INDICE





PREÁMBULO

CAPÍTULO I
Salamina o la revolución de 1840

CAPÍTULO II
Don Trifón Molano. El Colegio del Rosario, Los Jesuitas y el Ilustrísimo señor Mosquera

CAPÍTULO III
El 7 de marzo de 1849

CAPÍTULO IV
El doctor Murillo y mi escritura

CAPÍTULO V
La enseñanza universitaria. 1849 a 1852

CAPÍTULO VI
Las Reformas Radicales del Congreso De 1851.— La Revolución Conservadora del Mismo Año.—El Doctor Mariano Ospina.—Salvador Camacho Roldán.—Mi Bautismo De Fuégo.—El Coronel Joaquín Acosta.

CAPÍTULO VII
Mi estreno en el foro - Gobernación de Cundinamarca - Soltura de unos conscriptos - Felipe Pérez

CAPÍTULO VIII
Campaña contra la dictadura.1854

CAPÍTULO IX
La revolución de 1860 - Batalla de San Agustín ?  La espada del General Mosquera

CAPÍTULO X
Mi permanencia en Europa como encargado de negocios - El cadáver del emperador Maximiliano - La traducción del paraiso perdido - El príncipe Pedro Bonaparte - D. José Triana o las glorias de la Patria - M. Chevalier - Alejandro Dumas - La transfución de la sangre

CAPÍTULO XI
Mi misión á Caracas 1872 á 1873 - La escritura de propiedad de la frontera oriental de la República

CAPÍTULO XII
Paso de la juventud a la edad provecta - 1873 á 1884 - La elección del señor Parra - Campo de Garrapata - Abajo la confiscación - La constitución federal de 1863 - Gobierno del Tolima con el General Fruto Santos

CAPÍTULO XIII
Retrospectivo- Labor legislativa

CAPÍTULO XIV
La corte suprema de justicia

CAPÍTULO XV
Mi viaje al Perú

CAPÍTULO XVI
Conclusión
MI VIAJE AL PERU
 

 

Al inscribir este capitulo en el presente libro, no es mi ánimo redactar un artículo de viajes á aquella República, escrito que pertenece á otro género de composicion, sino tratar del importante asunto diplomático que me llevó al Perú, al propio tiempo que de la situación política que el Perú atravesó en 1894, para dar noticia de la manera como terminó en el año siguiente de 1895 la revolución encabezada por el señor Piérola contra el gobierno del General Cáceres, solución inusitada en la larga historia de las revoluciones sudamericanas, y digna de ofrecerse como ejemplo de moderación y de patriotismo, en estos países trabajados por la fiebre de la revolución y de la guerra civil.

En Mayo de 1894 fui llamado por mi estimado amigo el señor D. Marco F. Suárez, Ministro de Relaciones Exteriores, para proponerme, con anuencia y autorizacíón del Presidente de la República, señor Caro, que fuese inmediatamente á Lima á reclamar la audiencia á que Colombia se consideraba con derecho para intervenir en la negociación de límites pendiente entre el Perú y el Ecuador, y en la cual se disponía de gran parte del territorio de la margen septentrional del Amazonas, entre el Napo y el Putumayo, que Colombia reclama como de su propiedad. Acepté no sólo sin vacilación, sino con mucho gusto, la honrosa misión que me ofrecía el Gobierno, y provisto de la correspondiente credencial, dirigida por nuestro Ministro de Relaciones Exteriores a los de igual clase del Perú y del Ecuador, (pues se dejaba á mi arbitrio, según las circunstancias, iniciar la negociación en Lima ó en Quito), y de los plenos poderes conferidos especial y directamente a mi por el Presidente de la República, me puse en camino para el Pacífico á mediados de Junio de 1894. Se une ordenaba, si, en los plenos poderes, que procediera en todo de acuerdo con la Legación Colombiana en Lima ó en Quito, y de consuno con ella.

Al llegar á Guayaquil, el señor Camaño, Gobernador de aquella Provincia, á quien todos llamnaban " Gobernador del Ecuador," tomó vivo interés en que yo me dirigiese de preferencia á Quito para iniciar y radicar allí la negociación, y el Presidente, señor Cordero, alcanzó a dirigirme un telegrama en el mismo sentido; unas yo rehusé, cortés, pero firmemente, acceder á sus deseos, manifestando al señor Camaño que con quien Colombia tenía verdaderamente en disputa la -sujeta- materia del litigio, era con el Perú, por haber estado y estar este país en la persuasión de que su único vecino del norte era el Ecuador; que los Departamentos meridionales de la antigua Colombia de que se había formado aquella República, cubrían toda aquella frontera desde el litoral del Pacifico hasta los confines del Brasil, y que, por lo mismo, era al Perú al que Colombia teñía que convencer, ó por lo menos notificar, del error en que se encontraba, para que admitiese nuestra demanda de intervención; que en este litigio el Ecuador y Colombia formaban una misma parte, porque su título territorial era el mismo, el del Virreinato de Santafé contra el Virreinato del Perú, y por tanto, Colombia nada adelantaría tratando separadamente con el Ecuador, si el Perú no admitía su personería; que por estas razones debía dirigirme á Lima, pero no para tratar tampoco separadamente con el Perú, sino para solicitar que el Ecuador acreditase en aquella capital un plenipotenciario para tratar conjuntamente con ambos gobiernos hasta llegar á un trípartito acuerdo. 

-          El señor Camaño se manifestó satisfecho de mis razones, y me prometió apoyar ante el Presidente el envio de un plenipotenciario.

-          Presentad  mi nota credencial y mis plenos poderes al señor Ministro de Relaciones Exteriores del Perú, fueron admitidos sin demora, calificándose el carácter diplomático que me conferían como de Encargado de negocios en misión especial, y en el acto procedí á formular la demanda de intervención ó de accesión de Colombia á las negociaciones de límites pendientes entre el Perú y el Ecuador, por medio de la nota fecha 13 de Agosto de 1894, que se registra en las páginas 918 á 920 del tomo 5to. de la Colección de documentos diplomáticos del Perú.

La Cancillería peruana dió traslado de esta nota al Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario del Ecuador en Lima, señor doctor Julio Castro, quien la contestó en los siguientes términos:

 

« Legación del Ecuador.-Lima, Agosto 21 de 1894.

~' Señor Ministro.

Por la atenta comunicación de Vuecencia, de 18 del presente, me he impuesto de que el Excelentísimo Señor Ministro, Plenipotenciario especial de Colombia, y el honorable señor Encargado de Negocios de la misma Nación, sosteniendo que su patria tiene derecho de dominio sobre cierta porción de la zona territorial amazónica, que es materia de la actual cuestión de límites entre el Perú y el Ecuador, propone que se celebre un tratado tripartito de delimitación, y consideran como el momento más oportuno pata ello, el en que dichas naciones van á tratar de nuevo y directamente para el arreglo de su común frontera. -

« Por decreto legislativo expedido en el Ecuador declarando insubsistente el de aprobación del proyecto de tratado García-Herrera, se autoriza, en electo, al Poder Ejecutivo para abrir nuevas negociaciones directas con el Gobierno del Perú; pero el de mi patria no me ha comunicado aún ninguna orden a este respecto, ni menos las instrucciones necesarias para el caso imprevisto de que el Gobierno de Colombia tratase de inmiscuirse en la cuestión contenida entre el Ecuador y el Perú. Por consiguiente, sin entrar, por ahora, á discutir sobre los derechos alegados por Colombia, y muy especialmente en la forma en que pretende hacerlos valer, me limito á decir á Vuecencia que aguardo las órdenes que tenga por bien darme mi Gobiérno, para lo cual he remitido por el correo de hoy los documentos relacionados con tan importante asunto. Cuando reciba la contestación correspondiente, me será grato entrar en el cambio de ideas á que me invita Vuecencia, tanto sobre la pretensión formuláda por el Excelentísimo Plenipotenciario de, Colombia y el honorable señor Encargado de Negocios de la misma Nación, cuanto sobre la insinuación de que las negociaciones, antes radicadas en Quito, se radiquen hoy en esta capital.

« Aprovecho la oportunidad para reiterar á Vuecencia las seguridades de mi más distinguida consideración.

« JULIO CAsTRo.

« Al Excelentísimo señor doctor D. Manuel Irigoyen, Ministro de Relaciones Exteriores del Perú.»

Era el señor Castro distinguido jurisconsulto, Magistrado de la Corte Suprema del Ecuador, hombre de talento y vasta ilustración, pero sobre todo carácter eminentemente franco, honrado y sano, incapaz de falsedad ni doblez con quien, una vez persuadido de que la Plenipotencia Colombiana procedía animada del mismo espíritu, fué fácil llegar á una leal y franca inteligencia sobre el asunto de mi misión. Así fué que la respuesta definitiva no se hizo esperar mucho tiempo, y el 6 de Octubre recibía el Ministerio de Relaciones Exteriores de Lima la siguiente nota:

 

« Legación del Ecuador-Lima, Octubre 6 de 1892. Señor Ministro.

« Tengo á honra poner en conocimiento de Vuecencia que he recibido plenos poderes y las instrucciones respectivas para intervenir á nombre de mi Gobierno en las negociaciones correspondientes a la demarcación de fronteras entre el Perú y el Ecuador. A una y otra Nación interesa sobremanera que su antigua cuestión de linderos llegue por fin á su término; y no dudo que lo tendrá satisfactorio, ora en el pacífico terreno de las mutuas concesiones equitativas, ora en el igualmente pacifico de la discusión tranquila y serena de los derechos de ambos pueblos ante el árbitro encargado de decidir tan delicada como importante cuestión internacional.

