LOS FILIBUSTEROS Y SANCHO
JIMENO
1697
CUADRO 3
I
Corría el año de 1697. España y Francia continuaban en guerra
abierta, la cual llevaban adelante no sólo en Europa, sino en
América, Asia y África, y los ejércitos se batían en tierra y las
escuadras navales en los mares. El mundo entero gemía agitado por
aquellos dos gigantes, que procuraban sobreponerse el uno al otro,
y adquirir cada cual más poderío y mayor influencia en la política
europea. Sin embargo, hacía muchos años que España iba decayendo y
perdía batalla tras de batalla: en Flandes, en Cataluña, en Italia,
en todas partes, los ejércitos del enfermo Carlos II eran vencidos
por los siempre victoriosos hasta entonces de Luis XIV.
Todos los medios parecían buenos al gobierno francés, con tal de
conseguir la victoria y arruinar a España. Así fue como, conociendo
que Carlos II obtenía los mayores recursos de sus colonias
americanas, y siendo Cartagena de Indias uno de los más ricos
depósitos del caudal del rey de España, Luis XIV resolvió que
aquella plaza fuese atacada y arruinada por sus escuadras.
Juan Bernardo Desjeans, Barón de Pointis, era un marino de
notable reputación, que había combatido con buen éxito en África y
en otras partes. Siendo éste -que contaba ya cincuenta años- hombre
de experiencia y muy respetado por sus compañeros de armas, Luis
XIV le encomendó la expedición a las colonias españolas de América,
con encargo de apoderarse en primer lugar de Cartagena. Pointis
debía ponerse de acuerdo con el gobernador de las posesiones
francesas en Santo Domingo, cuya capital era Petit-Goave. Dicho
gobernador era también un distinguido marino, Juan Bautista
Ducassé, antiguo negrero y de grande influencia sobre los
filibusteros de las islas adyacentes.
Los filibusteros eran los miembros de ciertas compañías
de piratas o bandidos de mar, unos ingleses, otros franceses, que
tenían sus guaridas en las pequeñas Antillas que los españoles no
habían tomado para sí, y en donde se aprestaban expediciones contra
las colonias españolas
1
.
La escuadra francesa, al mando del barón de Pointis, había
llegado a La Española a principios de marzo; constaba de diez
buques de guerra, a los cuales añadió Ducassé dos navíos grandes
con tropa armada y doce pequeños, llenos de negros prófugos, y
piratas y filibusteros sin ley ni Dios, pertenecientes a todas las
naciones del mundo. El ejército se componía de cerca de diez mil
hombres, perfectamente armados y municionados, llevando además
amplias provisiones de boca robadas, y todos animados por la pasión
del lucro y llenos de osadía y crueldad
2
. Ofreció Pointis pagar a los filibusteros
mercenarios una suma igual a la que tocara a las tropas del rey que
iban en los buques traídos de Francia, pago que había de hacerse
con el botín que tomasen en Cartagena, cosa por cierto vergonzosa y
que hoy deshonraría a un gobierno.
Todo estaba listo y preparado en Petit-Goave para emprender
marcha, y sin embargo no se daban las órdenes de embarque, porque
Ducassé aguardaba un mensajero que había mandado ocultamente a
Cartagena, a tomar lenguas y averiguar si podía entenderse con
algunos de los oficiales de la guarnición española de la plaza, a
varios de los cuales conocía personalmente. Regresó al fin el
mensajero y encerróse con Ducassé, con quien tuvo una larga
conferencia, cuyo resultado no lo supo nadie; ni siquiera el mismo
general de las tropas del rey tuvo conocimiento exacto de las
noticias que trajo el enviado del gobernador. Este sólo dijo que
todo andaba bien en Cartagena, y que podrían darse a la vela lo más
pronto posible.
II
Gobernaba la ciudad y la provincia de Cartagena don Diego de los
Ríos, hombre perezoso, descuidado y poco activo, que nunca se
decidía a dar un paso sino después de largas reflexiones, con lo
cual dejaba escapar toda ocasión favorable. Tenía, además, un
gravísimo defecto, y era el de la envidia y la mala voluntad que
profesaba con respecto al castellano de Boca Chica, don Sancho
Jimeno, el cual poseía muy relevantes prendas, una actividad
asombrosa, una pericia sorprendente, una gallardía poco común, y
era tan bien quisto entre las damas, como obedecido y respetado por
sus compañeros de armas. En su primera juventud fue paje del
segundo don Juan de Austria (hijo ilegítimo de Felipe IV), y a la
muerte de este príncipe sirvió en las guerras de Flandes, Como su
familia era hidalga pero pobre, don Sancho se vio obligado a
aceptar un destino en las Indias, y estuvo interinamente de
gobernador de Cartagena. Su extraordinaria honradez, llevada hasta
el mayor grado, le granjeó enemigos
Aquella noble acción fue recompensada por la Providencia, pues
Teresa de Guzmán, no sólo era bella como un lucero, sino
virtuosísima y de espíritu tan generoso y levantado como el de su
esposo.
Relegado Sancho Jimeno a Boca Chica, en calidad de castellano de
la fortaleza, como se viese querido por el pueblo cartagenero,
aunque mal visto por todos aquellos que envidiaban sus virtudes,
sin por eso tratar de imitarlas, el español resolvió ir lo menos
posible a la ciudad de Cartagena; así fue como compró un terreno en
la vecina isla de Barú, para que viviese allí su esposa, y de esa
manera verla frecuentemente, sin abandonar su puesto en la
fortaleza de San Fernando, que le tenían encomendada.
-Señor, -dijo un negro, sirviente de confianza de Sancho Jimeno,
entrando una madrugada en su dormitorio-, acaban de llegar unos
marineros en los botes que traen sal de Zamba, y éstos dicen que
cuando ellos salieron de aquel lugar entraban en la ensenada
veintidós bajeles de filibusteros.
