LA EXPEDICION DEL ALMIRANTE
VERNON
1738
CUADRO 5
CAPITULO I
LA OREJA DEL CAPITAN JENKINS
-¿Es decir, que no corremos ningún riesgo?
-Así lo creo.
-Pero aunque los guardacostas sean vigilantes y activos, nuestro
bajel es pequeño, y si se encontrara con barcos contrabandistas
pereceríamos antes de que acudiese socorro.
-No necesitamos socorro; nuestro capitán es un león, y repetidas
veces se ha batido con fuerzas triples... Por otra parte, nosotros
no seremos los agredidos; a los ingleses no les conviene atacar;
necesitan que les consideren inocentes para continuar su tráfico
ilícito.
El anterior diálogo se sostenía sobre la cubierta de un buque de
guerra español, entre el segundo de La
Isabel (que
así se llamaba el barco) y un empleado peninsular que se dirigía
con su hija única -niña de quince años-, a la ciudad de Portobelo,
para donde le habían concedido un empleo.
-Pero, -dijo el chapetón-, no siempre las costas de Indias han
sido guardadas por esta policía de mar: he oído decir que en otros
tiempos los piratas y corsarios hacían dificilísimo el viaje de
España a Indias.
-Efectivamente. Hace apenas quince años que su serenísima
majestad don Felipe V (y al decir esto se descubrió) tuvo a bien
escuchar las reiteradas quejas del comercio de la Feria de
Portóbelo y Andalucía, y mandó armar los primeros guardacostas a
cargo del conde Clavijo
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, los cuales, costeados por el comercio de
Tierra Firme, son vigilados por los comandantes generales de la
provincia de Cartagena.
-Los ingleses se quejan mucho de la vigilancia de los españoles
en las colonias, -dijo el empleado de Portobelo, que se llamaba don
José de Leyva-, y dicen que son partidarios de la libertad de
navegación.
-¡Pero en país ajeno y no en el propio! -exclamó el teniente
Loyzaga-. Cuando algún bajel de los nuestros llega a Jamaica, por
ejemplo, sea en busca de víveres, de agua o por otro accidente,
envían a su bordo algún oficial inglés con guardia, el cual
permanece vigilando, y no se permite vender allí la menor cantidad
de tabaco, ni conservas, ni velas de sebo, que es lo que suelen
llevar para traficar con ello nuestros buques mercantes. Así ya ve
usted cómo entienden estos ingleses la libertad de navegación.
-¿Y hacen mucho contrabando, a pesar de los guarda-costas?
-¡Muchísimo! Como tienen casas de comercio en Portobelo,
Cartagena, el Perú y Buenos Aires, a su sombra introducen enormes
cantidades de mercancías, en cambio de palo de Campeche, añil,
cacao, plata y oro en barras, perlas y otras joyas... La prueba de
esto se la daré a usted. En los pasados siglos los extranjeros iban
a comerciar con Sevilla, en donde se les vendían aquellas
mercancías por una suma que no bajaba de doce millones de pesos
anuales, mientras que hoy no pasa de cien mil pesos lo que los
extranjeros compran en Andalucía.
-¡Y esto con guarda-costas y tanta vigilancia! ¿Cómo sería si no
hubiese esta policía? -repuso el otro.
-A pesar de todo, nuestro comercio está perdido, y cada día se
encarecen más los efectos que se sacan de España y se abaratan los
ingleses.
-¡Vea usted: y se quejan éstos, y viven amenazándonos con la ira
de su gobierno, porque tratamos de defendernos!
En aquel momento se vio en el horizonte la vela de un buque
mercante, el cual al principio intentó huir; pero notando que el
español -que había izado su bandera-, era más velero que él, echó
al viento sus colores, que resultaron ser los de Inglaterra, y
aguardó la llegada del buque de guerra.
Una hora después se avistaban los dos bajeles. El inglés iba al
mando de un capitán Jenkins, escocés, con permiso del gobierno
español para llevar cierto número de cargas de mercancías a una
casa de comercio de Cartagena.
Sin embargo, aun cuando sus papeles estaban en regla y con todos
los requisitos del caso, el capitán español fue personalmente a
examinar las bodegas del buque mercante; encontrólas como debían
estar, y los bultos no pasaban del número que había apuntado en sus
papeles.
El escocés, en tanto, se manifestaba furioso con el español, y
trataba de hacerle cuantos desaires podía en su buque. Esto hizo
entrar en sospechas al capitán; le preguntó que si juraba bajo su
palabra de honor que no llevaba entre aquéllas ningunas mercancías
de contrabando.
-¿No ha registrado usted mi buque como se le ha antojado?
-preguntó el otro con insolencia. -Esto no es lo que le pregunto,
-contestó el capitán español-. Y entienda usted que yo tengo orden
de su majestad para examinar todos los buques mercantes que
encuentre a mi paso. Repito a usted: ¿Lleva usted mercancías de
contrabando?
