DISCURSO
XIV.
Del añil de Santa Marta, y de otro
azul bellísimo desconocido en Europa, llamado azul de la Grita
|§ I.
Llama mi atencion ahora el añil de Santa Marta, del cual hasta
la presente no han hablado las historias, ni aun mintiendo los
diccionarios mercantiles y geográficos. Es notorio que florece en
este género la Nueva España en la provincia de Guatemala, y lo
saben bien los extranjeros. Dice un autor francés en su diccionario
mercantil traducido en italiano: Que el añil es una de las
riquezas principales de las colonias francesas, y que los Franceses
mas aun que los Holandeses y negociantes de Liorna lo llevan á
Smirna, y buscan singularmente aquel de Guatemala y de Santo
Domingo (quiere decir de su a Guarico) como el añil mas estimado en
Levante. De ahí se ve cuan apreciable ramo de comercio sea el
añil, y cuan recomendable es la provincia que lo produce y
subministra. No carece de esta gloria la de Santa Marta. Tiene este
género, pero oculto mas al comercio español que al extranjero. Y
tuviera en gran copia si entraran en la provincia manos
industriosas y trabajadoras, que cultivando el terreno lo hicieran
rendir el fruto que puede dar, segun su fecundidad, al dueño.
Prescindiendo de lo demás de la provincia, en la cual hay á las
orillas de tantos rios tanto terreno inculto, capaz de dar este
precioso fruto, entro á hablar no mas de las inmediaciones de la
misma ciudad capital, y de su puerto, para que se eche de ver cuan
fácilmente y á la mano puede obtenerse el añil para transportarlo á
los reinos de España. A medio cuarto de distancia de la ciudad de
Santa Marta corre el rio Manzanares, rio mediano, pero de agua
excelente y muy saludable, que llaman agua de zarza, de la cual
bebe toda la ciudad, y desemboca luego en el mismo puerto de Santa
Marta. A las orillas de este rio ví un campo sembrado todo de añil,
y no entendia yo lo que veia. Es tan parecida la planta del añil al
lino en todo, que me pareció realmente ver un campo de lino verde,
y florido á maravilla. Es el caso, que me habia convidado á ir á
ver su hacienda un caballero llamado don Juan de Avilés, el cual
habia dejado el baston de gobernador á su succesor don Pedro
Galeano. Era el Avilés hombre muy capaz, de muchas luces, y muy
inteligente en materia de comercio. Con el giro que visitando, como
gobernador, toda la provincia, habia dado por aquellos valles y
fecundos terrenos, y con las observaciones que residiendo en Santa
Marta habia hecho sobre las industrias y práctica de los
extranjeros en buscar y fomentar su comercio, entró en la idea y
proyecto de formar una hacienda de añil, y entablar y promover el
comercio de tan apreciado fruto en la provincia. Casi á media legua
de la ciudad fabricó una casa como de recreo sobre las márgenes del
Manzanares, y por diversion y prueba comenzó á sembrar el añil en
aquel terreno inmediato al rio y á la casa. Salióle tan á medida de
su deseo el proyecto, tan copioso el fruto, y de tan buena calidad
el añil, que luego para el beneficio hizo su ingenio, especie de
prensa ó de molino para exprimir del añil el jugo, y comenzó á
entablar el comercio, llevando siempre adelante su empresa, que no
le salia mal; por lo menos cuarenta mil pesos de caudal tenia,
segun la fama pública, cuando yo salí de Santa Marta. Este buen
caballero, amante del bien de la provincia y de la monarquía, se
lamentaba de la desidia de los vecinos, de la falta de gente
industriosa, y de que no se promoviera este género y otros en la
provincia, que tiene tan fecundos terrenos para todo fruto. Con el
gusto y deseo que tenia dicho señor de que vieran todos felizmente
ejecutado su proyecto, me convidó á que, por modo de paseo, fuera á
ver su hacienda. Fuí, y ví el gran campó de añil ya alto y florido,
vi la casa y las fábricas, y entendí de la boca del caballero cuan
solícitos andaban los bergantines extranjeros de llevarse aquel
añil, y cuanto lo exortaban á sembrar mas para mas adelantar ellos
su comercio. Pero mejor es que ceda en bien y ventajas del comercio
de España. Con esta ocasion me instruí, y llegué á conocer cuan
abundante cosecha de añil pudiera cogerse en una y otra orilla de
aquel rió, sembrándolo desde la ciudad misma de Santa Marta, por
tres ó cuatro jornadas hácia las cabeceras en aquel delicioso
terreno. Semejante á este hay otros vastísimos, capaces de dar este
género, que pudiera ser con el tiempo un ramo grande de comercio en
el Nuevo Reino. Sirve el añil no solo para los tintes, sino tambien
para las pinturas. El tinte y color es azul, y los pintores lo
buscan singularmente para dar las sombras y fondo á la pintura dé
este color. Y ya que hablo de pintores y de color azul, puesto que
escribo para el bien público, no quiero omitir esta digresion á
otro color azul, que abunda bastante en lo interior del Nuevo
Reino, y puede aun conseguirse fácilrnente en Santa Marta por la
via de Ocaña. Este es
|el azul de la Grita, así llamado,
porque se coge junto á un pueblo llamado la Grita. Este color es de
una mina, de la cual se sacan pedacitos de tierra azul; y realmente
no es otra cosa que polvos de tierra azul, hechos ó compuestos á
modo de bolitas ó píldoras gruesas. Es á la vista un azul
hermosísimo, claro y celeste: lo aprecian y solicitan mucho los
pintores; y mezclado, segun las reglas del arte, con el azul de
Prusia, hace un azul templado, ni muy claro ni muy oscuro. Paréceme
que suele venderse en Santa Fe á cuatro escudos la libra. No he
oido jamás que salga del reino sino para Quito. Mas para lo que
pueda servir á los pintores de España, he dado esta noticia junto
con la de el añil ó azul de Santa Marta.