MI INFANCIA Y MI PRIMERA JUVENTUD
I
Si se exceptúa ciertos hombres de precoz y privilegiado ingenio,
que han descollado desde la infancia, la vida del hombre en sus
primeros años nada deja tras sí digno de ser referido, ni aun a los
más inmediatos descendientes.
No han faltado escritores que hayan hecho interesantes
descripciones de incidentes ocurridos en su niñez; pero el mérito
de tales composiciones no proviene de los hechos que les han
servido de materia, sino de los comentarios con que han sabido
adornarlas, y de la ingeniosa manera de referirlas. Para hombres de
grande imaginación y talento descriptivo, la vida de cualquier niño
puede servir de tema para una brillante narración. Aun tratándose
de hombres como Franklin, se ha podido decir, con razón, que nada
hay de extraordinario en los hechos que él mismo refiere, como
ejecutados en sus primeros años, y que son las reflexiones morales,
que tanto abundan en sus Memorias, las que constituyen el verdadero
mérito de esa interesante obra.
Así, pues, si me resuelvo a consagrar unas pocas líneas al
período de mi infancia, lo hago únicamente con el propósito de
poner de manifiesto la unidad moral de mi vida, rasgo que
principalmente la caracteriza; pues, por lo demás, debido
indudablemente a una buena índole heredada, o sea al equilibrio de
mis facultades morales, el cumplimiento del deber no ha exigido de
mí grandes o extraordinarios sacrificios, ni triunfos sobre mí
mismo de que pudiera vanagloriarme.
Una constante observación me ha persuadido de que así el bien
como el mal obrar dependen, originariamente al menos, de
disposiciones orgánicas o inclinaciones naturales que, bajo la
forma de necesidades fisiológicas, actúan sin contrapeso sobre la
voluntad del hombre - cuanto más sobre la del niño - antes de que
una bien dirigida educación venga a dar a cada cual la conciencia
de sus propios actos y el dominio de sí mismo, en la medida de lo
posible. No se me oculta, desde luego, la gravedad de estos
conceptos. Sé muy bien que al formularlos pongo atrevida mano en
una de las más arduas y trascendentales cuestiones
teológico-morales que, con diversas denominaciones, como las de
libre albedrío, fatalismo, predestinación, dogma de la gracia,
libertad moral y determinismo, han agitado la mente humana en
el trascurso de los siglos; problema verdaderamente pavoroso, si
los hay, que consiste en averiguar si el hombre, como ser pensante,
es dueño absoluto de todas sus acciones, y acreedor, por
consiguiente, a las penas o recompensas correspondientes a cada una
de ellas; o si, por el contrario, parte al menos de esos actos debe
considerarse como resultado de impulsiones orgánicas de todo punto
incontrastables por su intensidad o persistencia.
He aquí cómo el doctor Le Bon resume esta doctrina:
"Ese conjunto de sentimientos inconscientes que se llama
carácter, y que son los verdaderos móviles de la conducta, el
hombre los posee cuando viene al mundo; pues como están compuestos
de la sucesión de los antepasados que le han precedido, influyen en
él con un peso del cual nada sería capaz de librarlo, y desde el
seno de su polvo todo un pueblo de muertos le dicta imperiosamente
su conducta.
"En los tiempos pasados se han elaborado los motivos de
nuestras acciones, y en los tiempos presentes los de las
generaciones que nos sucederán: esclavo del pasado, el presente es
señor del porvenir; por lo cual el estado del uno será siempre
indispensable para el conocimiento del otro".
Extraña temeridad sería la mía si pretendiese abarcar en su
conjunto, o si tratase de profundizar tan intrincado problema; pero
examinarlo en el solo aspecto de la eficacia, más o menos absoluta,
de la educación moral, sí es cosa que puede pasar, tratándose de
cuestiones como ésta, que tan de cerca interesan al individuo,
moralmente considerado. Deber suyo es, por tanto, estudiarlas con
toda la atención de que sea capaz, para ver de formar opinión
propia acerca de ellas.
