DISCURSO
III.
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De las perlas de Santa Marta y de
sus pescadores
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§ I.
Comienzo la distribución de las riquezas de Santa Marta por las
perlas, ya que con alusión á ellas sale á luz la provincia con el
titulo especioso de
|Perla de la América. Y para no defraudar
al curioso lector de las más gustosas y apreciables noticias en
este precioso punto de perlas, diré cuanto sobre ellas observé
hallándome sobre las frondosas y amenas márgenes del río de las
Perlas, y junto a los criaderos de ellas. Diré donde se crian y
pescan las perlas llamadas de Santa Marta, y quienes son sus
pescadores. Expondré la variedad y suertes que hay de perlas, y
cuáles son las más preciosas, estimadas y buscadas, y finalmente
dónde florecen el comercio y labores exquisitas de tales perlas. Y
dividiendo, para mayor claridad, en separados discursos los
insinuados puntos, hablaré en el presente solamente del sitio de
las perlas, y de los pescadores, reservando para los siguientes las
otras noticias más importantes.
Piensan algunos que las perlas dichas de Santa Marta se crian y
pescan en el río de las Perlas, que plácidamente corre junto a la
ciudad del río de la Hacha; mas no es así. Esta ciudad toma el
nombre y bebe las cristalinas aguas de este río, pero no las
perlas. Los criaderos de éstas se hallan en el mar, y junto a la
embocadura de este río, llamado por eso de las Perlas, con
atribución más alusiva que verdadera. El propio y antiguo nombre
del río, desde que fue reconocido de los españoles, es de la
|Hacha, nombre ciertamente más vulgar, más casual e
incompetente que el de las Perlas. Sólo el haber los españoles
regalado una hacha á un indio guajiro, que de él les dio noticia,
es el origen y motivo de tal nombre, que también se le pegó á la
ciudad situada sobre sus márgenes, á la cual más conveniente y
decoroso le fuera el nombre de ciudad de las Perlas, que del río de
la Hacha.
Mas sea lo que fuere de los nombres, lo substancial y cierto es,
que el sitio propio donde se hallan los criaderos de perlas es
aquella costa de mar que corre hacia Oriente, desde la ciudad del
río de la Hacha, hasta Bahía Honda; bahía de las más apreciables
que tienen las Américas; bahía dominada de los bárbaros Indios
guajiros, frecuentada de los extranjeros con ventajas, y por
desgracia echada en olvido de los españoles. De suerte que las
perlas dichas de Santa Marta no se pescan ni en el Puerto de Santa
Marta, ni en todo el trecho
|de la costa de mar que corre
desde esa ciudad hasta la del río de la Hacha, sino desde ésta
hacia Bahía Honda y sus contornos, hasta el Cabo de la Vela. Puede
ser que anteriormente se pescaran también junto al río de la Hacha
á sotavento, y hacia Santa Marta; pues dice el ilustrísimo señor
Piedraita, que la ciudad del
|río de la Hacha estaba ceñida
de
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criaderos de perlas; mas es cierto que de mucho tiempo a
esta parte solamente se pescan desde la embocadura del río de la
Hacha, hasta Bahía Honda, y Cabo de la Vela, corto tramo, pero
riquísimo.
|§ II.
Los pescadores de tales perlas son los Indios guajiros, que
dominan en toda aquella costa de mar, desde el río de la Hacha,
hasta cerca de la famosa laguna de Maracaibo. Estos son los
pescadores y amos de las perlas. Ellos son los que las venden, los
que las llevan al río de la Hacha, los que con ellas comercian
singularmente con los extranjeros que con los bergantines aportan á
sus playas ó recalan en la Babia Honda. Por perlas que dan reciben
estos Indios las armas de fuego, los aguardientes, vinos, y aun
esclavos; de todo lo cual se van proveyendo para hacerse más
insolentes, y menos conquistables.
Estos Indios guajiros van a sus tiempos a la pesca de las
perlas, y los acompañan las mujeres guajiras, las cuales se quedan
en la playa, y no están ociosas, porque se emplean en abrir las
conchas que sacan del mar los Indios pescadores, y van ellas
separando las perlas de las conchas para venderlas despues aparte.
Y para divertir un poco al lector, y comprobar que ninguno es bobo
para su negocio, sea romano o bárbaro, sea europeo ó americano,
quiero referir la bella astucia de que usan estas goajiras para
apoderarse de las mejores perlas sin que lo echen de ver sus
maridos. Mientras éstos, vaciadas las mochilas de las conchas que
sacaron del mar, vuelven á zabullirse entre las ondas para hacer
otra pesca, entonces hacen su trampa las indias cuando se les
antoja. En el ejercicio mismo de abrir la madre perla, ó concha
donde el pececito con la perla se cría, conocen las indias muy
bien cuáles sean las perlas más estimadas y preciosas, y así cuando
encuentran alguna que con su hermosura y bello oriente les roba los
ojos y cautiva el corazón, se la tragan enterita como dorada
píldora, y la retienen en el estómago, hasta que logrando ocasion
oportuna, se descargan de ella en sitio retirado, ni más ni menos
que un enfermo de la píldora, ó de la purga que tomó. Recogida
despues la perla la guardan con el mayor secreto, y la venden con
gran sigilo al comerciante que de más confianza les parece. Tales
ardides sugiere, ó él antojo, ó la codicia a las mujeres, aunque
sean estas bárbaras de la América.
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