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MI ELECCION PARA PRESIDENTE

XV

El 21 de Febrero de 1876 se reunieron en Congreso las Cámaras Legislativas con el objeto de hacer el escrutinio de los votos dados por los Estados para Presidente de la República en el período constitucional que empezaba el 1°de abril. Dió el siguiente resultado:

Por Aquileo Parra los votos de los Estados de Boyacá, Cundinamarca, Santander y Panamá…………………............................. 5 votos.
Por el señor Bartolomé Calvo los votos de los Estados de Antioquia y Tolima..............................................................2 votos.
Por el señor Rafael Núñez los votos de los Estados de Bolívar y Panamá. …….................................................................2 votos.
En blanco el voto del Estado del Cauca ......... ........... 1 voto

Total ……………………………............... 10 votos.

 

Obtenidos así diez votos, pues el de Panamá, según la Asamblea, fue a mi favor, y según el Gran Jurado Electoral fue por el doctor Núñez, cuando solamente debían ser nueve los emitidos, correspondió al Congreso decidir cuál de los dos declarados en nombre del Estado de Panamá era válido.

El Congreso aprobó la siguiente proposición del doctor Aníbal Galindo:

"El Congreso declara que habiendo emitido constitucional y legalmente su voto para Presidente de la Unión el Estado Soberano de Panamá en la elección popular verificada el día 2 de mayo de 1875, y no estando este voto, una vez declarado, sujeto a revisión ni revocatoria de ninguna clase, es dicho voto, emitido a favor del señor Rafael Núñez, el que debe computarse, y no el emitido posteriormente por la Convención del Estado, a favor del señor Aquileo Parra, el cual se declara sin ningún valor; y que no habiendo, en consecuencia, obtenido ninguno de los candidatos la mayoría absoluta de los votos de los nueve Estados de la Unión, el Congreso procede a elegir Presidente entre los que han reunido mayor número de votos, conforme al artículo 75 de la Constitución".

Aprobada esta proposición se procedió a verificar la elección entre los señores Núñez, Calvo y Parra, y dio el siguiente resultado:

 

Por Aquileo Parra ……………………….48 votos
Por Bartolomé Calvo …………………....18 "
Por Rafael Núñez ………………………..18 "

 

El Congreso me declaró constitucionalmente elegido Presidente de la República.

El 1° de abril tomé posesión de la Presidencia. En ese acto solemne de mi vida nos cruzamos el Presidente del Congreso y yo los siguientes discursos.

 

El doctor Restrepo E. dijo:

 

Señor Presidente:

Diez años hace que en tan solemne ocasión como la presente ocupando vos el puesto que para el día de hoy se ha dignada señalarme el Senado de Colombia, disteis posesión de 1; Presidencia de la República al ciudadano a quien el sufragio, popular llamó en 1865 al ejercicio de la primera magistratura nacional.

Recordasteis en aquel acto al Presidente de la República, los grandes deberes que contraía para con el país al recibir el depósito del poder, y le trazasteis, al propio tiempo, con digna y austera cuanto respetuosa franqueza, el camino que, a vuestro juicio, debiera seguir para satisfacer las exigencias y corresponder a las esperanzas de la Nación.

Permitidme, señor, que, siguiendo vuestro ejemplo, os recuerde la magnitud de los deberes que contraéis, que os señale la extensión de la responsabilidad que asumís, y que os trace, aunque con la natural desconfianza que tengo y debo tener en mis propios juicios, el sendero que, en mi opinión, debéis recorrer para servir a Colombia como ella necesita ser servida en la difícil y excepcional situación en que se os confía el ejercicio del poder.

Inoportuno, por lo menos, sería recordar la intensidad de la lucha electoral que, al cabo de trece meses de tenaz y ardiente agitación, vino a desenlazarse con la designación que en vos ha hecho el Congreso de la Unión para el ejercicio del Poder Ejecutivo en el período constitucional que principia hoy, si del estudio de esa lucha no se derivase una fecunda y provechosa enseñanza, bastante por sí sola para guiaros con pie seguro en el ejercicio del Gobierno.

Sabéis muy bien, señor, cuán próspera era la situación y cuán halagadora la perspectiva futura del país en enero de 1875, al iniciarse el debate electoral.

