DISCURSO
IX.
|
Del fabuloso y verdadero Dorado de
la América
Me ha impelido a este discurso la lección de la
|Historia del
Orinoco, dada a la pública luz por el ilustre señor abate don
Felipe Gili. Está graciosísimo en el libro tercero de su Historia,
tratando en el capitulo V del Dorado. Rechazando fábulas dice mil
verdades; pero buscando con tantos autores y peregrinos de la
América la luz de la verdad, nos deja entre sombras. Niega el
supuesto Dorado, y nos supone otro. Nos presenta un rey dorado por
origen del Dorado fabuloso: y no descubre el fundamento verdadero
|de la fábula. Entra, o introdúcese en el Dorado, exponiendo
el sentido de la voz y común inteligencia del
|Dorado. Y
hablando en el sentido de Orinoco, (que no es el común del reino)
va descubriendo y figurando un país donde todo es de oro. De oro
las casas, de oro lar armas, de oro los arneses, de oro las azadas
y martillos, de oro las peñas, y de oro las arenas de los ríos, de
oro los vasos y muebles de cocina. Y no sé cómo no ha puesto las
aguas de oro y los jardines o campañas también de oro. Tal nos
supone el señor don Felipe el
|Dorado, según el sentido de
las
|regiones de la
|América; y lo extraño, pudiendo él
haber leído en el
|Orinoco ilustrado del padre Gumilla
|(1)
,
que lo que con ansia buscaban los conquistadores era un valle
y un territorio con peñascos y guijarros de oro, y eso no más
entendían por el
|Dorado. Bajo de tal supuesto afirma
el señor Gili, que más de siglos hace que se va en busca del
Dorado, y que no se sabe todavía dónde está. Y en eso dice
muchísima verdad, y pudiera añadir que bien pueden buscarlo hasta
el día del juicio los curiosos, que nunca lo hallarán. Debe el
público al señor abate Gili el clarísimo desengaño en este punto,
de que Dorado tan dorado es una fábula. Si allí parara el
historiador, no había qué decir. Pero,
|incídit in Scyllam,
cupiens vitare, Charibdim. En lugar de esa reprobada fábula nos
mete otra, y mudada la escena hace comparecer en el teatro a un rey
dorado, cuyo real mando sobre la desnuda carne es el oro bien
molido, del cual todos los días se cubre a la mañana y a la noche
se lava y cubriéndose de cabeza a pies de nuevos polvos de oro, al
siguiente día amanece como nuevo sol con sus dotados rayos todos
los días. Aunque no afirma positivamente el señor Gili la
existencia de tal rey, parece que la cree, con tal que sea rey ó
príncipe de cabeza a pies empolvado de oro, pero sin
|techos ni
palacios de oro, sin paredes ó murallas de oro. O
|questi, exclama,
|si sois finti dappoi. Sea lo que
fuere de su creencia, manifiestamente asegura haber sido ésta la
significación de la voz
|Dorado en sus principios. Y es tan
falsa esta significación del Dorado como la primera; porque ni una
ni otra significación tiene la voz del Dorado en la antigua y
presente persuasión del nuevo reino y provincias de la América más
cultas y traficadas. Excuso, como debo, según las leyes de la
amistad, al amigo don Felipe Gil en dos cosas, que son: el haberse
gobernado por las voces oídas en los retiros del Orinoco, para
interpretar el sentido de la palabra
|Dorado, que en el uso
del idioma castizo español tiene otra fuerza y significación: y el
haber adherido demasiadamente a Oviedo, que en cierta carta hizo
llegar basta Roma la fama del príncipe empolvado de oro que andaba
por la América de incógnito con el nombre de
|Dorado. No hay
ni hubo tal rey encubierto bajo. el nombre de Dorado. Pregunta el
señor abate Gili en lengua italiana (pero digámoslo en nuestra
lengua): ¿De dónde, pues, ha salido un nombre que ha engañado
a todos los viajantes?
