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HISTORIA DEL CAMINO DE CARARE

El Prefecto de Bolívar, doctor Secundino Alvarez, en informe al Secretario de lo Interior y Relaciones Exteriores, informe que se halla inserto entre los documentos anexos a la Memoria que este funcionario dirigió al Congreso de 1871, se expresó así respecto de la labor de la compañía:

"Yo he tenido ocasión de examinar despacio los libros de cuentas de la compañía empresaria, y me he persuadido de que los fondos que recibió del Gobierno de Santander se han invertido religiosamente en su objeto, con excepción de unos $ 2,000 que hay en existencias. Mas tengo también la convicción de que la compañía está en impotencia absoluta para cumplir su compromiso de mantener en completo estado de tránsito el camino. Hoy, en su previsión, tiene que limitarse a hacer mezquinas reparaciones en los puntos donde la necesidad es más urgente. Los productos del peaje son equivalentes a cero. (1)

Debo recordar aquí que, a fin de procurarle un firme apoyo a la vacilante empresa, promoví el año de 1870 la creación del Territorio Nacional de Bolívar. En la Gaceta de Santander, número 649, se registran el proyecto de ley que, con tal objeto, propuse a la Legislatura del Estado en asocio de mis compañeros de diputación por el Departamento de Vélez, señores doctor Abel Navarro, Lorenzo Codazzi y Foción Azuero, y una detallada exposición de las razones en que nos apoyábamos.

A pesar de una objeción de carácter dilatorio que le hizo el Presidente Wilches, el proyecto fue definitivamente aprobado por el voto unánime de los miembros de la Asamblea; y en tal virtud, el Congreso de 1871 expidió la correspondiente ley, que aceptó la cesión del Territorio y designó el naciente caserío de Landázuri para su capital.

Además del personal administrativo y judicial se situó allí una guarnición militar, que suministraba escoltas para el correo establecido entre Vélez y Boca de Carare, e infundía confianza a los habitantes del camino en la protección del Gobierno contra las invasiones de los salvajes.

Como medio de sostener y de impulsar el tráfico en aquella vía, y como estímulo para abrir al cultivo el fértil suelo que ella atraviesa, aquel acto legislativo empezaba a dar los resultados que de él se aguardaban cuando otra Legislatura de Santander (la de 1880) solicitó y obtuvo del Congreso la eliminación del Territorio.

Dado que la creación y sostenimiento de esta entidad administrativa, lejos de ser gravosa o perjudicial a Santander, tendía a fomentar gratuitamente una de las principales vías de comunicación del Estado, ocurre naturalmente preguntar cuáles pudieron ser los móviles de tan extraña solicitud. Poco esfuerzo se necesita para encontrarlos en la política regenerativa, que, como inspiración de la venganza, tuvo por principal mira la de destruir o de abrogar, sin escrúpulo ni discernimiento, todo cuanto había sido obra de determinada colectividad política, desde lo más grande, como la Constitución de Rionegro, hasta lo más pequeño, como el Territorio nacional de Bolívar!

Preciso es reconocer también que las diversas tentativas hechas en otro tiempo para abrir y mantener aquel camino, tuvieron, en parte, por fundamento una ilusoria esperanza.

Del pasaje arriba transcrito de la Memoria de mando del Virrey Ezpeleta aparece, en efecto, que este ilustrado gobernante se prometía ver reemplazada la navegación del Magdalena, de Boca del Carare hasta Honda, por la de este último río; y no es tampoco dudoso que los fomentadores del camino de Carare en 1835 y 1836 participaron de esa misma esperanza, que no se desvaneció sino veinte años después, con motivo del establecimiento de la navegación por vapor en el río Magdalena.

La exagerada idea que de largo tiempo atrás se había formado y venía alimentándose acerca de las riquezas minerales de Carare, debió de ser parte también a estimular a los empresarios del camino en la época últimamente citada. En la referida carta del doctor Flórez al General Santander se habla de empedrar con granos de oro aquella vía. Prescindiendo de la humorística hipérbole, hay siempre algo en esta frase que demuestra la ilusión de su autor.

El doctor Flórez se refería indudablemente a la mina de aluvión de La Corcovada, de la que se había venido hablando, quizá desde tiempo inmemorial, con manifiesta exageración.

