DISCURSO
VI.
|
|
|
Del
imponderable daño que en toda la costa de Tierra Firme acarrean los
extranjeros al comercio y monarquía de España
§ I.
|
Queria omitir este discurso por ser algo delicado y odioso el
asunto: mas algunos amigos, celosos del bien de la nacion, me han
persuadido y aun convencido de que no debia omitirse. Déjome
gustoso llevar de parecer ajeno, fundado en buenas reglas del
derecho comun y particular, y vengo á descubrir, sin ofensa de
nacion alguna (porque á todas amo segun las leyes de la caridad),
los daños gravísimos é imponderables que particulares extranjeros,
traspasando las justas leyes de sus soberanos, ocasionan á la
monarquía y comercio de España en toda la costa de Tierra Firme, y
en los puertos de mar y rios mencionados de la provincia de Santa
Marta, y aun en otros desde Panamá hasta las bocas del Orinoco. Veo
que la materia requeria un libro entero, y de gran volúmen; mas
atendiendo á varias circunstancias, me ceñiré en este discurso á lo
preciso y bastante para insinuar la necesidad del oportuno remedio.
La division es la que separa de las tinieblas la luz, y es como la
llave dorada de la claridad. Y así primero insinuaré los puertos y
lugares, ó frecuentados, ó saludados desde alta mar con ciertos
ademanes de cortesía por los extranjeros: después los géneros que
estos introducen en el reino, y los que extraen de las provincias
para sus colonias y paises de Europa: y por fin, las fatales
consecuencias que de esta comunicacion se siguen al comercio de
España. á la monarquía y á la religion. Vamos á lo primero.
§ II.
|
La plaza de comercio clandestino que entre sus inquietas olas
franquea Neptuno á los extranjeros, y singularmente á sus
apasionados Ingleses y Holandeses, no es mas que desde el istmo de
Panamá hasta las bocas del Orinoco, y podemos decir hasta la raya ó
linderos de la costa de Portugal; que es decir, toda la costa de
Tierra Firme perteneciente al monarca de las Españas. Tienen mucho
campo para expender sus mercaderías, y puertos varios para
introducirlas hasta lo mas interior del Nuevo Reino, y en todas sus
provincias. Junto al istmo de Panamá tienen á Porto Velo, y el rio
Chagre, por el cual en breve se pueden conducir por camino de
tierra las mercancías hasta Panamá. Tienen el Darien, y á la orilla
del mar la colonia inglesa Caledonia, en la cual depositan los
géneros, que sin contar los que por la provincia del Daren se
distribuyen á trueque de oro, suben por el rio Atrato, hasta el
Chocó, y hasta las minas de oro del Raposo, de Barbacoas, y otras.
Mas acá, tirando siempre hácia el oriente, tienen la ciudad y
provincia de Cartagena, y varias sienegas confinantes con el Sinú,
y Tolú, y el dique del Magdalena, todo á propósito para
introduccion clandestina de fardos extranjeros en esas provincias
y ciudades. Viene después el puerto de Santa Marta, el rio de la
Hacha, y Bahía Honda, y todo está patente para los extranjeros
paquebotes y bergantines, como yo he visto. De allí sigue la laguna
de Maracaibo, que en su latitud presta trecho grandísimo á muchos
buques en sus aguas, y en la espesura de sus márgenes y bosques
contiguos, seguros escondrijos á los alcahuetes. Nada digo ya de
Coro, vecino á Curazao, colonia holandesa, nada de las bocas de
Orinoco, vecinas á las islas de Franceses y Holandeses: es
superfluo decir lo que ya se da por supuesto. Y basta que el
Guarico, que Jamaica, que Curazao, y otras islas á Sotavento, y á
Barlovento, y otras colonias de Esquibo, Suninama, etc., esten
vecinas á nuestra costa, para considerar á esta bien servida y
proveida con toda atencion, cortesía y sólicitud (para llevarse
pesos duros y doblones) que toman los generosos habitantes de
dichas colonias, Franceses, Ingleses y Holandeses. ¿Y por todos
estos puertos de mar y puertas del reino introducen los extranjeros
sus géneros? Es cierto y notorio en toda la costa y reino, no solo
entre personas particulares de todos estados, sino tambien entre
personas públicas, y caracterizadas con empleos y honores reales.
