LAS FERIAS DE MAGANGUE
En Enero de 1845 emprendimos mi hermano Jerónimo y yo nuestro
primer viaje a Magangué por la vía de Carare, llevando carta de
recomendación del Gobernador de la provincia de Vélez, señor
Plácido Morales, para el señor José Landázuri, que vivía en el
puerto de San Fernando. Fue entonces cuando conocí, desempeñando el
curato de Flórez, al respetable sacerdote doctor David Montaña, que
ha sido siempre, de entonces hasta hoy, uno de mis más consecuentes
y bondadosos amigos.
No me detendré a describir el estado del camino en aquel tiempo,
porque bastará decir, en síntesis, que tal camino no existía. Para
detalles sobre el particular puedo referirme los que el atildado
escritor doctor Manuel Ancízar, trazó de mano maestra en uno de los
capítulos de su
Peregrinación de Alpha.
¿Cómo se transitaba, sin embargo, por aquella abandonada vía, y
cómo se efectuaba el paso de bestias cargadas?
Las crónicas del tiempo de la conquista, en la parte que refiere
la entrada de Gonzalo Jiménez de Quesada a nuestras tierras altas,
con sus sesenta caballos, pueden contestar a esa pregunta.
El hecho es que mi hermano y yo llegamos al puerto de Carare con
los huesos sanos, aunque no ilesa la piel.
Allí encontramos al señor Landázuri, a quien veíamos por primera
vez. Era él un hombre de distinguido aspecto, de rostro enjuto y de
piel curtida por el sol y los mosquitos, a quien la luenga barba,
que empezaba a encanecer, daba, o contribuía a darle un cierto aire
de anacoreta. A poco de tratarle, se descubría en él buen fondo de
instrucción y aunque poco insinuante por carácter, sus modales
revelaban al hombre de buena sociedad. Nos recibió cortésmente y
nos brindó asiento a su mesa, en la cual se sirvió tinajo asado,
plátano cocido y excelente café, endulzado con el jugo natural de
la caña.
Contaba ya entonces el señor Landázuri catorce años de vivir en
aquel lugar desierto, que poco tiempo después abandonó para
trasladarse sucesivamente a otros análogos, primero en las selvas
del Chucurí y luego en las del Chocó.
Por un contraste de la suerte, le tocó envidiable muerte a este
solitario, lejos del aislamiento en que había vivido, y rodeado de
compañeros de armas, en la defensa de San Agustín, el año de
1862.
Por lo demás, él vivía en Carare como un monarca del desierto,
con doce o diez y seis súbditos a lo más.
¿Sería esta diminuta soberanía la que le halagaba?
No puede admitirse tal suposición respecto de un hombre
inteligente y educado como el señor Landázuri, que era además,
liberal por sentimiento y por convicción.
¿Sería el misterioso atractivo de la selva el que le mantenía
apegado a esas soledades?
A juzgar por lo que yo mismo he sentido, me inclino a esta
última hipótesis. Es este un fenómeno psicológico que muchos
experimentan, pero que nadie ha podido hasta hoy explicar
satisfactoriamente. Atribúyenlo algunos al íntimo y silencioso
diálogo que, a solas, entabla el hombre con la naturaleza; otros lo
explicarán por atavismo, especialmente con relación a las nuevas
razas de este continente, en las que corre sangre de nuestros
silvestres ascendientes; y otros, en fin, lo atribuirán a la
esperanza que, cual maga engañosa, suele halagar al que penetra en
esos inexplorados sitios de tropezar un día u otro con tesoros
naturales allí ocultos.
"La vida del desierto - dice el autor de
La
civilización de los árabes, ya citado - no carece de atractivo,
y confieso de buena gana que si tuviese que escoger entre esta vida
independiente y la existencia de un operario que dedica doce horas
diarias en una fábrica a un trabajo embrutecedor, no vacilaría
largo tiempo".
Como nuestro pequeño cargamento se hallaba ya en el puerto,
pudimos partir al tercer día en dos malas barquetas, una de las
cuales llevaba el sospechoso nombre de
La Celosa. En ella
nos embarcamos, sin embargo, por ser la de mayor capacidad, y como
iba muy recargada nos vimos más de una vez a punto de zozobrar. En
el Banco relevamos esa canoa para pasar con menos peligro el temido
Remolino del Gallo; y al cabo de nueve días de incómoda
navegación llegamos a Magangué.
