II. DISPERSION .
Comprobada de modo indudable la presencia del cocotero en
Burica, Natá y Chimán, puntos todos de la costa panameña
meridional, y cerca de Puerto Quemado en la costa chocoana, se
tratará de investigar cómo se verificó la dispersión de la especie
a otros lugares de América.
Costa del Pacífico.
|Méjico.
Bruman ha publicado un documento muy valioso, que prueba la
inexistencia del cocotero en el asiento de la ciudad de Panamá,
veinte años después del viaje de Espinosa a Burica. Al explicar
dicho autor el probable origen de los cocales beneficiados en
Colima, costa suroeste de Méjico, para la obtención de vino de
palma, hacia el tercer cuarto del siglo XVI, publica una carta,
fechada en Panamá a 18 de abril de 1539, dirigida a Hemán Cortés
por Alvaro de Guijo, carta rica en datos que se transcribe con
cambio de ortografía: "Yo supe que allá no hay esta fruta
que acá llamamos cocos, e hice ir un barco mío por esta costa donde
estaba una palma dellos, y no trajo de sazón sino hasta dos docenas
que envío a V. S.. Algunos de los más curados podrá V. S. mandar
sembrar, ya mi parecer será bien ponerlos muy someros, porque ellos
se nacen donde la mar los suele echar. Siendo V. S. servido, bien
se podrán enviar otra vez más, y algunos nacidos" (Bruman:
HAHR, 1947, 27: 572-573). Lo cual revela: 1) Que no había palmas de
coco en la ciudad de Panamá y sus cercanías para 1539, veinte años
después de su fundación, en una época en que era muy activa la
navegación para el Perú, y pasaba mucha gente por Panamá con aquél
rumbo. Inclusive hasta mediados de ese siglo, no las mencionan
Cieza, Benzoni y otros viajeros que han escrito sobre Tierra Firme.
2) Que en algún punto no especificado de la costa sur del istmo
(Chimán o tal vez en alguna de las islas?), pero a suficiente
distancia de la ciudad de Panamá como para que se justificara el
envío de un barco, había una palma de cocos, pues Alvaro de Guijo
sólo pudo obtener cerca de dos docenas de nueces maduras. 3) Ya se
sabía que para que las nueces germinaran bastaba colocarlas a medio
enterrar: esto indica adecuada observación de los hábitos de la
especie. 4) Se sugiere que la difusión del cocotero hacia áreas
distintas de aquellas en que fue encontrado subespontáneo en
Panamá, pudo acelerarse despachando nueces germinadas, o lo que es
lo mismo, palmas pequeñas.
No se sabe si se continuaron mandando nueces desde Panamá hasta
Méjico, aprovechando especialmente el intercambio marítimo que hubo
entre las dos regiones durante la época azarosa de las guerras
civiles del Perú, o sea en la cuarta década del siglo XVI. Parece
poco probable que los escasos frutos enviados en 1539 por Alvaro de
Guijo hubieran sido suficientes para dar origen a una población
cocotera tan importante como la que había en Acapulco y Colima
desde principios del último cuarto del mencionado siglo (Bruman:
HAHR, 1945, 213; Sauer, 1948, 66). Con el establecimiento de la
navegación mercante regular entre Acapulco y las Filipinas, que se
inició en 1565, debieron presentarse nuevas oportunidades para
introducir semillas desde ese archipiélago. El protomédico
Francisco Hernández, quien llegó a Méjico en la época en que se
iniciaba ese tráfico, habla ya de las palmas enanas de las
Filipinas, que apenas brotan de la tierra dan fruto (Hernández,
1943, II, 510). El naturalista Francisco Ximénez, seguidor y
comentador de Hernández, menciona en 1615 la presencia de cocoteros
en Calima y en Zacatula (Ximénez, 1888, Mor., 40). Al vino de coco
se le atribuían propiedades maravillosas (Gage, 1946, 11). Para
fines del siglo XVIII esta industria en Colima estaba en decadencia
(Alcedo, 1786, I, 613).
Guatemala.
En un catálogo de plantas medicinales usadas por los indios de
Guatemala, Francisco Antonio de Fuentes y Guzmán habla del coco sin
particularizar nada sobre su introducción y su dispersión en
Centroamérica (Figueroa Marroquín, 1957, 109-110).
Nicaragua.
Dice Oviedo que de Burica, donde estuvo y donde comió cocos,
"llevé muchos adelante a Nicaragua" ( Oviedo y
Valdés, 1851, I, 337). Ello debió ocurrir a principios de 1528.
Panamá propio e islas.
Figuran los cocos entre las "frutas de
árboles" en la relación de Panamá de 1607 (Serrano y Sanz,
1908, 147). En el tiempo en que Gage estuvo allí ( 1637), el agua
de coco era la bebida predilecta de las damas (Gage, 1946,292).
Para 1857 abundaban los cocos en jurisdicción de esa ciudad
(Wagner, M., 1943, 264).
Como se vio ya, Ruiz de Campos dice que los había en 1631 en
Taboga e islas vecinas, en las islas Secas, en el grupo de La
Parida, y naturalmente, en Burica (Ruiz de Campos: Cuervo, 1892,
II, 20, 49, 50, 51-52). Según Dampier, abundaban los cocoteros en
la parte norte de la isla de Taboga (Dampier, 1927, 133), donde hay
ahora muy pocos.
En el último cuarto del siglo XVIII se menciona el coco en las
islas del archipiélago de Las Perlas, y en toda la jurisdicción de
Panamá "es general en las provincias e islas la abundancia
de cocos y plátanos. Del coco extraen los naturales la leche para
su alimento y la manteca para alumbrarse..." (Cuervo,
1892, II, 345; 353). La especie había dado origen a varios
topónimos: una ensenada del Cocal al sur del Puerto de Piñas
(Cuervo, 1892, II, 5) y una punta de Cocos, al sureste de la isla
del Rey (Ibid., 153). Además, entre la desembocadura del río Bayano
y el golfo de San Miguel existe un río Chinina; bajo este nombre se
conoce en la costa colombiana la mancha de la hoja del cocotero
(
|Pestalozzia? ).
Todavía a mediados del siglo XIX abundaba más en la costa del
Pacífico que en la del Atlántico (Reclus, A., 1958, 63, 305,
314).
Manglaria
En la región de los manglares, al sur del cabo Corrientes, ya se
dijo que hay dificultades topográficas y ecológicas para el cultivo
del coco. A pesar del comercio activo, legalizado en cortos
períodos, y más comúnmente clandestino, que hubo por el Dochara, de
modo especial por la boca de Charambirá, y a pesar de la
oportunidad de frecuentes comunicaciones con otros puntos de la
costa, lo cierto es que aun en la actualidad, se encuentran pocas
palmas de estas en la cuenca de ese río o en su delta.
