INDICE




Prefacio al lector
Prevencion crítica al lector discreto

Parte Primera
Discuro I  Dase razon del título de Perla de América, atribuido a la provincia de Santa Marta
Discurso II  Noticias generales de la provincia de Santa Marta que muestran el aprecio que ella se merece
Discurso III  De las perlas de Santa Marta y de sus pescadores
Discurso IV  Cuantas suertes hay de perlas, y cuales son las más estimadas y preciosas.
Discurso V  Donde florecen el comercio y labores exquisitos de perlas
Discurso VI  De la celebrada planta llamada hayo, por otro nombre coca, pasto común de la nacion guajira 
Discurso VII  Demuéstranse las virtudes del ?hayo? más apreciables que las del té,  café, y mate de Paraguay
Discurso VIII  Del oro plata y piedras preciosas de Santa Marta
Discurso IX  Del fabuloso y verdadero Dorado de la América
Discurso X  De los santuarios y sepulcros de los Indios, y piezas de antigüedad que en ellos se hallan en la provincia de Santa Marta
Discurso XI  Del palo del Brasil , que se halla en la provincia de Santa Marta,  y se llevan los extranjeros
Discurso XII  De los caballos aguilillas de la provincia de Santa Marta
Discurso XIII  Del ganado de asta, de sus pastos, y prados de rara amenidad y conveniencia
Discurso XIV  Del añil de Santa Marta, y de otro azul bellísimo desconocido en Europa, llamado azul de la Grita
Discurso XV  Del cacao de la provincia de Santa Marta, y de la diversidad de este grano, confundido con ventajas de los comerciantes
Discurso XVI  Del azúcar, miel y panela de la provincia de Santa Marta
Discurso XVII  Del trigo de la provincia de Santa Marta, y proyectos hechos para  evitar la continua introduccion de harinas extranjeras en toda  aquella costa
Discurso XVIII  Del algodon de la provincia de Santa Marta
Discurso XIX  De la concha fina de tortuga y madre perla de Santa Marta
Discurso XX  Del tabaco, sal, vainilla, leños preciosos, resinas y bálsamo de la provincia de Santa Marta

Discursos preliminares a la segunda parte
Discurso I.  Que la destruccion de las poblaciones indianas de la costa de Tierra Firme no debe atribuirse á los Españoles, sino á los extranjeros
Discurso II  De los estragos hechos por los extranjeros en aquellas naciones, y de las benignas leves y providencias de los Católicos Monarcas á favor de los Indios

Parte Segunda
Discurso I  Noticias generales de los Indios que los conquistadores hallaron en la provincia de Santa Marta, y de los que ahora quedan en ella
Discurso II  De la nacion de los Indios Taironas
Discurso III  De los Aruacos y Tupes de la provincia de Santa Marta
Discurso IV  De la terrible nacion de los Indios Chimilas
Discurso V  De las emboscadas y asaltos de los Chimilas
Discurso VI  De las conquistas proyectadas contra la nacion de los Chimilas
Discurso VII  Proyecto eficacisimo para la pacificacion y reducion de los Chimilas
Discurso VIII  Diversas vias y modos de poderse fácilmente ejecutar el proyecto insinuado
Discurso IX  De la nacion de los Indios Motilones
Discurso X  Cuan ventajosa fuera para el comercio del Nuevo Reino la abertura de un camino por la tierra de los Motilones desde Maracaibo á la ciudad de Ocaña
Discurso XI  De cierta expedicion emprendida con real aprobacion, á fin de pacificar los Motilones , y hacer traficables sus tierras
Discurso XII  De la nacion guagira de la provincia de Santa Marta
Discurso XIII  Del numero y moda de vestir de los Guagiros
Discurso XIV  De la lengua guagira, valor marcial y comercio pernicioso de los Guagiros con los extranjeros
Discurso XV  Del apostólico celo de los ilustrísimos señores obispos de Santa Marta en promover la reducion de los Guagiros
Discurso XVI  Del celo del Católico Monarca, y sabias providencias emanadas de la real piedad para la reducion y conquista de los Guagiros
Discurso XVII  Del estado en que el ilustrisimo señor Arauz halló las misiones de los Guagiros y Chimilas, y en que las dejó á sus inmediatos sucesores después de las dichas reales providencias
Discurso XVIII  Sobre un proyecto de la conquista de los Guagiros, presentado en la córte de Madrid, y después en la de Santa Fe por el cacique de los mismos Guagiros,  unido con un caballero español
Discurso XIX  Cuan importante sea á la religion y real corona la conquista del Darien, a la cual destinaba su majestad católica los misioneros de los Guagiros
Discurso XX  De los salvajes que se dejan ver en los confines de la provincia de Santa Marta
Discurso XXI  De los muertos incorruptos que se hallan en los montes de la provincia de Santa Marta