Consecuente con esta regla de conducta, y sin pretender ir más
allá de lo que mis escasas facultades permiten, he llegado a formar
opinión en el asunto de que se trata, y creo oportuno consignarla
en estas Memorias. Ella se reduce a creer, como firmemente creo,
que llegará un día en que la educación moral, en extremo deficiente
hasta hoy, adquirirá, mediante un gradual desarrollo, la eficaz y
universal acción regenerativa de que carece en la
actualidad.
Que hay seres pertenecientes a la especie humana en quienes
ejercen soberano
imperio los más brutales instintos, es un
hecho de constante observación, que nadie se atreverá a negar; pero
así como es posible domesticar las fieras que habitan en las
selvas, debe de ser posible también educar a esa otra fiera, más
peligrosa aún, que puebla las ciudades, a la cual se ha llamado
últimamente, con entera propiedad,
la bestia humana.
Será cuestión de método y aun de sistema especial de educación
para cada caso particular, si necesario fuere, pero el resultado no
puede ser dudoso.
Lamartine refiere que Fenelón logró hacer de un niño, que había
heredado, en forma de instintos, las malas pasiones y los vicios de
su raza - el duque de Borgoña - un modelo de príncipes.
Verdad es que no ha habido ni habrá muchos educacionistas
comparables a aquel grande hombre, orgullo de su patria y de la
humanidad cristiana; pero un solo ejemplo bastaría, si uno solo
existiese, para demostrar
Imposibilidad de corregir y aun de
trasformar los más rehacios caracteres. Es la vieja historia del
árbol que nace torcido, pero que cuando está todavía tierno se
puede enderezar.
En mi humilde concepto, la educación moral e intelectual y la
evolución orgánica, en armonía con el sentimiento religioso, y la
selección natural son los agentes providenciales por excelencia en
la obra del progreso indefinido de la humanidad. Hasta dónde la
acción simultánea de estos poderosos impulsores podrá llevar a las
futuras generaciones por el camino del mejoramiento físico y de la
perfección moral, nadie se atrevería hoy a determinarlo; pero todo
induce a creer que la verdadera paz social, basada en la
observancia del precepto evangélico que dice: "No hagas a
otro lo que no quieras que se haga contigo", se hallará al
cabo de larguísimas jornadas; y que ese será el "reinado
de Dios acá en la tierra".
II
A una memoria feliz y a un profundo sentimiento de pundonor, que
me hacía horrorizar a la sola idea de recibir azotes, debí
seguramente el haberme librado de esta pena, que tanto se prodigaba
en las escuelas y colegios de aquel tiempo. Ninguna otra mejor
calculada para degradar y envilecer el carácter de un niño, matando
en flor todo sentimiento de dignidad personal. Doce años llevábamos
de vida independiente, e imperaba todavía el sistema educacionista
española que tenía por divisa este bárbaro aforismo, digno de los
tiempos de la Inquisición: "La letra con sangre entra, y
la labor con dolor". Era ciertamente muy corto el tiempo
corrido de vida republicana, para que hubiesen podido cambiar las
ideas, y especialmente las prácticas, en materia de disciplina.
Reflexionando que fue bajo el látigo de los institutores
coloniales como se formó la legión de héroes que nos dio
independencia, se encuentra una confirmación más de la exactitud de
este conocido y manoseado concepto de un grande historiador:
"El destino de la humanidad es progresar
padeciendo".
Antes de que yo hubiese aprendido a escribir medianamente, me
retiró mi padre de la escuela para llevarme a un campo situado a la
ribera del Súarez, donde empezaba él a fundar una plantación de
añil. Mi ocupación en aquel campo no fue, ni podía ser, otra que la
de cuidar la casa, que era un tambo abierto por todos cuatro
costados. Los domingos se iban a Barichara mi padre y dos de mis
hermanos mayores, que también le acompañaban allí, a oír misa y a
hacer provisión de víveres para la semana; y aunque siempre me
dejaban acompañado de algún sirviente, uno por lo menos de mis
hermanos regresaba antes de anochecer. Pero sucedió un día que,
habiéndome quedado enteramente solo, vi acercarse la noche sin que
hubiese llegado ninguno de los que aguardaba. Lleno de inquietud me
dirigí a la habitación más inmediata, en busca de compañero para
pasar la noche. El dueño de la casa me ofreció alojamiento, pero se
denegó a ir a acompañarme en mi habitación, en la cual se hallaban
las herramientas y algunos enseres de casa, que podían ser robados
durante la noche. La alternativa era demasiado dura para mí, pero
no vacilé en regresar sólo a mi habitación.
