DISCURSO
V
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De las emboscadas y asaltos de los
Chimilas
§ I.
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Si hablamos del terreno que ocupan como propio los Chimilas,
donde tienen sus bugios, ó ranchos de paja, y sus labranzas y
platanales, es corto y reducido, como se juzga, á cuatro ó seis
leguas. Pero si discurrimos del campo, de sus correrías y molestas
excursiones, es casi toda la provincia de norte á sur, de occidente
á oriente. Todo lo que no es habitado, ó no está inmediato á
poblaciones, desde el rio de la Magdalena, hasta los pueblos del
Molino y Villanueva, situados en los confines de la provincia hácia
el oriente; y desde las inmediaciones de la ciudad de Santa Marta
hasta Tamalameque, última ciudad hácia mediodía, suele llamarse
|tierra de Chirnilas. Llámase así, no porque toda ni siempre
sea habitada de ellos, sino porque libre é impunemente giran,
corren y salen por ella con flechas en las manos los Chimilas para
asesinar pasajeros, y hacer daños á las haciendas que encuentran, y
matar á los esclavos que rodean los ganados, ó trabajan en las
sementeras. Las flechas de los Chimilas son mas largas que las de
otras naciones: tendrán por lo menos cinco palmos buenos de largo,
segun me parece que eran las que tuve en las manos. Son tambien por
lo menos algunas envenenadas, pero se les ha encontrado el
contraveneno. Este es, el echarse al agua luego que se siente uno
herido de la flecha; y así, botándose al rio inmediato, algunos se
han salvado. Debe de ser el veneno cálido, y por eso es el agua su
antídoto, que se descubrió pocos años hace con el accidente de caer
en un rio al golpe y dolor de las flechas un Indio de otra nacion
flechado del Chimila. Vamos ahora á ver las emboscadas y asaltos
que hacen cargados de estas flechas.
§ II.
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Hallándome yo en la ciudad misma de Santa Marta, á una legua de
distancia no mas, fué encontrada una pobre mujer, India cristiana,
de un pueblo vecino á la orilla del rio Manzanares, asesinada de
los Chimilas, con setenta flechas clavadas en el cuerpo; y después
de flechada y muerta, la dejaron los malvados una tutuma de chicha
al lado, y ciertas sonajas al uso bárbaro antiguo, practicado en
las sepulturas de los Indios. Era recien muerta la mujer, y acababa
de suceder el lance cuando lo advirtieron los Indios del pueblo:
corrieron tras los Chimilas, siguiéndoles el rastro por las
cáscaras y pedazos de plátano que hallaban por el camino, mas no
pudieron alcanzarlos; y así cansados se volvieron, y trajeron las
setenta flechas que en un manojo atadas presentaron al mayor de la
plaza: este me las regaló á mí, pero viéndomelas en la mano un
maestre de plata de un navío
|Arizon, que acababa de llegar á
Santa Marta, me las pidió con tanta instancia, que le alargué todo
el manojo de las flechas, y no las vi mas. En España estarán
todavía bien guardadas, y si hubieran venido á Roma, ya estuvieran
en algun museo, con el busto de la India pasada á flechas al otro
mundo. Las puntas de las mencionadas flechas, unas eran de hierro,
otras de leño fortísimo;
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las mas me parece que eran de una
aguda y gruesa espina de pescado. Ellos se ingenian para hacer
mal.
Después de este funesto suceso, llegué acompañando al señor
obispo al valle de Upar; allí tuve la suerte de tratar con un
dignísimo eclesiástico, ya venerable anciano, y vicario de aquella
ciudad, que aun en sus últimos años sentia en varios achaques las
resultas del asalto que le dieron los Chimilas, como él mismo me
contaba en estos términos. Nombrado por el señor obispo Monroy
visitador de aquella parte oriental de la diócesis, iba el buen
señor vicario en cumplimiento de su oficio desde el valle de Upar
hácia Pueblo Nuevo. En medio del camino real fué asaltado de los
Chimilas con toda su compañía, que de prevencion llevaba el buen
eclesiástico. Comenzaron los viajantes á sentir primero el zumbido
de las flechas, luego se las sintieron algunos clavadas en el
cuerpo. ¿Qué es esto? ¿qué es esto? comenzaron á gritar; y vé aquí
que á cuerpo descubierto comparece una tropa de Chimilas, como
manada de fieras salida del monte: asustado sobre manera el vicario
visitador con los compañeros, con gestos, palabras y demostraciones
de buena voluntad, les rogaron que no dispararan mas flechas, que
les perdonaran la vida.
