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LA ADMINISTRACION PEREZ
XI

Se acercaba el tiempo de la renovación constitucional del personal de la Administración pública. El nuevo presidente, doctor Santiago Pérez, me había manifestado un vivo deseo de que lo acompañara en el Gobierno como Secretario de Hacienda.

Poco tiempo antes de tomar posesión de la Presidencia del doctor Pérez, recibió la siguiente carta confidencial, la cual debió de influír en el nombramiento que me hizo el nuevo Presidente:

Bogotá, 3 de marzo de 1874

Señor doctor don Santiago Pérez, futuro presidente de la Nación, etc., etc.

Los infrascritos comerciantes de esta ciudad, teniendo en mira únicamente el engrandecimiento del país y el ensanche y prosperidad del comercio, nos atrevemos a solicitar de usted una providencia que, estamos seguros, será aplaudida y agradecida en toda la República.

Conocedores como somos de los cordiales sentimientos de benevolencia que usted abriga a favor del país que va a gobernar, nos hemos resuelto a dar este paso, a nombre, no de ningún principio político, sino del comercio interior y exterior, que representa en gran parte los intereses económicos y materiales de la Nación.

No dudamos que usted se servirá acoger nuestras palabras como prueba de la confianza que la Administración que se inaugurará en abril próximo inspira al comercio, y muy particularmente a los infrascritos.

El porvenir de la República, el engrandecimiento del país dependen, a nuestro modo de ver, de la realización de la empresa del Ferrocarril del Norte. La popularidad de que goza esta idea nos exime de entrar en su demostración, y nos atrevemos a asegurar que si la Administración de usted logra principiar esa obra, la posteridad hará la justicia de confesar que ella ha sido la más benéfica y la mas digna de alabanzas.

La Administración que termina tiene la gloria de haber adelantado la idea, dando los primeros pasos para su realización. Ella ha demostrado que los recursos comunes del país son suficientes para garantizar los intereses del capital que se invierta; ha estudiado ese complicado asunto, y ha formado el plan para llevar al cabo tan importante mejora. Todo ese trabajo, todo ese mérito serán perdidos si la empresa no se realiza; pero la gloria de la Administración que la principie no será menor que la adquirida por aquélla, como sucede siempre entre la práctica que pone de manifiesto y la teoría que propone.

Para que el trabajo de la Administración que termina no se interrumpa; para que la que va a principiar no tenga que repetir los pasos dados; para que ambas se exhiban ante la Nación dirigiendo sus miras con el mismo perseverante empeño hacia la realización de esta empresa redentora; solicitamos de usted se sirva confiar al señor doctor don Aquiles parra la misma Cartera que con tanto lucimiento ha desempeñado en la progresista Administración del señor doctor don Manuel Murillo T.

Este será un paso que asegurará más el apoyo que ya tiene usted en el comercio de esta ciudad y de la Nación entera.

Debemos confesar a usted que hemos vacilado en hacerle esta indicación patriótica, tanto porque, en la apariencia, ella sentaría un mal precedente que en realidad somos los primeros en rechazar, como por temor de que por deferencia a nosotros fuera usted a creerse entrabado para organizar su Administración con la libertad que debe tener; por lo cual nos hemos dirigido a usted por medio de ésta, que tiene el carácter de confidencial, y le aseguramos de nuevo, que no tenemos más interés sino el de que el gran proyecto siga encarrilado por quien con tánta atención lo ha estudiado. Excusado nos parece protestarle a usted que, si por cualquier motivo que no está a nuestro alcance, no puede ser atendido nuestro ruego, no por eso dejaremos de reconocer y apreciar los buenos deseos que usted abriga de hacer feliz a la Nación.