|Eccolo, dice, de no atender bien al
sentido español de la voz
|Dorado, la cual no significa un
|lugar de oro, como se ha pretendido en tantos años por
tantos autores;
|mà un uomo dorato o indorato: sino un hombre
dorado ó sobre dorado. E
|s disculpable un italiano, y
nativo romano, como es don Felipe,
|si no da toda aquella
fuerza y extensión de sentido que tiene en la propia nacion una voz
española. Como en italiano se dice
|dorato è indorato, en
idioma español hay estas dos voces
|, dorado y
|sobredorado. Esta última no se aplica sino a cosas sobre la
cual se pone el oro: mas la voz
|dorado se puede aplicar
también a cosa de oro con elegancia. Y así se dice:
|Las doradas
arenas del Ganges, no porque el Ganges sea enpolvado de oro
como el rey Dorado de Oviedo, ni porque sus arenas tengan oro
sobrepuesto, como tenían los cabellos del rey Dorado, sino porque
son arenas realmente de oro y echan sus relumbrones de oro. Así en
lengua española, cuyas voces, como todo el mundo sabe, son
igualmente expresivas que sonoras y elegantes, se dice muy bien
|dorado cerro el que tiene mucho:
|doradas peñas, las
que contienen en sus vetas el oro; y no se dijera cerro sobre
dorado, ni sobre doradas peñas. Como por el contrario el rey
empolvado de oro, que, según Gil y Oviedo, sobre los cabellos y
sobre todo el cuerpo se echaba polvo, de oro más propiamente podía
llamarse sobre
|dorado, esto es, rey con oro sobrepuesto. De
lo cual se deduce en buen romance, que no se ha de coartar la voz
|Dorado a la precisa significación del
|uomo dorato e
indorado, de hombre dorado, sino que puede convenir muy
propiamente a un cerro, á un monte, á un río de oro, como pudiera
comprobar con otras tazones y con ejemplos de otras voces y
testimonios de varios autores españoles, y poetas singularmente.
Pero basta lo dicho para no molestar al lector, y para excusar al
señor Gili en el punto de la significación de la voz
|dorado.
Y para excusarlo en lo demás,vengo a descubrir al público la
antigua y primera significación e inteligencia del Dorado en la
América meridional; y a decir claramente dónde estaba y está el
Dorado verdadero de la América; con lo cual se deshará la autoridad
de Oviedo en tal asunto, en la que especialmente se funda el señor
abate Gili.
|§ II.
Es constante y notorio que la primera provincia de la Tierra
Firme y de la América meridional que poblaron los españoles, fue la
de Santa Marta. Ya dijimos que allí comenzaron los conquistadores a
ver y tomar el gusto al oro; allí consiguieron, ó de regalos que
voluntarios les presentaban los Indios, ó por despojos de sus
victorias, considerables cantidades de oro. De suerte que desde
entonces fue llamada la provincia de Santa Marta y la de Urabá
Castilla de oro, como consta de todas las historias y geografías
antiguas de la Tierra Firme. Al paso que crecía el oro en las manos
de los españoles, se aumentaban las noticias y rumor del oro que
había en lo más interior de
|
la provincia. Sonaban
especialmente las noticias de un cierto cerro llamado de
|Tairona. Decíase que contenía grandes riquezas, y
singularmente riquísimas minas de oro; que los Taironas eran los
dueños de este cerro, más que no dejaban llegar a él ni a sus más
amigos. Con el gusto de tales noticias, con la aprehensión de
montes de oro, entre la confusión de pretendientes, comenzó la voz
del
|Cerro de Oro en unos; en otros de más elevada fantasía
la de el
|Cerro Dorado; y luégo por antonomasia la de
|el
Dorado absolutamente. Y bajo de ese renombre se buscó varias
veces, y por resistencia del indio Tairona nunca se pudo hallar:
quedóse el Cerro de Oro en la provincia y se fue en las lenguas de
los conquistadores del reino la fama del
|Dorado. Esta con el
tiempo fue creciendo, entre diversidad de naciones se fue
confundiendo y mezclando con mil ficciones. Por fin, ha llevado
engañados a tantos, que teniendo el verdadero Dorado cerca lo han
buscado lejos, y a tantos tutores que guiados de las últimas
noticias, olvidaron las primeras y originales. De donde ha nacido
el dar por fabuloso el Dorado, como un reino todo de oro, ó un
príncipe empolvado de oro.
