LA CORTE SUPREMA DE JUSTICIA
Aunque, como se ha visto, yo, en asocio de los demás Secretarios
de Estado, rechacé la evolución de la reelección del señor Otálora,
y á pesar de mis antiguas é íntimas relaciones de amistad con el
doctor Núñez, que perduraron hasta su muerte, fiel á mis
tradiciones de partido, y por propio decoro, me consideré
políticamente caído en 31 de Marzo de 1884, en que terminó la
Administración del señor Otálora; y como tenía que trabajar para
vivir, abrí, después de muchos años de cerrado, mi estudio de
abogado, el cual pronto tuvo valiosos negocios á su cargo; y allí
permanecí trabajando, como el último de mis colegas, durante los
años de 1884, 1885, 1866, 1887, 1888, 1889, 1890, 1891 y 1892,
hasta que á principios de 1893 (Enero, me parece), fui un dia
sorprendido con la entrega de un pliego del Ministerio de Justicia
en que se me comunicaba el nombramiento, en propiedad y de por
vida, conforme á la Constitución, que el Presidente de la República
había hecho en mí, de magistrado de la Corte Suprema de
Justicia.
Dadas las prácticas de la exclusión política de los gobiernos de
partido, debo confesar que no dejó de sorprenderme tan alta
designación; y tanto para dar gracias por ella, como por indagar ó
conocer los motivos que el Excelentísimo Señor Presidente hubiera
tenido en consideración para hacer este nombramiento, me dirigí al
Ministerio de Justicia, á cargo del distinguido joven y muy
estimado ámigo mío doctor Emilio Ruiz Barreto, quien á la primera
pregunta que sobre el particular le hice, me dijo: que él se había
permitido manifestar al señor Caro, que habría sido conveniente
tocar conmigo antes de hacer el nombramiento, para saber si yo no
tenía inconveniente alguno en aceptarlo; pero que el señor Caro le
había contestado que no; que él se limitaba á cumplir su deber,
llenando el puesto con persona á quien creía competente para
desempeñarlo; que el señor Galindo, por su parte, cumpliera
libremente con el suyo, como á bien tuviera.
Aunque yo hubiera llegado al Ministerio con cualquier duda sobre
la aceptación del destino, desde el momento en que oí las palabras
del señor Ruiz, toda vacilación debía cesar. ¿Por qué? Porque el
señor Caro, persona con quien carecía de relaciones, con quien
había vivido separado en contrarios campos políticos durante todo
el curso de mi carrera pública, y á quien personalmente no debía yo
ser grato, por la exageración de mís opiniones en asuntos
eclesiásticos, este señor, sin otra consideración que la de
juzgarme moral y profesional-mente idóneo para el desempeño de tan
elevado cargo, mandaba á conferirme una ejecutoria de honorabilidad
y probidad en mi carrera pública; y era imposible, so pena de ser
muy mal caballero, devolvérsela.
La acepté, pues, con la conciencia satisfecha de que obraba
bien, tanto por el motivo de decencia que dejo expuesto, como por
contribuir, ya que el Presidente daba el ejemplo, á romper ó
principiar á romper con las brutales, salvajes é infames
imposiciones de los odios de partido, llevados á un grado tal de
exageración, que hacen imposible el advenimiento de todo espíritu
de civismo, conciliación y moderación para el gobierno de la
República. Mi ánimo fué permanecer en la Corte por poco tiempo,
pues nunca une he creído con vocación para el oficio de juez; pero
atravesóse el conocimiento de una causa de mucha gravedad, ante la
cual habría sido cobardía renunciar-la Magistratura civil- también
tiene honor militar,-y hube de permanecer en la Corte hasta que,
fallada esa causa, presentóseme, en 1894, decente oportunidad de
dejar el puesto. Tan cierto, -como que, á mi regreso del Perú en
1896, habiendo ocurrido nueva vacante, volví á ser nombrado
magistrado, en propiedad, por el mismo señor Caro; pero como ya no
mediaban las mismas circunstancias, rehusé cortésmente su
aceptacion.
