INDICE




Prefacio al lector
Prevencion crítica al lector discreto

Parte Primera
Discuro I  Dase razon del título de Perla de América, atribuido a la provincia de Santa Marta
Discurso II  Noticias generales de la provincia de Santa Marta que muestran el aprecio que ella se merece
Discurso III  De las perlas de Santa Marta y de sus pescadores
Discurso IV  Cuantas suertes hay de perlas, y cuales son las más estimadas y preciosas.
Discurso V  Donde florecen el comercio y labores exquisitos de perlas
Discurso VI  De la celebrada planta llamada hayo, por otro nombre coca, pasto común de la nacion guajira 
Discurso VII  Demuéstranse las virtudes del ?hayo? más apreciables que las del té,  café, y mate de Paraguay
Discurso VIII  Del oro plata y piedras preciosas de Santa Marta
Discurso IX  Del fabuloso y verdadero Dorado de la América
Discurso X  De los santuarios y sepulcros de los Indios, y piezas de antigüedad que en ellos se hallan en la provincia de Santa Marta
Discurso XI  Del palo del Brasil , que se halla en la provincia de Santa Marta,  y se llevan los extranjeros
Discurso XII  De los caballos aguilillas de la provincia de Santa Marta
Discurso XIII  Del ganado de asta, de sus pastos, y prados de rara amenidad y conveniencia
Discurso XIV  Del añil de Santa Marta, y de otro azul bellísimo desconocido en Europa, llamado azul de la Grita
Discurso XV  Del cacao de la provincia de Santa Marta, y de la diversidad de este grano, confundido con ventajas de los comerciantes
Discurso XVI  Del azúcar, miel y panela de la provincia de Santa Marta
Discurso XVII  Del trigo de la provincia de Santa Marta, y proyectos hechos para  evitar la continua introduccion de harinas extranjeras en toda  aquella costa
Discurso XVIII  Del algodon de la provincia de Santa Marta
Discurso XIX  De la concha fina de tortuga y madre perla de Santa Marta
Discurso XX  Del tabaco, sal, vainilla, leños preciosos, resinas y bálsamo de la provincia de Santa Marta

Discursos preliminares a la segunda parte
Discurso I.  Que la destruccion de las poblaciones indianas de la costa de Tierra Firme no debe atribuirse á los Españoles, sino á los extranjeros
Discurso II  De los estragos hechos por los extranjeros en aquellas naciones, y de las benignas leves y providencias de los Católicos Monarcas á favor de los Indios

Parte Segunda
Discurso I  Noticias generales de los Indios que los conquistadores hallaron en la provincia de Santa Marta, y de los que ahora quedan en ella
Discurso II  De la nacion de los Indios Taironas
Discurso III  De los Aruacos y Tupes de la provincia de Santa Marta
Discurso IV  De la terrible nacion de los Indios Chimilas
Discurso V  De las emboscadas y asaltos de los Chimilas
Discurso VI  De las conquistas proyectadas contra la nacion de los Chimilas
Discurso VII  Proyecto eficacisimo para la pacificacion y reducion de los Chimilas
Discurso VIII  Diversas vias y modos de poderse fácilmente ejecutar el proyecto insinuado
Discurso IX  De la nacion de los Indios Motilones
Discurso X  Cuan ventajosa fuera para el comercio del Nuevo Reino la abertura de un camino por la tierra de los Motilones desde Maracaibo á la ciudad de Ocaña
Discurso XI  De cierta expedicion emprendida con real aprobacion, á fin de pacificar los Motilones , y hacer traficables sus tierras
Discurso XII  De la nacion guagira de la provincia de Santa Marta
Discurso XIII  Del numero y moda de vestir de los Guagiros
Discurso XIV  De la lengua guagira, valor marcial y comercio pernicioso de los Guagiros con los extranjeros
Discurso XV  Del apostólico celo de los ilustrísimos señores obispos de Santa Marta en promover la reducion de los Guagiros
Discurso XVI  Del celo del Católico Monarca, y sabias providencias emanadas de la real piedad para la reducion y conquista de los Guagiros
Discurso XVII  Del estado en que el ilustrisimo señor Arauz halló las misiones de los Guagiros y Chimilas, y en que las dejó á sus inmediatos sucesores después de las dichas reales providencias
Discurso XVIII  Sobre un proyecto de la conquista de los Guagiros, presentado en la córte de Madrid, y después en la de Santa Fe por el cacique de los mismos Guagiros,  unido con un caballero español
Discurso XIX  Cuan importante sea á la religion y real corona la conquista del Darien, a la cual destinaba su majestad católica los misioneros de los Guagiros
Discurso XX  De los salvajes que se dejan ver en los confines de la provincia de Santa Marta
Discurso XXI  De los muertos incorruptos que se hallan en los montes de la provincia de Santa Marta

