DE LOS PUERTOS ADMIRABLES DE MAR, Y
RIOS DE SANTA
MARTA.
DISCURSO I.
Del puerto de la ciudad de Santa
Marta
§ I.
Abrame campo á este y siguientes discursos el exactisimo y
sincerísimo cronista don Antonio de Herrera con su descripcion de
la ciudad y puerto de Santa Marta
|(1)
. Estas son sus palabras: » La
ciudad de Santa Marta está poblada en sitio sano, fundada á la
orilla del mar, con muy buen puerto, muy grande, seguro, de suelo
limpio, que hace una caldera á donde se da carena: tendrá media
legua de ancho: en frente del puerto tiene un morro grande que le
sirve de reparo: tiene mucho fondo, y sin causar bruma, sin
arrecifes ni bajos: su entrada es al poniente: tiene abundancia de
agua y leña en tierra llana; y tuvo muy gran vecindad, y despoblóse
por no acudir las flotas en aquel puerto, como solian.» Dice mucha
verdad el señor de Herrera, y en pocas cláusulas toca varios
puntos, que yo, para mayor inteligencia, y para la comun utilidad,
quiero exponer con mas individualidad y extension. Digo
sinceramente que el puerto de Santa Marta es uno de los mas
apreciables que tiene su majestad en todos sus vastísimos dominios.
Es un mar de leche, como solemos decir, dulce, pacífico, que nunca
se alborota, ningun viento perturba, ni da incomodidad á los barcos
que en él dan fondo. De ancho tiene mas de media legua; pues desde
la playa en que está fundada la ciudad, hasta el morro que está
enfrente, y le sirve de reparo, se gastan por lo menos tres cuartos
de hora en navegacion regular de levante á poniente. La longitud de
sur á norte será de legua y media; esto es, desde el castillo de
San Fernando hasta el de Betin, y extremidad del seno ó manga que
forma el puerto. El fondo es casi insondable, grandísimo, limpio de
bajos y arrecifes; ni hay que andar á tientas ni tropezando, como
en otros puertos, para entrar en él, ni correrlo de cabo á cabo. La
entrada, por la misma razon, es segurísima, ni para ella se
necesita de mas práctico que de un piloto que no deje arrimar la
nave á la tierra y castillos que le vienen á los ojos
clarísimamente. Puede entrarse en el puerto por ambas bocas; esto
es, ó por entre medio del castillo del morro, y el de Betin, ó por
entre el morro y San Fernando. Tan segura y libre de todo riesgo es
una entrada como la otra. Dice bien don Antonio de Herrera, que
|el puerto hace una caldera adonde se da carena. Pero como
hay calderas de varias hechuras, lo explicaré un poco mas, para
darlo á entender á quien no lo ha visto. El castillo del morro, que
viene de frente a la ciudad, está casi en medio de las dos puntas
de Betin y San Fernando; por la parte de este se dilata un poco mas
el puerto: por la de Betin se va estrechando y formando hácia la
extremidad como una concha de tortuga ordinaria, pero mas ancha y
dilatada desde San Fernando hasta el castillo del morro, que desde
el morro á la extremidad del seno que se forma entre Betin y la
playa. Y en esta ensenada tan recogida y resguardada al pié mismo
del monte, es adonde se daba carena á los navíos, y donde es
lástima no se establezca un astillero, para el cual ofrecen tan
bellas comodidades la ciudad, y montes inmediatos al puerto, como
expondré después.
§ II.
|
No quiero omitir aquí las delicias, comodidades y utilidad del
morro, y de los otros dos fuertes. El morro de Santa Marta no es
como el de la Habana tan famoso; tiene menos fama el de Santa
Marta, pero es mas apreciable por varias circunstancias. El de la
Habana es una punta á la boca del puerto: punta de peñascos áridos,
y quebrados riscos, sobre los cuales está reedificado el fuerte:
mas no es así el morro de Santa Marta. Este es un cerro en medio
del agua, redondo y no muy elevado, una pequeña y deliciosa isla,
que no deja de tener una legua de circunferencia. Está poblada de
verdes montecitos que forman los matorrales, y muchos arbolitos
entre los cuales hay alguna caza de aves, y aun de otros animales
comestibles. Pero lo mas admirable es, que así elevada entre las
saladas ondas del mar, tiene en su cumbre una copiosa fuente de
agua dulce, preciosísima, que sirve para la guarnicion, y aun para
las personas de la ciudad, que buscan la agua mas saludable y
preciosa. En la misma cumbre está edificado un fuerte, desde donde
se descubre todo el mar, cuanto puede extenderse la vista. Cada
semana se renueva la guarnicion, pasando al morro unos soldados de
la plaza, y volviendo á ella los que lo guardaban. En habiendo
gente y pertrechos de guerra en el morro, no pasa ni nave boyante
ni alma viviente, si no se le permite el paso franco; porque todas
las naves han de pasar por entremedio del morro y de Betin, angosto
paso, pero sin riesgo; ó bien entre el morro y fuerte de San
Fernando; y de unos y otros alcanza la artillería, y aun la bala de
fusil, á cualquier barco que entre por una y otra parte. Y si se
levantara una fortaleza en la playa misma donde está la ciudad, con
buena batería, seguramente era inconquistable la plaza, á quien
(como á otras) no se le pueden impedir los víveres, porque todos le
vienen de tierra dentro, donde hay pueblos circunvecinos. Otras dos
propiedades sumamente apreciables tiene el puerto de Santa Marta;
propiedades que pocas bahías gozan. La una es, el caudal de agua
dulce, preciosísima y saludable que al puerto trae consigo el rio
llamado Manzanares. La otra es, la abundancia estupenda del pescado
allá llamado bonito, pero es salmon, que en aquella concha del
puerto todos los dias echa la Divina Providencia. Es una rara
maravilla ver que nunca faltan allí peces de esa especie, grandes y
pequeños: todos los dias se pescan, todos los dias se come en la
ciudad de ese pescado, y siempre abunda; y es tan apreciable, que
se manda de regalo á nobles personas de otras provincias, y en la
misma córte de Santa Fe es muy estimado y celebrado cuando llega un
barrilito de salmon de Santa Marta. Dejo por ahora otras
circunstancias, porque me incita la curiosidad de averiguar un
cierto por qué sobre el mismo puerto, y en la averiguacion de este
por qué las expondré.