Alcanzada la solución de las grandes cuestiones políticas; planteadas felizmente y funcionando con regularidad las instituciones, mediante la sincera y leal aceptación que de ellas habían hecho los partidos; curado nuestro Tesoro del cáncer devorador del déficit; moralizadas la recaudación y la administración de las rentas públicas; arregladas nuestras deudas interior y exterior sobre bases que hacían compatibles nuestras obligaciones con nuestros recursos; desterrada de los debates políticos la acrimonia que siembra los odios, que divide a los hombres y genera las deconfianzas; organizada, en fin, la instrucción primaria en escala suficientemente extensa para acelerar la transformación de nuestras masas ignorantes en grandes grupos de ciudadanos, todo prometía para el país una era nueva, bien distinta, por cierto, de esos tiempos de instabilidad, de incertidumbres y de desconfianzas que, desde su nacimiento, había venido atravesando la República.

Semejante lisonjera situación engendró en los espíritus, si no la convicción, sí, al menos, la creencia de que al cabo habíamos logrado salir del triste período de las guerras civiles, para entrar con pie seguro y ánimo resuelto, a la sombra de la paz, por el sendero del progreso moral, intelectual y material. Viose entonces el rápido desarrollo de la industria, el nacimiento con caracteres de vigorosa vitalidad de las instituciones de crédito, y la aparición de la fecunda idea de asociación. Eso reveló al país el secreto de sus fuerzas, le inspiró confianza en sus futuros destinos, y generó el serio pensamiento de acometer con energía, con valor y con perseverancia, las grandes mejoras materiales que, sacándonos de nuestro aislamiento, habrían de incorporarnos al fin en el gran movimiento civilizador del Universo. Todo esto era el resultado de la paz, y su conservación y su progresivo crecimiento estaban vinculados en la consolidación de aquel bien inestimable.

Pero apareció el debate electoral, y la acritud que tomó desde un principio, reveló la influencia desastrosa que estaba llamado a ejercer en la marcha regular de la República. En breve esa actitud se convirtió en verdadera amenaza de guerra, y al fin apareció ésta, hiriendo seriamente la vitalidad de la Nación, deteniéndola en su marcha de moralización y de progreso, y haciendo perder en pocos meses las conquistas de la paz, alcanzadas tras largos años de perseverante y penoso batallar. Esa lucha, llevada a un extremo de inconcebible e insensata exageración, dividió a los ciudadanos, descompuso la manera de ser de los partidos, y sembró profusamente la semilla funesta de los odios. En poco tiempo retrocedimos del superávit al déficit. A la confianza, que abre las puertas del crédito y fecundiza el trabajo, sucedió la inseguridad, que mata el uno y esteriliza el otro, y que ha producido en último resultado la desastrosa crisis monetaria que amenaza hundir al país o devorarlo. Vino, en fin, al espíritu contristado del patriota la desconsoladora revelación de que aún no habíamos salido del oprobioso período de las guerras civiles.

Hay, sin embargo, en el fondo sombrío de ese cuadro, una de aquellas verdades consoladoras que sólo en el camino del dolor es dado a los hombres y a los pueblos recoger. Esa verdad es el grado de poder, de vitalidad y de energía que ha adquirido entre nosotros el sentimiento de la paz; conquista que, al aparecer en un país, revela que éste ha llegado a la virilidad, y que entra ya, con paso firme, sin vacilaciones y sin incertidumbres, en el definitivo camino del progreso. La existencia de ese sentimiento entre nosotros, y su vigorosa intensidad, se revelaron por la enérgica y pronunciada resistencia que a la propagación de la guerra opuso la masa general de nuestro pueblo; prueba inequívoca del incalculable progreso que en nuestra educación republicana hemos alcanzado de diez años a esta parte, y hecho que da la justa medida de nuestros adelantamientos en el orden político y en el orden moral. Tanto es esto cierto, que la corta duración de la guerra, y la relativa disminución de sus relativos estragos, se debieron, no tanto a la rapidez y a la energía de las operaciones militares, cuanto al esfuerzo colectivo de la opinión pública, que gravitó enérgica y decididamente en el sentido de las soluciones pacíficas.