A nuestro paso por Barrancabermeja habíamos presenciado uno de
esos espectáculos cuyo recuerdo no se borra nunca. Diez y seis o
veinte mujeres jóvenes, que habían sido arrancadas de sus hogares
en la ciudad del Socorro, y conducidas a aquel lugar
inhospitalario, de orden del Gobernador de la Provincia, por medida
de policía, yacían en los rincones de una bodega, extenuadas por la
fiebre y los mosquitos, consumidas de tristeza y próximas a morir.
Medida igual había sido tomada meses antes por el Gobernador de
Vélez, con otras tantas infelices, que en poco más de un año
encontraron sepultura en las selvas de Carare.
Tres siglos nos separaban ya de la Edad Media, y no puede
decirse, por tanto, respecto de esos actos de crueldad, lo que dijo
el poeta referiéndose a los ejecutados por los conquistadores de
este nuevo Mundo:
"Crimen fueron del tiempo...."
La reacción autoritaria que siguió al triunfo del Gobierno en
1841, se hacía sentir todavía en 1845, en forma de
medidas de
seguridad, de leyes sobre vagancia, y de decretos u ordenanzas
de policía más despóticos aún que aquellas leyes.
No sólo se violaba en aquel caso el derecho a la seguridad
personal, que consiste en no ser uno penado sin haber sido oído y
vencido en juicio; derecho reconocido en tal forma por todos los
pueblos civilizados de la tierra, como que la garantía de él
constituye el principal objeto de la institución de los gobiernos;
no sólo se violaba ese sagrado derecho, sino que se imponía y aún
se prodigaba, de modo inconsciente, la pena capital; que a tanto
equivalía el confinamiento de esas indefensas mujeres a lugares
desiertos, de climas mortíferos, donde quedaban abandonadas a su
propia suerte, sin que nadie, a excepción quizá de sus desvalidos
deudos, volviese a pensar en ellas!
Como la hermosa y hospitalaria Mompós, reina en otro tiempo del
Magdalena, debió su prosperidad en la época colonial al contrabando
de mercancías extranjeras, procedentes de algunas de las Antillas,
que se introducían por Riohacha para el expendio en aquella ciudad
(1)
, así el crédito
de que gozan las ferias de Mangangué fue debido, en parte, a la
venta de ciertas mercancías que se introducían sin pagar derechos
de Aduana, y al cambio subrepticio del oro antioqueño, que no era
de libre exportación en el tiempo a que me refiero.
Haciéndose la internación de mercancías extranjeras en botes y
champanes, era muy considerable el número de bogas que se empleaban
en aquella operación. Estos usaban para abrigo en las playas del
Magdalena, donde pernoctaban a la intemperie, gruesas mantas de
lana fabricadas en algunos pueblos de la antigua provincia de
Tunja, y de las cuales se proveían en Magangué. Era éste uno de los
más valiosos productos del interior que se llevaban a la feria,
donde se vendía ordinariamente a precio doble del de su primitivo
coste. Igual ganancia se hacía en los dulces, vaquetas, badanas,
etc. etc., y menor en los cueros de res y los sombreros de Girón,
únicos artículos que, además del oro y de una pequeña cantidad de
tabaco de Ambalema, salían del interior con destino a la
exportación. Si a esto se agrega los bajos precios, comparados con
los de la plaza de Bogotá, a que se compraban ciertos artículos de
procedencia extranjera, fácilmente se comprenderá que para pequeños
capitales no había entonces colocación más ventajosa que la que
brindaban las ferias de Magangué; y que valía por tanto la pena de
arrostrar, para concurrir a ellas, todos los peligros que ofrecían
esos viajes, más las incomparables penalidades de la subida del
Magdalena en canoas o champanes. Una breve relación de ellas
servirá para recordar a unos, y para dar a conocer a otros, lo que
era entonces la navegación fluvial en Colombia. Describiré, por
tanto, uno de los muchos viajes que hice.
