MI FAMILIA
I
Era ella oriunda de la antigua villa de Barichara, hoy ciudad
perteneciente al Departamento de Santander. Allí nací el 12 de mayo
de 1825, año en que fue reconocida la independencia de este país
por el Gobierno de la Gran Bretaña, y en que vinieron al mundo tres
colombianos que por modos distintos y en diverso grado, han
adquirido celebridad: Rafael Núñez, Miguel Samper y Juan de Dios
Restrepo.
Don José María Parra Noriega y doña Rosalía Gómez Rueda, ambos
pertenecientes a familias patriotas, fueron mis virtuosos y
humildes padres.
La familia Parra o de la Parra, como se apellidó hasta el tiempo
de mi padre, pertenecía a la clase social que en la época de la
Colonia formaban los descendientes de españoles; la cual llevaba el
don por derecho de nacimiento, y monopolizaba, además, el
calificativo de
decente, como un privilegio, no el menos
absurdo ni el menos odioso de cuantos para sí se reservó la raza
conquistadora.
A esa clase social ingresaban, como es bien sabido, las familias
acaudaladas, sin distinción de linaje, como que desde tiempo
inmemorial fue "la mejor sangre el dinero", según
la expresión del poeta, o tan buena como la mejor.
Felizmente la reparadora influencia democrática, y el progreso
de la civilización cristiana, han ido paulatinamente poniendo las
cosas, a este respecto, en su verdadero punto, por el mero hecho de
haber establecido, teóricamente al menos, como la base necesaria de
las distinciones sociales, la buena conducta moral de las
personas.
En la rama de esa familia que tuvo por tronco a mi abuelo don
Bartolomé de la Parra, no hubo persona alguna que sobresaliese por
la inteligencia o la riqueza. Tanto mi padre como sus hermanos
vivieron consagrados a modestas empresas agrícolas; pero como se
trataban decentemente y estaban relacionados por parentesco con
familias principales de San Gil y Barichara, ocuparon una posición
social correspondiente a esas circunstancias.
En las ramas colaterales de la que tuvo origen en mi abuelo, sí
hubo personas de significación. Fueron de este número el presbítero
doctor Francisco Serrano Gómez de la Parra, signatario del Acta de
nuestra Independencia, y vocal de la Junta Suprema de Gobierno
establecida el 20 de julio de 1810; el presbítero doctor Juan
Nepomuceno de la Parra, patriota decidido, personalmente estimado
por el Libertador, y muy señaladamente el doctor Ricardo de la
Parra, filósofo y soñador, bien conocido por sus escritos, alma
sencilla y carácter eminentemente simpático.
La familia de mi madre, que residía en la ciudad, ocupaba una
posición social más elevada que la de mi padre, y llegó a contar
entre sus miembros tres hombres notables: los doctores Miguel
Tadeo, Diego Fernando y Juan Nepomuceno Gómez.
Contemporáneo de Nariño el primero de los tres, y no menos
avanzado en ideas de independencia y libertad que aquel ilustre
decano de nuestros próceres, dejó una brillante muestra de su
talento e ilustración en el pliego de instrucciones que, como
miembro del Cabildo del Socorro, redactó para el único vocal de la
Junta Central de España que fue nombrado en representación de este
antiguo Virreinato.
En cuanto a los otros dos, Diego Fernando y Juan Nepomuceno,
eximio patriota liberal y jurisconsulto eminente el primero, y
hacendista distinguido el último, ambos tuvieron una posición
política bastante elevada para que tenga yo necesidad de hacer, en
estos párrafos genealógicos, otra cosa que mencionar sus
nombres.
Mi abuelo materno, don Manuel Gómez, tuvo reputación de hombre
inteligente; ocupó una respetable posición social
y cultivó
importantes relaciones. Habiendo abrazado la causa de la
independencia, no pudo sobrevivir al primer revés que
experimentaron las armas libertadoras en el centro de la Nueva
Granada. Pusilánime por temperamento, carecía del temple de alma
que era necesario para mantenerse a la altura de aquel solemne
compromiso; y al tener noticia de la derrota de Cachiri, enfermó de
muerte, según lo refería mi madre en la intimidad de la familia.
