INDICE

FIESTAS DE COSECHA.

A dicha periodicidad de la maduración de las frutas silvestres debería concedérsele más atención de la que hasta ahora le han prestado los etnógrafos, pues reguló en el pasado las actividades y desplazamientos, e influyó en las creencias religiosas de muchas tribus, especialmente de las llamadas marginales. Este fenómeno estuvo marcado por las romerías y fiestas de cosecha. Krickeberg enumera para las tribus norteamericanas la fiesta de la cosecha de las tunas que se celebraba en otoño, y en el extremo sur el baile de la cosecha de los algarrobos (Prosopís) de las tribus del Chaco (Krickeberg, 1946, 102, 172-173).

Humboldt constató la importancia que tiene la maduración de los frutos en el alto Orinoco para los pueblos indígenas que consumían drupas de palmeras y almendras de juvia a sus tiempos (Humboldt, 1942, V, 350; Krickeberg, 1946,220).

Los misioneros jesuítas del Marañón consignan entre las dificultades de su misión evangelizadora, la incoercible tendencia de las indígenas para retirarse de las reducciones en las épocas de cosechar de ciertos frutos, o en el verano cuando desovaban las tortugas. A estas romerías de recolección, por su carácter estacional y recurrente, les pusieron el nombre quechua de "mitas" (turno, vez) (Jiménez de la Espada, 1889, Mar., 149). En una carta del padre Lucas de la Cueva escrita en Jéberos el 9 de octubre de 1643 dice: "Querer quitarles que la "mita" de las tortugas no salgan y la gasten en los arenales del Marañón, Pastasa, Guallaga; que la mita de los zapotes [ |Matísía] no la gasten en los montes, y así las demás mitas y temporadas que les meten en SUs anchuras, es quererse oponer a las más furiosas corrientes..." (Jiménez de la Espada, 1889, Mar., 219-220; Figueroa, 1904, 62-63).

Las fiestas más destacadas en el área amazónica septentrional han sido las de la chonta (Guílíelma), del huansoco (Couma) y del cunurí (Cunuria).

 

USOS DIVERSOS DE LAS FRUTAS.

La importancia de las fiestas de cosecha de frutos para los pueblos indígenas americanos se apreciará mejor si se asocia con una característica del hombre ecuatorial en lo referente a régimen alimenticio. Aunque en otra obra se estudia con detalles lo relativo a ese tema, hay que registrar desde ahora la predilección de tales pueblos por las bebidas, fermentadas o no. Casi todas las frutas carnosas espontáneas ricas en azúcares han sido aprovechadas para la obtención de bebidas, y no de modo exclusivo -como un europeo podría inclinarse a creer- para comerlas directamente.

Este uso de las frutas ayuda a explicar el proceso de domesticación y selección que debió seguirse con las especies más idóneas para la elaboración de bebidas.

 

MITOLOGÍA FITOCARPOLOGICA.

En la relación de fray Ramón Pané, incorporada en el relato de la vida y viajes de Cristóbal Colón por su hijo Hernando, se consigna un mito de los indígenas quisqueyanos sobre el origen de los hobos ( |Spondias mombin L.): "Dicen también que otros [indios], habiendo ido a pescar, fueron presos por el sol, y se convirtieron en árboles, llamados jobos, y por otro nombre mirabolanos" (Colón, H., 1947, 187; Anglería, 1944, 97). De otro lugar antillano se dice que entre las creencias de los indígenas figuraba la de que los muertos se alimentan de cierto fruto llamado GUAZABA ( guayaba? ) del tamaño de un melocotón (Colón, H.; 1947, 192-193). Pedro Mártir refiere lo mismo, pero le da a la fruta el nombre de GUANNABA, "desconocida de nosotros y semejante al membrillo" (Anglería, 1944, 99). Las distintas versiones paleográficas no permiten saber de qué especie se trataba. El radical "agua" de la lepra taína se encuentra en los nombres de varios frutos: guayaba, guama, guanábana, etc.

Los cholos o chocoes del río San Juan (Dochara) tienen varios mi,tos sobre el caimito y el pijibay (Wassen, 1935, 135).