A la región del golfo de Tumaco debió llegar el coco desde el
cercano litoral ecuatoriano, y como es natural en una época algo
tardía (véase adelante). En la década 1750- 1760 el misionero Juan
de Santa Gertrudis Serra dice haber visto una palma en el río Gualí
(Telembí) (Serra, 1956; II, 135-136), y otras en la plaza de Tumaco
(Ibid., 150), y en el río Verde, al norte del Esmeraldas (Ibid.,
154). En 1819 eran magníficos los cocos en Tumaco, cuyos habitantes
los usaban mucho (Mellet, 1823, 223).
Son algo confusos los datos referentes a la isla de la Gorgona.
Cuando Francisco Pizarro estuvo allí en 1527 por varios meses,
esperando refuerzos de Panamá, él y los "trece de la
fama" que lo acompañaron, tuvieron que sustentarse con
culebras, mariscos y alimentos de emergencia ( Garcilaso, 1944, I,
39; Medina, 1895, VII, 92). En la segunda mitad del siglo XVII
(1686) las relaciones de las expediciones piráticas que tenían esa
isla como punto de refresco, no hablan de la existencia de
cocoteros, a pesar de que los aventureros del mar conocían el valor
de las nueces para los viajes (Dampier, 1927, 123; Wafer, 1888, 40;
Ringrose, 1945, 310- 311 ). El misionero Serra, de quien se han
visto informaciones sobre algunas palmas de coco en Tumaco y la
costa cercana del sur, dice también -sin haber estado en la isla-
que en la Gorgona había cocoteros en abundancia. De creerle, allí
calafateaban sus navíos con estopa de coco algunos piratas
ingleses. Jorge Anson habría dejado en esa isla un tesoro escondido
(Serra, 1956, II, 189-190).
Anson ni siquiera tocó en la Gorgona, pues del puerto peruano de
Paita, capturado e incendiado por él, zarpó el 16 de noviembre de
1741; pasó frente a la isla del Gallo el día 25, y el 3 de
diciembre llegó a la isla de Quibo en la costa sur de Panamá para
refrescar (Walter, R., 1748, 207,213-214). El relato de la
expedición de Malaspina en 1790 consigna que sólo se encontraban en
Gorgona leña y plátanos (Cuervo, 1892, II, 143-144).
Costa equinoccial.
Se puede conjeturar que la dispersión del cocotero en la costa
ecuatoriana tuvo lugar a partir de Burica, a donde -para tomar agua
y leña- tocaban primero los navíos que, saliendo de Panamá, se
dirigían al sur. Se hacía esto para evitar los vientos y las
corrientes dominantes que retardaban la navegación costanera (
véase lo relativo a navegación marítima en otro volumen). Con mayor
razón se podían cargar cocos, que duran varios meses sin dañarse,
una vez que los navegantes aprendieron a conocer las cualidades de
esa nuez como alimento y como bebida.
Para 1617 en que Juan de Herrera y Montemayor hizo un
desafortunado viaje de negocios de Méjico al Perú, durante el cual
naufragó cerca de la costa ecuatoriana, él y sus acompañantes que
siguieron por tierra hacia el sur, desde la Punta de Galera, en
Atacames, hasta Coaque, fueron salvados de morir de hambre por
haber encontrado una sola palma de cocos, con cuyas nueces pudieron
refocilarse. Este hallazgo tuvo lugar el 11 de diciembre de 1617, y
los náufragos venían caminando por la costa desde el 28 de
noviembre anterior; el lugar, poco al norte del pueblo de Coaque, a
donde llegaron el 16 de diciembre (Herrera y Montemayor: Vargas
Ugarle, 1947, 19, 54-55, 68; Bruman. AAm, 1944, 240- 241 nota). O
sea, que casi un siglo después del descubrimiento de los cocales de
Burica, apenas una palma se encontraba en el litoral ecuatoriano,
donde más tarde abundaron, pues Julián Mellet encontró en 1819 en
Atacames playas enteras en extensión de cinco a seis leguas llenas
de cocoteros (Me- llet, 1823, 220).
"Palmas de cocos" había en Guayaquil a
principios del siglo XVII, según la relación geográfica de 1607
(Torres de Mendoza, 1666, IX, 251 ), Se encontraban una centuria
después, tanto en el recinto de Ciudad Nueva y Ciudad Vieja, como
en hileras que flanqueaban el puente de madera hecho en 1710 para
unir ambos sectores. Figuran entre los productos exportables de
dicha ciudad y jurisdicción (Alcedo y Herrera, 1946, 6, 17); eran
comunes en Yaguachi, Puerto-Viejo, Bababoyo y Daule (Ibid.,
50-51,56, 67, 76). En su descripción de Quito de 1754, el marqués
de Selva Alegre habla también de cocos en las riberas del Guayas
(Montúfar y Frasco, 1894, 157; Humazo, 1949, VI, 89; 298), Entre
las presas capturadas por Anson, el 5 de noviembre de 174l frente a
Barranca en la costa peruana, tomó el buque "Santa Teresa
de Jesús", que iba de Guayaquil a Lima con varios
productos, entre ellos cocos (Walter, H" 1748, 177), lo
que demuestra que para entonces eran ya objeto de comercio ambiguas
son las informaciones de Velasco, por su prurito de rebautizar las
palmas americanas con nombres quechuas inventados por él (Velasco,
1927, I, 62-63). Para fines del siglo XIX el coco mantenía su lugar
como producto guayaquileño (Baleato, 1887,54).
Perú no debió ser uno de los "otros lugares de
Indias", fuera de San Juan de Puerto, Rico, donde vio
cocos el historiador Acosta (Acosta, 1940, 297), pues exepto en
Túmbez, no hay condiciones propicias para esa palma en la costa
peruana. Cobo manifiesta categóricamente que ni ellos ni las piñas
se dan en ese litoral (Cobo, 1890, I, 183), aunque para la ultima
especie otros autores digan lo contrario. En el parágrafo D) se
estudiarán los datos generales de este autor.
Area circuncaribe.
|
A) Región litoral.
Si tardía fue la dispersi6rl del coco en el litoral pacífico, no
lo fue menos en el caribeño. No se menciona en ninguno de los
documentos descriptivos que se conocen sobre la costa panameña del
Atlántico en todo el siglo XVI. En su último viaje Cristóbal Colón
llegó a la parte del istmo donde empieza el archipiélago de las
Mulatas, de donde siguió rumbo a Jamaica, y no menciona los cocos
(Colón, H., 1947,309). Tampoco figuran en la
"Suma" de Enciso, ni en los relatos, cartas o
informaciones sobre los primeros establecimientos de Ojeda,
Nicuesa, Heredia y Bastidas. No había ningún obstáculo insalvable
,para que, si los pueblos ístmicos hubieran tenido por el coco el
aprecio que le dispensaron los polinésicos y sur-asiáticos, lo
hubieran dispersado por ambas costas de Mesoamérica. Ni aun la
hostilidad entre las diversas tribus hubiese sido óbice para la
migración de un vegetal tan extraordinario, como no lo fue para la
yuca, el maíz, el pijibay , y tantos vegetales que pasaron de unas
naciones a otras, a pesar de sus rivalidades y guerras, aunque
fuera en calidad de botín.