« En cuanto á las gestiones encargadas por Colombia á los honorables señores doctor D. Aníbal Galindo y D. Luis Tanco, tengo también plenos poderes para entenderme con ellos á nombre del Ecuador; por manera que no hay ningún inconveniente para que se dé audiencia á los Representantes de Colombia en las conferencias sobre demarcación de fronteras, que pueden comenzar inmediatamente, radicándose las negociaciones en Lima, con arreglo á la indicación hecha á este respecto por Vuecencia y aceptada por mi Gobierno.

ti Aprovecho esta oportunidad para reiterar á Vuecencia los sentimientos de mi más distinguida consideración.

á JULIO CASTRO.

 

ti Al Excelentísimo Señor Doctor .D. Manuel Irigoyen, Ministro de Relaciones Extériores del Perú.>

 

Satisfactoriamente allanarlas estas dificultades, abriéndose sin pérdida de tiempo el mm de Octubre las conferencias de los Plenipotenciarios de los tres Gobiernos, en el salón de la Sociedad Geográfica de Lima, las cuales dieron por resultado la celebración de la Convención tripartita de 15 de Diciembre de 1894, que á la letra dice así:

 

« CONVENCIÓN ADICIONAL DE ARBITRAJE

 

« Los Gobiernos del Perú, Colombia y Ecuador, deseosos de poner fraternal y decoroso termino á la cuestión pendiente entre los tres Estarlos respecto á sus límites territoriales, y anímados del propósito de remover toda causa ó motivo de desavenencia que pueda perturbar la amistad que felizmente mantienen, han creído oportuno provocar un acuerdo entre ellos, y han nombrado con tal fin sus respectivos Plenipotenciarios, á saber:

((Su Excelencia el Presidente de la República del Perú al doctor D. Luis Felipe Villarán, Abogado y Plenipotenciario especial del Perú.

« Su Excelencia el Presidente de la República de Colombia, al doctor D. Aníbal Galindo, Abogado especial de limites y Plenipotenciario especial, y al señor D. Luis Tauco, Encargado de Negocios de Colombia en el Perú.

« Y Su Excelencia el Presidente de la República del Ecuador, al doctor D. Julio Castro, Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario del Ecuador en el Perú.

« Quienes, como resultado de la conferencia tenida en Lima, y después de haber canjeado sus plenos poderes y haberlos hallado en buena y debida forma, han acordado la Convención adicional de arbitraje que se contiene en los siguientes artículos:

 

 ARTÍCULO I

 

a Colombia se adhiere á la Convención de arbitramento entre el Perú y el Ecuador, de 1 de Agosto de 1887, canjeada en Lima en 14 de Abril de 1888, pero las tres altas partes contratantes estipulan que el Real Arbitro fallará las cuestiones materia de la disputa, atendiendo no sólo á los títulos y argumentos de derecho que se le han presentado y se le presenten, sino también á las conveniencias de las partes contratantes, conciliándolas de modo que la línea de frontera esté fundada en el derecho y en la equidad.

 

 ARTÍCULO II

 

ti El Gobierno de Colombia cumplirá los deberes que á las partes contratantes impone el artículo 2 de la referida Convención, dentro de ocho meses contados desde la ratificación de la presente. y el del artículo 3 de aquélla, dentro de seis meses contados desde la aceptación del Real Arbitro. A partir de esa fecha se arreglará en todo á los procedimientos pactados en la Convención á la cual se adhiere.

 

ti ARTICULO III

 

ti Los gastos que ocasione al Arbitro la sustanciación del proceso, los reembolsarán los gobiernos contratantes, erogando cada uno la tercera parte de la suma á que dichos gastos asciendan.

 

ti ARTÍCULO iv

 

« Si esta Convención fuere desaprobada por la República de Colombia, producirá no obstante sus efectos entre las Repúblicas del Perú y del Ecuador, coyas cuestiones sobre límites serán decididas con arreglo á lo estipulado en el artículo 1.

 

ti ARTÍCULO V

 

ti Si dicha Convención fuere desaprobada por el Perú, por el Ecuador ó per ambos, continuará vigente entre las dos naciones el Convenio de arbitraje de 1º  de Agosto de 1887, y Colombia quedará en libertad para adherirse pura y simplemente á él, dentro de noventa días contados desde que oficialmente le sea notificada la improbación.

 

ti ARTÍCULO VI

 

ti La presente Convención será ratificada por los Congresos de las tres Repúblicas contratantes, y las ratificaciones se canjearán en Lima, Bogotá ó Quito, en el menor tiempo posible.

ti En fe de lo cual los Plenipotenciarios de las altas partes contratantes han firmado la presente Convención y la han sellado con sus sellos particulares, en triple ejemplar, en Lima, a los quince días del mes de Diciembre de mil ochocientos noventa y cuatro.

 

ti L. F. VILLARÁN.-ANíBAL GÁLINDo.-Luís TÁNco.- JULIO CASTRO.»

 

Esta Convención fué aprobada por unanimidad de votos, menos uno, por el Congreso del Perú en 1895, y por el de Colombia de 1896, pero aún no ha sido siquiera tomada en consideración por el del Ecuador.

La Plenipotencia del Perú había sido confiada al eminente jurista doctor D. Luis Felipe Villarán, igualmente distinguido por su intachable reputación de hombre de bien.

Desde el principio la Cancillería peruana acogió la demanda de Colombia, no sólo de buena voluntad, sino con solícito interés. Los tres Jefes del Estado que en el asunto intervinieron, la favorecieron con su amistad. Las negociaciones se abrieron bajo la Presidencia del Coronel Borgoño. El General Cáceres dió á la Convención su pase para el Congreso, y el señor Piérola la recomendó á su aprobación, y una vez aprobada, la proclamó como ley del Perú. Y el culto, el ilustrado señor Irigoyen, Ministro de Relaciones Exteriores, nos colmó de atenciones personales y nos dió todas las facilidades apetecibles para llevar la negociación á buen término.

Finalmente, el distinguido joven señor D. Luis Tanco Argitez, con quien yo debía proceder de acuerdo en su caracter de Encargado de Negocios de la República en Lima, me prestó la más inteligente y eficaz cooperación para el acertado desempeño de mi cometido. Había seguido el señor Tanco con solicito interés toda la historia de a negociación de limites pactada entre el Perú y el Ecuador, con perjuicio de Colombia, en el Tratado García- Herrera, de 2 de Mayo de 1890, que afortunadamente no llegó á ser ratificado, pero que era indispensable conocer á fondo para la acertada dirección de mis gestiones. Púsome, pues, el señor Tanco al corriente de todos los detalles de aquella negociación, proporcionándome, además, muchos otros datos de cancillería sumamente útiles para mis trabajos, por todo lo cual no quise limitarme á cumplir la fórmula de "obrar de acuerdo con él," sino que exigí que cuanto en el asunto se hiciera llevase la firma de ambos, y así se hizo.

 

Pasémnos ahora á la guerra, pero para relataría en términos tan generales como pudiera hacerlo un artículo para un Diccionario de Historia universal, y tomando por base del relato los hechos más abstractos, admitidos como verdaderos por la opinión general del país.

El General Cáceres había sido Presidente constitucional de la República en el cuatrienio de 86 á 90. Le sucedió el señor Morales Bermúdez para el cuatrienio de 90 á 94; mas el General Cáceres deseaba ser reelegido para el período de 94 á 98, y parece que tenía ó creía tener asegurada la reelección con el apoyo de Morales Bermúdez; pero éste falleció casi súbitamente en Enero de 1894.

Suplen las faltas accidentales ó absolutas del Presidente, conforme á la Constitución, dos Vicepresidentes, denominados 1 y 2, por su orden. Estos dos Vicepresidentes eran los señores Pedro Alejandrino del Solar y Coronel Justiniano Borgoño. El primero era adverso á Cáceres y el segundo su partidario y su amigo. Coludido el General Cáceres que disponía del ejército, con el Coronel Borgoño, para cerrarle el paso á Solar, éste se encontró en absoluta imposibilidad de entrar en ejercicio  del poder. Hiciéronle el vacío en el mismo Palacio y en los Ministeríos. No se presentó por ninguna parte ni un simple portero, á recibir órdenes, mucho mejor un edecán militar.

 

En estas circunstancias presentáronle las renuncias de

estilo los Ministros del Despacho, y el señor Solar, que no se encontraba en situación de afrontar un conflicto ni de correr riesgos personales, tuvo la imprecaución de resolverlas por escrito, diciendo "que encontrándose en absoluta imposibilidad (sin expresar la causa) de asumir el ejercicio del Poder Ejecutivo, dichas renuncias debían presentarse al segundo Vicepresidente." Los Caceristas creyeron salvadas con esta resolución las fórmulas constitucionales, y el Coronel Borgoño tomó posesión de la Presidencia como segundo Vicepresidente llamado por el primero.

Pero el país no se dió por satisfecho con esta comedia. Consideró el Gobierno del Coronel Borgoño como el resultado de una flagrante imposición, y se alzó en armas para vindicar los fueros de la soberanía nacional, con el señor Piérola á la cabeza de la revolución. Sin embargo, alcanzáronse á verificar las elecciones populares para la elección del Presidente bajo el gobierno del señor Borgoño, y el General Cáceres tomó posesión de la Presidencia ante el Congreso, con toda la solemnidad y formalidades de estilo, el 8 de Septiembre de 1894.

