MI ELECCION PARA PRESIDENTE
XV
El 21 de Febrero de 1876 se reunieron en Congreso las Cámaras
Legislativas con el objeto de hacer el escrutinio de los votos
dados por los Estados para Presidente de la República en el período
constitucional que empezaba el 1°de abril. Dió el siguiente
resultado:
Por Aquileo Parra los votos de los Estados de Boyacá,
Cundinamarca, Santander y
Panamá
.............................
5 votos.
Por el señor Bartolomé Calvo los votos de los Estados de Antioquia
y
Tolima..............................................................2
votos.
Por el señor Rafael Núñez los votos de los Estados de Bolívar y
Panamá.
.................................................................2
votos.
En blanco el voto del Estado del Cauca ......... ........... 1
voto
Total
...............
10 votos.
Obtenidos así diez votos, pues el de Panamá, según la Asamblea,
fue a mi favor, y según el Gran Jurado Electoral fue por el doctor
Núñez, cuando solamente debían ser nueve los emitidos, correspondió
al Congreso decidir cuál de los dos declarados en nombre del Estado
de Panamá era válido.
El Congreso aprobó la siguiente proposición del doctor Aníbal
Galindo:
"El Congreso declara que habiendo emitido
constitucional y legalmente su voto para Presidente de la Unión el
Estado Soberano de Panamá en la elección popular verificada el día
2 de mayo de 1875, y no estando este voto, una vez declarado,
sujeto a revisión ni revocatoria de ninguna clase, es dicho voto,
emitido a favor del señor Rafael Núñez, el que debe computarse, y
no el emitido posteriormente por la Convención del Estado, a favor
del señor Aquileo Parra, el cual se declara sin ningún valor; y que
no habiendo, en consecuencia, obtenido ninguno de los candidatos la
mayoría absoluta de los votos de los nueve Estados de la Unión, el
Congreso procede a elegir Presidente entre los que han reunido
mayor número de votos, conforme al artículo 75 de la
Constitución".
Aprobada esta proposición se procedió a verificar la elección
entre los señores Núñez, Calvo y Parra, y dio el siguiente
resultado:
Por Aquileo Parra
.48
votos
Por Bartolomé Calvo
....18 "
Por Rafael Núñez
..18
"
El Congreso me declaró constitucionalmente elegido Presidente de
la República.
El 1° de abril tomé posesión de la Presidencia. En ese acto
solemne de mi vida nos cruzamos el Presidente del Congreso y yo los
siguientes discursos.
El doctor Restrepo E. dijo:
Señor Presidente:
Diez años hace que en tan solemne ocasión como la presente
ocupando vos el puesto que para el día de hoy se ha dignada
señalarme el Senado de Colombia, disteis posesión de 1; Presidencia
de la República al ciudadano a quien el sufragio, popular llamó en
1865 al ejercicio de la primera magistratura nacional.
Recordasteis en aquel acto al Presidente de la República, los
grandes deberes que contraía para con el país al recibir el
depósito del poder, y le trazasteis, al propio tiempo, con digna y
austera cuanto respetuosa franqueza, el camino que, a vuestro
juicio, debiera seguir para satisfacer las exigencias y
corresponder a las esperanzas de la Nación.
Permitidme, señor, que, siguiendo vuestro ejemplo, os recuerde
la magnitud de los deberes que contraéis, que os señale la
extensión de la responsabilidad que asumís, y que os trace, aunque
con la natural desconfianza que tengo y debo tener en mis propios
juicios, el sendero que, en mi opinión, debéis recorrer para servir
a Colombia como ella necesita ser servida en la difícil y
excepcional situación en que se os confía el ejercicio del
poder.
Inoportuno, por lo menos, sería recordar la intensidad de la
lucha electoral que, al cabo de trece meses de tenaz y ardiente
agitación, vino a desenlazarse con la designación que en vos ha
hecho el Congreso de la Unión para el ejercicio del Poder Ejecutivo
en el período constitucional que principia hoy, si del estudio de
esa lucha no se derivase una fecunda y provechosa enseñanza,
bastante por sí sola para guiaros con pie seguro en el ejercicio
del Gobierno.
Sabéis muy bien, señor, cuán próspera era la situación y cuán
halagadora la perspectiva futura del país en enero de 1875, al
iniciarse el debate electoral.