Costa centroamericana.
En Trujillo ( Honduras) había a principios del siglo XVII,
"cantidad de palmas de Coco" (Vázquez de
Espinosa, 1948, 226).
Bahía del Almirante a río
Atrato.
La relación del reconocimiento de la bahía de Bocas del Toro,
hecho en 1787 por el navegante Fabián Avances, dice que en las
islas de dicha bahía hay...cocos, sin más cultivo que el que
la naturaleza les suministra" (Cuervo, 1891, I, 335;
Femández, 1907, X, 233). Otros documentos mencionan la existencia
de indios tójares en la llamada isla del Coco, situada en la bahía
del Almirante (Fernández, 1886, V, 498). El pirata Exquemelin,
aunque no alude a los cocoteros, dice que en Bocas del Toro, había
indios no sometidos (Exquemelin, 1945, 235), lo que indica que la
región no era despoblada.
En la parte central de la costa panameña, al oriente del río
Chagres, parece haber sido muy tardío el establecimiento del coco.
Dice Eliseo Reclus que para 1855 en que estuvo en Portobelo había
unas pocas palmas reclinadas sobre el mar (Reclus, E., 1881, 27).
Pocos años más tarde Armando, hermano del ilustre geógrafo, da
cuenta de que en Colón, estación inicial del ferrocarril
transístmico, sólo crecían contados cocoteros logrados con gran
trabajo (Reclus, A., 1958, 20).
Para fines del siglo XVII Lionel Wafer , hablando de Panamá y de
sus archipiélagos, asevera que "hay árboles de coco en las
islas, pero ninguno en el istmo, que yo recuerde" (Wafer,
1699, 87;-----, 1704, 68;----- , 1888, 32-33); mas no especifica si
las islas son las del Pacífico o las del Atlántico. Otros relatos
de piratas son deficientes o desorientadores. Dampier, al describir
las islas Samballas (San Blas) y dar cuenta de sus productos, omite
mencionar entre ellos al coco (Dampier, 1927, 25,27). Ringrose
afirma solamente que los indios cambiaban plátanos y
"otras frutas", a trueque de herramientas y
bujerías (Ringrosef 1945, 266-267; De Candolle, 1886, 431 ). Aun
sería lícito pensar que los cunas se dedicaron a cultivar coco
desde fines del siglo XVII, como consecuencia de sus contactos con
los piratas, a quienes a veces acompañaban en sus viajes.
En una relación sobre el Darién de 1699 se dice: "Aquí
crece aquel famoso árbol llamado cocotero (cocur-nute-tree), que
suministra al mismo tiempo comida, vestuario y todo lo necesario
para la casa" (Blackwell, 1699, 3). Esto parece un eco
remoto de las descripciones literarias y geográficas sobre el
Oriente, pues no hay constancia de que la fibra del coco, bajo
ninguna de sus formas, se usase por los indios del Darién en
aquella época. Es preferible aceptar la escueta información de
Wafer , quien convivió con los indios y conoció bien sus costumbres
y sus cultivos. De Portobelo a la desembocadura del Atrato, la
expedición de Fidalgo de fines del siglo XVIII, señala algunos
topónimos: varias Puntas de Cocos; río Ypercantí o de Cocos;
ensenadita y cayito de La Coquera; cayos de Coco Bandera y Coco
Alto, y cayito de Coco Ancho (Cuervo, 1891,I, 268,270; 228; 236,
256; 246,257; 1892, II, 282, 295; Alcedo, 1786, I, 604). Cocoteros
aparecen señalados en otros lugares de la misma costa. (Cuervo,
1891, I, 245, 248, 250, 254, 264).
Eliseo Reclus al hablar de las Mulatas, a Cuya vista pasó en
1855 y de las cuáles alcanzó a contar más de sesenta islas, dice
que todas ellas estaban cubiertas de cocoteros, cuyas semillas
habían sido traídas por las ondas, desde cuando 10s españoles
introdujeron esta palma al continente americano; y que a1gunas
islas son tan pequeñas, que las cinco O seis palmas que a duras
penas caben en ellas, las transforman en grandes abanicos (Reclus,
E., 1881, 35-37).
El cultivo del cocotero se ha convertido en la principal
actividad económica de los indios cunas (Wafer, 1888, 82), que lo
benefician en forma comunitaria (Wavrin, 1937, 70). Los indígenas
del Truandó iban a la costa occidental a conseguir, los endocarpos
para hacer vasijas y cucharas, a mediados del siglo XIX (Michler,
Tbe Darien Ship Canal, 1860- 1861. Gordon, 1957, 28). Es digno de
señalarse que en el Darién se usa colgar los cocos en las viviendas
o cerca de ellas, para que germinen al aire libre (Puig, s. f.,
10). Esta costumbre, también conocida en la costa colombiana del
Pacífico, es tradicional en algunas regiones del Asia suroriental
(Munro y Brown, 1920, 29-30; Copeland, 1931, 132-133).
|Río Atrato a golfo de Venezuela.
Cuando el geógrafo Striffler navegó la primera vez aguas arriba
del Sinú en 1843, halló cocos en las terrazas más elevadas, desde
el punto de Comisario hacia el sur, hasta Montería (Striffler,
1958?, Cer., 99) El mismo autor en su monografía sobre el río San
Jorge, dice que el cocotero era algo escaso en boca Gallina y más
frecuente en Jegua (Striffler, 1958, Mont 67). Hoy se planta hasta
la altura de Uré en el Sinú; pero no por los grupos chocoes
remanentes (Gordon, 1957, 17).
Según e] cronista Simón, había cocoteros en Cartagena a
principios del siglo XVII (Simón, 1953, IX, 200), cosa que repite
en 1701 otro autor (Zamora, 1945, III, 71). Jorge Juan y Antonio
Ulloa, describiendo las producciones de esa provincia en la primera
mitad del siglo XVIII, aunque mencionan los cocos, no refieren
sobre ellos nada de particular (Juan y Ulloa, 1748, I, 68). Juan de
Santa Gertrudis Serra, quien llegó a la costa de Cartagena a
mediados del mismo siglo XVIII, señala la presencia de cocos en el
perímetro de la ciudad (Serra, 1956, I, 38-39), y en Pasacaballos
(Ibid., 50-51). Menos concretos en cuanto a localidad, pero
referentes a Cartagena, son los datos de Gilii (Gilii, 1955, 77). A
fines de ese mismo siglo, Antonio de la Torre Miranda, el fundador
de lo mayoría de los pueblos del actual departamento de Córdoba,
incluye los cocos entre los vegetales espontáneos de la región
limitada al occidente por el Sinú, advirtiéndose que dice lo mismo
de otros frútales que no lo son sino cultivados (Torre Miranda,
1794, 19. 30). La expedición de Fidalgo enumera los cocos entre los
productos valiosos de Cartagena y en general de las márgenes del
Magdalena (Cuervo, 1891. I, 120 nota, 83 nota). José Ignacio de
Pombo propuso que se cultivaran palmas oleaginosas, entre ellas el
coco; aunque para él ésta no era la más importante, sino la
"milpesos" (pombo, 1810, 95).