Entre las consejas con que se amedrentaba a los niños era muy
válida la de que las almas de los que morían ahogados en aquel río,
vagaban de noche por la orilla exhalando tristes lamentos. Dominado
por tan pueril temor me encomendé a todos los santos, con la
fervorosa devoción que me había infundido mi madre; y en un estado
de terror que me causaba estremecimientos, me arropé de pies a
cabeza y me cubrí los oídos con ambas manos, hasta que el sueño,
tan poderoso como la muerte, especialmente en los niños, acudió en
mi socorro.
Otro día - domingo - llegó muy temprano a mi conocimiento la
noticia de que en una estancia vecina habían robado un pavo la
noche anterior. Además de un criado, llamado José, me acompañaba
ese día Trino, mi hermano menor. Como a eso de las seis de la tarde
se presentó el criado, que había estado ausente durante el día, y
con aire misterioso y mucha timidez nos llamó a los dos hacia
adentro. Desenvolviendo en seguida el más aseado de los manteles
-una hoja de vijao- puso a nuestra vista un trozo de pavo cocido,
acompañado de pedazos de plátano. La tentación debió de ser grande,
según vagamente lo recuerdo, y sin embargo, increpé duramente al
criado el hurto que había cometido, y no contento con eso procedí a
amarrarlo, ayudado por mi hermano menor - niño de ocho años -
diciéndole que así permanecería hasta que llegara mi padre. El
infeliz muchacho, que tenía fuerza de sobra para defenderse y aun
para amarrarnos a Trino y a mí, se dejó atar sin embargo como un
cordero; pero por más precauciones que se tomaron para evitar que
se fugara durante la noche, no amaneció allí.
La facultad de la memoria, precozmente desarrollada, fue causa
de que mi padre fincara en mí algunas esperanzas, no para sí mismo,
que ya estaba entrado en años, sino para la familia; por lo cual
aprovechó la primera ocasión de colocarme en un establecimiento de
instrucción secundaria, que se había abierto en Barichara. Allí
cursé sin provecho alguno de que tenga ahora conciencia, el primer
año de Gramática latina. Luego entré en la clase de filosofía, a la
que asistí durante un año en Barichara, y menos de este tiempo en
el Colegio de San Gil, por haberse cerrado este plantel con motivo
de los sucesos políticos de 1840.
Al acercarse a esta última ciudad en su movimiento de retirada
el ejército que mandaba el Jefe Supremo, Coronel Manuel González,
después de la parcial derrota que había sufrido en Buenavista,
estuve a punto de ser reclutado, por equivocación. Vivía yo en casa
de una buena tía - la señora Marcelina Gómez de Villar - que tenía
dos hijos, Zoilo y Telmo, los que cursaban en el mismo Colegio
facultad mayor. Jóvenes de más de veinte años, ambos inteligentes,
tomaban parte en las discusiones políticas, dejando conocer sus
opiniones favorables al Gobierno, en una ciudad como aquélla, en
que era unánime la opinión en contra de él. Con tal motivo se
hicieron sospechosos para las autoridades locales, y esa sospecha
se extendió a mí, que aunque liberal desde esa edad, no estaba en
capacidad de hacer valer mis propias opiniones. En tal situación no
me quedó otro recurso que el de
echar una madrugada para
librarme del acuartelamiento. Pero lo más curioso del caso es que,
en Barichara, después del cambio de autoridades que siguió al
triunfo del Gobierno en Aratoca, me vi también amenazado de
reclutamiento, no ya como supuesto conservador, sino como verdadero
liberal; y tuve que tomar por segunda vez las de Villadiego, y
refugiarme en un campo. Signos fueron éstos de lo que debía venir
después.
III
Como fácilmente puede suponerlo cualquiera que, habiendo pasado
la vista por las anteriores páginas, se haya formado idea cabal de
mi carácter, no fueron muchos ni muy escandalosos mis percances de
estudiante. Dos o tres de ellos, sin embargo, dejaron honda huella
en mi memoria, y esta circunstancia me induce a referirlos.
