INDICE




Prefacio al lector
Prevencion crítica al lector discreto

Parte Primera
Discuro I  Dase razon del título de Perla de América, atribuido a la provincia de Santa Marta
Discurso II  Noticias generales de la provincia de Santa Marta que muestran el aprecio que ella se merece
Discurso III  De las perlas de Santa Marta y de sus pescadores
Discurso IV  Cuantas suertes hay de perlas, y cuales son las más estimadas y preciosas.
Discurso V  Donde florecen el comercio y labores exquisitos de perlas
Discurso VI  De la celebrada planta llamada hayo, por otro nombre coca, pasto común de la nacion guajira 
Discurso VII  Demuéstranse las virtudes del ?hayo? más apreciables que las del té,  café, y mate de Paraguay
Discurso VIII  Del oro plata y piedras preciosas de Santa Marta
Discurso IX  Del fabuloso y verdadero Dorado de la América
Discurso X  De los santuarios y sepulcros de los Indios, y piezas de antigüedad que en ellos se hallan en la provincia de Santa Marta
Discurso XI  Del palo del Brasil , que se halla en la provincia de Santa Marta,  y se llevan los extranjeros
Discurso XII  De los caballos aguilillas de la provincia de Santa Marta
Discurso XIII  Del ganado de asta, de sus pastos, y prados de rara amenidad y conveniencia
Discurso XIV  Del añil de Santa Marta, y de otro azul bellísimo desconocido en Europa, llamado azul de la Grita
Discurso XV  Del cacao de la provincia de Santa Marta, y de la diversidad de este grano, confundido con ventajas de los comerciantes
Discurso XVI  Del azúcar, miel y panela de la provincia de Santa Marta
Discurso XVII  Del trigo de la provincia de Santa Marta, y proyectos hechos para  evitar la continua introduccion de harinas extranjeras en toda  aquella costa
Discurso XVIII  Del algodon de la provincia de Santa Marta
Discurso XIX  De la concha fina de tortuga y madre perla de Santa Marta
Discurso XX  Del tabaco, sal, vainilla, leños preciosos, resinas y bálsamo de la provincia de Santa Marta

Discursos preliminares a la segunda parte
Discurso I.  Que la destruccion de las poblaciones indianas de la costa de Tierra Firme no debe atribuirse á los Españoles, sino á los extranjeros
Discurso II  De los estragos hechos por los extranjeros en aquellas naciones, y de las benignas leves y providencias de los Católicos Monarcas á favor de los Indios

Parte Segunda
Discurso I  Noticias generales de los Indios que los conquistadores hallaron en la provincia de Santa Marta, y de los que ahora quedan en ella
Discurso II  De la nacion de los Indios Taironas
Discurso III  De los Aruacos y Tupes de la provincia de Santa Marta
Discurso IV  De la terrible nacion de los Indios Chimilas
Discurso V  De las emboscadas y asaltos de los Chimilas
Discurso VI  De las conquistas proyectadas contra la nacion de los Chimilas
Discurso VII  Proyecto eficacisimo para la pacificacion y reducion de los Chimilas
Discurso VIII  Diversas vias y modos de poderse fácilmente ejecutar el proyecto insinuado
Discurso IX  De la nacion de los Indios Motilones
Discurso X  Cuan ventajosa fuera para el comercio del Nuevo Reino la abertura de un camino por la tierra de los Motilones desde Maracaibo á la ciudad de Ocaña
Discurso XI  De cierta expedicion emprendida con real aprobacion, á fin de pacificar los Motilones , y hacer traficables sus tierras
Discurso XII  De la nacion guagira de la provincia de Santa Marta
Discurso XIII  Del numero y moda de vestir de los Guagiros
Discurso XIV  De la lengua guagira, valor marcial y comercio pernicioso de los Guagiros con los extranjeros
Discurso XV  Del apostólico celo de los ilustrísimos señores obispos de Santa Marta en promover la reducion de los Guagiros
Discurso XVI  Del celo del Católico Monarca, y sabias providencias emanadas de la real piedad para la reducion y conquista de los Guagiros
Discurso XVII  Del estado en que el ilustrisimo señor Arauz halló las misiones de los Guagiros y Chimilas, y en que las dejó á sus inmediatos sucesores después de las dichas reales providencias
Discurso XVIII  Sobre un proyecto de la conquista de los Guagiros, presentado en la córte de Madrid, y después en la de Santa Fe por el cacique de los mismos Guagiros,  unido con un caballero español
Discurso XIX  Cuan importante sea á la religion y real corona la conquista del Darien, a la cual destinaba su majestad católica los misioneros de los Guagiros
Discurso XX  De los salvajes que se dejan ver en los confines de la provincia de Santa Marta
Discurso XXI  De los muertos incorruptos que se hallan en los montes de la provincia de Santa Marta