|Cætera tolle tibi. Que tomaran lo
que quisieran. Quietáronse los Indios, y se apoderaron de todo,
hasta del altar portátil, caliz, patena y ornamentos sagrados, y
cargando con todo, se metieron otra vez por aquellos montes, como
tigres cogida la presa. El buen vicario, sorprendido del susto,
quedó mas muerto que vivo, y no volvió jamás á su estado
connatural: lleno de achaques llegó á la vejez, y así acabó su
vida. Después de algunos dias, insolentes los Chimilas, asaltaron y
flecharon á otras personas, y se hallaron las puntas de las flechas
labradas de pedazos del caliz y de la patena. Es mas connatural al
Indio la estupidez y barbarie, que la ambicion y codicia.
Este suceso y otros, referidos al señor obispo por el mismo
señor vicario y otras personas, ponian en algun cuidado á su
ilustrísima y su comitiva. Sin embargo, en cumplimiento de su
ministerio, quiso tirar adelante visitando su diócesis hasta dar
vuelta á toda la provincia. Partimos del valle de Upar, y llegamos
á aquel mismo sitio donde los Chimilas asaltaron al vicario. No
pareció Chimila alguno, porque nos esperaba mas allá en emboscada
dentro de un espeso monte que habíamos de atravesar. Acompañaban á
su ilustrísima para defensa y escolta de su persona y familia
varios caballeros prácticos en reencuentros con los Chimilas, y
ciertos Españoles de valor probado en aquellas tierras, todos con
bocas de fuego. Al atravesar el monte me dijo uno de estos: Ya no
tenernos hoy Chimilas. Preguntado ¿porqué? Respondióme: ¿No oye
usted el ruido y bulla que meten los saginos ó puercos de monte
dentro de esa selva? ¿Y qué tienen que ver los jabalíes con los
Chimilas? repliqué yo. Entonces me descubrió el secreto, que en
aquellos paises sola la experiencia habia enseñado, y es: que como
los Chimilas van desnudos, y con todo el cuerpo pintado de achote
(color como de almagre), los jabalíes sienten luego el hedor del
achole, y no entran en el monte donde hay Chimilas, ó huyen al
instante que llegan estos á pisar el monte. Consolados con esta
noticia, tiramos á salir del monte: lo cierto es, que no vimos
Chimila alguno, por mas que nos esperaban setenta y tantos de
ellos. Erraron el lance, y se aparecieron después que habíamos
pasado, é hicieron no sé qué daños en una hacienda donde habíamos
estado nosotros el dia antecedente. Eran setenta los Indios
Chimilas , pero venia de capitan, ó bárbaro jefe de ellos, un
mestizo, y viendo que nosotros habíamos escapado de sus manos,
desfogaron su rabia con los pobres negros de la hacienda; mas
estos, acostumbrados ya á lidiar con ellos, presto los hicieron
retirar al monte. Este caso prueba que los Chimilas tienen en los
pueblos espías que les avisan y les dan soplo de los pasajeros:
prueba que no son solos en aquellas tierras de bárbaros los
Chimilas, y como se apareció con ellos aquel mestizo que los
dirigia, quizás hay otros mestizos y negros;
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y quiera Dios
que no haya algun blanco fugitivo de la justicia, y refugiado entre
aquellos bárbaros.
Estos casos referidos sucedieron en lo interior de la provincia,
y no muy lejos de poblaciones; el peligro mayor y temor continuo de
sus asaltos es en las orillas del Magdalena. Allí han sucedido mil
casos que omito por no atediar al lector con relaciones tan
funestas y uniformes entre sí. Basta decir que por la parte de la
provincia de Santa Marta, que al subir el rio viene á mano
siniestra, no se puede navegar el Magdalena sin peligro, y así las
canoas nunca suben ni bajan el rio por aquella banda, sino ó por
enmedio, ó por la banda de Cartagena. Tanta sujecion dan á los
pasajeros los Chimilas, después de mas de doscientos años que está
conquistado el Nuevo Reino, y que está el Magdalena con continuo
flujo y reflujo de valientes Españoles, y navegantes de todas
clases y de superior esfera.