Mas todo fué en vano. En Febrero de 1895 la revolución ea dueña del país, siendo perfectamente claro para todo el mundo que el último combate se libraría en las calles de la capital; y en tal virtud, el Cuerpo Diplomático, después ríe varias reuniones tenidas en previsión de este acontecimiento, concluyó por nombre una Comisión de su seno, compuesta de representantes de las Potencias y del Delegado Apostólico como su Decano á la cual se delegaron todos los poderes del Cuerpo, para tomar cuantas providencias fuesen necesarias á efecto de proteger la segunda de las personas y de los intereses extranjeros en la capital, y para ofrecer la mediación de los Gobiernos, llegado el caso.

- El asedio de la capital principió en la madrugada del miércoles 17 de Marzo de 1895, habiendo quedado en el sangriento combate de ese día más de mil cadáveres tendidos en las calles, y las tropas del General Cáceres casi reducidas al Palacio de Gobierno y manzanas adyacentes.

A eso de las siete de la mañana del 18, encendido ya el fuego, llegó á la casa de la Legación, donde habitábamos juntos el señor Tanco y yo, situada en la plaza de Bolívar (antigua plaza de la Inquisición), el señor D. Alfredo Ayulo, uno de los más respetables ciudadanos de la capital, protegido por una bandera de las ambulancias de la Cruz Roja, en solicitud mía, para suplicarme fuese, acompañado por él, al hotel de la Delegación Apostólica, distante unas tres cuadras, con el objeto de instar al señor Machi para que se apresurase á ofrecer la mediación de los gobiernos amigos, á efecto de poner, de cualquier modo, término á semejante carnicería.

Como el viaje á la Delegación no estaba exento de serios peligros para la vida, traté de excusarme de la emnbajada, diciendo al señor Ayulo que no formando ni el señor Tauco ni yo parte de la Comisión, temía que el Nuncio no recibiese bien mi visita, considerándola como una oficiosa intrusión de mi parte en el cumplimiento de sus delicados deberes; pero habiendo renovado sus instancias el señor Ayulo, manifestándome que no era el caso de detenerse para ayudar á prestar este servicio en escrúpulos de pura delicadeza, sino que era preciso empeñarse por humanidad y por amor al Perú en detener la efusión de sangre de tan bárbaro combate, y en buscar algún medio civilizado de avenimiento para la paz, y temiendo que el señor Ayulo, y con razón, atribuyese mi negativa á cobardía, me puse en marcha con él, protegidos, como he dicho, por una bandera de la Cruz Roja.

Llegados á la Delegación, encontrámos al señor Machi, que es un prelado joven, lleno de noble y buena ambición, inteligente y activo, preparado ya para salir.

-Vengo, (le dije para tantear terreno), á ponerme á disposición de Su Señoría, para cualquier cosa en que yo pueda servirle en desempeño de su misión.

-Pues llega usted á tiempo, une contestó. Precisamente el señor Coronel, señalándomne á un militar que allí estaba, acaba de traerme esta carta (que aún tenía en la mano), del General Cáceres, en que propone que se celebre un armisticio para convocar inmediatamente el Congreso ante el cual él y los dos Vicepresidentes presentarán su dimisión, dejando de esta manera libre el campo para la elección de la persona que se haga cargo del Gobierno; y al mismo tiempo el señor Solar solicita por medio de su hijo, encargado de representarlo (y me parece que el joven se encontraba presente), que debe restituirsele el período de su Vicepresidencia, y reconocérsele como Jefe del Gobierno. ¿Qué dice usted de esto?

-Digo, Excelentísimo Señor, que la pretensión del señor Solar no admite ser tomada en consideración, porque bit tiempo expiró su período y nadie puede devolvérselo. Es la primera vez en mi vida en que yo haya oído hablar de restitución de períodos ó términos constitucionales ó legales expirados, para récobrar el ejercicio del poder público. Y por lo que hace á la proposición del señor General Cáceres, me parece absolutamente impracticable. En primer lugar, el Congreso á cuya autoridad se apela, tiene el mismo origen vicioso de que la revolución acusa el titulo del Presidente, y además, de lo que se trata es de una medida de horas, que ponga inmediatamente término á la efusión de sangre. ¿Cree Su Señoría que el señor Piérola y su ejército van á tomar cuarteles por dos ó tres meses en las calles de Lima esperando la reunión del Congreso? Todo lo que no sea la celebración de un Tratado de paz, por medio de una esponsión militar entre los beligerantes, no tiene nada de práctico.

-Soy de la misma opinión de usted, me contestó el señor Machi, y voy al Cuartel General del señor Piérola, donde me esperan mis compañeros para negociar ante todo una tregua, siquiera sea de veinticuatro horas, y tratar en seguida de la paz.

Pero en este momento llegó el señor Tanco, que hahiendo sabido al levantarse lo ocurrido conmigo, mandó en el acto á buscar una bandera de ambulancia y se dirigió con ella á la Delegación para acompañarme y participar de los mismos riesgos que yo corriera en aquella eventualidad. No contento con esto, el señor Tanco se fué acompañando al señor Machi al Cuartel General del señor Piérola, donde fué nombrado, en premio de su comportamiento, Secretario de la Comisión. El señor Ayulo y yo regresámos á la Legación.

Negocióse, con efecto, un armisticio de cuarenta y ocho horas para recoger muertos y heridos y para tratar de la paz, y celebróse en seguida un Tratado ó esponsión militar entre los beligerantes, por el cual se estableció un Gobierno provisorio con el nombre de " Junta de Gobierno," compuesta de dos Ministros nombrados por el señor Cáceres, dos por el señor Piérola, y un quinto, que sería su Presidente y principal Secretario de Estado, nombrado por la Junta. Fué elegido para esta Presidencia el distinguido hombre de Estado del Perú, señor Candamo.

La Junta de Gobierno recibió en el acto la adhesión y el reconocimiento oficial de todos los representantes diplomáticos acreditados en Lima, constituyó una de las mejores administraciones que ha tenido el Perú, y duró en ejercicio hasta el 8 de Septiembre de 1895, en que tomó posesión de la Presidencia el señor Piérola, elegido por elección popular para el período de cuatro años, que terminó el 8 de Septiembre de 1899.

 

Tal fué la historia y tales los hechos supuestos verdaderos en que se apoyó la revolución. Si el General Cáceres y el Coronel Borgoño fueron calumniados por la opinión pública del Perú, que responda ella y no yo.

 

LIMA

Como escribo para Colombia, no debe extrañarse la comparación. Lima es en extensión y población un Bogotá, al cual le pasara el mar por Fontibón, pues que sólo dista legua y media del Callao; pero la planta de la ciudad es mucho mejor, porque es casi plana, cortada en ángulos rectos de calles amplias, y con una población de 100 á 130 mil habitantes. Divídela el riachuelo Rímac, un Fucha grande, no sólo en dos mitades materiales, sino en dos cuarteles sociales. Sobre la margen derecha, que los de la izquierda llaman "abajo del puente," vive la gente menos acomodada, sin pretensiones á lucir en sociedad, y sobre la izquierda se extienden los barrios de la gente rica, ó que no quiere descender de cierto nivel social.

-          Pero la imperial, la opulenta, la aristocrática Lima, la qúe fué en otro tiempo la ciudad más lujosa y más cara del mundo, está hoy pobre, muy pobre, comparada con los tiempos de su antiguo esplendor. Sus mujeres no gastan ya blondas de Nápoles ni chales de Iram, ni sus grandes señores, como en los tiempos del Mariscal Castilla, júegan con puestas de á chino (cada chino se estimaba en 5oo soles) el rocambor (tresilló).

Y eso se comprende. Lima fué por excelencia, desde su fundación, la capital burocrática del mundo. Vivió siempre exclusivamente de la repartición del Tesoro público, sin más industrias que las del comercio distribucion de ese Tesoro, ejercidas pór - extranjeros. La aristocrática sociedad de Lima - mira todavía con cierto desprecio á todos los que vi; en de profesiones manuales, desprecio que aun alcanza algo al médico y al cirujano. Un dentista nó tiene acceso á ningún salón; se le cónsiderá, póco más ó ménos, comO un flébotomista. Duranté los largos anos en que caían como una lluviá de oro en la Tesorería de Lima los millones del húano aquel oro, distribuido en sueldos, contratos y pensiones, que empleaba íntegramente en vivir bien, y todo era, por consiguiente, enormemente caro. Nadie pensó en economizar ni guardar un cuarto, porque nadie creyó que aquel tesoro tendría fin, y después dé que la desgraciada guérra con Chile arrebató al Perú su próvincia salitrera de Tarapacá, todas las fortunas desaparecieron, todos los bolsillos se encontraron casi vacíos, y Lima, como digo, anda relativamente muy pobre.

- En cambio es hoy la única capital del mundo de vida barata, baratura, si se quiere, de mala calidad económica, pues depende de la abundancia de la oferta contra, un pedido muy debatido ó regateado, que mantiene los precios de los artículos alimenticios apenas en la tasa necesaria para que no cese su producción. La abundancia es inmensa. Da gusto ir á la hermosa plaza de mercado de Lima, que cobija bajo su magnifica estructura de hierro una manzana entera, de espaciosas galerías cubiertas de cristal, á contemplar aquella abundancia. Son montañas de granos, de papas, de legumbres, de aves, de huevos, de pescado, de frutas, de cacería, etc., etc., las que diariamente se ofrecen para la alimentación de Lima, todo á precios módicos y al alcance del artesano. El pan y la carne son regalados. El primero vale á 5 centavos libra, y la segunda á 20 centavos el kilogramo, de primera calidad. Todas las huertas de los alrededores de Lima están cultivadas por italianos, y la hortaiiza y la fruta que se pregona todas las mañanas por todas las calles de la ciudad, son ricas y abundantes. Baste decir que la pensión alimenticia en los comedores del Club Nacional, con cocina italiana de primera clase, escogiendo cada comensal su almuerzo y su comida de una lista de 10 á 12 platos, sólo costaba 36 soles de plata al mes.