Ved ahí, señor, la lección de enseñanza que nos dejó la pasada lamentable lucha; porque, si tan pronunciado y vigoroso es el sentimiento del pueblo colombiano en favor de la paz pública, ¿qué gobernante, revestido de patriotismo y dotado de sagacidad política, dejaría de buscar en la acción fecundante de este sentimiento, los elementos que hubiesen de curar los males de la patria, devolviendo a ésta la próspera situación y la consoladora perspectiva que, en momentos de inconcebible extravío, le hubiese arrebatado la insania de los partidos?

Eso quiere decir, señor, que la conservación de la paz pública debe ser el objetivo de todos vuestros esfuerzos en el Gobierno; y estad seguro de que, alcanzado por vos ese bien, a su sombra y por su influjo resolveréis en favor del país todas las graves cuestiones que habrán de ocupar vuestra Administración.

¿Cuáles son los medios que debéis emplear para realizar aquél que debe ser el ideal de vuestra conducta en el ejercicio del poder?

Ante todo, huíd, señor, del ciego espíritu de partido. Ese es el peor, el más funesto criterio que puedan llevar los hombres al entrar en el Gobierno. Aclamado candidato por un gran grupo de respetables ciudadanos, pertenecientes a uno de los grandes partidos políticos en que está dividida la Nación, sois, sin dejar de pertenecer a ese partido, desde que os eligió el Congreso de Colombia, el Jefe constitucional de la Nación, y no el caudillo de una bandería. Eso quiere decir, señor, que todos vuestros actos en el Gobierno deben llevar por sello la justicia, y por único objetivo el bien general de la República.

Tomad, señor, la Constitución como regla inflexible de vuestro Gobierno, y haced del cumplimiento de la ley el primero de vuestros deberes. Veréis que, procediendo así, la Nación entera se agrupará en torno vuéstro, y que la opinión inteligente e ilustrada del país subirá hasta vos, para ofreceros el apoyo y la fuerza que los gobiernos de círculo no encuentran sino en la violencia que irrita o en la intriga que degrada y que corrompe.

Olvidad, señor, que si bien vuestra candidatura fue sostenida con entusiasmo y con decisión por muchos, también fue por otros ardorosamente combatida; y apelad a la tolerancia sin debilidad, y a la energía sin provocación, para disipar las desconfianzas, para aplacar las cóleras, y para esterilizar los odios de vuestros adversarios. No olvidéis, señor, que son los gobiernos que pasan por encima de las instituciones, o que las falsean en su aplicación o en su ejercicio, para hacer irrupciones en el campo sagrado del derecho de los ciudadanos y de los partidos, los que, en último análisis, vienen a ser, por regla general, y salvo contadas excepciones, los verdaderos responsables de las hondas conmociones políticas. Esos gobiernos, los gobiernos de combate, depresivos de la dignidad de los pueblos, que hacen de la agitación y de la violencia la condición natural de su existencia, ni alcanzan a fundar nada estable para el porvenir, ni logran nunca para sí una sola palabra de justificación en el tribunal incorruptible de la historia. Colombia confía, señor, en que vuestro gobierno no será un gobierno de combate; esperanza que ella funda en vuestras virtudes públicas, en vuestro: precedentes y en vuestro carácter.

Si al organizar vuestra Administración y al iniciar vuestra política, lograseis inspirar al país la confianza que éste necesita tener en la conservación de la paz, todo lo demás que sE espera de vos, vendría naturalmente. Preparadores de semejante patriótica conquista serían un espíritu conciliador, un celoso respeto por las garantías, y, más que todo, un deferente acatamiento a las legítimas e ilustradas indicaciones de la opinión. Hasta dónde pudiera contribuír a eso el llamamiento que hicieseis para los más altos puestos públicos, de hombres que, si bien de opiniones políticas perfectamente definidas, estuviesen, sin embargo, exentos de la tacha de esa extrema exageración que imprime en los caracteres una activa participación en debates electorales tan ardientes como el que acabamos de atravesar, vos mismo podéis comprenderlo y apreciarlo. En cuanto a mí, sé deciros que si semejante costumbre viniese a los partidos el carácter de aparcerías, tendería a ennoblecerlos y a regenerarlos, al propio tiempo que aumentaría la respetabilidad de nuestros hombres públicos, cuya autoridad moral crecería a la par y en proporción con su personal desinterés. Yo, que desearía ver implantada entre nosotros esa nobilísima política, me atrevo a aconsejárosla, bien que en mi absoluta inexperiencia en el arte del gobierno, ignore hasta qué grado pudiera ella seros embarazosa para comunicar a vuestra Administración toda la energía que necesitará para dominar la difícil situación que se os aguarda.

