XI
Tomando el camino que de Moniquirá conduce a Togüí y Chitaraque,
nos dirigimos a Gámbita, primer distrito del cantón Oiba, al sur de
esta villa. Andadas siete leguas por tierras bastante quebradas,
cubiertas de sementeras y bañadas por multitud de arroyos claros y
bulliciosos, llegamos al río Porqueras, línea divisoria de
entrambos cantones y desde el cual en adelante comienza por este
lado la provincia del Socorro. Legua y media después de pasado el
río se encuentra el pueblo de Gámbita, pequeño y en su mayor parte
pajizo, asentado en un vallecito angosto en que terminan las
pendientes laderas de dos pequeñas serranías paralelas compuestas
de estratos calizos y esquisto arcilloso, formación predominante
desde las cercanías de Chitaraque, constituyendo un terreno casi
unitario y por consiguiente ingrato. Los ríos Gámbita y Porqueras,
que unidos al Huerta van a formar el Linguarucho, tributario del
Sarabita, riegan parte del distrito y contribuyen a la del
composición lenta de las rocas y esquistos, de donde proceden
algunos vallecitos de aluvión, fértiles y cubiertos de jugosos
pastos que a trechos interrumpen la esterilidad general del suelo,
contra la cual luchan sin descanso los laboriosos agricultores del
lugar, estableciendo sementeras de caña y menestras donde quiera
que hallan un rincón de tierra capaz de soportarlas.
En Gámbita no encontramos alcalde, juez ni funcionario alguno a
quien dirigirnos, excepto el cura doctor Manuel Cerón, joven amable
y fino que nos hospedó y proporcionó todos los auxilios y noticias
que necesitábamos y no habríamos podido conseguir sin la
intervención de este bondadoso y patriota eclesiástico. Poco tiempo
tenía de estar encargado del curato, y sin embargo había comenzado
a refaccionar la casi destruida iglesia, y solo, sin recursos, sin
más ayudante que un niño de 9 años, tenía fundada una pequeña
escuela primaria que él mismo cuidaba y dirigía, prueba evidente de
lo que alcanza la firme voluntad de hacer el bien. Numéranse 3.000
vecinos en la parroquia, todos ellos blancos, de constitución
vigorosa y costumbres sencillas amparadas por el hábito del trabajo
constante, y acaso también por la mansión de las familias en
estancias de labor diseminadas en los campos. Averiguado el
movimiento de la población en el último año, según los libros
parroquiales, halláronse 104 nacimientos, de los cuales 40
ilegítimos, 60 defunciones y 20 matrimonios, cifras que no guardan
proporción con el total de habitantes y que acusarían por sí solas
la incuria del párroco antecesor del actual, si no hubiera estado
manifiesta en el abandono y desgreño en que dejó las cosas de su
ministerio, patentes a los ojos de cualquiera, por más que el
caritativo doctor Cerón se empeñaba en disimularlos.
No obstante la pobreza del suelo para la agricultura, los
alrededores de Gámbita no carecen de belleza por la agradable
variedad que comunican al paisaje los cerros circunvecinos, a veces
redondeados y con laderas tendidas cuidadosamente labradas, a veces
áridos y escarpados, de cuyas cimas trastornadas se precipitan con
ruido varios arroyos formando cascadas, entre las cuales se hacen
notar la de Santafé, grueso chorro de agua reluciente que
desprendiéndose de los estratos superiores de la serranía, visible
a la izquierda desde el camino de Chitaraque, salta por encima de
los árboles y arbustos un espacio de 40 varas, perdiéndose después
en la espesura; y la del Palmar, camino de Paipa, oculta en parte
por una vegetación lozana, pero que examinada de cerca presenta una
columna de más de cien varas de caída limpia. Hay otra quebrada
caprichosa que desdeñando el correr por las sinuosidades del
terreno, ha ido a perforar una colina cercana y al 5.-O. del
pueblo, abriendo la cueva que llaman del Chocó, de cuatro cuadras
de larga y enriquecida en lo profundo con estalactitas numerosas
que han disminuido la altura primitiva del socavón, grande y
desembarazada, si se ha de juzgar por la elevada puerta que da
entrada al arroyo, curioso fenómeno, por cierto, y ejemplar notable
de lo que puede la acción de las aguas sobre las rocas de formación
caliza, como también lo demuestran los hundimientos cónicos de Las
Cuevas y el afamado Hoyo del Aire en el cantón Vélez.