-¡De filibusteros!
-Sí, señor, y añaden que entre éstos hay grandes navíos armados
con multitud de cañones y llenos de soldados.
-Están a diez leguas de distancia no más de Cartagena los
enemigos, ¡y nosotros desprevenidos! -exclamó el castellano,
arrojándose de su hamaca; y vistiéndose apresuradamente buscó
papel, pluma y tinta, y escribió una carta que cerró y selló.
-Anda ahora mismo a Cartagena, -dijo al negro, que aún
permanecía en el aposento-, y lleva ese papel al señor gobernador
don Diego de los Ríos.
-No está en Cartagena, señor.
-¿No está en Cartagena?
-Ayer tarde se puso en marcha para Turbaco, con toda su
familia.
-¡Sin avisármelo siquiera!... Pero esto urge; anda a Turbaco con
esa razón, y no te detengas en ninguna parte hasta no entregarle el
papel.
Un cuarto de hora después el negro, con dos remeros embarcados
en una ligerísima canoa, salía del castillo de San Fernando y se
dirigía a tierra firme en busca del camino de Turbaco.
Algunas horas hacía que el gobernador estaba disfrutando de la
fresca de la tarde en el bonito pueblo de Turbaco en donde poseían
casas de recreo los ricos de Cartagena, cuando llegó jadeante el
negro esclavo del castellano de San Fernando.
He aquí la carta de Sancho Jimeno, que leyó el gobernador con
suma sorpresa:
"Excelentísimo señor:
Ahora mismo que son las seis de la mañana de este ocho del mes
de abril, acabo de tener noticia de que en Zamba se hallan más de
veinte bajeles de filibusteros, los cuales vendrán sin duda a
atacar a esta plaza. La guarnición del castillo de San Fernando no
consta sino de sesenta y ocho negros y esclavos de las haciendas
vecinas, que he podido alquilar, y sólo treinta y cinco soldados
veteranos. Los primeros son casi salvajes y no entienden el
ejercicio ni la disciplina. Esta fortaleza ha tenido en todo tiempo
una guarnición de cerca de cuatrocientos hombres. Suplico, pues, a
su excelencia que inmediatamente me mande los soldados que me hacen
falta, que yo desde este momento mandaré a buscar los víveres que
se necesitan para un sitio, si acaso los piratas nos lo ponen.
Ahora tres años hubo peligro de piratas en Cartagena, cuando yo
tenía el cargo de gobernador, y con sólo tomar las providencias del
caso para defender la plaza, los bandidos lo supieron y no se
atrevieron a atacarnos. Ahora sucederá lo mismo, si su excelencia
toma las precauciones debidas.
Besa los pies de su excelencia su más rendido servidor,
SANCHO JIMENO,
Castellano de Boca Chica".
- "P. D.-Acabo de saber que su excelencia está en
Turbaco. Como presumo que se vendrá inmediatamente para Cartagena,
espero la llegada de los soldados que necesito a más tardar mañana
en la tarde".
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-¡Vaya, vaya! ¡Si será aprehensivo el señor Castellano de Boca
Chica! -exclamó el gobernador. Y volviéndose al negro añadió-: Dile
a tu amo que mañana no me iré a Cartagena, porque tengo que hacer
un rodeo; que a eso vine, y no me he de ir sin cumplir con lo que
pensé hacer... Y añade que pierda cuidado; que hace meses que yo
tenía noticia de esa expedición de franceses y filibusteros, pero
que no es a Cartagena adonde se dirigen, sino a Portobelo, y allí
hallarán la armada del conde de Saucedillo, que les hará
frente.
-¿No sería mejor que su excelencia le escribiese todo eso a mi
amo?... Yo puedo olvidar algo, y...
-¡Escribirle! -exclamó el perezoso gobernador-; no lo pienses...
Yo vine a descansar en Turbaco, y ni recado de escribir traje.
Anda, anda a buscar a tu amo, y repítele lo que te he dicho, que
eso lo tranquilizará y me dejará en paz y sosiego.
Recibió don Sancho Jimeno el recado del gobernador con no
reprimida ira; envió inmediatamente estas noticias a Cartagena,
para que se fuesen preparando y apercibiendo; pero ninguno de los
empleados del gobierno español quiso o pudo tomar las providencias
del caso y el castellano veía con desesperación que pasaban las
horas y los días sin que regresase el gobernador, no obstante los
muchos mensajes que mandaba, puesto que los mensajes produjeron lo
contrario de lo que aguardaba: don Diego, que, como ya sabemos, no
quería a don Sancho, por llevarle ,1a contraria permaneció ausente
de Cartagena hasta el día doce, en que regresó. Este hizo saber a
don Sancho que el día siguiente por la tarde le enviaría la
guarnición que pedía, y mientras tanto él fue a visitar los
castillos de Manzanillo y Santa Cruz, sitos en la bahía y distantes
de la ciudad.
Como llegase el gobernador ya oscuro al castillo de Santa Cruz
el día doce por la noche, no quiso regresar a Cartagena, y pernoctó
allí.
Cuando se levantó el día trece, vio que toda la guarnición
estaba sobre las murallas mirando hacia el mar.
-¿Qué miráis? -preguntó.
-Una multitud de velas que parecen venir hacia acá.
-Os equivocáis, -repuso el gobernador muy serio-; esos deben de
ser los bajeles de filibusteros que van a Portobelo.
-¿Estáis seguro de eso? -preguntó el comandante del
castillo.
-Lo presumo así...
-¡Señor gobernador! -exclamó el comandante con indignación-,
habéis faltado a vuestro deber cuando no apercibisteis la plaza con
tiempo. Ved cómo uno de los buques mayores se dirige, hacia el
puerto directamente.