Parte Tercera
Discurso I.  Del puerto de la ciudad de Santa Marta
Discurso II  Por qué las flotas dejaron de ir á Santa Marta, y por qué no van ahora les naves del comercio de España
Discurso III  Del astillero ó arsenal que pudiera establecerse en el puerto de Santa Marta para fabricar naves
Discurso IV  Puerto de Bahía Honda, utilísimo para el comercio de España, para atajar el de los extranjeros, y para reducir á los indios Guagiros, y pacificar aquellas tierras
Discurso V  De los puertos de rios que tiene la provincia de Santa Marta
Discurso VI  Del imponderable daño que en toda la costa de Tierra Firme acarrean los extranjeros al comercio y monarquía de España
Discurso último  Del modo de establecerse en la provincia de Santa Marta una compañía  no exclusiva, para ventajas grandes del reciproco comercio de España con el Nuevo Reino de Granada
Catálogo instructivo
DISCURSO XX. |   De los salvajes que se dejan ver en los confines de la provinciade Santa Marta

|§ I. 

Es de poca utilidad este punto, pero servirá para amenízar la historia, y divertir un poco la mente del lector, y satisfacer á la curiosidad de los aplicados al estudio de la naturaleza y de los académicos del norte. Ya varios extranjeros han tratado este asunto, y novísimamente el señor don Felipe Gili en su historia del Orinoco. Yo añadiré lo que puedo añadir. Parece que el señor abate Gili creyó, y nos quiso persuadir por cosa rara y singular del Orinoco, el hallarse salvajes entre aquellos montes; y como entre dudas, si hay ó no salvajes, se esfuerza en comprobarlo con algunos casitos, uno mas gracioso que el otro, para que ningun prudente pueda dudar que realmente los hay, y aun esta maravilla ó monstruo singular se encuentra en el Orinoco. Añado, pues, que bien puede darse crédito al señor Gili, porque es cierto que hay muchos salvajes en el mundo, y no solo en el Orinoco, sino en varias provincias de la América, y del mismo Nuevo Reino de Granada. Los hay singularmente en los confines de la provincia de Santa Marta, en las montañas que se atraviesan yendo de Ocaña á Salazar de las Palmas, en el término de cuatro ó cinco jornadas. Y como es bastante traficado ese camino, se ven diversas veces que salen á manaditas ó tropitas al encuentro de los pasajeros, mas sin hacerles daño. Y es esto tan cierto, que estando yo en la ciudad de Ocaña, viniendo unos vecinos de Salazar de las Palmas, salieron unos cuantos salvajes á la orilla del monte á recibirlos. Entre los pasajeros iba tambien una niña de unos quince años, y cómo ellos son bestialmente inclinados á mujeres (aunque por otra parte no molestan á los viajantes), se abalanzaron á la muchacha, la pillaron, y cargaron con ella. La puso uno sobre sus hombros, y tiró toda la tropa de salvajes al monte corriendo con la pobre niña, que llenaba el aire de quejidos y lamentos. Los compañeros azorados y aturdidos de la avilantez y barbaridad de tales monstruos, corrieron tras ellos, hasta que por fin los alcanzaron; y á gritos y á fuerza les quitaron la muchacha. Este caso fué público en la ciudad, y referian otros sucedidos en otras ocasiones, en cuya insulsa narracion no quiero perder el tiempo, mas precioso que todos los salvajes, y que el fruto que de ellos sacarse puede. Basta lo insinuado para que se vea que es indubitable la existencia de los salvajes. Pero qué particular especie de entes ó creaturas sean, eso queda en duda todavía, por mas que los académicos, ó filósofos extranjeros, hayan ya definido que son especie de monos. Eso de definir absolutamente las cosas desde lejos, cuesta poco, pero es expuesto á grandes yerros. Yo diré lo que me parece y he visto, y sienta cada uno lo que quisiere. Digo lo primero, que hay varias especies de salvajes, no tanto en la realidad, cuanto en el nombre que se les da. Hay salvajes que realmente no son otra cosa que monos, pero como son de diferentes colores, que no se ven en los micos ni monos ordinarios, y por otra parte remedan las acciones del hombre, los llaman salvajes, pero clarísimamente son monos. De estos he visto uno en Roma, traido de un forastero entre otros animales, que eran: un tigre, una pantera, un leopardo, la gran bestia (que no es mas que la danta de la América) y algunos otros. Para excitar la curiosidad del pueblo romano, y para limpiar bolsillos, no tenia tanta gracia el convidar en públicos carteles á ver bestias solas, ya vistas otras veces: traer y hacer ver entre tantas bestias un salvaje, heria la fantasía y provocaba ojos y bolsas. Sacaba, pues, á la vista un salvaje, pero era un mono bonito, raro y curioso sí, pero ni este ni semejantes son los que propiamente son y se llaman salvajes. Otros salvajes, así llamados del vulgo, hay en la América, pero son perros de monte; por lo menos, mezcla de perro y otra bestia, de los cuales salió una raza diversa y extraordinaria: mas como no se sabe qué casta de animal sea, la gente del campo lo llama salvaje. Otra especie de salvajes vi en Italia, y venia tambien entre otros animales raros que mostraba un extranjero Sacaplate Girante. Y este sí que tenia algo propio de. verdadero salvaje. Tenia los piés como el salvaje, los dedos atrás y el talon por delante, como luego explicaré. Caminaba recto como el hombre, criado de Dios recto para que mire al cielo. |Pronaque cum spectent animalia cætera terram, os |homini sublime dedit, cælumque tueri... La contextura del cuerpo era de hombre, y andaba vestido; pero la cabeza y hocico era propia de puerco, ni mas ni menos, y por feroz llevaba mordaza, y así en realidad no era salvaje. A mi corto entender, era un monstruo, efecto de una monstruosidad execrable, por la cual tiene pena de fuego el delincuente. Dejemos eso. En conclusion, ninguna de estas fieras es salvaje verdadero, y en el sentido propio que voy á explicar.
 

