DISCURSO
XVII.
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Del estado en que el ilustrisimo
señor Arauz halló las misiones de los Guagiros y
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Chimilas, y
en que las dejó á sus inmediatos sucesores después de las dichas
reales providencias
|§ I.
La real cédula al parecer contraria á la entrada de los nuevos
misioneros en la conquista de los Guagiros, llegó á manos del señor
obispo de Santa Marta á pocos meses de su arribo á esta ciudad. Lo
que su real majestad ordenaba en ella era en substancia que los
padres capuchinos que estaban en Maracaibo, y provincia de
Venezuela, pasaran á los Guagiros; y los que estaban en los
Guagiros pasaran á los Chimilas de la misma provincia de Santa
Marta. Esta cédula real sorprendió notablemente el ánimo de su
ilustrísima, y suspendió las ideas y providencias que de acuerdo
con el nuevo señor virrey Pizarro se habian de ejecutar con los
siete nuevos misioneros mandados de propósito para la conquista de
los Guagiros. Estando en esta suspension las cosas, vé aquí que da
fondo en el puerto de Cartagena una nave con otros siete
misioneros, como los siete primeros, mandados de su majestad para
los Guagiros, y costeados enteramente á este fin del real erario,
sin que á la religion ni provincia costara un maravedí siquiera en
su transporte á la América. No sabiendo su ilustrísima en tan
varias providencias acertar y penetrar cuál fuera la voluntad de su
majestad católica en este punto, resolvió últimamente explorarla
por otra via. Llama de las misiones de los Guagiros á Santa Marta
al padre prefecto de ellas, que era á la sazon el padre N. de
Oliva, hombre verdaderamente de verdad y juicio; y religioso por su
virtud y buen ejemplo, venerado en la provincia. Vino
inmediatamente el padre prefecto, y pidiéndole su ilustrísima
informes del estado de aquella mision, y de la nacion de los
Guagiros, le respondió con toda sinceridad el padre: » Señor,
aquella mision se halla en deplorable estado: nosotros, cinco que
somos, casi nada podemos hacer entre los Guagiros, ni servimos de
otra cosa que de ser testigos de sus maldades: de buena gana
dejáramos sus tierras á los nuevos misioneros, y nos volviéramos á
España, ó las dividiéramos con ellos, que para todos hay campo
bastante para trabajar. » Estas mismas expresiones oí yo de la
boca, no solo del mismo padre, sino de los otros cuatro, con
quienes amigablemente traté sobre este y otros asuntos; y no hubo
uno que no me dijera las mismas, ó semejantes palabras. Tan
aburridos estaban los buenos y ejemplares religiosos capuchinos de
la insolencia de los Guagiros, y de ver que nada podian hacer entre
ellos, por varios impedimentos ó falta de requisitos que no eran de
cuenta de los padres. Oidos los informes que le dió el padre
prefecto, y notadas palabra por palabra las expresiones dichas,
formó su ilustrísima nueva representacion á la córte, insertando y
rayando en ella las palabras con que se habia explicado el mismo
padre prefecto. Para que fuera mas feliz el efecto de la
representacion, la mandó á Santa Fe al señor virrey, suplicando á
su excelencia se dignara acompañarla y corroborarla con las
expresiones que le dictara el amor de la verdad, el celo de la
religion y bien de la monarquía. Su excelencia, el señor Pizarro,
en carta que yo mismo leí, respondió al señor obispo alabando su
celo pastoral, los deseos de la reducion de los Guagiros,
concluyendo que de su parte haria cuanto podia y debia con la
córte, para que se lograra el fin tan importante de la conquista de
la nacion guagira, etc., etc. Hasta aquí sé. Pero si su excelencia
mandó tal representacion á la córte, ó si se traspapeló en la
secretaría de Santa Fe, ni el señor obispo lo supo, ni lo pude yo
tampoco, de parte de su ilustrísima, averiguar cuando subí á Santa
Fe. Lo cierto es que el señor obispo Arauz como encontró las
misiones de los Guagiros, así las dejó cuando fué promovido al
arzobispado de Santa Fe; y como halló sin misiones ni misioneros a
los Chimilas, así tambien quedaron estos: ni los padres capuchinos
entraron en sus tierras, ni desde el año de 50 del corriente siglo,
hasta el 77 por lo menos, hubo ingreso de misioneros entre los
Chimilas, ni progreso notable en las misiones de los Guagiros.