La afamada riqueza aurífera de es quebrada tributaria del Carare, trajo a sus playas en el año de 1844 un grupo de exploradores, del que hizo parte - no como interesado en la explotación, sino movido por su espíritu evangélico y por su marcada afición al estudio de la Botánica - el venerable sacerdote doctor José María Céspedes, a quien tocó celebrar allí, por primera vez y con inusitada pompa, el sacrificio de la misa, bajo la enramada del majestuoso bosque.

Hizo también parte de esa expedición el desgraciado doctor Raimundo Russi, a quien vi por primera y última vez a su salida de Carare.

Estos atrevidos empresarios no reportaron de su malaventurada expedición otra cosa que la fiebre intermitente; el recuerdo ingrato de las mil penalidades que habían sufrido, entre ellas la del hambre, que hubieron de amortiguar durante algunos días con carne de mono y de otros animales monteses; y por último, el conocimiento de que las escasas partículas del codiciado metal que arrastra esa quebrada en sus arenas, no alcanzaban a cubrir los gastos de su extracción, cosa a que pudo contribuir - advertiré por mi parte - la deficiencia o la imperfección de los medios empleados en la operación.

Algún tiempo después de ocurrido esté fracaso, el señor Luis Gorin, farmaceuta francés establecido en Bogotá, hizo viaje a La Corcovada, y se alucinó de tal manera respecto de la riqueza aurífera de esa quebrada, que dio y porfió, por espacio de cuatro años, en la tentativa de extraer oro en gran cantidad, hasta que la muerte puso término a tan singular obstinación, sorprendiéndole en aquel apartado rincón del bosque.

Más tarde un compatriota suyo, cuyo nombre he olvidado, se presentó en Vélez con un trozo de cuarzo con incrustaciones de oro nativo, que había encontrado, según dijo, en una de las playas del bajo Carare. Este desconocido francés se esforzó inútilmente por organizar una compañía que se encargara de descubrir el filón de que aquella rica muestra procedía. A ser cierto que la encontrara en el paraje citado - y no hay motivo para dudarlo - puede asegurarse que en las inmediaciones de alguno de los afluentes del Carare, probablemente La Corcovada, existe una riquísima veta de tan precioso metal.

Entre las engañosas perspectivas de que vengo hablando, ocupó lugar prominente por algunos años, la del laboreo en grande de las minas de cobre de Moniquirá, a las cuales se atribuía una potencia productiva incomparable. Decíase en apoyo de ello - no so si con fundamento o sin él -que el barón de Humboldt había expresado el concepto de que con el "cobre de esas minas se podía abastecer el mundo entero."

Sabíase, por otra parte - y esto sin ningún género de duda -que el referido metal contiene una aleación de plata fina, cuyo valor se estimaba suficiente para cubrir los gastos de transporte a Inglaterra del mineral casi en bruto, o sea ligeramente depurado por el fuego al aire libre.

Tan halagüeñas esperanzas se creyeron confirmadas desde que se vio a la respetable casa comercial de Montoya, Sáenz y Compañía iniciar, de firme, la empresa de la explotación de tales minas, en la medida o en las proporciones indicadas, introduciendo al efecto, un gran cargamento de maquinaria, herramientas y otros útiles adecuados a la extracción del mineral, inclusive vestuario para los mineros. Y como la vía de Carare estaba naturalmente llamada a dar salida para el exterior a esos productos, todos vimos en la mencionada empresa una base de tráfico suficiente para mantener, por tiempo indefinido, el camino en buen estado. Así las cosas, ocurrió la quiebra de aquella importante casa comercial, y por consecuencia de este desgraciado acontecimiento, la propiedad de las minas, después de haber pasado de unas a otras manos, vino a las del activo e inteligente empresario señor José María Saravia Ferro, quien hizo venir de Inglaterra un acreditado mineralogista, para que examinase detenidamente la riqueza de los filones que componen aquel yacimiento metalífero, a fin de poder basar en ese conocimiento una empresa análoga a la que había iniciado la casa antes citada. Como resultado de tal estudio, el ingeniero informó que la capacidad productiva de las minas no correspondía absolutamente a la idea que de ellas se había tenido. Y he aquí otra esperanza muerta para los que más ardientemente hemos deseado ver realizada la redentora obra del camino de Carare.