Después de alquilar la embarcación en que debía efectuarse el
viaje de Mompós al puerto interior de Carare, y de hacer los demás
preparativos, consistentes en el pago de bogas y en la compra de
víveres para la tripulación, reducidos estos últimos a carne salada
de Chiriguaná, que se compraba al precio de cinco o seis reales la
arroba, y plátanos a dos reales el ciento, se fijaba la fecha de la
partida. Hasta la víspera de este día nada anunciaba al viajero, a
no ser que estuviese ya muy escarmentado, lo que le aguardaba al
día siguiente. El patrón de la embarcación le había asegurado,
hasta última hora, que todos los
muchachos estaban
dispuestos a madrugar.
Como el champán - que era la embarcación comúnmente empleada
para estos viajes - había recibido la carga oportunamente, el dueño
de ésta se trasladaba muy temprano con su equipaje al lugar de
embarque, que era el puerto de Las Ceibas, distante un cuarto de
hora de la plaza de Mompós; y al llegar encontraba allí al piloto,
acompañado de algunos bogas, en aparente actitud de marcha.
- Qué hay, patrón? - le preguntaba. ¿Saldremos pronto?
- Quién sabe, blanco; faltan dos muchachos, pero quizá no tarden en
llegar.
- Trascurrridas tres o cuatro horas de inútil espera, se resolvía
el patrón a ir en busca de los bogas que se hallaban en mora, y por
la tarde regresaba acompañado de ellos; pero a ese tiempo ya habían
desfilado dos o tres de los que en la mañana estuvieron presentes.
En vista de esto se resolvía diferir la salida para el día
siguiente, previa la promesa hecha por el patrón de que esa vez no
faltaría ninguno de los bogas. Mas sucedía precisamente lo
contrario, y la escena de la víspera se renovaba infaliblemente el
segundo día. Ya al tercero, después de haber intervenido el
inspector de bogas y sus agentes, se lograba que saliera la
embarcación, aunque en condiciones poco satisfactorias, pues que
los bogas se habían embarcado en un estado de embriaguez tal, que
no daban un paso sobre la movediza tolda del champán sin caer al
fondo del río, en grupos de tres o cuatro. Para los curiosos que se
situaban en la ribera a presenciar el grotesco espectáculo, era
éste muy divertido; pero no así para el dueño de la carga, que la
veía más de una vez en peligro. En cuanto a los bogas que caían al
agua, excelentes nadadores como eran, nadie se cuidaba de su
suerte; y antes bien se esperaba que las repetidas inmersiones les
despejarían pronto la cabeza para que pudiesen continuar su tarea
con alguna regularidad; pero sucedía a menudo que en la caída
perdían, algunos de ellos sus palancas, y esto era causa de nuevo
entorpecimiento en la navegación.
Librada y perdida así la primera batalla con los bogas en la
misma ciudad de Mompós, ¿qué podía prometerse el viajero de las que
en adelante habría de empeñar?
No había remedio ni apelación: desde que el pasajero ponía e Pie
a bordo de una de esas embarcaciones, quedaba por misino hecho no a
merced del patrón, que siempre era un hombre formal, sino de la
tripulación.
Justo es, sin embargo, reconocer que los bogas no abusaban de su
posición, sino en la forma indicada: haciendo la vuelta como ellos
mismos decían. Por lo demás, nunca se permitían ni el menor
irrespeto para con el blanco, y ejecutaban su faena - en ocasiones
semejante a la de Sísifo - con singular constancia y estricta
sujeción a la disciplina. A la voz del patrón, dada en cualquier
momento de peligro, los bogas se arrojaban al agua sin reparar en
los caimanes ni en la impetuosidad de las corrientes; y para salvar
la embarcación empeñaban todas sus fuerzas, hasta el punto de
dejarse coger debajo del bote o del champán, con gran peligro de su
vida.
En vista de ese espectáculo el pasajero se reconciliaba con el
desnudo gremio de los trabajadores del río, en quienes veía
verdaderos héroes
(1)
, y a quienes se apresuraba a ofrecer
el premio más apetecido por ellos: cigarros y aguardiente.