Pero, cualquiera que sea el plan que adoptéis para la organización de vuestro Gobierno, tened en cuenta, os lo repito, que el más alto de vuestros deberes es el de devolver la confianza a la República, llevando a todos los espíritus la convicción de que vuestro más vehemente deseo está y estará vinculado en la consolidación de la paz, y que hacia ella haréis converger todos vuestros actos. Si lográis eso; si devolvéis su perdido prestigio a esa antes lisonjera esperanza de la patria, haréis glorioso vuestro Gobierno y memorable vuestra Administración. De eso manarán, como otras tántas naturales consecuencias, que el pueblo recibirá de vos como beneficios que le dispensaréis, el renacimiento de la industria, la fecundidad del trabajo y la moralización definitiva del país.

Para semejante labor tendréis el concurso de todos los buenos ciudadanos y, en especial, me atrevo a asegurároslo, el del ilustrado Congreso de Colombia. Veréis renacer la próspera situación de enero de 1875, si, como lo aguarda confiadamente el país, asume vuestra Administración el carácter de esencialmente reparadora, empapándose en la tolerancia que desarma, y exhibiéndose conciliadora, en el terreno del deber, para con los partidos y los hombres. Venceréis todas las dificultades que en el orden político y en el orden social se os esperan. Para dominarlas y resolverlas favorablemente, seguid los dictados de vuestra probidad y obedeced los impulsos de vuestro elevado carácter. No podríais escoger mejor criterio ni elegir más segura brújula. Mantened atento el oído a la voz de la opinión, y apelad en todo caso, con completa, con absoluta confianza, al hidalgo carácter del generoso pueblo colombiano. Estad seguro de que no golpearéis en vano en esa puerta; porque ese pueblo, llamado por vos, vendrá en vuestra ayuda desde que vea que os inclináis respetuoso ante las indicaciones de la opinión ilustrada del país. Obrando así, haréis que se pierda en el concierto de voces que, para apoyaros, alzará el patriotismo, el grito destemplado de las pasiones políticas, que acaso no deje de levantarse para embarazaros en vuestra marcha.

Que la Providencia os ilumine, señor, en el desempeño de la misión que hoy os confía el pueblo colombiano, y quiera ella que, al devolver a la Nación el poder que hoy se os entrega, podáis decir que están reparados los males de la Patria, y asegurada su tranquila y segura marcha por el camino del progreso.

Mas si, lo que no creo, hasta tal grado hubiésemos descendido por la pendiente del abatimiento moral y de la corrupción política, que hayan de ser estériles las más rectas intenciones, infecundos los más honorables procederes, confío en que; al menos, podréis decir con todo el acento de la verdad, al despojaros del poder de que en este momento quedáis investido: "He cumplido mi deber; los acontecimientos estaban en la mano de Dios".

He dicho.


Yo le contesté:

Ciudadano Presidente:

Al prometer, como acabo de hacerlo, ante la augusta representación nacional, que cumpliré fielmente la Constitución y las leyes, y que las haré cumplir y obedecer en mi carácter de Presidente de la Unión, he obrado con pleno conocimiento de la gravedad que esta promesa encierra y de la inmensa responsabilidad que apareja. Recibo, sin embargo, con verdadero aprecio las patrióticas advertencias que os habéis servido hacerme, y agradezco profundamente la cortesanía que para ello habéis tenido, de recordarme que esos mismos o análogos conceptos fueron emitidos por mí, hace diez años, en una ocasión como la presente.

Si en vuestro interés por el bién público y por éxito feliz de mi Administración, habéis hallado oportuno recordar aquel incidente de mi vida pública, y presentarlo al país como una prenda de que comprendo y cumpliré mi deber, yo la acepto como tál; y prometo permanecer fiel, en el Gobierno, al programa que una vez tuve la honra de recomendar, como miembro de la oposición.