En la década 1850-18QO Eliseo Reclus vio cocoteros en cantidades
limitadas en Cartagena y su anexo de La Popa (Reclus, E., 1881, 45,
56); en Barranquilla, recién establecida entonces (Ibid., 80), y
una palma solitaria en el delta del Magdalena (Ibid., 84)"
Un cocotero joven en Sabanilla y varios en Barranquilla observó en
1854 un botánico de Boston (Holton, 1857. 33, 36).
En Santa Marta, en el período colonial solamente Julián menciona
el coco, y aun lo pone entre los productos exportables, cosa que no
se debe tomar muy en serio, pues también dice que los dátiles lo
eran (Julián, 1787,280). Ciénaga aprovisionaba de cocos a Santa
Marta a mediados del siglo XIX (Reclus, E., 1881, 113). En toda la
costa desde Santa Marta hasta Riohacha había una sola palma en
Guásima, diez leguas al oeste de la última ciudad (Ibid., 265-266),
donde sí existían varias (Ibid., 218).
Costa de Venezuela.
No hay necesidad de entrar en discusiones sobre la afirmación
inválida y no documentada de Besson de que el cocotero era indígena
en las riberas del lago de Maracaibo (Besson, 1943, I. 239). En el
período republicano, los guajiros de la costa oriental se dedicaron
a este cultivo. Jahn dice que entre Sinamaica y Santa Teresa había
en su tiempo grandes cocales, lo mismo que en Punta Espada (Jahn,
1927, 158, 154-155). La población de Sinamaica se hizo en el último
cuarto del siglo XVIII (Torre Miranda, 1794, 70).
Una relación descriptiva de Coro de 1768 incluye el coco entre
las frutas cultivadas (Altolaguirre y Duvale, 1908, 210).
Era conocido el cocotero en el valle del río Unare, para el
primer cuarto del siglo XVII (Vázquez de Espinosa, 1948, 70).
En Cumaná encontró Humboldt en 1799 algunas palmas en la ciudad
y una industria ya establecida de extracción de aceite de coco en
el golfo de Cariaco; había allí haciendas con ocho a nueve mil
palmas (Humboldt, 1941, I, 399; 1941, II, 150-152).
Una punta de la costa oriental de la isla de Trinidad se llamaba
en el siglo XVIII punta del Coco (Alcedo, 1786, I, 605).
Guayanas.
Aublet menciona la existencia de palmas de coco en Couron,
Guayana francesa (Aublet, 1775, II, 973). Dice que la especie fue
introducida por misioneros (Ibid., II, Mém., 102).
B)
|Región insular.
Antillas.
No se han podido encontrar documentos que se refieran al coco
durante la primera mitad del siglo XVI ni en las Antillas, ni en la
costa centroamericana, ni en el golfo de Méjico. Da poca luz sobre
la introducción de esa palma a las Antillas la descripción
apologética que sobre el Nuevo Mundo hizo el comendador Juan de
Ovando, pues aunque menciona los cocos, no especifica lugar, y lo
hace Juntamente con otras plantas, tanto americanas como
introducidas ( Cappa, 1890, VI, 392). Pedro Mártir es el primero
que refiriéndose a los cocos, en el mismo pasaje en que habla de
ellos eh Natái concluye: "Dicen que de otras regiones de
Indias, donde son nativas, han sido llevadas [las semillas] a la
Española ya Cuba, como alguna vez lo dije de los árboles que crían
la canela, y de las islas al continente, hasta llegar a aquellas
partes del Sur [Natá]" (Anglería, 1944, 452). La
inconsecuencia de esta suposición salta a la vista, si se tiene en
cuenta que los primeros informes sobre el coco en América se
refieren a la costa sur y no a la costa norte de Panamá ni a las
Antillas.
Más seguro es el dato del bachiller Lara en su relación de
Puerto Rico de 1582. Se atribuye en ese documento la introducción
de las pintadas o gallinas de Guinea, que habrían sido
"echadas a mano el año de quarenta y nueve", a
Diego Lorenzo, canónigo de Cabo Verde, "que fue el que
trajo los árboles de coco para esta ysla que an multiplicado en
abundancia. .." (Latorre, 1919, 47, 48). No se aclara si
los cocos fueron traídos el mismo año que las pintadas, pero debió
ocurrir así, si ya eran abundantes las palmas en la época en que se
escribía la relación (López de Velasco, 1894, 129; Cappa, 1890, V,
16-17). De donde resulta que, si no a todas las Antillas, a Puerto
Rico el coco vino de Africa, y no de Panamá. En 1590 decía Acosta:
"Vi estos árboles en San Juan de Puerto Rico y en otros
lugares de Indias. .." (Acosta, 1954, 120). Este es uno
,de los pocos lugares americanos en que registra la existencia de
cocos el franciscano Francisco Jiménez a principios del segundo
cuarto del siglo XVII (Ximénez, 1888, Mor., 40); no se sabe si por
influencia de Acosta, que era autor muy leído entonces. De 1815 a
1827 se exportaron de Puerto Rico 188.048 nueces" (Colón,
D., 1930; 92).
Para las Antillas en general se habla de
"cocos" en un resumen geográfico hecho sobre
relaciones (López de Velasco, 1894, 95).
Palmas de coco había en La Habana, en el primer cuarto del siglo
XVII (Vázquez de Espinosa, 1948, 96).
Entre las plantas de la isla Española incluyen los cocos las
relaciones de Luis Jerónimo de Alcocer (1650) y de Fernando de
Araújo y Rivera (1699), sin destacar nada de particular sobre ellos
(Rodríguez-Demorizi, 1942, I, 206, 301). Sánchez Valverde en la
segunda mitad del siglo siguiente lo menciona de pasada, dando como
razón que es un género "que contribuirá poquísimo al
comercio" (Sánchez Valverde, 1947, 58).
Según Hughes (1672), en su tiempo el cocotero estaba difundido
en Jamaica y en las más de las Antillas; había muchos en uno de los
pequeños cayos de la costa de Cuba, donde un holandés pudo
mantenerse con las nueces por cuatro o cinco días con 60 hombres.