Alcanzada la solución de las grandes cuestiones políticas;
planteadas felizmente y funcionando con regularidad las
instituciones, mediante la sincera y leal aceptación que de ellas
habían hecho los partidos; curado nuestro Tesoro del cáncer
devorador del
déficit; moralizadas la recaudación y la
administración de las rentas públicas; arregladas nuestras deudas
interior y exterior sobre bases que hacían compatibles nuestras
obligaciones con nuestros recursos; desterrada de los debates
políticos la acrimonia que siembra los odios, que divide a los
hombres y genera las deconfianzas; organizada, en fin, la
instrucción primaria en escala suficientemente extensa para
acelerar la transformación de nuestras masas ignorantes en grandes
grupos de ciudadanos, todo prometía para el país una era nueva,
bien distinta, por cierto, de esos tiempos de instabilidad, de
incertidumbres y de desconfianzas que, desde su nacimiento, había
venido atravesando la República.
Semejante lisonjera situación engendró en los espíritus, si no
la convicción, sí, al menos, la creencia de que al cabo habíamos
logrado salir del triste período de las guerras civiles, para
entrar con pie seguro y ánimo resuelto, a la sombra de la paz, por
el sendero del progreso moral, intelectual y material. Viose
entonces el rápido desarrollo de la industria, el nacimiento con
caracteres de vigorosa vitalidad de las instituciones de crédito, y
la aparición de la fecunda idea de asociación. Eso reveló al país
el secreto de sus fuerzas, le inspiró confianza en sus futuros
destinos, y generó el serio pensamiento de acometer con energía,
con valor y con perseverancia, las grandes mejoras materiales que,
sacándonos de nuestro aislamiento, habrían de incorporarnos al fin
en el gran movimiento civilizador del Universo. Todo esto era el
resultado de la paz, y su conservación y su progresivo crecimiento
estaban vinculados en la consolidación de aquel bien
inestimable.
Pero apareció el debate electoral, y la acritud que tomó desde
un principio, reveló la influencia desastrosa que estaba llamado a
ejercer en la marcha regular de la República. En breve esa actitud
se convirtió en verdadera amenaza de guerra, y al fin apareció
ésta, hiriendo seriamente la vitalidad de la Nación, deteniéndola
en su marcha de moralización y de progreso, y haciendo perder en
pocos meses las conquistas de la paz, alcanzadas tras largos años
de perseverante y penoso batallar. Esa lucha, llevada a un extremo
de inconcebible e insensata exageración, dividió a los ciudadanos,
descompuso la manera de ser de los partidos, y sembró profusamente
la semilla funesta de los odios. En poco tiempo retrocedimos del
superávit al
déficit. A la confianza, que abre las
puertas del crédito y fecundiza el trabajo, sucedió la inseguridad,
que mata el uno y esteriliza el otro, y que ha producido en último
resultado la desastrosa crisis monetaria que amenaza hundir al país
o devorarlo. Vino, en fin, al espíritu contristado del patriota la
desconsoladora revelación de que aún no habíamos salido del
oprobioso período de las guerras civiles.
Hay, sin embargo, en el fondo sombrío de ese cuadro, una de
aquellas verdades consoladoras que sólo en el camino del dolor es
dado a los hombres y a los pueblos recoger. Esa verdad es el grado
de poder, de vitalidad y de energía que ha adquirido entre nosotros
el sentimiento de la paz; conquista que, al aparecer en un país,
revela que éste ha llegado a la virilidad, y que entra ya, con paso
firme, sin vacilaciones y sin incertidumbres, en el definitivo
camino del progreso. La existencia de ese sentimiento entre
nosotros, y su vigorosa intensidad, se revelaron por la enérgica y
pronunciada resistencia que a la propagación de la guerra opuso la
masa general de nuestro pueblo; prueba inequívoca del incalculable
progreso que en nuestra educación republicana hemos alcanzado de
diez años a esta parte, y hecho que da la justa medida de nuestros
adelantamientos en el orden político y en el orden moral. Tanto es
esto cierto, que la corta duración de la guerra, y la relativa
disminución de sus relativos estragos, se debieron, no tanto a la
rapidez y a la energía de las operaciones militares, cuanto al
esfuerzo colectivo de la opinión pública, que gravitó enérgica y
decididamente en el sentido de las soluciones pacíficas.
Ved ahí, señor, la lección de enseñanza que nos dejó la pasada
lamentable lucha; porque, si tan pronunciado y vigoroso es el
sentimiento del pueblo colombiano en favor de la paz pública, ¿qué
gobernante, revestido de patriotismo y dotado de sagacidad
política, dejaría de buscar en la acción fecundante de este
sentimiento, los elementos que hubiesen de curar los males de la
patria, devolviendo a ésta la próspera situación y la consoladora
perspectiva que, en momentos de inconcebible extravío, le hubiese
arrebatado la insania de los partidos?
