DISCURSO
VII.
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Demuéstranse las virtudes del
hayo más apreciables que las del té, café, y mate de
Paraguay
|§ I.
Estoy admirado sumamente de que en Europa no se haga uso ninguno
del hayo, cuando tánto se hace del té y café. A
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tres causas
lo atribuyo. Sea la primera la ignorancia de las virtudes
excelentes del hayo, y no haber habido hombre curioso que las
descubra para el bien público. La segunda es el no ser la nacion
española tan ambiciosa de introducir últimas modas en otras
naciones, como paciente en admitir las ajenas. La tercera, porque
las naciones extranjeras tienen más lucro y ventajas en promover el
uso del té y café, que no el del hayo, fruto de los dominios del
rey de España. La cuarta, aún podemos añadir, y sea el que no ha
llegado todavía el humor y tiempo de hacer moda el tomar hayo. Mas
puede ser que al hayo, como a las demás cosas, llegue su tiempo, y
que con las noticias que voy a dar de sus admirables virtudes y
efectos, se introduzca la moda no vana, no inútil, no perniciosa a
las casas y personas, como otras que vienen de allende, sino moda
sana, utilísima, provechosísima á la salud, al vigor y fuerza del
cuerpo, y larga próspera conservación del individuo.
|§ II.
El ilustrísimo señor Piedraita, obispo de Santa Marta, dice así
|(1)
: El jugo del hayo es de tánto
vigor y sustento para los Indios, que con él no sienten sed ni
hambre; antes los alienta para el trabajo, que viene a ser el
tiempo en que más lo usan; y asímismo debe ser muy provechoso para
conservar la dentadura, por lo que se experimenta aun en los Indios
más ancianos. Yo añado, que es el hayo decoctivo insigne, y
solutivo de los humores, pectoral y sudorífico excelente,
y antihipocóndrico eficacísimo, que mitiga y destruye
los afectos y efectos hipocóndricos, disolviendo las obstrucciones,
que suelen ser la causa y principio de mal tan vario en sus
efectos, como pertinaz en el tormento y molestia de los pacientes.
Todo esto lo comprueba la experiencia en los que hacen uso
frecuente de esta yerba. El uso puede ser en tres maneras.
Antiguamente usaban los Indios tomar o mascar las hojitas del hayo
tostadas primero en una vasija sobre el fuego, y así tostadas las
guardaban también, ó para el comercio, o para el gasto de casa y
familia. Pero juzgo que tal uso no es el más acertado para percibir
los efectos más saludables del hayo, porque en el fuego
precisamente se ha de aminorar o disipar mucha parte de
|
la
sustanciosa virtud de la yerba, como al grano de cacao se
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le
va el jugo y manteca si se tuesta mucho, como se usa en Italia. El
otro modo de usarlo es a modo de té: se dejan secar por sí y con el
tiempo las hojitas del hayo, como las de rosa, borraja, y otras
yerbas medicinales, y puestas a hervir un poco, con la medida de
agua correspondiente, se bebe ésta, tal cual el agua de rosa,
amapola, y té, etc., y en una cantidad semejante. Así
|es el
hayo un cordial, pectoral y sudorífico excelente, y lo toman los
achacosos de hipocondría, singularmente cuando se ven atormentados
en extremo de sus dolores y síntomas molestísimos. Conocí, y traté
mucho y familiarmente a cierto padre de la compañía muy religioso,
docto y sabio, y como nativo del Nuevo Reino, práctico y muy
noticioso de las virtudes de las yerbas singularísimas que la
Divina mano sembró en aquellos países; y la gran caridad que tenía
y usaba con los enfermos de cualquiera clase, lo había estimulado a
adquirir la ciencia experimental de medicinas y remedios. Padecía
el buen Viejo de hipocondría en extremo, tanto que movía a
compasión sólo el verle cuando le acometían y postraban los efectos
rarísimos de tan acerbo mal. Entonces, no pudiendo ya sufrirse a si
mismo, acudía al hayo, é iba tomando tacitas de agua de él, y me
decía que ese era su único alivio y lenitivo, porque era
admirable la yerba del hayo contra la hipocondría. Mas si de mi
buscara consejo un hipocóndrico, o persona tocada de males
histéricos, le aconsejara, que no sólo del modo insinuado usara del
hayo, sino a la moda de los Indios, tomando y mascando la yerba
fresca (si posible fuera) y con frecuencia, pues la juzgo, no sólo
lenitivo, sino también preservativo de los males histéricos y de
hipocondría, si se toma a tiempo, y con frecuencia se chupa el
jugo, como hacen los Indios guajiros y otros, como ya refiero; y
éste es el tercer modo de usar el hayo.
