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NEGOCIOS COMERCIALES

Perdida toda esperanza de seguir carrera literaria, por falta de recursos propios y de apoyo extraño, me dediqué, en asocio de Trino, a un penoso trabajo, con cuyo producto contribuíamos a la subsistencia de la familia.

La desgraciada revolución de 1840, acompañada como estuvo del azote de la viruela y seguida de la ruidosa quiebra del doctor Landínez, no ha sido la más sangrienta, pero sí la más asoladora de cuantas ha experimentado el país. Los que viven, después de haber presenciado aquel terrible sacudimiento, pueden recordar el estado de miseria a que quedó reducida la Nueva Granada a causa de él. Las empresas industriales que no se paralizaron, sufrieron notables quebrantos; las transacciones a crédito, si llegaban a efectuarse, era en condiciones demasiado onerosas para el deudor, y el interés del dinero en las antiguas provincias del Socorro y Vélez y en la plaza de Ambalema, de que yo tuve conocimiento, se elevó a la fabulosa rata del 8% mensual.

Lo recuerdo aún con tristeza! Fue entonces cuando tuvo lugar una emigración de familias principales de Barichara, en busca de otros lugares donde fuese menos difícil ganar la vida por medio del trabajo, y yo hube de seguir, con ¿os de mis hermanos, el camino de la peregrinación.

No podían darse situación y circunstancias menos propicias para emprender la lucha por la vida. Sin capital, sin relaciones v casi sin apoyo de ninguna especie, debíamos sin embargo acometer la magna empresa.

Mi hermano mayor, Jerónimo, me había precedido en la emigración, y tenía su residencia en Vélez.

Haciendo largo camino a pie, por Sogamoso y Tunja, para expender una pequeña ancheta de sombreros, y acompañado de Trino, me reuní con mi hermano mayor en Zipaquirá, y de ahí nos dirigimos los dos a Bogotá con carta de recomendación comercial de nuestro buen amigo el Presbítero Nicolás M. Quintana. No sin dificultad obtuvimos un crédito por valor de $ 400 en mercancías extranjeras, a precios verdaderamente usurarios, de lo cual sólo caí en la cuenta al comenzar a expenderlos. Pero, en fin, aunque por estrecha puerta, entrábamos en el comercio, y eso era ya empezar.

Nos dirigimos a Vélez con la pequeña ancheta, por ser aquella una plaza conocida de mi hermano. A pesar de ser capital de provincia, poco aventajaba entonces, comercialmente, esa ciudad a la de Barichara. Pronto noté que en aquel lugar poco o nada de provecho podíamos hacer, y propuse a mi hermano que nos trasladásemos a la antigua provincia de Nieva, donde, según sabíamos, algunos industriosos socórranos habían logrado hacer fortuna. Nos trasladamos, pues, a esa provincia y tardamos poco en observar que el estado de los negocios no era allí mejor que en las poblaciones del Norte, como no lo era seguramente en ningún otro lugar del país, pues dondequiera se veía estampada, más o menos profundamente, la huella de la última guerra civil, aun sin contar con la tradicional pobreza de todo el país. Con efecto, a excepción de una pequeña cantidad de oro de aluvión que se extraía en el distrito de Coyaima; del cacao de Neiva - que sólo valía $ 20 sencillos la carga - y del tabaco de Ambalema, que, estando monopolizado por el Gobierno, sólo dejaba a los cultivadores un miserable jornal, no había allí otro artículo propio para el cambio con las demás provincias. En la extracción de quinas y de caucho, que debía venir a ser con el tiempo productiva industria para esas poblaciones, no se soñaba siquiera; menos aún en el cultivo del café; y en cuanto al ganado vacuno, que constituía la más valiosa industria, apenas se vendía en partidas al ínfimo precio de 8 pesos sencillos por cada toro de tres años de edad, y a largo plazo. Qué podría hacerse, como no fuera vivir pobremente, en un teatro industrial como aquél?

Se nos habló entonces de las ferias de Magangué, con la advertencia de que los viajes hacia allá eran sumamente peligrosos por razón del clima y de la pésima navegación del Magdalena. Nosotros, que habríamos emprendido viaje a California si por ese tiempo hubiese sido descubierto el Dorado, no vacilamos en acoger la indicación.

Como la parte principal de los artículos propios para la venta en Magangué debía comprarse en la provincia de Tunja, cuya más próxima vía al Magdalena es la de Carare, que principia en Vélez, nos trasladamos a esta última ciudad para hacer de ella el centro o punto de partida de las nuevas operaciones comerciales.

 

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