-¡Coronel Vallejo! -dijo el gobernador, muy airado-, ¿cómo os
atrevéis a proferir esas palabras? Pase vuesamerced arrestado a
Cartagena.
-¡A un coronel no se le trata así! -dijo el otro con rabia-,
y...
-Callad, y cumplid mi orden, porque os puede costar caro el
irrespeto... -¿Pero quién queda en mi lugar en este castillo?
-Nadie... Si el enemigo nos ataca seriamente, no tenemos fuerzas
suficientes para guarnecer a Santa Cruz y hemos de abandonarlo con
tiempo... Pero, -añadió-, no entrará el enemigo en Cartagena...
Hace más de cien años que ningún pirata, filibustero o enemigo, ha
osado hacerlo. ¿Y por qué lo han de intentar ahora?
Dos horas después el gobernador regresaba a Cartagena llevando
consigo toda la guarnición de Santa Cruz, en el momento en que un
barco enemigo, con cincuenta bocas de cañón, se ponía de guardia a
la entrada del puerto, quedando éste bloqueado por mar.
En el entre tanto, éste era el suceso que ocurría en el castillo
de San Fernando de Boca Chica: don Sancho Jimeno había mandado
llamar a su esposa para despedirse de ella.
-Adiós, -la decía abrazándola tiernamente-, adiós amada
Teresa... Es posible que no nos volvamos a ver jamás; no me olvides
en tus oraciones hija mía.
La niña (apenas había cumplido dieciocho años), que le tenía
echados los brazos al cuello, se apartó temblando para mirar a su
esposo de frente.
-¡Don Sancho! -exclamó (ella nunca había podido llamarle de otro
modo)-; ¿qué dice vuesamerced? ¿Por qué habla de muerte? ¿Está
acaso enfermo o un peligro le amenaza?
-No estoy enfermo... pero me amenaza un grandísimo
peligro...
-¿Cuál?
-Se acercan los filibusteros a atacar esta plaza; el gobernador
no ha querido darme los auxilios que necesito... Moriré, pues, bajo
las ruinas de aquesta fortaleza que se me ha encomendado ...
-¿Y por qué no pedís auxilio a don Diego de los Ríos? ¿Por qué
no le explicáis la necesidad de ello?
-Lo he hecho repetidas veces... y no he recibido ninguna
contestación; me resignaré a morir; pero jamás, ¡lo juro por Dios
Nuestro Señor!, rendiré la bandera española ante ninguna otra del
mundo.
-Aún es tiempo, -dijo Teresa con angustia-, permitidme ir yo
misma a ver al gobernador...
-¿Tú? ¡jamás! No volveré a humillarme ni a pedirle nada...
-Señor, señor -gritaron algunas voces desde las murallas-, ¡se
acerca un bajel enemigo con la bandera de Francia desplegada!
-Llegó la hora del peligro... Teresa, debes partir...
-¿Yo partir? ¡Nunca jamás! Compartiré con vos el peligro, y si
es preciso morir, moriremos juntos.
-No, hija mía; tu presencia me quitaría el valor...
-Soy tu esposa -dijo la niña con dignidad, tuteando a su marido
por primera vez en su vida.
-Mi esposa, sí; pero yo soy el castellano de la fortaleza, que
ha jurado defenderla con la vida; tú nada has jurado: puedes
vivir...
-¿Sin ti? ¡prefiero la muerte!...
-Quizá saldremos victoriosos; ¿por qué no? Vete, amada mía, que
me quitas el ánimo...
-Si eres tan bueno, tan noble, tan grande, Sancho mío,
que...
-No, no trates de adularme, -repuso él sonriendo con tristeza:-,
y obedéceme...
-Ella insistía en quedarse, hasta que al fin la dijo su esposo
con gravedad: -Yo mando en este castillo; no puedo tener bocas
inútiles en él; Teresa, es preciso que te alejes... Te hago, sin
embargo, una recomendación: si los enemigos penetran en la bahía,
huye de aquí, hija mía; no aguardes al enemigo, que puede
afrentarte... Vete a Villanueva entonces, que allí encontrarás a la
familia Heras Pantoja, que es muy amiga nuestra, como tú sabes, y
te amparará en memoria mía.
Con estas o semejantes palabras, don Sancho fue convenciendo a
su afligida esposa de que debía partir, y llevándola casi en brazos
hasta la playa, la sentó en el barco que había aprestado para ella,
y recomendándola a las negras esclavas que la acompañaban, saltó a
tierra nuevamente, mientras que los remeros se dirigían hacia la
cercana costa de la isla de Barú, en donde, como hemos dicho, don
Sancho Jimeno poseía su casa de campo.
III
La mar estaba algo agitada, y la brisa soplaba de tierra hacia
afuera, como si el viento mismo fuese patriota y rechazase el
ataque del enemigo. Como hemos visto antes, se había separado de la
flotilla comandada por el barón de Pointis y por Ducassé, un navío
de guerra de cincuenta cañones, el cual, con las velas desplegadas
al viento y enarbolada la bandera francesa, se adelantaba con
gracia y como un enorme cisne hacia Boca Chica, en tanto que los
demás bajeles se detenían lejos de la costa. A poco arreció el
viento, blanqueó el mar, levantáronse las olas y el buque tuvo que
variar de rumbo y navegar con sesgado giro, subiendo y bajando
sobre las líquidas colinas que trataban de impedirle el paso. Sin
embargo, el bajel adelantaba, y los que lo contemplaban desde lo
alto de las murallas del castillo de San Fernando, veían a cada
momento con mayor claridad los colores de la bandera que batía el
viento con ira, los soldados que guarnecían la cubierta con el arma
al brazo, y pudieron contar las cincuenta bocas de cañón con que
iba armado.