Parte Tercera
Discurso I.  Del puerto de la ciudad de Santa Marta
Discurso II  Por qué las flotas dejaron de ir á Santa Marta, y por qué no van ahora les naves del comercio de España
Discurso III  Del astillero ó arsenal que pudiera establecerse en el puerto de Santa Marta para fabricar naves
Discurso IV  Puerto de Bahía Honda, utilísimo para el comercio de España, para atajar el de los extranjeros, y para reducir á los indios Guagiros, y pacificar aquellas tierras
Discurso V  De los puertos de rios que tiene la provincia de Santa Marta
Discurso VI  Del imponderable daño que en toda la costa de Tierra Firme acarrean los extranjeros al comercio y monarquía de España
Discurso último  Del modo de establecerse en la provincia de Santa Marta una compañía  no exclusiva, para ventajas grandes del reciproco comercio de España con el Nuevo Reino de Granada
Catálogo instructivo
DISCURSO VI. | |  | Del imponderable daño que en toda la costa de Tierra Firme acarrean los extranjeros al comercio y monarquía de España 

§ I.  |

Queria omitir este discurso por ser algo delicado y odioso el asunto: mas algunos amigos, celosos del bien de la nacion, me han persuadido y aun convencido de que no debia omitirse. Déjome gustoso llevar de parecer ajeno, fundado en buenas reglas del derecho comun y particular, y vengo á descubrir, sin ofensa de nacion alguna (porque á todas amo segun las leyes de la caridad), los daños gravísimos é imponderables que particulares extranjeros, traspasando las justas leyes de sus soberanos, ocasionan á la monarquía y comercio de España en toda la costa de Tierra Firme, y en los puertos de mar y rios mencionados de la provincia de Santa Marta, y aun en otros desde Panamá hasta las bocas del Orinoco. Veo que la materia requeria un libro entero, y de gran volúmen; mas atendiendo á varias circunstancias, me ceñiré en este discurso á lo preciso y bastante para insinuar la necesidad del oportuno remedio. La division es la que separa de las tinieblas la luz, y es como la llave dorada de la claridad. Y así primero insinuaré los puertos y lugares, ó frecuentados, ó saludados desde alta mar con ciertos ademanes de cortesía por los extranjeros: después los géneros que estos introducen en el reino, y los que extraen de las provincias para sus colonias y paises de Europa: y por fin, las fatales consecuencias que de esta comunicacion se siguen al comercio de España. á la monarquía y á la religion. Vamos á lo primero.
 