Francisco de Figueroa en su informe sobre las creencias religiosas de los maynas apunta: "Del diluvio parece tienen alguna noticia. Dicen los maynas que en tiempos antiguos se inundó la tierra, y que solo un hombre con su muger se escapó en un árbol muy alto, frutal de sapotes, con cuyas frutas se sustentó hasta que cessaron y menguaron las aguas; del qual bolbieron otra vez a multiplicar los hombres. Otros dicen que se escapó en el árbol frutal, subiéndose sobre aguado hasta los cielos..." (Figuerod; 1904,235-236; Jiménez de la Espada, 1889, Mar., 123-124; Magnin: RI, 1940, 1, 166).

Entre los chimúes de la costa norte peruana existía la creencia de que su dios creador Pachacámac les había dado todos los frutos y semillas, incluyendo taxativamente el pacae (Inga) y el pepino ( |Solanum muricatum), según averiguaron los misioneros Arriaga y Teruel (Calancha, 1639, 412-413).

Acerca del lúcumo ( |Lucuma obovata) existía una tradición entre los aborígenes de Huarochirí al este de Lima (Valdizán y Maldonado, 1922, II, 275).

Estos mitos, y otros que se citarán cuando se trate de cada especie en particular, refuerzan el papel preponderante de los frutales entre los pueblos americanos.

 

FRUTALES CULTIVADOS.

Consideraciones sobre el proceso y las formas que adopto la domesticación de especies perennes fructíferas se formulan en una obra dedicada a la tecnología agrícola prehispánica, lista pata entrar en prensa. Aquí solamente se registran los aspectos geográfico y cultural de la pomología indígena.

En primer término, el cultivo intencional de frutales fue actividad predominante en los pueblos continentales del Nuevo Mundo, y no tuvo ninguna o tuvo poca importancia entre los pueblos insulares. Así se indica de modo perentorio para Tierra Firme y las Antillas, en Una de las fuentes más seguras sobre cosas americanas. Las Casas dice de las tribus centro y suramericanas que atendían primero a plantar las arboledas que a hacer los pueblos, y de los nicaragüenses en particular, que plantaban huertos de frutales para gusto y recreación (Casas, 1909, 32, 152-153). La división que establece Las Casas está de acuerdo con la composición de la flora y con la diferencia de los factores ecológicos señalados arriba, pues es sabido que las Antillas carecían de muchos de los animales dispersores que eran comunes en el continente.

El proceso, tanto de la difusión como del cultivo de algunas especies frutales desde Tierra Firme hasta las islas, estaba en marcha en el momento de la arribada de los europeos. Los caribes empleaban su dinamismo expansivo no sólo en guerras de conquista, sino como portadores y difusores de plantas y de técnicas (Anglería, 1944, 283-284). Los españoles continuaron la obra que habían empezado los caribes, llevando a las Antillas varias frutas vernáculas de la porción continental; pero los sistemas de cultivo no avanzaron gran cosa durante la dominación europea (Casas, 1909, 33), ni aún después. Dice Dampier que sus conterráneos, los ingleses, aunque habían conservado los frutales que los españoles habían dejado en Jamaica, no intentaron mejorarlos (Dampier, 1927, 145). En algunos casos, sin embargo, la economía capitalista de los europeos sacó partido del cultivo de algunos frutales, como apunta Humboldt para el níspero y el coco en Cumaná (Humboldt, 1941, II, 152 nota).

Pero aun en la parte continental el cultivo deliberado de frutales de tardío rendimiento no fue practicado por todos los pueblos con igual intensidad. No se puede establecer regla fija que asimile el cultivo de especies perennes a un desarrollo notable de las instituciones políticas o de la cultura material en otros órdenes. Más bien puede afirmarse que aquella actividad era más intensa en tierras calientes y templadas, habitadas por grupos a los que se suele calificar de "bárbaros". Este es uno de tantos conceptos que necesitan revisión.

Aunque en los datos presentados en el primer inciso de este capítulo no se separa con exactitud cuándo las frutas halladas por los conquistadores y expedicionarios entre comunidades indígenas eran espontáneas y cuándo cultivadas, se podrían tomar como base para averiguarlo tres consideraciones: 1) que se hable de "arboledas" y no de "frutas de monte"; 2) que estén asociadas a una población estable; y 3) que los frutales hayan sido objeto de tala sistemática como medida de guerra ( véase al final del capítulo el acápite sobre talas).