Seis leguas al N.-N.-E. de Gámbita queda Cunacua, cortando el
camino los ríos Huerta y Tolotá, el primero con buen puente, el
segundo con malísimo vado, y entrambos llevando precipitadamente al
Linguarucho sus aguas teñidas por la zarzaparrilla, que en
abundante disolución contienen. El terreno en todo este espacio
permanece calizo y gredoso con algunos manchones de pizarra, poco
apropiado para la agricultura, que allí es pobre, consistiendo
principalmente en yuca, maíz y plátano, bases de la subsistencia de
los moradores. Los cerros altos, descarnados y de contornos
abruptos envían a lo bajo las aguas llovedizas con una rapidez
perjudicial para las sementeras y para el terreno que lavan y
desgarran. Así es que muchos labradores han emigrado dirigiéndose a
las fértiles vegas del Suaita, donde encuentran tierras, protección
y auxilios para establecerse; y de aquí procede la diferencia entre
la población que hoy cuenta el distrito de Cunacua (2.000
habitantes), y la que le dio el censo de 1846 (2.176), disminuida
en vez de aumentada, como lo estaría si la salubridad del clima
fuese acompañada de la fertilidad del suelo. La situación de la
cabeza del distrito es mala, quedando el pueblo al pie de una
serra-
nía montuosa con desiertos al E. hasta el cantón Charalá, y al
O. separada de los productivos valles de Guadalupe y Suaíta por
altos cerros intransitables, siendo así que un poco más adelante
hay hermosas llanuras bien regadas en que el pueblo habría quedado
ventajosamente ubicado. Caprichos de un antiguo cura determinaron
la fundación en el lugar que ocupa, desde el cual, hacia el norte,
se alcanzan a ver las techumbres entejadas del extenso caserío de
Oiba, y la bonita y blanca iglesia que lo domina.
Después de una fatigosa marcha de diez horas llegamos a Cunacua,
tarde y con largo ayuno. Nadie nos indicaba dónde podríamos
alojarnos: preguntábamos, y los vecinos papamoscas se quedaban
callados mirándonos de hito en hito. Por fin averiguamos que aunque
no habla alcalde en el pueblo andaba por allí el juez, en cuya
solicitud proseguimos hasta que en la plaza y cerca de la cárcel
encontramos un hombre rústico y mal pergeñado con una vara negra en
las manos: era el juez. Dijímosle quiénes éramos y qué motivo nos
había llevado hasta aquel rincón de la patria. El digno funcionario
se balanceaba sobre una pata y sobre otra, nos miraba y se reía
como un oso:
imposible meterle en la maciza cabeza una idea: imposible que
leyera nada, pues ignoraba el alfabeto. Por último, interpelado con
la energía del hambre y del cansancio que llevábamos, suspendió la
risa, rompió el silencio, y nos ofreció socarronamente por
alojamiento... ¡la cárcel!
-"¿Cómo se llama este fenómeno?, pregunté a un curioso que me
quedaba cerca.
-"Don Gregorio Neira", me contestó, "y es la autoridad".
-"Señor Autoridad", dije al amable don Gregorio, "¿tendrá usted
a bien llevarnos donde aquel vecino que desde una especie de
tienda, buena para alojarse, nos está mirando? Parece persona
decente, y él acaso nos comprenderá".
-"¡Oh sí! Es don Cayetano, muy personaje y muy notable del
lugar".
Y llegamos a la casa, don Gregorio saludó a don Cayetano y
reasumió su risita de marras sin añadir palabra. Signifiqué al
nuevo interlocutor nuestra necesidad, el objeto del viaje, lo que
nos sucedía y la voluntad en que estábamos de pagar cuanto pidiese
por alojarnos durante la noche y proporcionarnos cualquier
alimento.
Silencio sepulcral de parte de don Cayetano, insensible como una
roca a mis plegarias y ofertas. Ninguna mediación de parte del
juez.
En este punto, perdida toda esperanza, dime por vencido ante la
inhospitalaria inercia de aquellas gentes, y declaré a mi compañero
rotas las negociaciones.
-"Voy a convencerlos", dijo, y desmontándose y desensillando, en
un pestañear se abrió paso por entre la Autoridad y el Notable,
entró en el cuarto y se proclamó instalado y alojado por derecho de
conquista. Apoyelo haciendo irrupción con asistentes, instrumentos
y petacas, y me senté a examinar una mesa de pino que nada tenía
que examinar. El juez desapareció; don Cayetano gruñó y evacuó la
plaza; la familia se alborotó y comenzó a cerrar de firme todas las
puertas de comunicación poniéndonos en riguroso bloqueo, con
negativa no solo de alimento sino hasta del agua y del fuego, a
usanza de los antiguos romanos cuando querían descartarse de algún
ciudadano estorboso. En resolución, habríamos carecido de todo,
absolutamente de todo, a no ser por el cura, presbítero Félix
Meléndez, que nos amparó y favoreció, en términos de poder seguir
marcha al día siguiente.