Parte Tercera
Discurso I.  Del puerto de la ciudad de Santa Marta
Discurso II  Por qué las flotas dejaron de ir á Santa Marta, y por qué no van ahora les naves del comercio de España
Discurso III  Del astillero ó arsenal que pudiera establecerse en el puerto de Santa Marta para fabricar naves
Discurso IV  Puerto de Bahía Honda, utilísimo para el comercio de España, para atajar el de los extranjeros, y para reducir á los indios Guagiros, y pacificar aquellas tierras
Discurso V  De los puertos de rios que tiene la provincia de Santa Marta
Discurso VI  Del imponderable daño que en toda la costa de Tierra Firme acarrean los extranjeros al comercio y monarquía de España
Discurso último  Del modo de establecerse en la provincia de Santa Marta una compañía  no exclusiva, para ventajas grandes del reciproco comercio de España con el Nuevo Reino de Granada
Catálogo instructivo
DISCURSO I. | Que la destruccion de las poblaciones indianas de la costa de Tierra Firme no debe atribuirse á los Españoles, sino á los extranjeros

|§ I. 

Dos motivos últimamente me han hecho resolver á tratar en dos discursos preliminares este punto. El primero es este. Convidado yo, en Italia, á visitar á un cierto abate italiano, tan famoso por su literatura, que se llamaba por antonomasia el literato de la ciudad, recibí de su muy cortés afabilidad el honor de que me introdujera en su gran librería, surtida de libros tan escogidos en erudicion y doctrina como pulidos en su encuadernacion; ya á la italiana, ya á la francesa, ya á la inglesa. Fuéme mostrando varias obras y libros, selectos todos. Mas después me dijo: Ahora le quiero mostrar á usted un libro singularísimo, que aprecio yo sobre todos los demás (supongo que exceptuaria la Sagrada Escritura). Y abriendo un escaparate sacóme el libro de fray Bartolomé de las Casas, tan sangriento contra los Españoles sobre las crueldades ejecutadas con los Indios. Alabó tanto el libro, exageró con tales expresiones la sinceridad y erudicion del autor que me quedé sorprendido de su gusto tan extraño, y ostigado sumamente al ver la nacional antipatía que no sé por qué natural ó preternatural influencia domina en el pecho de extranjeros contra la nacion española. Le parecia al literato italiano tener un potosí en aquel libro, ó un retrato de mosáico el mas fino de toda nuestra nacion. Este casito desde entonces |manet alta mente repostum: y hace su efecto ahora. El otro motivo es este general: muchos libros extranjeros, fundados en las relaciones del ilustrísimo fray Bartolomé de las Casas, han salido á luz en este siglo iluminado, en los cuales se pretende hacer evidente la barbaridad y crueldad de la nacion española en las conquistas y tratamientos de las naciones americanas. Con tan feo borron vienen á tiznar el esplendor de nuestra nacion forasteras gentes, después que se chupan clandestinamente los oros, la plata y los géneros mas preciosos de ella. Paciencia: esta es desgracia, ó mejor diré fortuna de España, padecer siempre, y oir á quien le tiene envidia. A vindicar la nacion española de tantas imposturas han salido varios nacionales. Quien por una via, quien por otra, se esfuerza cada uno á reintegrar el crédito y defender el honor de su amada patria, rechazando las negras calumnias que se le imponen, y excusando de varios modos los excesos que se le atribuyen. Entre otras cosas se atribuye á la nacion española la destruccion de tantas naciones, y ruina de innumerables pueblos de Indios en una y otra América. Yo no quiero salir de mi asunto, ni vaguear fuera del Nuevo Reino, que me tocó en suerte para habitarlo, ni apartarme de mi recinto de Santa Marta sin necesidad. Cada uno defienda su flanco, y rechace al contrario en la trinchera que le toca. Como es arrojo contra la prudencia meterse á combatir con todas las gentes extranjeras de por junto; sino que es menester ir por partes |non poteris omnes simul: así es negocio muy largo y laborioso rechazar la barbarie que se nos imputa en ambas Américas, y con todas las naciones indianas. Vamos tambien por partes. Yo procuraré echarla de Santa Marta, y de aquella costa de Tierra Firme, desde el río grande Magdalena hasta el Orinoco inclusivamente, y esto tan clara como brevemente. Otros la han disipado, ó procurarán echarla de otras regiones, en las cuales no puedo yo por ahora divertirme. Vengo á mi asunto, y me ciño en dos solas proposiciones para demostrar á quien debe atribuirse la ruina de las poblaciones y naciones indianas, así de la provincia de Santa Marta, como de otras de Tierra Firme. La primera es |Que los excesos cometidos por algunos particulares no deben atribuirse á |toda la nacion, si esta, ó no los fornenta, ó los reprueba positivamente. Sea la segunda: |Que entonces muestra la nacion no fomentar, antes bien reprobar los excesos de particulares, cuando, ó en sus principios los ataja , |ó |los castiga, ó con severas leyes, emanadas del príncipe, |del gobierno, ó consejo de la nacion, |severamente los prohibe para en adelante. Parece que por ser tan claros no necesitan de prueba estos principios político-filósofos. No obstante, para desentrañar bien el asunto, y para que decida el público á quien debe atribuirse la desolacion de tantas naciones y pueblos de Indios, quiero dar físicas, ciertas y experimentales pruebas de una y otra proposicion. La primera probarán con sus hechos los extranjeros, la segunda los Españoles.

