DISCURSO
IV.
|
De la terrible nacion de los Indios
Chimilas
§ I.
Estos son como los Moros de Argel y Tunez en el Mediterráneo:
corsarios, inquietos, crueles y traidores. Son el terror de los que
navegan el rio Magdalena; tienen siempre en consternacion y susto á
los que viajan por la provincia; y como están casi en el centro de
ella, no hay lugar libre de sus inopinados asaltos fuera de las
poblaciones grandes. Es nacion bárbara, porque nunca conquistada, á
lo menos por entero, ni evangelizada, queda sin cultura, viviendo
entre las negras sombras del gentilismo, ni aun se sabe qué dios
adora. Es traidora, porque nunca viene á cuerpo descubierto. Arma
sus emboscadas, y cuando menos piensa el pasajero, se siente encima
una lluvia de flechas que ocultamente le disparan. Es terrible en
todos modos: terrible por sus flechas envenenadas, terrible por
vagabunda y corsaria por todos los confines de la provincia y
terrible porque mete las asechanzas donde menos imagina el pasajero
incauto. Se mete el Chimila entre matorrales junto al camino real;
y una hoja, como de palma ó de plátano, basta, no digo para
esconderse un Chimila, sino una tropa de ellos. Si hubiera algun
David que quitara este oprobio de Israel hiciera un gran servicio á
Dios, á la real corona, á toda la provincia de Santa Marta , y á
todo el reino.
No es muy numerosa esta nacion. Al pasar por el pueblo de la
Sienega, bien inmediato al país de los Chimilas, encontréme con un
cacique ó caporal de aquella poblacion de indios negros y mestizos
ya cristianos. Insinuóme en el discurso de la conversacion que
tenia él mucho conocimiento de esta nacion, y aun alguna
comunicacion con los Chimilas. Su color era mas de Indio que de
otra cosa, y por lo mismo era muy dable que á ratos y
clandestinamente tratara con tales Indios, Era tuerto, y así le
hablaba yo, y le oia con mucho tiento. En fin, preguntándole yo si
eran muchos los Chimilas, respondióme que eran poquísimos, y que
era una lástima que siendo tan pocos se dejaran y permitieran así
perturbando á toda la provincia, y asesinando por las márgenes del
Magdalena á los navegantes. Apunté luego en el libro de mi memoria
este dicho del cacique; pero no fiaba mucho en él. Pocos meses
después llegó al ilustrísimo señor obispo de Santa Marta, el señor
don José Javier de Arauz, una real cédula que confirmaba lo mismo
en los términos que voy á decir. En esta cédula, expedida en el año
50 del corriente siglo, la majestad católica del señor don Fernando
VI de gloriosa memoria encargaba y mandaba al ilustrísimo señor
obispo de Santa Marta que tratara de reducir y pacificar aquella
nacion de los Chimilas, metiendo en sus tierras con el debido
resguardo algunos de los padres capuchinos, que ya estaban en la
provincia ocupados en las misiones de los Guagiros. Entre otros
motivos que se alegaban en aquella real cédula, para emprehender
con calor la conquista, el uno era el ser tan corto el número de
los Chimilas,
|que apenas llegaba al número de doscientas
familias toda la nacion. Y no hablaba ni obraba á ciegas la
córte de Madrid, aunque tan distante de Santa Marta. Hablaba y daba
las justas providencias, segun las luces é informes jurídicos y
verdaderos, que á su real majestad habia mandado desde Cartagena el
señor don Sebastian de Eslava, virrey del Nuevo Reino; aunque por
la ocasion de la guerra con el Inglés por los años cuarenta y uno
del presente, hubo de quedarse siempre su excelencia en Cartagena á
la defensa de la plaza sitiada y bombeada de los Ingleses, sin mas
fruto que el de una mortandad grandísima de Ingleses apestados, y
una poco honrada retirada á la Jamaica. Este señor virrey deseaba
por extremo pacificar la provincia de Santa Marta, librar de las
invasiones de los Chimilas el rio Magdalena, y reducir todos los
Indios bárbaros á nuestra santa religion, como mas por extenso diré
en otro discurso. Como estaba su excelencia inmediato á la
provincia de Santa Marta, oia y sabia todas las extorsiones é
insolencias de los Chimilas, y habiéndose plenamente informado de
su número, de sus armas, de sus emboscadas, y terreno que ocupan,
mandó á la córte los informes, representando la necesidad que habia
y la grandisima utilidad que se seguia de la pacificacion y
reducion de estos Indios: y de resulta de estos informes vino la
cédula de su majestad; pero la verdad es que el Chimila se quedó
como se estaba.
