INDICE




 

CAMINO DE CARARE


Pero antes de entrar en la relación de aquellas arriesgadas expediciones, reseñaré, brevemente la historia del camino de Carare, y aventuraré algunos conceptos sobre el porvenir de esta antigua pero nunca bien establecida vía de comunicación.

No pudiendo ir tan lejos, como sería preciso hacerlo, para determinar el tiempo en que los colonizadores españoles adoptaron esa vía, de preferencia a la de Opón, para el comercio del interior con nuestra costa atlántica -asunto sobre el cual hay bastante oscuridad- tomaré como punto de partida de este bosquejo histórico el año de 1776, en que el Virrey Flórez hizo su entrada por aquel camino al interior del Nuevo Reino; y advertiré desde luego que ya para ese tiempo, y probablemente desde mucho antes, venía haciéndose por él la exportación de productos de las provincias del Socorro y Tunja. Y en cuanto a la importancia comercial que los gobernantes españoles le dieron, el siguiente pasaje de la Memoria de mando del señor Ezpeleta, dará acerca de ello la más completa idea.

"Es tan importante este camino - dice el más progresista de nuestros virreyes - que por él se evitan los riesgos del río Magdalena desde el estrecho de Carare hasta Honda, se abrevia la conducción de cargamentos de Europa al interior del Reino, y se facilita la exportación de las harinas de Leiva, de los azúcares y dulces de Vélez y de los algodones y manufacturas del Socorro y de San Gil, que son los lugares más poblados y más abundantes de frutos de estas provincias."

Los españoles debieron de limitarse a abrir en Carare una senda apenas transitable por bestias cargadas; pues que, a excepción de los cimientos de ladrillo de una bodega, que se encontraron en el puerto de San Fernando, y de los empedrados que, de trecho en trecho, se hallan en las primeras seis leguas de camino, no hay en toda la vía vestigio alguno de sólidas construcciones, con la circunstancia, digna de recordarse, de que, en su mayor parte, esos empedrados fueron hechos por patriotas de la provincia de Vélez, a quienes el pacificador Morillo condenó a trabajos forzados.

Con referencia a esos tiempo de la Colonia hay también memoria de que un padre Pardo, cura párroco del Puente Nacional, movido del patriótico deseo de llevar pobladores a Carare, construyó casa de habitación en el punto denominado Guayabito, e inició allí el cultivo del cacao.

A esto siguió un largo período de abandono, tal vez de olvido de aquel camino, hasta que por los años de 1835 y 1836 se dio principio a la fundación de plantaciones en las tierras bajas de Carare, y se restableció en esta vía el interrumpido tráfico, enviando nuevamente a Mompós cargamentos de azúcar, bocadillos, ropa de batán y cueros de res. Aunque de corta duración, fue este un período de renacimiento para el camino de Carare, del cual fueron iniciadores principales los doctores Angel María Flórez, Domingo C. Cuenca y Rafael María Vásquez. El General Santander, como adjudicatario de tierras baldías en la zona de Carare, puso también su contigente en la obra del mejoramiento del camino, fundando plantaciones de café y algodón en e1 sitio denominado Cabeceras, al que este egregio republicano dio el nombre de Belisario, en la portada del libro de cuentas, que de su puño y letra abrió para asentar las partidas de dinero que iba aplicando a la mencionada empresa.

Habiendo venido a manos de una persona allegada a mí ese y otros papeles relativos al establecimiento de aquella plantación, y al estado del camino en ese tiempo, me he permitido tomar copia de dos de ellos, a saber: del ya mencionado, en que constan los referidos asientos, y de una carta dirigida al General Santander por el entonces Gobernador de la provincia de Vélez, doctor Angel María Flórez, en que le informa del estado del camino y hace una descripción de él. Como piezas ilustrativas, ellas harán parte de los documentos anexos a estas Memorias; y sea esta, por tanto, la ocasión de manifestar cuan grato es para mí contar a tan esclarecidos patriotas entre los que me han precedido en la tentativa de dotar a Vélez con una buena vía al Magdalena.

Por aquel mismo tiempo fueron destinados a trabajar en la obra del camino algunos reos condenados a presidio. De ellos alcancé a conocer en el año de 1845 los pocos que habiendo vencido de la acción deletérea del clima, alcanzaron a cumplir el tiempo de su condena y se establecieron definitivamente allí, los cuales se consagraron a la agricultura y vivieron como laboriosos y honrados colonos.