Los Indios guajiros lo usan casi continuamente noche y día,
mascando las hojas no tostadas ni secas, sine frescas, verdes y
hermosas, chupando y enviando al estómago todo el jugo de ellas,
como dije en el discurso antecedente. Y puedo asegurar que habiendo
yo girado casi todo el Nuevo Reino de Granada, y vistas muchísimas
naciones de Indios en climas diversos, fríos, calientes y
templados, no he visto jamás Indios más altos, robustos,
corpulentos, más bien apersonados que los guajiros; y aun observé
al tratar con ellos, que se diferencian de todos los demás en el
color, porque generalmente los guajiros son blancos, no tanto como
los europeos, pero más blancos que todas las otras naciones
indianas. De suerte que ni aun los Indios vecinos situados al pie
de la Sierra Nevada, que son los Aruacos y Tupes, ni los otros de
la orilla del mar, entre el río de la Hacha y Santa Marta, llamados
Mamatocos, Bondas y Masingas, son ni del color tan blanco y fino,
ni del garbo y corpulencia, ni de la estatura y robustez de los
guajiros, bien que gocen del mismo clima. Sólo los guajiros comen y
usan el hayo, y sólo los guajiros son los de bella presencia, de
color blanco, de notable vigor y robustez, belicosos y tan
valientes como celebran las historias y refieren los circunvecinos,
temblando al nombre solo de guajiros. Si todas, o partes de estas
bellas calidades deben atribuirse a la virtud y uso frecuentísimo
que hacen del hayo los guajiros solos
|(2)
, ó á otras causas naturales, lo
decidirán los críticos físicos, o filósofos naturales. A mí me
basta referir lo que he visto y observado.
|§ III.
Dejemos un poco a los guajiros, porque tratando despues
expresamente de esta nacion diremos otras cosas. Vamos a evidenciar
las virtudes del hayo, singularmente la de dar vigor y sustento al
hombre, con la experiencia continua que se tiene de esta yerba en
el Perú y minas del Potosí
|(3)
. Ya dijimos, y es constante, que
esta yerba del hayo es la misma que en el Perú se llama coca. Esta
es la que continuamente están mascando y chupando los que trabajan
en las minas del Potosí: con ésta mantienen y adquieren vigor y
fuerzas los mineros para aguantar la fatigosa tarea de todo el día,
y sin ésta no pudieran, a no ser que con gran pérdida de tiempo y
menoscabo de los dueños de minas, hicieran (como en España los
segadores y esquiladores) repetidos almuerzos, comidas y meriendas
todos los días. Por ser esta yerba tan necesaria a este fin del
sustento y mantenimiento de fuerzas, es apreciada y buscada como
pan cotidiano de los mineros; y así en la Paz, en el Cuzco, las
Charcas y Potosí, hay un comercio grande de ella y se cultivan los
campos del hayo ó coca con prolijo cuidado como fincas
importantísimas, y ramos de segurísimo despacho para las minas.