§ II.  |

Un caballero, aleman de nacion, llamado Ambrosio Alfinger, nombrado por la católica cesarea majestad del señor Carlos V general de la provincia de Venezuela, llegó con cuatrocientos hombres y cincuenta caballos á la ciudad de Coro, que en dicha provincia de Venezuela habia fundado Juan de Ampuez. De allí, con la mitad de su gente por tierra, y la demás por agua, en diferentes canoas que labró, y una entre ellas que llevaba setenta hombres y seis caballos, salió inmediatamente á la pacificacion de las tierras de Maracaibo. ¿Pero cómo? «Entró en su gran laguna (dirélo con las palabras del ilustrísimo Piedraita) haciendo en los miserables Indios | de sus riberas todas aquellas hostilidades que podian esperarse de quien era llevado de su codicia, y llamado de su patria para enriquecerla á costa de las vidas y caudales de los que ni se defendían ni lo habian agraviado.» Llegado á cierta ranchería, ahorcó y afrentó á muchos hombres de valor, sin que la necesidad que de ellos tenia lo reportase. Para resarcir la falta de estos, y de otros que disgustados de semejante rigor lo desamparaban, envió á Coro el pillaje de oro que habia adquirido: mandó al mismo tiempo muchos Indios prisioneros para que se vendiesen á mercaderes, que allí asistian enriquecidos con este trato, y para que del uno y otro efecto le remitiesen gente y armas para la jornada que pretendia hacer tierra dentro. ¡Pobres Indios de Santa Marta, qué suerte se os espera! ¡Qué alfanje aleman os viene encima! En efecto, no hallando Alfinger en Maracaibo tanto oro cuanto sonaba en la provincia contigua de Santa Marta, se metió en esta por los años de 1530 con algunos infantes y caballos, que componian un pequeño ejército de ciento y ochenta hombres. Atravesando la sierra de los Itotos, que  comunmente se llama del valle de Upar, sin atender que metia la hoz en mies ajena, y sus piés ligeros á derramar sangre en la jurisdiccion del gobierno de Santa Marta, corrió todo el valle de Upar |(1) . ¿Pero cómo? Matando y robando á sus naturales Indios miserables, quemando sus poblaciones y sembrados, de suerte, que en mas de treinta leguas de tierra que halló pobladas en aquel amenísimo valle, no halló ni una sola casa en pié el capitan Cardoso en la entrada que hizo el año siguiente en el valle mismo. No paró allí. Corrido así el valle de Upar, siguiendo las orillas del rio Cesare, llegó á las provincias de los Pocabuces y Alcoholados, haciendo los mismos estragos. De allí metióse en la del Tamalameque, famoso cacique. Este pobre, oyendo y temiendo las atrocidades de Alfinger, se refugió con su gente en un islote, de los que poco distantes de tierra forma la laguna de Zapatosa. No les valió á los Indios aquel recinto. Al ver Alfinger y su tropa lucir los |chagualas (que son unos como aritos ó anillos de oro que traian en la nariz), orejeras, y otras joyas de oro, en los Indios que andaban por la isla, se arrojaron con los caballos á la laguna con asombro de los Indios, que no sabían los brios de los caballos españoles, ni las artes de los Europeos. Llegaron al islote donde estaba aquella imbele tropa de los indios: como corderos los pasaron á cuchillo con horrible carnicería. Es verdad que muchos Indios se echaron fugitivos al agua, y allí perecieron, y otros escaparon. El cacique fué preso, y se rescató después á fuerza de oro: algunos tambien que eran prisioneros quedaron rescatados, y despojados del oro. De suerte, que en diez meses no mas que allí estuvo Alfinger, con incendios, muertes y otras violencias, dejó arruinada la provincia, y desustanciada de mas de cien mil castellanos de oro, que se llevó. No sé si pudiera hacer mas ó hubiera hecho menos un Español que llevara en su pecho el corazon honrado y piadoso de la nacion. En efecto, he atravesado yo tambien ese deliciosísimo valle de Upar, y puedo asegurar que en mas de treinta leguas de tierra no hay sobre las márgenes del Cesare ni una poblacion de Indios, ni un indio siquiera, hasta la dicha laguna de Zapatosa, y pueblo llamado Chiriguaná, que está ya inmediato al rio Magdalena. Tales vestigios de su crueldad y codicia dejó Alllinger en aquel valle para funesta memoria de los miserables Indios, y monumento cierto para los escritores forasteros, que á los Españoles atribuyen la destruccion de los Indios. Aleman era Alfinger, y se mostró tan bárbaro, cruel y codicioso en sus empresas referidas; y sin embargo, ni la razon ni justicia permiten atribuirá toda la nacion alemana tales hechos, ni tiznarla con el negro borron de nacion bárbara y cruel. Porque ni el emperador Carlos V, siendo aleman y monarca de las Españas, aprobó eso, antes trató de remediar é impedir semejantes excesos; ni la misma nacion alemana hubiera aprobado tan bárbara conducta como la de Alfinger; y en verdad que otro aleman llamado Frederman no cometió tales desafueros en la misma provincia de Santa Marta, ni en la de Venezuela, donde tambien entró conquistador, ó descubridor de nuevas naciones y de preciosas perlas. Ni una golondrina hace verano, ni un bárbaro hace bárbara toda la nacion. Dejemos en la pacífica posesion de su honor y crédito á la nacion alemana, y vengan otros extranjeros conmigo hasta el Orinoco á probar el asunto.