En la clase de latín a que yo asistía, se celebraban
semanalmente unos ejercicios llamados sabatinas, en que cada
estudiante tenía derecho de corregir al condiscípulo que, habiendo
sido interrogado por el catedrático, no contestara
satisfactoriamente, y en castigo podía aplicarle un ferulazo.
Sucedió que un día, por malos de mis pecados, corregí a un
condiscípulo conocido en la clase con el apodo del
Ríscolo,
mozo de más de dieciocho años, alto de cuerpo, y que en su
condición de aprendiz de sastre, usaba la uña del dedo pulgar de la
mano derecha, larga y cortante como navaja.
Con la malignidad propia de estudiante quise estrenarme con
aquel humilde joven, hijo de un artesano, y afirmándome en los
talones, le descargué tal ferulazo, que lo hice brincar.
Tres asientos me separaban de él en la banca que ambos
ocupábamos, y cuando yo estaba todavía ufano por la muestra de
vigor físico que acababa de dar en presencia de la clase, el
vengativo condiscípulo, extendiendo por detrás de los tres niños
que nos separaban, su brazo largo y nervudo como el de una
marimonda, me hincó la terrible uña en el omoplato con tanta
fuerza, que me hizo proferir en voz alta un vizcaíno, que produjo
una risotada general y me atrajo fuerte reprensión del
catedrático.
Mal podría yo decir hoy, al cabo de cincuenta y siete años, lo
que pasó por mí en aquel instante. El impulso de la cólera debió de
ser proporcionado a la intensidad del dolor que me causó el
arañazo; mas como la delación es prohibida entre estudiantes, no me
quedaba el recurso de quejarme, sino únicamente el de un desquite
personal, que tenía el inconveniente de la incontestable
superioridad física de mi adversario. Qué hacer en tal situación?
Tampoco podría decir hoy, en conciencia, qué partido habría tomado,
si hubiera tenido libertad para escogerlo; pero sucedió que, al
levantarse la clase, me vi rodeado por varios camaradas que,
exagerando la ofensa recibida por mí, y afectando tomarla como
propia, se esforzaron en infundirme la idea de que yo podía medir
mis débiles fuerzas con las de quien era para mí casi un hombrazo.
Al fin lo consiguieron, y dos minutos después nos hallábamos el
Ríscolo y yo frente a frente en mitad del salón, rodeados de
la estudiantina, que se mostraba anhelosa de presenciar una riña a
pescozones, sin preocuparse en lo mínimo por la desigualdad de los
combatientes.
Como hubiesen trascurrido algunos segundos sin que se diera
principio a la
función, el más truhán de los
cachifos, colocándose entre los campeones, trazó rápidamente
una raya en el suelo enladrillado, y en tono sentencioso dijo al
enderezarse: el que primero pise esta línea, ese es el más
valiente. Sin vacilar adelanté yo el pie y cubrí con él la
imaginaria frontera; pero mi adversario no se dio por notificado de
tal ofensa. Entonces saltó otro estudiante, que se distinguía por
su aire socarrón, y dijo: el que primero le toque a su contrario el
ala de su sombrero, ese es el más resuelto. Alentado yo por la
pasividad de mi adversario, traté de llevar la mano al ala de su
sombrero, cuando sentí un golpe en la cabeza, que me causó el
efecto de un trueno, y me hizo perder el centro de gravedad....
Ciego de cólera me levanté y cogí un taburete, con la temeraria
pretensión de rompérselo en la crisma al impávido jayán; pero éste,
con la calma que da la conciencia de la superioridad, apartó con la
mano izquierda el taburete, y con la derecha me descargó el segundo
pescozón. Mi furor llegó entonces al colmo, y no sabiendo qué
hacer, corrí desatentado por el salón en busca de un proyectil
cualquiera. Desgraciadamente di con un trozo de ladrillo, y sin
darme cuenta de lo que iba a hacer, lo arrojé con violencia a la
cara del pobre
Ríscolo, causándole profunda herida en la
frente, y haciéndolo vacilar sobre sus pies. Todo fue ver sangre en
abundancia y sentirme sobrecogido de terror. Los niños se agruparon
en torno del herido a prestarle el debido auxilio. Uno de ellos,
llamado el
Mico Velandia (por aquel tiempo eran pocas las
personas que no tenían su apodo, el que se trasmitía de generación
en generación), voló a casa de su padre a traer una panela, de cuya
raspadura, mezclada con tabaco mascado, hicieron los estudiantes un
menjurje para aplicarlo a la herida, que fue luego vendada con un
pañuelo. Mas para decir verdad como hombre honrado, sólo vine a
tener noticia de la curación al siguiente día, pues cuando todo
esto pasaba, largo rato hacía que impresionado con la idea de que
me había hecho reo de un homicidio, habíame acogido al amparo de mi
madre. Informaba ésta de lo ocurrido, se dirigió en el acto a casa
del herido, y antes de media hora regresó tranquila. Al segundo o
tercer día volvió el
Ríscolo al colegio, con la frente
vendada, y debidamente amonestado por los condiscípulos para que
guardara silencio sobre el suceso.
