INDICE




XVIII
 

 

Los recuestos y explanadas ascendentes de Boavita y Uvita concluyen al N. y N.-E. con el territorio de Soatá, por las elevadas cumbres de una serranía estratiforme y anchurosa, que es un ramal de la cordillera oriental de los Andes granadinos. Media entre Uvita y la villa del Cocuy la distancia de seis leguas, ora se tome el camino que atravesando el Alto de Belén pasa por La Capilla, ora su paralelo que a mano derecha salva el Alto del Cocuy por junto al tempestuoso páramo del Escobal, donde la serranía  se manifiesta destrozada y cubierta de sus propias ruinas colosales. Como en el ramal fronterizo que divide los cantones de San Gil y Soatá, encontramos por primera vez fragmentos visibles de rocas graníticas, las cuales generalmente están ocultas bajo estratos poderosos de transición y secundarios en nuestros Andes del norte, resolvimos tomar el segundo de los indicados caminos, esperanzados de hallar patente la formación granítica en las grandes roturas y derrumbes del páramo, puesto que guarda con el ramal de Onzaga notables analogías de constitución y dirección. Con todo eso, y a pesar de haber subido 4.218 metros, que es la altura del Escobal, solo encontramos rocas de sedimento en estratos violentamente sublevados, o en trozos que algún terremoto esparció por las faldas y precipicios, con los caracteres del terreno péneo de la formación secundaria. El sistema de levantamiento es allí por líneas rectas de sur a norte, sin descubrirse el eje mineralógico de la serranía, sino estratos poderosos de calizas magnesíferas y areniscas rojizas, remate de los esquistos y terrenos carboníferos que habíamos dejado en la región inferior cortada por el Chicamocha. 

Según íbamos acercándonos al Alto del Cocuy (3.866 metros, temperatura 9° centígrados a las 8:30 a. m.), la vegetación vigorosa desaparecía, quedando en su lugar los arbustos enanos resinosos, las gramíneas y los musgos, hasta que por fin, coronada la altura, entramos en la región exclusiva del frailejón, que en aquellos lugares mece su triste paraguas de hojas amarillentas sobre un tronco de 5 a 8 metros, chorreado y ennegrecido por la abundante trementina que destila esta planta, tan fea para la vista como útil para excitar el calor de la piel, pareciendo que la Providencia la colocó en nuestros páramos con el fin de animar al hombre a transitarlos. Caminábamos por una senda pedregosa, llevando a la derecha los desnudos picachos del Escobal, y a la izquierda los gigantescos paredones de una cortadura irregular por cuyo fondo se oía correr a saltos un riachuelo. Fugas de viento helado se precipitaban silbando por el ancho callejón, trayéndonos remolinos de espesa niebla en que largo rato permanecíamos envueltos. La soledad y profundo silencio del lugar, las enormes rocas desnudas que se alzan por todas partes en medio de las ruinas de cerros postrados unos sobre otros, mezclando sus restos ponderosos lanzados a gran distancia, el opaco y triste cielo por cuyo espacio giraban buitres corpulentos y algún cóndor con la majestad del señor de las aves carniceras, todo esto formaba una escena sublime de aridez y devastación que nos mantenía involuntariamente callados, como si nos oprimiera la idea del desamparo en que allí se encuentra el  viajero. Una voz monótona y triste que devolvían los ecos de las peñas, vino a sacarnos de nuestra distracción, y buscando con la vista quién cantaba de esa manera en aquel desierto, columbramos a lo lejos, y acurrucada junto a las rocas, una mujer vestida de bayeta, oculto el rostro bajo el ancho sombrero de trenza que llevaba encasquetado, y rodeada de algunas ovejas negras que pastaban la escasa yerba. Informónos el guía que esta mujer vivía sola con su hija en lo más agreste del páramo, sustentándose con los productos de su pobre rebaño. Cantaba para espantar los buitres, que en no oyendo la voz se arrojan sobre los corderillos y los llevan arrebatados hasta los picachos inaccesibles donde hacen su habitación. Había no sé qué de raro y misterioso en esa manera de existir, fuera de todo comercio humano, sin más amparo que Dios en lo alto y la indiferencia de los hombres en la tierra. Compadecidos llamamos a la vieja cantora para dejarle un recuerdo nuestro; a los primeros gritos que resonaron en el espacio, cesó ella de cantar, nos examinó breve rato y luego, sin hacer caso de nuestras señas, tomó a bajar la cabeza y a entonar sus melancólicas endechas. ¿Qué pesar, o qué escarmiento terrible encerraría en el alma esta desventurada? Lo preguntamos, y se reían de nuestra pregunta, como si la sensibilidad y el pensamiento no existieran también bajo los harapos de la miseria. Nadie sabía la historia de esta mujer, ni los motivos de su confinamiento en lugares inhabitados: era infeliz y oscura, y para las gentes acomodadas tales seres no tienen historia; apenas tienen alma racional. 