§ II.  |

La plaza de comercio clandestino que entre sus inquietas olas franquea Neptuno á los extranjeros, y singularmente á sus apasionados Ingleses y Holandeses, no es mas que desde el istmo de Panamá hasta las bocas del Orinoco, y podemos decir hasta la raya ó linderos de la costa de Portugal; que es decir, toda la costa de Tierra Firme perteneciente al monarca de las Españas. Tienen mucho campo para expender sus mercaderías, y puertos varios para introducirlas hasta lo mas interior del Nuevo Reino, y en todas sus provincias. Junto al istmo de Panamá tienen á Porto Velo, y el rio Chagre, por el cual en breve se pueden conducir por camino de tierra las mercancías hasta Panamá. Tienen el Darien, y á la orilla del mar la colonia inglesa Caledonia, en la cual depositan los géneros, que sin contar los que por la provincia del Daren se distribuyen á trueque de oro, suben por el rio Atrato, hasta el Chocó, y hasta las minas de oro del Raposo, de Barbacoas, y otras. Mas acá, tirando siempre hácia el oriente, tienen la ciudad y provincia de Cartagena, y varias sienegas confinantes con el Sinú, y Tolú, y el dique del Magdalena, todo á propósito para introduc­cion clandestina de fardos extranjeros en esas provincias y ciudades. Viene después el puerto de Santa Marta, el rio de la Hacha, y Bahía Honda, y todo está patente para los extranjeros paquebotes y bergantines, como yo he visto. De allí sigue la laguna de Maracaibo, que en su latitud presta trecho grandísimo á muchos buques en sus aguas, y en la espesura de sus márgenes y bosques contiguos, seguros escondrijos á los alcahuetes. Nada digo ya de Coro, vecino á Curazao, colonia holandesa, nada de las bocas de Orinoco, vecinas á las islas de Franceses y Holandeses: es superfluo decir lo que ya se da por supuesto. Y basta que el Guarico, que Jamaica, que Curazao, y otras islas á Sotavento, y á Barlovento, y otras co­lonias de Esquibo, Suninama, etc., esten vecinas á nuestra costa, para considerar á esta bien servida y proveida con toda atencion, cortesía y sólicitud (para llevarse pesos duros y doblones) que toman los generosos habitantes de dichas colonias, Franceses, Ingleses y Holandeses. ¿Y por todos estos puertos de mar y puertas del reino introducen los extranjeros sus géneros? Es cierto y notorio en toda la costa y reino, no solo entre personas particulares de todos estados, sino tambien entre personas públicas, y caracterizadas con empleos y honores reales. ¿Pues cómo tal desórden no se ataja? ¿Cómo introduccion y comercio tan pernicioso no procura impedirse? Se procura; y seriamente vienen encargados de la córte todos los señores virreyes y gobernadores de vigilar sobre ese comercio ilícito, y de atajarlo; pero no se logran los buenos deseos, ni el feliz efecto de las providencias que toman aun los que gobiernan con el celo verdadero, y sin mirar á intereses propios, ni á recibir unto de manos. Estando yo en el rio de la Hacha, escribióme el señor gobernador de Cartagena, el excelentísimo señor don Ignacio de Sala, sobre este asunto, por cierta ocurrencia. Es verdad que dicho señor atajó mucho; y como era catalan, temblaban de su rectitud y justicia, no solo los extranjeros, sino tambien los ciudadanos españoles. Porque desde cierto arrojo de un alcalde catalan, que por allá cogió |in fraganti á un homicida, y luego, sin mas proceso que la evidencia del hecho, lo mandó ahorcar allí mismo inmediatamente, quedó el proverbio en aquellos paises |Justicia catalana no entiende de cuentos. Sin embargo, por su dignacion y bondad me escribió su excelencia en estos términos: « Con toda confianza le digo á usted que no puedo hacer mas para atajar este comercio extranjero: me faltan ciertas facultades, que á tenerlas ya á esta hora quedaban ahorcados unos cuantos interesados.» Dudo que haya habido en Cartagena gobernador mas celoso en este punto. Yo aseguro que no se burlaban con él ni los extranjeros ni los sátrapas del país. Por su integridad y eficacia, era tan temido como murmurado. Pero con toda su vigilancia y celo, y con haber puesto guardacostas en las vecindades de Cartagena y Santa Marta, no podia impedir tales excesos. ¿Pues cómo hacen los extranjeros para introducir así los géneros? La mar es ancha, la costa larga: hay en ella varias puntas y cabos, y por ciertas partes varias ensenadas; y por fin, como solemos decir, es un |mare magnum el que hubiera yo de sulcar, si quisiera recalar por todos los cabos y puertos, y des­cubrir las trazas y vias de los extranjeros introductores. Conténtome con insinuar los dos modos mas ordinarios de introducir.