Otra ocasión le ocurrió a uno de los alumnos la idea de que
debíamos darnos un día de asueto e ir a pasarlo a orillas del
riachuelo inmediato. Para ello debíamos trancar previamente el
portón con una viga que había en el patio, de modo que el
catedrático no hallara entrada al local en que se hacía la clase.
Contábase al efecto con una salida oculta, por donde debían
escaparse los encargados de esa operación. Todo se hizo como estaba
previsto, y por la mañana no pudo entrar el profesor; mas por la
tarde se presentó acompañado del jefe político y de cuatro agentes
de policía, dos de los cuales escalaron uno de los balcones y
desatrancaron el portón. El momento fue solemne, por no decir
aterrador, pues ya podía preverse lo que nos iba a suceder. Al
entrar al salón observamos con pavor que los policiales quedaban de
guardia en la puerta.
Un momento después decretó el catedrático la pena de seis azotes
a cuero limpio a cada uno de los niños, sin excepción. Tan
afrentosa pena debíamos sufrirla alzados a la espalda de un fornido
estudiante llamado Victoriano Becerra, quien con .evangélica
resignación recibió, el primero, de pie sus seis azotes. A esto
siguió el desfile, de dos en dos, hacia un cuarto contiguo al
salón, comenzando por el extremo opuesto al en que yo me hallaba, y
un instante después empezó a oírse el chasquido del látigo,
acompañado de chillidos o de lamentaciones de los vapulados. Yo
empecé a sudar de angustia. No concebía cómo pudiera salir a la
calle ni presentarme en casa después de haber recibido tan
ingnominioso ultraje. Eso de tener que bajarse uno mismo los
calzones para que le dieran rejo, era cosa a la cual no podía yo
resignarme. Y entretanto el momento del suplicio se acercaba....
Creo verdaderamente que estaba ya accidentado y fuera de mí, cuando
el catedrático, compadecido quizá del estado deplorable en que me
veía, dijo levantándose: mañana se averiguará si Parra tuvo también
parte en esta bribonada para aplicarle el castigo. Me había
salvado! pero no tuve ánimo por el momento para salir del rincón en
que me hallaba.
Muchos años han trascurrido desde que me vi en aquel trance, y
sin embargo, cada vez que de él me acuerdo, bendigo la memoria del
catedrático, doctor Acisclo Rueda, de quien tal vez hoy nadie más
se acuerda. Hubo otra cosa particular, que aún no he podido
explicarme; y es que tan singular exención no me hubiera acarreado
la ojeriza de algunos envidiosos condiscípulos.
De la clase de latín pasé, junto con la mayor parte de ellos, a
la de segundo año de filosofía, por haberse cerrado la de primer
año.
La primera lección que me tocó aprender fue el comienzo de un
capítulo del texto de física por Restrepo, titulado
La
Mecánica (la física estaba adscrita en esa época al curso de
filosofía) y precisamente por ser la primera lección me la aprendí
al pie de la letra. Anhelada por darla; y como si el catedrático
hubiese adivinado mi deseo, dijo al abrir la clase.
-Exponga Parra la conferencia. Yo me puse de pie al instante, y
con atropellada voz empecé diciendo:
-La mecánica es aquella parte de la física.... y ahí me
atasqué.
-Siga el otro, dijo el catedrático.
-Señor! exclamé, yo sé la mecánica.
-Pues dígala usted.
-La mecánica es aquella parte de la física....