El naturalista Cobo hizo a mediados del siglo XVII la siguiente afirmación, que es verdadera en su primera parte y falsa en la consecuencia: "Todos los árboles frutales de las Indias son en muchas partes silvestres, la fruta de los cuales no se diferencia en calidad de la que llevan los árboles hortenses, porque los indios hacían muy poco beneficio a los que criaban en sus huertas, por no haber tenido conocimiento del arte de ingerir unos en otros..." (Cobo, 1891, II, 10;-----, 1956, I, 237). Es verdad que la transición entre las formas silvestres y las cultivadas es frecuente en América, ya veces hay dificultad para distinguir unas de otras (Huber: BMG, 1904, 376). Es evidente que la domesticación no se ejercitó sino sobre las especies que presentaron ventajas para el hombre primitivo. Mientras menos exigencias tuviera una especie para ser propagada fuera de su hábitat, más acepta sería. Si la diferencia en el tamaño o en el sabor de las frutas espontáneas no era muy marcada respecto de las cultivadas, no se justificaba la domesticación. Es craso error tratar de explicar estos procesos con la mentalidad europea, sin tener en cuenta los gustos alimenticios y la sicología y el sistema de vida de los amerindios. Por otra parte, el hecho de que los indígenas desconocieran el injerto (y esto no está demostrado), no quiere decir que no conocieran y aplicaran en varias especies la multiplicación vegetativa o clonal. No hay constancia de que durante la dominación española se hubiera practicado el injerto de especies americanas, y lo más probable es que todas se siguieron propagando como en la época prehispánica. Algunos ejemplos que aduce Cobo en contrario, sólo consagran una antigua preocupación que carece de fundamento científico, y que se discutirá en la obra mencionada sobre aspectos tecnológicos.

Es también arriesgado sacar deducciones de la sola observación de costumbres en grupos indígenas contemporáneos, como la que hace Wavrin de que es muy rara la siembra intencional de frutales, aún de algunos tan básicos como la palma de pijibay, entre las tribus amazónicas (Wavrin, 1937, 59); porque cuatro siglos de persecuciones y desplazamientos forzados han debido afectar las costumbres de los aborígenes, tanto en este como en otros particulares. Baste señalar el caso del Urabá y de Antioquia. Los españoles que por allí trajinaron durante los tres últimos cuartos del siglo XVI consignan, como se pormenorizó antes, la frecuencia de frutales cultivados. Sin embargo, a fines del siglo XIX un autor llamaba la atención sobre lo escasamente cultivados que eran en el Estado de Antioquia: "Los frutales indígenas necesitan poco esmero en su dirección, y dan espontáneamente exquisitos frutos" (Uribe Ángel, 1885, 477). Otro autor asevera que en 1760 "no se habían trasladado de los bosques a las huertas" los madroños, caimitos, sapotes y otras frutas nativas (Ospina Rodríguez: RHA, 1913, 474).

El hecho de que existieran arboledas de frutales bien establecidas en varios lugares de América ecuatorial, fue interpretado por algunos autores de los dos primeros siglos de la ocupación española como signo de adelanto y de organización política y social superior de los grupos humanos que vivían en tales lugares. Esta interpretación se basaría en las tradiciones culturales del Mediterráneo, de que no son los cultivos temporales o de corto ciclo los que indican progreso político é institucional, sino el cuidado de las especies perennes o de tardío rendimiento, que presupone intención de permanencia y cierta dosis de previsión del futuro. Ello lleva implícito el concepto de la propiedad privada y herencial, que inspiró a Gabriel Alonso de Herrera un bello pasaje sobre el beneficio que hacen a las generaciones venideras los que plantan árboles, "que bien mirado ninguno nació para sí mismo solamente" (Herrera, G. A., 1818, II, 2).

