunstancias se presenta el hecho reputado
causa, se produce constante é invariablemente el hecho reputado
efecto; y 2º., que retirado de la experimentación el hecho reputado
causa, deja de producírse el hecho reputado efecto.
Dícese, por ejemplo, que las mareas son causadas por los
cambios de las fases de la luna; y aunque la con concomitancia del
fenómeno es constante, como no puede retírarse la luna del
mecanismo del Universo, para saber si sin ella no ocurrirían las
mareas, no podrá nunca llegarse á adquirir la certidumbre de que
esa sea la causa del fenómeno. Pues eso mismo sucede con la teoría
que aparece como la más clara explicación de la ausencia absoluta
de lluvias en la costa del Perú, como vamos á verlo. Todas estas
digresiones eran necesarias para inflar el artículo. Llenado el
objeto, saquemos ya al lector de su impaciencia, y digámosle por
qué no llueve en Lima. Hé aquí la teoría de Babinet:
Es un principio de física general que toda humedad proviene de
la evaporación de las aguas del mar, y que, por consiguiente, la
cantidad de lluvias de un país depende de la masa de vapor
atmosférico que pueda recibir del mar, en relación directa con los
vientos que soplan del Océano.
Ahora bien: el alisio del mar Pacífico sopla uniforme y
constantemente, en el hemisferio austral, en la dirección de
Australia, y deja sin humedad las costas occidentales de la América
meridional, desde el paralelo 21 hasta el 10 (Lima está sobre el
12), que es, según Keemtz, la anchura de la faja de estos vientos
en el Pacifico del Sur. Este hecho está plenamente comprobado y
admitido.
De donde resulta que las únicas lluvias que pudieran alcanzar al
litoral occidental de la América del Sur, comprendido entre los
dichos paralelos, serían las que trajeran los vientos alisios del
Atlántico, ó mejor dicho, la evaporación de este mar, arrastrada
por dichos vientos; pero la fuerza de impulsión de éstos, que obra
de norte á oeste, se gasta atravesando oblicuamente la América del
Sur, desde las costas de Venezuela, en una extensión longitudinal
de más de 2,000 millas geográficas; y después de descargar sus
copiosas lluvias en las cordilleras del Brasil, la elevada cadena
de los Andes, que corre paralela á la costa, condensa los últimos
restos de vapor que aquellos vientos contienen, privando así al
litoral peruano comprendido entre los paralelos de los alisios del
Pacifico de la única fuente de humedad que pudiera tener su
atmósfera.
Pero como no podemos cambiar la dirección de los alisios del
Pacífico, haciéndolos correr del Océano al Continente, en vez de
correr sobre el Océano mismo en la dirección de Australia, para
saber si entonces se producirían las lluvias, no podemos afirmar
con absoluta certeza que la dirección este-oeste de los alisios del
Pacífico, sea la causa de la falta de lluvias en el litoral
peruano, aunque parece tan racional, que casi se ve y se palpa.
Renon ha propuesto otra explicación de sabio, más científica
quizás, pero no tan clara. Según él, la corriente ascendente del
aire es en el litoral peruano tan impetuosa, y conserva tal
temperatura, que hace imposible la precipitación de su vapor
acuoso, el cual, para pasar al estado liquido, necesita, en opinión
del mismo físico, no solamente saturar el aire, sino también
cambiar bruscamente de temperatura, circunstancia que no puede
existir en aquella atmósfera, porque se oponen sus condiciones
especiales; porque aun suponiendo que un exceso de saturación fuese
bastante para precipitar en lluvia el vapor atmosférico de ese
litoral, necesitaría subir en el verano más de 3,800 metros para
encontrar la temperatura de su saturación, como se puede ver por el
siguiente cálculo aproximado que extracto del laberinto de su
teoría.