¿Pues cómo tal desórden no se ataja? ¿Cómo introduccion y comercio
tan pernicioso no procura impedirse? Se procura; y seriamente
vienen encargados de la córte todos los señores virreyes y
gobernadores de vigilar sobre ese comercio ilícito, y de atajarlo;
pero no se logran los buenos deseos, ni el feliz efecto de las
providencias que toman aun los que gobiernan con el celo verdadero,
y sin mirar á intereses propios, ni á recibir unto de manos.
Estando yo en el rio de la Hacha, escribióme el señor gobernador de
Cartagena, el excelentísimo señor don Ignacio de Sala, sobre este
asunto, por cierta ocurrencia. Es verdad que dicho señor atajó
mucho; y como era catalan, temblaban de su rectitud y justicia, no
solo los extranjeros, sino tambien los ciudadanos españoles. Porque
desde cierto arrojo de un alcalde catalan, que por allá cogió
|in
fraganti á un homicida, y luego, sin mas proceso que la
evidencia del hecho, lo mandó ahorcar allí mismo inmediatamente,
quedó el proverbio en aquellos paises
|Justicia catalana no
entiende de cuentos. Sin embargo, por su dignacion y bondad me
escribió su excelencia en estos términos: « Con toda confianza le
digo á usted que no puedo hacer mas para atajar este comercio
extranjero: me faltan ciertas facultades, que á tenerlas ya á esta
hora quedaban ahorcados unos cuantos interesados.» Dudo que haya
habido en Cartagena gobernador mas celoso en este punto. Yo aseguro
que no se burlaban con él ni los extranjeros ni los sátrapas del
país. Por su integridad y eficacia, era tan temido como murmurado.
Pero con toda su vigilancia y celo, y con haber puesto guardacostas
en las vecindades de Cartagena y Santa Marta, no podia impedir
tales excesos. ¿Pues cómo hacen los extranjeros para introducir así
los géneros? La mar es ancha, la costa larga: hay en ella varias
puntas y cabos, y por ciertas partes varias ensenadas; y por fin,
como solemos decir, es un
|mare magnum el que hubiera yo de
sulcar, si quisiera recalar por todos los cabos y puertos, y
descubrir las trazas y vias de los extranjeros introductores.
Conténtome con insinuar los dos modos mas ordinarios de
introducir.
|§ III.
|
Hay modo de introducir géneros forasteros, sin entrar en puerto
las naves, y hay modo de introducirlos entrando en puerto propio de
España. Yo voy á decir lo que he visto y experimentado: otros mas
prácticos podrán añadir lo demás, si no basta lo que yo digo. Es
curioso el modo de introducir sin arribar á puerto alguno. Con
|santo se hace este trato ilícito, y no santamente. Entre los
comerciantes particulares de nuestra costa y ciudades, y los
extranjeros, se da el
|santo, y es este, ó semejante: por tal
dia (poco mas, poco menos) comparecerá, é irá dando bordos á tal
altura un paquebot, un bergantin, una fragata, etc.; á distancia
que pueda oirse de la ciudad disparará tantos cañonazos (á la salud
de quien gobierna): estará dos ó tres dias dando bordos; y luego
virando de bordo, se irá acercando á tal cabo, á tal ensenada, á
tal sienega. Atencion, diligencia, secreto, y prontitud en ir, ó
por tierra, ó con otro barco, en el silencio y tinieblas de la
noche, á recibir los géneros, etc. Así con la capa de la noche,
capa propiamente de contrabandos en toda especie y línea, se
descargan las naves extranjeras de los fardos que en lanchas se
reciben, ó en la playa misma, por los comerciantes clandestinos; y
quedan así bien surtidos los almacenes, ó tiendas de géneros que
pasan por traidos de España, y se venden al mismo precio con
superior ganancia. El otro modo de introducir ilícitamente es
entrando con toda libertad en los mismos puertos con título de
rehacerse de alguna tormenta, de hacer aguada, de proveerse de
víveres; y entretanto que el bastimento está seguro en el puerto,
de varios y sutiles modos se van extrayendo é introduciendo los
géneros por la ciudad. En esta materia es curioso el caso que voy á
referir, y basta él para dar á entender la avilantez de los
extranjeros en los dominios de España. Hallándome en la ciudad de
Santa Marta con el ilustrísimo señor obispo Arauz, arribó y dió
fondo en aquel puerto una bella y grande fragata francesa, segun
decian, como tambien por Franceses corrian los que en ella iban. Si
lo eran ó no, no puedo asegurarlo; lo cierto es que no les oí
hablar otra lengua que la francesa. Apenas dieron fondo, comenzaron
á salir de la fragata oficiales, y mas oficiales, y eran veinte y
uno, unos con la cruz de Malta, otros sin ella, pero todos con su
uniforme. Entraron todos en la ciudad con su capellan, y luego
esparcieron la voz que venia entre ellos un príncipe de la sangre.