Sírvase usted aceptar los sentimientos de consideración y respeto con que nos suscribimos sus muy atentos obsecuentes servidores,

 

S.Koppel-Gabriel Reyes P.-J. A. Obregón & Ca. -Eusebio Bernal-Vicente Lafaurie-P.p., José Lesótre-O. Vengoechea-Koppel Schloss-Onofre Vengoechea-Koppel & Schrader-Sociedad fi nanciera e industrial de Bogotá, S. Koppel-Sociedad Agrícola Anglo-Colombiana, S. Koppel-Sociedad general de transportes, Gabriel Reyes P.-Vicente Antonio Vargas-C.E. Coronado & C'.-Rafael Rocha C.-Jorge Holguín-Sociedad Fabricante de Cundinamarca, Vicente Lafaurie-Hugo Thorschmid-R¡cardo Portocarrero-R.yA. Portocarrero-Nic.Krohne-New Grand Prop.Props., Nic.C.Krohne-B.Herrera e hijos-A.SchlesingerM.María Pardo-Joaquín Sarmiento.

El excesivo trabajo de los dos años anteriores no sólo me tenía realmente fatigado sino que había llegado a debilitar mi salud, por lo cual deseaba ansiosamente volver a mis antiguas ocupaciones, poniéndome de nuevo al frente de mis negocios comerciales, en cuya administración, que tan fácil era para mí, creía encontrar el relativo descanso que necesitaba.

En uno de esos días me encontré en la galería baja de Santo Domingo con el doctor José María Samper, quien, llamándome aparte para hablar a solas, me hizo la siguiente manifestación: -"Si no fuera por que las reelecciones son entre nosotros muy antipáticas, yo opinaría por que usted continuara en la Secretaría de Hacienda, que el presidente electo desea ofrecerle, según entiendo, y que usted no está dispuesto a aceptar. Con tal motivo, me atrevo a decirle a usted, con entera franqueza, que ese es el único puesto público que yo ambiciono, porque en él encontraría ocupación proporcionada a mis fuerzas y a mis deseos de servir al país".

-Quedo impuesto -le contesté- de lo que usted acaba de decirme, y cuente con que no echaré en saco roto la manifestación que acaba de hacerme, correspondiendo así a la confianza con que usted me favorece.

No pasaron dos días sin que yo trasmitiera al señor doctor Pérez esa insinuación, a la que él correspondió con estas precisas palabras: "En tal caso llamaría a Miguel". (1)

Como fuera esta una respuesta que yo no debía comunicarle al doctor José María Samper, evite hablar con él de ese asunto, aun a riesgo de que interpretase mal mi silencio, o de que se arrepintiera de haberme hecho tal manifestación, por motivo de amor propio, como indudablemente sucedió, según se verá adelante.

En el mismo día de la posesión del nuevo Presidente se presentó en ambas Cámaras una proposición de aplauso al Jefe de la Administración cesante y a los miembros del Ministerio. Esta proposición pasó en el Senado sin contradicción alguna; mas no sucedió lo propio en la Cámara de Representantes, donde la aprobación dada por considerable mayoría, fue seguida de esta manifestación de que se dejó constancia en el acta respectiva: "Los ciudadanos Representantes Arango Silverio, Arango Juan Pablo, Escobar Fructuoso, Molina, Ramírez Benicio, Restrepo Guillermo y Villa, manifestaron: que le habían negado sus votos a la última parte de la proposición, por no contraerse única y exclusivamente al ciudadano que ha servido la Cartera de Hacienda y Fomento, pues que en tal caso la habría acogido, satisfechos como están del comportamiento del señor Parra en la Administración que ha terminado".

El señor doctor Murillo sintió este golpe, realmente inmerecido, y en su enojo fue hasta manifestar, en varias conversaciones, el deseo de ver derribado el Gobierno conservador de Antioquia, que habiendo surgido de una revolución triunfante acaecida durante su primera Administración presidencial, él lo había reconocido de buena voluntad, no sólo como un hecho cumplido, que no le era dado revocar, sino también por que veía en él el medio de restablecer el equilibrio de los partidos, tan necesario en los países representativos, y que la revolución de 1860 había destruído completamente.

Además, el Presidente Murillo había mantenido las mejores relaciones posibles con el Gobierno seccional de Antioquia; había dispensado el más cortés tratamiento a sus diputados al Congreso y había cultivado personales relaciones con el Arzobispo Arbeláez, hijo de aquel estado.