Admitiendo que el calor mínimo de las capas inferiores de la
atmósfera sea en los arenales de las costas del Perú de 260 en los
días de estío, y que la cantidad de su vapor acuoso permanezca en
una proporción de 33 por 1oo del punto de saturación, resulta que
la tensión del vapor en esas condiciones es de 8'6 próximamente,
según las tablas de Augusto; pero este guarismo representa la
tensión del vapor, saturando el aire á los 7 grados 9 minutos' de
calor, ó sea á la temperatura correspondiente á 3,800 metros de
elevacion sobre el nivel del Pacífico. Tal seria, pues, la altura
necesaria para que las nubes se encontrasen en condiciones de
producir tempestades en el cielo del litoral peruano; pero allí es
casi imposible la ascensión de las nubes á tal elevación.
Pero como sobre los fenómenos de cuya causa no podemos adquirir
completa certidumbre, lo que importa es conocer la explicación más
racional que de esa causa se dé, admitamos la de Babinet, y mio
fatiguemos más el entendimiento con hipótesis ó teorías que nunca
podrán comprobarse.
ANíBAL GALINDO.
DESPEDIDA
Como testimonio de mi eterno agradecimiento por las muestras de
consideración política y social que durante mi permanencia en el
Perú recibí del Gobierno de aquella República y de la culta
sociedad de Lima, me es en el más alto grado satisfacorio copiar
del número 20,090 de El Comercio de Lima edición de la mañana,
correspondiente al jueves 12 de Diciembre de 1895, lo
siguiente:
«BANQUETE DE DESPEDIDA
«Anoche dió uno, en su domicilio, calle de Plumereros, el señor
doctor D Aníbal Galindo, Ministro Plenipotenciario de Colombia en
misión especial.
«El señor Galindo vino á Lima á mediados de 1894, con el objeto
de negociar con el Gobierno del Perú y el Representante en este
país del Ecuador, un tratado por el cual quedaran sometidas a
arbitraje las cuestiones de límites pendientes entre las tres
Repúblicas. Las negociaciones se iniciaron y continuaron siempre de
la manera más cordial, hasta dar por resultado la Convención
tripartita que nuestro Congreso sanciOnó en una de sus últimas
sesiones de Noviembre.
«Durante su permanencia en esta ciudad, el doctor Galindo se ha
hecho apreciar en todo lo que vale, no sólo en los círculos
oficiales, sino también en los sociales, á los que se ha ligado de
una manera per manente, mediante su matrimonio con una señora
limeña.
«Debiendo emprender próximamente su viaje de regreso á Colombia,
reunió anoche en sum casa, en una comida, á algunas de aquellas
personas con quienes en más inmediata relación le había tocado
estar, tales como el doctor Ortiz de Zevalíos, actual Ministro de
Relaciones Exteriores, y los doctores Irigoyen y Porras,
antecesores de este funcionario; el doctor Olachea, Presidente del
Senado; el doctor Villarán, Plenipotenciario del Perú en las
negociaciones de la convención de arbitraje; Monseñor Maechí,
Decano del Cuerpo Diplómático; el señor Tauco, Ministro Residente
de Colombia; los doctores Arana, A. Solar, Gazzani y Carranza, y
los señores Palma y Miró Quezada.
«Hacía los honores de la casa la señora Galindo, y al beherse el
champaña, en la comida, se dirigió el doctor Galindo á las personas
invitadas, en los siguientes términos:
«Señores:
«En la imposibilidad de reunir en esta mesa á todas las personas
á quienes por su elevada posición oficial, ó por las atenciones
sociales que de otras he recibido, ó por el afecto personal que á
otras me liga, habrían debido congregarse en ella, he tenido que
limitarme á hacerlas representar.
<En el señor Ministro de Relaciones Exteriores y en
su inmediato predecesor el señor Porras, al Jefe del Estado y
demás miembros del Gobierno.
«En el señor Irigoyen y el señor Candamo (por desgracia
ausente), Ministros de Relaciones Exteriores de las dos últimas
administraciones, á las diversas parcialidades políticas del Perú,
todas igualmente benévolas y amistosas para con mi país.
