DISCURSO V.
Donde florecen el comercio y labores
exquisitos de perlas
|§ I
El teatro público, y plaza común del comercio de las perlas es
la ciudad del río de la Hacha. Digo
|publico y
|común,
porque no quiero hablar demasiado de las perlas que se van y
venden, como dicen allá, por
|la vía de Jerusalén, vía
clandestina, vía muy frecuentada de los extranjeros, que entrando
como Pedro por su casa entre los mismos Indios bárbaros sus amigos,
que las pescan, se las llevan a sus varias regiones. Más por la vía
legítima llevan las perlas al río de el hacha, ó porque los Indios
guajiros las traen a vender como fruto de su pesca, ó porque los
españoles que las van a comprar de los mismos Indios en sus
tierras, como luego diré, las traen regularmente a revender, ó
hacerlas labrar con varias labores en dicha ciudad. El modo de
adquirir y comprar de mano de los Indios las perlas, es curioso y
digno de saberse. En esta nacion guajira se ve más duramente el
poco o ningún aprecio que hacen universalmente los Indios
americanos de la moneda, sea de plata o de oro. Estos Indios con el
comercio solo de perlas, reducido todo a sus manos en el corto
recinto
|de terreno que ocupa toda la nacion, en espacio de
doscientos y más años, debieran de tener atestadas sus arcas y
bujíos de pesos fuertes y doblones: mas no es así, porque lo menos
que reciben por las perlas es moneda. A tres géneros viene a
reducirse todo el precio que por ellas les dan los compradores. Los
extranjeros por las penas les dan armas de fuego, caldos, y aun
esclavos, á más de los lienzos que les traen de Europa. Los
españoles les dan también géneros de España, abalorios, cuchillos,
machetes y telas. Y lo que más estiman los guajiros, la yerba
llamada
|hayo, que mascan ellos continuamente, como despues
referiré. De suerte que las ventas y compras de estos Indios (como
las de todas las demás naciones incultas y bárbaras) se reducen a
cambalaches, como dicen en aquellos países. Y el cambalache más
ordinario, genial, y solicitado de los guajiros, es cuando a
trueque de perlas les dan celemines de la yerba del hayo, tantas
libras de yerba por tantas onzas de perlas. Y así de uno y
otro hay un tráfico grande en el río de la Hacha
|, por ser la
ciudad más vecina, y más inmediata a la nacion guajira.
|§ II.
Esto misma ciudad es el taller hermoso y divertido en que se
forman las más exquisitas labores de perlas. Los hombres con sus
instrumentos y hierrecitos muy sutiles, que tienen a propósito, las
agujerean, y pasan de parte a parte para que puedan ensartarse unas
con otras. Y regularmente a más de los oficiales plateros, son las
mujeres las que ensartan y disponen en varias primorosas figuras. Y
ciertamente alegra el corazón y recrea los ojos de los que van
paseando por la ciudad del río de la Hacha la multitud, variedad y
hermosura de labores que hacen junto a las puertas de sus casas las
señoritas bien entretenidas, y los oficiales gustosamente
aplicados. Quien forma una preciosa joya, quien libra una cruz
hermosa, quien engasta perlas en rojo fondo de seda, quien va
enristrándolas en hilos varios, formando de ellas riquísimos
collares, pulseras y otros mujeriles adornos. No falta quien
empleando mejor sus manos, las consagra en labrar primores para el
culto de Dios y de sus santos. Entre estas labores que atestiguan
la gran copia de perlas que se recogen en la ciudad, el primor con
que se labran y la devoción con que los nobles ciudadanos del río
de la Hacha dedican al culto del señor las perlas, vi la soga
hermosísima y muy larga, toda de perlas, consagrada en adorno de
Jesús Nazareno, que se venere en aquella dudad. Está la bella
compasiva estatua del Señor colocada en el altar mayor de la
iglesia parroquial, y corridos los velos se deja ver en un camarín
magnífico, con la túnica de terciopelo morado, con la cruz al
hombro, y arrastrando aquella soga, que de ignominia y deshonor
convertida en honor, gala y veneración del buen Jesús, con tan
precioso tejido de perlas arrastra dulcemente las corazones de
cuantos fijan los ojos en tan amable retrato.
Otro cíngulo hermosísimo había en el río de le Hacha en el
tiempo que moraba yo en aquella ciudad con el ilustrísimo señor
obispo don José Javier de Arauz, y porque fue muy famoso por cierto
accidente que sucedió, quiero para la común edificación referir la
historia. Una buena señora había trabajado con mil primores un
cíngulo de perlas con el destino de regalarlo al señor obispo á
quien tocase la suerte do ordenar a un hijo que tenía y dejó único
despues de su muerte, dedicado á los altares. Así que llegamos al
río de la Hacha se presentó el buen hijo, ya ordenado de menores, a
su ilustrísima pidiéndole con mucha humildad las órdenes mayores.