No obstante el viento contrario, ya empezaba a caer la tarde,
cuando el bajel llegó a las inmediaciones de Boca Chica. Un tiro de
cañón disparado de la fortaleza de San Fernando rozó las olas a un
lado del buque enemigo, y otro, disparado un momento después,
rompió un palo saliente a proa. El navío se alejó un poco, disparó
tres cañonazos consecutivos, más como una señal que para hacer
daño, y permaneció quieto en cuanto era posible, batido como estaba
por la brisa. Otro cañonazo disparado de San Fernando le hizo ver
que ya no podía hacerle daño; contestóle otro tiro, yendo a caer la
bala sobre la arena de la playa, en donde quedó sepultada. Al mismo
tiempo notóse que la flotilla que se veía en lontananza se dividía:
una parte de los bajeles se dirigió hacia Boca Chica, y otros se
movieron como para tomar la vía de la ciudad de Cartagena.
Poco a poco fue cayendo el día, y los últimos rayos del sol
poniente iluminaron con ondas de fuego derretido las altas almenas
del castillo de San Fernando, y dieron un color de sangre a la
bandera española que tremolaba en su cumbre.
-Cuando amanezca el día, -pensó don Sancho Jimeno, bajando de su
mirador, después de haber dado las últimas órdenes al artillero
Francisco Vives-, cuando amanezca el día de mañana, estaremos
sitiados enteramente por agua... Pediré por última vez auxilio al
gobernador por la vía de tierra. Si no me manda gente, no sé qué
pensaré de él, pues no puedo creer que un español sea traidor a su
rey hasta ese punto.
IV
La noche había cerrado enteramente; la luna, muy nueva todavía,
arrojó una amortiguada y melancólica luz sobre la mar, que aullaba
con ronquísima voz entre las rocas de la ribera, sobre los dormidos
arenales y los tembladores juncos; plateó levemente las copas de
los manglares, se deslizó con suavidad por las orillas de los muros
de las fortalezas, iluminó tenuemente la cúspide de las olas, y en
seguida fue a morir hundiéndose en el horizonte. Dos sombras
salieron de la fortaleza de San Femando y tomaron una vereda que
serpenteaba, ya por la orilla del mar, ya entre las malezas del
interior de la isla de Tierra Bomba, unas veces ocultándose entre
dos colinas, otras deslizándose por entre los manglares de la
ribera del mar. Aquellas dos sombras eran las de los mensajeros que
enviaba por última vez el castellano de la fortaleza de San
Fernando al gobernador de Cartagena, avisándole la situación
crítica en que se hallaba.
Uno de los mensajeros era un negro esclavo que don Sancho había
comprado hacía poco tiempo al capitán Francisco Santarem, militar
llegado no hacía mucho tiempo a Cartagena, el cual se decía que se
había criado en Francia entre la servidumbre de la reina María
Teresa de Austria, y hablaba el francés al igual del castellano; el
compañero del negro era un soldado de la guarnición, veterano de
toda la confianza del castellano, el cual llevaba el mensaje
escrito que enviaba éste a don Diego de los Ríos.
-Mi cabo, -dijo el negro al soldado en el momento en que se
acercaban a la punta de Chumba, detrás de la cual iba la vereda que
seguían-, si está cansado, puede sumerced darme la partesana
3
, que yo se la llevaré con
gusto.
-Toma, hermano, -dijo el cabo-, que me pesa mucho esta noche el
arma, más que otras veces. ¡Qué calor hace! ¡El viento, en lugar de
refrescar, parece que viniera del infierno!
-Yo no siento calor, -dijo el africano recibiendo la partesana
con un anhelo extraño, que. despertara sospechas en el cabo, si
hubiese visto brillar un diabólico relámpago en los ojos del
esclavo.
-¡Tú qué vas a sentir, si vosotros los negros nacisteis para
aguantar soles y sufrir estos climas endemoniados, sin que os hagan
mella!
El negro contestó con una carcajada; se detuvo enseguida, puso
las manos en la boca y dio un grito particular.
-¿Qué significa eso? -preguntó el cabo-. ¿Por qué haces ese
ruido extraño?
-¿Este ruido qué significa? pregunta vuesamerced. Ya lo sabrá
dentro de un momento.
El cabo se detuvo.
-Dame mi arma, -dijo volviéndose hacia el lugar en que acababa
de ver a su oscuro compañero, más oscuro que la noche misma; pero
éste había desaparecido.
-¡Juan! -exclamó-; ¿dónde estás?
Nadie le contestó. En ese instante le llamó la atención, en
medio del rumor del mar que se rompía en aquel punto con estrépito,
un ruido como de voces humanas, y antes de darse cuenta de lo que
le pasaba, se vio rodeado de una turba de hombres que se arrojaron
sobre él, y sin darle tiempo de defenderse, encontróse atado de
pies y manos.
-¡Juan! -gritó-; ¡traidor!
-¡Silence! -le contestó en francés uno de los
circunstantes, hundiéndole un puñal en el pecho hasta el mango.
Sacóselo después, lo limpió tranquilamente en la ropa de la
víctima, y se puso a vaciarle los bolsillos. Sacó la carta del
gobernador y se alejó con sus compañeros.
Empezaba a clarear el día, cuando el negro Juan llegaba a
Cartagena, se dirigía a la casa del gobernador, y allí anunciaba
que iba con un recado del castellano de Boca Chica.
-Mi amo, el señor don Sancho Jimeno manda este papel, -dijo el
negro con hipócrita humildad-, para que su señoría se imponga de lo
que dice.
El gobernador lo abrió.
-Pero ésta no es letra de don Sancho, -dijo mirando al negro-,
ni trae su sello.