Al pie del ramal de la cordillera que limita el valle de ese nombre formaciones la dirección de petróleo considerable por su lado oriental, se encuentran grandes de carbón de piedra; y un poco adelante, en del camino que conduce al Puerto, hay depósitos cuya abundancia, no averiguada aún, parece Pero tanto estas riquezas minerales como la vegetal consistente en maderas finas, de las que hay una abundancia y variedad incomparables, permanecerán inexplotadas por todo tiempo que tarde la locomotora en penetrar hasta el fondo de aquella enmarañada selva.

Menos, muchísimo menos tiempo tardará el cultivo de aquel feracísimo suelo, que hoy más que antes llama la atención de los agricultores de la provincia de Vélez, como resultado del aumento de población y del natural encarecimiento de las tierras habitadas y cultivadas de largo tiempo atrás. Esto dará origen a una transformación industrial, que marchará al par de la apertura del camino, actualmente en vía de ejecución, y en la medida o proporción del tráfico permanente que por él vaya estableciéndose. Para acelerar el advenimiento de esa época de prosperidad, debe proveerse cuanto antes al establecimiento en el valle del Carare de tres grupos cuando menos de pobladores, situados convenientemente, y provistos de armas para repelar las agresiones de los salvajes, y de medios alimenticios e higiénicos suficientes para luchar contra el rigor del clima.

La actual compañía empresaria del camino tiene en los subsidios que el Gobierno se ha obligado a suministrarle, y el capital suscrito por sus respectivos socios, fondos suficientes para llevar a cabo la obra contratada, a la que ha hecho ya una importante mejora, consistente en la variación del trazo primitivo entre Vélez y Sabana alta (hoy Landázuri); variación que fue indicada desde mucho tiempo atrás por el jefe de la Comisión Corográfica, General Agustín Codazzi, y con la cual se evita, en una extensión equivalente a la mitad del camino, la parte más escabrosa y difícil de todo él. Pero debe tenerse en cuenta que la existencia de esta vía no quedará definitivamente asegurada mientras la necesidad comercial de ella esté por crear.

No hay camino que no preste o que no pueda prestar algún servicio a la industria en cualquiera de sus ramos; pero la necesidad de ellos sólo estará económicamente demostrada en el caso de que el servicio que hayan de prestar sea proporcionado al costo de su apertura y conservación. En el presente caso ese coste no puede ser de poca entidad, pues que se trata de un camino de diez miriámetros de longitud (aun por la antigua línea, que es la más recta); camino que después de trasmontar uno de los encumbrados ramales de nuestra cordillera oriental, atraviesa un valle desierto en que es difícil establecer pobladores a causa de la insalubridad del clima y del peligro consiguiente a la vecindad de las tribus salvajes.

Para el sostenimiento de ese camino en su parte puramente material, y para conservar en él la necesaria población, se requiere un tráfico permanente, al que sólo puede proveerse, en el estado actual de nuestro comercio exterior, por medio del cultivo del café. Felizmente este cultivo está iniciado ya en la provincia de Vélez y en algunos pueblos vecinos a ella, pertenecientes a la del Socorro, los que exportarán sus productos por la vía de Carare; de manera que puede esperarse, con algún fundamento, que a vuelta de- ocho o diez años, con este solo artículo pueda hacerse frente a la vital necesidad del tráfico. Porque es de advertirse que el comercio de importación que por allí pueda hacerse en los quince o veinte años siguientes a la terminación de la obra, será apenas un pequeño auxiliar del tráfico; y que la exportación de otros productos distintos del café tampoco será en mucho tiempo, por razón de su limitada cuantía, factor muy importante en tal sentido. Nuestra industria fabril, como es bien sabido, ocupa una escala tan baja en la producción general, que es poco menos que nula; y la industria extractiva, de que tanto se prometió, por ejemplo, el comercio de Santander a partir de 1880, en que se descubrió la quina cuprea, no llegó a producir en toda la extensión baldía que envía sus aguas al Carare y al Opón, cantidad suficiente para inducir a sus exportadores a rehabilitar, mediante un gasto no muy considerable, la abandonada vía de Carare, a fin de enviar por ella sus cargamentos, con preferencia a la de Honda, que mide triple distancia. Pudo influir en ello, es verdad, la precipitación con que fue conducido aquel negocio; pero no debe olvidarse que sin embargo de haber sido esa clase de quina la que se ha encontrado en mayor abundancia en todo el departamento de Santander, empezaba ya a escasear cuando le llegó el tiempo de ser desalojada de los mercados extranjeros por sus rivales procedentes de la India Oriental.