-Puede usted cortarme las orejas si encuentra algo más de lo que
tengo apuntado, repuso el escocés.
El español notó que los oficiales del buque extranjero se
miraron sonriendo. Aquello despertó aún más sus sospechas, y pidió
de nuevo las llaves de las bodegas y bajó a ellas con varios de los
suyos, midió su concavidad y vio que efectivamente parecían del
tamaño que debían tener. Iban en pos de los españoles el capitán
Jenkins y algunos de sus oficiales, murmurando por lo bajo y
hablando entre sí, con mal reprimida ira.
Salía el capitán de la bodega, cuando se enredó en una tabla mal
clavada y fue a dar al suelo con estrépito, zafándose otra con el
golpe. Los ingleses fingieron que se les habían apagado las
antorchas que llevaban en las manos; pero el teniente Loyzaga, que
acompañaba a su capitán, pudo resguardar la luz que llevaba en la
mano, y al resplandor de ésta vio brillar alguna cosa debajo de la
tabla que se había zafado y que Jenkins procuraba volver a
ajusfar.
-¡Aguarde usted! -exclamó Loyzaga, poniéndole la mano sobre el
hombro.
-¿Por qué? -preguntó el escocés.
-¡Capitán! -exclamó el teniente-, debajo de este entablado hay
mercancías.
-¡Miente usted, insolente! -gritó el capitán Jenkins, poniendo
el pie sobre la zafada tabla-. ¡No permito que nadie me desbarate
mi buque!
Esto lo dijo porque Loyzaga y otros dos compañeros empezaban a
arrancar precipitadamente las tablas, descubriendo una tendada de
pequeños líos envueltos en papeles.
Los ingleses trataron de impedirlo: los unos sacaron puñal, los
otros pistolas; se apagaron las luces y se empeñó en la oscuridad
un reñido combate, acompañado de exclamaciones profanas y
juramentos. Entre tanto el capitán de La
Isabel, que
iba siempre prevenido para casos como aquél, gritó a sus
compañeros:
-Subid por la escalera de escotilla y dejad encerrados a los
contrabandistas.
Al decir esto se dirigió él mismo adonde decía y por donde
entraba la luz; allí dio un prolongado silbido, que era la señal
para que acudiesen a su defensa los treinta soldados armados que
había llevado consigo y dejado sobre cubierta.
Unos y otros combatientes se calmaron al ver bajar por la
escalera a los soldados armados y con antorchas encendidas.
Felizmente las heridas que se habían hecho unos y otros con los
puñales fueron insignificantes, en tanto que las balas de las
pistolas se habían hundido en el enmaderado, en donde quedaron
empatadas.
Apresados el capitán Jenkins y sus oficiales, y llevados a las
bodegas del bajel español, se acudió a registrar el oculto
cargamento que llevaba el escocés. Componíase de una gran cantidad
de hilo de oro y plata (que se consumía muchísimo entonces en las
colonias para bordar ornamentos de iglesia, y valía a cinco pesos
la onza), lo cual podía fácilmente ocultarse entre tabla y tabla de
la bodega. Uno de aquellos paquetes se había roto con la presión, y
por ese motivo lo pudo ver el teniente Loyzaga. A más de esto, el
buque llevaba entre el lastre una porción de planchas de estaño y
plomo
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, que pensaban
vender a alto precio en Cartagena.
El capitán de La
Isabel ordenó que amontonasen
sobre la cubierta del buque de Jenkins todo el rico cargamento de
contrabando, y en presencia de sus dueños, de los soldados y de
toda la tripulación de ambos barcos, lo mandó arrojar al mar.
-¡Qué lástima del hilo de oro! -exclamó una dulce voz femenina
detrás del furioso capitán Jenkins.
La que hablaba era Albertina de Leyva, la hija del empleado de
Portobelo a quien antes oímos conversar con el teniente
Loyzaga.
-¡Cuántos mantos para la Virgen Santísima se podrían bordar con
esos hilos, en lugar de que ahora ni los pescados se aprovecharán
de ellos! -añadió la niña.
-El escocés no pudo menos que mirar a la niña y parecerle
bellísima.
Era morenita y pálida: tenía un par de ojos que brillaban como
el lucero vespertino, bajo unas pestañas crespas como su melena
negra y sedosa; sus labios rojos se abrían como una fruta madura
para dejar ver dos sartales de perlas finas que llevaba a manera de
dientes.
Sin embargo, el capitán del buque inglés apartó en breve la
mirada de la bella y fresca española para fijarla en los restos de
su ahogado cargamento, parte del cual nadaba sobre el lomo de las
olas, dejando un largo rastro detrás del barco.
-¡Malditos españoles! -gritó lleno de ira, levantando los puños
cerrados al cielo con impotente rabia-. ¡He ahí perdido el trabajo
de toda mi vida! ¡En esas mercancías había empleado yo todo lo
ganado en diez años de esfuerzos asiduos!