 
|§ III.  |

Hay modo de introducir géneros forasteros, sin entrar en puerto las naves, y hay modo de introducirlos entrando en puerto propio de España. Yo voy á decir lo que he visto y experimentado: otros mas prácticos podrán añadir lo demás, si no basta lo que yo digo. Es curioso el modo de introducir sin arribar á puerto alguno. Con |santo se hace este trato ilícito, y no santamente. Entre los comerciantes particulares de nuestra costa y ciudades, y los extranjeros, se da el |santo, y es este, ó semejante: por tal dia (poco mas, poco menos) comparecerá, é irá dando bordos á tal altura un paquebot, un bergantin, una fragata, etc.; á distancia que pueda oirse de la ciudad disparará tantos cañonazos (á la salud de quien gobierna): estará dos ó tres dias dando bordos; y luego virando de bordo, se irá acercando á tal cabo, á tal ensenada, á tal sienega. Atencion, diligencia, secreto, y prontitud en ir, ó por tierra, ó con otro barco, en el silencio y tinieblas de la noche, á recibir los géneros, etc. Así con la capa de la noche, capa propiamente de contrabandos en toda especie y línea, se descargan las naves extranjeras de los fardos que en lanchas se reciben, ó en la playa misma, por los comerciantes clandestinos; y quedan así bien surtidos los almacenes, ó tiendas de géneros que pasan por traidos de España, y se venden al mismo precio con superior ganancia. El otro modo de introducir ilícitamente es entrando con toda libertad en los mismos puertos con título de rehacerse de alguna tormenta, de hacer aguada, de proveerse de víveres; y entretanto que el bastimento está seguro en el puerto, de varios y sutiles modos se van extrayendo é introduciendo los géneros por la ciudad. En esta materia es curioso el caso que voy á referir, y basta él para dar á entender la avilantez de los extranjeros en los dominios de España. Hallándome en la ciudad de Santa Marta con el ilustrísimo señor obispo Arauz, arribó y dió fondo en aquel puerto una bella y grande fragata francesa, segun decian, como tambien por Franceses corrian los que en ella iban. Si lo eran ó no, no puedo asegurarlo; lo cierto es que no les oí hablar otra lengua que la francesa. Apenas dieron fondo, comenzaron á salir de la fragata oficiales, y mas oficiales, y eran veinte y uno, unos con la cruz de Malta, otros sin ella, pero todos con su uniforme. Entraron todos en la ciudad con su capellan, y luego esparcieron la voz que venia entre ellos un príncipe de la sangre. No tenian en la ciudad quien los entendiera ni contestara en su lengua, y así me ví obligado á servirles de intérprete con el señor obispo, á quien visitaron, y con alguna otra persona. En substancia, comenzaron á sacar géneros de la fragata: el devoto capellan iba por las casas principales vendiendo estampas á las madamas, con otros generillos de poco valor: su ancheta parece que no prestaba mucho. Lo grueso que salió de aquella fragata, no lo ví, pero sonó bastante la introduccion. A esto se añadió la sospechosa insolencia de ir sondeando todo el puerto de punta á punta en una lancha con gran prolijidad. Esto lo veíamos desde el palacio del señor obispo, que está casi á la orilla del puerto. Reflexio­nando su ilustrísima en varias circunstancias presentes y posibles, no pudo aguantar ni tan larga demora de nave extranjera en el puerto, ni que los extranjeros anduvieran tan libremente reconociendo la ciudad, y haciendo comercio al mismo tiempo. Fuese al comandante de la plaza, el cual era un buen viejo vizcaino honrado de cuatro cuartos, de aquellos que trocando términos suelen decir: |Bien sabe el palo en que mono sube. Pusole su ilustrísima presente todo lo que debia, y con brio y energía le dijo: que tratara de echar del puerto la fragata, y que sino, daba cuenta de su taciturnidad, ó vista gorda, á superior gobierno, etc. El buen capitan (que el señor gobernador estaba ausente) comenzó á disculpar á los pobres navegantes con que hacian provisiones de víveres, de agua, etc., pero apretado fuertemente de su ilustrísima, por fin, les intimó y mandó que se fueran; y así, esperando algunos dias todavía buen viento (que tarda siempre para el barco que no quiere partir), zarpó la fragata del puerto con su príncipe de la sangre (que jamás he creido) y con sus oficiales, que me dejaron impresa la vehemente sospecha de que eran corsarios. Sirva este casito de modelo para entender cómo lo hacen otros en diversos puertos, y vamos á ver lo que introducen los extranjeros con estas mañas, y lo que se llevan de la costa y del reino. 

|§ IV. 