-Mi amo se había lastimado una mano, -contestó éste sin
turbarse-, y se lo escribió el artillero Francisco Vives.
El gobernador leyó lo siguiente, no sin asombro:
"Excelentísimo señor:
Ha resultado falso el alarma que hemos tenido con respecto a la
escuadra francesa; yo sé de una manera evidente que no tratará de
entrar en Cartagena, sino que continuará con dirección a Portobelo.
No debe su señoría mandarme, pues, auxilio ninguno.
De su excelencia su más rendido servidor,
El castellano de San Fernando".
Largo rato estuvo el gobernador mirando el papel que tenía en la
mano.
-¡Cosa bien rara! -dijo-; esta letra me es familiar, aunque no
conozco la de Francisco Vives, ni creía que ese hombre escribiese
tan bien; pero ésta se parece mucho a otra que he visto
últimamente... Dime, -repuso, dirigiéndose al negro-: ¿cómo ha
sabido tu amo las intenciones de la escuadra enemiga?
-No sé, señor.
-¿No está desde ayer tarde una fragata bloqueando la entrada al
puerto?
-Sí, señor; pero cuando le dispararon algunos cañonazos de la
fortaleza, se retiró más lejos... Oí decir a mi amo que el enemigo
lo que pretendía hacer con eso era impedir que de Cartagena
mandasen aviso a la escuadra del conde de Saucedillo...
-¿Qué he dicho yo desde el principio? -exclamó el candido
gobernador-. Los filibusteros, ya lo veis, no han pensado en
atacarnos...
-Mi amo, -dijo el negro-, despácheme vuesamerced, que quiero
estar temprano en Boca Chica con la contestación... Mi amo me dijo
que bastaría que su excelencia pusiese su firma en el mismo papel
que traje, lo cual le probaría que el señor gobernador lo había
recibido.
Alegróse el perezoso don Diego de los Ríos de no tener que
escribir carta, y tomando una pluma firmó el papel que había
llevado el negro, se lo devolvió a éste, y pidió su desayuno,
mientras que el esclavo regresaba a toda prisa a buscar la barca
que le había llevado de Tierra Bomba; embarcóse en ella y puso
manos a los remos. Nadie notó desde la playa que, yendo ya cerca
del otro lado de la bahía, se detuvo para volver menudos pedazos la
carta de don Sancho Jimeno, junto con la firma del gobernador, cosa
que, si la viera éste, le habría sorprendido mucho.
Iba aún el negro por mitad del camino, cuando empezáronse a oír
cañonazos, uno tras otro; unos del fuerte de San Fernando, contra
más de doce bajeles enemigos que se habían acercado a Boca Chica;
otros, de estos navíos que atacaban con brío la fortaleza. Momentos
después arrimábanse (sin preocuparse del fuego que les hacían de
los muros y almenas del castillo, con lo cual mataban a los que
sacaban el cuerpo fuera de la cubierta) tres pontones llenos de
filibusteros armados con bombas y morteros para dispararlas. Los
piratas se arrojaban a las playas con grandísimo riesgo, muriendo
unos en la empresa; pero la mayor parte llegaron hasta un punto en
que las murallas mismas de la fortaleza les servían de
parapeto.
La situación de don Sancho Jimeno era angustiosísima. ¿Cómo
defenderse de aquel ejército de hombres que no temían a Dios ni al
diablo, a quienes poco importaba morir, ni que murieran los demás,
con sesenta negros bozales y treinta y cuatro soldados veteranos
por junto, pues el que había enviado a Cartagena no regresaba? Pero
el peligro en que se hallaba enardeció el valor sereno de aquel
hombre, que recorría, sin perder su calma, las murallas, animando
con su presencia a los artilleros y hasta chanceándose con los que
notaba asustados.
Tres horas después de medio día, ya todos los veintidós bajeles
del enemigo (contándose entre éstos diez navíos de guerra de
ochenta y noventa cañones) estaban frente a Boca Chica, los cuales
se desplegaron en semicírculo para atacar la fortaleza.
Una hora antes de oscurecer, los sitiados vieron que de algunos
de los buques arrojaban botes con gente que debería desembarcar en
la punta llamada de El Horno, la cual, resguardada por la formación
del terreno, no podía ser defendida por el castillo. Sancho Jimeno,
despreciando el peligro, y a riesgo de ser despedazado por las
balas enemigas, subió al sitio más alto de la fortaleza, con el
objeto de mirar hacia Cartagena, por ver si le enviaban los
socorros que había pedido.
-¿No veis venir nada? -preguntó el artillero Francisco Vives que
le acompañaba.
-Nada, señor.
-¡Maldito gobernador! -exclamó el castellano, perdiendo por
primera vez la paciencia-. Nos sacrificará indudablemente a su
desidia y su flema! ¡Mañana amaneceremos cercados por mar y
tierra!
Las balas disparadas por los franceses arrancaban entre tanto
trozos de muralla, y al estruendo de los cañonazos se unía el
estridente fragor de la fusilería.
-¡Señor castellano! -gritó Vives agachando la cabeza al sentir
venir una bala, la cual, pasando por lo alto, fue a hundirse dentro
del pavimento, a dos pasos de distancia de don Sancho, que ni se
movió ni pestañeó siquiera-. Señor mío, -añadió-, vámonos de aquí,
que nada ganará el rey con nuestra muerte, y sí perderá si os mata
el enemigo.
-Efectivamente, -contestó don Sancho, dando la última mirada al
camino por donde esperaba la llegada de la tropa pedida-; es
preciso que nos resignemos a defendernos con la poca gente que
tenemos: esta noche el enemigo se hará dueño de Tierra Bomba, y
mañana será inútil aguardar auxilio. Bajemos...