Qué diferencia con esta miseria, esta mugre y esta carestía de Bogotá, que teniendo á mis pies una de las más feraces y extensas altiplanicies del mundo, cubierta del más rico mantillo de tierra vegetal, casi, casi no puede alimentamos!!

La administración municipal de la ciudad de Lima es magnífica. Se ha conservado á su Municipalidad la categoría que tenía bajo la Colonia. Ocupan aquellos puestos ad honorem, los más respetables ciudadanos de Lima, y es de rigor que el Presidente y los Vicepre-sidentes de la República bajen á ser Alcaldes de la ciudad. Su servicio de aguas es tan abundante como el de Nueva York, y eso que su acueducto, en el erial de aquella costa, es alimentado por pozos artesianos. La ciudad está perfectamente alumbrada por gas, y se la barre todas las noches, de 12 á 4 de la mañana, por numerosas cuadrillas de chinos que hacen este servicio. El de coches es completo. A toda hora, y en

cualquier parte de la ciudad, está usted seguro de encontrar un carruaje, que vale 30 centavos la carrera y $1 la hora.

No tiene Lima edificios públicos que puedan merecer arquitectónicamente el nombre de tales. La Catedral estaba en ruinas; ha sido recientemente restaurada por el señor Piérola; las demás iglesias, excepto San Francisco, valen poco; y el Palacio de la Plaza de Armas es todavía, con poca diferencia, la misma barraca que habitó Pizarro, con una mala fachada.

Termina la ciudad, por su extremidad occidental, en el magnífico Parque de la Exposición, construido en 1872, que cubre unas 6 ú 8 hectáreas de superficie, y es uno de los más bellos jardines del mundo. El Ministro americano me decía: no querría yo más fortuna que este Parque á inmediaciones de Nueva York. Dentro de él se encuentran el magnifico edificio que sirvió para la Exposición de 1872, un espléndido restaurante, un pequeño jardín zoológico ó mónagerie, comí algunas fieras y variado número de animales y aves raras del país, y el Club Revólver, para el tiro de pistola y rifle, al que los peruanos son muy aficionados, y en el cual han vencido varias veces á tiradores europeos que han venido á desafiarlos. El Kiosko del Alcalde, porque á él está destinado, es precioso; puede, si se quiere, constituirse en una magnífica habitación de recreo en la estación del verano.

La alta sociedad de Lima es de lo más distinguido, benévolo y culto que pueda imaginarse. Todo extranjero de distinción tiené seguridad de ser acogido en su seno con la más grande espontaneidad, y de recibir de las familias con quienes se relacione, la más generosa hospitalidad. Es una sociedad de costumbres aristocráticas. Suenan bien á su oído los títulos nobiliarios, y se amolda á todos los refinamientos de la más puntillosa sociedad europea.

Como gratos recuerdos, vinculados á mi permanencia en Lima, quiero perpetuar en este libro los siguientes:

 

RELIGIÓN, FILOSOFÍA, POLÍTICA

 

A RICARDO PALMA

 

Como de costumbre, hoy he despertado triste, con el espíritu barnizado de algo que no es miel de Inglaterra ni Ilang llang.

Hay en esta tristeza mucho de cobardía. La luz del día es el llamamiento al trabajo, á la lucha, á la fatiga y ese llamamiento nos aterra. Por el contrario, siempre vemos acercarse con secreto placer la caída del sol. El crepúsculo es nuestra verdadera aurora. Como si necesitáramos de las tinieblas para alguna obra de iniquidad, casi cantamos como el buho al acercarse la noche, porque ella impone el reposo, y también porque los jueces, los recaudadores, los alguaciles y los escribanos tienen por fuerza que concedernos y a un plazo de catorce horas para volver á la carga.

Sin embargo, semejante modo de ser no sólo acusa una imperfección del carácter, sino que es simplemente estúpido; y si el instinto, rebelde á la ley del dolor, repugna la alegría del trabajo, es preciso que la razón se la imponga, porque en vano buscaríamos, ni en la religión ni en la filosofía, amparo contra la ley que hace entrar necesariamente el dolor en las condiciones de la existencia. Si preguntamos á la primera, de antemano sabemos ya la respuesta que va á darnos: la tierra es un valle de lágrimas; la verdadera vida principia en el dintel de la muerte; trabajad y sufrid; vuestra recompensa os aguarda en las regiones de la inmortalidad.

Y si acudís á la segunda, también sabéis su respuesta:

luchad sin descanso, porque la vida se resume en la lucha por los medios de subsistencia, en esfuerzo de incesante competencia, de interminable pugilato, de incesante conflicto, lucha de la cual resulta la eliminación de los organismos más débiles, para ser reemplazados por organismos mas fuertes.

El poeta también lo ha dicho:

 

«A la zizaña el trigo anda mezclado:

Así unidos, el riego y el arado

Los hacen de la tierra producir,

Y cuando la estación propicia llega,

Juntos y á un tiempo el labrador los siega Su hoz al esgrimir.

Así, oh dolor! no sé cómo llamarte,

Aunque mi corazón tu espada parte

En mil pedazos al cebarse en él:

No sé si de la vida en el abismo

Son en definitiva un jugo mismo

El néctar y la hiel.»

 

Hay, pues, que desechar esas vanas quimeras, esos juegos de la fantasía, esos deseos de la pereza que querrían inducirnos á creer que la vida es ó debería ser un festín, un carnaval de goces continuados; y tomándola como es, como un simple campo de acción y de lucha para asimilár por el trabajo los medios materiales de subsistencia, y para levantarse en esa misma lucha por la escala ascendente de nuestra perfección moral, hay que despertar contento, alegre, placentero, á engancharse como el caballo de tiro al carro del trabajo, para cumplir la ley moral de la existen

cia, ley de fatiga, es cierto, pero condición armónica de renovación y de vida, sin desconfianzas cobardes y mezquinas, sin cuidarse de otra cosa que de la sana intención, y dejando el resultado, que la menor contingencia altera y que el hombre no puede encerrar en sus cálculos, en las manos de AQUEL que es el autor y dispensador de todo bien, de AQUEL que ha prometido no dejar sin recompensa un vaso de agua dado en su nombre. El cielo de Mahoma es un muladar: la posesión de veinte huríes. El cielo cristiano es el paraíso del espíritu: la revelación y posesión de la verdad.

Pero de todas las pasiones innobles que esterilizan el alma, aquella de que debe uno limpiárse como de una lepra, es la del odio, principalmente la del odio político, esta fiebre eruptiva de los partidos en las Repúblicas hispano-americanas, que las consume en la hoguera de sus constantes revoluciones, que veda todo progreso, y que mientras perdure mantendrá á estos países á distancia inconmensurable de la civilizacion.

Y á propósito de intolerancia y odiós políticos, oiga usted lo que acaba de pasarme en Lima:

Deseando visitar el santuario que guarda las reliquias de San Francisco Solano y los restos que aún quedan de los muchos tesoros artísticos que poseía el convento de San Francisco de Asís, que con su iglesia forma la más importante estructura arquitectónica de cuantas en su clase tiene Lima, presentéme ayer en la portería á solicitar el favor de esta visita. El hermano portero envió en el acto mi tarjeta á uno de los Superiores, y poco después vino á recibirme el Reverendo Padre español, natural de Orense, en Galicia, Fray Jesús Hernández, Maestro de novicios, quien lleno de bondad me abrió la capilla que guarda las reliquias del santo, erigida en la misma celda en que aquél murió. Ofrecióme, y yo acepté reverente, una astillita de la gran cruz de madera ante la cual acostumbraba orar; me enseñó la biblioteca del convento, que consta de unos 1o,ooo volúmenes, cuidadosamente clasificados, entre los cuales se conserva una edición de la Biblia poliglota de fines del siglo xv, y otros libros ya muy raros de la misma época y principios del siglo xvii, y, finalmente, me hizo admirar el imponderable revestimiento de azulejos de Sevilla que cubren la portería y toda la parte baja del claustro principal, formando preciosos cuadros del más variado mosaico, en los cuales se destacan las figuras de los mártires del Japon y de los principales santos de la Orden, todo traído y puesto allí desde 1620.

 

Pero no es de esto, cuyos detalles figurarán en mi viaje á Lima, sino de algo para mi más importante que con ello se relaciona, de lo que aquí quiero tratar.

Veinte años atrás, y quizás sólo diez, me decía á mi mismo, imposible que yo hubiera pensado, por ningún motivo ni por ningún interés en hacer esta visita: el libre pensador y el liberal se habrían considerado apolillados visitando un convento y tratando con un fraile. Y sin embargo, cuán contento no me siento hoy de haber alcanzado esta desinfección de mi espíritu, de haber depurado mis doctrinas y mis principios políticos de ésta intolerancia filosófica (perdón por la antinomia), mil veces más ruin, más pequeña y más despreciable que el fanatismo religioso de otras edades; porque el verdadero liberal es aquel cuyo espíritu se abre para abarcar en su simpatía todas las formas de la múltiple vida de la humanidad, para compadecerse de todas sus miserias, de todos sus dolores y hasta de todas sus preocupaciones; y bajo el punto de vista religioso, el que, comprendiendo que el inescrutable misterio de la vida no tiene ni podrá tener otra explicación que la existencia de ese Sér necesario que llamamos Dios, y que Spencer y Darwin, sin atreverse á negarlo, llaman lo Incognoscible, sabe acatar y respetar la conciencia religiosa y la forma externa de los cultos de todos sus creyentes, esparcidos sobre la superficie de la tierra.

