DISCURSO
I.
|
Que la destruccion de las
poblaciones indianas de la costa de Tierra Firme no debe atribuirse
á los Españoles, sino á los extranjeros
|§ I.
Dos motivos últimamente me han hecho resolver á tratar en dos
discursos preliminares este punto. El primero es este. Convidado
yo, en Italia, á visitar á un cierto abate italiano, tan famoso por
su literatura, que se llamaba por antonomasia el literato de la
ciudad, recibí de su muy cortés afabilidad el honor de que me
introdujera en su gran librería, surtida de libros tan escogidos en
erudicion y doctrina como pulidos en su encuadernacion; ya á la
italiana, ya á la francesa, ya á la inglesa. Fuéme mostrando varias
obras y libros, selectos todos. Mas después me dijo: Ahora le
quiero mostrar á usted un libro singularísimo, que aprecio yo sobre
todos los demás (supongo que exceptuaria la Sagrada Escritura). Y
abriendo un escaparate sacóme el libro de fray Bartolomé de las
Casas, tan sangriento contra los Españoles sobre las crueldades
ejecutadas con los Indios. Alabó tanto el libro, exageró con tales
expresiones la sinceridad y erudicion del autor que me quedé
sorprendido de su gusto tan extraño, y ostigado sumamente al ver la
nacional antipatía que no sé por qué natural ó preternatural
influencia domina en el pecho de extranjeros contra la nacion
española. Le parecia al literato italiano tener un potosí en aquel
libro, ó un retrato de mosáico el mas fino de toda nuestra nacion.
Este casito desde entonces
|manet alta mente repostum: y hace
su efecto ahora. El otro motivo es este general: muchos libros
extranjeros, fundados en las relaciones del ilustrísimo fray
Bartolomé de las Casas, han salido á luz en este siglo iluminado,
en los cuales se pretende hacer evidente la barbaridad y crueldad
de la nacion española en las conquistas y tratamientos de las
naciones americanas. Con tan feo borron vienen á tiznar el
esplendor de nuestra nacion forasteras gentes, después que se
chupan clandestinamente los oros, la plata y los géneros mas
preciosos de ella. Paciencia: esta es desgracia, ó mejor diré
fortuna de España, padecer siempre, y oir á quien le tiene envidia.
A vindicar la nacion española de tantas imposturas han salido
varios nacionales. Quien por una via, quien por otra, se esfuerza
cada uno á reintegrar el crédito y defender el honor de su amada
patria, rechazando las negras calumnias que se le imponen, y
excusando de varios modos los excesos que se le atribuyen. Entre
otras cosas se atribuye á la nacion española la destruccion de
tantas naciones, y ruina de innumerables pueblos de Indios en una y
otra América. Yo no quiero salir de mi asunto, ni vaguear fuera del
Nuevo Reino, que me tocó en suerte para habitarlo, ni apartarme de
mi recinto de Santa Marta sin necesidad. Cada uno defienda su
flanco, y rechace al contrario en la trinchera que le toca. Como es
arrojo contra la prudencia meterse á combatir con todas las gentes
extranjeras de por junto; sino que es menester ir por partes
|non
poteris omnes simul: así es negocio muy largo y laborioso
rechazar la barbarie que se nos imputa en ambas Américas, y con
todas las naciones indianas. Vamos tambien por partes. Yo procuraré
echarla de Santa Marta, y de aquella costa de Tierra Firme, desde
el río grande Magdalena hasta el Orinoco inclusivamente, y esto tan
clara como brevemente. Otros la han disipado, ó procurarán echarla
de otras regiones, en las cuales no puedo yo por ahora divertirme.