§ III.  |

Los estragos que Holandeses y Franceses, unidos á posta con los Indios Caribes, han causado en las naciones del Orinoco, son indecibles. Tengo casi concluida una obrita en lengua italiana, cuyo título es este: |Storia apologetica del guasto e pregiudizj cagionati dalle Nazioni straniere alla nazion e monarchia spagnuola nella Terra Firma, ed in tutta l’ America meridionale soggetta al Monarca Cattolico. No sé ni me atrevo a decir qué será de esta historia; pero se horrorizara la humanidad, no digo de los Españoles, sino aun de las mismas naciones extranjeras, si salieran al público las impías y bárbaras atrocidades cometidas con las pobres indianas naciones en los dominios del rey de España por hombres extranjeros. Para prueba de tanta crueldad y osadía, referiré solamente y traeré á la consideracion de los imparciales lectores tres ó cuatro acciones que dan materia para una larga historia apologética. Sea la primera. Que habiendo comenzado los Indios Caribes á llevar á Puerto Esquibo, colonia de los Holandeses, á muchos pobres Indios de las naciones de Orinoco, vendiéndolos por esclavos, los Holandeses y Franceses de Berbis, de Surinama, de la Martinica, etc., se cebaron de tal suerte en este comercio de esclavos del Orinoco, que su codicia los precipitó á las mas horrendas inhumanidades, y mas indignas acciones que decir se puedan contra Dios, contra el monarca de España, contra las pobres naciones del Orinoco. No contentos con comprar los Indios esclavos que del Orinoco les traían los Caribes, incitaron de varios modos á estos á proseguir su bárbara conducta. Los surtieron de varios géneros de Europa, como telas, espejos, y otras cosillas estimadas de los Indios, les subministraron armas de fuego, los proveyeron de sables, balas y pertrechos de guerra, y los adiestraron á manejar las armas: ¿contra quien? Contra las naciones pertenecientes á la corona de España. ¿A qué fin? Para conquistarlas, y aprisionarlas á fuerza de armas, y llevarlas cautivas y esclavas á los señores Franceses y Holandeses, y semejantes extranjeros. Así sucedió: armados é instruidos de tales ingenieros los Caribes, vendimiaron todas las naciones indianas del Orinoco inmediatas á sus pueblos, que tenian fundados ya ellos setenta leguas mas arriba del fuerte de la Guayana; hicieron esclavos, y llevaron á vender á sus fautores holandeses y franceses, naciones enteras, varones, mujeres, niños y niñas, mozos y viejos, cautivados en tan infames expediciones; y estos extranjeros los llevaban á vender esclavos á otras sus colonias, cebando siempre mas la insaciable codicia en tan injusto comercio. ¿Y la humanidad, y dulzura genial, tan alabada en la nacion francesa? ¿Y la ley natural, tan predicada y celada en la Holanda? ¿Y la barbaridad tan decantada de los Españoles, que tales insultos ha disimulado con paciencia, dónde quedan? Vamos adelante con otra mayor empresa bien extraña. Viendo los extranjeros que les estaba tan á cuenta este comercio de esclavos orinoqueses, á despecho de los derechos de la monarquía y de la religion, animaron y armaron de nuevo á los Caribes, para que dilatarán mas sus conquistas, subiendo Orinoco arriba al pillaje de esclavos. Mas para que no se cansara tanto el Caribe en subir y bajar por tan largo trecho el rio, resolvieron de comun acuerdo que los Holandeses y Franceses debieran subir el Orinoco hasta los pueblos de los Caribes hermanos, que es decir, setenta leguas mas arriba de la fortaleza de la Guayana, y allí esperar que los otros Caribes bajaran del alto Orinoco con la flota de los Indios esclavos. Así puntualmente se hacia. Entraban por las bocas del Orinoco los extranjeros, pasaban de noche delante del fuerte de Guayana, por la parte opuesta del rio, para no ser vistos ni atajados de los soldados de la guarnicion española; subían mas de setenta leguas el Orinoco, hasta llegar, segun el acuerdo, al sitio de los Caribes, y allí esperaban á los otros que habian subido al alto Orinoco al pillaje de esclavos. Bajaban estos bárbaros piratas con una bien numerosa flota de piraguas llenas de esclavos de todo sexo y de todas edades, y así que llegaban triunfantes, con mil congratulaciones y aplausos, sacaban los extranjeros las pipas de aguardiente (que siempre habían de entrar en contrato) para celebrar el feliz arribo y abundante presa de esclavos. Y |expletis gaudiis, esto es, después de haber pasado algunos dias en embriagarse, y de haber dormido la borrachera, se procedía á la compra de esclavos á barato de géneros, y espíritus o caldos, que traian los holandeses y Franceses. Concluido ya el inicuo mercado, se despedian los extranjeros, llevándose á Esquibo una caterva de esclavos, miserables Indios, sacrificados á la vil codicia de tales hombres, y los llevaban á vender á sus colonias é islas de Barlovento.