Aunque aquella manifestación me honraba de singular manera, las consideraciones que yo debía al doctor Murillo y a mis compañeros de Ministerio, me impidieron dar públicamente las gracias a los Representantes de Antioquia por la distinción con que me habían favorecido, y apenas si llegué a dárselas personalmente a cada uno de ellos cuando se presentó la ocasión.

Si este incidente afectó de algún modo los sentimientos del doctor Murillo respecto del amigo que lo había acompañado en el Gobierno como Secretario de Hacienda, es cosa que apenas puedo sospechar.

Las relaciones personales entre el Presidente entrante y el saliente no eran por aquel tiempo muy estrechas, por lo que pude observar; pero además del vínculo político, existía entre ellos, a no dudarlo, el de una verdadera estimación personal.

El doctor Murillo había visto venir la candidatura presidencial del doctor Pérez, como la de un liberal digno, en todos los conceptos, de sucederle en el puesto que ocupaba, y estando como estaba todavía unido el partido liberal, su elección pasó sin encontrar fuertes resistencias, y sin comprometer la tranquilidad que reinaba en el Palacio de San Carlos.

Todo auguraba bienandanza, cuando un incidente de Poca significación vino a perturbar la buena armonía entre el Presidente y el doctor Murillo.

Había llegado el tiempo de hacer los nombramientos de empleados públicos, y el Presidente separó del puesto que ocupaba en el estado Mayor general del Ejército al coronel Emilio Murillo, sobrino del ex-presidente, dándole otra colocación en el Ejército, que no era de mayor categoría, cosa que desagradó profundamente al doctor Murillo.

En mi condición de ex-Secretario de Hacienda de la anterior Administración y Secretario de la nueva -puesto que había aceptado al fin, constreñido por la advertencia que me hizo el doctor Pérez de que si insistía en rehusarlo él se abstendría de adelantar las gestiones en favor de la empresa del ferrocarril del Norte, que acababa de tropezar con graves dificultades;- colocado en tan especial situación, y teniendo deberes de gratitud para con estos dos personajes, no podía dejar de colocarme entre ellos para ver de cortar un principio de desaveniencia que podía traer graves consecuencias. Propuse, pues, al Presidente que como una muestra de personal consideración al doctor Murillo y de interés por el mejor servicio público, le ofreciera la Legación a Caracas. El presidente aceptó sin vacilar esta indicación, y me comisionó para que ofreciera al doctor Murillo el referido nombramiento. Una hora después pude informar al Presidente que esa misión estaba satisfactoriamente cumplida.

En vista del nuevo presupuesto de gastos para el ferrocarril del Norte, formado en Londres por el señor Ridley, y conocido el desaliento que él había causado en el ánimo de la compañía constructora de obras públicas de aquella ciudad, el Poder Ejecutivo resolvió solicitar del Congreso las nuevas autorizaciones de que trata la nota oficial de la Secretaría de Hacienda de 20 de marzo de 1874 (documentos anexos a la Memoria de Hacienda de 1875, páginas 224 a 227). Esta solicitud dio origen a un proyecto de ley, que después de haber sido aprobado en el Senado sin mayor contradicción, pasó a la Cámara de Representantes, donde se me citó para la discusión de él en segundo debate.

Pocos días antes me había encontrado en la calle con el Representante doctor Salvador Camacho Roldán, quien, después de amistoso saludo, me sorprendió diciéndome que entre los dos había un duelo a muerte. A pesar del tono de seriedad con que me lo dijo, yo no supe por el momento a que atenerme, y por sí o por no le contesté, sin variar de semblante, que quedaba impuesto.

La lucha a que se me provocaba en campo tan cerrado, era muy desigual en contra mía, en dos aspectos: el de la gran diferencia de facultades oratorias entre el que arrojaba el guante y el que debía recogerlo, y la no menor en los resultados prácticos que para el uno y para el otro debía tener el debate. El triunfo de mi adversario traería por consecuencia mi caída de la Secretaría de Hacienda, al paso que su derrota le dejaría a él en el puesto que ocupaba.