He dicho que el señor Caro me enviaba con la magistratura una
ejecutoría de nobleza en mi carrera pública, y así es la verdad,
porqué la Corte Suprema, fuera de ser por la Constitución el más
alto tribunal de justicia de la Nación, se ha conservado siempre,
desde la fundación de la República, á tal altura de respeto en la
conciencia nacional, que la lengua empozoñada de la calumnnia misma
no ha podido mancharía, lo mismo con D. Diego Fernando Gómez, José
Maria de la Torre Uribe, José Ignacio de Márquez, Rufino Cuervo y
Rito Antonio Martínez, que con Manuel Murillo, César Conto y José
María Rojas Garrido.
El Poder Judicial representa, conforme á los más triviales
principios de Derecho Público, el Poder neutro, encargado de
administrar justicia, «de dar y compartir á cada uno su derecho
igualmente.» Es en teoría, en principio, el Poder delante del cual
nadie vive de la caridad ajena, sino de su derecho; de tal manera
que, cualquier hombre, cualesquiera que sean sus opiniones
políticas y filosóficas, puede aceptar el cargo de juez bajo
cualquier forma de Gobierno, con tal, únicamente, de que el Código
de leyes que él va á aplicar, no viole los principios tutelares del
derecho común de la humanidad, realizados ya en el seno de la
civilización universal. Yo puedo mañana aceptar un puesto de juez
bajo la monarquía inglesa, ó bajo la española, ó la italiana, ó la
belga, y jurar su Constitución para el cumplimiento de las leyes
que debo aplicar á las causas sometidas á mi decisión, sin afectar
en nada mis opiniones republicanas; pero es claro que no puedo ser
juez en Marruecos, ni en Persia, ni en Turquía, para ir á aplicar,
bajo la presión del despotismo, leyes aberrantes en pugna con la
civilización cristiana.
Sin embargo, tan pronto como fué del dominio público mi
aceptación de la magistratura, reunióse en Medellín un Definitorio
ó Sínodo de radicales energúmenos, gentes en su mayor parte
anónimas, que aún no habían nacido cuando yo había ido ya á
ofrendar mi vida en los campos de batalla en servicio del partido
liberal, y lanzó sentencia de excomunión contra mí, despidiéndome
del partido con estas palabras: «un liberal menos y un empleado
más,» sentencia que fué confirmada por la tácita aquiescencia de
toda la prensa radical.
Seguro estoy de que sí en mi lugar hubiera sido nombrado alguno
de los Caballeros de la Mesa Redonda del Radicalismo, la prensa
radical en coro habría dicho que aquel caballero había consentido
en hacerle al Gobierno el honor de aceptar el puesto.
Y por qué? Con qué derecho? Tiene alguno de los excomulgadores
una hoja de servicios mejor que la mía en obsequio de la libertad y
de los intereses permanentes de la Nación?
Sírvase mostrarla, pero enumerando y comprobando, como lo hago
yo en este libro, dichos servicios.
A mi padre no le cabía el plomo español en el cuerpo, desde
Jenoy, Guachi y Yaguachi, hasta Pichincha.
Todos mis grandes tios, inmensamente ricos, se lanzaron en la
revolución de la Independencia y gastaron su fortuna en su
servicio, sin haber reclamado nunca indemnización de ninguna clase.
Algunos de ellos, como D. Joaquín, llamado El Buey, y D. Felipe
Terreros Galindo, fueron misericordiosamente condenados á presidio,
por insurgentes, y la plaza mayor de Bogotá fué empedrada por
ellos.
Gran tío mío era el gallardo Coronel D. Fernando Galindo, el
defensor de Piar ante el Consejo de Guerra que inicuamente lo
sacrificó á los odios de Bolívar, sin perjuicio de haber caído
muerto, como Jefe de día, haciendo la ronda de servicio al rededor
de la hamaca del Libertador. en la aciaga noche del Rincón de los
Toros.
Y gran tío mío fué el General León Galindo, de los libertadores
del Perú, cuya descendencia vive aún en Bolivia.
Por manera que si Colombia fuera imperio, yo sería duque, y
muchos de mis gratuitos detractores y perseguidores no pasarían de
simples pecheros.