Puede parecer arbitraria y forjada de nueva planta en mi
capricho la noticia; mas yo digo que ninguna relación del Dorado es
más verosímil, ni opinión alguna contraria es más sólida ni más
probable; como verá cualquiera que con reflexión considere los
fundamentos que ya produzco. Sea el primero el haber salido de
Santa Marta la primera voz y fama del Dorado, como asegura con la
común de varios historiadores el padre Gumilla mismo, y haberse
ella extendido al paso mismo con que entraban los conquistadores en
nuevas tierras. Voy siguiendo las indelebles huellas de los
conquistadores al lento paso del señor abate Gili, y en cada nueva
región que salidos de Santa Marta ocupan ellos halló un Dorado.
Salieron de Santa Marta para conquistar la provincia de Calamari,
llamada hay de Cartagena, y
|en Cartagena se esparció la voz
del Dorado, y allí se
|creyó, según el abate Gili
|(2)
. De
Santa Marta por Opón salieron a Vélez los conquistadores; en Vélez
sonó, y
|se creyó el Dorado
|(3)
. De Vélez entraron en los Moscas, y
reino de Bogotá; allí se oyó la fama, y se creyó el Dorado
|(4)
. De
Bogotá, Vélez y Tunja, fueron los conquistadores a la conquista de
Sogamoso y del templo del sol, y allí por la voz y rumor que
siempre más se extendía, se
creyó el Dorado
|(5)
. Por fin, para
ahorrar pasos y fastidio, llegaron los conquistadores a Quito: allí
estuvo luégo el Dorado. A Venezuela, a los llanos de San Juan, al
Orinoco, a Timaná, a la provincia de Ibagué, y a otras provincias,
y en todas hubo luégo Dorado; porque sonaba en las lenguas de los
españoles salidos de Santa Marta el rumor del Dorado, que
alborotaba las fantasías e introducía en las provincias la codicia
de tenerlo. En Santa Marta se formó la voz del Dorado; el eco
resonó en todo el reino; fuéronse los curiosos o codiciosos tras el
eco, y engañados se alelaron del sitio donde se había formado y
levantado la voz. Como quien alucinado sigue la sombra y deja el
cuerpo, así innumerables españoles, franceses, ingleses y
forasteros, gobernados al eco sonoro del Dorado lo buscaron por los
valles sombríos, por los elevados montes y por los cerros más
ásperos y quebrados; perdieron sus haciendas, salud y vidas; y como
asegura con tantos autores y prácticos viajeros el señor abate
Gili, hasta ahora no lo han hallado. La razón es clara: porque por
todas partes lo han buscado, menos en donde está. Y ve aquí otro
fundamento de que está en la provincia de Santa Marta, donde menos
se ha buscado, y el sitio donde los curiosos nunca pudieron entrar
ni averiguar si estaba tal Dorado.
|
¿Pues dónde está? ¿Y qué
Dorado es ese? Digo que es el cerro antiguamente, y aún ahora
llamado
|el cerro de Tairona. Y ese está entre la Sierra
Nevada y la tierra de los Chimilas. Claramente lo afirmo y lo
pruebo con dos razones. La primera, porque éste es el Cerro de Oro.
La segunda, por la voz y fama común bien fundada.
|§ III.