-Siga el otro.
-Juro que sé la mecánica.
-Déjese usted de juramentos, y otra vez aprenda bien la
lección.
No hubo remedio;
siguió el otro, conforme a la orden
reiterada del catedrático, y yo permanecí de pie en castigo de mi
falta, rebosando de despecho porque no había habido un condiscípulo
que me
soplara la palabra siguiente, con lo cual habría
podido continuar.
Y el catedrático mismo por qué no se dignó apuntármela?
Simplemente porque los tales catedráticos eran en aquel tiempo
verdaderos déspotas.
De los llamados después de mí a exponer la conferencia, pocos
dejaron de quedar en pie. Después de tomar la lección, y a tiempo
de empezar las explicaciones, paseó el catedrático su adusta mirada
por los que estábamos en actitud de penados; y, fijándola en mí,
dijo con imperiosa voz: Siéntese usted, Parra, que al menos
manifiesta tener vergüenza, a diferencia
de esos patanes que se han quedado tan frescos, como si nada les
pasase.
Tal era el modo como se trataba entonces a los estudiantes, sin
que éstos, por su parte, y quizás a causa de eso mismo, se hicieran
acreedores, en lo general, a un tratamiento más culto y
delicado.
Sus juegos eran demasiado toscos. Yo recuerdo todavía con horror
los puntapiés que se daban en las horas de recreo. Aquello parecía
literalmente un corral de muletos. Yo me escurría en tales
ocasiones, pegado a la pared, aparentando indiferencia ante el
peligro; y así logré sustraerme a esos remolinos de puñadas y de
coces, no sin haber llevado uno que otro refregón por carambola.
Entonces atribuí tan raro privilegio a las indicadas precauciones;
mas ahora, con mejor conocimiento de los hombres, creo que lo debí
principalmente al consabido ladrillazo.
Entre los estudiantes de Filosofía se contaban quince o veinte
mocetones, que solían rondar de noche las más apartadas calles de
la ciudad, infundiendo alarma a las madres de familia de la clase
media, que no eran menos recogidas y virtuosas que las de la clase
alta de la sociedad. Eran aquellos los tiempos de la queda, y a las
nueve en punto comenzaba la ronda, dirigida unas veces por el
alcalde, y otras por el jefe político en persona, con el
correspondiente séquito de comisarios y alguaciles.
Fastidiados los estudiantes con la persistente vigilancia de la
autoridad, resolvieron una noche desafiarla, dándole en calles y
plazas una cencerrada, que puso en alarma la población. Gritos,
carreras, silbos y voces pidiendo auxilio para capturar a los
audaces alborotadores, eso y más, se oyó desde media noche hasta el
amanecer.
A pesar de su grande actividad, el jefe político quedó burlado
esta vez por no haber podido dar caza a ninguno de los
alborotadores, ni probar al día siguiente la identidad de estos con
cualquiera de los estudiantes.
Obra de ese mismo grupo estudiantil fue una composición en verso
titulada
Ensaladilla, de la cual sólo recuerdo un paso, y
eso por haber sido el que motivó la terrible réplica Que se verá
adelante, escrita por uno de los ofendidos.
La contradanza era entonces piedra de toque de los bailarines de
ambos sexos; y como la señora Narcisa Carrizosa de Amaya no se
distinguiese por su garbo al llevar el paso, ni por la elegancia
para ejecutar las complicadas figuras, los malignos estudiantes
tomaron pie de ahí para mofarse de ella y zaherir al propio tiempo
a su marido, a cuyo efecto escribieron:
"Qué bien baila contradanza la Narcisa Carrizosa!
-Tiene la boca babosa el don Agustín Navarro; - Válgame Dios, qué
zamarro es el don Ramón Amaya", etc.
La fuerza del consonante, que a tanto obliga, según Lope de
Vega, determinó a mis ociosos condiscípulos a darle el epíteto de
zamarro a uno de los hombres más inteligentes y bien educados que
había entonces en Barichara; quien, tomando la pluma de Nemesis,
escribió, entre otras que no recuerdo, las siguientes
cuartetas:
Diz que un grupo juvenil,
De tantos que el mundo forja,
Impúdicos escritos bota,
Sin concierto y estilo vil.