Tampoco en este caso los cartabones de la cultura occidental parecen ajustarse bien a las modalidades amerindias. Para el americano el tiempo no tenía el mismo sentido que para el europeo. La escala de valores era distinta no sólo para el oro y las perlas, que se cambiaban por baratijas europeas, sino para otras funciones y actividades. Un europeo puede establecer en su equivalente monetario la diferencia entre un cultivo precoz y uno perenne Peco nadie puede afirmar que paca el indígena americano la discrepancia seria tan dramática como lo es para el europeo, entre un cultivo precoz y uno tardío. Hay indicios de que las variedades tempranas de maíz, por ejemplo, se cultivaban solamente en pequeña escala, con el propósito de utilizarlas como golosina, peco que se prefería cultivar las de mayor rendimiento, aunque fueran más tardías y estuvieran más expuestas a los enemigos ya las influencias meteorológicas adversas. Planteada así la cuestión, tanto monta cultivar maíz que gasta tres, seis u once meses, como yuca que según las variedades puede usarse desde el sexto mes hasta el tercer año, o frutales de mediano, corto o largo ciclo. Se suele pasar por alto que algunos frutales americanos son precoces. En condiciones óptimas de clima y de suelo (y en otra obra se demostrará que los indígenas conocían bien los requerimientos de las especies que cultivaban), un baroíó ( |Boroioa) empieza a producir entre el segundo y el tercer años; una palma de pijibay ( |Guilielma) y un caimito ( |Pouteria), al tercero; un aguacate ( |Pecsea), entre el tercero y el cuarto. Esto sin mencionar frutas como la badea y las |Passifloras, el lulo y otras Solanáceas, que pueden producir varias cosechas dentro del mismo periodo que invierten paca madurar las yucas amargas tardías Hay también razones para creer que, antes de la introducción de epidemias nuevas por los europeos y africanos, la duración normal de la vida entre los aborígenes americanos pudo ser mayor del promedio a que se redujo después del encuentro de razas, con la consiguiente ruptura del equilibrio biológico y mental de aquellos. Esto daba margen para disfrutar de las cosechas de árboles tardíos durante un periodo más prolongado Otras consideraciones que podrían aducirse están fuera de lugar.

Sea como fuere, conviene consignar la reacción que provocó en los europeos la existencia de árboles fructíferos plantados por algunos pueblos del área equinoccial Jorge Robledo atribuye a la tosquedad de las tribus que vivían en un sector al norte de los armas o armados de la cuenca del Cauca la escasez de frutales, "porque es gente más gruessa [que los que si los tenían] y no tienen tanta pulicía" (Robledo, J.: Jijón y Caamaño, 1938, II, Doc. 73) Que algunas justipreciaban el valor de lo plantado, se deduce de lo siguiente cuando el mismo Robledo exigió obediencia a los agüerridos habitantes de Currume y Ebéjico, y les manifestó su deseo de establecerse allí, contestaron: "¿que si habíamos nosotros [los españoles] hecho aquellos bohíos e plantado los árboles, para que fuese del Rey, que les decía, aquella tierra?" {Ibid., 110).

Castellanos habla con admiración de la vista que presentaban algunos pueblos levantinos de Venezuela, sombreados por árboles frutales y ornamentales,

"plantados por hileras ordenadas"

(Castellanos, 1955, I, 356, 470). Detalles relativos a las especies y sobre otros particulares, pueden verse en el capítulo dedicado a plantas ornamentales.

Fray Gaspar de Carvajal, el compañero y cronista de Francisco de Orellana en la primera navegación del Amazonas, dice que en el pueblo de Las Picotas, cuya ubicación es difícil de precisar, abajo del Rionegro, había "caminos hechos a manos, y de una parte y otra sembrados árboles de fruta, por donde parecía ser gran señor el de esta tierra" (Carvajal, G., 1894, 54). A principios del siglo actual los jimenes y huitotos del río Oré y otros del Caquetá, pese a las persecuciones sufridas en varias décadas después de la fiebre cauchera, se distinguían por su apego a cultivar frutales cerca de sus viviendas (Rocha, I., 1905, 133).

Estos datos contrastan con la renuencia de las tribus africanas y en general de los salvajes al cultivo de plantas de tardío rendimiento, acerca de lo cual hace si no muy convincentes, interesantes consideraciones un naturalista y literato portugués (Ficalho, 1957: 23-24).

 

DERECHO DE PROPIEDAD SOBRE ÁRBOLES FRUTALES.

Al considerar los pocos datos conocidos sobre este aspecto, se suscitan las mismas dudas planteadas en todas las ocasiones en que se ha pretendido juzgar las instituciones y las costumbres americanas con la mentalidad europea.

Entre algunos grupos americanos hubo algo semejante a la propiedad individual sobre árboles frutales. Así se dice de los armas del Cauca medio (Trimborn, 1949, .157), y de otras tribus suramericanas selváticas (Warvrin, 1937, 67). Los araucanos respetaban sectores para el usufructo de cada grupo (Krickeberg, r946, 239). En el ejido mejicano la propiedad de los frutales está regulada por normas precortesianas (Aguirre Beltrán, 1957, 80).