No obstante, yo permanecí tranquilo, y sólo al Presidente di conocimiento de lo ocurrido.

-Estará loco Salvador? exclamó el Presidente al oír mi breve relato, dejando así conocer a un mismo tiempo su extrañeza y su cariño por el viejo amigo.

Dos o tres días después apareció anunciado en el orden del día de la Cámara de Representantes el segundo debate del proyecto de ley a que me he referido, con asistencia del Secretario de Hacienda.

Al abrirse la sesión, las barras estaban de bote en bote; y tan luego como el Presidente puso en discusión el mencionado proyecto, el Honorable Representante doctor Camacho Roldán tomó la palabra. Largo y nutrido fue su discurso. En él se contrajo principalmente a demostrar la incapacidad fiscal de la Nación para atender a los compromisos que habría de aparejarle una obra tan costosa, como indudablemente lo sería la del ferrocarril del Norte. Desarrolló en seguida su idea favorita de cruzar el territorio de la República con caminos carreteros, que él creía preferibles en nuestro país a los ferrocarriles; y terminó su discurso anunciando que en la sesión siguiente se ocuparía en la faz económica de la proyectada empresa, refutando los razonamientos hechos a este respecto en la Memoria de Hacienda de ese mismo año.

A la distancia que hoy media entre aquel para mí memorable debate y la fecha en que escribo estas reminiscencias (veintiséis años), mis recuerdos tienen que ser no sólo muy deficientes sino también muy confusos en lo relativo a detalles; y como ninguno de los discursos pronunciados en aquellas sesiones fue tomado por taquígrafos, a tiempo en que las actas del Congreso se limitaban a una minuta de las proposiciones que se hacían, y a dejar constancia del curso reglamentario que habían seguido, no teniendo cómo refrescar mi memoria, me veo incapacitado para dar aquí una idea exacta de los pormenores del debate.

Mi réplica al discurso del Honorable Representante debió basarse en los razonamientos expuestos en mis Memorias de Hacienda, sobre los puntos tratados por mi honorable contendor; pues que, a decir verdad, yo entendí haber agotado la materia en esas exposiciones, al menos en cuanto me era dado abarcarla. Al terminar mi discurso se levantó la sesión.

A la del día siguiente concurrió mi honorable contendor provisto de gruesos volúmenes de consulta; y su primer discurso, más extenso que el del día anterior, fue exornado con interesantes disertaciones sobre nuestra industria agrícola; sobre la competencia que a los productos de ella, adaptados a la exportación, podrían hacer los de otros países de la misma zona, mejor situados que el nuestro para esa clase de comercio-competencia que, según el orador, sería irresistible por parte nuestra, aun en el caso de que los transportes a los puertos fluviales se hicieran por ferrocarril; sobre la superioridad de la remolacha, comparada con la caña de azúcar, para la producción de este artículo, y sobre otros pormenores que no recuerdo.

En este caso, como en el anterior, mi réplica está escrita en el texto de mis Memorias, y hube de limitarme a hacer algunos desarrollos. Como hubiese expresado yo el concepto de que el aumento de riqueza que habría de traer la obra del ferrocarril, aumentando las comodidades para la vida, influiría directamente en el crecimiento de la población, el que, a su turno, daría mayor alimento a la empresa del ferrocarril, mi honorable contendor trajo a la memoria, en su segundo discurso de aquel día, y como por vía de comparación, el repugnante dicho atribuído al Príncipe de Condé, de que una noche de París bastaba para reponer la pérdida de vidas hecha en cualquiera de sus grandes batallas.

Me ocupaba en tomar nota de algunos de los argumentos del preopinante, contraídos principalmente a atacar el empréstito extranjero, y me proponía ensayar sobre esto una breve réplica, cuando de repente el orador echó mano de la invectiva como arma de combate, y la lanzó contra su modesto adversario artísticamente envuelta en la muy conocida estrofa que se lee a continuación:

 

"La tentación seduce; el juicio engaña:
En los zarzales del camino deja
Alguna cosa cada cual: la oveja
Su blanca lana, el hombre su virtud".