Tuvo dos hijos varones, José María y Nazario, ambos patriotas como
él, y dignos herederos de su posición social. Distinguióse el
primero por una rectitud de carácter que le dio respetabilidad e
influencia y fue reputado, además, como hombre de buen consejo y
padre excelente de familia. Después de su muerte, acaecida en
febrero de 1839, estando yo aún muy joven, tuve ocasión de ver
entre sus papeles varias cartas del General Santander, que me
hicieron conocer a un mismo tiempo la filiación liberal de mi tío,
y su no escasa significación política.
El segundo de ellos, Nazario, era de dotes intelectuales
superiores a las de su hermano, pero no le igualó en influencia ni
le aventajó en respetabilidad. Tenía en notable grado esa simpática
disposición de ánimo llamada
esprit, de la cual dio muestras
en algunas loas y entremeses que compuso para ser representados en
familia, en casa de su suegro don Francisco Pradilla. Era afluente
en la conversación y de insinuantes modales. Disipado en la
juventud, se trasformó completamente al entrar en la edad provecta.
Si hubiera recibido educación proporcionada a las dotes de su
espíritu, habría figurado entre nuestros buenos escritores del
género jocoso o humorístico, como ahora lo llaman.
(1)
Entre los ascendientes de mi madre, por línea materna, hubo uno
-don Ignacio Rueda- que merece ocupar puesto en esta revista
genealógica, como persona de alguna notoriedad en Barichara y San
Gil, por los años de 1808 y 1809.
Según las relaciones de mi madre, confirmadas por el círculo de
la familia, era don Ignacio Rueda hombre de grande energía, de
pasiones exaltadas y realista contumaz. Como rico propietario,
ejercía grande influencia y se daba aires de predominio, que le
suscitaron fuertes animosidades. En la lucha que sostuvo con uno de
sus rivales, don Gonzalo Carrizosa, fue hasta el extremo de lanzar
sobre la población de Barichara a sus arrendatarios, armados de
garrote, para intimidar a su mal aventurado antagonista, quien se
vio obligado a emigrar con su familia a la capital del
Virreinato.
Ignoro absolutamente qué parte pudieron tener las opiniones
políticas en tan encarnizada contienda; pero es natural que alguna
tuviesen, siendo como era el señor Carrizosa patriota decidido, y
estando ya al despuntar la aurora del glorioso 20 de julio. Don
Ignacio Rueda fue enjuiciado a causa de aquel escandaloso atentado;
pero ya fuese por la cautela con que procedió al ejecutarlo, ya por
el ascendiente personal de que gozaba, o por estar próxima la gran
revolución, ello es que se libró del merecido castigo. Su adhesión
al gobierno español le trajo largas persecuciones, con ocasión de
las cuales dio las mejores muestras de su indomable altivez. Para
determinarlo a aceptar el indulto que, por mediación de sus
allegados parientes don Francisco Pradilla y don José María Gómez,
le concedió el General Santander, se necesitaron grandes esfuerzos
de parte de toda su familia. Tan singular empeño en favorecerle, es
seguro indicio de que poseía buenas cualidades, proporcionadas a
sus grandes defectos.
II
No había yo cumplido catorce años cuando murió mi padre. A pesar
de la distancia que me separa hoy de aquella fecha inolvidable, en
que experimenté el primero de mis grandes dolores, conservo viva en
la memoria la venerada imagen del autor de mi existencia.
Era mi padre de mediana estatura, de aspecto distinguido y de
grave pero dulce y simpática fisonomía. La honradez y la
benevolencia, hermanadas con un templo varonil, constituían el
fondo de su carácter. A pesar de su escasa instrucción fue varias
veces llamado a desempeñar cargos concejiles; y no obstante la
pobreza en que vivió, fue siempre respetable y respetado. Patriota
sincero, padeció inquietudes y sufrió quebrantos en sus cortos
intereses, al seguir la corriente de emigración que hacia el Centro
y Sur de la República llevó a varias familias patriotas de
Barichara, a principios de 1816. Pasó de esta vida el 8 de
diciembre de 1838, a la edad de cincuenta y dos años.