Lo peor de todo es, que para conservar á los Caribes en su amistad y comercio, los imbuian bien los Holandeses y Franceses en sus máximas impías y sacrílegas. Les aprobaban el tener muchas mujeres y concubinas cuantas querian, aplaudian sus francachelas y borracheras, les aconsejaban que no se cuidaran de leyes ni religion, que viviese cada uno á su libertad, y sobre todo, que miraran bien lo que hacian; porque si, á persuasion de algun misionero, llegaban á sujetarse al rey de España y á la soberbia de los Españoles, estaban perdidos. Y así, que si amaban su propia libertad y felicidad, no habian jamás de dar oídos á los engaños y palabras de aquellos que venian al Orinoco vestidos de largo y con corona en la cabeza, para hacerlos cristianos y vasallos del rey de España. En suma, procuraban aquellos extranjeros, como hombres que eran sin fe ni religion, infundir en los Caribes un odio implacable á la fe católica con mil calumnias é invenciones propias de un espíritu herético: y en efecto, de tan perversas máximas hallaron infectas casi todas las naciones de aquella parte del Orinoco los misioneros que en el año de 1728 entraron a trabajar en aquella viña por órden, piedad y celo del magnánimo Felipe V, entonces reinante. Vayan revolviendo libros é historias los escritores extranjeros, y sépanme decir si han leído y encontrado jamás semejantes hechos y atentados cometidos por los Españoles en ruina de tantas naciones de otros dominios, en perjuicio de los soberanos y de la religion. 

|§ IV. 