Transpuesta la cumbre sigue una bajada rápida por la cual se andan dos leguas para llegar a la cabecera del cantón. Situada en la confluencia de tres estribos que se desprenden de la serranía principal, la villa del Cocuy ocupa un valle reducido e inclinado y recibe de lleno los vientos destemplados del vecino páramo. Su temperatura media es 13° centígrados, y su altura sobre el nivel del mar 2.757 metros. Cuenta un número considerable de casas de teja, y sus calles se ven frecuentemente animadas por la concurrencia de tratantes que de Soatá, Socorro, Girón, Málaga, Ocaña, Santander, Casanare y Bogotá, concurren a cambiar los frutos exportables de sus respectivas provincias, por las abundantes producciones agrícolas, los ganados y las manufacturas del Cocuy entre las cuales se hacen notar por su buena calidad las bayetas y frazadas. La fertilidad del suelo es admirable, y no obstante que la temperatura más alta en el cantón es la de Espino (20 grados), se produce el maíz de grano tan grande como las habas comunes y prosperan la caña de azúcar y el plátano. Rodeado de altas cadenas de cerros fragosos, carece de buenos caminos para el comercio activo que sostendría con sus cuantiosos frutos después de mantener en la abundancia los 32.849 habitantes contenidos en 47 leguas cuadradas de territorio, de las cuales 15 permanecen inocupadas, por ser de páramos. Así los años felices los reputa el agricultor como una calamidad, por el abatimiento de precio que sufren los frutos aglomerados sin salida. Los habitantes son de raza blanca e india, estando ésta en minoría por la rápida absorción que hace de ella la primera, habiendo resultado un tipo mixto, que no por carecer de la belleza del caucáseo, deja de ser bien conformado y vigoroso; y como el suelo del cantón se compone de continuados cerros cortados por caminos desiguales y fragosos que los naturales transitan a pie, adquieren en este ejercicio constante desde la niñez un desarrollo muscular y una agilidad singulares, haciendo sin fatigas largas marchas, cargados con maletas de tres y cuatro arrobas de peso, al mismo andar cuesta arriba o cuesta abajo, de tal modo acostumbrados a las serranías que cuando han caminado largo rato por llanuras, suspiran por una subida y una bajada "para descansar", como nos decía un peón cocuyano. 