Lo que introducen, en breve está dicho: cuanto pueden de telas y brocados, marquitos de cera, fardos de canela, y piezas de varios otros géneros. Lo que se llevan es tambien cuanto pueden, segun presenta la tierra. De unos puertos se llevan los doblones y pesos fuertes, que agradan mucho á los del norte, porque no hay frutos que extraer de aquella provincia; de otros los oros en polvo y en puntas, con algunos marquitos de plata virgen, y tambien algunas piedras preciosas, singularmente esmeraldas de Muzo, topacios, ametistos, etc., porque no faltan comerciantes de estas piedras en el Nuevo Reino, y tuve yo un cierto amigo, el cual me mostró varios papeles de ellas, y en eso estaba lo fuerte de su comercio. Lo dicho he dicho sin mentar (por ciertos respetos) lugares ni puertos: vamos ahora á mi provincia de Santa Marta. De esta, por diversos puertos, se llevan el palo del Brasil, y en gran copia: las perlas, los oros, los cueros, los algodones, los caballos aguilillas, zurrones de cacao, y lo que pueden lograr á trueque de sus géneros, cuando no los despachan en moneda efectiva de pesos duros y doblones. Así proporcionalmente de otros puertos y provincias hasta el Orinoco. Pero una de las cosas que mas me tocan, es el comercio que hacen los Ingleses y Holandeses hácia Coro: de allí se llevan las fuertes y bizarras mulas que producen aquellos paises; y es este un comercio tan seguro y abierto, que tratándose de la fundacion de cierto colegio en la ciudad de Coro, no quiso admitirse porque los fondos destinados para la fundacion eran únicamente haciendas abundantes de mulas, de las cuales solo se podia salir vendiéndolas con ilícito comercio á los extranjeros. Basta de esta odiosísima materia. Sólo el amor al bien comun de nuestra nacion me obliga á tratar semejantes asuntos. Podian los extranjeros que andan por esas vias clandestinas infestando con sus contratos, y apestando con sus perniciosas máximas puertos y ciudades de nuestras costas, reflexionar una vez si tal hacen en sus dominios los Españoles. No se oyen tales andanzas de comerciantes de España, aunque no faltan en los reinos de España géneros muy estimados y buscados de los extranjeros. Pero aborrece la generosa nacion española veredas ocultas, y procederes injustos contra ajenos dominios y derechos de los soberanos. El comercio está bien que sea recíproco, pero debe tambien ser recíproca la equidad, atencion y justicia. Provocados de los extranjeros los Españoles, hacen en sus tierras y dominios del propio soberano lo que no hicieran espontáneamente aun en paises extraños. Pero es menester en este punto critico oir á los comerciantes americanos. Reconvenidos estos de semejantes tratos, responden, como yo he oido, que por esta via de Jerusalen (expresion ordinaria entre los comerciantes) tienen ellos á precio mucho mas barato los géneros; y á mas de eso ahorran el pagar tantos impuestos en aduanas y registros, etc. Eso es verdad, como tambien que por esta via, y diremos así, en estos pastos vedados engordan algunos particulares. Mas porque el ilustrísimo señor conde de Campomanes, con tanta claridad, solidez y amor de la nacion, ha disipado ya estos perjuicios y erradas máximas, para corregir tales abusos, diré solamente una cosa, y es: que si los extranjeros no se llevaran los oros y plata de los dominios de su majestad católica, hubiera y corriera mas en la monarquía, y en las provincias todas del Nuevo Reino (lo mismo digo de los demás); corriera tanta moneda de oro y plata, tanto oro en polvo, y marcos de plata, y tantos géneros y frutos para proveerse de géneros de España, que pudieran mas fácilmente comprar á precios altos géneros de España, que no ahora por bajo precio los extranjeros; y hubiera entonces menos impuestos, porque, boyante la monarquía, no habia menester tantas aduanas ó impuestos para su decorosa subsistencia. La diferencia que hay en comercial con extranjeros y propios nacionales, es, que si los extranjeros se llevan el jugo del Nuevo Reino, este queda desustanciado, y la monarquía tambien poco á poco pierde de su vigor y substancia, porque ni uno ni otro participan ya mas del jugo que le chuparon las sanguijuelas del norte: así los oros y plata, y tesoros imponderables de las Américas. como por ocultas venas la sangre se ha introducido en los cuerpos de todos los reinos, no solo de la Europa, sino de todo el mundo, corre por todos los reinos, y les da fuerzas y vigor aun contra los mismos Españoles. No fuera así, cuando todo lo que se va clandestinamente á manos y reinos extranjeros quedara en el reino y en la monarquía. Entonces, como la sangre en movimiento circular vivifica y vigoriza á todo el cuerpo, así los oros y plata, circulando en recíproco comercio de España con las Indias, tuviera en robustez y vigor todo el vastísimo cuerpo de la monarquía; y aun volviera á las Indias y minas de donde salió: y entonces, como sabiamente dice el ilustrísimo señor conde de Campomanes, hubiera brazos poderosos en ¡os reinos de España (donde ni habilidad ni industria faltan) para levan­tar y fomentar fábricas de todos géneros para abastecer las Indias á buenos precios. Allá decian los filósofos de aquellos tiempos (y dirán lo mismo los modernos, pero quizás en términos mas pulcros y diftongados en griego): |Duo carbones mutuo se fovent. Dos carbones encendidos se fomentan mutuamente. Así avivados en mutuo comercio los reinos de España y de las Indias, se fomentaran recíprocamente. El comercio ilícito es una sangría continua de las Américas y de la monarquía. Chorrea insensible y ocultamente por diversas venas picadas la sangre de tanto tesoro que recogen extranjeras manos, pero sangre que sale del cuerpo no vuelve mas. Vamos á otro.