En Jamaica se plantaba en hileras y cerca de las casas (Hughes,
1672, 62). Había palmas con 50-60 nueces ,(Ibid;, 62-63; 60-64).
Sloane dice que en su tiempo se cultivaba en Jamaica y en todas las
islas del Caribe en los lugares secos y arenosos (Sloane, 1696,
132-134.).
El capitán Bligh introdujo a la isla antillana da San Vicente, a
principios de 1793, cuatro palmas de coco traídas de la isla de
Tahití,(Marrito, 1920, 220).
En las islas de San Andrés y Providencia, principal región
colombiana productora de coco en la actualidad, el cultivo empezó
muy tardíamente. Callan sobre su existencia allí los piratas que
frecuentemente usaron a Providencia como punto de concentración en
los siglos XVII y XVIII (Dampier, 1927, 29, 32). En una descripción
de las islas adyacentes a la costa de Mosquitia, hecha en enero de
1793, no se mencionan los cocoteros en Providencia; en San Andrés
apenas había unas pocas palmas (Serrano y Sanz, 1908, 315¡ 317).
Cuando en 1820 visitó el archipiélago el coronel Joaquín Acosta con
el propósito de contratar armamento para las fuerzas libertadoras
de la Nueva Granada, constató que el cultivo del cocotero tenía ya
alguna importancia (Acosta de Samper, 1901, 47). Parece que aumentó
durante el segundo cuarto del siglo XIX, y aun se exportaba aceite.
El ímpetu de la exportación de nueces frescas a los Estados Unidos
fue sostenido durante el resto del siglo, y alcanzó su culminación
en la primera década del actual. Para la época de la segunda guerra
mundial, las islas colombianas fueron desplazadas del primer lugar
como centros de producción, siendo sustituidas por las posesiones
inglesas del Caribe y por el archipiélago -ya panameño-- de San
Blas (Parsons, 1956, 28-31). Otro autor afirma que los cultivos
para fines industriales datan sólo de principios de este siglo
(Pulgar Vidal: EC, 1955, 612).
La poca importancia económica del cocotero en las Antillas
españolas durante los siglos XVI a XVIII, se refleja en las
descripciones geográficas, de Alcocer, Araújo y Sánchez Valverde,
ya mencionadas. Esto es verdad también para las posesiones
inglesas. Después de enumerar las utilidades de este fruto y de
extenderse sobre él en consideraciones reveladoras de grandes dotes
de observación, añade Dampier: "A pesar de ello este
árbol, de tantas utilidades y tan estimado en las Indias
Orientales, es poco apreciado en las Occidentales, por falta de
conocimiento de los beneficios que puede producir, y si he hablado
sobre él con tanta latitud, es en parte por el bien de mis
compatriotas en nuestras plantaciones americanas"
(Dampier, 1927, 204).
Dispersión inter e
intracontinental.
A pesar de las facilidades para que el coco hubiera pasado desde
temprana época durante la dominación española, de la costa sur a la
costa norte del istmo panameño, ya se ha visto cuán tardía fue la
dispersión del cocotero en la Tierra Firme. Para el caso concreto
de Puerto Rico está claramente establecido que los cocos negaron
allí de la costa de Africa, de donde también debieron proceder los
que se llevaron al Brasil. Aunque algunos autores sugieren que los
malayos habían introducido desde antiguo el cocotero a la costa
oriental africana (Baumann et Westermann, 1948, 235), lo más seguro
es que ello se deba a los árabes, mucho antes, eso sí, del viaje de
Vasco de Gama a la India (Ficalho, 1954 23, 25; Freyre, 1940, 235).
Por el contrario, la dispersión en la costa occidental del Africa
parece que fue mucho más démorada, y en gran parte debida a los
navegantes portugueses (Ficalho, 1957, 26; , 1886, 376; Freyre,
1940, 136).
Uno de los lugares de esta costa occidental donde el coco tuvo
mayor predicamento fue el archipiélago de Cabo Verde, de donde como
se vio fue llevado a Puerto Rico. En 1595 el navegante Carletti
dice que se cultivaban en la isla de San Jacobo (Carletti, 1701, I,
8; Hawkins, 1933, 35, 36). Un siglo después, Dampier da cuenta de
que esta isla, por la abundancia de ganados y cocos, era el punto
de refresco para todas las armadas que se dirigían de Europa a la
India Oriental (Dampier, 1927, 60). Le seguía en importancia para
el mismo objeto la isla de Fogo (Ibid., 61).
Valle del Magdalena.
Los datos anteriores se refieren a lugares costeros, tanto
continentales como insulares. Pero el cocotero penetró también
desde el siglo XVII, al interior del continente suramericano.
En 1627 el cronista Simón habla qe palmas de coco en las orillas
del Magdalena entre Mompós y Tamalameque, (Simón, 1953, VI, 91).
Dos centurias más tarde, Serra dice lo mismo, pero no especifica
lugar (Serra, 1956, I, 63). A principios del siglo XIX Humboldt
registró la presencia de cocoteros a mas de cien leguas de la costa
(Humboldt, 1942, V, 3,7).Boussingault vio palmas de coco en el
punto de Buenavista, cerca de la confluencia del río Nare
(Boussingault. 1903, IV, 137). El botánico Holton encontró
cocoteros en San Pablo, sesenta y cuatro millas arriba de Puerto
Nacional; en su tiempo, mediados del siglo XIX, era considerado más
bien como especie ornamental que como palma útil en la Nueva
Granada (Holton, 1857,72). Había cocoteros a fines del mismo siglo
en la hacienda "San José" de Anapoima (Rivas,
1899,62).
Valle del Cauca.
A lo que, tratando de
|Atalea uberrima Dug., se dijo en
este capítulo sobre las fantásticas ideas de Velasco y de Cook
acerca del indigenato del coco en la hoya del Cauca, hay que
agregar que esta palma y Su fruto no se mencionan para nada durante
todo el siglo XVI, ni siquiera en relaciones tan circunstanciadas
como la de Guillén Chaparro. La más antigua referencia que se ha
podido encontrar es la de Coreal, quién procedente de Quito, estuvo
en Cali en 1696: "Hay también cocoteros en
Popayán"(Coreal, 1722, Amst., II, 127). Debe entenderse
por tal no a la ciudad del Puracé, sino la gobernación, y como es
natural, los lugares cálidos donde esa palma puede vivir.