Creer, amar, perdonar y sufrir, esa es la vida, y por eso el Cristianismo, que así la resume y comprende en su inmortal doctrina, está destinado á cobijar bajo su sobra á la humanidad entera.

Tal vez sea Séneca el que haya acertado á formular la ley moral absoluta de la humanidad. «La única obra en que el hombre debe trabajar sin descanso, dice, es en la de su perfección, y el único placer puro, sin mezcla alguna de pena, el de sentir que se adelanta en ese camino. Cómo no he de sentirme, pues, contento por haber alcanzado á emanciparme de las imposiciones groseras y mezquinas de la intolerancia y del odio!

Siempre que á la vista de una de las suntuosas procesiones de la Semana Santa en Bogotá, veo pasar la estatua de la Magdalena, radiante de hermosura, transportada sobre altísimas andas y vestida de rico brocado, jamás he podido contenerme de decir al que junto á mí se encontrara: vea usted, contemple usted en esa estatua el símbolo más bello y más grandioso de la redención cristiana; muéstreme usted á qué caído ha levantado el mundo, y vea usted á esa sublime pecadora levantada por la Iglesia á la catégoria de diosa, con templos esparcidos sobre la superficie de la tierra, sólo porque un día, traspasada de arrepentimiento, cayó á los pies del Cristo, anegada en llanto de sublime dolor.

Así, pues, mi querido Palma, hay que desechar la tristeza estúpida y cobarde que en almas vulgares- inspira la ruda tarea de la vida; hay, por el contrario, que combatirla con alegría, levantándose todas las mañanas contento, como las avecillas que saludan, cantando, la próxima venida del sol, con el alma limpia de odios, de envidia, de ruindad, dispuesta sólo al bien, para correr á calentarse bajo el sol vivificador del trabajo, que impulsa y renueva, rejuvenece y alienta, considerando que por pequeño que sea el lote que nos toque en la repartición del producto, hay debajo de nosotros millones de seres, probablemente mucho más meritorios, sumergidos, sin embargo, en más grandes dolores. -

 

Lima, Enero 14 de 1895.

 

ANíBAL GALINDO.

 

NEOLOGISMOS Y AMERICANISMOS

 

CARTA A RICARDO PALMA.-LIMA

 

Bogotá, 26 de Septiembre de 1896.

 

Mi querido Ricardo:

Aunque entregué en propia mano á Rafael Pombo, á Merchán, á Jorge Roa, á Enrique Alvarez, á Camacho Roldán y á Rivas Groot los ejemplares de su opúsculo sobre neologismos y americanismos, todos ellos han callado como un muerto; ninguno ha querido hacer un artículo sobre la materia. Reconvenido hace pocos días Merchán por este silencio, me contestó: «no quiero disgustar á Palma;» lo propio me dijo Pombo, y para romper la conspiración del silencio sobre el cuaderno, voy yo, el último, el menos competente de los que en Colombia hacen travesuras con el alfabeto, á constituirme en intérprete de lo que creo piensan nuestros hombres de letras sobre el particular.

Diréle en primer lugar, con amistosa franqueza, que por acá no participamos de la chica ojeriza (rancune) que en el prólogo del opúsculo muestra usted contra la Academia y contra España. Nosotros no creemos que España ríos desdeñe, ni mucho menos que no nos quiera ó nos tenga mala voluntad. No hay motivo para ello; pues aunque no fuera sino por un sentimiento de vanidad, cuando no de justo orgullo, innato en el corazón humano, ella debe

sentirse orgullosa de la paternidad de un Continente entero, lleno de nácionalidades de su raza, que pesan ya mucho en los destinos y en el equilibrio del mundo civilizado.

Por lo que á nosotros toca, ningún vestigio queda ya en la memoria del pueblo colombiano, de los odios ni de los rencores de la guerra de Independencia. Extinguidos esos recuerdos con la generación que participé de la lucha, juzgamos hoy con toda imparcialidad la obra de la conquista y de la colonia; ni podemos en justicia hacer cargo especial de tiranía á España porque no se hubiera desprendido espontáneamente de sus colonias, como no lo ha hecho ninguna otra nación sobre la tierra; y como para sostener esa lucha contó ella con el afecto y hasta con el fanatismo de numerosos partidarios en el suelo americano, la guerra de Independencia podría considerarse con toda propiedad como una guerra civil. Hace muchos años, no menos de veinte, que aquí cayeron no sólo en desuso, sino en ridículo, los discursos de 20 de Julio contra España, conocidos con el apodo de los discursos contra la tiranibería (tirana Iberia). Cuando los alumnos del colegio de D. Santiago Pérez querían hacérselo entripar, y como de neologismos tratamos, vaya este primer neologismo colombiano de entripado por enfadar, fastidiar ó encolerizar; cuando querían darle, un entripado, y vaya el segundo, haciéndose los ingleses, poníanse á recitar las estrofas de una composición patriótica que D. Santiago escribió de adolescente, y de la cual se fastidiaba naturalmente siendo ya una eminencia; entre otras, aquella que decía:

Allá tras un rincón de cielo y tierra,

Vegeta España. la vetusta reina:

El mar sus canas deshonradas peina,

Que fué tirana y nos vendió su cruz.

 

Todo esto dará á usted, mi querido Ricardo, una idea completa del estado de nuestros sentimientos respecto a la madre patria, á cuya amistad hemos pedido, y continuamos pidiendo, importantes servicios, y de quien somos, como debemos ser, buenos y sinceros amigos.

Por lo que al idioma toca, que es el asunto materia de esta carta, estamos perfectamente de acuerdo con usted en que si la Adademia quiere conservar la autoridad del idioma, es necesario que lo dilate ó extienda á todo el mundo éspañol, haciéndose cargo de todas sus necesidades mas no por eso pensamós que en el léxico de la lengua deba darse entrada, y áutorizarse como de correcto empleo, á todos los vocablos, frases y modismos del lenguaje provincial y parroquial de las diversas secciones ó pueblos del mundo español en ambos continentes, porque eso sería convertir el idioma en un verdadero patúa, en una jeringonza bárbara, que en breves años concluiría con toda la pureza, con toda la nobleza, con todo el lirismo de la rica habla de Castilla.

No es, pues, en mi concepto, por capricho erigido en sistema, ni por espíritu antiamericano, que la Academia ponga dificultades para dar el pase en el Diccionario de la lengua á todos los provincialismos ó voces nuevas que ese honor reclamen, con motivos más ó menos plausibles, sino porque, encargada de mantener el depósito sagrado de la pulcritud y de la nobleza del lenguaje, debe discutir mucho esas admisiones antes de sancionarías.

Para ello se requieren, en mi concepto, tres condiciones: 1ª. la que realmente falte en el Diccionario de la lengua el propio, el adecuado vocablo para nombrar una cosa ó una manera de ser de existir de las personas ó de las cosas; 2a, que el vocablo que se propone no sea meramente parroquial, sino que se encuentre ya bastante generalizado; y 3a que el neologismo no sea un eufonismo bárbaro. De lo contrario, como he dicho, el idioma degeneraría en un patua, en una verdadera jeringonza. Por la sola razón de suprimir ó eliminar circunloquios, tampoco es licito acuñar ó amonedar nuevos verbos. El circunloquio es al lenguaje lo que la curva á la estética: la morbidez de la forma. Un lenguaje sin circunloquios seria como una matraca, sin armonía musical. No admito, pues, por mi parte, el verbo dictaminar, por feo; y esta sola razón de ser feo es suficiente para rechazarlo. Debe decirse: el Fiscal opinó, ó dió su dictamen, ó fué de concepto que....................................................................................  

 

De conformidad con estos principios, deben admitirse muchas, muchísimas, casi la mitad de las nuevas voces que usted propone, por reunir en su favor las tres condiciones antes enunciadas, á saber: necesidad, opinión y forma estética. En este caso se encuentran: absolvente, acápite, adulón, agredir alternabilidad, amordazar, andino, anexionista, aplomo, atávico, burocracia, cablegrama, carátula, depreciar, der rumbe, desapercibido, desvestirse (muy distinto de desnudarse), estero, exculpación, fusionar, oportunista, nacionalizar (distinto de naturalizar), obstruccionista, oclocracia, omófago (el que se alimenta de carne cruda), oportunismo y sus derivados, orificar y sus derivados, difuerzo, liso, lisura, etc. etc. etc.

 

Difuerzo, y no disfuerzo, es el remilgo fino, lleno de gracia y coquetería de la que «lucha luchando quiere que la venzan, corre corriendo quiere que la alcancen,» pero que sólo en la gentil limeña sienta. Diriale usted, por ejemplo, á una niña de la margen derecha del Rímac, de abajo del Puente (no va nada con las de la margen izquierda); diríale usted: señorita, qué lindo pié tiene usted; y ella le contestaría en el acto: caballero: ¿sabe usted que es un amor de muy mala calidad el que principia por elogiarle á una los pies? No sea usted liso.

