En diversas ocasiones y a personas distintas he oído decir que
el doctor Murillo, conociendo a fondo al señor Núñez, o por mejor
decir, adivinando en él un hombre peligroso para el partido
liberal, hizo cuanto estuvo de su parte para mantenerle fuera del
país. Motivos había ciertamente para desconfiar de la firmeza
política del señor Núñez; pero nunca oí decir al doctor Murillo
nada que revelase aquel propósito, sin embargo de que no faltaron
ocasiones para ello, por ejemplo cuando me mostró una carta del
señor Núñez, que de lisonjera pasaba a ser aduladora, en la que a
primera vista se descubría el aspirante a la candidatura.
Por el solo hecho de haber bautizado el doctor Murillo al señor
Núñez con el apodo de
Amadeo, con ocasión de haber aparecido
su candidatura presidencial, dejó ver claramente que la principal
tacha que le encontraba como candidato era la de haber permanecido
tan largo tiempo fuera del país, que ya podía tomársele como
extranjero en su propia tierra. Por lo demás, y dicho sea de paso,
fortuna habría sido que el carácter moral del señor Núñez hubiese
tenido bastantes puntos de semejanza con el del difunto Rey de
España.
Si no me equivoco, el doctor Murillo sólo vio en el señor Núñez
el hombre que todos creíamos ver por aquel tiempo: un pensador
escéptico, inclinado a la molicie; un carácter blando, pero no nada
insinuante; fácilmente acomodable a cualquiera situación política,
e inadecuado, por tanto, para pelear grandes batallas en defensa de
una idea; sin embargo de tener, como tenía, en su pluma poderosa
arma de combate, revestida de seductoras formas. Eso, y algo más
que a mí no se me ocultaba, pudo ver el doctor Murillo en el señor
Núñez; pero no, en mi concepto, al futuro renegado político que,
habiendo de empuñar la bandera de una mentida reforma
administrativa, y teniendo sólo en mira la satisfacción de innoble
venganza propia, había de ponerse traidoramente al servicio de la
ajena; y que, explotando con no menor audacia que perversa
habilidad toda mala pasión política, habría de llegar a producir,
acaso sin preverlo, el desquiciamiento moral y político de su
Patria; pues que, a decir verdad, jamás hombre civil alguno llegó a
ejercer en Colombia dominio tan absoluto sobre el partido que lo
rodeaba, no obstante su híbrida composición, y quizá precisamente a
causa de ella. Así como tampoco ha habido hasta hoy quién se haya
dado, como él, la satánica satisfacción de humillar a aquellos de
sus parciales en quienes llegó a notar alguna veleidad de
independencia. El incondicionalismo, en su más lata y degradante
acepción, fue base fundamental del sistema regenerador.
Por mi parte, aunque nunca tuve alta idea del carácter moral del
señor Núñez, tampoco le creí susceptible de depravación. Y como me
sintiese obligado hacia él por el apoyo que en sus brillantes
revistas consulares prestó al proyecto de construcción del
ferrocarril del Norte, al saber que la Asamblea Legislativa de
Bolívar le había elegido en 1873 Senador principal por el Estado,
le dirigí una carta a Liverpool manifestándole el deseo de que
aceptara ese nombramiento, el cual le presentaría ocasión de
relacionarse con el nuevo personal político del país. No pudo el
doctor Núñez concurrir al Congreso de 1874, porque, según me
informó algún amigo de Bolívar, el nombramiento se le hizo a
condición de que por el primer año le dejara el puesto al suplente;
pero sí concurrió al Congreso de 1875.
Al desembarcar en Cartagena y tener conocimiento de que mi
candidatura estaba adelantada en la opinión, a tiempo que él estaba
en el secreto de la suya, recordando acaso la invitación que yo le
había hecho para que viniera al Congreso, me escribió de aquella
ciudad una amistosa carta en, la que, entre otras cosas, me decía
"que la ola de los acontecimientos lo había traído a
nuestras playas", queriendo significar con esto que no era
motu proprio que venía a contraponer su nombre al mío en la
balanza electoral. Sin dar a esto otro valor que el de un mero
cumplimiento, preciso me fue reconocer luego que los amigos del
señor Núñez, que le rodearon desde que llegó a la Costa y le
acompañaron hasta la capital, fueron los que le indujeron a
prescindir en adelante de toda fórmula de cortesía para con
aquellos de sus antiguos amigos que no eran adictos a su
candidatura.
Además de contestarle su carta a Honda, fui de los primeros en
visitarle a su llegada a la capital. Creyendo encontrar al antiguo
y cordial relacionado, di con el candidato esquivo y receloso. Me
recibió con marcado encogimiento, y tardó más de dos meses en
corresponderme la visita.