Vengo á mi asunto, y me ciño en dos solas proposiciones para
demostrar á quien debe atribuirse la ruina de las poblaciones y
naciones indianas, así de la provincia de Santa Marta, como de
otras de Tierra Firme. La primera es
|Que los excesos cometidos
por algunos particulares no deben atribuirse á
|toda la
nacion, si esta, ó no los fornenta, ó los reprueba
positivamente. Sea la segunda:
|Que entonces muestra la
nacion no fomentar, antes bien reprobar los excesos de
particulares, cuando, ó en sus principios los ataja ,
|ó
|los castiga, ó con severas leyes, emanadas del príncipe,
|del gobierno, ó consejo de la nacion,
|severamente los
prohibe para en adelante. Parece que por ser tan claros no
necesitan de prueba estos principios político-filósofos. No
obstante, para desentrañar bien el asunto, y para que decida el
público á quien debe atribuirse la desolacion de tantas naciones y
pueblos de Indios, quiero dar físicas, ciertas y experimentales
pruebas de una y otra proposicion. La primera probarán con sus
hechos los extranjeros, la segunda los Españoles.
§ II.
|
Un caballero, aleman de nacion, llamado Ambrosio Alfinger,
nombrado por la católica cesarea majestad del señor Carlos V
general de la provincia de Venezuela, llegó con cuatrocientos
hombres y cincuenta caballos á la ciudad de Coro, que en dicha
provincia de Venezuela habia fundado Juan de Ampuez. De allí, con
la mitad de su gente por tierra, y la demás por agua, en diferentes
canoas que labró, y una entre ellas que llevaba setenta hombres y
seis caballos, salió inmediatamente á la pacificacion de las
tierras de Maracaibo. ¿Pero cómo? «Entró en su gran laguna (dirélo
con las palabras del ilustrísimo Piedraita) haciendo en los
miserables Indios
|
de sus riberas todas aquellas hostilidades
que podian esperarse de quien era llevado de su codicia, y llamado
de su patria para enriquecerla á costa de las vidas y caudales de
los que ni se defendían ni lo habian agraviado.» Llegado á cierta
ranchería, ahorcó y afrentó á muchos hombres de valor, sin que la
necesidad que de ellos tenia lo reportase. Para resarcir la falta
de estos, y de otros que disgustados de semejante rigor lo
desamparaban, envió á Coro el pillaje de oro que habia adquirido:
mandó al mismo tiempo muchos Indios prisioneros para que se
vendiesen á mercaderes, que allí asistian enriquecidos con este
trato, y para que del uno y otro efecto le remitiesen gente y armas
para la jornada que pretendia hacer tierra dentro. ¡Pobres Indios
de Santa Marta, qué suerte se os espera! ¡Qué alfanje aleman os
viene encima! En efecto, no hallando Alfinger en Maracaibo tanto
oro cuanto sonaba en la provincia contigua de Santa Marta, se metió
en esta por los años de 1530 con algunos infantes y caballos, que
componian un pequeño ejército de ciento y ochenta hombres.
Atravesando la sierra de los Itotos, que comunmente se llama del
valle de Upar, sin atender que metia la hoz en mies ajena, y sus
piés ligeros á derramar sangre en la jurisdiccion del gobierno de
Santa Marta, corrió todo el valle de
Upar
|(1)
. ¿Pero cómo? Matando y
robando á sus naturales Indios miserables, quemando sus poblaciones
y sembrados, de suerte, que en mas de treinta leguas de tierra que
halló pobladas en aquel amenísimo valle, no halló ni una sola casa
en pié el capitan Cardoso en la entrada que hizo el año siguiente
en el valle mismo. No paró allí. Corrido así el valle de Upar,
siguiendo las orillas del rio Cesare, llegó á las provincias de los
Pocabuces y Alcoholados, haciendo los mismos estragos. De allí
metióse en la del Tamalameque, famoso cacique. Este pobre, oyendo y
temiendo las atrocidades de Alfinger, se refugió con su gente en un
islote, de los que poco distantes de tierra forma la laguna de
Zapatosa. No les valió á los Indios aquel recinto. Al ver Alfinger
y su tropa lucir los
|chagualas (que son unos como aritos ó
anillos de oro que traian en la nariz), orejeras, y otras joyas de
oro, en los Indios que andaban por la isla, se arrojaron con los
caballos á la laguna con asombro de los Indios, que no sabían los
brios de los caballos españoles, ni las artes de los Europeos.