Mas para dar á usted una lección objetiva sobre lo que resultaría de la admisión de la otra mitad de los vocabIos que usted propone, voy á permitirme componer con algunos de ellos un pequeño discurso. Oiga usted.

En Diciembre de 1894 tomámos el ferrocarril de la Oroya, con ánimo de escalar la gigantesca cordillera de los Andes hasta donde nuestros empobrecidos pulmones lo permitieran. Detuvímonos en el pequeño caserío de -ya á unos 16oo metros sobre el nivel del mar. Celebrábase al día siguiente la fiesta del Santo Patrón del pueblo. Despertónos el albazo con que se daba principio á la fiesta, y no fué poco nuestro atrenzo para atravesar las filas de la compacta multitud por en medio de las apachetas con que los indios habían llenado aquel sitio. El aspecto de la gente era de un completo atranquitis. Había entre ellos mucho bachicha, y á poco dió principio el cachua, acompañado de la explosión de innumerables camaretas. Mi compañero recibió un camaretazo, pero lo castigó con un cocacho al carachoso que lo arrojó. Para calmar la sed tomámos ante hasta el concho. Era preciso pensar en almorzar. Entrámos en una chingana, y hubimos de contentarnos con un poco de charqui. Imposible conseguir un churrasco, por más que requiebrámos de amores á la chusquisa de la venta, y hubimos de convencernos que pretender otra cosa habría sido el más solemne despapucho. Volvimos á la plaza, donde empavaban á un pobre curcuncho, queriendo á porfía enamonarlo. Casi todas las mujeres llevaban sus guaguas á la espalda. Regresámos á la posada, donde no encontrámos á ninguno de nuestros mucamos, ni pudimos pasar el frangollo que nos sirvieron: era literalmente intragable. Para ir al pueblo de    era preciso hacerlo á caballo, pero los mancarrones que nos trajeron eran inservibles.

Basta.

Y si á los neologismos peruanos se agregaran los de las otras secciones de la América española, qué quedaría del habla de Larra, de Castelar y de Balmes?

Vaya allá la muestra de uno solo de los nuestros.

En Colombia, pero principalmente en el Cauca, y muy probablemente con la piadosa intención de que la cosa no infunda tanto terror, no se dice fusilar, sino difuntear.

Figúrese usted, mi querido Ricardo, y la cosa no tiene nada de extraordinario, puesto que vivimos en la América del Sur, que mañana lo fusilaran á usted por godo ó por radical, por clerical ó por anarquista, ó por cualquier cosa, y que al llegar la noticia á Bogotá, uno de tantos admiradores sinceros como usted cuenta aquí, principiar a su necrología en estos términos: «El 17 de    último dífuntearon en Lima á Ricardo Palma. Las letras -americanas están de luto. El nombre del salvaje caudillo que tamaño crimen perpetró, pasará cubierto de infamia hasta la más remota posteridad.» etc. etc. etc. etc.

Pues seguro estoy, mi querido Ricardo, que usted se levantaría de su tumba al escozor de semejante improperio, y armado de grueso garrote vendría á pedir cuenta del sangriento ultraje á Pombo ó á Merchán, á Jorge Roa ó á Carlos Martínez Silva, que á perpetrado se hubieran atrevido.

Pero no, mi querido Ricardo, nadie lo difunteará á usted sino Dios, y EL me lo guardará muchos años para honra y prez de su Patria, para gloria de las letras españolas en América, y para que vuelva, que no tardará mucho, á estrecharlo en sus brazos este su apasionado admirador y amigo que mucho lo quiere.

ANíBAL GALINDO.

 

RESPUESTA

"Lima, Noviembre 5 de 1896.

<Queridísímo amigo:

<No es este borroneador de papel, descendiente de Adán por la sábana de arriba y de Eva por la sábana de abajo, hombre de los que sin respuesta dejan una carta, sobre todo cuando, como sucede con la de usted, están á la par amabilidad y cortesanía. Lamento sólo que mi actual recargo de oficinescas labores no me dé vagar para discurrir, largo y menudo, sobre los diversos puntos que fueron tema para sus observaciones criticas. Pero aunque á paso galopante, todo el camino se andará.

<Empieza usted estimando que el móvil de mi pluma al escribir sobre neologismos y americanismos fué una especie de ojeriza, grande ó chica (rancune que dicen los franceses), contra España y contra la Academia; y á fe, mi querido amigo, que no hay tales carneros, y que el ilustre autor de las Batallas de la Libertad ha visto endriagos y gigantes donde yo apenas sí me atreví á dejar que asomasen las narices enanos encapirotados. En este particular se exhibe usted más español que los españoles mismos, pues ni Níquel ni Bedia, en el Diario de Barcelona, ni los Redactores de varios periódicos madrileños que en comentar mi folleto se ocuparon, cogieron el ascua por ese lado quemante.

«En lo de que no se nos perdona en la Metrópoli el que nos hubiéramos independizado, y en lo que se procura siempre empequeñecemos, tratandonos como poquita cosa, básteme, por toda contestación, recomendar á usted que lea los cuatro volúmenes de la Antología de poetas americanos, escrita por una eminencia en las letras castellanas, por el egregio Menéndez y Pelayo, que, con frase culta en verdad, no desperdicía ocasion para cascarnos, y de firme. Y si Menéndez y Pelayo, con su forma decorosa y su fondo margo, no lo convence, échese á leer las groserías tabernarias con que un tal Valbuena nos pone á los americanos como para cogidos con guante y tenacilla.

«Pero dejando á un lado estas naderías de sabor un tanto político, y entrando en el meollo de su carta, esto es, en la cuestión de lingüística, permitame usted le diga que en las postrimerías de nuestro siglo, la ley de las mayorías es la que se impone é impera, y que hoy por hoy, somos cincuenta millones de latinoamericanos los verdaderos dueños del idioma, pues en la misma España, con sus diez y ocho millones de habitantes, no exceden de cuatro los que pueblan las provincias en que el castellano es el idioma regional. Hay por lo menos catorce millones de españoles, que acaso mascujan, y á más no poder, la armoniosa lengua de Castilla, pero que sólo hablan y cultivan con deleite el catalán, el vascuence ó éuscaro, el bable, el gallego y demás dialectos regionales con literatura propia y con periodismo propio. Aun los andaluces, con su germanía graciosa, distan mucho de romper lanzas en defensa de la pureza del castellano, y en buena cuenta podría rebajárseles de aquellos cuatro millones.

«Para usted, amigo mío, la lengua es una vestal ó virgen por cuya pureza está la Academia encargada de velar, encargo parecido al que por sí y ante sí invistió D. Quijote. Así anda la doncellez de la doncella! En lenguas, como la de Maritornes. Y olvida usted que el lenguaje vive en evolución constante, y que, en una palabra, las lenguas distan mucho de ser vírgenes infecundas. Lejos de eso, son madres, y madres muy prolíficas.

«Conviene usted conmigo en que una de las condiciones para que un vocablo halle cabida en el léxico, es la de que no se encuentre en éste la palabra equivalente; pues bien: en esa condición se encuentran los vocablos soroche, yaraví, pirca, cachica, chaqui,, apacheta, puna, yanacona, quinua, puquio, quena, machica, huasca, choclo, cutaca, cocaina y tantos otros de raíz quechua, de uso generalizado en los pueblos que formaron el imperio de los Incas, y que hoy representan, sobre poco más ó menos, una masa de población no menor de diez millones; palabras con las cuales expresamos cosas para España desconocidas. Paréceme que consignarías en el Diccionario valía tanto, ó más, que haber consignado los trescientos vocablos de germanía que en la duodécima edición figuran. Cierto que en esa edición lucen veinticinco ó treinta peruanismos, como quincha, cachapari y anaco, si bien el último está definido en términos tales, que lo desconocemos los peruanos. Dice la Academia que anaco es una especie de peinado que usan las indias en el Perú. Y después de leer tal definición, siga usted respetando la infalibilidad académica.

<No es de desdeñar tampoco que cronistas de Indias, como el Padre Acosta en su Historia general, emplearan los vocablos huaca, apacheta, puna, puquio, soroche y otros, porque en la lengua española de su siglo no encontraron voz equivalente.

«Quizá tuvo esto en consideración, ha tres meses, la Real Academia para decidirse, si no estoy mal informado por un mi colega de Madrid, á aceptar todos los peruanismos de origen incásico propuestos por mí en el folleto que motiva esta carta. No escrupulice usted, pues, escribir la palabra apacheta, porque pronto la verá campear muy frescachona en la edición décima tercera del léxico, así como la cachua (no el cachito que usted dice), el chaíqui, la chuquiza y el curcunchu, contra los que protesta usted en su epístola.

«Siempre tuve por doctrina en mi estética literaria el preferir la recta á la curva. No me gustan rodeos para expresar mi pensamiento, que los rodeos no son sino ampulosidad pretensiosa, rebuscamiento amanerado, y basta pobreza de idioma. Lenguaje litúrgico, es lenguaje condenado á morir. Hé aquí por qué entre los prosadores ó prosistas contemporáneos de España, son Pérez Galdós y Pereda mis predilectos. Necesitan crear una palabra, y la crean sin escrúpulo de monja boba, y eso que ambos son académicos de la Española; apuntados tengo más de doscientos neologismos suyos, sobre los que vendría á cuento disertar ahora; pero no lo hago por estrechez de tiempo.

«En mi estética no entra lo de palabras feas, ni de palabras bonitas. Mi distingo alcanza sólo á voces y locuciones cultas y voces y locuciones vulgares.