Mucho más vaga es la aserción de Alcedo, de que en Cartago había
a principios del último cuarto del siglo XVIII, "variedad
de cocos de diferentes géneros" (Alcedo, 1786, 1, 406-407)
, frase que tanto puede referirse al verdadero
|Cocos
nucifera como a las palmas Cocoínas vemáculas (
|Scheelea,
Syagrus, Attalea etc. ). Igualmente incierta es otra referencia
de principios del siglo XIX para la misma provincia ( Campo y
Rivas, 1803, 29-30). Cocoteros y otros frutales aparecen incluidos
entre los cultivos de la hacienda de Arroyohondo, en una escritura
de venta de 1794 (Arboleda, 1928, 566). El procurador de Cali Luis
Vergara señala en 1808 que en jurisdicción de esa ciudad hay
"cocos, coquillos... (Ibid., 629). Según Belisario
Palacios, en la plaza de Cali se plantó una palma de coco como
árbol de la libertad. Cuando los españoles se apoderaron de la
ciudad despedazaron con hacha el símbolo de la insurgencia; la
gente guardaba astillas y hojitas como recuerdo (Palacios, E.,
1896,27, 31). En la misma ciudad vio cocoteros en 1820 Joaquín
Acosta (Acosta de Samper, 1901, 54).
Según, Holton, el Cocotero era poco cultivado en la fosa central
del Cauca a mediados del siglo XIX. En 1854 en que permaneció
varias semanas en Roldanillo, presenció que de la palma se vendían
las nueces al pie, a diez centavos cada una. Pocos ejemplares más
había entre San Pedro y Buga (Holton, 1857, 410, 501). Felipe Pérez
dice que para la misma época se cultivaba en Cali y en Cartago
(Pérez, 1862, 138, 218).
A principios del siglo actual una plaga de cucarrón (
|Rhyncophorus ) devastó los Cocales del Valle del Cauca. En
1917 Rufino Gutiérrez vio unas pocas palmas que quedaban en
Roldanil1o, que asegura había sido una de las zonas productoras más
importantes (Gutiérrez, 1921, II, 81).
Orinoco y Amazonas.
A la entrada de los Llanos de Venezuela, en El Pao, señaló
Humboldt la existencia de unas palmas de coco cuando emprendía su
exploración del Orinoco (Humboldt, 1942, V,37).
El jesuíta Manuel Rodríguez, enumerando los alimentos de que
podían disponer sus cofrades de las misiones de Maynas, en el río
Marañón y sus tributarios, incluye los "cocos para
agua"; pero no da más detalles (Rodríguez, 1684, 421-
422). Ninguna otra fuente sobre esa región y para esa época
(mediados del siglo XVII) habla del asunto. Se puede conjeturar que
Rodríguez, quien nunca estuvo en la región amazónica, hizo en este
caso una afirmación gratuita, por analogía con lo que pudo ver en
otros lugares calientes de la Nueva Granada.
C) 1-PROPAGACIÓN; CULTIVO.
1-PROPAGACIÓN; CULTIVO.
A la primera suposición de Oviedo y Valdés de que los cocos de
Burica e isla de Cocos pudieran haber sido transportados por las
corrientes marinas, que eso quiere decir el término
"venedizos" que usa el primer cronista de las
Indias [véase el inciso de Isla de los Cocos], siguió la
observación práctica sobre la manera de propagarlos, consignada en
la carta de Alvaro de Guijo a Hernán Cortés de 1539: "...a
mi parecer será bien ponerlos muy someros, porque ellos se nacen
donde la mar los suele echar" (Bruman: HAHR, 1947; 27:
572).
Al finalizar el primer cuarto del siglo siguiente, se había
avanzado en América en el conocimiento de los medios de propagación
y de cultivo del cocotero, en parte por experiencia, en parte por
lecturas de obras sobre el Oriente, donde aquella actividad tenia
una tradición varias veces milenaria. Dice el comentador de
Hernández, Francisco Ximénez: ". .. siembranse los mismos
cocos, y de ellos salen las palmeras, las quales trasponen a
lugares acomodados, y si las tratan bien dan fruto en pocos años,
para lo qual les hechan ceniza y estiercol de buey, y agua, y con
esto crezen y fructifican muy presto, y las que estan mas cercanas
a las casas, por el beneficio que les hazen, son mas hermosas.
.." (Ximénez, 1888, Mor., 40). Para mediados del mismo
siglo XVII, Coba precisa: "dan fruto a los seis años y
viven mucho tiempo" (Cobo, 1956,I, 260-261).
Marcgrave observa que la nuez germina en siete meses: que el
trasplante se hacía un año después de la germinación, y que los
primeros frutos se obtenían en el Brasil a los siete años. Refiere
que en 1640 vio en la isla Mauricio trasponer palmas de más de
veinticuatro años, usando en la tarea cerca de trescientos obreros,
y que la operación tuvo éxito (Marcgrave, 1942, 138-140).
De sus observaciones en la costa de Cumaná en las postrimerías
del siglo XVIII, Humboldt deduce que en terreno fértil el cocotero
empezaba a fructificar al cuarto año, demorándose hasta diez en los
terrenos más áridos. Agrega que la vida de las palmas no excede de
ochenta a cien años, pero que la producción económica sólo llega
hasta los treinta o cuarenta (Humboldt, 1941, II, 150-152).
En el Valle del Cauca el cocotero gasta entre diez y doce años
para empezar a producir (Holton, 1857, 501).
La costumbre de labrar escalones en el estipe para facilitar la
subida de los cosechadores era común en la India occidental a
mediados del siglo XVI (Orta, 1891, I, 236). Esta práctica está
generalizada en América.
2- VARIEDADES.
A fines del siglo XVIII despacha la cuestión de la siguiente
inocua manera una enciclopedia geográfica sobre los dominios
españoles: "Hay mucha variedad de pa1mas y de cocos, que
se distinguen por el tamaño, sin otra material diferencia"
(Alcedó, 1789, V, Voc., 65-66).
Se ha dicho que la variedad filipina Macapunó fue introducida a
Puerto Rico en 1895 (Colón, D., 1930, 154-155; 217- 219). Es más
bien una quimera; algunas de sus nueces tienen la cavidad ocupada
por una esfera carnosa, suave, de excelente sabor; pero como estas
nueces no son fértiles, para reproducir la variedad se escogen
semillas nórmales, que se conocen porque al sacudirlas se siente el
ruido del agua (Barret, O. W., 1928', 269-270). En Filipinas se
paga más por las nueces de esta variedad (Copeland, 1931,
124-125).
Barret menciona las variedades San Blas y Chocó, ambas de la
región del golfo de Urabá. La primera, localizada en el
archipiélago de las Mulatas, parece que alcanzó precios
diferenciales en el mercado de Nueva York a principios del presente
siglo, por su excelente calidad. A causa de que la carne se
desprende íntegra "sin mayor esfuerzo, ahorra muchos
gastos en el manipuleo para la fabricación de copra (Smith, 1914,
108; Barret, 0. W;, 1928, 269). No dice Barret si todas las
coqueras de San Blas son de esta variedad, o si allí se encuentran
otras. Este mismo autor es el único que habla de la variedad Chocó,
que produce nueces de gran tamaño y cairo ( coir ) muy voluminoso.
sería endémica al "este de Panamá y norte de
Colombia", o sea en la brilla occidental del golfo de
Urabá. En los dos viajes del autor por Urabá no ha visto en los
cocos allí cultivados (Arquía, Turbo) nada de notable.