Nadie piense que fueron por poco tiempo estas insolencias de los extranjeros. Este vil, inicuo comercio, esta destruccion de naciones duró mas de sesenta años, esto es, desde el 1673 hasta el 1738, y aun antes habria ya comenzado, pues á fin de precaver forasteros insultos, se habia levantado el fuerte de la Guayana antes del 1673. ¿Y quién podrá decir los excesos horrendos cometidos en tantos años por unos y otros? Los Franceses y Holandeses, con los Caribes, mataron á un venerable obispo francés, que estimulado de su apostólico celo no mas (para que se vea que no deben atribuirse á la nacion los delitos de particulares) habia venido de la Francia al Orinoco con breve pontificio, y había ya hecho una pequeña poblacion de los Indios Aruacos. Entraron á mano armada en la reduccion, mataron al obispo, á su criado, y á muchos Indios, profanaron los sagrados ornamentos, el caliz, patena, imágenes, y el santo crucifijo. Se lo llevaron todo, ni se pudo recobrar otra cosa después que algunas reliquias y el santo Cristo. Poco después entra­ron en una reduccion de otros Indios , fundada por el venerable padre fray Andrés Lopez, digno hijo de san Francisco de Asís. Quemaron las casas, mataron cuantos Indios pudieron, martirizaron y quitaron la vida con tormentos cruelísimos al padre, y asado á fuego lento, y despellejado, como san Bartolomé, se lo comieron á pedazos los Caribes por lo menos: porque no llego á creer que la barbaridad de los Europeos llegara á tal inhumanidad. Pero sí asistían estos á tales insultos: se veian en estas acciones los Europeos mezclados con los Caribes hechos bárbaros entre bárbaros; unas veces vestidos á la francesa y holandesa, otras á la cariba, y otras, desnudos Holandeses y Franceses entre los Indios desnudos, pintados con achote de colorado y con plumajes en la cabeza, tal cual los Indios Caribes. ¡O qué linda figura! ¡O qué bello espectáculo para las naciones de Europa! Si en dominios de otras naciones se hubieran visto Españoles en figura de Indios, y en tales acciones entre Caribes, ya hubieran salido estampados en finas láminas tales monstruos para hacer representar á los Españoles la mas ridícula é ignominiosa figura en la Europa. Pero como son figuras de extranjeros..... Como la nacion española, acostumbrada á mas nobles y altos pensamientos, no se entretiene en dibujar tan infames retratos, se quedaron esas figuras, como de sátiros y centauros, en las playas del Orinoco, y desiertos montes de la América. Contentóse el piadoso y magnánimo corazon del señor Felipe V, no menos celante de la religion que del bien de sus vasallos, y amparo de aquellas pobres naciones americanas, con dar sabias y oportunas providencias para atajar tantos desórdenes. Mandó su majestad por los años de 1737 de gobernador de la Guayana á don Carlos de Sucre, valiente soldado y honradísimo Flamenco, ejercitado en las guerras del principio de este siglo, y al mismo tiempo misioneros, para que á una y otra mano se precaviesen extranjeras insolencias, y se proveyera á la quietud, alivio y bien espiritual de aquellas naciones. Tocó al insigne padre Manuel Roman, bien conocido por el descubrimiento de la comunicacion del rio Orinoco con el Marañon, la suerte de ir á servir á su majestad á Orinoco, y á su jefe don Carlos de Sucre hácia la Guayana. Fundó luego Roman una pequeña reduccion llamada |Pararuma. ¿Y qué hicieron los Franceses y Holandeses? Tuvieron la osadía de formar un pequeño ejército, compuesto de Europeos y Caribes, y embistieron al pueblo con designio de pegarle primero fuego, y después hacer las acostumbradas inhumanidades. Los directores eran cinco Franceses, y el mariscal de toda la expedicion era M. Antoine du Bles, conocido después del asalto con el nombre de don Antonio Bleso, que había tomado. Salióles mal la empresa. Porque sentidos de un Indio chiquito, que dió luego aviso al padre Roman, este con el genio tan vivo y eficaz que tenia, y el espíritu apostólico imperturbable que lo gobernaba, luego puso en órden para la defensa á todo el pueblo, armó los Indios como pudo, los animó, y recurrió al templo de Dios á invocar su auxilio, y el de María Santísima, patrona de aquel pueblo; y con la ocasion de haber un triste negro, sin órden y sin blanco disparado un pedrero, dirigida de superior impulso la bala, fué á dar en la frente atrevida de un Caribe, que venia arrastrándose, como sierpe, por la tierra entre matorrales, con un tizon encendido en la mano para pegar fuego á la primera casa del pueblo. Fué tan á tiempo el golpe, que bastó para que M. du Bles con su tropa rindieran las armas, clamaran pidiendo paz, y dejaran la empresa. |Basta, |basta, gritó en español M. du Bles, paz, paz. Así fué. Procuró Manuel Roman aquietar á su gente; y entonces se descubrieron los cinco Europeos disfrazados antes entre los Caribes, y el mariscal du Bies. Llevólos á su pobre ranchería Roman, y los trató con la mayor humanidad y honradez; pero les hizo una exortacion tan fervorosa, que los dejó confusos y aturdidos. Afeóles su conducta tan bárbara é inicua contra Dios, contra el monarca de España, y contra aquellas pobres naciones: y volviéndose á M. du Bles le añadió que mirara bien lo que hacia, que si no dejaba esa vida tan desastrada entre Caribes, le habian estos de quitar un dia la vida infelizmente; y así le sucedió al miserable, que por fin murió en manos de los mismos Caribes en las bocas del Orinoco. Es tan cierto este suceso, que después en el día 26 de setiembre, en el cual sucedió, se celebraba todos los años la fiesta |de la Victoria en honor de María Santísima, á cuyo patrocinio la atribuia, con razon, el pueblo.