Semejante uso y comercio había aún en lo interior del Nuevo Reino
cuando entraron los españoles; pero éstos, queriendo añadir gusto y
sainete a la sustancia del hayo, comenzaron a introducir nuevas
modas de tomarlo. Los pobres Indios usaban mascar esta yerba simple
y sincera, como les daba el autor de la naturaleza: Dios; y aunque
ella por sí no es de mal gusto, quisieron los españoles levantar el
punto, y mezclar el hayo con cal de caracoles chiquitos para darle
más sainete, como dice el ilustrísimo señor Piedraita; mas yo no lo
creo; porque solamente entre los Indios guajiros, donde jamás han
dominado ni habitado los españoles, se usa tomar así el hayo, como
diré despues. Lo cierto es, que por otros motivos, singularmente
por el desmembramiento y ruina de los pueblos indianos, y mortandad
tan grande de Indios, que obligó a la real piedad de los monarcas
de España a prohibir los aplicaran a trabajar las minas donde
tantos morían, se dejó el cultivo y uso del hayo en lo interior del
reino, y quedó sólo en los guajiros. Estos, chupando el jugo de
esta yerba, se sustentan principalmente, se mantienen fuertes y
robustos, con buena dentadura, sin hipocondrías, ni otros tantos
males que acompañan á muchos pobres de Europa, que padecen hambre,
y a muchos ricos deliciosamente criados entre té y café. Y a
lástima que tantas familias pobres no tengan este preservativo de
hambre y sed: que tantos oficiales y artesanos carezcan de este
mantenimiento de fuerzas para el trabajo continuo: que tantos
viejos y jóvenes aplicados a la pesada tarea del estudio, y á
componer libros, no gocen de ésta yerba contra la falta de
espíritus, contra la consiguiente debilidad de cabeza y flaqueza
de estómago, compañeras casi inseparables de la aplicación
continua a libros y estudio. Y finalmente, que tantos en la Europa
giman en el duro tormento de males crónicos, de obstrucciones
hipocondríacas, males histéricos y semejantes aún con el uso del té
y café, y no puedan para su preservativo o alivio probar el uso del
hayo, que tan bien prueba a los Indios guajiros y a los españoles
si llegan a usarlo. Ya se va introduciendo singularmente en las
Américas el uso de mascar el tabaco en hoja, porque se juzga
remedio para conservar la dentadura, y contra las fluxiones
|de muelas y dientes. Es remedio indiano, es algo asqueroso
para los circunstantes, amargo y de pésimo gusto para quien lo
chupa en la boca e introduce dentro
|
tal jugo; pero no
importa: dicen que es bueno, que prueba bien, que ya no se extraña,
que es ya moda; pues vamos adelante: que cada tierra tiene su moda.
Así sucede con el tabaco tomado de diversas maneras, y así sucede
en la América Meridional con la yerba, más famosa y ruidosa de lo
que ella se merece, llamada del Paraguay, o mate, en lengua propia
de Indios, de la cual he reservado tratar como de paso al fin de
este discurso, porque su uso está poco introducido todavía en la
Europa.
|§ IV.
Como es más el ruido que las nueces, así más es el ruido do la
yerba del Paraguay, que sus virtudes, que su gusto, sabor y efectos
apreciables. Si preguntamos, como yo, a diferentes personas de buen
criterio: ¿qué gusto particular tiene el mate? Ninguno, responden
unos; otros, tienen el gusto de lo que se le mete; si azúcar, de
azúcar; si limón, de limón; si azúcar tostado, de azúcar tostado.
¿Y qué virtud contiene particular? ¿y qué efectos causa? Lo más y
mejor que a esto se responde es: que es pectoral, y causa efectos
semejantes a los que se experimentan del té. Pero otros dicen que
sus efectos son como los de la agua caliente con azúcar o con
limón: que altera un poco el cuerpo y que puede disolver los
humores y componer el estómago como el agua caliente. Más virtud y
cualidad específica y distintiva para preservar de males, ó para
acarrear algún bien o alivio particular, no se conoce en el mate.
Con todo esto, es increíble el uso que del mate se hace, no sólo en
el Paraguay, sino también en Chile, en el Perú, en Quito y en todo
el continente de la América Meridional, excepto el Nuevo Reino de
Granada: y no sólo entre Indios y sus pueblos, sino aún en las
ciudades principales y capitales, se usa con tánta generalidad y
aceptación, que se ha hecho ya común el mate entre las personas
civiles y de mayor esfera y jerarquía. De suerte, que ya no es
bebida de Indios el mate, fuera de los Indios paraguayos, sino de
madamas y caballeros, de monjas, frailes, eclesiásticos, obispos y
virreyes. En una palabra, es el café de la América, o por mejor
decir, el sorbete del Perú. Aquello de ver el mate, esto es, el
agua caliente, ó hervida con la yerba, verla, digo, en una bella,
pulida y preciosa taza, el meterle su azúcar para mayor sainete, un
poco tostado, exprimirle unas goticas de limón déntro, para
realzarle el gusto, ir poco á poco entre dulces coloquios chupando
y atrayendo a la boca él mate con la bombilla de plata, ó de oro, ó
de otra materia, es una maravilla, es una delicia, es un encanto,
moda dulcísima, moda incomparable, superior a las modas del té y
café. Y el hayo, ramo de tan gran comercio en el Perú, ¿qué se
hace? Ese se reserva para dar vigor, fuerzas y mantenimiento a los
de las minas: ese se guarda pasa los resfriados, para cuando se
exalta la hipocondría. ¿Pues no se pudiera entre gente noble y
civil tomar el hayo, así tal cual el mate, con limón o sin limón,
con azúcar o sin azúcar, ya que de todos modos es buena, sana, y
nada ingrata al paladar su poción? Si se pudiera, pero no es moda
todavía. Cuando se haga moda, entonces será ensalzada la virtud del
hayo, se extenderá su uso, y quizás en gran parte por el hayo se
dejará té, mate y café. Todo está en que la corte pruebe y apruebe
las virtudes y buenos efectos del hayo. Entonces vendrán navíos del
Callao y Santa Marta, puerto más vecino, cargados de sacos o
zurrones de hayo, y tendrá el comercio de España otro ramo con qué
aumentar caudales, y quedará en la monarquía con el uso del hayo el
dinero que con la introducción. y moda del té y café se llevan los
extranjeros. La moda mejor es la que más sirve al bién de los
vasallos y del monarca y enriquece la monarquía. La peor es la que
del reino se lleva la plata.