También en este caso, parece que el hombre americano no establecía diferencia en el ciclo de la planta, pues todas, aun los cultivos temporales y precoces, eran objeto de respeto para los demás miembros dela comunidad. Esto parece confirmarse con la costumbre que existía en los pueblos del istmo panameño, de talar los árboles frutales de los difuntos (Ufeldre: Serrano y Sanz, 1908, 135; Gabb: Femandez, 1883, III, 347). Lo que indica que el derecho de propiedad, si existía tenía móviles diferentes que entre los europeos, pues no se daba la prolongación herencial característica de éstos.

Un a modo de derecho, si no de propiedad, por lo menos de usufructo exclusivo, se extendía también a los árboles silvestres cuyos productos eran utilizados. Así ocurrió con el tembe o chonta (Guilielma) entre las tribus del oriente boliviano (véanse los capítulos III y IV). Esta modalidad se encuentra en otros pueblos primitivos (Maurizio, 1932, 90; Valcárcel, 1943, 1. 83).

 

PREJUICIOS SOBRE LAS FRUTAS AMERICANAS.

a) Sobre el uso.

Estuvo muy extendido entre los europeos el prejuicio de que algunas frutas eran dañosas. En España cristiana esta vieja creencia llevaba implícitas prevenciones culturales. Bleda, el apasionado enemigo de los moriscos, consignaba su extrañeza de que éstos se bañaran con frecuencia y de que no sufrieran daño alguno bebiendo agua después de consumir pepinos, berenjenas, melones y otras hortalizas y frutas a las cuales eran muy afectos (Colmeiro, 1863, II, 66; Herrera G. A., 1818, II, 196-197). Debe recordarse que fueron los mahometanos quienes introdujeron en el Mediterráneo occidental el dátil, los cítricos y otros frutales.

Como los hábitos alimenticios y los prejuicios a ellos anexos son muy difícil de desarraigar, no es extraño que aquellas prevenciones se hicieran extensivas a las frutas americanas. De las Antillas en particular se decía en un documento del siglo XVI: "...aquellas tierras abundan de muchas frutas, aunque gustosas, nocivas a los que no se criaron con ellas, que con particular bebiendo agua sobre ellas engendran malos humores, y enfermedades de que con facilidad se mueren si no hay providencia de curación..." (Rodríguez-Demorizi, 1942, 1. 340). Idéntica preocupación se consigna para las frutas de Méjico y de América Central, esta vez por un inglés (Gage, 1946, 31, 296). De las de Portobelo se dice en sustancia lo mismo (Vázquez de Espinosa, 1948, 285). Lo que se puede deducir es que algunas enfermedades de origen hídrico atacaban a los recién desembarcados, y este efecto, en vez de ser atribuído al agua, se imputaba a las frutas. Los descubrimientos de Pasteur sólo datan de un siglo.

Las frutas eran clasificadas, como los otros alimentos y en general todas las sustancias, en frías y calientes; para los autores de la relación de Portobelo de 1607 el aguacate pertenecía a esta última categoría (Torres de Mendoza, 1868, lX, 114-115). A mediados del siglo XVll Cobo sumarizaba la opinión de sus contemporáneos así: “Todas las frutas que son naturales deste Nuevo Mundo tienen por propiedad, generalmente hablando, ser frías y húmedas, por donde muchas dellas son Indigestas y poco sanas; lo cual procede de ser la tierra muy húmeda y madurar casi todas ellas en tiempo de invierno; y esto nace de ser estas frutas de tal calidad, que cuando verdes no están agrias ni acedas como las de Europa, sino ásperas y secas..." (Cobo, 1891, 11, 9-10; -----, 1956, I, 237).

Todavía a fines del siglo siguiente persistían opiniones semejantes (Gilil, 1784, IV, 45-46) Estos prejuicios han perdurado; pero en el siglo pasado se colorearon con el ropaje seudocientífico de la época, y se pretendió establecer asociaciones entre los árboles frutales de patios y huertas con la trasmisión del paludismo y otras enfermedades (Montaña, 1933, 39; Striffler, Cer., 1958?, 107; Colón, D., 1930, 147).

b) Sobre el gusto.

Casi todas las frutas americanas, aun varias que ahora se consideran excelentes desde todo punto de vista, suscitaron poco aprecio entre los europeos en las tres primeras centurias que siguieron al descubrimiento. A fines del siglo XVI Acosta, oráculo de los europeos sobre cosas de Indias, se expresaba así "Estos son los melocotones, manzanas y peras de Indias, mameyes, guayabas y paltas, aunque yo antes escogería las de Europa; otros por el uso o afición quizá ternán por buena o mejor aquella fruta de Indias" (Acosta, 1954, 119j Para quienes escribieron la relación de Trinidad de los Muzos, la mayoría de las frutas locales, "ni tienen sabor ni olor ni efecto de bondad" (Morales Padrón AEA, 1958, XV, 607).