Al Presidente doctor Pérez, con quien había tenido más antiguas
y estrechas relaciones que conmigo, le recibió con igual sequedad,
creyendo ver en él al patrocinador oficial de mi candidatura. Hizo
más todavía: dejó deslizar en la conversación algún concepto
relativo a la inmensa opinión de que él consideraba rodeada su
candidatura, y al peligro de que, comprimida o violentada esa
opinión por la acción oficial, estallara de modo terrible. Se
equivocó al pensar que el doctor Pérez había tomado partido en
favor de ninguna de las candidaturas, y se equivocó también al
suponerle dominable por el temor.
Yo continué entretanto la obra de organización de la Compañía
nacional que debía contratar la construcción del ferrocarril del
Norte, y seguí mirando con la posible indiferencia la lucha por las
candidaturas, que apenas se iniciaba. Si me eligieren, bueno, decía
para mí; y si no, quedaré en la misma posición en que hoy me hallo,
o, sea,
en mi plata, como dicen los jugadores. No había
experimentado hasta entonces, ni llegado a presentir siquiera el
sinsabor de una derrota, como más tarde, en las postrimerías de la
lucha electoral, llegué a representármelo. Tan cierto es esto, que
yo solía tratar como en chanza la cuestión de la candidatura. Un
día se presentó en la Secretaría mi antiguo amigo el doctor Nicolás
Pereira Gamba, quien muchas veces había entrado allí con el objeto
de discutir propuestas de contrato hechas por él, y tomando un aire
circunspecto me manifestó, a propósito de cualquier incidente de la
conversación, que él no era partidario de mi candidatura.
-Pues hombre, Nicolás, echa acá esa mano -le dije de muy buen
humor- pues que este es el primer indicio que tengo de que mi
candidatura triunfará.
-¿Tan desorientado así me crees en la política?- me replicó con
visible desagrado.
Entretanto yo reía a pierna suelta, celebrando mi propia
ocurrencia. Pero había en aquel amigo menos
correa de la que
yo me imaginaba, y por extraño que parezca, él debió de sacar de
allí un fuerte resentimiento, de que dio ruidosa muestra como
miembro de la Cámara de Representantes en 1876, haciéndose eco, por
un momento, sí, de la calumnia que el doctor José María Samper
había lanzado contra mí, y digo que por un momento, porque a ley de
caballero y hombre honrado, en la misma sesión se retractó, votando
cierta autorización al Poder Ejecutivo, que acababa de combatir
fundado en la maligna especie.
Transcurrido algún tiempo después del chistoso pero desgraciado
incidente ocurrido en mi conversación con el doctor Pereira Gamba,
vino la elección de primer Designado para ejercer el Poder
Ejecutivo que hizo en mí por gran mayoría de votos el Congreso de
aquel año; acto que implicaba en la ocasión la presentación de mi
candidatura para la Presidencia de la República por parte de la más
alta Corporación del país; vino en seguida la proclamación de esa
misma candidatura en el
Diario de Cundinamarca, por gran
número de distinguidos liberales de la capital; siguióse a esto la
fundación de un periódico destinado expresamente a sostener dicha
candidatura, periódico del cual fue principal fundador y redactor
don Emiliano Restrepo; y empezaron a llegar, por último, de todos
los Estados numerosas adhesiones a la misma candidatura, con lo
cual hube de quedar advertido de que ella era cosa resuelta, y de
que yo había venido a ser candidato hecho y derecho.
Entretanto los partidarios de la candidatura del señor Núñez,
con él mismo a su cabeza, organizaban comités electorales, fundaban
periódicos, celebraban
meetings, convocaban a grandes
reuniones en el teatro de la capital; levantaban tribuna en la
Plaza de los Mártires, para que el candidato ratificara
solemnemente su fe en el sistema federal consagrado en la
Constitución de Rionegro, por haberse estimado que esa era la tecla
que el señor Núñez debía tocar en la ocasión.
Las procesiones por las calles eran más numerosas los domingos,
por el ingreso en ellas de gran número de estudiantes.
Un grupo respetable de ciudadanos, como dije, fundó El
País para sostener mi candidatura para la Presidencia. Sus
fundadores fueron los señores Vicente Lafaurie, Tomás E. Abello,
Evaristo de la Torre, Narciso Cadena, José Prieto Solano, Luis
Capella Toledo, Juan Agustín Uricoechea, Antonio María Pradilla,
Manuel Plata Azuero, Gonzalo A. Tavera, Hermógenes Durán, Emiliano
Restrepo E., Benigno Guarnizo, Medardo Rivas, Miguel Leonidas
Gutiérrez, Aníbal Galindo, Julián Herrera, José C. Romero, Justo
Briceño, Benjamín Pereira Gamba y Francisco Marulanda.