La agitación del mar del día anterior se había cambiado en una
calma completa; ni una hoja se movía en los árboles, y el rumor de
las olas era un suave susurro al tocar las playas; la luna, que
lucía apenas un medio disco de plata sobre un cielo azul pálido, se
confundía con el brillo intenso de los luceros que se miraban en
las aguas mansas del océano, semejante a un inmenso lago. Los
fuegos habían cesado con la noche; pero los buques enemigos,
semiocultos en las sombras, estaban llenos de luces, y se notaba en
ellos gran movimiento, como también el ruido que se oía por el lado
de tierra probaba que hacían preparativos para el sitio de la
fortaleza por aquella parte.
Sancho Jimeno, después de haber pasado la noche en vela,
preparándose para el formidable ataque que aguardaba al día
siguiente, se había quedado dormido hacía apenas una hora, cuando
lo despertaron para avisarle que acababa de llegar el negro
despachado la noche antes a Cartagena.
Este se acercó, con los ojos bajos, al sitio en que estaba el
castellano.
-¿Por qué has tardado tanto? -exclamó don Sancho al verle.
-El señor gobernador no me quiso despachar hasta esta noche,
-contestó el esclavo embustero.
-¿Me mandó ya los auxilios?
-Cuando amanezca estarán aquí.
-¡Cuando amanezca no podrán pasar! ¿Cuánta gente mandaba?
-añadió.
-No me dijo... -¿No me escribió?...
-Dijo que no tenía tiempo...
-¿Y qué más?...
-Lo que dije: que al aclarar el día despacharía lo que deseaba
el señor castellano.
-¿Y dónde está el cabo que se fue contigo? A él comisioné para
que trajera la carta, y no a ti.
-El cabo se quedó en el camino... de aquí para allá.
-¿En el camino de aquí para allá?...
-Quiero decir, de allá para acá...
Don Sancho Jimeno fijó los ojos en el negro, y éste se puso a
temblar, sin poderse contener.
-Contesta, -le dijo el castellano-: ¿Dónde quedó el cabo?
-Se me perdió en la oscuridad de la noche...
-¿No se te había encomendado que le señalases el camino?
-Sí, mi amo, pero... no supe qué se hizo. En aquel momento se
oyó el estruendo más espantoso: parecía que el mundo se venía
abajo; la fortaleza cimbraba, atacada por todos cuatro costados por
la artillería enemiga.
Don Sancho tomó su espada y se arrojó fuera del aposento, pero
no antes de haber dicho:
-Este negro es sospechoso... Que le suman en las bóvedas con un
par de grillos; ahora no hay tiempo para más... ¡Es preciso que
todo hombre tome las armas, sin excepción ninguna!
Al salir fuera del aposento, el castellano notó que el mar se
iluminaba tenuemente con los primeros albores de la mañana, y que
un vientecillo fresco se había levantado del lado de tierra.
V
Hacía diez horas que los franceses y filibusteros bombardeaban
la fortaleza de San Fernando, y cañoneábanla con más de mil cañones
que llevaban los navíos de guerra, y además bajeles preparados para
el caso. Habían desmontado ya quince de los cañones que coronaban
las baterías, matado diez de los treinta y cuatro soldados
veteranos que encerraba el castillo, y los demás estaban casi todos
heridos y fuera de combate.
Poco después de medio día, los filibusteros que habían entrado
en la bahía, entre Tierra Bomba, Barú y la isla de Las Brujas,
apresaron dos embarcaciones que el gobernador (que comprendía al
fin toda la gravedad de la situación y sospechaba que la supuesta
carta de don Sancho Jimeno debía de haber sido el fruto de alguna
traición) enviaba al sitiado castellano de Boca Chica.
La ciudad de Cartagena era presa de la mayor alarma, y todos se
preparaban para defenderse lo mejor posible; pero la situación
angustiosa de don Sancho había despertado la simpatía en los
moradores de la ciudad, los cuales pidieron con el mayor empeño que
se enviase algún socorro a aquel valiente. Al fin don Diego había
accedido mandando a un religioso de San Juan de Dios, que era
además cirujano; a un tambor que debía hacer gran falta a don
Sancho, que carecía de todo, y veinte hombres veteranos. Estos
salieron muy temprano de la plaza, pasaron la bahía entre claro y
oscuro, y se fueron deslizando por la orilla de las playas de
Tierra Bomba, aunque el estruendo medroso del cañoneo les había
tenido muy alarmados durante todas aquellas horas. Como hubiesen
notado que un pequeño barco de los filibusteros se hallaba en la
mitad de la bahía, como en acecho, el religioso saltó a tierra con
sus compañeros en la punta de Periquito, pensando que le sería
fácil continuar por tierra hasta la fortaleza. Pero se había
equivocado el bueno de fray Alonso de Villarreal: los filibusteros
le vieron, y en el acto echaron dos botes al agua, los cuales
arrojaron cincuenta hombres a tierra, y en breve rodearon y
cogieron desprevenidos a los cartageneros, que en vano procuraban
ocultarse entre los manglares.
Media hora después el religioso compareció delante de Ducassé;
pero como el primero no supiese hablar francés, ni el segundo
castellano, tuvieron que entenderse en latín, lengua que el
gobernador de Petit-Goave había aprendido en su juventud. Este, con
mal coordinadas frases, le pidió al religioso que fuese a la
fortaleza, hablase con el castellano y le preguntase, de parte de
los jefes de la escuadra, si estaba dispuesto a entrar en
negociaciones para el rendimiento del castillo.
Suspendieron sus fuegos los enemigos, y respiraron los mal
traídos sitiados cuando vieron acercarse un oficial francés y un
fraile de San Juan de Dios con bandera blanca. Con trémula voz el
religioso pidió que le llamasen al castellano, porque tenía que
hablarle de parte de los sitiadores.