El francés La Barre, quien hacia mediados del siglo XVII estuvo organizando la colonia de Cayena, opina que de unos treinta géneros de frutas americanas sólo el ananás o piña puede considerarse como buena para los europeos (La Barre, A. J., 1666, 29).

En cuanto a las del Amazonas, expresaba esta opinión el misionero jesuíta italiano Pablo Maroni "A más destas hay otras mil fruticas silvestres con que suelen no solo los indios sino también muchos españoles entretener el apetito y mitigar la sed que causan los ardores del sol;, pero; ninguna hasta aquí he encontrado que me haya parecido digna de particular elogio" (Jiménez de la Espada, 1889. Mar., 117).

Aun la piña, sobre cuya bondad como fruta hubo menos discrepancia en los siglos XVI y XVII, tuvo sus detractores. Unos dominicos que vinieron a las Antillas, no pudieron comer las que les ofrecieron en San Germán de Puerto Rico en 1544 .”porque su olor nos pareció de melones pasados de maduros y acedos al sol” (Rodríguez-Demorizi, 1942, I, 109). De ella dicen los autores de la relación de Trinidad de los Muzos que era "muy colérica y malsana”. (Morales Padrón: AEA, 1958, XV, 608).

Las guayabas, sobre todo, fueron escarnecidas como indignas del paladar europeo. Los mismos frailes dominicos mencionados en el párrafo anterior, dicen de ellas que hedían O chinche y que era abominación comerlas (Rodríguez-Demorizi, loc. cit.). Igual apreciación se consigna en la relación de Tamalameque (Latorre, 1919, 19). Esta opinión estaba muy difundida (Vargas Machuca, 1599, 142 v.); pero Acosta distinguía entre las guayabas de las Antillas, que en su sentir eran ruines, y las blancas del Perú, así como otras chicas, que tenía por mejores (Acosta, 1954, 118-119).

El rigor se atemperó en el siglo XVIII. El jesuítia Francisco Javier Eder, residente quince años en Mojos, provincia de Santa Cruz de la Sierra, después de hacer una descripción detallada de las frutas vernáculas (1791), destaca: ”Omito hablar de otros muchos frutos, para no aumentar el volumen de la obra, y para que el lector no adquiera demasiada afición a los frutos americanos y repugnancia a los nuestros, con perjuicio de los vendedores. Abierto está el camino para la América: vayan y vean y averigüen la verdad de lo que cuento: vayan y recreen sus paladares con las delicadíssimas frutas de aquella tierra..." (Eder, 1791, 103-104;-----, 1888, 51).

 

TALAS.

Al principio de este capítulo se indicó que varios factores culturales, socio-económicos, políticos e históricos han tenido que ver con la escasez actual de frutales plantados en América equinoccial, en relación con la época de la llegada de los europeos. Corresponde a este lugar el estudio de dichos factores.

Las talas por razones culturales y religiosas eran practicadas por varios grupos indígenas. A la muerte de alguno, los darienes talaban los frutales del difunto y desocupaban la casa (Ufeldre: Serrano y Sanz, 1908, 135). Esta era también la costumbre de los bribrís, tiribis y cabécares de Costa Rica (Gabb: Fernández, 1883, III, 347). Aun sin ello, con la merma de la población indígena a consecuencia de la ocupación europea, y con el cambio de sistema de vida de los grupos supérstites, se rompió el ritmo normal de la multiplicación de frutales, y los que eran erradicados no fueron sustituídos. Esto condujo a una paulatina e irreparable disminuciÓn numérica de árboles fructíferos. Se entiende sin dificultad que comunidades indígenas cuyos miembros eran llevados y traídos como mitayos y conducidos a veces por largos períodos y aun de por vida a lugares distantes de su rincón nativo, no tenían la oportunidad, aunque tuvieran la disposición, de plantar nada.