Infelices bogas! Yo les he perdonado hasta la incomparable
mortificación que me causaban al declararse en huelga por tres o
cuatro días en cualquier miserable caserío de la orilla del
Magdalena. Cuando menos se esperaba, amarraban el champán y dejaban
de plantón al infeliz pasajero, que no sabía qué hacer de sí
durante aquellos largos días, no teniendo siquiera el recurso de la
lectura, porque dos manos libres eran apenas bastantes para
defenderse de los mosquitos. Mal alimentado, porque en todo el
largo viaje no encontraba dónde hacer provisión de carne fresca,
percibiendo por todas partes el repugnante olor del pescado, y
sintiéndose atacar a cada instante por la fiebre del Magdalena, no
podía darse para él una situación peor.
Sin embargo, lo repito, ¡pobres bogas! Con la vida que llevaban,
comiendo solamente dos veces al día un sancocho de plátano y carne
rancia; trabajando al rayo del sol o bajo aguaceros torrenciales, y
durmiendo a la intemperie sobre la arena de la playa, unas veces
ardiente, y empapada otras por la lluvia, ninguno dejaba de estar
viejo a los treinta años, y pocos eran los que alcanzaban a vivir
cuarenta.
A pesar de que por sus costumbres se acercaban mucho al estado
salvaje, no pecaban de pendencieros sino cuando a hallaban
embriagados; y a excepción de los cigarros y una que otra botella
de licor, nunca se permitían tomar nada de lo que iba a bordo de la
embarcación. Sus escasas nociones de religión eran enteramente
superticiosas. Se les oía hablar de la
oración del Carmen,
como de un talismán, y solían invocar a
San Martín de Loba,
reputado como milagroso. Nunca llegué a saber que oyeran misa, ni
que recibieran, en estado de salud al menos, ninguno de los
sacramentos de la Iglesia, sin exceptuar el del matrimonio, pues
todos ellos vivían célibes, dividiendo sus horas de ocio entre el
aguardiente y las mujeres. A tiempo de partir la embarcación,
después de la comida, recitaba alguno de ellos una retahila, mezcla
singular de oración y de blasfemias, que empezaba así:
Ave María, gracia plena,
Que vivan los condenados,
y concluía con el
Ave María purísima, que repetía en coro
la tripulación, a tiempo que la de primera fila hincaba en el
desnudo barranco o en la áspera maleza la horqueta de sus palancas,
y se columpiaba, apoyando un pie en la tolda del champán, para dar
el primer impulso a la pesada embarcación. Era entonces cuando se
oía el salvaje aullido de los bogas, acompañado de maldiciones
dirigidas las más de las veces contra los santos. Conocida es la
especie relativa a un obispo que, en ocasión como ésta, suplicó al
patrón del champán que interviniese a fin de que no se profiriera
tantas blasfemias, lo cual consiguió; pero advirtiendo luego que el
esfuerzo de los bogas, sin el grito que lo uniforma, y quizá
también sin la maldición, que le comunica energía, no producía el
efecto deseado, retiró su empeño y dejó a los bogas en libertad de
renegar.
Entre los más penosos contratiempos que ofrecía la subida del
Magdalena, ninguno igualaba al de una noche de tempestad 0
simplemente de lluvia, en las playas de aquel río. Era siempre al
ejercitado oído del patrón al que primero llegaba el sordo rumor de
la tempestad que amenazaba; y al sentirlo, después de ponerse en
pie, daba la voz de alarma diciendo:
Blanco! un palo de agua!"
A este anuncio todo el mundo se ponía en movimiento y enrollaba
su cama para ponerla al abrigo de la humedad, dentro de la
embarcación. El boga de proa extendía una cortina de palmiche en la
boca-tolda del champán, para impedir que el agua penetrase en él; y
allí, detrás de esa densa cortina, en un espacio casi siempre
estrecho, en contacto inmediato con el boga que debía
achicar la embarcación, y que no siempre olía a rosas, bajo
una temperatura de 40 grados, sin aire respirable, y asediado por
todos los mosquitos de la playa, que también se habían refugiado en
aquel sitio, pasaba el infeliz viajero horas enteras de indecible
angustia. Preferíase a las veces afrontar el copioso aguacero; pero
el mosquito, que se guarecía también bajo el paraguas, obligaba a
poco rato a prescindir de ese recurso. Y mucho era que pudiese
apelarse a él, pues de ordinario acontecía que, al llegar a esa
altura del río, ya la fiebre intermitente visitaba al cuitado
viajero, y le obligaba a preservarse de la humedad privándose del
fresco ambiente.