Diz que por ver lucir
Su pluma estoposa y brusca,
Mil inquietudes se busca
Sin prever del mal el fin.
Diz también que
ensaladilla
Titula su feo borrón,
Do la joven ni su honor
Escapan de tan ruin cuadrilla.
Allí donde a la casada
A la célibe y la viuda,
A todas se les saluda
Con escarnio y mofa osada.
Siento no recordar siquiera una parte de la referida
ensaladilla, para poder juzgar hoy, con mejor criterio que
el de entonces, si hubo o no verdadera chispa en sus autores. Me
inclino a la negativa, porque la inspiración poética, incompatible
acaso con ciertas dotes de inteligencia y aun de temperamento, ha
sido facultad tan rara en la patria de los Comuneros, que tanto el
Suárez como el Fonce aguardan todavía sus cantores.
Por lo demás, aquel género pedestre de literatura era el único
que se cultivaba en las ciudades de segundo orden, donde los
aficionados al verso apelaban a su inculta musa para producir ese
sartal de renglones aconsonantados, cuyo único atractivo consistía
en la mordacidad.
Si defectuoso era el sistema instruccionista de aquel tiempo,
especialmente en lo relativo a la disciplina - de cuya aplicación
práctica he citado más de un ejemplo- el de educación doméstica,
basado igualmente en el esterilizador principio de autoridad, no
aventajaba a aquel en lo más mínimo. De ahí que los viejos veamos
hoy con grata sorpresa, y con indecible satisfacción, el grande
adelanto que en tan importante ramo se ha hecho en los últimos
cincuenta años, no sólo en lo tocante a métodos y a textos de
enseñanza, sino también en lo que se refiere a las relaciones
personales entre maestros y discípulos.
Desde que éstos han dejado de ver en sus preceptores un ceño
invariablemente adusto, como seguro anuncio de la aplicación de
severo castigo por la más ligera falta, la escuela ha dejado de ser
para ellos objeto de terror, y se ha convertido, bajo la benévola y
paternal mirada del institutor moderno, en apacible y grata
morada.
Y como ya no se trata hoy de fatigar la memoria del niño
obligándola a retener capítulos enteros del texto de enseñanza, sin
comprenderlos; sino que, aprovechando de su infantil curiosidad, se
le explica con suaves modos y sostenida paciencia, por el método
objetivo, el sentido de lo que va leyendo; y como en vez de
conminarlo con dolorosas y humillantes penas, se le estimula con
premios y distinciones, la escuela ha venido a cambiar en
incentivos de honor y de placer, los motivos de repulsión que antes
tenía.
No menos importante ha sido el cambio efectuado en el sistema de
educación doméstica, en el cual también se ha sustituido la
autoridad de la razón, a la razón de la autoridad.
A semejanza del maestro de escuela y del profesor de aquel
tiempo, el padre de familia se creía en la obligación de mantener
arrugado el entrecejo en presencia de sus hijos, diz que para
evitar que éstos traspasasen los límites del respeto filial. Todo
impulso de paternal cariño debía ser reprimido, en guarda de la
autoridad, la que, apoyada en el temor, era base fundamental de
todo sistema educacionista. De donde resultaba que las naturales
relaciones de amistad entre padres e hijos, tan adecuadas como son
para que los primeros ejerzan, por la persuasión y el cariño,
saludable influencia sobre el carácter y las inclinaciones de los
últimos; esas gratas relaciones, sólo por excepción eran cultivadas
en una que otra familia. Pero, lo que es todavía más extraño, ni
entre madres e hijas existían la dulce intimidad y la expansiva
confianza que tan necesarias son para que la mirada maternal,
penetrando hasta el fondo del corazón de la hija, sea brújula
segura en la dirección de la conducta y los afectos de la que, en
no lejano día, vendrá a ser también esposa y madre de familia.
Hecha esta breve digresión, y antes de terminar el presente
capítulo, volveré atrás para dirigir por última vez una húmeda
mirada al suelo en que nací, al lugar en que corrió mi adolescencia
y despuntó mi juventud; a aquél, en fin, donde mudo y tembloroso,
quemé el primer grano de incienso en el altar de la hermosura, y
donde dejé ignorados, para nunca más saber ya de ellos, los huesos
de mi padre!.
