DISCURSO
XX.
|
De los salvajes que se dejan ver en
los confines de la provinciade Santa Marta
|§ I.
Es de poca utilidad este punto, pero servirá para amenízar la
historia, y divertir un poco la mente del lector, y satisfacer á la
curiosidad de los aplicados al estudio de la naturaleza y de los
académicos del norte. Ya varios extranjeros han tratado este
asunto, y novísimamente el señor don Felipe Gili en su historia del
Orinoco. Yo añadiré lo que puedo añadir. Parece que el señor abate
Gili creyó, y nos quiso persuadir por cosa rara y singular del
Orinoco, el hallarse salvajes entre aquellos montes; y como entre
dudas, si hay ó no salvajes, se esfuerza en comprobarlo con algunos
casitos, uno mas gracioso que el otro, para que ningun prudente
pueda dudar que realmente los hay, y aun esta maravilla ó monstruo
singular se encuentra en el Orinoco. Añado, pues, que bien puede
darse crédito al señor Gili, porque es cierto que hay muchos
salvajes en el mundo, y no solo en el Orinoco, sino en varias
provincias de la América, y del mismo Nuevo Reino de Granada. Los
hay singularmente en los confines de la provincia de Santa Marta,
en las montañas que se atraviesan yendo de Ocaña á Salazar de las
Palmas, en el término de cuatro ó cinco jornadas. Y como es
bastante traficado ese camino, se ven diversas veces que salen á
manaditas ó tropitas al encuentro de los pasajeros, mas sin
hacerles daño. Y es esto tan cierto, que estando yo en la ciudad de
Ocaña, viniendo unos vecinos de Salazar de las Palmas, salieron
unos cuantos salvajes á la orilla del monte á recibirlos. Entre los
pasajeros iba tambien una niña de unos quince años, y cómo ellos
son bestialmente inclinados á mujeres (aunque por otra parte no
molestan á los viajantes), se abalanzaron á la muchacha, la
pillaron, y cargaron con ella. La puso uno sobre sus hombros, y
tiró toda la tropa de salvajes al monte corriendo con la pobre
niña, que llenaba el aire de quejidos y lamentos. Los compañeros
azorados y aturdidos de la avilantez y barbaridad de tales
monstruos, corrieron tras ellos, hasta que por fin los alcanzaron;
y á gritos y á fuerza les quitaron la muchacha. Este caso fué
público en la ciudad, y referian otros sucedidos en otras
ocasiones, en cuya insulsa narracion no quiero perder el tiempo,
mas precioso que todos los salvajes, y que el fruto que de ellos
sacarse puede. Basta lo insinuado para que se vea que es
indubitable la existencia de los salvajes. Pero qué particular
especie de entes ó creaturas sean, eso queda en duda todavía, por
mas que los académicos, ó filósofos extranjeros, hayan ya definido
que son especie de monos. Eso de definir absolutamente las cosas
desde lejos, cuesta poco, pero es expuesto á grandes yerros. Yo
diré lo que me parece y he visto, y sienta cada uno lo que
quisiere. Digo lo primero, que hay varias especies de salvajes, no
tanto en la realidad, cuanto en el nombre que se les da. Hay
salvajes que realmente no son otra cosa que monos, pero como son de
diferentes colores, que no se ven en los micos ni monos ordinarios,
y por otra parte remedan las acciones del hombre, los llaman
salvajes, pero clarísimamente son monos. De estos he visto uno en
Roma, traido de un forastero entre otros animales, que eran: un
tigre, una pantera, un leopardo, la gran bestia (que no es mas que
la danta de la América) y algunos otros. Para excitar la curiosidad
del pueblo romano, y para limpiar bolsillos, no tenia tanta gracia
el convidar en públicos carteles á ver bestias solas, ya vistas
otras veces: traer y hacer ver entre tantas bestias un salvaje,
heria la fantasía y provocaba ojos y bolsas. Sacaba, pues, á la
vista un salvaje, pero era un mono bonito, raro y curioso sí, pero
ni este ni semejantes son los que propiamente son y se llaman
salvajes. Otros salvajes, así llamados del vulgo, hay en la
América, pero son perros de monte; por lo menos, mezcla de perro y
otra bestia, de los cuales salió una raza diversa y extraordinaria:
mas como no se sabe qué casta de animal sea, la gente del campo lo
llama salvaje. Otra especie de salvajes vi en Italia, y venia
tambien entre otros animales raros que mostraba un extranjero
Sacaplate Girante. Y este sí que tenia algo propio de. verdadero
salvaje. Tenia los piés como el salvaje, los dedos atrás y el talon
por delante, como luego explicaré. Caminaba recto como el hombre,
criado de Dios recto para que mire al cielo.
|Pronaque cum
spectent animalia cætera terram, os
|homini sublime dedit,
cælumque tueri... La contextura del cuerpo era de hombre, y
andaba vestido; pero la cabeza y hocico era propia de puerco, ni
mas ni menos, y por feroz llevaba mordaza, y así en realidad no era
salvaje. A mi corto entender, era un monstruo, efecto de una
monstruosidad execrable, por la cual tiene pena de fuego el
delincuente. Dejemos eso. En conclusion, ninguna de estas fieras es
salvaje verdadero, y en el sentido propio que voy á explicar.
|§ II.