Presentóse sobre uno de los parapetos exteriores don Sancho
Jimeno.
-¿Qué deseáis, padre? -preguntó; y, reconociéndole, añadió
manifestando sorpresa-: ¿su paternidad viene como parlamentario del
enemigo?
-Me acaban de tomar preso... Venía con un piquete de soldados a
traeros socorro...
-¡A buen tiempo!...
-Uno de los jefes enemigos me mandó aquí para que os notificase
que si rendíais las armas y entregabais el castillo inmediatamente,
os daría cuantas garantías pidierais para vos y para la guarnición;
y me dijo que tenía noticias seguras de que la guarnición de la
fortaleza era poquísima, y no podría sostenerse una hora más.
-Dígale su paternidad al señor general de la escuadra, -contestó
Jimeno-, que no puedo entregar la fortaleza, porque no es mía; el
rey me la ha dado a guardar, y sólo con una orden de su majestad (y
se descubrió al decir estas palabras) la podría rendir.
-Pero, señor don Sancho...
-Añada vuestra paternidad, -repuso-, que tengo la gente y las
municiones suficientes para defender el castillo durante todo el
tiempo que sea necesario.
Y al decir esto bajó del parapeto, y el Capacho
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regesó a dar cuenta de su
comisión al general enemigo.
Cuando el barón de Pointis supo el resultado de la conferencia
con Sancho Jimeno, se enfureció sobremanera.
-¡Insolente español! -exclamó-. ¡Ha de pagar caro su presunción!
Que no se le tenga ya ninguna consideración, -añadió-; yo le
enseñaré a respetar el pabellón francés.
Mandó entonces que desembarcasen todas sus tropas y ocho cañones
de a cuarenta libras, que no había querido emplear hasta entonces,
por parecerle inútil tanta fuerza. Aquella tarde empezó el ataque
contra la fortaleza con tal vigor, que antes de oscurecer ya habían
deshecho los parapetos exteriores que daban a la playa. Continuó el
cañoneo durante gran parte de la noche, y al amanecer el día diez y
seis de abril, aparecieron en completa ruina los terraplenes y
baluartes cercanos al mar; pero don Sancho Jimeno continuaba
defendiéndose con brío, sin descansar un momento, y apuntando con
tanta certeza, que había inutilizado varios buques, y dos bajeles
menores de los filibusteros se habían hundido, llevándose al fondo
a muchos enemigos con armas y pertrechos.
Este incidente enfureció a tal punto al barón y a Ducassé, que
mandaron que se arrojasen sobre el desgraciado castillo cuantas
granadas y bombas se pudiese. Los sitiados empezaron entonces a
respingar y a gruñir, aunque el castellano procuraba alentarles con
la voz y con el ejemplo, asegurándoles que pronto les llegarían
auxilios, si acaso no se cansaba al fin el enemigo al verles tan
valerosos; pero los negros, particularmente, iban perdiendo el
ánimo, y cada vez que una granada despedazaba un trozo del techo y
hería a alguno, los gruñidos aumentaban, la disciplina se alteraba,
y don Sancho no podía menos que comprender que no sería posible
continuar la lucha por muchas horas más.
El artillero Francisco Vives era casi el único que acompañaba en
su empeño al denodado castellano; sin embargo, comprendía aun más
que don Sancho que la guarnición no sufriría por más tiempo
semejante situación.
Don Sancho se hallaba descansando algunos momentos de sus
fatigas, mientras el artillero trataba de reparar algunos de los
daños hechos por las granadas, cuando una gran vocería le hizo
volver a acercarse a las murallas.
-¿Qué sucede? -preguntó.
-Que acaba de perder la cabeza el sargento Nuño, que se dejó ver
un momento por encima de la muralla; y que nosotros, -añadió el que
hablaba, que era un mulato fornido-, no resistimos ya más...
-¡Qué vergüenza! -exclamó el castellano-. ¿Queréis inclinar
nuestro pabellón, el de la gloriosa España, ante el francés?... No
es posible semejante ignominia... Aguardemos a mañana; entre tanto,
recibiremos auxilios de Cartagena...
-¡Auxilios! -repuso con insolencia el mulato-: no puede
acercarse nadie por mar ni por tierra. Hace una hora que dos
piraguas que venían de Cartagena con tropas tuvieron que
devolverse, perseguidas por uno de los buques pequeños de los
filibusteros.
-Pero el conde de Saucedillo, que está en Portobelo con los
galeones reales, puede llegar de un momento a otro... Aguardemos,
hermano.
En aquel momento se oyó de nuevo gran ruido de voces, y otro
mulato se acercó mustio y temblando:
-Están echando escalas, señor, -exclamó-. ¡Estamos perdidos,
pues los enemigos han jurado no dejar uno de nosotros con vida!
No habían transcurrido cinco minutos, cuando el enemigo
suspendía sus fuegos en todas partes. Una bandera blanca tremolaba
sobre la cumbre de la desmantelada fortaleza.
-El general francés, -dijo un negro dirigiéndose a don Sancho-,
pide que el castellano de la fortaleza se presente para hablar con
él.
Pálido de rabia y de indignación, el castellano de Boca Chica se
lanzó sobre el parapeto más cercano al campamento enemigo, y
exclamó:
-¡Aquí estoy! ¿Qué se ofrece?
-Manda el barón de Pointis, general de las escuadras de su
majestad el rey de Francia, que le abráis la puerta de la
fortaleza, -contestó el intérprete del jefe supremo de la
expedición.
-¿Y con qué derecho pedís eso? -repuso don Sancho.
-La guarnición de la fortaleza ha pedido buen cuartel,
-contestáronle-; ved la bandera blanca sobre vuestra cabeza.