Los bosques de caucho que, por razón de su no muy grande distancia de los lugares poblados, se consideraron económicamente explotables, quedaron casi agotados en menos de tres años, sin que su total producto, en la provincia de Vélez, hubiese alcanzado a quinientos quintales.

Se objetará que el sistema de extracción de esta goma, como el que se aplica a la corteza de la quina, ha sido esencialmente destructor. Así es la verdad; pero esto no infirma la aseveración de que, como productos naturales, no existen en tan grande abundancia como generalmente se cree.

De la ipecacuana no hay para qué hablar, pues si bien se la encuentra allí por mala yerba, como vulgarmente se dice, para dar idea de grande abundancia, no ha tenido hasta hoy, por razón de su calidad, buena aceptación en el comercio.

La tagua o marfil vegetal es otro artículo que apenas merece un lugar en la presente revista. El bajo precio a que se cotiza en los mercados extranjeros (1 1/4 centavo libra) mantiene el campo de su recolección a las orillas de los ríos navegables.

A los bálsamos, gomas y resinas de Carare no les ha llegado todavía el tiempo de ser solicitados; pero aun dado que esa época se acercase, poco influiría ello en el movimiento comercial del camino, a causa de la natural exigüidad de esos artículos.

No son las sustancias preciosas ni los metales finos los que pueden abrirse ampliamente salida al través de nuestros territorios incultos. Este es privilegio exclusivo de los artículos de gran consumo o de peso o volumen muy considerables, en proporción a su valor comercial. La producción de café en el pequeño Estado de Costa Rica no vale lo que la del Oro en nuestro departamento de Antioquia; y sin embargo, aquélla ha exigido y alimenta un ferrocarril, mientras que a ésta le ha bastado un mal camino de montaña.

Visto como está que una gran parte de nuestras riquezas naturales carece de valor de cambio, por no haberles llegado el tiempo de figurar en el comercio, y que las restantes no alcanzan, ni con mucho, a revestir las enormes proporciones que la imaginación y el amor patrio han llegado a concederles, temeridad sería fundar en ellas la principal esperanza de sostenimiento de un camino costoso como el de Carare.

Mi opinión es, por tanto, lo he dicho y lo repito por última vez, que mientras el cultivo del café no adquiera en la provincia de Vélez el desarrollo necesario para que su producto baste por sí solo a alimentar el tráfico en la vía de Carare, la conservación de ella en buen estado continuará siendo una engañosa perspectiva, que halagará hoy al patriotismo para desalentarlo mañana.

Pero si, entretanto que aquel resultado se obtiene, llegare a hacerse por el trazo recientemente practicado entre Vélez y Landázuri, un camino de herradura que verdaderamente merezca ese nombre, las fértiles hoyas del Quiratá y del Rionegro, por cuya línea divisoria pasará el camino, serán inmediatamente abiertas al cultivo de la caña de azúcar, del café y de otros productos menores adaptados a los climas medios, a tiempo que en la hoya del Guayabito, que goza de una elevada temperatura, el bosque primitivo irá cediendo su puesto al para y al guinea, para la formación de grandes dehesas destinadas al engorde de ganados. Luego vendrá el cultivo del tabaco y del añil, y en pos de ellos el movimiento y la vida comercial que hoy se anhelan. Bastará, entretanto, el primero de estos resultados para compensar el patriótico esfuerzo de los actuales empresarios del camino; y será especialmente merecido galardón para el más perseverante y abnegado de todos ellos: el modesto e inmejorable patriota doctor Eusebio Morales.

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1.

El Prefecto se refiere al peaje que causaba el paso de cargamentos no pertenecientes a la compañía empresaria; pues, por lo que hace al que causaban éstos, se liquidaba religiosamente y se invertía en la obra del camino, según puede comprobarse en cualquier tiempo con los libros de la misma compañía. (Regresar)

 

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