DISCURSO
XVIII.
|
Del algodon de la provincia de Santa
Marta
|§ I.
Este es un género del cual se hace poco caso, y con todo da
muchos pesos á la provincia, y pudiera dar muchos mas. Es este
fruto muy comun en todo el país, pero singularmente abunda en las
tierras de los indios Guagiros, y en la ciudad de Ocaña. Las
labores en que regularmente se ocupan las mujeres en Ocaña son de
algodon, y las señoras suelen entretenerse en hacer piezas de
bellísimo primor, especialmente guantes de raras y primorosas
hechuras. De suerte, que como en lo mas interior del reino, y en su
ciudad capital, Santa Fe, corren los algodones de las provincias de
Velez, del Socorro y de Morcote, así en la costa del mar y orillas
del Magdalena corren los de Ocaña en sábanas, medias, camisas,
toallas, y otras piezas, que labran en sus telares los vecinos de
Ocaña. Pero los que tienen mas fama en trabajar piezas de algodon
son los Indios Guagiros, no solo los cristianos (que son pocos)
sino tambien los bárbaros. Ellos se trabajan sus mantas y vestidos
á la indiana, y singularmente sus camas péndulas con mil primores.
Estas camas son las que por allá llaman
|hamacas, y llamo yo
|péndulas, porque amarradas en dos árboles ó leños están
pendientes en el aire, y así se va zarandeando á su gusto el que en
ellas se echa. Viene á ser la hamaca como una cuna formada de
algodon bien tejido, pero muy ancha y larga, que afianzada bien en
sus dos extremidades, de dos altos leños se mantuviera en el aire,
y se moviera á placer de quien reposara en ella. Es la hamaca
comodísima alhaja para quien viaja por aquellos paises para quien
no puede sufrir la cama, y para quien quiere dormir al fresco y á
su gusto. Juzgo que si se introdujera en Europa, tuviera muchos
apasionados, singularmente en tiempo de verano, y en el rigor de
los ardores caniculares. Las labran los Guagiros tan grandes, tan
tupidas, tan finas y tan hermosas, que no se desdeñan las personas
de forma y señores obispos de recibirlas, y apreciarlas como regalo
exquisito. Dan estos Indios al algodon variedad de colores con
tintas naturales del propio país, que sacan de las yerbas,
frutillas, y singularmente del palo del Brasil, que tienen á mano;
y así salen las hamacas vistosísimas, y se precian los señores del
rio de la Hacha de tenerlas para su uso, y para obsequiar con ellas
á las personas de su mayor afecto, aun de fuera la provincia. Ni
tengo por juicio temerario el pensar que los extranjeros, que
tienen mucho trato con esta nacion de los Guagiros, se llevan á sus
colonias porcion de estas hamacas para dormir al fresco en medio de
los calores excesivos de sus islas. Mas esto no es cosa de mayor
consideracion, si con las hamacas no van envueltos tambien los
quintales de algodon, el palo del Brasil, las perlas. Sea lo que
fuere de esto, basta á mi intento haber dado al público la noticia
de los sitios donde se trabajan los algodones, y el haber mostrado
casi toda la provincia de terreno apto para dar ese fruto, á quien
con el sudor de su rostro se aplique á cultivarlo. Quiero añadir,
que á mas de las labores insinuadas de algodon, se fabrican en el
reino, y en la provincia de Santa Marta, singularmente en Ocaña,
otras dos especies de mayor comercio. La una es de las ruanas, la
otra de los sobretoldos ó tiendas de campaña. La ruana, vestido
poco conocido, y nada usado en los reinos de Europa, viene á ser en
su forma como una casulla ó dalmática, pero un poco mas abierta de
delante y de las espaldas se mete sobre el otro vestido por la
cabeza, y se extiende por los brazos lo bastante para tenerlos
cubiertos si uno quiere, pero al mismo tiempo sueltos y libres.
Unas son propiamente de viaje y para montar á caballo,
singularmente por tierras llanas y paises cálidos. Otras hay que
sirven á gente del campo, y á los pobres, como la capa en España, y
para reparar de los aguaceros. No hablo de estas, que regularmente
son de lana. Vamos á las de viaje; estas son de algodon, y si son
apreciadas las que se labran en la provincia de Velez y
jurisdiccion del Socorro, no lo son menos las que se fabrican en
Ocaña finísimas. En tierras y tiempo de calores, todo el mundo,
hombres y mujeres, campesinos, que allá llaman orejones. caballeros
seglares, y eclesiásticos, todos van á caballo con su ruana de
algodon blanca y hermosa solo que tal cual la lleva bordada de seda
de varios colores, como una que vi de un ilustrísimo señor obispo.
Dicen, y en efecto se experimenta así, que tempera mucho el calor,
y repara de los rayos del sol el cuerpo, porque no se pega á él, y
por otra parte el color blanco, segun dicen, rechaza ó tempera los
ardores del sol. Lo cierto es, que para andar uno á caballo
expedito y ligero, y para correr aquellas vastas y abiertas
campañas, á los vivos rayos del sol, sin que sienta rescaldarse el
cuerpo, no hay mejor capa que una ruana. No da fastidio, ni abruma,
ni pesa como la capa, sea de aguas ó de serenidad el tiempo. Por
eso en viajes contra los aguaceros se lleva ruana de lana: contra
los ardores del sol se lleva la ruana de algodon. A los que de los
reinos de Europa pasamos á la América nos choca mucho á primera
vista y hiere la fantasía una ruana; mas después, conociendo la
utilidad y comodidad de ella, nos hacemos á su uso, como los de el
país, y creo que si alguno en España comenzara á salir montado á
caballo con su bella y pulida ruana, labrada á gusto del jinete, no
dejaria de tener quien le siguiera los pasos. Pero dejemos las
ruanas, y vamos á las tiendas de campaña y velas de navío.
Esta noticia previa es importante para lo que hemos de decir en
otro discurso. Basta por ahora decir que la provincia de Santa
Marta no tuviera necesidad de hacer traer de afuera piezas de tela
de algodon, si se tratara, ó de hacer tiendas de campaña, ó de dar
cumplidas velas á navíos, aunque fueran de alto bordo.
Presentemente se fabrican para el uso de navegantes y de viajeros
de tierra piezas de algodon, que sirven propiamente de tiendas para
ranchar en las playas y montes, para cubrir y reparar las camas de
las inclemencias de los aguaceros y de los ardientes rayos del sol.
Y de las mismas se pudieran hacer las velas cuanto grandes se
quisieran para los navíos si llegara el tiempo de establecerse un
astillero ó arsenal para fabricarlos en el puerto mismo de Santa
Marta, comodísimo para tal efecto, como después veremos.