De aquellas noches de lluvia o tempestad, pasadas en las playas
del Magdalena y del Carare, puedo yo decir, aunque por contrario
motivo, lo que dijo el poeta refiriéndose a sus primeras noches de
himeneo: "Mientras yo viva, vivirán
conmigo!..."
Al cabo de treinta o treinta y dos días de navegación, largos
como años, se llegaba al Puerto de San Fernando, en el Carare.
Aunque el viajero tenía delante todavía cuatro jornadas, por entre
hondos barrizales, y al través de precipicios, encontrándose ya en
su elemento, y dueño de sí mismo, experimentaba satisfacción
semejante a la del que acaba de ganar una batalla.
El viaje de bajada, lejos de ser penoso, era más bien agradable.
El boga tenía durante él largas horas de descanso, y se mostraba
comunicativo y jovial. Solía divertirse a su manera, dirigiendo a
veces injurias, en calidad de chanzas, a los bogas que subían
encorvados sobre la palanca, e impedidos, por tanto, para volver
ofensa por ofensa. Al son de la gaita entonaba a veces sentidas
estrofas, que hacían singular contraste con el rudo y salvaje
aspecto de los cantantes.
Como muestra de ellas, copiaré la siguiente:
Río
re Gualí
Por qué no
manday
Perlaj y córale
Para mi mamá.
O bien, en tono festivo y burlón, entonaba cuartetas como
esta:
El pájaro chavarrío
Tiene loj piej colorao,
Si tu mujer ej bonita
Abre el ojo y pon
cuidao.
En cada grupo de más de dos tripulantes había uno, por lo menos,
cuya charla divertía, no sólo a sus compañeros de oficio, sino
también al pasajero, por estar siempre salpicada de chistes
relativos a cacería de tigres, a luchas con los caimanes y a otras
hazañas de la laya; y como la mímica del negro es perfectamente
imitativa, cae muy en gracia casi todo cuanto dice en tono
humorístico.
Llegada la hora del trabajo, la tripulación formaba en dos
filas, y al compás del canalete, manejado con airoso movimiento,
golpeaba con los pies la proa del campan, produciendo ruido
cadencioso, semejante al
currulao. Rompiendo entonces la
embarcación en raudo movimiento las columnas de aire, traía al
pasajero el delicioso baño de la brisa, al mismo tiempo que se
sentía éste deslizar por una suave pendiente.
Así como en el más agresto y desheredado rincón de la tierra se
encuentra siempre, como especial producto del suelo o del clima,
algo que interesa por su utilidad o por su belleza, asimismo en las
peores situaciones de la vida hay momentos de solaz, que el necio
en su soberbia mira con desdén, y que el hombre cuerdo sabe
apreciar.
Sin perjuicio de la concurrencia anual a las ferias de Magangué,
emprendimos el año de 1846 un viaje a la ciudad de Remedios, con
una pequeña ancheta de efectos del país, que se vendió a buen
precio; por lo cual repetimos al siguiente año la operación con una
ancheta mayor. Mas desgraciadamente un comerciante de aquella
plaza, el señor Juan É. Gutiérrez, a quien mi hermano vendió a
plazo la referida ancheta, quebró poco tiempo después, y nos
arrastró al borde de la ruina. Tan grave contratiempo me determinó,
por de pronto, a entrar en una aventurada operación.
La venta de bocadillos de Vélez estaba limitada a 50 o 60
arrobas en cada una de las ferias de Magangué; pero como era éste
el único artículo que podía obtenerse a plazo de los apropiados
para ese negocio, me resolví a tomar 200 arrobas, con la esperanza
de mejorar en algo mi mala situación.
No las tenía, pues, todas conmigo, según puede suponerse, cuando
partí para Magangué llevando una cantidad tan considerable de aquel
artículo. Y sin embargo, había algo ignorado por mí hasta entonces,
que debía empeorar el estado de las cosas. Al llegar al Puerto de
Carare encontré al señor José Landázuri, que venía de
El
Pedral, lugar situado tres jornadas abajo del anterior. Este
señor me informó que había dejado en dicho puerto, a punto de
marchar para Magangué, con
buena ancheta de conservas de
Piedecuesta, a los señores Gil R. Uribe y N. Galvis. La noticia no
podía ser más alarmante. Sólo un partido me quedaba, y lo adopté.