Llegaron al islote donde estaba aquella imbele tropa de los indios:
como corderos los pasaron á cuchillo con horrible carnicería. Es
verdad que muchos Indios se echaron fugitivos al agua, y allí
perecieron, y otros escaparon. El cacique fué preso, y se rescató
después á fuerza de oro: algunos tambien que eran prisioneros
quedaron rescatados, y despojados del oro. De suerte, que en diez
meses no mas que allí estuvo Alfinger, con incendios, muertes y
otras violencias, dejó arruinada la provincia, y desustanciada de
mas de cien mil castellanos de oro, que se llevó. No sé si pudiera
hacer mas ó hubiera hecho menos un Español que llevara en su pecho
el corazon honrado y piadoso de la nacion. En efecto, he atravesado
yo tambien ese deliciosísimo valle de Upar, y puedo asegurar que en
mas de treinta leguas de tierra no hay sobre las márgenes del
Cesare ni una poblacion de Indios, ni un indio siquiera, hasta la
dicha laguna de Zapatosa, y pueblo llamado Chiriguaná, que está ya
inmediato al rio Magdalena. Tales vestigios de su crueldad y
codicia dejó Alllinger en aquel valle para funesta memoria de los
miserables Indios, y monumento cierto para los escritores
forasteros, que á los Españoles atribuyen la destruccion de los
Indios. Aleman era Alfinger, y se mostró tan bárbaro, cruel y
codicioso en sus empresas referidas; y sin embargo, ni la razon ni
justicia permiten atribuirá toda la nacion alemana tales hechos, ni
tiznarla con el negro borron de nacion bárbara y cruel. Porque ni
el emperador Carlos V, siendo aleman y monarca de las Españas,
aprobó eso, antes trató de remediar é impedir semejantes excesos;
ni la misma nacion alemana hubiera aprobado tan bárbara conducta
como la de Alfinger; y en verdad que otro aleman llamado Frederman
no cometió tales desafueros en la misma provincia de Santa Marta,
ni en la de Venezuela, donde tambien entró conquistador, ó
descubridor de nuevas naciones y de preciosas perlas. Ni una
golondrina hace verano, ni un bárbaro hace bárbara toda la nacion.
Dejemos en la pacífica posesion de su honor y crédito á la nacion
alemana, y vengan otros extranjeros conmigo hasta el Orinoco á
probar el asunto.
§ III.
|
Los estragos que Holandeses y Franceses, unidos á posta con los
Indios Caribes, han causado en las naciones del Orinoco, son
indecibles. Tengo casi concluida una obrita en lengua italiana,
cuyo título es este:
|Storia apologetica del guasto e pregiudizj
cagionati dalle Nazioni straniere alla nazion e monarchia spagnuola
nella Terra Firma, ed in tutta l America meridionale soggetta
al Monarca Cattolico. No sé ni me atrevo a decir qué será de
esta historia; pero se horrorizara la humanidad, no digo de los
Españoles, sino aun de las mismas naciones extranjeras, si salieran
al público las impías y bárbaras atrocidades cometidas con las
pobres indianas naciones en los dominios del rey de España por
hombres extranjeros. Para prueba de tanta crueldad y osadía,
referiré solamente y traeré á la consideracion de los imparciales
lectores tres ó cuatro acciones que dan materia para una larga
historia apologética. Sea la primera. Que habiendo comenzado los
Indios Caribes á llevar á Puerto Esquibo, colonia de los
Holandeses, á muchos pobres Indios de las naciones de Orinoco,
vendiéndolos por esclavos, los Holandeses y Franceses de Berbis, de
Surinama, de la Martinica, etc., se cebaron de tal suerte en este
comercio de esclavos del Orinoco, que su codicia los precipitó á
las mas horrendas inhumanidades, y mas indignas acciones que decir