|§ V.
Hasta aquí había yo escrito sobre las virtudes y apreciables
calidades del hayo, sin haber podido encontrar un libro siquiera
que hablara de esta yerba, a más del ilustrísimo señor Piedraita.
Con las, noticias que de paso nos dejó este ilustrísimo, y más con
las que yo en aquellos países de los Indios guajiros había
adquirido, formé tal cual mi discurso, y pensé haberlo ya
concluido, dicho cuanto de esta preciosísima yerba se me ofrecía
decir. Mas a pocos días me encontré con la
|Historia natural de
las Indias occidentales, compuesta por el célebre padre José de
Acosta, que por los años de 1602 floreció en la provincia y reino
del Perú. Al paso que me fue el encuentro feliz, y de gran
complacencia, me sirvió de confusión conociendo, que aunque muy
largo, era muy diminuto mi discurso de las virtudes del hayo; y
aunque había dicho mucho, casi nada había hablado de las
circunstancias y calidades que le concilian el aprecio y le dan
mayor realce. Para no defraudar al público de tan singulares
noticias, las añado aunque salga más largo el discurso, y quizás a
algún lector más molesto. Pero no debe refutarse por molesto lo que
es útil y provechoso. Vamos, pues, compendiando en nuestra lengua
lo que más por extenso dice Acosta en la latina.
Al libro cuarto de su Historia intitula el capítulo 22 de esta
manera:
|De cacao et coca, que es lo mismo que decir: del
grano del cacao y de la yerba hayo, la cual ya dijimos que se
llamaba
|coca en el Perú. Habiendo hablado en el antecedente
capítulo del plátano, admirable fruto de la América, abundantísimo
también en la provincia de Santa Marta, comienza diciendo: que
aunque el plátano es fruto más universal para pobres y ricos, y
para todos guisos, sin embargo en Méjico es mucho más apreciado el
cacao, y en el Perú la coca:
|Ipsi tamen cacao arbor in
|Mexico, et coca in Perú longe praefertur. Mas despues de
haber dicho con los términos y sinceridad de aquellos tiempos, más
española que latina, que en Méjico servían de moneda los granos de
cacao:
|Cacao etiam pro moneta facit, dice que la poción
hecha de tal grano se llama
|chocolate. Pero:
|ridende
videntur, qui hunc in tanto pretio habent. Son dignos de risa
los que tanto caso hacen y aprecio del chocolate; pues los que
vieron alguna vez cómo se hace, no pue
|den sin horror y
náusea probarlo.