«Sea todo esto dicho, á propósito de que usted encuentra feo el verbo dictaminar, tal vez no usado en Colombia, pero sí en todas las demás Repúblicas. ¿Feo dictaminar? Pues si hasta la raíz dicta le da cierto saborcillo al paladar. Así lo creyeron conmigo Núñez de Arce, Valera, Castelar, Campoamor, Balaguer, Castro Serrano y tres académicos más, en pugna con. Menéndez y Pelayo y Tamayo y Baús, que són - los que encabezan la resistencia á todo neologismo nacido en América.

 

«Dice usted que debe escribirse ó decirse: El Fiscal opinó ó dió su dictamen, ó fué de concepto que Por Dios, mi  D. Aníbal! Antes me despellejen como á San Bartolomé, que recurrir, para expresarme, á curvilíneas tales. ¿Escribir ó decir yo: soy de concepto que..... ? Ab renuncio! Eso si que sería de fealdad absoluta.

«Por humilde que yo sea para recibir lecciones, y por competente que estime á usted, como lo estimo, para dictarías, hay en la carta de usted una que..... en puridad de verdad, se me atraganta. Se trata de un limeñismo sobre cuya propiedad ó impropiedad sólo los de la parroquia tenemos voz y voto. En materia de limeñismos, las autoridades acatadas, sin vuelta de hoja, son D. Felipe pardo, el poeta cómico Segura, Juan de Arona y Fuentes (El Murciélago). Ninguno de los cuatro escribió difuerzo, como usted sostiene que debe escribirse, sino disfuerzo. Yo vivo ya sesenta y tres años y un respetable pico de meses en la parroquia, y téngome por limeño de los de tuerca y tornillo, limeño de lo más criollo que Dios creara, y nunca, ni por soñación, se me ocurrió que, tratándose de disfuerzo ó de disforzarse, me corrigieran la plana. Perdóneme usted que me haya disforzado un poquito en refutarle este acápite de su carta.

«No admite respuesta en serio el pot pourri que me endilga con las palabras atrenzo (vocablo que nos vino de España y que ha caído en desuso), apacheta, albazo, cocacho, chingaima, despapucho, mucamo, intrachable, camaretazo, concho, etc. etc. Haríale yo, en retorno, otro pot pourri con las voces de germanía, bable ó euscaro, que en el Diccionario se encuentran, y pidiérale que me dijera después si, para entenderlo, no había nesesitado recurrir al léxico.

«Y, como quien da la estocada de gracia, concluye usted, mi bondadoso amigo, preguntando :-Si á los neologismos peruanos se agregan los de las otras secciones de América, ¿qué quedaría del habla de Larra, de Castelar y de Balmes? Paso, por cortesía, que coloque usted entre Larra y Balmes á Castelar, que vale mucho desde otros puntos del arte, pero que como hablista es un rebelde del bien decir; y contestando á su pregunta, le diré:-Precisamente eso es lo que queremos los de á caballo, que salga el toro. Quedaría el lenguaje americano enriqueciendo y dando savia nueva al ya anémico léxico de Castilla.

«Y con la conciencia de que ni á usted ni á mí han de difuntearnos de cuenta de politiqueros (que ya estamos viejos y muy desencantados para esa clase de belenes, trotes y cabildeos), le envía una empuñada muy cordial su amigo y compañero afectísimo.

 

POR QUÉ NO LLUEVE EN LIMA

 

La ausencia absoluta de lluvias en la costa del Perú, dentro de la latitud geográfica que después se dirá, es una singularidad que naturalmente llama la atención y despierta la curiosidad de todos los viajeros en la tierra del Sol. Figurándose uno que la explicación puede darla el primer queda, la pregunta de ¿por qué no llueve en Lima? es la eterna impertinencia del recién llegado, hasta que persuadido de que los hijos del país lo ignoran tanto como el extranjero, al fin se cansa de la pregunta, se familiariza con la anomalía y no vuelve á ocuparse de ella.

Se necesita que el viajero pertenezca á la clase de los que se creen con derecho ó en la obligación de escribir sus apuntaciones ó notas de viaje, para que persista en la averiguación de la causa, y entonces tiene que dirigirle forzosamente á personas de competente ilustración sobre el particular.

Dirigime, pues, en busca de la respuesta, á mi distinguido amigo, el tan modesto como ilustrado caballero, Presidente de la Sociedad Geográfica de Luna, doctor D. Luis Carranza, autor, entre muchos otros escritos científicos pertinentes á la Geografía y á la Meteorología del Perú, de los siguientes:

Fenómeno meteorológico en Ayacucho;

Discurso pronunciado en la inhumación de los restos de Raimondí;

Las heladas;

Arqueologia, curioso monumento tumular en Tarma;

Restauración del campo de Chupas;

El Lago Titicaca;

- Estadística de la zona del Centro;

Contra-cormiente marítima observada en Paita y Pacasmayo;

Meteorologia y Climatología del Perú.

 

¿Por qué no llueve en Lima?

-Vengo, mi amigo Carranza, decidido á saberlo, y paciencia, porque para eso es usted Presidente de la Sociedad Geográfica.

-Pues se equivoca usted, mi amigo Galindo, si usted cree que á título de Presidente de la Sociedad Geográfica, voy yo á dejarme cansar de usted con su pregunta.

Y diciendo y haciendo se levantó, tomó de uno de los estántes de la Biblioteca un volumen ricamente empastado, y agregó:

-En ese libro, que es el tomo 1 del Boletín de la .Sociedad Geogáfica de Lima, hallará usted todos los escritos relativos á la explicación de esta anomalía; estúdielos, y arréglese usted como pueda con los sabios; pero lo que es á mí, no vuelva usted á importunarme con su pregunta ni á pedirme explicaciones de ninguna clase sobre el particular.

Y para desviar la conversación dió tres largos repiques en el botón del timbre, y pocos momentos después se presentó un lacayo chino, en traje de su país, trayendo, en rico azafate de plata, dos botellas de vino, cuyas burbujas de granate y oro se veían subir al través del diáfano cristal; Jerez y Oporto que habrían podido servirse en la comida del Mariscal de Richelieu al Conde de la Haga; porque ha de saberse que los peruanos, sin guano y sin salitre, no han dejado sus costumbres de gente rica: son los persas de América. -

Había olvidado decir que la Sociedad Geográfica de Lima es un instituto de primer orden en la América del Sur; que está en relación con todas las Sociedades de Geografía, Paleontología, Metereologia, Arqueología, Etnografía y Cartografía, y con todos los observatorios del mundo, en América, Europa, Asia, Africa y Australia; sirve de centro y de depósito de todos los trabajos relativos á la Geografía y á la Historia natural del Perú, á la guarda y estudio de su archivo de límites, y actualmente se ocupa en descifrar, ordenar y poner en limpio los manuscritos de Raimondi, el Codazzi del Perú. La Sociedad divide, con el Ateneo y lá Biblioteca nacional, los espaciosos salones del claustro de San Pedro, el único que en Lima merecería el nombre de Palacio. Allí mismo tiene sus habitaciones el Bibliotecario, D. Ricardo Palma, incansable obrero de la civilización, de las letras y de la libertad.

Vamos, pues, al asunto; pero precedido de una observación que es propia mia: lo demás pertenece á los sabios.

La explicación de la anomalía, que parece tener á su favor todas las probabilidades de la certeza, perceptible al simple sentido común, de la que pudiera decirse que se ve y se palpa, no pasa, sin embargo, de la categoría de hipótesis. ¿Por qué?

Porque no pudiendo sujetarse la experimentación del hecho al método de la concomitancia y de la discrepancia, no puede llegarse á la certidumbre.

Para que la lógica pueda establecer como evidente que dos hechos están en relación de causa á efecto, se necesita:

¡Y, que la observación atestigüe que siempre que bajo el

imperio de ciertas circunstancias se presenta el hecho reputado causa, se produce constante é invariablemente el hecho reputado efecto; y 2º., que retirado de la experimentación el hecho reputado causa, deja de producírse el hecho reputado efecto.

 

 Dícese, por ejemplo, que las mareas son causadas por los cambios de las fases de la luna; y aunque la con concomitancia del fenómeno es constante, como no puede retírarse la luna del mecanismo del Universo, para saber si sin ella no ocurrirían las mareas, no podrá nunca llegarse á adquirir la certidumbre de que esa sea la causa del fenómeno. Pues eso mismo sucede con la teoría que aparece como la más clara explicación de la ausencia absoluta de lluvias en la costa del Perú, como vamos á verlo. Todas estas digresiones eran necesarias para inflar el artículo. Llenado el objeto, saquemos ya al lector de su impaciencia, y digámosle por qué no llueve en Lima. Hé aquí la teoría de Babinet:

Es un principio de física general que toda humedad proviene de la evaporación de las aguas del mar, y que, por consiguiente, la cantidad de lluvias de un país depende de la masa de vapor atmosférico que pueda recibir del mar, en relación directa con los vientos que soplan del Océano.

Ahora bien: el alisio del mar Pacífico sopla uniforme y constantemente, en el hemisferio austral, en la dirección de Australia, y deja sin humedad las costas occidentales de la América meridional, desde el paralelo 21 hasta el 10 (Lima está sobre el 12), que es, según Keemtz, la anchura de la faja de estos vientos en el Pacifico del Sur. Este hecho está plenamente comprobado y admitido.