Donde hoy está la villa que da nombre al cantón se hallaba la morada de un cacique principal de los laches, nación independiente de los chibchas. "Los laches, dice Piedrahita, a quienes divide el río Sogamoso de los Estados y tierras del Tundama en las provincias de Hunsahúa (Tunja), y corren por páramos y tierras cálidas hasta confinar con los tammes (tunebos) y provincia de los chitareros (Pamplona), son de natural barbarísimos, y de sus burlas no salen con menos daños que de la más cruda guerra. Su juego más celebrado era salirse a los campos por parcialidades o capitanías a pelear unas con otras, arreadas de varias plumas y galas, y sin más armas que las manos, con que a puño cerrado y sin llegar a luchar batallaban hasta caer o cansarse después de bien lastimados. A estas fiestas llamaban Mommas, en que hay tiros y golpes de mucha destreza y dignos de ver, y permanecen hasta el tiempo presente (1684) con tanto aplauso, que los españoles no se desdeñan de caminar diez o doce leguas por llegar al tiempo de su celebración. Viven hermanados con los ypuyes y achaguas, y tienen por ley que si la mujer paría cinco varones continuados, pudiesen hacer hembra a uno de los hijos a las doce lunas de edad, esto es, en cuanto a criarlo e imponerlo en quehaceres de mujer, y como lo criaban de aquella manera salían tan perfectas hembras en el talle y ademanes del cuerpo, que cualquiera que los viese no los diferenciaría de las otras mujeres; a estos llamaban cusmos. Adoraban por dioses a todas las piedras, porque decían que todas habían sido primero hombres, y que todos los hombres en muriendo se convertían en piedras, y había de llegar el día en que las piedras resucitasen convertidas en hombres. Adoraban también a su misma sombra, de suerte que siempre llevaban a su dios consigo; y aunque conocían que la sombra se causaba de la luz y cuerpo interpuesto, respondían que aquello lo hacía el sol para darles dioses; y si para convencerlos les mostraban las sombras de los árboles y de las piedras, nada bastaba, porque a las primeras tenían por dioses de los árboles, y a las segundas por dioses de sus dioses: tanta era su estolidez y desdicha". Para mí tengo que más bien eran insignes teólogos, pues desataban todas las dificultades sin pararse en pelillos.

El pasaje citado revela la candidez de estos indios y lo impresionable de su ánimo, defectos que los predispusieron a recibir el yugo de los españoles sin hacer resistencia, no obstante ser valerosos, cediendo al asombro que les causaba la vista de gentes barbadas y particularmente la de los caballos. 

No hay en el Cocuy posada para los viajeros, pues estando reducida la concurrencia de forasteros a los tratantes en frutos, ellos encuentran albergue en las chicherías o en casa de sus compadres y relacionados. Las casas donde acudimos a pedir alojamiento, inclusa la del jefe político, nos cerraron sus puertas, de lo cual casi nos alegrábamos, porque el desaseo interior era imponderable y de antemano quitaba el apetito y el sueño. Sin embargo, forzosamente hablamos de detenernos allí para recoger datos y hacer observaciones, y en consecuencia resolvimos hacer uso de una carta de recomendación que en Soatá nos dio el bondadoso doctor Calderón para el señor Ruiz, quien nos recibió con tal franqueza y cordialidad, que olvidamos al punto los desagrados anteriores. Este honrado sujeto es jefe de una familia numerosa y trabajadora, que mantiene la casa no sólo con aseo sino con cierto primor, adornando la sala un estante de libros y varias mesas cargadas de curiosidades, flores y frutas fragantes. Además del trato amistoso que le merecimos, nos favoreció con noticias y diligencias que facilitaron la ejecución de los trabajos que llevábamos entre manos, y él supo apreciar infinitamente mejor que las autoridades de la provincia, de quienes si recibimos algún auxilio rogado, era dado con una tibieza que rayaba en mala gana, y arrancaba a mi filosófico compañero la frecuente exclamación "Perdónalos, Señor, que no saben lo que hacen". 