-¡Pobre hombre! -dijo Albertina, hablando con una de sus
criadas-; me da compasión verle tan afligido.
-Vea sumerced, -repuso ésta-, cómo el hereje tiene orejas tan
grandes, gruesas y coloradas como tomates sevillanos.
Sonrióse ligeramente la niña al notar que la comparación era
justa. El capitán vio la sonrisa, y en parte comprendió el motivo:
en su ciega cólera dio un paso adelante con la mano levantada, y
quiso castigar a las dos mujeres, que creyó se mofaban de él y de
su desgracia. Pero encontró que alguien le agarraba fuertemente del
brazo por detrás, y que el teniente Loyzaga le decía:
-¡Detente, villano, mal caballero! ¿Cómo te atreves a levantar
la mano contra una dama?
El capitán de La
Isabel, que había presenciado
aquella escena, se adelantó entonces, y dijo a Jenkins con acento
de burla:
-Ha olvidado usted, capitán, una cosa, que aún me falta
cobrarle...
-¿Qué más quiere usted robarme?
-¿No juró usted por sus orejas que no tenía en su barco
mercancías de contrabando?
El escocés no contestó; pero una ola de sangre subió por su faz
ya rubicunda, y se fijó en su gruesa nariz y en sus largas
orejas.
-Pues, -continuó el español-, si usted olvidó ese juramento, sin
duda por los muchos que ha hecho en vano, a mí no me ha sucedido lo
mismo, y pienso obligarle a que no vuelva jamás a olvidar nuestro
encuentro en estos mares.
El escocés continuó callado; pero a medida que el otro hablaba,
había ido perdiendo su color arrebolada, como si ya comprendiera lo
que le iba a suceder.
-Que me llamen al barbero del barco, -dijo el capitán de
La
Isabel.
Y cuando éste estuvo presente, añadió:
-Amuela una navaja de barba de manera que puedas afeitar al
señor capitán, sin que aquello le cause desagrado.
En tanto que el barbero negro iba a cumplir con la orden,
Jenkins, que empezó a creer que aquello se convirtiría en una farsa
y nada más, dijo dirigiéndose al capitán en castellano, lengua que
sabía muy bien:
-Gracias, capitán, no necesito afeitarme; es usted muy atento,
pero...
-No se le va a afeitar como usted piensa, -contestó el español-.
Pierda cuidado; no tengo empeño en quitar a usted esa hermosa barba
que tanto le embellece.
Aquel chiste fue acogido con una carcajada general; el escocés
poseía una barbilla rala, desigual y roja, la cual, junto con sus
monumentales orejas, era lo más feo que tenía.
El pobre capitán escocés, que se veía como ratón en trampa y sin
poderse defender, sudaba y se limpiaba la frente con un pañuelo,
hasta que volvió el barbero a presentarse.
-Ahora, -dijo el capitán, haciendo una seña a dos marineros:
-aten las manos y los pies del señor Jenkins.
Hecho esto con suma destreza y prontitud, continuó hablando
así:
-A pesar de que el señor capitán juró por sus dos orejas que no
tenía mercancías de contrabando en su barco, siendo falso el
juramento, y teniendo derecho de quedarme con ambas orejas, le haré
el don de una de ellas, que quedará en su puesto; pero como he
pensado en enviar la otra a su muy amado rey, don Jorge II, el
barbero se la cortará, y metiéndola en ese cajoncillo, no dudo que
el señor capitán mismo nos hará el favor de llevarla cuidadosamente
a Inglaterra, y decir a su real amo que si se presentara la
ocasión, haríamos lo mismo con él.
Como no pudiese defenderse de otro modo el mísero
contrabandista, empezó a proferir los insultos más espantosos
contra el rey de España y contra toda la nación española. Viendo
aquello el capitán de La
Isabel, le mandó poner una
mordaza, y así atado, maniatado y con mordaza, sin acertar a
moverse, el barbero le cortó una oreja, la metió en un frasco con
alcohol, y éste en un cajoncillo bien cuñado, que llevaron junto
con su capitán al barco del escocés, y allí le dejaron en manos de
sus compañeros. Mientras que éstos proferían mil insultos y
amenazas de venganza en inglés y castellano, reíanse a carcajadas
en el bajel español, el cual se alejaba poco a poco del lado de su
enemigo, hasta que se perdieron de vista, divididos por las olas
del mar.
Poco se figuraron unos y otros las consecuencias que la cortada
de la oreja de Jenkins iba a tener en la política del mundo, como
adelante veremos.
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Este caballero murió en Cartagena el 9 de junio de 1741,
después de prestar servicios importantes en aquella provincia.
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"Esto era de mucho consumo en Cartagena para la manufactura de
los tejares y fábricas de la loza vidriada, de que se abastecen los
pueblos inmediatos e islas de Barlovento". ("Aviso Histórico" antes
citado).
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