De donde resulta que las únicas lluvias que pudieran alcanzar al litoral occidental de la América del Sur, comprendido entre los dichos paralelos, serían las que trajeran los vientos alisios del Atlántico, ó mejor dicho, la evaporación de este mar, arrastrada por dichos vientos; pero la fuerza de impulsión de éstos, que obra de norte á oeste, se gasta atravesando oblicuamente la América del Sur, desde las costas de Venezuela, en una extensión longitudinal de más de 2,000 millas geográficas; y después de descargar sus copiosas lluvias en las cordilleras del Brasil, la elevada cadena de los Andes, que corre paralela á la costa, condensa los últimos restos de vapor que aquellos vientos contienen, privando así al litoral peruano comprendido entre los paralelos de los alisios del Pacifico de la única fuente de humedad que pudiera tener su atmósfera.

 

Pero como no podemos cambiar la dirección de los alisios del Pacífico, haciéndolos correr del Océano al Continente, en vez de correr sobre el Océano mismo en la dirección de Australia, para saber si entonces se producirían las lluvias, no podemos afirmar con absoluta certeza que la dirección este-oeste de los alisios del Pacífico, sea la causa de la falta de lluvias en el litoral peruano, aunque parece tan racional, que casi se ve y se palpa.

Renon ha propuesto otra explicación de sabio, más científica quizás, pero no tan clara. Según él, la corriente ascendente del aire es en el litoral peruano tan impetuosa, y conserva tal temperatura, que hace imposible la precipitación de su vapor acuoso, el cual, para pasar al estado liquido, necesita, en opinión del mismo físico, no solamente saturar el aire, sino también cambiar bruscamente de temperatura, circunstancia que no puede existir en aquella atmósfera, porque se oponen sus condiciones especiales; porque aun suponiendo que un exceso de saturación fuese bastante para precipitar en lluvia el vapor atmosférico de ese litoral, necesitaría subir en el verano más de 3,800 metros para encontrar la temperatura de su saturación, como se puede ver por el siguiente cálculo aproximado que extracto del laberinto de su teoría.

Admitiendo que el calor mínimo de las capas inferiores de la atmósfera sea en los arenales de las costas del Perú de 260 en los días de estío, y que la cantidad de su vapor acuoso permanezca en una proporción de 33 por 1oo del punto de saturación, resulta que la tensión del vapor en esas condiciones es de 8'6 próximamente, según las tablas de Augusto; pero este guarismo representa la tensión del vapor, saturando el aire á los 7 grados 9 minutos' de calor, ó sea á la temperatura correspondiente á 3,800 metros de elevacion sobre el nivel del Pacífico. Tal seria, pues, la altura necesaria para que las nubes se encontrasen en condiciones de producir tempestades en el cielo del litoral peruano; pero allí es casi imposible la ascensión de las nubes á tal elevación.

Pero como sobre los fenómenos de cuya causa no podemos adquirir completa certidumbre, lo que importa es conocer la explicación más racional que de esa causa se dé, admitamos la de Babinet, y mio fatiguemos más el entendimiento con hipótesis ó teorías que nunca podrán comprobarse.

ANíBAL GALINDO.

 

DESPEDIDA

 

Como testimonio de mi eterno agradecimiento por las muestras de consideración política y social que durante mi permanencia en el Perú recibí del Gobierno de aquella República y de la culta sociedad de Lima, me es en el más alto grado satisfacorio copiar del número 20,090 de El Comercio de Lima edición de la mañana, correspondiente al jueves 12 de Diciembre de 1895, lo siguiente:

«BANQUETE DE DESPEDIDA

 

«Anoche dió uno, en su domicilio, calle de Plumereros, el señor doctor D Aníbal Galindo, Ministro Plenipotenciario de Colombia en misión especial.

«El señor Galindo vino á Lima á mediados de 1894, con el objeto de negociar con el Gobierno del Perú y el Representante en este país del Ecuador, un tratado por el cual quedaran sometidas a arbitraje las cuestiones de límites pendientes entre las tres Repúblicas. Las negociaciones se iniciaron y continuaron siempre de la manera más cordial, hasta dar por resultado la Convención tripartita que nuestro Congreso sanciOnó en una de sus últimas sesiones de Noviembre.

«Durante su permanencia en esta ciudad, el doctor Galindo se ha hecho apreciar en todo lo que vale, no sólo en los círculos oficiales, sino también en los sociales, á los que se ha ligado de una manera per manente, mediante su matrimonio con una señora limeña.

«Debiendo emprender próximamente su viaje de regreso á Colombia, reunió anoche en sum casa, en una comida, á algunas de aquellas personas con quienes en más inmediata relación le había tocado estar, tales como el doctor Ortiz de Zevalíos, actual Ministro de Relaciones Exteriores, y los doctores Irigoyen y Porras, antecesores de este funcionario; el doctor Olachea, Presidente del Senado; el doctor Villarán, Plenipotenciario del Perú en las negociaciones de la convención de arbitraje; Monseñor Maechí, Decano del Cuerpo Diplómático; el señor Tauco, Ministro Residente de Colombia; los doctores Arana, A. Solar, Gazzani y Carranza, y los señores Palma y Miró Quezada.

«Hacía los honores de la casa la señora Galindo, y al beherse el champaña, en la comida, se dirigió el doctor Galindo á las personas invitadas, en los siguientes términos:

«Señores:

«En la imposibilidad de reunir en esta mesa á todas las personas á quienes por su elevada posición oficial, ó por las atenciones sociales que de otras he recibido, ó por el afecto personal que á otras me liga, habrían debido congregarse en ella, he tenido que limitarme á hacerlas representar.

 

<En el señor Ministro de Relaciones Exteriores y en

su inmediato predecesor el señor Porras, al Jefe del Estado y demás miembros del Gobierno.

«En el señor Irigoyen y el señor Candamo (por desgracia ausente), Ministros de Relaciones Exteriores de las dos últimas administraciones, á las diversas parcialidades políticas del Perú, todas igualmente benévolas y amistosas para con mi país.

«En mi colega, el doctor Villarán, á la representación del Perú en las negociaciones de la convención de arbitraje, y á la fraternidad de este país y Colombia, simbolízada por los dos pabellones que véis entrelazados en este comedor.

«En el ilustre representante de la Santa Sede, Decano del Cuerpo Diplomático, á mis honorables colegas, á todos los cuales presento las respetuosas expresiones de mi personal consideración.

«En el señor Presidente del Senado y en los señores Arana, Carranza y Solar, al Congreso de la República, actualmente reunido, y á quien debe Colombia la inequívoca prueba de deferente amistad que acaba de recibir con la aprobación del pacto de arbitraje sobre delimitación de fronteras, que en hora de inefable ventura para mí, me trajo á Lima.

«Y en los señores Miró Quezada y Palma, á dos de los más conspicuos representantes de la prensa y de las letras peruanas.

«Brindo, pues, señores, para ofrecer este modesto banquete en nombre de mi Gobierno, igualmente representado aquí por su Ministro Residente el señor Tauco, y en el propio mío, por la salud del Excelentísimo señor Presidente de la República, y por la prosperidad del Perú.

 

<El señor Ortíz de Zevallos contestó:

Señores:

<Placer inefable es para mí el poder unir en este brindis sentimientos de particular afecto á los que, con igual propósito, debo expresar á nombre de mi Gobierno y del pueblo peruano.

«Al alejaros de nuestras playas, podéis estar seguro, señor doctor Galindo, que dejáis en este suelo un recuerdo imperecedero.

«Vuestras cualidades personales agruparon á vuestro rededor amigos que os tendrán siempre en la memoria, y vuestro reconocido americanismo será para todo hombre de corazón prueba de que en el continente de Colón, no se han extinguido los sentimientos que unieron á nuestros padres, en horas de prueba, y que debieran servirnos siempre de ejemplo en la marcha futura de nuestras jóvenes Repúblicas.

<Colombia no pudo encontrar mejor intérprete que vos de esos sentimientos y aspiraciones, y al agradeceros los votos que hacéis por la prosperidad del Perú y de Su Excelencia el Presidente de la República, permitidme que, con igual efusión, los haga por la ventura personal del Excelentísimo señor Presidente de la República de Colombia, y por el engrandecimiento de esa simpática nación, siempre amiga del Perú.>

 

«Habló luego Monseñor Macchi, y dijo:

<Excelentísimo señor Galindo:

<Al separaros de nosotros, una doble satisfacción debe llenar vuestro ánimo: la del deber concienzudamente cumplido para con vuestra patria, y la del aprecio que habéis sabido conquistaros en medio de la culta sociedad limeña. En otros términos, el éxito más completo lía coronado vuestros esfuerzos, y el espíritu de compañerismo nos hace participar también á nosotros de ese íntimo deleite que ahora experimentáis.

«Un sentimiento de tristeza, muy natural en los que saben apreciar y agradecer en tierra extraña los halagos de la hospitalidad, viene á mezclarse á vuestro legítimo placer; pero Lima os ha dado también una esposa que compendia en sí las virtudes y prendas que sos mejores hijas, y ésta con su cariño mantendra en vos siempre viva la memoria de la estimación del Perú hacia vuestra persona.

«Señores, porque nuestro estimado amigo y su digna señora puedan por largos años y en medio de la mayor felicidad doméstica, recordar nuestro respetuoso afecto y la gratitud con que hemos concurrido á esta amabilísima invitación.»

«La fiesta del doctor Galindo, que fué amenizada por los acordes de una magnífica orquesta dirigida por el maestro Pedro Fernández, se prolongó hasta las once de la noche.>

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