Procuró con muchas veras y costos su majestad católica promover y
fomentar con nuevos misioneros la conquista de estos indios, y
nunca se emprendió: mandó nueva cédula para que pasaran á los
Guagiros unos capuchinos, y otros á los Chimilas; y si lo primero
se ejecutó, no se puso en ejecucion lo segundo, y no se oyó
adelantamiento, ni provecho, ni mayor fruto en uno, ni en otro
campo. Una equivocacion, á veces, es orígen de muchos males. Voy á
explicarme, y á ver si puedo, como con el dedo, insinuar y tocar la
verdad.
|§ II.
Dije antes algo de la real cédula
|al parecer contraria á
las pias intenciones y providencias antecedentes dadas por su
majestad: ahora me explicaré, y haré ver que no era contraria, como
se presumió. Estando, no solo prontos, sino tambien deseosos los
padres capuchinos de ceder las misiones de los Guagiros á los
nuevos operarios, ó de dividir con ellos el campo, para trabajar en
él unos y otros, podian muy bien los nuevos misioneros entrar en la
conquista, segun los órdenes de su real majestad; y no solamente no
impedir los apostólicos afanes de los padres capuchinos, sino
tambien promoverlos, y dar la mano á aquellos buenos religiosos
afligidos sumamente por no poder hacer cosa de provecho entre los
Guagiros. Así ayudándose unos á otros, se hubiera quizás mas presto
conseguido la conquista deseada. En esta suposicion, daría la córte
la providencia de mandar nuevos operarios, sin remover del campo
los antiguos; de introducir con tropa y escolta competente de
soldados á los nuevos, sin expeler los otros que estaban en
posesion; por fin, de multiplicar operarios para multiplicar el
fruto con alegría y regocijo de todos. Con tal designio, quizás
mandaba por una parte los siete primeros misioneros jesuitas, y por
otra multiplicaba capuchinos; á mas de estos, despachaba para
asegurar el acierto otros siete jesuitas, pensando que habiendo
campo para trabajar todos á una entre Guagiros y Chimilas, se
lograría en breve la conquista de ambas naciones, y quedaria libre
y limpia de bárbaros la provincia de Santa Marta. Paréceme (salvo
|meliori) que no se llegaron á entender las reales
intenciones de su majestad. Y en efecto, la introduccion de nuevos
capuchinos en la provincia se creyó impedimento para entrar en ella
los misioneros nuevos, á ese fin mandados por su majestad al Nuevo
Reino, y las cosas se quedaron, sino en peor estado, por lo menos
en el antiguo: en este dejó Chimilas y Guagiros, y de ellos
infestada la provincia y diócesis el señor de Arauz á su sucesor;
este fué el señor Camacho, canónigo de la metropolitana iglesia de
Santa Fe. Este señor, al pasar por su patria, la ciudad de Tunja,
para bajar á Santa Marta, murió en casa de sus parientes con
desconsuelo grande de la ciudad, que obsequiaba con fiestas
públicas á su patricio, condecorado con las ínfulas, lustre de su
noble familia, y nuevo honor de la antigua Tunja. A este sucedió el
señor Martinez Malo, que de Madrid fué á Santa Marta, sugeto
acreditado en la córte, y prelado de grande integridad, celo y
espíritu, de quien se esperaba con fundamento mucho en la
provincia; pero á poco tiempo le cortó la muerte el hilo de la
vida, y entró en su lugar un religioso dominicano, fray N. Camacho,
hermano del antecedente que murió en Tunja. En tiempo de todos
estos señores obispos, por lo menos hasta fines del año sesenta y
siete, no se oyó adelantamiento alguno en la reducion de las
naciones bárbaras de la provincia. Subió poco después á arzobispo
de Santa Fe el señor Camacho, y entró en la sede de Santa Marta el
señor don Francisco Navarro, patricio y canónigo de Cartagena,
sugeto de cuya literatura, aventajado talento, y esplendor de
costumbres, que sirven de esmalte á su nobleza, se podian esperar
grandes ventajas en la diócesis. Sé que su ilustrísima, aunque
acreedor por sus méritos á mayores ínfulas, se mantiene en su pobre
diócesis por muchos años. Mas la distancia grande, y mares de por
medio, no han dejado llegar á mis oidos las plausibles noticias que
esperaba de su pastoral solicitud en aquella provincia, y así no
puedo decir lo que su ilustrísima habrá cooperado á la reducion de
aquellos Indios, y mayor bien de su diócesis: lo dirán los otros,
mientras yo me contento de haber dicho el estado en que ví y dejé
la provincia de Santa Marta, y las misiones de los Chimilas y
Guagiros, después que su majestad dió tan sabias disposiciones para
su conquista. Fáltame solo hablar de un proyecto que en tiempo de
los mencionados señores obispos se presentó en Santa Fe para una
nueva conquista, singularmente de los Guagiros, y lo expongo para
escarmiento de proyectistas devotos de sus propios intereses.