Llamé al patrón de la canoa en que debía embarcarme y le ofrecí
duplicar, tanto a él como a los bogas, el valor del viaje con tal
que se comprometiesen a navegar día y noche sin detenerse hasta su
término. El patrón me observó que sólo del brazo de Ocaña para
abajo se podía navegar de noche en pequeñas embarcaciones, sin
correr gran peligro.
-No importa - le repliqué - iremos, en el nombre de Dios!
Y al amanecer del día siguiente nos pusimos en marcha, teniendo
en perspectiva cuatro noches de zozobra, y cinco días de escasa
alimentación.
A las nueve de la mañana del 28 de Enero desembarcamos en
Magangué; y mi primer cuidado, al saltar a tierra, fue averiguar si
mis temidos competidores en el negocio de bocadillos se hallaban ya
en la ciudad. No habían llegado aún, y la partida estaba ganada,
pero a condición de no perder momentos.
Después de haber colocado, por dinero, todos los bocadillos que
era posible vender en esa forma, me di a la tarea de cambiar los
restantes por mercancías; y habiendo terminado esa operación a las
seis de la tarde, me retiré a la posada, y caí allí atacado por la
fiebre. Mas, por fortuna, al cuarto día se tornó ésta en
intermitente, y ya me fue posible volver a ocuparme en mis
negocios.
Volviendo ahora a lo del viaje, no vacilo en manifestar que el
peligro corrido durante la navegación en noches oscuras, y la brega
incesante con los mosquitos, por no poder hacer uso del toldillo,
merecían seguramente objeto más importante que el de asegurar la
venta de unas arrobas de bocadillos; pero así es el mundo, y no de
otro modo se halla en él repartida la fortuna. A unos les toca
arriesgar su vida para llenar una gran misión, y a otros
comprometerla de un modo oscuro, y con un objeto puramente
personal, que en infinito número de casos apenas si representa la
subsistencia de un día!
Por demás será advertir que no pararon ahí las consecuencias de
la quiebra del señor Gutiérrez. Ella nos obligó también, a mis
hermanos y a mi, a triplicar ciertas operaciones en el Carare, que
nos impusieron una vida de privaciones y de duros sufrimientos,
entre ellos el de soportar a la intemperie la tenaz fiebre
intermitente, a cambio de colectar la mayor cantidad posible de
taguas, y despacharlas, en balsas de guadua, madera que tenía
entonces gran consumo en Mompós, para cubrir las toldas de los
champanes.
Como muestra de lo que valía entonces el jornal, aun en aquellos
lugares malsanos, y como recuerdo del precio a que se vendían
entonces ciertos productos de nuestros bosques, no estará por demás
la descripción de una de esas operaciones comerciales.
Una balsa de 200 guaduas, bien construida y puesta en el lugar
de embarque, costaba en
pesos de a ocho
décimos................................................... 8
...
En cada una de ellas se embarcaban 50 cargas de tagua, que a razón
de
10 reales
importaban........................................................................
624
Pasan.................................................................................
704
El servicio de un piloto y dos bogas costaba treinta y seis
pesos......... 36
Dos arrobas de carne y 400 plátanos
.................................................... 34
Total del coste, en pesos de a ocho décimos ..........110
La carga de tagua se vendía en Mompós a 28 reales, y las guaduas
a razón de $ 25 el ciento, lo que daba un producto de
$ 225, y una utilidad neta de $ 115 en cada operación; y éstas se
hacían ocho o diez veces al año.
En el viaje a Magangué en el año de 1849 tuvimos un gran
desastre. Confiados en que del remolino del
Gallo para abajo
no había peligro en la navegación, continuamos nuestro viaje en
medio de una noche oscura; pero como se hubiese formado
recientemente, dos o tres leguas abajo, en el sitio denominado
Venturilla, un fuerte remolino, en él se hundió la
embarcación en que bajábamos, entre la una y las dos de la mañana.