Su ilustrísima, ignorante todavía del cíngulo que le estaba
preparado, recibió al joven con agrado, le dio buenas esperanzas, y
le despidió contento. Mientras el pretendiente metía empeños para
obtener las órdenes, su ilustrísima iba tomando informes de las
calidades y circunstancias del ordenado, y halló realmente que
había alguna dificultad en darle las sacras órdenes
|
por la
poca limpieza de sangre que le hacía parecer y creer en toda la
ciudad de raza de mulato; y su pardo color de rostro no desmentía
la común opinión del pueblo. Por fin vino segunda vez á ver al
señor obispo, repitió sus instancias, y mostrando su ilustrísima
con prudencia alguna repugnancia en ordenarlo, no sabiendo qué más
alegar el buen joven para inclinar a su señoría á que lo ordenase,
díjole con gran sencillez: Señor, mi señora madre al morir me dejó
un cíngulo todo de perlas, para que lo regalara yo al señor obispo
que me ordenara sacerdote; y quisiera yo tener el gusto y honor de
presentarlo á vuestra señoría ilustrísima. Al oír tal propuesta el
señor obispo, se enardeció sobre manera, y animado de un santo celo
díjole con pastoral integridad: Ya no lo ordeno, ni lo quiero
ordenar, ni lo ordenaré
|in aeternum; y alzando los ojos al
cielo lleno de un fervor apostólico, añadió: Juro, Señor, por este
pectoral sagrado que traigo en mi pecho, que jamás en días de mi
vida ordenaré á este joven. Aturdido el sencillo pretendiente, se
escapó luego de la presencia del señor obispo con tal confusión y
rubor, que no se atrevió más á comparecer ante su ilustrísima. No
supe despues en qué paró tal cíngulo, ni si encontró con
algún Simón que se lo ajustara a su cintura. Lo cierto es, que no
era de aquella suerte de cíngulos que según la predicción del Señor
debían ceñir a Pedro:
|alius te cinget.
|§ III.
En orden a la abundancia y calidad de las perlas de Santa Marta,
dice el ilustrísimo señor Piedraita, que en la Ranchería, pueblo
ahora de poquísimas casas de paja, a media jornada del río de la
Hacha, había antes tánta copia de perlas, que a sacos y costales se
medían y vendían; y que las perlas de Santa Marta son las mejores,
y las más celebradas del Occidente. Uno y otro creo. Creo que aún
en nuestros tiempos son las más celebradas: porque en toda la
América septentrional, fuera del seno de Californias, no se han
descubierto hasta ahora criaderos de perlas; y en la meridional,
sólo en Panamá y en la isla de la Margarita se han hallado y fueron
estimadas en algún tiempo
|(1)
, pero así por la abundancia como por
la fineza y valor se merecieron siempre el mayor aprecio y
solicitud de las naciones en buscar las de Santa Marta; y en Panamá
ya se hallan pocas, y en la Margarita poco se trata ya de pesca de
perlas.
La gran abundancia de perlas que insinúa el señor Piedraita se
hace muy creíble a quien reflexiona y trae a le memoria el tiempo y
circunstancias en que se comenzó en la costa del río de la Hacha la
pesca de las perlas. El caballero alemán Nicolas Federman, por los
años de 1530, dio principio a tal pesquería. Este caballero fue el
primero que entre los conquistadores tuvo noticia de los criaderos
de perlas que había en aquella costa, desde el cabo de Vela hasta
el río de la Hacha. Unos dicen haber Federman adquirido las
noticias de los Indios mismos del país; otros que al recoger el
escandallo que cierto navío había echado en aquella costa de mar,
se reconocieron algunas ostras traídas del fondo, y por ellas
conoció que había perlas en aquel sitio. Lo cierto es, que
rebosando en gozo Federman con descubrimiento tan feliz y
engolosinado ya con el oro y joyas que había recogido en la
provincia, aspirando á mayor fortuna, tornóse a la corte a la
pretensión del gobierno de Venezuela, y a pocas diligencias lo
consiguió; mas a los soplos de la envidia y ambición de otros, se
levantó tal humo de negras calumnias contra el buen Tudesco, que
fue luégo revocado el nombramiento, y fue nombrado Jorge Spira de
gobernador, y Federman su teniente general, con la facultad de
hacer entradas separadamente para el descubrimiento y conquista de
aquellas tierras. El se dio maña para ir á descubrir mejor los
criaderos de perlas del río de la Hacha, y tantear el modo de sacar
el precioso tesoro que escondía el mar en su seno. A este fin
partió a la Isla de Santo Domingo para disponer algunos
instrumentos ideados en
|
su industriosa fantasía para salir
felizmente con su intento, y para ver si tenía la fortuna de hallar
hombre práctico en la pesca de perlas; pero ni halló hombre, ni le
sirvieron los premeditados instrumentos, que venían a ser a manera
de rastros o arrastraderos; pues aunque muchas veces él y otros los
arrojaron hacia los criaderos, o manchas de perlas, jamás sacaron
ni vieron en sus
|
manos el fruto de sus trabajos. Trabajando
y echando muchos días de rastros como redes, nada pescaron. Despues
de haberse ingeniado con muchos modos, no hallaron otro mejor que
echar los buzos a pescar, y sacar a manos del fondo del mar las
ostras con las perlas. A éste se atuvieron: echaron Indios guajiros
y negros a bucearlas, y salió feliz la pesca, resonando los vivas
en la playa, cuando asomando con gritos de alegría los buzos sobre
las ondas, y llenas de perlas las mochilas terciadas sobre los
hombros, dieron anuncios de la afortunada pesca. Entonces fundó el
Tudesco Federman la rancherías del cabo de la Vela, en
la cual dice el señor Piedraita que a sacos se vendían las perlas.
Tan preciosa mies, criada y conservada, y escondida por millares de
años en el profundo seno del mar, ¿quién duda que recogida al
fervor de la codicia diera a las primeras manos sacos y montones de
perlas, primicias del nuevo campo y mineral de tesoro recién
descubierto?. Como quiera que sea, acabó la ranchería de ser teatro
o almacen de perlas, y quedó todo el comercio en la vecina ciudad
del río de la Hacha, famosa por el gran tráfico y labores
exquisitas de las perlas que venden los miserables Indios guajiros
a trueque de lienzos, herramientas, y de la célebre yerba de que
voy a hablar ahora.