Dejando el grueso del equipaje en el Cocuy, marchamos el 6 de julio en demanda de Chiscas, pueblo que demora cinco leguas al N.-N.-O. del primero, situado al pie de la majestuosa cadena de cerros, cuyas cumbres principales brillan con nieves perpetuas. El camino pasa por Panqueba y Espino, cabezas de distrito, con tal desigualdad del terreno que, mediando entre el Cocuy y Panqueba la distancia de una legua, hay 500 metros de diferencia en altura, y cerca de 30 centígrados en temperatura. Espino, que está una legua y tres cuartos más adelante, se halla 763 metros menos alto que la cabecera del cantón, marcando el termómetro 7° más de temperatura media. Concíbese cuánto favorecerán estos desniveles la variedad de producciones agrícolas, en un suelo fertilísimo y bien regado como aquel; pero al mismo tiempo la disposición de los terrenos, todos en laderas y cumbres, mantiene diseminada la población agrícola e influye, por tanto, en la pequeñez de los pueblos. Las cercanías de Chiscas ofrecen a la vista paisajes muy bellos, en una sucesión de laderas pendientes, cubiertas de bosquecillos que de trecho en trecho interrumpen con sus grupos de verde oscuro y flores los cuadros matizados de las diferentes sementeras extendidas del pie a la cumbre, a veces tan descolgadas sobre el lecho del río que admira cómo pueden mantenerse allí, sin rodar, los que labran la tierra. El reducido caserío de Chiscas se levanta al extremo norte de una explanada pequeña y alegre, cortada en trozos longitudinales por barrancas profundas y entapizada de ricos pastos, los cuales se continúan sobre la próxima sierra, tan suculentos, que a los dos meses de residencia da una res cuatro arrobas de sebo, y las mulas enferman de gordura. El terreno de la explanada es de acarreo asentado por capas, las más veces brechiformes, en cuyos fragmentos calizos y arenáceos se ven numerosas impresiones de conchas bivalvas, y trozos de silex en figura de peras, que son tal vez siphonias petrificadas, puesto que las conchas impresas son marinas. Por tanto, la serranía inmediata, que suministró estos despojos, pertenece a la formación secundaria, y lo confirma la presencia de esquistos embutidos de riñones de hierro carbonatado litoideo, que se encuentran en lo bajo de las grandes grietas, abiertas en la falda de la serranía, indicando la existencia del terreno carbonífero.

El coronel Toscano, soldado de la Independencia, nos recibió en su casa con la franqueza de un viejo militar. Rodeábalo una familia lucida y amable, cuyo esmero en las cosas domésticas lo revelaban el jardín de flores que alegraba el patio y la cuidadosa limpieza de la casa, y en ratos de conversación agradable nos suministró los informes necesarios sobre ganadería y agricultura, las cuales constituyen su ocupación preferente, bien que la ingrata y enojosa política interior suele calentarle en horas la cabeza, más de lo que a su tranquilidad conviniera, aunque siempre me ha parecido que el ardimiento en las opiniones sienta bien a los hombres de la Guerra Magna, quienes para mí tienen cierto privilegio que les afianza la tolerancia de sus sucesores en el manejo de los negocios públicos. El antiguo pueblo, reducido a un corto vecindario de agricultores y trajineros, queda cerca del moderno, y se compone de algunas casitas y ranchos de vara en tierra habitados por indios ladinos y por tunebos semicivilizados, sin más traje que largas ruanas. El nuevo, erigido en parroquia el año de 1772, no ha progresado cuanto debieron esperar sus fundadores, pues conservan todavía en la iglesia imágenes monstruosas con brazos de orangután y manos más grandes que las cabezas, sobresaliente entre todas un santo de aspecto jaquetón, vestido con camisa blanca, por debajo de la cual se salen unas botas que tal vez le prestó el cura, y en la cabeza un sombrero cuba, rayado en líneas espirales y puesto al desgaire sobre la oreja izquierda, señales de abandono y atraso, que sí bien deponen Inmediatamente contra el cura que las mantiene en su templo, hablan también contra el pueblo que las tolera como cosas del cielo. 