Puede juzgarse del apasionamiento de esos días si se recuerda
cómo fue recibido este periódico, sostenido con dinero del grupo
cuyos nombres he dado, por el
Correo de Colombia, redactado
por don Lino Ruiz, partidario de la candidatura del doctor Núñez.
"Estamos en presencia de un gran escándalo",
dijo. "La candidatura del señor Aquileo Parra, actual
Secretario de Hacienda del Gobierno de la Unión, acaba de
proclamarse. Y ha tenido el arrojo de lanzarla el periódico que
vive del Tesoro público; el único que en toda la haz de la tierra
lleva la palabra a los miembros del Gabinete".
La agitación política penetró en los cuarteles de la Guardia
Colombiana. El Presidente de la República dirigió con fecha 8 de
febrero un Mensaje al Congreso. De este importante documento
reproduzco lo siguiente porque da clara idea de la conducta oficial
del doctor Pérez en la cuestión de las candidaturas
presidenciales.
"Convencido íntimamente de que en la tranquila
situación actual sólo podría dar origen a una perturbación del
orden la falta de prescindencia por parte de la autoridad en las
manifestaciones legales de la opinión, de las cuales la principal
es el sufragio, heme esforzado por todos los medios a mi alcance,
porque en ninguna parte se pueda señalar con razón que obro fuera
de mis atribuciones o en lo que no sea un deber definido en la
Constitución o en la Ley. En esto tengo la conciencia de haber
procedido constante y uniformemente con más imparcialidad de la que
creo dable que reconozcan y mucho menos que agradezcan los
partidos.
"Está sucediendo, sin embargo, que de un lado se acusa
al Gobierno que presido de haber fomentado y estar sosteniendo una
candidatura para la presidencia de la Unión; y que de otro lado se
hace alarde de contar, para el triunfo de la candidatura contraria,
con el apoyo colectivo de los agentes más caracterizados del Poder
Ejecutivo, como son los Jefes y oficiales de la Guardia
Colombiana.
"Vosotros podéis estimar en su valor verdadero esa
acusación, sabiendo, como sabéis, los medios y los fines con que
ella es hecha; y sabiendo que hay absoluta imposibilidad de señalar
siquiera una providencia mía encaminada a violentar la opinión
ajena. A pesar de ello, la cuestión eleccionaria está siendo
colocada en el falso y peligroso terreno de que las candidaturas
son: una que se quiere llamar oficial, sólo porque en ella se
proclama a uno de los colaboradores del Gobierno, proclamación
independiente de mi voluntad; y otra que se preconiza como
antioficial, no obstante que se hace ostentación de que la apoyan
jefes y gobiernos de Estados, empleados nacionales y militares en
servicio.
"Compréndese sin dificultad que, por la desmoralización
que indudablemente producirá esta lucha, desnaturalizada así desde
su principio, al Gobierno se le preparan nuevos y crecientes
obstáculos para conservar la paz e impulsar las mejoras materiales
del país; y esto precisamente cuando están iniciadas ya obras
importantes, y están allegándose para ellas recursos que es preciso
impedir que sean distraídos de ese sagrado objeto.
"Por esa razón, y habiendo resultado ineficaces los
esfuerzos que, desde el principio de la Administración, he venido
haciendo para impedir que la fuerza pública llegase a ser mirada
por alguna de las partes contendientes como enemiga, así como para
conseguir que, por el contrario, la Nación viese siempre en esa
fuerza el inmediato, imparcial mantenedor de los derechos de todos
y del éxito legal de las elecciones, he buscado el restablecimiento
de la tranquilidad pública, perdida ya en parte por la anunciada
actitud de esa fuerza como decidido elemento eleccionario; y creí
poderlo hallar obteniendo de los Jefes de los cuerpos y del Estado
Mayor General, que se adhiriesen solemnemente a los principios que
han arreglado mi conducta. Híceles esta proposición en presencia de
los señores Secretarios del Despacho, el día 7 de los corrientes,
en la casa de Gobierno, habiéndoles previamente repetido que no se
pretendía cambiar en ningún sentido sus propias opiniones, sino
hallar un medio de conservar la calma, comprobando ante el país una
patriótica situación moral, por parte de la Guardia Colombiana, en
lo relativo a las elecciones".
La manifestación que el Presidente de la República presentó a
los Jefes de la Guardia Colombiana decía de esta suerte:
"Los infrascritos miembros de la Guardia Colombiana
hacemos libre y solemnemente a la Nación las manifestaciones
siguientes:
"Que, conocedores como somos de nuestros derechos
constitucionales, sabemos que ellos han sido respetados por el
Poder Ejecutivo de la Unión, el cual no ha empleado medio ninguno
directo ni indirecto para coartar nuestra independencia de
ciudadanos, ni para impedirnos el uso de nuestra libertad
electoral.