Las referencias sobre variedades precoces de coco son muy
antiguas. El protomédico Hernández ya habla de palmas enanas de
Filipinas, que apenas brotan de la tierra dan fruto. De las comunes
dice que nacen donde quiera en las Indias Orientales, "y
ahora también en las Occidentales, principalmente en lugares
marítimos y arenosos" (Hernández, 1943 II, 510). Alguna
variedad enana sería-- como lo indica su precocidad- una cuya
introducción a Colombia se propuso a la Asamblea Legislativa de
Cartagena en septiembre de 1879, por la "Gaceta
Agrícola" de esa ciudad, con resultados que se desconocen
(Pulgar Vidal: EC, 1955; 612). En 1945 quedaban once ejemplares de
las variedades Greend-warf y Semi-dwarf en la Granja Algodonera de
Barranquilla, y habían perecido las, palmas de Yellow-dwarf, todas
las cuales al parecer se hablan importado de Java; pocos años
antes. Algunas nueces de esa introducción se distribuyeron entre
varios diputados del Atlántico (Patiño, 1945, informe inédito). Al
Valle del Cauca introdujo el coco enano verde desde Trinidad, por
1941, el doctor Vicente García Córdoba. Tres variedades enanas
fueron enviadas en diciembre de 1947 por el doctor Morrison desde
Coconut Grove, Florida, al doctor Ciro Molina Garcés, entonces
Secretario de Agricultura (Patiño, 1948, Memoria. 9-10).
No se sabe de qué variedad eran las cuatro palmas introducidas
desde Tahití por el capitán William Bligh a San Vicente, en 1793
(Marriot, 19.20, 220). Cuzent describe seis variedades de haari o
cocotero en dicha isla (Cuzent, 1860, 114); de modo que si
existiera un estudio descriptivo de las que hay en el continente
americano, se podría rastrear la procedencia de algunas.
D) USOS, COMERCIO E INDUSTRIALIZACIÓN.
Aunque los españoles conocieron los cocos en varios lugares del
sur de Asia a partir del viaje de Magallanes, y los usaron a veces
como alimento, no parecen haberlos estimado. Por ejemplo, en la
expedición de Alvaro de Mendaña a las islas Salomón, se hace
constar que no son cosa de sustento (Torres de Mendoza, 1866, V,
251 ).
Esta actitud perduró por varias décadas, pues todavía a mediados
del siglo XVII se expresaba sobre el particular como sigue el
naturalista Cobo: "No se estima tanto esta fruta por lo
que tiene comestible, cuanto por el casco o corteza, de la cual,
engastada...se hacen curiosos vasos en qué beber(...) Para muchas
cosas suele ser buena la palma. Comidos en leche los cocos antes
que se endurezcan, parecen natas y tienen buen sabor. En las
Filipinas y en algunas partes de la Nueva España hacen vino de
estas palmas(...) De este licor [savia] hacen vino, vinagre
,aguardiente, miel y azúcar y del meollo o almendra del coco sacan
buen aceite, que, cuando es fresco, es de buen gusto y sirve a los
pintores y para gastar en las lámparas. "Mas, hase de
entender que al uso de todas estas cosas obliga la necesidad y
falta de aquellas por quien sustituyen; porque donde se alcanza
nuestro vino, miel, azúcar y aceíte, de todos estos frutos de la
palma no se hace cuenta" [Subrayó V. M. P.] (Cobo, 189l,
II, 66-68;-----, 1956, 1,260-261 ). De estas citas se puede
deducir: 1) Que el coco se apreciaba más a mediados del siglo XVII
por un producto secundario, el endocarpo o parte leñosa, del cual
en la actualidad se hace poca cuenta, mientras que lo que ahora se
aprovecha más de él (el aceite) era tenido en menos. 2) Que no
considerándose el coco durante los dos primeros siglos de
dominación española tan útil como ha llegado a ser ahora, no hay
que extrañarse de que su difusión haya sido tan lenta.
a)
|Mesocarpo.
El uso de la estopa o cairo del coco para calafatear
embarcaciones y para la confección de cuerdas, alfombras etc., muy
antiguo en Asia (Orta, 1891, 1, 237), quizá empezó en América hacia
mediados del siglo XVII (Lussan, 1693; 129). Parece que los piratas
que merodeaban por las costas americanas no fueron ajenos a la
difusión del uso para calafateo (Dampier, 1927, 204). Dionisio de
Alcedo, en su descripción de Guayaquil, de 1741 asegura que por las
ventajas que tenía sobre el cáñamo, se calafateaban con fibra de
coco los navíos construidos en el astillero de esa ciudad (Alcedo y
Herrera, 1946, 20, 50; Alcedo, 1789, V, Voc. 65). Para fines del
siglo XVIII ese uso estaba muy extendido en América equinoccial
(Ortega Ricaurte, 1954, 222; Serra, 1956, I, 38; II, 153).
b)
|Endocarpo.
La utilización de un hemisferio del endocarpo o parte leñosa de
la nuez del coco en calidad de vasija, parece ser originaria del
Asia suroriental. García da Orta dice en 1563: "a otra
casca serve de vasos para beber a gente mezquinha, e tambem
queimada serve de carvao muyto bom pera os ourives"
(Orta,1891, I, 237). Un biógrafo de ese ilustre naturalista asevera
que, antes de que Orta viajara a la India, hacía 1526, afluían
desde aquélla a Lisboa " ...cocos lavrados e montados em
prata" {Ficalho, 1886, 51 ). En tales vasijas bebían los
pasajeros y tripulantes del galeón de Manila (Schurz, 1959, 268).
Con la generalización del consumo del chocolate, tanto en América
como en Europa, las jícaras de coco sencillas o revestidas de plata
se convirtieron en adminículo indispensable (Acosta, 1954, 120;
Hawkins, 1933, 36; Hughes, 1672, 63-64; Dampiet, 1927, 204; Zamora,
1930, 35; Gilii, 1784, IV, 64). A mayor abundamiento, se
atribuyeron
a estas vasijas de coco virtudes medicinales que se trasmitían a
los líquidos tomados en ellas (Acosta, loc., cit.; Ximénez, 1888,
Mor., 41 ). Fuentes y Guzmán afirma perentoriamente:
"Tienen virtud contra cualquier veneno, y bebiendo
continuamente en ellos remedian el mal de la hijada"
(Figueroa Marroquín, 1957, 110).