Por entonces se solicitó y se obtuvo también grandes adjudicaciones de terrenos baldíos a inmediaciones del camino; adjudicaciones que ojalá no hubieran sido hechas, porque no habiendo emprendido y sostenido hasta ahora ninguno de los adjudicatarios el cultivo de una parte siquiera de esos terrenos, sólo han servido de obstáculo para llevar nuevos pobladores al camino; objeto que habría podido obtenerse halagándolos con el derecho de propiedad que la ley concede a los cultivadores de baldíos.

Al favor de aquella tentativa de fomento, y debido al perseverante esfuerzo que, en apoyo de ella, hizo el señor José Landázuri, se fundó a las orillas del Guayabito y del Carare cuatro plantaciones de cacao, las cuales duraron seis u ocho años rindiendo abundantes cosechas y serían hoy poderoso aliciente para penetrar en aquella abandonada región si, por desgracia, no hubieran sido arrastradas por extraordinarias crecientes de los mencionados ríos. Cuando tuvo lugar este accidente, esos cacaotales habían pasado a ser de propiedad, los dos primeros del Coronel Antonio María Díaz - que también ocupó puesto distinguido entre los fomentadores del camino - y los segundos del compilador de estas antiguas y ya casi perdidas tradiciones.

De aquel grupo de impulsores del camino de Carare hizo parte también, no siquiera como empresario, sino simplemente como entusiasta y desinteresado amigo del progreso de su ciudad natal, un hombre que, por sus virtudes públicas y privadas, fue ornato de la sociedad veleña: el señor José María Olarte Ricaurte. Ya tendré ocasión de hacer notar en otra parte, con referencia a este distinguido patriota liberal, que, como amigo, perteneció al reducido número de aquellos a quienes la nobleza y la elevación de carácter habilitan para resistir la prueba de los malos tiempos....

En 1840 o 1850 empezó el doctor Manuel María Zaldúa a dar cumplimiento al contrato para la mejora y conservación del mencionado camino, contrato que había celebrado con el Poder Ejecutivo Nacional, a tiempo de terminar la primera Administración del General Mosquera, que tanto se distinguió por su espíritu de progreso. El contratista invirtió en la obra los $ 10.000 que, en dinero, recibió del Gobierno, y el producto de unos títulos de tierras baldías, con los cuales fue también auxiliada la empresa; pero al cabo de algunos años de incesantes esfuerzos y de abrumadoras fatigas, se separó de ella completamente desilusionado.

Con el fin de apoyar el pequeño tráfico establecido de tiempo atrás en el camino, la Legislatura provincial de Vélez destinó en el año de 1852 la cantidad de $ 2,000 para la compra de muías que hiciesen el servicio de transporte en él a moderado precio. Este servicio fue prestado con regularidad hasta el año de 1854, en que la revolución vino a poner zumoso término a la empresa.

Poco tiempo después tuvo lugar la organización de una compañía encabezada por el Coronel Antonio María Díaz, para contratar, como lo hizo, la reapertura y conservación del mencionado camino. Esta compañía trabajó en la obra por espacio de ocho años, al cabo de los cuales se disolvió para dar lugar a otra, de la que hicieron parte los señores Casimiro Díaz, Eusebio Morales y Domingo Téllez Caro, compañía de que tuve la honra de ser nombrado director. Ella fue también auxiliada por el Gobierno con la cantidad de $12.000, y con títulos de propiedad de 4,000 hectáreas de tierras baldías.

Aparte de varias composiciones que le hizo al camino, esta compañía obtuvo para el servicio de él, por compra al doctor Manuel María Zaldúa, la espaciosa bodega de tapia y teja que mis hermanos y yo habíamos hecho construir, por cuenta de este empresario, en el puerto de San Fernando; y levantó, además, un puente de estribos de cal y canto sobre el río Horta. Al cabo de catorce años rescindió el contrato, previa presentación de cuentas de lo invertido en la obra, y mediante la devolución de los títulos de tierras baldías que había recibido, los que consignó en manos del Presidente de Santander, General Solón Wilches.

No tuvo esta compañía en mira, como tampoco la que le precedió, ninguna utilidad directa en el contrato; pero si esperaba obtener remuneración indirecta de su trabajo, sirviéndose del camino para cierta empresa comercial, a cuya sombra se prometía sostener indefinidamente la vía en estado de servicio.

Inútil esfuerzo! La escasez de productos exportables, y principalmente la constante amenaza de los indios salvajes -quienes, habiendo asaltado a varios pasajeros y sacrificado dos familias de las establecidas a orillas del Carare, obligaron a emigrar a otras - dificultaron a tal punto la marcha de los negocios, que fue preciso suspenderlos. El camino volvió a caer, por consiguiente, en el más completo abandono; y lo que no había podido el clima contra esta civilizadora empresa, vino a ser obra del salvaje.

 

anterior | índice | siguiente