se puedan contra Dios, contra el monarca de España, contra las
pobres naciones del Orinoco. No contentos con comprar los Indios
esclavos que del Orinoco les traían los Caribes, incitaron de
varios modos á estos á proseguir su bárbara conducta. Los surtieron
de varios géneros de Europa, como telas, espejos, y otras cosillas
estimadas de los Indios, les subministraron armas de fuego, los
proveyeron de sables, balas y pertrechos de guerra, y los
adiestraron á manejar las armas: ¿contra quien? Contra las naciones
pertenecientes á la corona de España. ¿A qué fin? Para
conquistarlas, y aprisionarlas á fuerza de armas, y llevarlas
cautivas y esclavas á los señores Franceses y Holandeses, y
semejantes extranjeros. Así sucedió: armados é instruidos de tales
ingenieros los Caribes, vendimiaron todas las naciones indianas del
Orinoco inmediatas á sus pueblos, que tenian fundados ya ellos
setenta leguas mas arriba del fuerte de la Guayana; hicieron
esclavos, y llevaron á vender á sus fautores holandeses y
franceses, naciones enteras, varones, mujeres, niños y niñas, mozos
y viejos, cautivados en tan infames expediciones; y estos
extranjeros los llevaban á vender esclavos á otras sus colonias,
cebando siempre mas la insaciable codicia en tan injusto comercio.
¿Y la humanidad, y dulzura genial, tan alabada en la nacion
francesa? ¿Y la ley natural, tan predicada y celada en la Holanda?
¿Y la barbaridad tan decantada de los Españoles, que tales insultos
ha disimulado con paciencia, dónde quedan? Vamos adelante con otra
mayor empresa bien extraña. Viendo los extranjeros que les estaba
tan á cuenta este comercio de esclavos orinoqueses, á despecho de
los derechos de la monarquía y de la religion, animaron y armaron
de nuevo á los Caribes, para que dilatarán mas sus conquistas,
subiendo Orinoco arriba al pillaje de esclavos. Mas para que no se
cansara tanto el Caribe en subir y bajar por tan largo trecho el
rio, resolvieron de comun acuerdo que los Holandeses y Franceses
debieran subir el Orinoco hasta los pueblos de los Caribes
hermanos, que es decir, setenta leguas mas arriba de la fortaleza
de la Guayana, y allí esperar que los otros Caribes bajaran del
alto Orinoco con la flota de los Indios esclavos. Así puntualmente
se hacia. Entraban por las bocas del Orinoco los extranjeros,
pasaban de noche delante del fuerte de Guayana, por la parte
opuesta del rio, para no ser vistos ni atajados de los soldados de
la guarnicion española; subían mas de setenta leguas el Orinoco,
hasta llegar, segun el acuerdo, al sitio de los Caribes, y allí
esperaban á los otros que habian subido al alto Orinoco al pillaje
de esclavos. Bajaban estos bárbaros piratas con una bien numerosa
flota de piraguas llenas de esclavos de todo sexo y de todas
edades, y así que llegaban triunfantes, con mil congratulaciones y
aplausos, sacaban los extranjeros las pipas de aguardiente (que
siempre habían de entrar en contrato) para celebrar el feliz arribo
y abundante presa de esclavos. Y
|expletis gaudiis, esto es,
después de haber pasado algunos dias en embriagarse, y de haber
dormido la borrachera, se procedía á la compra de esclavos á barato
de géneros, y espíritus o caldos, que traian los holandeses y
Franceses. Concluido ya el inicuo mercado, se despedian los
extranjeros, llevándose á Esquibo una caterva de esclavos,
miserables Indios, sacrificados á la vil codicia de tales hombres,
y los llevaban á vender á sus colonias é islas de Barlovento.