La población blanca y mestiza que sustituyó al indio careció de alicientes económicos y culturales para preocuparse por el cultivo de especies permanentes (Humboldt, 1941, II, 145-146). A mediados del siglo XIX un botánico norteamericano se desesperaba de no encontrar un buen naranjo en el trayecto de Ibagué a Roldanillo (Holton, 1857, 403), pese a reconocer las bondades del Valle del Cauca para la producción de frutas, y habiendo atravesado justamente el Quindío donde, según se ha visto, tantas había a la llegada de los españoles.

Pero aun siendo importantes para explicar la reducción numérica de los frutales cultivados, aquellos motivos culturales (tala por causas religiosas) o socio-económicos (imposibilidad física de plantar), mucho más fatales fueron los motivos políticos, cuyo desiderato era la total subyugación de una raza por otra. Casi todas las regiones de América equinoccial donde el cultivo de árboles de fruta era una actividad tradicional, estaban habitadas por pueblos aguerridos, "behetrías" sin gobierno central común, o "señoríos bárbaros", grupos celosos de su libertad. La resistencia que todos esos pueblos opusieron al dominio español, constituye una de las más grandiosas manifestaciones del amor por la libertad y de la decisión para defender un sistema de vida, que no ha podido ser oscurecida por la parcialidad de quienes eran jueces y partes en la represión y en la condena, y a quienes exclusivamente se debe el relato de las guerras. Todavía no ha surgido el Ercilla de las tribus colombianas.

La sola acción de las armas resultó ineficaz para obtener el sometimiento. Se apeló de parte y parte a la guerra de tierra arrasada, que si bien no es tan destructora cuando obra sobre cultivos o plantas de ciclo corto, fáciles de reemplazar en breve tiempo, es catastrófica cuando se aplica a especies de larga vida o de producción tardía, como es el caso de muchos frutales. Algunas referencias ilustrarán el proceso.

 

|Destrucción por los mismos indios.

Durante la expedición de Diego Gutiérrez a Costa Rica (1550-1551), los caciques de Suerre y Chiupa (?), como reacción por los malos tratos de los españoles, “quemaron las casas talaron los frutos y árboles, se llevaron el grano de las labranzas, destruyeron el país y luego se retiraron al monte" (Benzoni, 1572, 88). Según Oviedo la expedición tuvo lugar en 1541-1545.

Los indios de Taruaco (Turbaco), cerca de Cartagena, cuando entró allí Pedro de Heredia en 1533, destruyeron ellos mismos los frutales que tenían (Serrano y Sanz, 1916, 12; Friede, 1960, VI, 215).

Recién poblada Vitoria salieron los españoles al pueblo de la Guazabara, de que se habló atrás, donde fue herido con una flecha envenenada el futuro fundador de Remedios, Francisco de Ospina; pero vencieron a los aborígenes. La nueva de esta derrota se divulgó "por toda aquella tierra y provincia y los indios de ella, pareciéndoles que les era perjudicial la entrada de los españoles en ella, no atreviéndose a resistirles ni rebatirles, tomaron una loca y bárbara determinación y fue que todos o los más dieron en quemar sus casas y bohíos de morada y en talar todas las comidas y árboles frutíferos que tenían, poniendo ellos en escondidos lugares lo que habían menester para su sustento, pareciéndoles que no hallando los españoles las cosas en pie ni las comidas a la mano, les sería forzoso tornarse luégo a salir de su provincia..." (Aguado, 1917, II, 37-38;-----, 1957, II, 16).

En Cojimíes, costa del Ecuador, cuando el clérigo Cabello Balboa fue en 1577 a tentar la pacificación de los negros alzados de Esmeraldas, después de una recepción inicial cordial, los negros e indios cambiaron de actitud; un día “hallamos muchos árboles frutales, cortados por el pie, señal... de gente alterada" (Cabello Balboa, 1945, I, 51).

En Avila (Quijos) el 20 de noviembre de 1578, cuando la sublevación general de los jívaros, éstos arrancaron todos los frutales que tenían los vecinos en sus huertas ( González Suárez, 1901, VI, 64).

En el asalto del 20 de mayo de 1579 a una ranchería del medio Magdalena, los yarigüíes sublevados mataron los animales domésticos, talaron las sementeras y cortaron los frutales (Simón, 1953, IV, 352).

A veces tribus rivales, bajo la égida e instigación de los españoles, destruían las arboledas, como ocurrió con los pozos contra los picaras (Cieza, 1909, 158).

 

Destrucción por los europeos.