No tuve la fortuna de conocer a mi madre en su juventud. Cuando
me dio a luz frisaba ya con los cuarenta y un años; pero como
fuesen la inteligencia y la gracia - bellezas que el tiempo no
marchita - y no la perfección de las formas, lo que constituía su
principal atractivo, pude apreciar en ella, a la avanzada edad en
que la conocí, todo el mérito que la distinguía.
Talle alto, no muy erguido, facciones bien definidas y manos
blancas, en agradable contraste con el color trigueño del
semblante, eran sus rasgos distintivos. La dulzura sin par de su
mirada, la gracia de su sonrisa y la natural suavidad de sus
modales, en armonía con una animada y espiritual conversación,
hicieron de ella una interesante mujer de sociedad.
Creyente como Santa Teresa, su claro juicio la mantuvo exenta de
supersticiosas preocupaciones; y dotada como estaba de verdadera
piedad cristiana, ningún arranque de intolerancia llegó a turbar la
serenidad de su alma.
"A muchos compasión, a nadie envidia la vi tener en su
fortuna escasa".
Caritativa con el menesteroso y obsequiosa con sus amigas, más
de lo que sus recursos permitían, solía privarse de lo necesario
para satisfacer esa noble necesidad de su corazón.
Innumerables actos de su vida podría citar en demostración de lo
que, acerca de su carácter moral, acabo de decir, pero no tratando
de hacer una biografía, sino de bosquejar un perfil, me limitaré a
pocos ejemplos.
Venerábase en Barichara desde tiempo inmemorial, bajo la
advocación de
La Virgen de la Piedra, una supuesta imagen de
la Concepción de María, que se reputaba
aparecida, y que,
como tal, tenía fama de milagrosa, a semejanza de la que, por igual
título, es objeto de especial culto en la ciudad de
Chiquinquirá.
Era, pues, Barichara en aquel tiempo lugar de romería. Sus
aseadas y alegres calles, hoy casi solitarias, se veían
frecuentadas por multitud de peregrinos. En la bonita capilla
destinada al culto de la Virgen, se oía resonar a mañana y tarde,
en solemne y religioso concierto, las notas melancólicas del órgano
y los cánticos sagrados.
El beneficio cural de aquella populosa parroquia, cuya cabecera
había sido erigida en villa desde mucho tiempo atrás, era uno de
los más pingües de la arquidiócesis. Esto era debido en gran parte
a las romerías, de que también retiraba algún provecho el común de
la población, ya por el aumento de consumos, ya por la adquisición
de nuevas relaciones. Así pasaron las cosas hasta el año de 1839,
en que llegó a Barichara el Arzobispo Mosquera en santa visita; y
habiendo examinado la referida imagen de la Virgen, debió de
parecerle en tal grado imperfecta, que, calificando de idolátrico
el culto que se le rendía, dispuso que fuese destruida en lugar
secreto, durante el acto de la confirmación, seguramente para
evitar algún escándalo.
Divulgóse, no obstante, el rumor de lo que pasaba, antes de la
terminación de aquella ceremonia religiosa, y la gente del pueblo,
especialmente la parte femenina, sin consideración al lugar en que
se hallaba, prorrumpió en lamentos y manifestaciones de profundo
dolor por el acto ejecutado; manifestaciones a que contribuyeron
algunas señoras de familias principales del lugar.
Mi madre, que también se hallaba en el templo cuando aquella
escena tuvo lugar, salió de él, verdaderamente escandalizada.
- Esas gentes han perdido el juicio, dijo con acento de
indignación, al entrar en casa, aludiendo a las personas que habían
hecho tan estrepitosas demostraciones dentro del templo. Asegúrase,
añadió, que el Arzobispo mandó destruir la piedra en que estaba la
imagen de la Virgen. No podré yo decir si en ello ha obrado bien o
mal el Prelado; pero además de que tiene autoridad para disponerlo
así, el señor Mosquera es hombre de reconocida piedad e
ilustración; y en todo caso esos inmoderados desahogos son
impropios del lugar y de la ocasión en que se han manifestado.