Eso quiere decir, señor, que la conservación de la paz pública
debe ser el objetivo de todos vuestros esfuerzos en el Gobierno; y
estad seguro de que, alcanzado por vos ese bien, a su sombra y por
su influjo resolveréis en favor del país todas las graves
cuestiones que habrán de ocupar vuestra Administración.
¿Cuáles son los medios que debéis emplear para realizar aquél
que debe ser el ideal de vuestra conducta en el ejercicio del
poder?
Ante todo, huíd, señor, del ciego espíritu de partido. Ese es el
peor, el más funesto criterio que puedan llevar los hombres al
entrar en el Gobierno. Aclamado candidato por un gran grupo de
respetables ciudadanos, pertenecientes a uno de los grandes
partidos políticos en que está dividida la Nación, sois, sin dejar
de pertenecer a ese partido, desde que os eligió el Congreso de
Colombia, el Jefe constitucional de la Nación, y no el caudillo de
una bandería. Eso quiere decir, señor, que todos vuestros actos en
el Gobierno deben llevar por sello la justicia, y por único
objetivo el bien general de la República.
Tomad, señor, la Constitución como regla inflexible de vuestro
Gobierno, y haced del cumplimiento de la ley el primero de vuestros
deberes. Veréis que, procediendo así, la Nación entera se agrupará
en torno vuéstro, y que la opinión inteligente e ilustrada del país
subirá hasta vos, para ofreceros el apoyo y la fuerza que los
gobiernos de círculo no encuentran sino en la violencia que irrita
o en la intriga que degrada y que corrompe.
Olvidad, señor, que si bien vuestra candidatura fue sostenida
con entusiasmo y con decisión por muchos, también fue por otros
ardorosamente combatida; y apelad a la tolerancia sin debilidad, y
a la energía sin provocación, para disipar las desconfianzas, para
aplacar las cóleras, y para esterilizar los odios de vuestros
adversarios. No olvidéis, señor, que son los gobiernos que pasan
por encima de las instituciones, o que las falsean en su aplicación
o en su ejercicio, para hacer irrupciones en el campo sagrado del
derecho de los ciudadanos y de los partidos, los que, en último
análisis, vienen a ser, por regla general, y salvo contadas
excepciones, los verdaderos responsables de las hondas conmociones
políticas. Esos gobiernos, los gobiernos de combate, depresivos de
la dignidad de los pueblos, que hacen de la agitación y de la
violencia la condición natural de su existencia, ni alcanzan a
fundar nada estable para el porvenir, ni logran nunca para sí una
sola palabra de justificación en el tribunal incorruptible de la
historia. Colombia confía, señor, en que vuestro gobierno no será
un gobierno de combate; esperanza que ella funda en vuestras
virtudes públicas, en vuestro: precedentes y en vuestro
carácter.
Si al organizar vuestra Administración y al iniciar vuestra
política, lograseis inspirar al país la confianza que éste necesita
tener en la conservación de la paz, todo lo demás que sE espera de
vos, vendría naturalmente. Preparadores de semejante patriótica
conquista serían un espíritu conciliador, un celoso respeto por las
garantías, y, más que todo, un deferente acatamiento a las
legítimas e ilustradas indicaciones de la opinión. Hasta dónde
pudiera contribuír a eso el llamamiento que hicieseis para los más
altos puestos públicos, de hombres que, si bien de opiniones
políticas perfectamente definidas, estuviesen, sin embargo, exentos
de la tacha de esa extrema exageración que imprime en los
caracteres una activa participación en debates electorales tan
ardientes como el que acabamos de atravesar, vos mismo podéis
comprenderlo y apreciarlo. En cuanto a mí, sé deciros que si
semejante costumbre viniese a los partidos el carácter de
aparcerías, tendería a ennoblecerlos y a regenerarlos, al propio
tiempo que aumentaría la respetabilidad de nuestros hombres
públicos, cuya autoridad moral crecería a la par y en proporción
con su personal desinterés. Yo, que desearía ver implantada entre
nosotros esa nobilísima política, me atrevo a aconsejárosla, bien
que en mi absoluta inexperiencia en el arte del gobierno, ignore
hasta qué grado pudiera ella seros embarazosa para comunicar a
vuestra Administración toda la energía que necesitará para dominar
la difícil situación que se os aguarda.