Lo peor de todo es, que para conservar á los Caribes en su
amistad y comercio, los imbuian bien los Holandeses y Franceses en
sus máximas impías y sacrílegas. Les aprobaban el tener muchas
mujeres y concubinas cuantas querian, aplaudian sus francachelas y
borracheras, les aconsejaban que no se cuidaran de leyes ni
religion, que viviese cada uno á su libertad, y sobre todo, que
miraran bien lo que hacian; porque si, á persuasion de algun
misionero, llegaban á sujetarse al rey de España y á la soberbia de
los Españoles, estaban perdidos. Y así, que si amaban su propia
libertad y felicidad, no habian jamás de dar oídos á los engaños y
palabras de aquellos que venian al Orinoco vestidos de largo y con
corona en la cabeza, para hacerlos cristianos y vasallos del rey de
España. En suma, procuraban aquellos extranjeros, como hombres que
eran sin fe ni religion, infundir en los Caribes un odio implacable
á la fe católica con mil calumnias é invenciones propias de un
espíritu herético: y en efecto, de tan perversas máximas hallaron
infectas casi todas las naciones de aquella parte del Orinoco los
misioneros que en el año de 1728 entraron a trabajar en aquella
viña por órden, piedad y celo del magnánimo Felipe V, entonces
reinante. Vayan revolviendo libros é historias los escritores
extranjeros, y sépanme decir si han leído y encontrado jamás
semejantes hechos y atentados cometidos por los Españoles en ruina
de tantas naciones de otros dominios, en perjuicio de los soberanos
y de la religion.
|§ IV.
Nadie piense que fueron por poco tiempo estas insolencias de los
extranjeros. Este vil, inicuo comercio, esta destruccion de
naciones duró mas de sesenta años, esto es, desde el 1673 hasta el
1738, y aun antes habria ya comenzado, pues á fin de precaver
forasteros insultos, se habia levantado el fuerte de la Guayana
antes del 1673. ¿Y quién podrá decir los excesos horrendos
cometidos en tantos años por unos y otros? Los Franceses y
Holandeses, con los Caribes, mataron á un venerable obispo francés,
que estimulado de su apostólico celo no mas (para que se vea que no
deben atribuirse á la nacion los delitos de particulares) habia
venido de la Francia al Orinoco con breve pontificio, y había ya
hecho una pequeña poblacion de los Indios Aruacos. Entraron á mano
armada en la reduccion, mataron al obispo, á su criado, y á muchos
Indios, profanaron los sagrados ornamentos, el caliz, patena,
imágenes, y el santo crucifijo. Se lo llevaron todo, ni se pudo
recobrar otra cosa después que algunas reliquias y el santo Cristo.
Poco después entraron en una reduccion de otros Indios , fundada
por el venerable padre fray Andrés Lopez, digno hijo de san
Francisco de Asís. Quemaron las casas, mataron cuantos Indios
pudieron, martirizaron y quitaron la vida con tormentos cruelísimos
al padre, y asado á fuego lento, y despellejado, como san
Bartolomé, se lo comieron á pedazos los Caribes por lo menos:
porque no llego á creer que la barbaridad de los Europeos llegara á
tal inhumanidad. Pero sí asistían estos á tales insultos: se veian
en estas acciones los Europeos mezclados con los Caribes hechos
bárbaros entre bárbaros; unas veces vestidos á la francesa y
holandesa, otras á la cariba, y otras, desnudos Holandeses y
Franceses entre los Indios desnudos, pintados con achote de
colorado y con plumajes en la cabeza, tal cual los Indios Caribes.