Habiéndome llamado a desempeñar la primera Magistratura nacional, al cabo de una ardiente y obstinada lucha eleccionaria, en que las pasiones políticas se exaltaron hasta el delirio, en que se derramó sangre colombiana, se comprometió nuestro naciente crédito, se perturbaron las transacciones comerciales, y se consumieron los ahorros fiscales acumulados en varios años, mi primer deber como Jefe de la nueva Administración es procurar el restablecimiento de la calma en el debate de los negocios públicos, el olvido de lo pasado, y la pronta reparación de los daños causados a la industria y al Tesoro público. A esta tarea consagraré mis escasas fuerzas con entera voluntad, libre de preocupaciones de partido, y penetrado más bien del convencimiento de que todas las conmociones sociales y políticas provienen ordinariamente de alguna causa justa, aunque de origen remoto las más veces; y de que por consiguiente las rivalidades, los odios y las ambiciones personales que en ellas hacen tan importante papel, sólo deben reputarse como simples accesorios. Si a la luz de este criterio es posible formar un juicio equivocado sobre el origen y las tendencias de la reacción política que acabamos de experimentar, es por lo menos indudable que las malas consecuencias de ese error, si malas consecuencias puede tener, serán infinitamente menores que las que podrían resultar de una apreciación contraria.

Rudo fue el debate eleccionario que - dio por resultado mi elevación a la Presidencia de la República; pero él no ha dejado en mi ánimo ningún recuerdo amargo, ningún sentimiento de rencor o antipatía. Mis actos como funcionario público, especialmente en la administración de la Hacienda nacional, acaso se pusieron alguna vez, no en la balanza de la justicia, sino en el crisol de las pasiones de partido; pero mi honra fue siempre respetada, y ni aun mi amor propio llegó a sentirse lastimado. En esta situación de espíritu, de la cual creo haber dado pruebas inequívocas, mucho podrá temerse de mi insuficiencia; nada de mala voluntad de mi parte. Por lo demás, como también lo habéis observado, consuela el que la borrasca política que entenebreció durante un año el cielo de la Patria, y amenazó hundirnos en la anarquía, no hubiese llegado a desquiciar, ni aun a conmover siquiera, los cimientos del orden político y social, que están ya a prueba de la insania de los partidos. Frescas todavía las heridas causadas por tan enconada lucha, y estando aún por reparar los daños fiscales y económicos que ella ha producido, podemos sin embargo congratularnos, señor Presidente, por aquel resultado feliz de la contienda, en el cual debemos ver nuestra mejor esperanza para el porvenir.

Estimo como vos que la perturbación del orden público proviene ordinariamente del desacierto de los gobernantes o del abuso de las facultades que les otorga la Constitución; pero debe tenerse presente que hay en la vida de las sociedades, según lo ha observado un profundo pensador, horas borrascosas en que los acontecimientos se imponen de un modo inevitable, sin que esté en la mano del gobernante sustraerse a su influencia ni dominarlos con la prontitud deseable. En estas desgraciadas emergencias, de que Dios quiera preservar a las futuras Administraciones de Colombia, la rectitud moral del Jefe de la Nación es la mejor esperanza de los pueblos. Esta esperanza no llegó a faltar en los días de conflicto que acaban de transcurrir: justicia sea hecha a mi ilustrado predecesor.

Puesto que con laudable franqueza y animado de un ferviente anhelo por la paz y la reconciliación de los colombianos, habéis manifestado vuestras opiniones acerca de la organización del Gobierno, a mi vez debo exponer también las mías con igual sinceridad.

Es práctica corriente en los gobiernos representativos llamar a las Secretarías de Estado a los ciudadanos que mayor influencia legítima han ejercido en los debates eleccionarios; pero esta práctica, perfectamente justificable en circunstancias normales, porque sirve de estímulo a la legítima y patriótica aspiración de los ciudadanos a tomar parte en la dirección de los negocios públicos, y porque reviste a las nuevas Administraciones del prestigio personal de los que más eficazmente han contribuído a establecerlas, puede sin embargo admitir excepciones en casos como el presente, en que la recrudescencia de la lucha electoral ha dejado hondos resentimientos, y en que el primer deber del Gobierno es procurar la reconciliación de los ánimos, a la sombra de la bandera misma que ha salido triunfante en la contienda.

En cuanto a la energía que habéis dicho debe caracterizar los actos del Gobierno, ella puede encontrarse también en ciudadanos que no habiendo tomado una parte activa en la lucha electoral, están relativamente libres de animosidades que pudieran ser obstáculo para llegar pronta y decorosamente al estado de tranquilidad que anhelan todos los hombres de buena voluntad.