Regresamos al Cocuy, con el objeto de visitar a Güicán y explorar la Sierra Nevada, que demora cuatro leguas al N.-N.-E., distancia directa de la villa, y seis y media leguas por el camino del mencionado pueblo. Las anteriores correrías, transitando lugares fragosos, habían fatigado sobremanera nuestras bestias, de modo que nos vimos obligados a solicitar otras de alquiler para la excursión a la sierra, y, además, un guía. Consiguiéronse por el máximo de precio acostumbrado en el país, y de calidad tal, que prometían un viaje canonical. Cuando nos pusimos en marcha, siguiendo la calle principal de la villa, y notamos la figura que hacíamos, nos saludamos recíprocamente con una cordial descarga de risa en que nos acompañaron algunas hijas de Eva, que asomaban por las ventanas. Enhorquetaba yo una mula venerable, tan ancha como larga, que había relegado toda su antigua viveza al rabo, con el cual me azotaba cada vez que le arrimaba los talones para sacarla de su andar pacienzudo, en tanto que llevaba la cabeza junto al suelo, como si pretendiera examinar la naturaleza de las piedras que lo sembraban. Mi compañero se hallaba entronizado sobre un caballo rucio, largo y enjuto, rípido de cuerpo, las orejas tiesas y hacia atrás, los ojos medio cerrados y la cabeza tan erguida cuanto podía; andaba despacio, adelantando majestuosamente las patas, cual si estuviera profundamente penetrado de la honra que se le hacia poniéndole silla y freno. En vano se le apuraba: a cada golpe de espuela correspondía con una mueca desdeñosa, levantando el labio superior, y continuaba impasible su marcha triunfal. Cansados de luchar contra la adversidad, abdicamos la voluntad en las bestias, y nos dejamos llevar según su antojo. El guía nos contemplaba de cuando en cuando, con aire paternal, y trataba de consolarnos, repitiendo siempre la misma frase:

"En saliendo allá arriba verán sumercedes cómo caminan mejor"; allá arriba enigmático que nunca lo alcanzamos. Era hombre de cincuenta años, alto, vigoroso, de fisonomía honrada y abierta; vestía pantalón de manta rayada, camisa de lienzo, alpargatas y ancho sombrero de ramo; la ruana plegada y a la espalda, el andar pausado y constante aun por los recuestos más escarpados; gran baquiano y disertador, de nombre Luis Reyes, antiguo correo y grave persona, un tanto sordo a ratos y con todo esto buen compañero de viaje, y liberal consejero hasta en las cosas científicas. 

En esta disposición, y con una velocidad de dos horas por legua, pasamos el Alto de la Vega y caímos a las márgenes del río de la Cueva, donde hay una fuente termal ferruginosa, 24° sobre la temperatura ambiente, y junto al camino, al opuesto lado del vallecito, otra fuente sulfurosa fría, que nacía a la raíz de un cerro pedregoso. Desde este punto comienza la subida de Gilicán, por medio de grandes cerros destrozados, cuyos fragmentos yacen esparcidos por las laderas sembradas de peñascos agigantados, y coronadas por estratos calizos en que se ven la perforación de numerosas cavernas y la estampa de conchas bivalvas, que es difícil caracterizar, por no hallarse la impresión de las charnelas. El pueblo queda situado en una meseta elevada, 2.900 metros sobre el mar, con la temperatura media de 11° centígrados; su población, en parte indígena y en parte blanca, de bellas formas y colores hermosos, notablemente en las mujeres. Tiene una iglesia bonita y adornada con sencillez, escuela pública y varias casas de buena construcción muy aseadas | (1) . Diónos alojamiento en la suya el señor Juan Quintero, joven de modales caballerosos e inteligencia despejada, y jefe de una bella y simpática familia. Por tercera vez debíamos a la benevolencia de los particulares el hospedaje que las autoridades locales no quisieron procurar, o no se curaron de ello, sin embargo de presentarles altas recomendaciones oficiales, cuyas palabras no hacían mella en su ánimo; efecto de la ignorancia, que siendo entre nosotros pecado involuntario, merece absolución plena en si mismo y en sus rudos efectos.

 

 

(1) "El pueblo de los indios está abajo del Cocuy, poco distante, con su buena iglesia ornamentada. Tenia agregados unos indios, catequizados unos, otros bautizados. Llámanles tunebos, y el pueblo donde asisten Güicaní; salen allí mucbos gentiles, y son muy dóciles".-Oviedo.-Pensamlentos y noticias.

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