Cocos para tomar chocolate se hacen figurar con mucha frecuencia
en las escrituras sobre herencias y donaciones durante el período
colonial, en las posesiones españolas (Vargas, 1957, 227), y aun en
el republicano y hasta principios del siglo actual perduró la
costumbre (Holton, 1857, 492). No siempre los centros de
manufactura coincidían con regiones productoras de la palma. Si
bien es verdad que en Guayaquil en la primera mitad del siglo XVIII
se confeccionaban de ese material "vasijas para los usos y
ministerios caseros" (Alcedo y Herrera, 1946, 50); también
en Pasto, en el riñón de los Andes, dicha industria ha sido
tradicional (Herrera, L., 1893, 41).
Los bribrís de Costa Rica usaban guardar la sal en conchas de
coco puestas encima del fogón (Gabb: Femández, 1883, III, 372), y
lo mismo hacían sus vecinos los borucas (Pittier, 1892, Anales,
94). Cook dice que el general E. A. Lever de New Orleans le regaló
una concha de coco labrada, que aquél había encontrado en una tumba
indígena del distrito panameño de Chiriquí, en excavaciones para
buscar oro y cerámica (Cook, 1910, 288, foto 289). El diseño no
concuerda con los motivos artísticos típicos de la cultura de esa
región.
La palabra "coco" vino a ser sinónima de
"vasija". Así se llama la que se emplea en la
extracción de oro de veraneo en Antioquia (Uribe Angel, 1885, 478;
Restrepo, V., 1888, 190).
c)
|Endospermo.
Ya se produjeron pruebas de que en el primer siglo que siguió al
descubrimiento del cocotero en América, esta nuez no gozó de mucho
aprecio en el Nuevo Continente para fines alimenticios. Poco a poco
se fueron modificando los gustos, y la transculturación ejerció su
inevitable influencia.
Acosta compara el sabor con el de las castañas verdes (Acosta,
loc. cit.) Cobo se pronuncia en favor de la carne tierna (Cobo,
1891, II, 68;-----, 1956, I, 261 ). Los piratas ingleses y
holandeses aprendieron de los nativos de las islas del Pacífico sur
el uso de la leche de coco, o sea el jugo resultante de exprimir la
carne raspada o rallada. Dice Dampier que los marinos ingleses
utilizaban el coco para preparar el arroz, y con ese fin cargaban
las nueces en sus barcos (Dampier, 1927, 203). Jiménez se refiere a
la carne del coco sólo como materia médica (Ximénez, 1888, Mo.,
41).
Se ignora cuándo empezó a usarse en América el dulce de coco. En
Yaguachi, lugar frontero a Guayaquil, se hacía a mediados del siglo
XVIII el mazapán, "de la celebrada cocada de las
Indias" (Alcedo y Herrera, 1946, 50-51 ). También se hacía
"cocada" en Cartagena (Serra, 1956, 1, 38).
Cobo dice que la nuez o manzana, o sea el haustorio que se forma
como iniciación del proceso germinativo, se llamaba en Filipinas
"boaboa" , que quiere decir "piedra de
la mentira (Cobo, 1956, I, 260). Esto se estima como lo más
regalado del coco (Alcedo, 1789, V, Voc. 65; Serra, 1956, I,
38-39).
El agua se consideraba en la Nueva España como medicinal, y era
socorrida en calidad de cosmético para hermosear el rostro de las
damas (Ximénez, 1888, Mor., 42). Según Gage, era la bebida
predilecta del sexo débil en Panamá a principios del siglo XVII
(Gage, 1946, 292).
No hay constancia de que, fuera de Colima en la costa occidental
de Méjico, se haya fabricado en América "tuba" o
vino de la savia del cocotero, extraída de la inflorescencia
magullada (Brumam: HAHR, 1945, 212-223).
d)
|Aceite.
Copra se exportaba a Ormuz y Balagueta desde la India a mediados
del siglo XVI, y dos clases de aceites se extraían de la carne del
coco (Orta, 1891, I, 238, 239).
La obra de García da Orta fue conocida en las colonias españolas
ya en su texto original, ya en el arreglo hecho por Cristóbal de
Acosta. Por eso no es extraño que para principios del siglo XVII
fray Francisco Jiménez diga: " ...de las raeduras desta
medula o meollo puestas a heruir en suficiente cantidad de agua, y
meneandolas muy bien sube arriba nadando vn aceyte que siendo
fresco es muy bueno para guisar de comer, y para las cosas de
medecina...", enumerando en seguida varias propiedades
curativas (Ximénez, 1888, Mor., 41; 41-42; Hughes, 1672, 64). Ya se
ha visto que para Cobo el aceite era comestible cuando fresco, pero
más empleado en pintura y como combustible (Cobo, loc. cit.).
Dampier dice que se obtenían mejores resultados al sacar aceite
para alumbrar o para freír si se utilizaban nueces bien maduras, y
que la extracción se hacía en agua caliente (Dampier, 1927,
204).
En general, la grasa animal, especialmente la manteca de cerdo,
suplió al aceite de olivas en América ecuatorial, no sólo para usos
culinarios sino también para los industriales ( véase la historia
de los ganados vacuno y porcino en otro volumen). Con todo, para
fines del período colonial en algunas regiones cocotaleras la
industria de aceite había adquirido relativa importancia, como
ocurrió en el golfo de Cariaco y en particular la ciudad de Curnaná
(Humboldt, 1941, 11, 150-152).
A mediados del siglo XIX le acongojaba a Eliseo Reclus la idea
de que los palmares de San Blas perdieran su condición paradisíaca
y se convirtieran en objeto de comercio. "El imperio de
Mammón, ya tan vasto -se preguntaba- debe ensancharse con estas
islas afortunadas, a fin de que nuevos géneros se abarroten en los
muelles de Liverpool, y de que las cajas fuertes de los armadores
de Nueva York se locupleten todavía más?" (Reclus, E.,
1881, 36-37).
Las plantaciones de cocotero para fines comerciales, aunque
fueron aumentando gradualmente a partir del período republicano,
cobraron intensidad para fines del siglo XIX y principios del
actual. Dice un autor que en la isla de San Andrés, se plantaron
entonces cerca de dos mil hectáreas (Pulgar Vidal: EC, 1955, 615).
Esto no fue un movimiento espontáneo, sino reflejo de la
importancia creciente que para la gran industria de los aceites
vegetales tuvo la utilización en grande del cocotero, especialmente
en Malaya, Filipinas, India y Ceilán. El carguío de copra se
intensificó (Lacro ix, 1953, 346). Por 1909 se implantaron fábricas
de extracción local en esos países, y durante la primera guerra
mundial se practicó por primera vez el transporte del aceite en
buques tanques. El negocio de la copra, por mucho tiempo confinado
en Ceilán y en Nueva York, aumentó; la "torta",
que al principio se usaba sólo como combustible, se empezó a
utilizar como alimento concentrado para los animales. Hacia 1911,
cerca de medio millón de nueces se embarcaban mensualmente de Colón
para Nueva York y Filadelfia (Barret, O W., 1928, 250-251; Smith,
1914, 108).