Cunacua, por lo visto, es pueblo al cual no puede ir ningún
viajero sin llevar tienda de campaña para alojarse, bastimentos
para él y pasto para sus bestias. Segregado del tráfico activo con
los otros pueblos, sin mercado, sin roce de gentes, cierra sus
puertas al forastero en quien mira un intruso, y desconoce las
ventajas que se derivan de ser hospitalarios y sociables. La
rusticidad no tiene allí contrapeso, y la cultura moral corre
pareja con la del suelo, pobre y sin lozanía por la ingratitud del
terreno. En cuanto al juez Neira, no se crea que es un tipo
excepcional: iguales a él, poco más o menos, en inteligencia y
respetabilidad, son casi todos los jueces y alcaldes de distrito.
Los vecinos de instrucción y comodidades aborrecen este empleo y se
valen de su influjo para que no recaiga en ellos el nombramiento,
echándolo sobre algún labriego ignorante que arrancan de su
estancia y del seno de su rústica familia para trasplantarlo mal de
su grado al pueblo y dejarlo allí perdido en el laberinto de un
oficio que es incapaz de entender, o lo mueven cual dócil
instrumento, ya para hacerse superiores a la justicia, ya para
vestir con el aparato de ésta sus venganzas personales. El triste
alcalde que por una parte contempla su estancia y labranzas
abandonadas, y por otra sufre reprimendas y aun multas de los
superiores a causa de los disparates que comete o le hacen cometer,
pone todos sus conatos en soltar la carga cuanto antes, y se
establece un torbellino de renuncias y nuevos nombramientos que de
hecho equivalen a la vacante permanente del empleo. Ahora, si se
considera la importancia política y administrativa del alcalde, a
cuyas manos van a parar todas las leyes y disposiciones
gubernativas para su ejecución, que forzosamente ha de comenzar en
el distrito, se vendrá en conocimiento del profundo desorden que en
esta situación se introduce en todo nuestro sistema legal y
político. La república existe en la Constitución escrita, en las
teorías del Congreso y en la intención de los altos funcionarios;
la proclaman y defienden los periodistas; la sostienen moralmente
los hombres ilustrados; pero en la realidad, en la base del
edificio, que es el distrito parroquial, no existe sino una
monstruosa mezcla de las costumbres del régimen colonial,
disfrazadas con las fórmulas republicanas sin vigor, sin la vida de
las ideas que solo la cumplida ejecución de las leyes podrá
infundirles.
Mientras la administración de la parroquia no recaiga en hombres
inteligentes que permanezcan largo tiempo en su empleo, no cesarán
los males indicados: males verdaderamente serios, pues de ellos
nace el descontento de las poblaciones agrícolas y un malestar
íntimo que a la menor ocasión se exaspera y predispone los ánimos a
resistencias y revueltas en que esperan hallar el remedio. Tal vez
sea este el origen de la facilidad con que en nuestro país se
traman y estallan las revoluciones por descabelladas que parezcan.
Los descontentos de la parroquia se dejan alucinar con promesas de
mejorar su estado si ayudan a poner un nuevo jefe en el gobierno
supremo; ellos, que desconocen la índole y práctica del sistema
republicano, creen que el presidente es el dispensador de los
bienes y la causa de los males, como lo era en otro tiempo el
virrey; confunden todavía el gobierno con el individuo y juzgan que
mudando las personas todo cambiará. Las revoluciones son contra
natura, porque el hombre ama la paz y la seguridad; de donde se
infiere que la frecuencia de las que han destrozado nuestro país,
revelan un padecimiento moral que en mi concepto tiene su asiento
en el desgobierno del distrito. Afortunadamente el remedio es
fácil, y la observación inmediata de las cosas me autoriza para
añadir qué sería eficaz: poner sueldo a los alcaldes. Hay en las
capitales de provincia y en muchas cabeceras cantonales jóvenes de
instrucción que por laudable ambición política desean darse a
conocer; mas son pobres, y la pobreza los encadena en un lugar fijo
en que vegetan oscuros y anulados. Un pequeño sueldo que les
afianzara la subsistencia les haría buscar las alcaldías, primer
escalón de la vida pública, y la necesidad de recomendarse bastaría
como estímulo para el buen desempeño del empleo. A poco andar
tendríamos establecido el régimen constitucional en los distritos,
y los beneficios de la república se insinuarían en el ánimo de los
campesinos iliteratos, que aprenderían por la fuerza de los hechos
a sostener y amar el orden legal, y a distinguir el imperio
abstracto de la ley amparadora, de la autoridad meramente ejecutora
del funcionario.