¡O qué linda figura! ¡O qué bello espectáculo para las naciones de
Europa! Si en dominios de otras naciones se hubieran visto
Españoles en figura de Indios, y en tales acciones entre Caribes,
ya hubieran salido estampados en finas láminas tales monstruos para
hacer representar á los Españoles la mas ridícula é ignominiosa
figura en la Europa. Pero como son figuras de extranjeros..... Como
la nacion española, acostumbrada á mas nobles y altos pensamientos,
no se entretiene en dibujar tan infames retratos, se quedaron esas
figuras, como de sátiros y centauros, en las playas del Orinoco, y
desiertos montes de la América. Contentóse el piadoso y magnánimo
corazon del señor Felipe V, no menos celante de la religion que del
bien de sus vasallos, y amparo de aquellas pobres naciones
americanas, con dar sabias y oportunas providencias para atajar
tantos desórdenes. Mandó su majestad por los años de 1737 de
gobernador de la Guayana á don Carlos de Sucre, valiente soldado y
honradísimo Flamenco, ejercitado en las guerras del principio de
este siglo, y al mismo tiempo misioneros, para que á una y otra
mano se precaviesen extranjeras insolencias, y se proveyera á la
quietud, alivio y bien espiritual de aquellas naciones. Tocó al
insigne padre Manuel Roman, bien conocido por el descubrimiento de
la comunicacion del rio Orinoco con el Marañon, la suerte de ir á
servir á su majestad á Orinoco, y á su jefe don Carlos de Sucre
hácia la Guayana. Fundó luego Roman una pequeña reduccion llamada
|Pararuma. ¿Y qué hicieron los Franceses y Holandeses?
Tuvieron la osadía de formar un pequeño ejército, compuesto de
Europeos y Caribes, y embistieron al pueblo con designio de pegarle
primero fuego, y después hacer las acostumbradas inhumanidades. Los
directores eran cinco Franceses, y el mariscal de toda la
expedicion era M. Antoine du Bles, conocido después del asalto con
el nombre de don Antonio Bleso, que había tomado. Salióles mal la
empresa. Porque sentidos de un Indio chiquito, que dió luego aviso
al padre Roman, este con el genio tan vivo y eficaz que tenia, y el
espíritu apostólico imperturbable que lo gobernaba, luego puso en
órden para la defensa á todo el pueblo, armó los Indios como pudo,
los animó, y recurrió al templo de Dios á invocar su auxilio, y el
de María Santísima, patrona de aquel pueblo; y con la ocasion de
haber un triste negro, sin órden y sin blanco disparado un pedrero,
dirigida de superior impulso la bala, fué á dar en la frente
atrevida de un Caribe, que venia arrastrándose, como sierpe, por la
tierra entre matorrales, con un tizon encendido en la mano para
pegar fuego á la primera casa del pueblo. Fué tan á tiempo el
golpe, que bastó para que M. du Bles con su tropa rindieran las
armas, clamaran pidiendo paz, y dejaran la empresa.
|Basta,
|basta, gritó en español M. du Bles, paz, paz. Así fué.
Procuró Manuel Roman aquietar á su gente; y entonces se
descubrieron los cinco Europeos disfrazados antes entre los
Caribes, y el mariscal du Bies. Llevólos á su pobre ranchería
Roman, y los trató con la mayor humanidad y honradez; pero les hizo
una exortacion tan fervorosa, que los dejó confusos y aturdidos.
Afeóles su conducta tan bárbara é inicua contra Dios, contra el
monarca de España, y contra aquellas pobres naciones: y volviéndose
á M. du Bles le añadió que mirara bien lo que hacia, que si no
dejaba esa vida tan desastrada entre Caribes, le habian estos de
quitar un dia la vida infelizmente; y así le sucedió al miserable,
que por fin murió en manos de los mismos Caribes en las bocas del
Orinoco. Es tan cierto este suceso, que después en el día 26 de
setiembre, en el cual sucedió, se celebraba todos los años la
fiesta
|de la Victoria en honor de María Santísima, á cuyo
patrocinio la atribuia, con razon, el pueblo.