Era entonces Barichara deliciosa mansión de un núcleo de
familias de claro origen y patriarcarles costumbres, no inferior en
cultura a ninguno de los centros sociales del interior del país,
excepto la capital. Contaba un personal de varones digno de figurar
en cualquiera de esos centros, tanto por su buena educación y su
probado patriotismo, cuanto por su reconocida honorabilidad.
Componíanlo don Francisco Pradilla, don José María Gómez, don
Agustín Navarro, don Ramón y don Julián Vargas, don Francisco
Rueda, don Vicente Pradilla, don Narciso Reyes, don Agustín
Peñuela, don Miguel Castillo, don Antonio Gómez, don Ramón Amaya,
el doctor Emeterio Arenas, el doctor Facundo Roldan, don Gabriel
Sarmiento y algunos más.
Correspondiendo a este grupo masculino había otro de señoras,
que se distinguía por sus prácticas piadosas, por sus maneras
cultas, por su consagración al hogar y por su aspecto y aire
señoriales. Entre ellas había algunas que contaban largo abolengo,
y que cifraban, por tanto, su mayor orgullo en mantener limpio el
apellido de sus progenitores, y en trasmitir pura a sus
descendientes la herencia de virtudes que de aquéllos
recibieron.
La fraternidad era un sentimiento tan preponderante en esas
familias, que llamaba la atención del forastero, a quien atraían el
afable trato y la cordial hospitalidad, que también eran rasgos
distintivos del hijo de Barichara.
Los vínculos de parentesco, por muy lejanos que fuesen, eran
reconocidos como tales entre ricos y pobres, e imponían a los
primeros deberes de hospitalidad y de cariño, que hoy son ya
desconocidos.
La consagración al trabajo en la más rigurosa acepción de la
palabra, era allí, lo mismo que en toda la provincia del Socorro,
ley inexorable y suprema, a que estaban igualmente sometidas todas
las clases sociales, sin distinción de sexos ni de edades, salvo en
cuanto a la especie de trabajo a que se dedicaba cada cual.
Asimismo el sentimiento de honor y el respeto a la palabra
empeñada eran prendas no muy raras en las clases inferiores de la
sociedad.
Como el producto de tan asiduas labores bastase apenas para
subvenir a las primeras necesidades de la vida, el lujo, -si en tal
categoría podía comprenderse el uso de un vestido de gala, uno
solo, para el señor y otro para la señora, heredados las más veces
de sus abuelos; la vajilla de plata, alguna imagen al óleo, en
marco dorado, y otros pequeños objetos de adorno; -ese lujo estaba
reservado a ocho o diez familias acomodadas.
Las costumbres eran, pues, sencillas, y las diversiones fáciles,
por falta de lo que hoy se llama exigencias sociales. Mas como la
pobreza era la causa de semejante sencillez, por más que los viejos
y los predicadores sagrados se empeñasen en presentarla como el más
seguro camino para ir al cielo, ellos mismos en su interior, y los
jóvenes sin disimulo, protestaban contra ella. En boca de los
primeros oí más de una vez esta quintilla, que debía de tenerse por
herética, como que se mofaba del ascetismo, tan encomiado en
aquellos tiempos:
La pobreza Dios la amó
Porque no supo lo que era;
Pero luego que la vio
Pegó tan fuerte carrera
Que hasta el cielo no paró.
En medio de su pobreza, se ufanaba Barichara de una cosa, una
sola tal vez, pero envidiable y envidiada por las ricas poblaciones
vecinas: se ufanaba, y con razón, de la belleza de sus mujeres.
Representábanla por aquel tiempo, en primer término, dos
encantadoras jóvenes, pertenecientes a familias principales del
lugar; la una rubia, y morena la otra; más cercana aquélla a la
perfección física, pero más agraciada la última. Sus nombres de
pila formaban consonantes, -Ludovina y Bertina - y la fama de su
hermosura salvó los límites de esa región.
Viejos habrá en Barichara que, a la hora de sus reminiscencias
juveniles, modulen en voz baja los armoniosos nombres de aquellas
dos púdicas beldades. En cuanto a mi, puedo decir que la virginal
sonrisa de una de ellas fulgura todavía como un astro en la noche
de mis recuerdos.