Vamos a lo primero. Cerro de oro o monte de oro llamo al que
tiene mucho oro y mucha riqueza en sus entrañas y vetas, y en tánta
copia, que por antonomasia llamarse puede Cerro de oro, ó monte
Dorado, no por el oro que cubra la superficie, sino por el oro que
dentro tiene y luce en sus canteras y minas. No dudo que en el
Nuevo Reino de Granada, más rico de lo que se juzga, y que a reino
ninguno cede en riquezas, hay varios cerros, montes y valles llenos
de oro; más el cerro por antonomasia llamado
|Dorado, por la
primicia de antigüedad en haberse llevado las atenciones de los
conquistadores, de haberles ofrecido las doradas primicias de los
tesoros de la América meridional y de haberse merecido la voz común
y fama de
|el Dorado, es el
|cerro de Tairona. Este
cerro viene a estar, ó en el valle mismo llamado también de
|Tairona, ó es uno de los cerros que forman la cordillera que
sigue por la parte de occidente hasta la
|Ciénaga y
extremidades de la provincia del Chimila, que confina con el río
Magdalena. En esto varían de opiniones los historiadores y vecinos
de Santa Marta. Lo cierto es, que el cerro de Tairona hasta ahora
es celebrado, deseado y codiciado en la provincia de Santa Marta
como el Dorado, y no sin fundamento. Tairona, en lengua de aquellos
Indios, es palabra que significa
|fragua. Y que hubiera
fragua de oro y de plata a la falda del cerro, y que algunos Indios
hallaron despues los vestigios de hornillas y fundiciones, ya lo
dijimos con el ilustrísimo Piedraita. Mas ahora añadiré con él
mismo lo que no dije. El valiente capitán don Pedro de Ursúa,
por los años de 1552, para servir honrado a su monarca católico,
quiso emprender la conquista de los Taironas, una de las naciones
más belicosas de las Indias. Oyó la voz que celebraba las riquezas
del Tairona, del cerro y del valle en que estaban los minerales de
oro y platería, en que se fundían las primorosas joyas de
filigrana, en varias figuras, de águilas, de sapos y culebras
orejeras, chagualas, medias lunas y cañutillos, de que tan vistosa
y ricamente se arreaban todas las naciones que corren desde el cabo
de la Vela, hasta las extremidades de Urabá, y la suma cuantiosa de
oro en puntas y polvos, etc. Todo lo refiere el ilustrísimo señor Piedraita
|(6)
y añade que tales noticias habían
desvelado mucho tiempo el magnánimo espíritu de Pedro de Ursúa, no
tanto por adquirir riquezas para si, de que siempre se mostró poco
ambicioso, cuanto por conseguir la gloria de que por su medio las
participase su príncipe. Tales eran las riquezas del cerro y
valle de Tairona, dignas de un monarca de España. Emprendió Ursúa
la conquista, y desde Santa Marta salió con su ejército, que
constaba de doce caballos y cuarenta infames:
|Exigui numero, sed
bello vivida virtus. Así que por las espías supieron los
Taironas que dirigía su rumbo Pedro de Ursúa hacia sus tierras, de
común acuerdo
| resolvieron en concejo pleno fingir paz y
salirse obsequiosos al encuentro. Así lo hicieron, y el cacique le
despachó embajadores con un rico presente de cañoncillos de pavas
llenos de oro en polvo, proponiéndole que si gustaba de entrar en
su ciudad de Posigueica, famosa plaza de armas de la nacion
tairona, lo tendrían a suma felicidad, y si trataba de hacer alguna
jornada, le serviría y haría acompañar de su gente con buena
amistad y a su gusto y satisfacción. En suma, lo que hace a mi
intento es, que admitió las ofertas Ursúa, entró en Posigueica,
luégo preguntó por el valle de Tairona tan celebrado, con sumo
deseo de encontrarlo salió a reconocer la tierra, vio muchas
poblaciones hacia la Sierra Nevada; en todas poca gente, pero en
cada una los cañoncillos de oro que menudeaban. En fin, todo lo
reconoció, menos el valle de Tairona. A éste no lo condujeron los
sagaces Indios, sino que esperándole en la angostura de Origo, le
ciñeron tres mil bárbaros Taironas, Bondas y Bodiguas, con sus
macanas y flechas envenenadas. Al romper del alba comenzó la
guazabara de los Indios; el clamor de las voces y estruendo de los
caracoles, despertó el campo español, dormido sin recelo; Ursúa
estaba con la cuartana; pero más valiente que el león, a quien
abate la fiebre, salta del catre, y nada perdiendo de su animoso
espíritu, por más que veía atropellados los suyos por la campaña,
con la espada en mano, y con la voz dándoles valor y consejos,
rompe haciendo estragos entre los bárbaros; ábrese camino por entre
flechas y macanas, hasta ponerse con su gente en seguro y dejar
burlado, confuso y aturdido al Tairona, al ver que un español
enfermo, descalzo y metido en tal angostura con solos doce
combatientes había atropellado sus tropas, dejando el monte
sembrado de penachos y escarmientos. No llegó Ursúa a ver el cerro
Dorado; pero ganó una victoria que le merecía una estatua de oro
por inmortal monumento de su valor. Volvió a Santa Marta más
coronado de laureles que rico de oro. Dejó para otros el valle y
cerro riquísimo de Tairona y eternizando su memoria en la
posteridad, dejó en toda la provincia confirmada y perpetua la fama
del Dorado, que alterada y confusa se propagó despues a porfía por
todo el reino de América.