¡Qué lástima que M. du Bles no se hiciera tambien célebre sacando algun tratadillo á favor de la paz y libertad de los Indios del Orinoco! para que M. Ladvocat lo hubiera puesto en su Diccionario francés, con los compañeros vestidos á la cariba, al lado de fray Bartolomé de las Casas, de quien haciendo un insigne elogio, pero sin decir que fuera oriundo de Francés, dice en su lengua lo siguiente, que yo vierto en la nuestra: «Que renunció el curato de la isla de Cuba para emplearse á favor de la libertad de los indios, que veia ser tratados de los Españoles con el modo mas cruel y bárbaro; de donde provino que tomaran los Indios una aversion insuperable al cristianismo... Y que se puede fray Bartolomé llamar mártir de la libertad de los indios, etc.» ¿Qué dijera el erudito y celoso Ladvocat de su paisano du Bles si lo viera muerto á manos de los Caribes, despues de haberlos favorecido tanto, de haberlos incitado, acompañado y servido de mariscal de campo para arruinar las poblaciones y aniquilar las naciones indianas del Orinoco en los dominios del rey de España? No sé si á él y á sus compañeros franceses los llamara mártires, ó tiranos de la libertad de aquellos pobres Indios. Hablemos sinceramente: que fray Bartolomé de las Casas, siendo obispo y religioso, diera parte á su majestad católica de los excesos que algunos Españoles, transportados de su codicia, y contra los órdenes del monarca, cometian contra los Indios, está bien. Mas que tantos extranjeros, émulos de las moscas, que se van siempre á lo podrido, hagan tanto pasto de eso, lo repitan de mil modos, lo exageren con nacional antipatía, y hagan por eso característica de los Españoles la barbaridad , ni es justo, ni soportable, ni decoroso á nacion alguna extranjera. Porque si vamos con argumentos de paridad, de los cuales tengo yo algunos aprontados, se habrán de cubrir el rostro varias de ellas por lo menos, y confesar que el mal proceder de pocos nacionales no se ha de refundir en la nacion entera, como afirmo yo de la nacion española. Quiero concluir este asunto con dos reflexiones. Sea la primera: que de todas las naciones de la Europa, la que menos se tiene por interesada y codiciosa es la española. Y en Italia se experimenta bien, y se oye hasta causar fastidio; y así con título de Español generoso, y que poco estima la plata, nos limpian con buen modo los bolsillos. Pues si los Españoles, cuya pasion dominante por lo menos no es la codicia, hicieron tanto movidos de ella, como dice fray Bartolomé de las Casas, con los Indios de la riquísima América, ¿qué podemos inferir hubieran hecho otros conquistadores de otras naciones en quienes domina mas la codicia, y es insaciable el |auri sacra fames? Si otras naciones hubieran tenido la ocasion próxima, y tantas ocasiones de enriquecerse haciendo vejaciones á los pueblos, yo aseguro que mas de un fray Bartolomé se requeria para escribir y representar atrocidades al soberano.

En cuanto á la crueldad y barbarie atribuida á los Españoles (y esta es la segunda reflexion), es menester suponer: que como los del pueblo escogido de Dios miraban á los Amorreos y Jebuseos, y gentes bárbaras de la Tierra de Promision; y como siempre los Españoles miran y tienen por enemigos á los Moros, y por virtud y gloria lidiar con ellos, y aniquilarlos |arbitrantes se obsequium præstare Deo: porque tienen por enemigos suyos los que lo son de Dios; así los conquistadores, y Españoles del tiempo de fray Bartolomé de las Casas, miraban á los Indios; y con celo indiscreto, y no segun Dios, juzgaban que era acto heróico destruirlos, oprimirlos y aniquilarlos, como infieles y enemigos de Dios, y de la religion, y aun de su monarca. Y así, no es cosa tan digna de admiracion el que unos por vicio, otros por virtud se propasaran en excesos de crueldad contra los Indios. No es esta reflexion de mi cabeza solamente, la he sacado de una carta escrita cabalmente de la Nueva España en el mismo tiempo que vivia en ella y escribía fray Bartolomé. Es del virrey de la Nueva España, y concluye así, hablando con el mismo Carlos V, á quien escribía tambien |de las Casas. «Por eso permite Dios que estas tierras se descubran en tiempo que reina vuestra majestad, para que vuestra majestad trate de que crezca y se dilate la fe  católica, y no le falten modos ni medios, no solo para echar afuera los infieles, sino tambien para destruirlos y aniquilarlos del todo.» Así concluye la carta de 1533, y con ella yo, diciendo lo del Señor |: qui potest capere, capiat, en punto tan delicado.