Pero, cualquiera que sea el plan que adoptéis para la
organización de vuestro Gobierno, tened en cuenta, os lo repito,
que el más alto de vuestros deberes es el de devolver la confianza
a la República, llevando a todos los espíritus la convicción de que
vuestro más vehemente deseo está y estará vinculado en la
consolidación de la paz, y que hacia ella haréis converger todos
vuestros actos. Si lográis eso; si devolvéis su perdido prestigio a
esa antes lisonjera esperanza de la patria, haréis glorioso vuestro
Gobierno y memorable vuestra Administración. De eso manarán, como
otras tántas naturales consecuencias, que el pueblo recibirá de vos
como beneficios que le dispensaréis, el renacimiento de la
industria, la fecundidad del trabajo y la moralización definitiva
del país.
Para semejante labor tendréis el concurso de todos los buenos
ciudadanos y, en especial, me atrevo a asegurároslo, el del
ilustrado Congreso de Colombia. Veréis renacer la próspera
situación de enero de 1875, si, como lo aguarda confiadamente el
país, asume vuestra Administración el carácter de esencialmente
reparadora, empapándose en la tolerancia que desarma, y
exhibiéndose conciliadora, en el terreno del deber, para con los
partidos y los hombres. Venceréis todas las dificultades que en el
orden político y en el orden social se os esperan. Para dominarlas
y resolverlas favorablemente, seguid los dictados de vuestra
probidad y obedeced los impulsos de vuestro elevado carácter. No
podríais escoger mejor criterio ni elegir más segura brújula.
Mantened atento el oído a la voz de la opinión, y apelad en todo
caso, con completa, con absoluta confianza, al hidalgo carácter del
generoso pueblo colombiano. Estad seguro de que no golpearéis en
vano en esa puerta; porque ese pueblo, llamado por vos, vendrá en
vuestra ayuda desde que vea que os inclináis respetuoso ante las
indicaciones de la opinión ilustrada del país. Obrando así, haréis
que se pierda en el concierto de voces que, para apoyaros, alzará
el patriotismo, el grito destemplado de las pasiones políticas, que
acaso no deje de levantarse para embarazaros en vuestra marcha.
Que la Providencia os ilumine, señor, en el desempeño de la
misión que hoy os confía el pueblo colombiano, y quiera ella que,
al devolver a la Nación el poder que hoy se os entrega, podáis
decir que están reparados los males de la Patria, y asegurada su
tranquila y segura marcha por el camino del progreso.
Mas si, lo que no creo, hasta tal grado hubiésemos descendido
por la pendiente del abatimiento moral y de la corrupción política,
que hayan de ser estériles las más rectas intenciones, infecundos
los más honorables procederes, confío en que; al menos, podréis
decir con todo el acento de la verdad, al despojaros del poder de
que en este momento quedáis investido: "He cumplido mi
deber; los acontecimientos estaban en la mano de
Dios".
He dicho.
Yo le contesté:
Ciudadano Presidente:
Al prometer, como acabo de hacerlo, ante la augusta
representación nacional, que cumpliré fielmente la Constitución y
las leyes, y que las haré cumplir y obedecer en mi carácter de
Presidente de la Unión, he obrado con pleno conocimiento de la
gravedad que esta promesa encierra y de la inmensa responsabilidad
que apareja. Recibo, sin embargo, con verdadero aprecio las
patrióticas advertencias que os habéis servido hacerme, y agradezco
profundamente la cortesanía que para ello habéis tenido, de
recordarme que esos mismos o análogos conceptos fueron emitidos por
mí, hace diez años, en una ocasión como la presente.
Si en vuestro interés por el bién público y por éxito feliz de
mi Administración, habéis hallado oportuno recordar aquel incidente
de mi vida pública, y presentarlo al país como una prenda de que
comprendo y cumpliré mi deber, yo la acepto como tál; y prometo
permanecer fiel, en el Gobierno, al programa que una vez tuve la
honra de recomendar, como miembro de la oposición.