 

Al hacer esta recitación pensó indudablemente el orador en la maligna y rastrera especie difundida algún tiempo atrás, pulverizada en oportunidad, y generalmente olvidada ya, de que mi empeño en la construcción del ferrocarril por Carare provenía del deseo de dar valor a una grande extensión de tierras baldías, de que se me había supuesto poseedor en aquella región.

Aunque el tiro partía de muy alto, no por ello se agolpó mi sangre a la cabeza ni me sacó de mis casillas. Tan seguro estaba de que él no alcanzaría a dañar mi reputación, que habría tenido el valor necesario para proponer desde luego, en prosa, esta adición al pensamiento del poeta: El orgullo ciega. Pero la ocasión no se prestaba para ello, y el sentimiento de dignidad personal unido al respeto debido a la Cámara, exigían de mí distinto proceder. Al recibir la mal disfrazada ofensa, miré por un momento con fijeza al orador, recogí enseguida los apuntamientos que había venido haciendo, tomé mi sombrero y me retiré del salón. Al salir recibí las felicitaciones de algunos amigos, entre ellos Felipe Zapata, por el partido que había tomado, y en compañía de una parte de esos amigos abandoné el local. A mi casa me siguió la noticia de que la Honorable Cámara me había indemnizado del agravio recibido en su presencia, votando por gran mayoría todas las autorizaciones que yo había pedido al Congreso en la comunicación oficial últimamente citada.

La simple comparación de esta nota con las disposiciones de la Ley 81 de 6 de junio de aquel mismo año, "que concede nuevas autorizaciones al Poder Ejecutivo para la construcción del ferrocarril del Norte," dará testimonio, en todo tiempo, de la ilimitada confianza con que el Congreso de 1874 honró a la Administración del doctor Santiago Pérez, así como los dos Congresos anteriores habían honrado la de su ilustre antecesor.

Por lo demás, persuadido como he estado de que sólo en el calor de la discusión pudo escaparse de los discretos labios del doctor Camacho Roldán aquella grave ofensa hecha a un antiguo amigo suyo, el que, habiendo sido compañero de viaje durante un año, le era íntimamente conocido, nunca le he guardado rencor por aquel desliz, que él vino a corregir algún tiempo después en un artículo de periódico publicado con su firma, en el cual, refiriéndose incidentalmente a mí, me dió el calificativo de "austero".

Todos tenemos defectos, y todos hemos incurrido en errores y debilidades, cuando no en faltas más o menos graves, cuyas consecuencias, a veces funestas, suelen caer sobre el mismo partido a quien se piensa servir. El terreno de la política es muy resbaladizo, y no habrá un solo hombre que pueda jactarse de haberlo recorrido con seguro paso desde el principio hasta el fin. Lo más a que puede aspirar un hombre público, es a que le quede al fin de su vida un saldo favorable de beneficios hechos a su patria en el tiempo en que, con mayor o menor desinterés, con mayor o menor apasionamiento, ha tomado parte en las luchas políticas. Ahora, sobre quienes hayan tenido esta buena suerte y quienes no, sólo la posteridad puede decidir.

Al reanudar este trabajo, interrumpido ahora cinco años para consagrarme a las labores de la dirección del partido liberal empecé por traer a la vista mi Memoria de Hacienda de 1874, y después de haber repasado uno a uno todos sus capítulos, hube de admirarme -lo digo con sencilla franqueza- de ver en aquel volumen un monumento de laboriosidad oficial. Entonces recordé lo que en situación parecida le ocurrió a uno de mis antiguos y más distinguidos predecesores en la Secretaría de Hacienda -el doctor Juan Nepomuceno Gómez- quien, para dar idea del excesivo trabajo que había tenido en su Despacho, contó las firmas que había puesto, y publicó el guarismo, advirtiendo que en él no entraban las medias firmas.