|§ IV.
Esta fama dura presentemente en Santa Marta, y nadie hasta ahora
ha reconocido tal valle, ni penetrado las faldas y cumbres de
|
cerro tan precioso, porque nadie se atreve a exponer su
cuerpo a las emboscadas y flechas del Indio chimila, que ocupando
los intermedios, corre y gira por todas aquellas tierras
|
y
con sus asechanzas y traidoras mañas sale por los confines y tiene
aterrorizadas las gentes circunvecinas. De los taironas, se acabó
ya la nacion, ni de cien años a esta parte se ve un Indio tairona,
ni se oye de los taironas acción vital ni buena ni mala: señal de
que ya se extinguió tal nacion, pero queda la fama del valle y del
cerro de Tairona, creido en la provincia desde los primeros tiempos
por el Dorado; y queda la nacion bárbara de los chimilas, para
impedir su descubrimiento deseado. El haber salido de Santa Marta
la primera voz del
|Dorado, el haberse extendido por todo el
reino, al paso mismo que desde Santa Marta se extendían las
conquistas; el haber sonado por todo lo restante de la América
hasta el Perú y haberse buscado por todas las provincias, fuera de
la de Santa Marta
|, y en ninguna haberse encontrado; el ser
cosa cierta haber sacado de la provincia de Santa Marta los
primeros conquistadores muchísimo oro; el haberse hallado en el
valle y cerro de Tairona vestigios de fraguas de oro y de plata y
joyería, según el significado de la indiana voz
|Tairona y
quedar en la provincia la fama de las muchas riquezas de tal cerro,
fama divulgada por todo el mundo en muchos libros de diversas
lenguas y naciones; en estas razones confirmadas
|con varios
sucesos históricos, apoyo mi discurso y proposición de que el
Dorado, atendida su primitiva originaria significación, está en la
provincia de Santa Marta; y que según la común inteligencia de las
personas más noticiosas, cultas y prácticas de todo el Nuevo Reino,
no tiene significado con el nombre
|da Dorado, ni
|
un
reino tan de oro, como en sentido de Orinoco expone jocoso el señor
abate Gili. Ni un rey de cabeza a pies empolvado de oro, como el
mismo historiador, con el señor Oviedo, hacen comparecer en el
teatro del mundo, con la presunta seguridad de haber con nuevas
luces iluminado y desengañado el público de que el Dorado tan
famoso ha venido a parar en un príncipe empolvado de oro. Príncipe
tan dorado, que fue capaz de excitar todo el espíritu, deseo y
ansias de un Francisco Pizarro, para buscarlo y saludarlo á costa
de inmensos sudores y trabajos. Con mucha menos fatiga podían
haber hallado los conquistadores en el Nuevo Remo de Granada, en el
valle de Somondoco, un Dorado que fuera también empolvado de oro,
pues estaba allí el sacerdote de los ídolos, que todos los días se
untaba de cierto ungüento y se hacía soplar polvos de oro con un
cañuto, y ve ahí, que como en el Perú había un Dorado que era rey,
en el Nuevo Reino había otro Dorado que era sacerdote. Ó fueron
ciegos los conquistadores que buscando el Dorado se encontraron con
ese sacerdote, y no lo vieron dorado, ó realmente no se entendió
desde el principio por Dorado un hombre empolvado de oro.