Mas para que se vea que las acciones de los particulares no deben atribuirse á toda la nacion, y que muy diversamente los soberanos, sus jefes y la nacion observan las leyes de la humanidad, óigase como el gobernador francés de la Martinica reprobó la vil conducta del Bles y sus compañeros, y como procuró resarcir el deshonor que acarreaban estos á su nacion francesa, y dar satisfaccion de tales injurias al monarca de España. Antes de la refriega que arriba hemos referido, sucedida en la reduccion de Pararuma, habían cogido los Caribes con los Franceses unos diez y siete Indiecitos, que encontraron lavándose en el rio. No advirtiendo Roman, ni el pueblo, entre tanta confusion, la falta de ellos, callaron los Franceses y Caribes, y se los llevaron rio abajo, y por fin los vendieron en la Martinica. Tuvo Roman alguna luz del hecho, escribió al señor gobernador de la Martinica lo que correspondía. Portóse con tanta honradez este caballero francés, que luego hizo pesquisa sobre los Indiecitos ya esclavizados, recogió los que pudo, y se los mandó luego al padre Roman, diciéndole que perdonara, que no le habia sido posible recoger ni encontrar los demás. Estos son los hechos que deben atribuirse á toda una nacion: hechos de personas que obran animados de los nobles y justos sentimientos de su soberano y del espíritu de la nacion, que no reina en cuatro pícaros alzados é infieles á su mismo monarca, y degenerantes del carácter y espíritu de su nacion misma |(2) . Así debe juzgarse de las injusticias y crueldades de cuatro Españoles, y no atribuirlas á toda la nacion española, que siempre con las mas dulces leyes y amorosas providencias ha protegido y mirado por el bien de las pobres naciones americanas.

Temo ya desazonar á mi lector con la narracion de tan ingratos sucesos. Veo que mi excursion de la provincia de Santa Marta al Orinoco es mas larga de lo que yo pretendia, y de lo que requiere esta obrita; bien que me servirá para hallar Indios de Santa Marta en el mismo Orinoco. Con todo eso, cediendo á mi crédito, por el honor de mi nacion, si por esta digresion fuera de menor aprecio, para con algunos, mi historia; tiro adelante con mi asunto, probándolo con nuevos hechos de otra gente forastera, no menos bárbaros que los referidos, y con las benignísimas leyes y sabias providencias de los reyes de España, en varias reales cédulas, á favor de los miserables Indios. Y hágolo de propósito, venciendo cualquier ajeno reparo, y exponiéndome á la fuerte censura de algun crítico, porque casi estoy cierto que si dejo yo sepultadas en el silencio las causas extranjeras de esta despoblacion de los pueblos indianos, no verán jamás la luz, ni sabrá España como ha perdido tanta gente de sus dominios. Mientras Dios me da vida, y tengo los instrumentos auténticos y verdaderos en mis manos, y se me proporciona ocasion, quiero manifestar al público la verdad, y desengañar los extranjeros de que ellos han destruido muchas naciones de la América, y despoblado las tierras y orillas del Orinoco y de la costa hasta la provincia de Santa Marta. Y si las barbaridades de algunos particulares de ellos, que obraron sin consentimiento de su soberano, antes positivamente contra sus leyes y beneplácito, no acreditan de bárbara toda su nacion, tampoco los excesos de particulares Españoles cometidos contra las reales órdenes y beneplácito del monarca de España deben atribuirse á toda la nacion española.

 

(1)  Piedraita, pag.76. 
(2) « Verum ne quis hæc in Hispanicæ Gentis ignominiam trahat, «expendat unusquisque quid ab allis aliarum nationum bominibus fiat. An non simula à nobis quotidie perpetrantur. Nec modus, est ullus aut finis nostræ cupiditati, ac crudelitati. Ne simus ergo tam præcipites un damnandis Hispanis, quin prius nos ipsos serio examinaverimus num ipsis meliores simus. Si quæ sævè, crudeliter, avarè, et iniquè gesta sunt ab Hispanis in India; ea Genti imputanda non sunt, sed potius militari licentiæ, quæ in aliis Gentibus non minis efferata conperietur. Quis enim ignorat, quam multa crudeliter patrata sint, atque etiam num hodie patrentur à militibus Gallis, Germanis, Italis, et aliis in omnibus ferè expeditionibus ac bellis. Quis tamen æquus Judex hoc toti Lenti imputabit?» Teodorus le Brij, in Præf. Amer., part. 3 |.
Si todos los extranjeros pusieran en su pecho las manos, tambien pusieran freno en sus bocas y tiento en sus plumas, como este ciuda­dano de Francfort. 1594.

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