Como el trabajo que yo tuve se ditinguió menos por su extensión que por su intensidad, no me es dado ponerlo de manifiesto por tan sencillo medio como el de una expresión aritmética, y tengo, por necesidad, que referirme al contenido de aquel grueso volumen.

Por lo demás, nada de extraño tiene el que, al cabo de veintiséis años transcurridos desde 1874 hasta el presente de 1900, sólo conservé yo un vago recuerdo de aquella época de incesante labor, en que ni los días feriados fueron para mí de descanso.

Ya he dado el nombre del empleado que con singular consagración e interés de verdadero amigo me ayudó a llevar la ponderosa carga: el señor doctor José Ignacio Escobar. Cuando llegó el tiempo de escribir la Memoria de 1874 le encargué especialmente de tratar el punto relativo a la reducción de salvajes a la vida civil, exponiéndole mis ideas sobre la materia; y él, después de detenido estudio, escribió el hermoso capítulo que con el título indicado figura en la Memoria, de la página 74 a la 78 inclusive. No quiero significar con esto que a tan corto aunque erudito trabajo se hubiese limitado la ayuda que el señor doctor Escobar me prestó en la reducción de la Memoria.

Preocupado desde que entré en la Secretaría de Hacienda con la idea de que tenía que escribir tal documento, tuve el cuidado de ir tomando nota, no sólo de los asuntos importantes que cursaban en mi Despacho, sino de las idea: que el estudio de ellos me iba sugiriendo; de manera que cuando llegó el tiempo de escribir cada una de las Memorias, ya tenía preparados todos los materiales para ese trabajo Mis borradores los hacía con lápiz y en papel florete español para escribir con mayor celeridad. Al terminar cada capítulo se lo entregaba al oficial de la primera sección de la Secretaría, Francisco Ruiz, quien tenía la rara habilidad de descifras correctamente mis confusos borradores (1) . Estaba él advertido de que debía copiarlos en renglones bien apartados y dejando espaciosos márgenes. Tomaba yo aquellas copias, las releía, hacía cuidadosamente en ellas todos los cambios y correcciones que me ocurrían, y en seguida las ponía en manos del doctor Escobar para que hiciera en ellas las correcciones gramaticales a que dieran lugar. Luego hacía poner los manuscritos en manos de otro empleado no menos adicto personalmente a mí -el señor don Francisco Marulanda- quien los llevaba a la imprenta y hacía, con el mayor esmero, la corrección de las pruebas. Y he aquí cómo pude salir felizmente del compromiso de escribir y publicar tres largas Memorias de Hacienda.

Al terminar su período presidencial se había retirado el doctor Murillo a la ciudad de Guaduas, su residencia de verano, a descansar de las fatigas del Gobierno y a gozar del suave ambiente de aquel pintoresco valle.

Allí se hallaba cuando el doctor José María Samper, que se había trasladado a Honda a dirigir una casa de comercio, empezó a escribir y a enviar al Diario de Cundinamarca una serie de artículos en que censuraba, con la dureza de estilo que le era propia, algunos actos de la Administración que había terminado, especialmente los relacionados con la proyectada empresa del ferrocarril del Norte, habiendo ido en su inconsiderado ataque hasta decir que el Presidente Murillo había cohechado a algunos de los miembros del Congreso para obtener sus votos en favor de la mencionada empresa.

En ausencia de la persona del acusado, y debiendo considerarme yo comprendido en el ataque, pues que no estando menos interesado que el Presidente en la construcción del ferrocarril, era además su órgano de comunicación en ambas Cámaras, me creí en el deber de rechazar la falsa imputación que se nos hacía al Presidente y a mí en uno de los mencionados artículos; y como el autor de éstos hubiese hecho otras afirmaciones igualmente inexactas respecto de incidentes parlamentarios que habían sido del dominio público, a tiempo en que, para recomendar la construcción de tranvías como preferible a la de ferrocarriles, daba noticias estadísticas acerca de los que había visto en Alemania, me ocurrió la siguiente reflexión: Si tratándose de incidentes ocurridos poco tiempo ha en el curso de las sesiones del Congreso, le ha faltado la memoria al doctor Samper (José María), hasta el punto de haber tergiversado esos incidentes, ¿qué podremos pensar de la exactitud de sus recuerdos en lo tocante a la estadística de tranvías que conoció en Alemania hace ya bastante tiempo?