§ V.  |

¿Quién podrá decir el imponderable daño que contra la religion resulta del insinuado comercio con los extranjeros en aquella costa, y reino de Tierra Firme? El Darien, antigua y riquísima provincia del rey de España, está de una vez perdido en materia de religion. Uno de los primeros campos que descubrieron y conquistaron los Españoles, en que tantos operarios evangélicos sembraron el precioso grano y semilla de nuestra santa religion, está desolado, esterilizado, y casi enteramente destruido. ¿Quién ha causado tal daño? Vino enemiga mano, y sembró sobre el buen grano la zizaña; vinieron, y se introdujeron por via de comercio, extranjeros del Norte, enemigos de toda ley y religion verdadera, y sembraron la maldita zizaña de sus perversas máximas contra la religion y toda virtud, contra el monarca de las Españas, y contra toda la monarquía y nacion española: esta zizaña ha sofocado el buen grano: queda por eso el Darien, no solo campo sin fruto, sino como aquellas ciudades que leemos en la Divina Escritura, sembradas de sal, al rigor y enojo de los vencedores, para que nunca mas saliera de ellas pimpollo ni fruto. Así ó poco menos queda el Darien, como ya expuse en particular discurso, y lo que peor es, impenetrable á operarios que vayan á arrancar la zizaña, y á sembrar otra vez el grano evangélico, que da la salud eterna. Lo que yo temo, y es muy de temer, es que no pare en el mismo infeliz estado la tierra y nacion de los Guagiros en la provincia de Santa Marta, como ya dejé insinuado hablando de ellos. El comercio de los extranjeros con los Guagiros de Santa Marta, vuelvo á decir, el suministrarles armas blancas y de fuego, meterles negros y negras, y el proveerles de otras cosas, puede ser mas que principio de temibles consecuencias en materia de religion y política. Si aun entre las gentes blancas se oyen ya las perversas máximas que traen de sus paises los extranjeros, ¿qué dogmas y principios echarán estos de sus bocas envenenadas entre los pobres Indios? Concluyo, para darme á entender á quien puede extender mas su discurso: yo mismo me hallé con uno de los dichos extranjeros intrusos que negaba la inmortalidad del alma; con otro que se burlaba de los sacramentos, y lo que mas sentí, y lo sentí tambien por no haberlo yo oido, que pasando yo por una calle, se me vino al oido un caballero anciano que pasaba, y todo confuso y aturdido me dijo: ¿Qué haré, padre, con un lance que me acaba de pasar? ¿Pues qué hay? díjele yo. Estaba hablando con el tal extranjero en buena amistad, cuando me dice: ¡Qué bien les ha estado á los papas la fábula de la venida de Jesucristo! etc., etc. Pues vaya usted, le respondí, vaya inmediatamente al señor comisario del Santo Oficio, dele cuenta de todo, para que nos eche luego esta peste de la ciudad , ó encierre á ese malvado en lugar seguro. Pero debió de entenderlo ó de temerlo el Francés, y se escapó, ni se vió mas. Ojalá se escapen, y no comparezcan mas tales hombres imbuidos en tan perniciosos y execrables principios Pero estas y otras deplorables consecuencias, siempre con la continuacion peores, se pueden recelar del oculto é ilícito comercio con los extranjeros, á mas de los temporales daños que me contento de haber insinuado.

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