Oiba demora tres leguas al norte de Cunacua. El camino es bueno
y espacioso, y atraviesa el río de Oiba por un puente cubierto,
sólido y bien conservado, obras en que sobresale la provincia del
Socorro y la hacen una de las más transitables de la república. La
villa, cabecera del cantón, cuenta 2.500 vecinos alojados en buenas
y espaciosas casas de teja. Tiene el distrito 8.000 habitantes,
dando por movimiento anual de la población 207 nacimientos, 170
defunciones y 30 matrimonios. El aumento de 37 individuos es
insignificante respecto del total de la población, y sorprende su
pequeñez cuando se contempla el aspecto robusto de los habitantes,
su activa laboriosidad y la fertilidad del terreno que cultivan
cuidadosamente, de manera que la subsistencia es barata, segura y
abundante. Luégo veremos que en la cercana capital de la provincia
exceden las defunciones a los nacimientos según resulta de los
libros parroquiales; hecho singular que indica la intervención de
alguna causa no común y digna de investigarse. Oiba (talvez la
Poima de los aborígenes) figura corno parroquia en la estadística
del virreinato desde 11727. Situada en medio de laderas abiertas y
alegres, a 1.395 metros de altura y con una temperatura de 220
centígrados, es el nudo de siete caminos principales que al través
de algunas poblaciones prósperas la relacionan con los cantones
Vélez, Moniquirá, Tunja, Leiva, Charalá y Socorro, sus colindantes.
Debiera, por tanto, prosperar con rapidez; mas le falta para ello
una base mercantil al S. y al E. en que la población es poca e
indiferente al aumento de comodidades que obtendría por el comercio
con el norte de la provincia.
A este rumbo queda la capital respecto de Oiba, de donde parten
para ella tres caminos: el que se dirige al E. pasa cerca de
Confines (antiguo Culatas) y mide cinco leguas y media; el del
norte, de cinco leguas y un tercio, siguiendo el filo de una larga
colina; y el que toma al O. en demanda de Guapotá y Chima, corta el
río Suárez o Sarabíta, por cuya margen izquierda continúa hasta
Simacota, y de aquí hacia el E. vuelve a cortar el Sarabita y
termina en el Socorro medidas ocho leguas granadinas; es el más
fatigoso y quebrado de los tres y el que mayor tiempo consume,
tanto por su longitud, los recuestos y pedregales, como por las
dificultades y dilaciones en los pasos del río, caudaloso y sin
puentes en aquellos parajes. Emprendimos marcha por el del medio,
deseosos de examinar unas lajas que decían marcadas con huellas de
animales, particularmente la llamada "Piedra de la pesuña", objeto
de una tradición disparatada. Cuentan que cierto cazador de
venados, más atento a su oficio aventurero que a cumplir con las
obligaciones del culto religioso, llevó su impiedad hasta
entregarse a la cacería un viernes santo. El diablo, que entonces
no dormía, le esperaba, transformado en ciervo, dentro de un
bosquecillo donde los diligentes perros condujeron al cazador,
comenzando desde allí una serie de carreras desesperadas al través
de montes y vallados que el pseudoanimal salvaba con diabólica
presteza, dirigiéndose a la mitad de un cerro peinado en barranco
vertical sobre el río Suárez. Alegre el cazador al ver aquella
falsa evolución que le aseguraba la presa, se apresuró a cortarle
la retirada animando a los perros con gritos e interjecciones que
hacían ruborizar al ciervo mismo, el cual, cuando hubo llegado a la
orilla del precipicio, afirmó las patas en una laja grande y dio un
salto de seis leguas por encima del río Suárez y vegas adyacentes,
yendo a perderse entre los barzales de la serranía del Oeste y
dejando detrás de sí al absorto cazador, envuelto en un torbellino
de humo de azufre, según la costumbre inmemorial y característica
de los diablos. Despejada la atmósfera vióse la laja marcada con la
impresión profunda de las patas del ex ciervo, como todavía puede
verlo quien quiera en la famosa "Piedra de la pesuña", la cual,
hablando en prosa, no es sino una ancha piedra caliza en cuya
superficie ha labrado la intemperie pequeñas depresiones que la
imaginación supersticiosa convirtió en huellas sobrenaturales.
Cerca de allí corre un arroyuelo sobre un lecho de lajas análogas a
la anterior, marcadas profundamente con depresiones semejantes, sin
orden ni alteración alguna, de modo que ni representan pasos de
animales ni tienen la menor importancia para el geólogo.