¡Qué lástima que M. du Bles no se hiciera tambien célebre
sacando algun tratadillo á favor de la paz y libertad de los Indios
del Orinoco! para que M. Ladvocat lo hubiera puesto en su
Diccionario francés, con los compañeros vestidos á la cariba, al
lado de fray Bartolomé de las Casas, de quien haciendo un insigne
elogio, pero sin decir que fuera oriundo de Francés, dice en su
lengua lo siguiente, que yo vierto en la nuestra: «Que renunció el
curato de la isla de Cuba para emplearse á favor de la libertad de
los indios, que veia ser tratados de los Españoles con el modo mas
cruel y bárbaro; de donde provino que tomaran los Indios una
aversion insuperable al cristianismo... Y que se puede fray
Bartolomé llamar mártir de la libertad de los indios, etc.» ¿Qué
dijera el erudito y celoso Ladvocat de su paisano du Bles si lo
viera muerto á manos de los Caribes, despues de haberlos favorecido
tanto, de haberlos incitado, acompañado y servido de mariscal de
campo para arruinar las poblaciones y aniquilar las naciones
indianas del Orinoco en los dominios del rey de España? No sé si á
él y á sus compañeros franceses los llamara mártires, ó tiranos de
la libertad de aquellos pobres Indios. Hablemos sinceramente: que
fray Bartolomé de las Casas, siendo obispo y religioso, diera parte
á su majestad católica de los excesos que algunos Españoles,
transportados de su codicia, y contra los órdenes del monarca,
cometian contra los Indios, está bien. Mas que tantos extranjeros,
émulos de las moscas, que se van siempre á lo podrido, hagan tanto
pasto de eso, lo repitan de mil modos, lo exageren con nacional
antipatía, y hagan por eso característica de los Españoles la
barbaridad , ni es justo, ni soportable, ni decoroso á nacion
alguna extranjera. Porque si vamos con argumentos de paridad, de
los cuales tengo yo algunos aprontados, se habrán de cubrir el
rostro varias de ellas por lo menos, y confesar que el mal proceder
de pocos nacionales no se ha de refundir en la nacion entera, como
afirmo yo de la nacion española. Quiero concluir este asunto con
dos reflexiones. Sea la primera: que de todas las naciones de la
Europa, la que menos se tiene por interesada y codiciosa es la
española. Y en Italia se experimenta bien, y se oye hasta causar
fastidio; y así con título de Español generoso, y que poco estima
la plata, nos limpian con buen modo los bolsillos. Pues si los
Españoles, cuya pasion dominante por lo menos no es la codicia,
hicieron tanto movidos de ella, como dice fray Bartolomé de las
Casas, con los Indios de la riquísima América, ¿qué podemos inferir
hubieran hecho otros conquistadores de otras naciones en quienes
domina mas la codicia, y es insaciable el
|auri sacra fames?
Si otras naciones hubieran tenido la ocasion próxima, y tantas
ocasiones de enriquecerse haciendo vejaciones á los pueblos, yo
aseguro que mas de un fray Bartolomé se requeria para escribir y
representar atrocidades al soberano.
En cuanto á la crueldad y barbarie atribuida á los Españoles (y
esta es la segunda reflexion), es menester suponer: que como los
del pueblo escogido de Dios miraban á los Amorreos y Jebuseos, y
gentes bárbaras de la Tierra de Promision; y como siempre los
Españoles miran y tienen por enemigos á los Moros, y por virtud y
gloria lidiar con ellos, y aniquilarlos
|arbitrantes se obsequium
præstare Deo: porque tienen por enemigos suyos los que lo son
de Dios; así los conquistadores, y Españoles del tiempo de fray
Bartolomé de las Casas, miraban á los Indios; y con celo
indiscreto, y no segun Dios, juzgaban que era acto heróico
destruirlos, oprimirlos y aniquilarlos, como infieles y enemigos de
Dios, y de la religion, y aun de su monarca. Y así, no es cosa tan
digna de admiracion el que unos por vicio, otros por virtud se
propasaran en excesos de crueldad contra los Indios. No es esta
reflexion de mi cabeza solamente, la he sacado de una carta escrita
cabalmente de la Nueva España en el mismo tiempo que vivia en ella
y escribía fray Bartolomé. Es del virrey de la Nueva España, y
concluye así, hablando con el mismo Carlos V, á quien escribía
tambien
|de las Casas. «Por eso permite Dios que estas
tierras se descubran en tiempo que reina vuestra majestad, para que
vuestra majestad trate de que crezca y se dilate la fe católica, y
no le falten modos ni medios, no solo para echar afuera los
infieles, sino tambien para destruirlos y aniquilarlos del todo.»