Debimos nuestra salvación a la circunstancia de haberle agregado a
la canoa manojos de guadua a uno y otro costado, para que pudiese
recibir mayor número de cargas, por lo cual no descendió
rápidamente al fondo del río, sino que se mantuvo flotante entre
dos aguas a un metro de profundidad. Al grito de socorro lanzado
sin esperanza en aquel paraje desierto, acudieron dos pescadores
que acertaron a pasar por allí, y que remolcando a su canoa nuestra
hundida embarcación, la arrimaron a la orilla. Salvamos, pues,
nuestras vidas por una verdadera casualidad; pero la parte del
cargamento que consistía en bocadillos y azúcar se perdió en su
totalidad, y los sombreros y la ropa de batán sufrieron tal avería,
que no alcanzó a sacarse de ellos ni la mitad del coste
primitivo.
El resarcimiento de esta pérdida no podía ser obra del trabajo
de un año, y por consecuencia de ella tuvimos que desafiar, en
1851, al más temible flagelo de cuantos suelen amenazar la vida del
hombre:
el cólera morbo.
Habíase extendido esta terrible epidemia por el Magdalena
arriba, y se hallaba ya en Barrancabermeja cuando Trino y yo nos
embarcamos en el Carare, como para salirle al encuentro, no movidos
de intrepidez natural o cosa semejante, sino por necesidad y por
deber.
De los cuatro bogas contratados de antemano para bajar el río,
sólo dos se resolvieron a embarcarse. Deficiente el servicio de la
balsa, entre otros percances tuvimos el muy grave de que una
corriente la llevara al brazo de Morales, en vez del de Ocaña, que
es el que tiene profundidad suficiente, en todo tiempo, para dar
paso a cualquiera embarcación.
Una vez metidos en aquel brazo de tan escaso fondo, sin poder
seguir adelante ni volver atrás, hicimos arrimar la balsa a la
primera playa que se presentó. La noche fue angustiosa, como puede
suponerse; pero al amanecer del día siguiente se presentó una canoa
que subía el río, y que vino a ser, en las circunstancias,
verdadera tabla de salvación. En ella bajé a Morales en busca de
vehículos para trasbordar la carga y conducirla hasta la
confluencia de los dos brazos del río.
Serían las siete de la mañana cuando desembarqué en aquel lugar.
En mis viajes de subida había tocado allí y hecho conocimiento con
algunos de sus vecinos; pero esta vez, bajo la influencia del
pánico que dominaba la población, fui recibido por ellos con la
indeferencia con que se mira a cualquier desconocido. Nunca se
muestra el egoísmo humano en toda su repugnante desnudez, como
cuando amenaza un grande e inminente peligro. Contábanse ese día 64
casos de cólera en aquella pequeña población!
Por demás es decir que después de tan grave contratiempo, era ya
imposible llegar oportunamente a la feria, por lo cual resolvimos
dirigimos a Mompós, donde, mal que bien, expendimos la ancheta
destinada a Magangué. De este modo se llenó el principal objeto de
tan arriesgado viaje, que era el de hacer frente a los compromisos
contraídos el año anterior
(1)
.
El de 1852 pasó sin que ocurriese ningún incidente que merezca
ser recordado. Mas no así el de 1853, en que, habiendo concurrido a
dos ferias, la de Magangué y la de Tacasuán, tuve el dolor de
perder en esta última uno de mis más queridos hermanos; y como al
siguiente año perdiese también otro de ellos en el puerto de
Carare, no faltaron amigos que tomaran vivo empeño para que
renunciara a concurrir a las ferias.
Ciertamente, era ya demasiado.... y como, por otra parte, en la
última feria había yo logrado dar un giro a mis negocios que hacía
innecesaria la continuación de tales viajes, desistí
w ellos
definitivamente.
Aquí haré mención de un amigo de quien recibí, con ocasión de la
muerte de mi hermano, finos cuidados y atenciones de esas que jamás
se olvidan.... Este amigo fue el señor José G. Ribón, y a él debí
principalmente el ensanche que recibieron mis negocios a partir de
mi último viaje a la feria.
El autor de una biografía publicada en la
Histoire des hommes
d'Etat et des hommes de guerre vivants ou morts dans le siecle
(Tomo III), calificó aquellas expediciones de "verdaderas
aventuras"; y no incurrió por cierto en exageración. Es,
pues, el caso de manifestar que no fue siempre amor al lucro lo que
nos indujo, a mis hermanos y a mí, a emprender tan arriesgadas
expediciones, sino el vivo deseo de adquirir una posición
independiente, fuera de la cual la vida no puede considerarse como
un bien. Por eso es por lo que yo he reputado esa lucha de nueve
años como una verdadera "campaña de independencia
personal".