Rodrigo de Contreras, gobernador de Nicaragua, cuando entró a la región del río Sixaola en 1541 para expulsar de allí a Hernán Sánchez de Badajoz, llegó a Corotapa "prendiendo los caciques, matando indios, matando e destrozando toda la tierra e los árboles de frutas que los indios tienen para sus mantenimientos y los cacaotales e los árboles de plantas" (Fernández, 1907, VI, 98, 240, 277). Entre las especies destruídas figuraba la palma de pijibay, que era el recurso alimenticio más importante en esa y otras regiones (Ibid., 135, 180, 183, 188-189, 197, 269, 307, 289). Por ese motivo los datos referentes a ella se discutirán en el capítulo pertinente.

Cuando Jorge Robledo, después de fundar a Antioquia, siguió para Urabá a fines de 1541 con pocos de sus compañeros, al pasar por la provincia de Guaca, que había sido el asiento de Nutibara, "estaba todo destruído e abrasado por las armadas de Cartajena, que por allí habían pasado, que era la mayor lástima del mundo ver las arboledas y frutales y asientos de bohíos y fuentes hechas a mano, que todo estaba destruído" (Robledo, J.: Jijón y Caamaño; 1938, II, Doc. 120). Estas armadas de Cartagena fueron las de Vadillo, y de Juan Graciano y Luis Bernal, en 1538 y 1539, respectivamente.

Pero donde la destrucción alcanzó su clímax fue en las provincias "caldenses" de Arma, Picara, Carrapa y otras. Aunque se habla en general de "mantenimientos", es claro que los frutales quedan incluídos, pues se vio cuán abundantes eran en tales regiones. "El Adelantado [Belalcázar] mandó mudar el real a la tierra del señor Picara, para que fuese destruído un crecido cerro muy poblado y lleno de arboledas e de maizales, que por ser tan bien labrado le posimos por nombre Morro Hermoso ( ...) Estuvimos algunos días en Morro Hermoso arruinando todos los pueblos a él comarcanos, talando los mantenimientos" (Cieza, 1909, 158).

En los juicios de residencia de Sebastián de Belalcázar y sus tenientes y de Francisco Briceño, se enumeran varios casos de tala de frutales en diversos lugares y provincias de la gobernación de Popayán, que ocupaba entonces todo el occidente colombiano (Friede, Doc. Mss., 297-301 ).

Hernán Pérez de Quesada usó el mismo sistema contra los panches (Fernández de Piedrahita, 1942, III, 45). En la expedición de Pedro de Ursúa a principios de 1550 en la región de Pamplona, después de la batalla que les ganó a los indios de Eyma o Ima, "...desbaratados y muertos los yndios, los españoles se alojaron en sus propias casas, donde estuvieron seis días talando las comidas y árboles" (Aguado, 1916, I, 602).

En 1603, en la campaña promovida por las autoridades del Nuevo Reino y de Popayán contra los pijaos de la Cordillera Central, la expedición al mando del veterano capitán Diego de Bocanegra, río Paila arriba, quemó todas las poblaciones y rancheríos de los indios, "cortándoles todas sus arboledas, plátanos, aguacates, frutas y palos de bija" (Tascón, T. E., 1938, 130, 194). Como consecuencia de esta guerra, quedaron arrasadas quinientas leguas de tierra. Los frutales fueron incluídos en la destrucción, y así se consigna en una carta de Juan de Bórja, presidente de la Audiencia de Santa Fe, de 21 de noviembre de 1607 (BHA: 1955, XLII, 475).

Ya para fines del siglo XVI se había visto que este sistema era un arma de dos filos: "...en las tierras donde entraren [los españoles], se guarden de cortar árboles y plantas frutales, porque, con tan inconsiderada venganza, los que lo tal hacen, a sí mismos se suelen hacer la guerra" (Cabello Balboa: Jiménez de la Espada, 1885, II, cxii; , 1945, I, 79).

 

Tala por otros motivos.

Durante el Siglo XIX se creyó, y después recurrentemente hasta nuestros días algunas autoridades locales de pueblos y aldeas lo continúan creyendo, que los árboles frutales en los patios y huertas urbanas propician el aparecimiento y la difusión de algunas enfermedades, el paludismo entre ellas. La medida sanitaria consiste en la tala, que no erradica el mal, pero destruye los frutales que aún quedan. En 1843 se dispuso en la isla de Puerto Rico cortar los árboles de mango que había en las huertas caseras, por el motivo apuntado atrás (Colón, D., 1930, 147).

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