No tenian en la ciudad quien los entendiera ni contestara en su
lengua, y así me ví obligado á servirles de intérprete con el señor
obispo, á quien visitaron, y con alguna otra persona. En
substancia, comenzaron á sacar géneros de la fragata: el devoto
capellan iba por las casas principales vendiendo estampas á las
madamas, con otros generillos de poco valor: su ancheta parece que
no prestaba mucho. Lo grueso que salió de aquella fragata, no lo
ví, pero sonó bastante la introduccion. A esto se añadió la
sospechosa insolencia de ir sondeando todo el puerto de punta á
punta en una lancha con gran prolijidad. Esto lo veíamos desde el
palacio del señor obispo, que está casi á la orilla del puerto.
Reflexionando su ilustrísima en varias circunstancias presentes y
posibles, no pudo aguantar ni tan larga demora de nave extranjera
en el puerto, ni que los extranjeros anduvieran tan libremente
reconociendo la ciudad, y haciendo comercio al mismo tiempo. Fuese
al comandante de la plaza, el cual era un buen viejo vizcaino
honrado de cuatro cuartos, de aquellos que trocando términos suelen
decir:
|Bien sabe el palo en que mono sube. Pusole su
ilustrísima presente todo lo que debia, y con brio y energía le
dijo: que tratara de echar del puerto la fragata, y que sino, daba
cuenta de su taciturnidad, ó vista gorda, á superior gobierno, etc.
El buen capitan (que el señor gobernador estaba ausente) comenzó á
disculpar á los pobres navegantes con que hacian provisiones de
víveres, de agua, etc., pero apretado fuertemente de su
ilustrísima, por fin, les intimó y mandó que se fueran; y así,
esperando algunos dias todavía buen viento (que tarda siempre para
el barco que no quiere partir), zarpó la fragata del puerto con su
príncipe de la sangre (que jamás he creido) y con sus oficiales,
que me dejaron impresa la vehemente sospecha de que eran corsarios.
Sirva este casito de modelo para entender cómo lo hacen otros en
diversos puertos, y vamos á ver lo que introducen los extranjeros
con estas mañas, y lo que se llevan de la costa y del reino.
|§ IV.
Lo que introducen, en breve está dicho: cuanto pueden de telas y
brocados, marquitos de cera, fardos de canela, y piezas de varios
otros géneros. Lo que se llevan es tambien cuanto pueden, segun
presenta la tierra. De unos puertos se llevan los doblones y pesos
fuertes, que agradan mucho á los del norte, porque no hay frutos
que extraer de aquella provincia; de otros los oros en polvo y en
puntas, con algunos marquitos de plata virgen, y tambien algunas
piedras preciosas, singularmente esmeraldas de Muzo, topacios,
ametistos, etc., porque no faltan comerciantes de estas piedras en
el Nuevo Reino, y tuve yo un cierto amigo, el cual me mostró varios
papeles de ellas, y en eso estaba lo fuerte de su comercio. Lo
dicho he dicho sin mentar (por ciertos respetos) lugares ni
puertos: vamos ahora á mi provincia de Santa Marta. De esta, por
diversos puertos, se llevan el palo del Brasil, y en gran copia:
las perlas, los oros, los cueros, los algodones, los caballos
aguilillas, zurrones de cacao, y lo que pueden lograr á trueque de
sus géneros, cuando no los despachan en moneda efectiva de pesos
duros y doblones. Así proporcionalmente de otros puertos y
provincias hasta el Orinoco. Pero una de las cosas que mas me
tocan, es el comercio que hacen los Ingleses y Holandeses hácia
Coro: de allí se llevan las fuertes y bizarras mulas que producen
aquellos paises; y es este un comercio tan seguro y abierto, que
tratándose de la fundacion de cierto colegio en la ciudad de Coro,
no quiso admitirse porque los fondos destinados para la fundacion
eran únicamente haciendas abundantes de mulas, de las cuales solo
se podia salir vendiéndolas con ilícito comercio á los extranjeros.