«En mi colega, el doctor Villarán, á la representación del Perú
en las negociaciones de la convención de arbitraje, y á la
fraternidad de este país y Colombia, simbolízada por los dos
pabellones que véis entrelazados en este comedor.
«En el ilustre representante de la Santa Sede, Decano del Cuerpo
Diplomático, á mis honorables colegas, á todos los cuales presento
las respetuosas expresiones de mi personal consideración.
«En el señor Presidente del Senado y en los señores Arana,
Carranza y Solar, al Congreso de la República, actualmente reunido,
y á quien debe Colombia la inequívoca prueba de deferente amistad
que acaba de recibir con la aprobación del pacto de arbitraje sobre
delimitación de fronteras, que en hora de inefable ventura para mí,
me trajo á Lima.
«Y en los señores Miró Quezada y Palma, á dos de los más
conspicuos representantes de la prensa y de las letras
peruanas.
«Brindo, pues, señores, para ofrecer este modesto banquete en
nombre de mi Gobierno, igualmente representado aquí por su Ministro
Residente el señor Tauco, y en el propio mío, por la salud del
Excelentísimo señor Presidente de la República, y por la
prosperidad del Perú.
<El señor Ortíz de Zevallos contestó:
Señores:
<Placer inefable es para mí el poder unir en este brindis
sentimientos de particular afecto á los que, con igual propósito,
debo expresar á nombre de mi Gobierno y del pueblo peruano.
«Al alejaros de nuestras playas, podéis estar seguro, señor
doctor Galindo, que dejáis en este suelo un recuerdo
imperecedero.
«Vuestras cualidades personales agruparon á vuestro rededor
amigos que os tendrán siempre en la memoria, y vuestro reconocido
americanismo será para todo hombre de corazón prueba de que en el
continente de Colón, no se han extinguido los sentimientos que
unieron á nuestros padres, en horas de prueba, y que debieran
servirnos siempre de ejemplo en la marcha futura de nuestras
jóvenes Repúblicas.
<Colombia no pudo encontrar mejor intérprete que vos de
esos sentimientos y aspiraciones, y al agradeceros los votos que
hacéis por la prosperidad del Perú y de Su Excelencia el Presidente
de la República, permitidme que, con igual efusión, los haga por la
ventura personal del Excelentísimo señor Presidente de la República
de Colombia, y por el engrandecimiento de esa simpática nación,
siempre amiga del Perú.>
«Habló luego Monseñor Macchi, y dijo:
<Excelentísimo señor Galindo:
<Al separaros de nosotros, una doble satisfacción debe
llenar vuestro ánimo: la del deber concienzudamente cumplido para
con vuestra patria, y la del aprecio que habéis sabido conquistaros
en medio de la culta sociedad limeña. En otros términos, el éxito
más completo lía coronado vuestros esfuerzos, y el espíritu de
compañerismo nos hace participar también á nosotros de ese íntimo
deleite que ahora experimentáis.
«Un sentimiento de tristeza, muy natural en los que saben
apreciar y agradecer en tierra extraña los halagos de la
hospitalidad, viene á mezclarse á vuestro legítimo placer; pero
Lima os ha dado también una esposa que compendia en sí las virtudes
y prendas que sos mejores hijas, y ésta con su cariño mantendra en
vos siempre viva la memoria de la estimación del Perú hacia vuestra
persona.
«Señores, porque nuestro estimado amigo y su digna señora puedan
por largos años y en medio de la mayor felicidad doméstica,
recordar nuestro respetuoso afecto y la gratitud con que hemos
concurrido á esta amabilísima invitación.»
«La fiesta del doctor Galindo, que fué amenizada por los acordes
de una magnífica orquesta dirigida por el maestro Pedro Fernández,
se prolongó hasta las once de la noche.>