Habiéndome llamado a desempeñar la primera Magistratura
nacional, al cabo de una ardiente y obstinada lucha eleccionaria,
en que las pasiones políticas se exaltaron hasta el delirio, en que
se derramó sangre colombiana, se comprometió nuestro naciente
crédito, se perturbaron las transacciones comerciales, y se
consumieron los ahorros fiscales acumulados en varios años, mi
primer deber como Jefe de la nueva Administración es procurar el
restablecimiento de la calma en el debate de los negocios públicos,
el olvido de lo pasado, y la pronta reparación de los daños
causados a la industria y al Tesoro público. A esta tarea
consagraré mis escasas fuerzas con entera voluntad, libre de
preocupaciones de partido, y penetrado más bien del convencimiento
de que todas las conmociones sociales y políticas provienen
ordinariamente de alguna causa justa, aunque de origen remoto las
más veces; y de que por consiguiente las rivalidades, los odios y
las ambiciones personales que en ellas hacen tan importante papel,
sólo deben reputarse como simples accesorios. Si a la luz de este
criterio es posible formar un juicio equivocado sobre el origen y
las tendencias de la reacción política que acabamos de
experimentar, es por lo menos indudable que las malas consecuencias
de ese error, si malas consecuencias puede tener, serán
infinitamente menores que las que podrían resultar de una
apreciación contraria.
Rudo fue el debate eleccionario que - dio por resultado mi
elevación a la Presidencia de la República; pero él no ha dejado en
mi ánimo ningún recuerdo amargo, ningún sentimiento de rencor o
antipatía. Mis actos como funcionario público, especialmente en la
administración de la Hacienda nacional, acaso se pusieron alguna
vez, no en la balanza de la justicia, sino en el crisol de las
pasiones de partido; pero mi honra fue siempre respetada, y ni aun
mi amor propio llegó a sentirse lastimado. En esta situación de
espíritu, de la cual creo haber dado pruebas inequívocas, mucho
podrá temerse de mi insuficiencia; nada de mala voluntad de mi
parte. Por lo demás, como también lo habéis observado, consuela el
que la borrasca política que entenebreció durante un año el cielo
de la Patria, y amenazó hundirnos en la anarquía, no hubiese
llegado a desquiciar, ni aun a conmover siquiera, los cimientos del
orden político y social, que están ya a prueba de la insania de los
partidos. Frescas todavía las heridas causadas por tan enconada
lucha, y estando aún por reparar los daños fiscales y económicos
que ella ha producido, podemos sin embargo congratularnos, señor
Presidente, por aquel resultado feliz de la contienda, en el cual
debemos ver nuestra mejor esperanza para el porvenir.
Estimo como vos que la perturbación del orden público proviene
ordinariamente del desacierto de los gobernantes o del abuso de las
facultades que les otorga la Constitución; pero debe tenerse
presente que hay en la vida de las sociedades, según lo ha
observado un profundo pensador, horas borrascosas en que los
acontecimientos se imponen de un modo inevitable, sin que esté en
la mano del gobernante sustraerse a su influencia ni dominarlos con
la prontitud deseable. En estas desgraciadas emergencias, de que
Dios quiera preservar a las futuras Administraciones de Colombia,
la rectitud moral del Jefe de la Nación es la mejor esperanza de
los pueblos. Esta esperanza no llegó a faltar en los días de
conflicto que acaban de transcurrir: justicia sea hecha a mi
ilustrado predecesor.
Puesto que con laudable franqueza y animado de un ferviente
anhelo por la paz y la reconciliación de los colombianos, habéis
manifestado vuestras opiniones acerca de la organización del
Gobierno, a mi vez debo exponer también las mías con igual
sinceridad.
Es práctica corriente en los gobiernos representativos llamar a
las Secretarías de Estado a los ciudadanos que mayor influencia
legítima han ejercido en los debates eleccionarios; pero esta
práctica, perfectamente justificable en circunstancias normales,
porque sirve de estímulo a la legítima y patriótica aspiración de
los ciudadanos a tomar parte en la dirección de los negocios
públicos, y porque reviste a las nuevas Administraciones del
prestigio personal de los que más eficazmente han contribuído a
establecerlas, puede sin embargo admitir excepciones en casos como
el presente, en que la recrudescencia de la lucha electoral ha
dejado hondos resentimientos, y en que el primer deber del Gobierno
es procurar la reconciliación de los ánimos, a la sombra de la
bandera misma que ha salido triunfante en la contienda.
En cuanto a la energía que habéis dicho debe caracterizar los
actos del Gobierno, ella puede encontrarse también en ciudadanos
que no habiendo tomado una parte activa en la lucha electoral,
están relativamente libres de animosidades que pudieran ser
obstáculo para llegar pronta y decorosamente al estado de
tranquilidad que anhelan todos los hombres de buena voluntad.