Así concluye la carta de 1533, y con ella yo, diciendo lo del Señor
|: qui potest capere, capiat, en punto tan delicado.
Mas para que se vea que las acciones de los particulares no
deben atribuirse á toda la nacion, y que muy diversamente los
soberanos, sus jefes y la nacion observan las leyes de la
humanidad, óigase como el gobernador francés de la Martinica
reprobó la vil conducta del Bles y sus compañeros, y como procuró
resarcir el deshonor que acarreaban estos á su nacion francesa, y
dar satisfaccion de tales injurias al monarca de España. Antes de
la refriega que arriba hemos referido, sucedida en la reduccion de
Pararuma, habían cogido los Caribes con los Franceses unos diez y
siete Indiecitos, que encontraron lavándose en el rio. No
advirtiendo Roman, ni el pueblo, entre tanta confusion, la falta de
ellos, callaron los Franceses y Caribes, y se los llevaron rio
abajo, y por fin los vendieron en la Martinica. Tuvo Roman alguna
luz del hecho, escribió al señor gobernador de la Martinica lo que
correspondía. Portóse con tanta honradez este caballero francés,
que luego hizo pesquisa sobre los Indiecitos ya esclavizados,
recogió los que pudo, y se los mandó luego al padre Roman,
diciéndole que perdonara, que no le habia sido posible recoger ni
encontrar los demás. Estos son los hechos que deben atribuirse á
toda una nacion: hechos de personas que obran animados de los
nobles y justos sentimientos de su soberano y del espíritu de la
nacion, que no reina en cuatro pícaros alzados é infieles á su
mismo monarca, y degenerantes del carácter y espíritu de su nacion misma
|(2)
. Así debe juzgarse de las
injusticias y crueldades de cuatro Españoles, y no atribuirlas á
toda la nacion española, que siempre con las mas dulces leyes y
amorosas providencias ha protegido y mirado por el bien de las
pobres naciones americanas.
Temo ya desazonar á mi lector con la narracion de tan ingratos
sucesos. Veo que mi excursion de la provincia de Santa Marta al
Orinoco es mas larga de lo que yo pretendia, y de lo que requiere
esta obrita; bien que me servirá para hallar Indios de Santa Marta
en el mismo Orinoco. Con todo eso, cediendo á mi crédito, por el
honor de mi nacion, si por esta digresion fuera de menor aprecio,
para con algunos, mi historia; tiro adelante con mi asunto,
probándolo con nuevos hechos de otra gente forastera, no menos
bárbaros que los referidos, y con las benignísimas leyes y sabias
providencias de los reyes de España, en varias reales cédulas, á
favor de los miserables Indios. Y hágolo de propósito, venciendo
cualquier ajeno reparo, y exponiéndome á la fuerte censura de algun
crítico, porque casi estoy cierto que si dejo yo sepultadas en el
silencio las causas extranjeras de esta despoblacion de los pueblos
indianos, no verán jamás la luz, ni sabrá España como ha perdido
tanta gente de sus dominios. Mientras Dios me da vida, y tengo los
instrumentos auténticos y verdaderos en mis manos, y se me
proporciona ocasion, quiero manifestar al público la verdad, y
desengañar los extranjeros de que ellos han destruido muchas
naciones de la América, y despoblado las tierras y orillas del
Orinoco y de la costa hasta la provincia de Santa Marta. Y si las
barbaridades de algunos particulares de ellos, que obraron sin
consentimiento de su soberano, antes positivamente contra sus leyes
y beneplácito, no acreditan de bárbara toda su nacion, tampoco los
excesos de particulares Españoles cometidos contra las reales
órdenes y beneplácito del monarca de España deben atribuirse á toda
la nacion española.