-Si la cobarde guarnición lo ha hecho así, -dijo el español con
soberbia-, yo, que soy el castellano de esta fortaleza, juro que no
me rendiré jamás; arrojaré fuera a los miserables que se han
humillado, pues todavía quedan a mi lado muchos valientes con
honor.
Al decir esto subió al puesto en que se hallaba la bandera, la
arrancó, volvióla pedazos y arrojó éstos al viento.
Los franceses habían estado mirando las acciones de don Sancho
Jimeno, sorprendidos y atónitos de tanta altivez.
-¡Las escalas! ¡Las escalas! -gritaron todos llenos de ira-. ¡No
habrá cuartel! ¡Muera el insolente español!
-¡Misericordia! ¡Misericordia! ¡Nos rendimos todos! -exclamó la
espantada guarnición.
-Si así lo queréis, -dijo el general francés, deteniendo la
furia de los suyos-, arrojad las armas por encima de las
murallas.
Los de adentro obedecieron.
Mientras tanto don Sancho se hallaba delante del puente levadizo
con la espada desenvainada.
-¡Nadie sale a deshonrar la causa del rey de España! -gritó con
estentórea voz.
El francés aguardó algunos momentos, y al cabo de ellos mandó a
un emisario a pedir que se abriese la puerta; y como no obtuviese
contestación, hizo que se gritase por medio de una bocina, que si
le obligaban a entrar por encima de las murallas, pasaría a
cuchillo hasta el último ser viviente que encontrase dentro de la
fortaleza.
Arrojóse Francisco Vives de rodillas delante del castellano:
-Señor, -le dijo-, no hay remedio; es preciso entregarnos; no
queda en pie un solo soldado de honor; estamos en manos de los
negros. ¡Permitid que abran la puerta; os lo suplico por Dios!
El castellano, sin contestar una palabra, rompió su espada,
arrojó los pedazos, y haciéndose a un lado, cruzó los brazos y dejó
que abriesen la puerta y bajasen el puente levadizo.
Los franceses quisieron entrar inmediatamente, pero Pointis les
detuvo.
-Deseo ver al castellano de la fortaleza, -dijo hablando en
francés.
Don Sancho atravesó el puente lenta y majestuosamente, fijando
sus altivas miradas sobre los enemigos; al llegar a la otra
extremidad abrió los brazos y dijo pausadamente:
-Ved aquí al castellano de la fortaleza de San Fernando... Ni me
rindo ni pido cuartel; yo no entrego el castillo, sino aquestos
cobardes, que no han tenido ánimo para rendir la vida en su
defensa. Estoy desarmado: podéis hacer de mí lo que a bien
tengáis.
El general enemigo se volvió a sus oficiales y les dijo:
-Este es el hombre más heroico que he visto en mi vida. Aunque
él no lo quiera, hemos de salvarle.
-Señor castellano, -dijo el francés saludándole cortésmente
¿dónde está vuestra espada?...
-Le he roto... Un vencido no ha menester armas. El barón se
desabrochó la suya, y presentándosela le dijo:
-Aceptad la mía, caballero, que un hombre como vos no puede
dejar de tenerla.
Don Sancho hizo un ademán como para rechazarla.
-¿La rehusáis, caballero? Este es un obsequio, no del vencedor
al vencido, pues vuesamerced no se ha rendido, sino de un admirador
vuestro.
Saludó Jimeno al barón, y recibiendo la espada se la ciñó:
-Me honráis demasiado... -dijo; pero no pudo añadir otra cosa,
pues la ira le hacía callar. Sin embargo hizo un esfuerzo
supremo:
-Permitid, -añadió volviéndose al francés-, que os haga los
honores del castillo. Y al decir esto entró adelante con el
sombrero en la mano.
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"Los filibusters, o filibusteros, palabra compuesta de
las inglesas fly, mosca y boat, bote, o sea buque-mosca, tomaron
este nombre de las embarcaciones que montaban, ligeras como las
moscas lacustres que rápidas se deslizan por la superficie del
agua. Tales embarcaciones tenían poco calado, y eran muy a
propósito para navegar en los bajos, los mares de escaso fondo y
los esteros, donde se guarecían cuando eran perseguidas por buques
de mayor bordo, que no podían acercárseles sin varar".
("Piraterías, etc., en la América Española", publicadas por D. J.
Zaragoza).
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"Tenían los filibusteros por
costumbre hacer al principio de cada empresa una escritura de
contrato, en que determinaban lo que de las presas debían disfrutar
cada uno y el capitán por sí y por su navío, y las recompensas que
habían de recibir los que se inutilizaran en la jornada...
Estipulábanse luego las recompensas y premios para los que fuesen
heridos y mutilados de algún miembro... Aquellos hombres,
delincuentes tan odiosos, vivían, sin embargo, entre sí en el orden
más perfecto, y parecían los hombres más honrados en las presas y
usurpaciones colectivas, pues de ellas nada ocultaban ni distraían,
llevándolo todo al fondo común; de tal suerte que hacían juramento
solemne de no extraviar ni la menor alhaja, y si sorprendían a
algún compañero en infidelidad y faltando a lo jurado, era
inmediata, despreciativa y duramente despedido de la congregación.
Existía entre ellos la más estricta fraternidad, tan apretada como
lo fue siempre el lazo del crimen; si a alguno le faltaba algo de
lo que otro tenía, éste al punto le hacía partícipe de lo que
necesitaba, y al que quedaba despojado de sus bienes le favorecían
los otros generosamente. Esto se entiende cuando estaba la mayoría
de ellos en prosperidad, la cual hacían efímera sus insensatas
liberalidades". (Obra citada antes).
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Especie de alabarda o lanza en forma de cuchillo de dos cortes
y en el extremo una como medialuna. Era insignia de los cabos de
escuadra de infantería.
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Así llamaban entonces a los
religiosos de San Juan de Dios.
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