Basta de esta odiosísima materia. Sólo el amor al bien comun de
nuestra nacion me obliga á tratar semejantes asuntos. Podian los
extranjeros que andan por esas vias clandestinas infestando con sus
contratos, y apestando con sus perniciosas máximas puertos y
ciudades de nuestras costas, reflexionar una vez si tal hacen en
sus dominios los Españoles. No se oyen tales andanzas de
comerciantes de España, aunque no faltan en los reinos de España
géneros muy estimados y buscados de los extranjeros. Pero aborrece
la generosa nacion española veredas ocultas, y procederes injustos
contra ajenos dominios y derechos de los soberanos. El comercio
está bien que sea recíproco, pero debe tambien ser recíproca la
equidad, atencion y justicia. Provocados de los extranjeros los
Españoles, hacen en sus tierras y dominios del propio soberano lo
que no hicieran espontáneamente aun en paises extraños. Pero es
menester en este punto critico oir á los comerciantes americanos.
Reconvenidos estos de semejantes tratos, responden, como yo he
oido, que por esta via de Jerusalen (expresion ordinaria entre los
comerciantes) tienen ellos á precio mucho mas barato los géneros; y
á mas de eso ahorran el pagar tantos impuestos en aduanas y
registros, etc. Eso es verdad, como tambien que por esta via, y
diremos así, en estos pastos vedados engordan algunos particulares.
Mas porque el ilustrísimo señor conde de Campomanes, con tanta
claridad, solidez y amor de la nacion, ha disipado ya estos
perjuicios y erradas máximas, para corregir tales abusos, diré
solamente una cosa, y es: que si los extranjeros no se llevaran los
oros y plata de los dominios de su majestad católica, hubiera y
corriera mas en la monarquía, y en las provincias todas del Nuevo
Reino (lo mismo digo de los demás); corriera tanta moneda de oro y
plata, tanto oro en polvo, y marcos de plata, y tantos géneros y
frutos para proveerse de géneros de España, que pudieran mas
fácilmente comprar á precios altos géneros de España, que no ahora
por bajo precio los extranjeros; y hubiera entonces menos
impuestos, porque, boyante la monarquía, no habia menester tantas
aduanas ó impuestos para su decorosa subsistencia. La diferencia
que hay en comercial con extranjeros y propios nacionales, es, que
si los extranjeros se llevan el jugo del Nuevo Reino, este queda
desustanciado, y la monarquía tambien poco á poco pierde de su
vigor y substancia, porque ni uno ni otro participan ya mas del
jugo que le chuparon las sanguijuelas del norte: así los oros y
plata, y tesoros imponderables de las Américas. como por ocultas
venas la sangre se ha introducido en los cuerpos de todos los
reinos, no solo de la Europa, sino de todo el mundo, corre por
todos los reinos, y les da fuerzas y vigor aun contra los mismos
Españoles. No fuera así, cuando todo lo que se va clandestinamente
á manos y reinos extranjeros quedara en el reino y en la monarquía.