Dos y media leguas antes de llegar al Socorro hicimos alto en
una venta que llaman aguabuena, por la de un límpido y fresco
manantial cercano, de donde se surte la casa, edificio modesto y
aseado, con su portal hacia el camino, a la izquierda una puerta
que dejaba ver el grueso mostrador de adobes coronado de totumas,
nuncios de estar cerca la hirviente chicha, y ostentando por exceso
de lujo dos frascos de aguardiente detrás de un enrejado de madera,
y a la derecha otra puerta para lo que llamaré sala de
recibimiento, en defecto de nombre más apropiado. Por supuesto que
no faltaban parroquianos en la chichería, cuáles apurando la totuma
desde encima del enjalmado buey, que mientras tanto rumiaba y
dormitaba, cuáles formando corro en el portal y dentro de la
tienda, hablando a un tiempo y en voz alta de las negociaciones y
precios del mercado, y dejándose obsequiar por las atléticas hijas
de Eva que les acompañaban; todos ellos gente agricultora, ágiles,
vigorosamente conformados, de mirar inteligente y aire resuelto,
vestidos a la ligera con telas na- clonales, ruanas diminutas y
amplio sombrero de trenza, la nerviosa pierna desnuda desde la
rodilla y el pie resguardado con alpargatas gruesas, ya gastadas y
empolvadas en largo servicio. Acomodadas las cabalgaduras fuera del
portal entramos a la sala donde nos recibió la ventera con mil
excusas por los tercios de yuca que nos embarazaban el camino,
accidentalmente depositados allí, según tuvo cuidado de
informarnos, como temerosa de incurrir en mala nota. Muebles no
había, salvo una mesa pesadamente labrada y arraigada en un ángulo
de la sala, cerca de dos poyos cubiertos de estera; pero en
compensación brillaban las paredes con pinturas en que el ingenioso
autor había hecho heróicos esfuerzos para combinar de infinitas
maneras el ocre y bermellón, únicas tintes de su rústica
paleta.
Las figuras más notables eran dos matronas sentadas en el aire,
de rostros borrachos y mofletudos con los ojos a la raíz del
cabello, y por tanto sin frente. La primera gemía bajo el peso de
una corona gigantesca, sin esperanza de alivio, puesto que la mano
izquierda la tenía ocupada con una tiara, y la derecha con un
barretón, a guisa de cetro. Debajo escribió este nuevo Leonardo de
Vinci:
La quarta parte del mundo
Evropa zoi nombrada,
Tengola tiara, i las llabes,
Yo zoi lamas ilvstrada.
Frente a frente, mirando a su colega con ojos tiesos y
espantados, estaba la segunda figura, coronada de plumas, al
parecer, con arco y flechas en una mano y una granada muy razonable
en la otra. Volaba por lo alto un letrero que decía AMERICA, y
debajo:
Quizo mi Dios piadoso
Darme su caridad.
Soi la america libre
viba la libertad.
Promediaba entre las dos matronas un militar colorado,
cabalgando en un cuadrúpedo amarillo, detrás del cual iba una mujer
amarilla en un caballo colorado. El militar se abría paso con la
espada, más grande que él mismo, y le rodeaba tal profusión de
versos belicosos que no me atreví a copiarlos. El Asia y el Africa
se quedaron en bosquejo, probablemente por haberse agotado el ocre
y bermellón en borrajear sobre la testera de la sala dos Vírgenes
rojas con sus correspondientes Jesuses, sacando ánimas del
purgatorio, mientras San José se estaba a un lado mirándolas, y por
ventura devanándose los sesos para explicarse aquella dualidad
inusitada, que celebraban dos angelotes tocando violín y guitarra,
y rodeados de una aureola de guacamayas enormes, en cuyos cuerpos
acabó el pintor de limpiar sus brochas.
Pedir de comer habría sido anticiparse a la época presente, por
cuanto no está en uso todavía guisar en nuestras ventas-posadas,
excepto lo que llaman ajiaco, especie de potaje de papas, del cual
regalan una escudilla a los transeúntes de alpargata con tal de que
beban y paguen un cuartillo de chicha. Inventamos un sencillo
almuerzo, que nos sirvieron sin más aditamento que el salero,
dentro del cual pusieron dos palitos de sauce con su corteza, para
suplir la falta de cubiertos, que en realidad no la hacen cuando se
aprende a manejar aquellos instrumentos cuya principal
recomendación es el aseo, puesto que para cada servicio los
fabrican nuevos. Con esto, y dos Vasos de agua, que en lo
cristalina y ligera pudiera brillar al lado de la deliciosa de
Torca, proseguimos nuestro camino en demanda del Socorro.