"Que, en ejercicio de esa independencia y libertad,
cuando sean llegados los casos respectivos, cada uno de nosotros
consignará su voto en favor de la causa política o del candidato o
candidatos que le indiquen sus propias convicciones.
"Que mientras llega el caso de consignar esos votos,
nosotros nos abstendremos de toda expresión de opiniones políticas
o eleccionarias, y en general de todo acto que, aunque sea legítimo
en sí mismo, pueda dar lugar a que entre nosotros mismos o nuestros
compañeros se establezca alguna división o antagonismo, o nos haga
aparecer en algún modo o para alguna emergencia como una amenaza
para los ciudadanos de alguna clase, opinión o partido.
"En tal virtud, y teniendo conocimiento de que, por una
parte, se hacen cargos injustos al Poder Ejecutivo de la Unión de
que pretende violentar la libertad política de sus agentes, así
como también de que, por otra, se asegura que se cuenta con nuestra
cooperación colectiva para el sostenimiento de causas eleccionarias
en que no debemos figurar en corporación ni con el carácter de
miembros de la Guardia Colombiana, sino como simples ciudadanos,
nosotros declaramos que no es válida ninguna firma de ninguno de
nosotros en sostenimiento de ninguna candidatura; pues a ninguna
nos adherimos de otro modo que en nuestra libre conciencia y para
darle en su oportunidad y respectivamente el apoyo de nuestros
votos.
"Encargados especialmente de sostener al Poder
Ejecutivo de la Unión en ejercicio de sus atribuciones legales;
mantenedores actualmente del prestigio que la Guardia Colombiana ha
conquistado a fuerza de subordinación, disciplina y moralidad, y
depositarios de las armas nacionales que el Presidente de la
República ha confiado a nuestro honor tres veces sagrado, como de
caballeros, de ciudadanos y de militares, nosotros creemos que en
virtud de ese complejo y alto carácter, el patriotismo nos impone
el deber de abandonar el debate político, público o privado, a los
demás ciudadanos.
"Por tanto, para mejor asegurarles a todos, en lo que a
nosotros corresponde, que el derecho de cada uno será respetado, y
que la decisión de la mayoría será cumplida, nosotros prometemos
solemnemente que limitaremos el uso de nuestros derechos
individuales de la manera que acabamos de exponer; y que mientras
llega el momento de emitir libre y separadamente nuestros votos,
así como ahora y después, y para el efecto de sostener el orden
constitucional y las garantías de todos los ciudadanos, nosotros
protestamos no ser sino agentes respetuosos de la ley, a la
disposición del Poder Ejecutivo de la Unión".
Esta manifestación fue suscrita por el General Daniel Delgado,
Jefe de Estado Mayor; el Coronel Emilio Murillo, primer Ayudante
general; Coronel Pedro José Sarmiento, primer Jefe del batallón
Zapadores; Coronel Ricardo Acevedo, primer Jefe del batallón
Rifles; el Sargento Mayor Daniel Deogracias Rubio, segundo
Jefe del batallón
Rifles.
No la suscribieron el General Solón Wilches, Comandante en Jefe;
el Teniente Coronel Antonio Gómez, primer Adjunto al Estado Mayor;
el Sargento Mayor Agustín M. Venegas, Secretario de la Comandancia
en Jefe; el Sargento Mayor Mario E. Padilla, Adjunto al Estado
Mayor; el Teniente Coronel Manuel Montúfar, segundo Jefe del
batallón
Zapadores; el Teniente Coronel Gregorio Vergara,
primer Jefe del batallón
Granaderos, y el Sargento Mayor
Raimundo Castañeda, segundo Jefe del batallón
Granaderos.
Ante la delicada y peligrosa situación creada al Gobierno, el
doctor Pérez ejecutó el acto de valor civil de destituir de sus
altos empleos al General Ramón Santodomingo Vila, Secretario de
Guerra y Marina, y al General Solón Wilches, Comandante general del
Ejército.
Mi posición como Secretario de Hacienda y Fomento, y candidato
de una parte del partido liberal para Presidente de la República
era no menos delicada, y por ello el 12 de Febrero de 1875 presenté
mi renuncia de Secretario, la cual fue admitida en los siguientes
términos: "Al admitir esta renuncia, como en las actuales
circunstancias no puede menos de admitirla, el Poder Ejecutivo se
declara altamente satisfecho del patriotismo, rectitud e
inteligencia con que el señor Aquileo Parra ha desempeñado la
Secretaría de Hacienda y Fomento, y le hace presente su más vivo
reconocimiento por los trascendentales servicios que en ese
Despacho ha prestado a la Nación.
Por el Presidente, el Secretario de lo Interior y Relaciones
Exteriores,
JACOBO SANCHEZ".