Fue, sin duda, un grave error el de haber elegido la plaza de
Vélez para centro principal de las operaciones mercantiles que se
iban a emprender sobre Magangué y Mompós. A excepción de los
bocadillos de guayaba, que como artículo impropio para la
exportación, sólo en muy limitada cantidad podían llevarse a las
ferias, la provincia de Vélez no producía entonces nada,
absolutamente nada, que pudiera ser materia de cambio con aquellas
plazas comerciales; y como, por otra parte, la masa de su población
vestía de tejidos del país, las mercancías extranjeras tenían
escasísimo consumo. Los pequeños capitales que había entonces en la
provincia se hallaban representados en fincas raíces, y el poco
numerario circulante se colocaba a muy alto interés. No había quien
pudiera dar una carta de recomendación comercial, como no fuese
para Bogotá, de manera que el crédito que allí podía alcanzarse
carecía del poder de adquisición que tiene en todos los centros
mercantiles. Quien tenía en Vélez una entrada anual de $ 200, era
considerado como persona acomodada, y los pocos individuos que
disfrutaban de una renta de siete a ochocientos pesos, provenientes
de fincas raíces, pasaban por personas opulentas. Así se explica
esta frase chistosa que me dirigió el doctor Murillo al tener
conocimiento de que yo había hecho un pequeño capital en Vélez, no
debido exclusivamente al ahorro, que ha sido allí fuente obligada
de toda acumulación de riqueza: "Usted debe de ser - me
dijo - el que inventó el petróleo", es decir:
"Usted es capaz de extraer aceite de una
piedra".
Cúcuta, Bucaramanga, Ambalema y Honda, habrían sido mejores
teatros para aquellas especulaciones; y dados el arrojo, la
constancia y la exquisita puntualidad empleadas en la dirección y
manejo de ellas, puede asegurarse que, si nos hubiésemos situado en
alguna de esas plazas, habríamos obtenido por el comercio una
considerable fortuna. Pero Vélez tiene, además de su excelente
clima, atractivos sociales de gran precio, y las afinidades
políticas fueron también, por otra parte, vínculo que me ligó
estrechamente a esa culta sociedad.
La patria de Camilo Vanegas, muerto gloriosamente en Tacines, y
de quien el General José Hilario López dice en sus Memorias, a
propósito de sus prodigios de valor en Juanambú, "que sólo
le valieron un ascenso, cuando en Europa le habrían valido una
fortuna y renombre imperecedero"; la patria del Coronel
Vicente Vanegas, héroe en la guerra de la independencia y mártir en
una de nuestras contiendas civiles; la patria, en fin, de Angel
María Flórez, del doctor Vicente Vanegas, de Cerbeleón Pinzón,
Vicente Herrera, Ricardo Vanegas, Luis Flórez, Vicente Olarte
Galindo y de otros notables ciudadanos que han figurado con honra
en la milicia, en el foro y en la literatura; esa privilegiada
ciudad, si bien comercialmente nula o poco menos, era entonces, y
había sido de tiempo atrás, centro político de gran valía. Debo
suponer, por tanto, que en ninguna de aquellas otras importantes
poblaciones, exceptuando la que fue cuna de Santander y de Soto,
habría encontrado los estímulos y las facilidades que hallé en
Vélez para abrirme camino en la carrera pública.
Sin que me hubiese sentido fuertemente inclinado a ella, y sin
que pueda ufanarme de haberla seguido, es lo cierto que esa carrera
constituye la faz culminante de mi vida, Y que a ella debo el ser
contado entre los servidores públicos de mi patria; honor que no
trocaría por muchos miles de Pesos, sobre los pocos que, mediante
una honrada labor de cuarenta años, he logrado acumular, y cuya
posesión me permite vivir con algún desahogo en la vejez, y
mantener el decoro propio de quien ha ocupado en su patria las más
elevadas posiciones oficiales. Debo también a esa carrera el
derecho a escribir estas Memorias, en las cuales me propongo dejar
a mis descendientes vivo ejemplo de constancia en el trabajo, de
honradez y patriotismo, que ojalá se consideren obligación de
imitar.
__________