§ II.
El señor de Eslava habia ya partido para España cuando llegó la
real cédula. El señor obispo deseaba mucho secundar las
intenciones y poner en ejecucion las órdenes de su majestad; pero
tales misioneros no entraron, ni se emprehendió tal conquista. El
porqué no es bien decirle, este es un misterio. Los Reyes Católicos
han mandado y mandan á la América las mas sabias, oportunas y
eficaces providencias en diversas cédulas para tan santos fines.
Los señores virreyes vienen al Nuevo Reino prevenidos con las mas
prudentes y sanas instrucciones de la córte, llena la mente de
grandes ideas, deseosos de complacer al monarca, de fomentar la
religion, y de pacificar todas las naciones bárbaras: desde el
primer puerto comienzan á manifestar sus designios, á informarse de
los terrenos, á tomar sus medidas: así van subiendo el rio
Magdalena llenos de buenos deseos: así entran en la capital del
reino de Santa Fe. ¿Y qué? Después de mas de doscientos años,
después de mas de doscientas cédulas reales, después de tantos
presidentes y virreyes, después de tantos obispos y gobernadores de
Santa Marta, los Chimilas están tan insolentes como antes, tan
atrevidos asesinos de caminos reales como siempre, sin religion,
sin sujecion al monarca como trescientos años hace. ¿Pues en qué
consiste eso? Me explicaré un poco, y en breves palabras. Los
soberanos mandan á sus ministros que ejecuten; los ministros
reales, no siendo ellos prácticos del país, de las naciones, de sus
terrenos, se han de informar de particulares: luego se les presenta
un proyectista que les propone, singularmente á los señores
virreyes, los medios que hacen parecer mas oportunos para el buen
éxito de la empresa; pero como
|omnes quæ sua sunt quærunt:
como, á excepcion de los que tienen empleo real, apenas hay quien
mire mas por la religion, y por el bien de la monarquía, que por
sus intereses particulares, estos suelen lograrse; pero las
intenciones sanísimas del monarca, los buenos deseos de los que
gobiernan, el adelantamiento del bien público, todo queda
frustrado. Y las mas veces, ó porque Dios Nuestro Señor, que
reprueba siniestros fines, y como Monarca y Padre universal mira
siempre al bien comun de la universidad de sus criaturas, no
bendice tales proyectos; ó por otros motivos de mutuas envidias, ó
falta de consejo, no llegan a la ejecucion las proyectadas
empresas, y en una palabra, se quedan las cosas como se estaban.
Muchos proyectos de particulares, y presentados á voz ó en escrito
á los señores excelentísimos virreyes, he oido en el Nuevo Reino
sobre conquistas de esta, y de las otras naciones de la provincia
de Santa Marta; pero (déjenmelo decir así) ningun proyecto que no
lleve su cola: ninguno tan puramente dirigido al bien público de
aquellas pobres naciones, y á secundar las intenciones y deseos del
monarca, que no arrastrara una larga consecuencia de ventajas
considerables al bien del particular que formaba el proyecto. Por
eso regularmente, ni tienen efecto los proyectos, ni siquiera
comienzan á ponerse en ejecucion, porque, ó faltan los medios
conducentes á sus particulares ideas, o parque los que gobiernan en
nombre de su majestad, no quieren dar la mano, ni abrir las reales
cajas, para fomentar designios que tiran mas á las ventajas de un
particular que al bien de las naciones y de la monarquía. Después
de un proyecto viene otro
|ejusdem furfuris, tan bueno como
el primero: entre tanto se pasa el tiempo del gobierno, y las cosas
se quedan en su primer estado, y las naciones en su barbarie, y la
provincia entre enemigos domésticos, y los asesinados tendidos á
las orillas de los rios, ó entre los matorrales de las opacas
selvas, como luego veremos.