Entonces, como la sangre en movimiento circular vivifica y vigoriza
á todo el cuerpo, así los oros y plata, circulando en recíproco
comercio de España con las Indias, tuviera en robustez y vigor todo
el vastísimo cuerpo de la monarquía; y aun volviera á las Indias y
minas de donde salió: y entonces, como sabiamente dice el
ilustrísimo señor conde de Campomanes, hubiera brazos poderosos en
¡os reinos de España (donde ni habilidad ni industria faltan) para
levantar y fomentar fábricas de todos géneros para abastecer las
Indias á buenos precios. Allá decian los filósofos de aquellos
tiempos (y dirán lo mismo los modernos, pero quizás en términos mas
pulcros y diftongados en griego):
|Duo carbones mutuo se
fovent. Dos carbones encendidos se fomentan mutuamente. Así
avivados en mutuo comercio los reinos de España y de las Indias, se
fomentaran recíprocamente. El comercio ilícito es una sangría
continua de las Américas y de la monarquía. Chorrea insensible y
ocultamente por diversas venas picadas la sangre de tanto tesoro
que recogen extranjeras manos, pero sangre que sale del cuerpo no
vuelve mas. Vamos á otro.
§ V.
|
¿Quién podrá decir el imponderable daño que contra la religion
resulta del insinuado comercio con los extranjeros en aquella
costa, y reino de Tierra Firme? El Darien, antigua y riquísima
provincia del rey de España, está de una vez perdido en materia de
religion. Uno de los primeros campos que descubrieron y
conquistaron los Españoles, en que tantos operarios evangélicos
sembraron el precioso grano y semilla de nuestra santa religion,
está desolado, esterilizado, y casi enteramente destruido. ¿Quién
ha causado tal daño? Vino enemiga mano, y sembró sobre el buen
grano la zizaña; vinieron, y se introdujeron por via de comercio,
extranjeros del Norte, enemigos de toda ley y religion verdadera, y
sembraron la maldita zizaña de sus perversas máximas contra la
religion y toda virtud, contra el monarca de las Españas, y contra
toda la monarquía y nacion española: esta zizaña ha sofocado el
buen grano: queda por eso el Darien, no solo campo sin fruto, sino
como aquellas ciudades que leemos en la Divina Escritura, sembradas
de sal, al rigor y enojo de los vencedores, para que nunca mas
saliera de ellas pimpollo ni fruto. Así ó poco menos queda el
Darien, como ya expuse en particular discurso, y lo que peor es,
impenetrable á operarios que vayan á arrancar la zizaña, y á
sembrar otra vez el grano evangélico, que da la salud eterna. Lo
que yo temo, y es muy de temer, es que no pare en el mismo infeliz
estado la tierra y nacion de los Guagiros en la provincia de Santa
Marta, como ya dejé insinuado hablando de ellos. El comercio de los
extranjeros con los Guagiros de Santa Marta, vuelvo á decir, el
suministrarles armas blancas y de fuego, meterles negros y negras,
y el proveerles de otras cosas, puede ser mas que principio de
temibles consecuencias en materia de religion y política. Si aun
entre las gentes blancas se oyen ya las perversas máximas que traen
de sus paises los extranjeros, ¿qué dogmas y principios echarán
estos de sus bocas envenenadas entre los pobres Indios? Concluyo,
para darme á entender á quien puede extender mas su discurso: yo
mismo me hallé con uno de los dichos extranjeros intrusos que
negaba la inmortalidad del alma; con otro que se burlaba de los
sacramentos, y lo que mas sentí, y lo sentí tambien por no haberlo
yo oido, que pasando yo por una calle, se me vino al oido un
caballero anciano que pasaba, y todo confuso y aturdido me dijo:
¿Qué haré, padre, con un lance que me acaba de pasar? ¿Pues qué
hay? díjele yo. Estaba hablando con el tal extranjero en buena
amistad, cuando me dice: ¡Qué bien les ha estado á los papas la
fábula de la venida de Jesucristo! etc., etc. Pues vaya usted, le
respondí, vaya inmediatamente al señor comisario del Santo Oficio,
dele cuenta de todo, para que nos eche luego esta peste de la
ciudad , ó encierre á ese malvado en lugar seguro. Pero debió de
entenderlo ó de temerlo el Francés, y se escapó, ni se vió mas.
Ojalá se escapen, y no comparezcan mas tales hombres imbuidos en
tan perniciosos y execrables principios Pero estas y otras
deplorables consecuencias, siempre con la continuacion peores, se
pueden recelar del oculto é ilícito comercio con los extranjeros, á
mas de los temporales daños que me contento de haber insinuado.