Creo haber dicho con bastante claridad cuáles son los medios que me propongo emplear para conservar la paz, que es la primera de nuestras necesidades sociales. En lo relativo al progreso, que es la segunda, lo promoveré en la medida de mis atribuciones, ensanchando y mejorando cuanto sea posible la enseñanza primaria y la que se da en la Universidad, y siguiendo sin vacilación el programa de fomento de las anteriores administraciones, hasta donde lo permitan los recursos fiscales del país. Procederé así no sólo en cumplimiento de la ley sino también en la confianza de que el triunfo de mi candidatura para la Presidencia de la Unión, implica en algún modo la sanción definitiva de aquel programa. Mas como hay en este ramo del servicio público una confusión que, además de ser funesta para nuestro crédito, puede suscitar celos y rivalidades entre los Estados, me permitiré dentro de poco hacer respetuosamente al Congreso algunas indicaciones, conducentes a establecer la equidad en el fomento de las obras materiales de los Estados.

Atendida la rectitud de mis propósitos y la ilustración y patriotismo de los miembros del Congreso, no dudo de poder contar con el apoyo que me anunciáis en nombre de esta augusta Corporación.

Entro a gobernar sin otro compromiso que el que acabo de contraer aquí, y me prometo no buscar más apoyo para mi Administración que el de la opinión ilustrada del país. Los grandes negocios que voy a administrar no son mis propios negocios; son los de la Nación: a ella es, pues, a quien importa prestarme su apoyo si procedo honradamente, así como retirarme su confianza si falto a mi deber.

No debo disimular que he subido las gradas de este solio con una vaga inquietud,.hija de la desconfianza en mis propias fuerzas y de la difícil situación del país. Quiera la Providencia, que vela por los destinos de este incipiente pero generoso pueblo, concederme el beneficio de una Administración pacífica, bajo la cual se aplaquen los odios de partido, prospere la industria, se restablezca la Hacienda pública, y no haya lugar ni aun a la menor duda sobre la buena intención con que vengo a gobernar.

El Ministerio quedó constituído así:

 

Secretario de lo Interior y Relaciones Exteriores, doctor Manuel Ancízar.
Secretario de Hacienda y Fomento, doctor Carlos Nicolás Rodríguez.
Secretario del Tesoro y Crédito nacional, doctor Luis A. Robles.
Secretario de Guerra y Marina, General Rafael Niño. Pocos días después de inaugurada la Administración dirigí al Congreso el siguiente Mensaje:

Ciudadanos Senadores y Representantes.

Mi primer deber como Jefe de la nueva Administración, os dije no há muchos días, será procurar el restablecimiento de la calma en el debate de los negocios públicos, y el olvido de lo pasado, y añadí: "A esta tarea consagraré mis escasas fuerzas, libre de preocupaciones de partido, y penetrado del convencimiento de que las conmociones sociales y políticas provienen ordinariamente de alguna causa justa, aunque de origen remoto las más veces".

Si este es un deber mío, y además una necesidad nacional, juzgo que no me es lícito postergar un día más el cumplimiento de lo prometido.

Os pido, pues, encarecidamente un voto de olvido para todos los extravíos de índole política acaecidos durante la obstinada lucha eleccionaria que ha perturbado profundamente los ánimos, y dejado rastros que es indispensable borrar antes de que pasen a ser materia de debates judiciales.

No obstante que en lo que llevamos de educación republicana hemos hecho notables progresos, siendo lisonjera la transformación efectuada en nuestras ideas y costumbres políticas, todavía es preciso confesar que en épocas de acaloramiento suelen predominar sobre el buen sentido arranques de impaciencia que degeneran en trasgresiones de la ley. Para estos extravíos del juicio, resto de antiguas costumbres, la conveniencia pública pide indulgencia; así como exige rigor para los delitos comunes, que no han de contar con disimulo ni perdón.

Corresponde a vosotros, ciudadanos Senadores y Representantes, realizar este propósito de reconciliación por medio de un acto legislativo, que será la base de la apetecida concordia, y que, no lo dudo, expediréis con la amplitud conveniente, y en los términos más adecuados al fin que de él espero.


El Presidente de la Unión,
AQUILEO PARRA

El Secretario de lo Interior y Relaciones Exteriores, M. Ancízar.

 


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