Mas porque al señor abate Gili le parece con una carta de Oviedo
al cardenal Bembo haber satisfecho al empeño de manifestar al mundo
la verdad; tanto que con epifonema decisivo pudo llegar a decir:
|Consta pur troppo dallia citata letera,
|qual fosse al
principio la sígnificazione della voce Dorado, e che in oggi le si
da un senso violento, che mai non ebbe in bocca di Orellana, che ne
diede le prime nuove. Vengo yo a desengañar al amigo y señor
don Felipe con otra carta escrita, no al cardenal, sino a la
augusta cesárea, católica majestad de Carlos V, entonces reinante
en España y en las Indias. Carta no escrita de un particular, como
Oviedo, sino del Virrey de la Nueva España; no de fecha de
1543
|, sino de 1533
|. Carta traducida en italiano y
estampada en Venecia en el 1534; y que ya diez años antes de la
fecha de Oviedo trae el Dorado con el nombre de Monte de oro, en
cuyo descubrimiento fue el excelentísimo Francisco Pizarro. Y ya
que no me es posible copiarla de su original español, me tomo el
trabajo de copiarla con fidelidad y presentarla al público tal cual
está estampada en italiano antiguo, aunque no entera, por contener
otras noticias que no conciernen a nuestro asunto. El título del
libro es este:
|Isolario di Benedetto Bordone... con la gionta
del Monte de oro nuovamente ritrovata M.D. XXXIIII.
Copia delle lettere del Preffetto
della India la Nuova
Spagna detta, alla Cesarea Maestà rescritte.
ALLA SERENISSIMA E CATOLICA MAESTÀ CESAREA
« Carrivata una nave per il viaggio di Nicarugha dal
prefetto di Quatimala qua mandata, alla quale (che incredibili ci
rapportava) non avremo dato fede, se per lettere non fossemo, dall
governatore di vostra maestà, delle medesime cose stati accertati,
e quello che a ciò credere più ci induce, e che le medesime cose,
per lettere delle prefetti, e capitani, e officiali della provincia
del Perù tutte del medesimo tenore habiamo ricevute, delle quali
lettere li avvisi sono questi. Sappiate che sotto li XV di Marzo
MDXXXIII è venuta da Perù in Caruga una navicella, la quale ha
rapportato come Francesco Pizarro governatore, avendo ricercata, e
riveduta con diligentia la provincia, e la colonia di Santo
Michele, e il resto delli castelli, fra l altri esser andato
ad un cazico, il quale Atabalico per nome si domanda, con dugento
uomini... Nelli allogiamenti loro cinquanta millia pessanti, che
sono cincquanta millia ducati d oro finissimo si ritrovarono.
E di argento vinti tre millia marchi. Raccontano ancora uno ordine,
e
|
una pompa di Atabalico maravigliosa, e dicono che esso
andava in lettica d oro, di panní d oro tutta coperta,
e di preciosisime gemme ornata, delli quali dicono essere tre di
pregio inestimabili, e di maravigliosa grandezza... Dipoi dopo
giorni XL arrivò una altra nave da Nicaria, la quale le medesime
cose rapportava: Dicendo, Atabalico aber promesso allí nostri uno
grande numero d oro, del quale facilmente si empirebbe una
sala quadra aIla Spagnuola, e molto maggior numero di argento...