Creo haber dicho con bastante claridad cuáles son los medios que
me propongo emplear para conservar la paz, que es la primera de
nuestras necesidades sociales. En lo relativo al progreso, que es
la segunda, lo promoveré en la medida de mis atribuciones,
ensanchando y mejorando cuanto sea posible la enseñanza primaria y
la que se da en la Universidad, y siguiendo sin vacilación el
programa de fomento de las anteriores administraciones, hasta donde
lo permitan los recursos fiscales del país. Procederé así no sólo
en cumplimiento de la ley sino también en la confianza de que el
triunfo de mi candidatura para la Presidencia de la Unión, implica
en algún modo la sanción definitiva de aquel programa. Mas como hay
en este ramo del servicio público una confusión que, además de ser
funesta para nuestro crédito, puede suscitar celos y rivalidades
entre los Estados, me permitiré dentro de poco hacer
respetuosamente al Congreso algunas indicaciones, conducentes a
establecer la equidad en el fomento de las obras materiales de los
Estados.
Atendida la rectitud de mis propósitos y la ilustración y
patriotismo de los miembros del Congreso, no dudo de poder contar
con el apoyo que me anunciáis en nombre de esta augusta
Corporación.
Entro a gobernar sin otro compromiso que el que acabo de
contraer aquí, y me prometo no buscar más apoyo para mi
Administración que el de la opinión ilustrada del país. Los grandes
negocios que voy a administrar no son mis propios negocios; son los
de la Nación: a ella es, pues, a quien importa prestarme su apoyo
si procedo honradamente, así como retirarme su confianza si falto a
mi deber.
No debo disimular que he subido las gradas de este solio con una
vaga inquietud,.hija de la desconfianza en mis propias fuerzas y de
la difícil situación del país. Quiera la Providencia, que vela por
los destinos de este incipiente pero generoso pueblo, concederme el
beneficio de una Administración pacífica, bajo la cual se aplaquen
los odios de partido, prospere la industria, se restablezca la
Hacienda pública, y no haya lugar ni aun a la menor duda sobre la
buena intención con que vengo a gobernar.
El Ministerio quedó constituído así:
Secretario de lo Interior y Relaciones Exteriores, doctor Manuel
Ancízar.
Secretario de Hacienda y Fomento, doctor Carlos Nicolás
Rodríguez.
Secretario del Tesoro y Crédito nacional, doctor Luis A.
Robles.
Secretario de Guerra y Marina, General Rafael Niño. Pocos días
después de inaugurada la Administración dirigí al Congreso el
siguiente Mensaje:
Ciudadanos Senadores y Representantes.
Mi primer deber como Jefe de la nueva Administración, os dije no
há muchos días, será procurar el restablecimiento de la calma en el
debate de los negocios públicos, y el olvido de lo pasado, y añadí:
"A esta tarea consagraré mis escasas fuerzas, libre de
preocupaciones de partido, y penetrado del convencimiento de que
las conmociones sociales y políticas provienen ordinariamente de
alguna causa justa, aunque de origen remoto las más
veces".
Si este es un deber mío, y además una necesidad nacional, juzgo
que no me es lícito postergar un día más el cumplimiento de lo
prometido.
Os pido, pues, encarecidamente un voto de olvido para todos los
extravíos de índole política acaecidos durante la obstinada lucha
eleccionaria que ha perturbado profundamente los ánimos, y dejado
rastros que es indispensable borrar antes de que pasen a ser
materia de debates judiciales.
No obstante que en lo que llevamos de educación republicana
hemos hecho notables progresos, siendo lisonjera la transformación
efectuada en nuestras ideas y costumbres políticas, todavía es
preciso confesar que en épocas de acaloramiento suelen predominar
sobre el buen sentido arranques de impaciencia que degeneran en
trasgresiones de la ley. Para estos extravíos del juicio, resto de
antiguas costumbres, la conveniencia pública pide indulgencia; así
como exige rigor para los delitos comunes, que no han de contar con
disimulo ni perdón.
Corresponde a vosotros, ciudadanos Senadores y Representantes,
realizar este propósito de reconciliación por medio de un acto
legislativo, que será la base de la apetecida concordia, y que, no
lo dudo, expediréis con la amplitud conveniente, y en los términos
más adecuados al fin que de él espero.
El Presidente de la Unión,
AQUILEO PARRA
El Secretario de lo Interior y Relaciones Exteriores,
M.
Ancízar.