|§ II. 

La descripcion que del salvaje hace el señor abate Gili es verdadera; y segun ella, los salvajes del Orinoco son de la misma especie de los de las montañas de Ocaña. Tienen los salvajes la misma figura externa del hombre, á excepcion de los piés, que se extienden con los dedos hácia atrás, y el talon va por delante: de manera que quien viera de los piés no mas caminar á un salvaje, pensara que se acerca, cuando en realidad se va alejando. Hay entre ellos macho y hembra (lo que no llegó á noticia del señor Gili); de manera, que esta se parece á la mujer, aquel al varon: solo en los piés, que van al revés, y en la lengua que no les sirve para hablar, se diferencian en lo exterior del varon y de la mujer. Se creen mudos, y como los demás animales, incapaces regularmente de articular palabras, á excepcion de las aves locuaces que ya conocemos; pero quédome con alguna duda de si son mudos por naturaleza, ó porque, metidos en las selvas, no oyen hablar, y así no saben palabras ni lengua alguna, como sucediera á uno que desde la infancia se hubiera criado en los desiertos, solo y sin haber oido hablar á hombre nacido. Se me hace probable que si se criaran los salvajes en poblado, hablaran tambien, si no como sabios, por lo menos como salvajes. Añado al fin que la historieta referida por don Felipe Gili en el capítulo VII del libro V de su historia sobre un salvaje que se apoderó de una cierta mujer, y la tuvo por siete años, y tuvo hijos en ella, etc., no me parece digna de tanto crédito como se le dió en los llanos de Caracas. Tener un salvaje á una mujer de poblacion cristiana sobre la cumbre de un árbol, como mujer propia por siete años, gimiendo y suspirando por volverse entre sus cristianos españoles; tan inútil y tonta, que no supiera escaparse cuando se ausentaba el salvaje; que no lo matara cuando él dormia; que á voz en cuello no gritara desde la cumbre á un cazador aventurero que viniese con gente á librarla, que se fuera antes que volviera de aquellos montes el salvaje y lo hiciera pedazos, que tal dia á tal hora volviese con otros hombres armados á llevársela al pueblo, y no tuviera ella valor ni habilidad para bajar del árbol cuando se ausentaba tan bárbaro compañero; y tantas otras circunstancias que vienen ensartadas en el suceso, no se pueden piadosamente creer. Ese es un cuento tan viejo como vulgar, de los muchos hereditarios que se cuentan en paises donde reina mas la simplicidad que la crítica. Y así, por mas que dice el señor Gili que de cuantas personas oyeron |arrectis auribtis el caso de la boca de un cierto don Ignacio Sanchez que lo contaba, no hubo uno que no lo creyera |(non incontrò persona veruna fra tante ch’erario presentí che ’l discredesse); creo yo que si se cuenta acá en Europa en una tertulia de gente discreta, no habrá uno que le dé pleno asenso y que no se ria del cuento. Tambien á mí en América me referia una persona de mayor autoridad y carácter que el dicho Sanchez, que en una hacienda de Santa Marta habia un mayordomo español tan valiente, y tan hecho á cazar y matar tigres, que cuando el tigre estaba encaramado en un árbol, se ponia él sin armas al pié del árbol á esperarlo cuando bajaba: mandaba luego á un negro que disparase al tigre; y como este, si se yerra el tiro, se viene al fuego, al cañon, y sobre quien lo dispara; entonces, si no caia muerto al balazo, bajaba enfurecido del árbol el tigre, y allí era, que al bajar, lo cogia el valiente mayordomo por la cola, le daba en el aire unas cuantas vueltas, y lo botaba después al suelo con tanta fuerza, que quedaba muerto, y tendido el pobre tigre como un costal de trigo. Métase este cuento de tigre y mayordomo en un saco de inocentes mentiras con el salvaje, y vamos á ver los muertos incorruptos.

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