Aggiungo a questo, che volendo gli Spagnuoli portare in pignate, e
altre masseritie lo oro, rompevano alcuna pezzi grandi di esso di
libre cinquanta il pezzo, acciochè potessero in niinori pczzi
meglio accomodarlo. Il che intendendo
|
Atabalico, dicono, che
molto merevigliato riprendeva la sciocchezza degli Spagnuoli,
pregandoli che non pigliassero tanta fatica, che egli prometteva di
dare tanto oro, quanto esse desideravano. Dicono essersi portato di
la sessanta millia marchi dil finissimo argento... Dopo le quali
cose dicono, che il detto Francesco Pizarro mandò Ferdinando suo
fratello con alcuni suoi soldati, i quali tutta la provincia
diligentemente ricercassero. Il quale fra pochi giorni ritornato
portò cinquanta millia ducati d oro; imperocchè dicono
esserne la tanta abbondanza, che pare sin cosa incredibile, e da
ridere ad udirla; perciocchè dicono gli Indiani e li detto
Atabalico che acciocchè noi satisfaciamo al desiderio ed alla fame
nostra infinita del oro, non bisogna che noi diriamo fatica molta
che pur che noi diamo ii fuoco alle caverne e rotture di quelli
monti, distillaranno tanto oro, e tanto argento quanto noi
desideriamo. Questo delli lettere di tutti il governatore di vostra
maestà
|s intende, questo tutte scrivono, e li
naviganti di là lo affermano, e molti che la sono ,con lettere
esortano, e pregano loro amici, e parenti che lassino là loro
povertà, e vadino dove sono essi, e dicono esser là Vigna di Dio,
ecc., ecc. Perciò permette il Sommo Dio, che tali luoghi venghino
in noticia al tempo di vostra maestà acciocchè essa abbia ad
accrescere la fede sua, ne gli abbia di mancar il modo non solo a
discacciar li infedeli, ma a distruggerli, e annullarli al tutto
«.
Registro, ecc. Venecia MDXXXIIII.
De esta carta se deducen tres cosas. La primera, que desde el
año 1533 por el
|Dorado se entendió
|Monte de oro; y
sin duda hallándose en español la voz
|Dorado, la vertió
|Monte de oro el veneciano, porque ya corría que el Dorado
era un monte ó cerro de oro: no reino todo de oro con armas y
azadas de oro, como suponía con los de Orinoco el señor don Felipe
Guili. La segunda, que en esta carta al rey de España no solo no se
hace mención del gran príncipe empolvado de oro, sino que se dice
que podían pegar fuego á las cavernas y roturas del monte, y verían
chorrear el oro a medida de su deseo. Y hablándose en esta carta de
la misma expedición del señor Pizarro, de la cual escribe Oviedo al
cardenal Bembo de tan raras maravillas y fenómenos de oro, era
natural que expusiera el virrey de la Nueva España á su majestad el
fenómeno singular de haber hallado y visto un rey que todos los
días se vestía de polvos de oro. La tercera, que si es verdad
cuanto dice la carta al Rey Católico, hemos de confesar, que en el
Perú había montes y cerros de oro, y por consiguiente también
Dorado; así parece. Y yo añado que no solo en el Perú, sino también
en el Nuevo Reino de Granada, había y hay presentemente montes ó
cerros de oro; pues asegura el señor Piedraita, y mas la
experiencia, que en trescientas leguas que hasta juntarse corren
el gran río de la Magdalena, y el Cauca, por diversas provincias
cada uno, no hay palmo de tierra que no cubra oro. Y para concluir
de una vez este asunto, digo que sea lo que fuere de otros dorados
y cerros de oro, en la provincia de Santa Marta comenzó á sonar la
voz del Dorado por el cerro y valle de Tairona, riquísimos de oro,
de plata y piedras preciosas que todavía están las riquezas de las
minas y minerales antiguos qué en otras partes innumerables han
buscado un Dorado puramente imaginado, y no lo han hallado; y el
verdadero y primitivo que está en Santa Marta, entre la Sierra
Nevada, y río de la Magdalena, no lo han visto porque no lo han
buscado, y no lo han buscado ni se busca, porque no habiendo dejado
casi Indio feroz y bárbaro en todo lo demás del reino, solo en la
desgraciada provincia de Santa Marta se ha dejado con guajiros y
motilones, el chimila cruel y vagabundo, que impide penetrar hasta
donde están los tesoros escondidos, y el cerro Dorado verdadero y
primitivo. Los Indios, para echar de su tierras á los españoles,
les proponían Dorados en otras y así la codicia y fama del Dorado
se fue extendiendo en todas.