- Madre, le observé yo al punto, he oído decir que en esa piedra
no había tal imagen de la Virgen, sino una apariencia de forma
humana, demasiado confusa e indeterminada; y que ha sido por
espíritu de especulación, de parte de los párrocos, por lo que se
ha mantenido al pueblo en las supersticiosa creencia de que había
allí una perfecta imagen de la Concepción de María.¿Su merced llegó
a verla con claridad, y está cierta de que realmente existiese en
esa forma?
- No, hijo, me respondió. Varias veces, al levantarse el triple
velo que la cubría, me esforcé por distinguirla, y nunca lo
conseguí; pero lo había atribuido a la distancia, y nunca llegué a
dudar de que existiese realmente en la piedra una verdadera
representación de la Madre de Dios. Por lo demás, el concepto que
has oído emitir respecto de los párrocos que ha habido en este
lugar, es enteramente injusto, al menos con relación a todos ellos.
No desconozco que puede haber sacerdotes capaces de sacrificar su
conciencia al interés del dinero, pero no creo que tal cosa suceda
a la generalidad de ellos; y en cuanto a los curas de esta
parroquia, ninguno de los que he conocido habría sido capaz de tan
sacrílega superchería; y lo más probable es que todos hayan
participado de la creencia general. La maledicencia, agregó, es un
vicio muy común, y debemos vivir prevenidos contra él.
A pesar de mi corta edad (tenía yo entonces catorce años) me
causó tal admiración el oír a mi madre expresarse así, sobre
materia tan delicada para ella, que no he olvidado ni uno solo de
sus conceptos.
Por los años de 56 a 57, estando ya mi madre establecida en San
Benito, llegó de paso a ese lugar un ministro del culto
protestante, quien, habiendo hecho conocimiento de antemano con
alguno de mis hermanos, fue presentado por éste a la familia. Una
señora Olarte, amiga de mi madre, teniendo seguramente en cuenta
que ésta se hallaba ya muy anciana, creyó deber de conciencia y de
amistad hacerle notar que estaba recibiendo en su casa a un
hereje.
- No me importa averiguar - le contestó al punto mi madre, un
tanto picada por la advertencia - cuál sea la religión de ese
caballero. Sólo sé que es amigo de mis hijos y persona de buena
educación. Ni él podría pretender que, a mi edad, abjurase yo de
mis creencias, ni lo conseguiría si lo entontase. Además de esto,
aquí nunca se trata con él de asuntos religiosos.
Si al cabo de setenta años de vida democrática, se notan todavía
vestigios de antiguas distinciones nobiliarias, fácil es comprender
la influencia que ellas tendrían en las relaciones sociales ahora
medio siglo.
No pudiendo yo estar, cuando niño, exento de esa preocupación,
pregunté a mi madre un día cómo la familia en lo tocante a
linaje.
- Por parte de tu padre - me contestó ella - todos tus
ascendientes eran españoles; pero por la mía sí te toca buena
porción de sangre indígena, pues que mi bisabuelo Rueda fue casado
con la hija de un cacique de Guane.
Se hallaba presente una de las hermanas de mi madre, y creí
notar en su semblante cierta expresión de disgusto. Era que la
familia Gómez blasonaba de noble allá en mi querido rincón
natal.
A la avanzada edad de ochenta y dos años, después de haber
pasado por la amargura de perder su esposo y dos de sus hijos,
jóvenes todavía - Pedro y Jerónimo - exhaló tranquilamente el
postrer aliento, en la noche del 8 de marzo de 1866, sin que la
hubiese abandonado hasta ese supremo instante no ya la esperanza de
una vida futura - que ésta, por intuición en unos, y por
considerarla otros como complemento necesario o como sanción del
principio moral que tiene por fundamento la creencia en Dios, en
pocos faltará; - no la esperanza, pues, sino la certidumbre
absoluta, la más perfecta seguridad de que, al dejar esta vida, su
alma entraría a gozar del bien supremo de la presencia del Infinito
Ser y de la de aquellos de sus queridos deudos que la habían
precedido en el viaje final.
Ah! sin duda es un verdadero don lo que se necesita para poder
llegar, en ese estado de espíritu, al umbral de la eternidad.
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