La descripcion que del salvaje hace el señor abate Gili es
verdadera; y segun ella, los salvajes del Orinoco son de la misma
especie de los de las montañas de Ocaña. Tienen los salvajes la
misma figura externa del hombre, á excepcion de los piés, que se
extienden con los dedos hácia atrás, y el talon va por delante: de
manera que quien viera de los piés no mas caminar á un salvaje,
pensara que se acerca, cuando en realidad se va alejando. Hay entre
ellos macho y hembra (lo que no llegó á noticia del señor Gili); de
manera, que esta se parece á la mujer, aquel al varon: solo en los
piés, que van al revés, y en la lengua que no les sirve para
hablar, se diferencian en lo exterior del varon y de la mujer. Se
creen mudos, y como los demás animales, incapaces regularmente de
articular palabras, á excepcion de las aves locuaces que ya
conocemos; pero quédome con alguna duda de si son mudos por
naturaleza, ó porque, metidos en las selvas, no oyen hablar, y así
no saben palabras ni lengua alguna, como sucediera á uno que desde
la infancia se hubiera criado en los desiertos, solo y sin haber
oido hablar á hombre nacido. Se me hace probable que si se criaran
los salvajes en poblado, hablaran tambien, si no como sabios, por
lo menos como salvajes. Añado al fin que la historieta referida por
don Felipe Gili en el capítulo VII del libro V de su historia sobre
un salvaje que se apoderó de una cierta mujer, y la tuvo por siete
años, y tuvo hijos en ella, etc., no me parece digna de tanto
crédito como se le dió en los llanos de Caracas. Tener un salvaje á
una mujer de poblacion cristiana sobre la cumbre de un árbol, como
mujer propia por siete años, gimiendo y suspirando por volverse
entre sus cristianos españoles; tan inútil y tonta, que no supiera
escaparse cuando se ausentaba el salvaje; que no lo matara cuando
él dormia; que á voz en cuello no gritara desde la cumbre á un
cazador aventurero que viniese con gente á librarla, que se fuera
antes que volviera de aquellos montes el salvaje y lo hiciera
pedazos, que tal dia á tal hora volviese con otros hombres armados
á llevársela al pueblo, y no tuviera ella valor ni habilidad para
bajar del árbol cuando se ausentaba tan bárbaro compañero; y tantas
otras circunstancias que vienen ensartadas en el suceso, no se
pueden piadosamente creer. Ese es un cuento tan viejo como vulgar,
de los muchos hereditarios que se cuentan en paises donde reina mas
la simplicidad que la crítica. Y así, por mas que dice el señor
Gili que de cuantas personas oyeron
|arrectis auribtis el
caso de la boca de un cierto don Ignacio Sanchez que lo contaba, no
hubo uno que no lo creyera
|(non incontrò persona veruna fra
tante cherario presentí che l discredesse); creo yo
que si se cuenta acá en Europa en una tertulia de gente discreta,
no habrá uno que le dé pleno asenso y que no se ria del cuento.
Tambien á mí en América me referia una persona de mayor autoridad y
carácter que el dicho Sanchez, que en una hacienda de Santa Marta
habia un mayordomo español tan valiente, y tan hecho á cazar y
matar tigres, que cuando el tigre estaba encaramado en un árbol, se
ponia él sin armas al pié del árbol á esperarlo cuando bajaba:
mandaba luego á un negro que disparase al tigre; y como este, si se
yerra el tiro, se viene al fuego, al cañon, y sobre quien lo
dispara; entonces, si no caia muerto al balazo, bajaba enfurecido
del árbol el tigre, y allí era, que al bajar, lo cogia el valiente
mayordomo por la cola, le daba en el aire unas cuantas vueltas, y
lo botaba después al suelo con tanta fuerza, que quedaba muerto, y
tendido el pobre tigre como un costal de trigo. Métase este cuento
de tigre y mayordomo en un saco de inocentes mentiras con el
salvaje, y vamos á ver los muertos incorruptos.