|Citra borrorem, et nauseam gustare non
possint. Verdaderamente que sabe y huele á antigüedad el
chocolate del buen padre Acosta. Es muy añejo y labrado en aquello
primitivos tiempos, en que no se labraba ni con los ingredientes ni
con la limpieza de los nuestros. Y porque en el discurso del cacao
trato largamente de puntos más importantes, quiero aquí, con tan
buena ocasion, tocar este del chocolate. Podían con razón tomar
horror y náusea al chocolate los que veían labrarlo en los
principio de su invención. Y ahí diré de paso, que aunque a los
jesuítas se atribuía la gloria de haber hallado la noble especie y
poción del chocolate, no es así. Ni los jesuítas fueron los que
primero hallaron el grano, ni los que inventaron en labrar y tomar
el chocolate; sino que viendo los españoles que los Indios,
metiendo achote, ó bija, y otros menjurges, usaban el grano del
cacao molido, y lo bebían así deshecho en agua, comenzaron a meter
otros ingredientes y probar varios modos de tomarlo, hasta que
finalmente dieron en la noble y acertada moda y uso presente, que
no dudo hubiera agradado también al padre Acosta, y entonces sin
horror y náusea lo hubiera tomado como bebida capital, estomacal y
confortativa, que ha dado tantos autores y escritores al mundo
despues de su invención. Pero vamos á nuestro hayo o coca. Dice
Acosta que en el Perú, en lugar del cacao tienen la coca:
|In
Perú non enascitur, cacao, ubi illus loco cocoam habent. Con
tanta abundancia y ventajoso comercio, que cada año se saca de esta
yerba más de medio millón de pesos fuertes:
|quotannis ultra
dimidium millonem pesos colligitur. Que en el año 1590 se
consumieron más de noventa y cinco mil cestos, ó canastos de esta
yerba, otro año hasta cien mil. Que en el Cuzco cada cesto vale de
dos a tres escudos y en el Potosí cuatro o seis, Que casi todas las
mercaderías se compran á trueque de esta yerba:
|Omnium prope
mercium per mutatio hoc fructu fit, como en Méjico con los
granos de cacao. Habla de sus tiempos el padre Acosta; pero da bien
á entender, que en el Perú era tan apreciada y de tanto comercio la
coca ó hayo como el cacao en Méjico. No sé cómo se promovió tánto
el uso y comercio del cacao de Méjico y de otras partes, y se dejó
el del hayo, cuyas virtudes no ceden; antes las juzgo superiores al
cacao. Y ciertamente, que despues de tan preciosos ingredientes con
que se labra el chocolate, y dé tan alto precio a que ha subido una
libra, no causa mejores efectos para la salud una jícara de
chocolate, que una taza de hayo con solo azúcar. Este ramo de
comercio (y es lástima) no ha entrado en España, y en su lugar han
introducido forasteras gentes la moda del café, tan inflamatorio de
la sangre y tan nocivo a la salud, antinervino que toca, hiere y
debilita los nervios, como demuestra la experiencia y contestes
aseguran loe médicos más peritos.
Mas prosigamos un poco con el buen viejo Acosta. Despues de
haber dicho que las hojitas del hayo cada cuatro meses se renuevan
y reverdecen, y que es menester gran cuidado y delicadeza el
arrancarlas del arbolito, añade: que era tan preciosa y estimada
entre los Indios esta yerba, que en tiempo de los reyes Ingas a
ningún plebeyo era lícito tomar de ella, sin licencia del rey ó de
sus gobernadores: que los reyes aún, y gobernadores, la usaban
metiendo las bolitas en la boca, masticándolas poco a poco y
tragando el jugo y la sustancia de ella, asegurando que se sentían
en efecto corroborados y recreados con su virtud:
|se ex eo
efficaciter roborari et recreari attestastes. Ni eso, dice,
puede ponerse en duda, por más que a otros les parezca sueño porque
el efecto muestra con tanta evidencia esta virtud corroborante del
hayo, que de ella no puede dudarse; pues consta por la experiencia,
que lo mismo es tomar de ella que sentirse luégo otro el que la
toma; luego se halla con otro vigor y con otro espíritu.
|Nam eos
inde oppido refici et roborari longe evidentius ipso effectu
constant. En tanto grado que si toma uno un manojito, y lo va
mascando, como se dijo, en aquel día puede hacer doble jornada, ó
caminar otro tanto más. Si
|quispiam unum saltem manipulum
gustarit, eo die certe duplum iter conficere potest. Concluye
finalmente que esta yerba era manjar y sustento real de los Ingas
que la ofrecían en sacrificio al sol, que adoraban por dios,
quemaban y consumían gran porción de ella en honor y culto de sus
ídolos.
|Ingae epuli rigii vice vescuntur coca: et in
|idolorum cultum ejus quamplurimum cremabant. Así concluye
Acosta, y así yo dejando materia y tiempo a mis lectores nacionales
para responderme a estas dos preguntas: ¿Por qué de las Américas se
abrazó el uso del cacao y no el del hayo, tan saludable, y aún
quizás más que el chocolate? ¿Y por qué se nos ha de ir la plata de
la monarquía en tées y cafées; no ha de venir el hayo, y la plata
con él, de extranjeros dominios? Ahí tienen el autor de la
vastísima Enciclopedia de todas las artes y ciencias, y en el
erudito M. Jacourt, noticias bastantes del hayo ó coca; y así no
tendrán ya que quejarse, y decir:
|Les feilles de l
arbrisseau font les délices des Peruviens... Je suis faché de ne
pouvoir rien dire de plus d une plante de ce prix: porque
no habían hallado en los botánicos ni en historias tan
especificadas las virtudes de tal planta, como deseaban.