Y como por desgracia no hubiese podido yo resistir la tentación de traer a cuento una chistosa especie atribuída al doctor Lucas Gómez, antiguo cura de Pacho, de quien se refiere que, habiendo logrado enternecer a su auditorio en un sermón de descendimiento, hasta el punto de hacer prorrumpir en llanto a toda la parte femenina, conmovido él a su vez por tan lastimoso espectáculo, y deseando llevar algún lenitivo a esos lacerados corazones, manifestó que bien podía haber exageración en el relato de la pasión y muerte del Salvador que acababa de hacerles, pues que a lo lejos los sucesos suelen abultarse; y agregó, por vía de comparación, que si de Zipaquirá a Pacho, cuya distancia es de sólo seis leguas, llegaba a veces tan desfigurada la relación de hechos acaecidos recientemente en aquel lugar, ¿qué no podría haber sucedido respecto de los que habían tenido lugar ahora tantos siglos y a una distancia tal como la de aquí a Jerusalén?...

No habiendo podido el agraviado desconocer la adaptabilidad del chiste al caso de que se trataba, se sintió profundamente herido; y el deseo de la venganza le llevó algún tiempo después hasta el extremo de calumniarme por la imprenta, en la forma que adelante se verá, aprovechando la ocasión de haber salido a figurar mi nombre como el de uno de los candidatos para la Presidencia de la República.

No reflexionó el doctor Samper que la ofensa que él nos había irrogado al doctor Murillo y a mí era mucho más grave que la que yo le hacía en justa represalia. Tratándose de un periodista, cuya impetuosidad de carácter le había colocado más de una vez en situación de dar y recibir estocadas, debió parecer, y pareció realmente muy extraño tanto y tan implacable encono como el que en adelante y por largos años mostró públicamente contra mí. Reflexionando en calma sobre la causa íntima de tan profundo odio, la he atribuído al concepto que probablemente tenía el doctor Samper de su relativa superioridad; pues se observa comúnmente que las ofensas recibidas de personas que se consideran en un nivel inferior, difícilmente se perdonan; y como hubiese sucedido que a tiempo en que el señor Samper descollaba en la Escuela Republicana (1850 a 1851), por sus discursos y sus composiciones políticas, yo me ocupaba en enfardelar con mis propias manos ropa de batán en Sogamoso y Pesca para llevar a las ferias de Magangué, me ha venido de ahí el convencimiento de que el doctor Samper no pudo llevar en paciencia el que un hombre que acababa de presentarse en las altas regiones oficiales, sin títulos militares, sin grados universitarios, y sin precedentes en la prensa, lo que vale tanto como decir un advenedizo, osara medirse con él, y, lo que es más aún, decirle cuántas eran cinco en determinada cuestión.

El artículo titulado Procesión, en que el doctor Mariano Ospina exhibió al doctor Samper como un pedante, que con su acostumbrada suficiencia había tocado un asunto que le era desconocido, no le produjo, ni con mucho, según yo recuerdo, el furibundo enojo que mi malaventurada réplica hubo de causarle.

Cuando aquel artículo vio la luz pública no se había verificado aún, como es de suponerse, la conversión del doctor José María Samper al conservatismo; acontecimiento que tuvo origen en la lucha por las candidaturas liberales en 1875, y que se consumó definitivamente en 1876. Y es también de notarse que la punzante sátira del doctor Ospina no causó entre los liberales sensación desagradable, sin embargo de venir de uno de los conservadores más eminentes, pero menos simpáticos para el liberalismo, y de haber sido dirigida contra un copartidario. Y esto por qué? Porque no basta un gran talento como el del doctor Samper, ni el sentimiento de confraternidad política para hacer perdonar la alta y no disimulada idea del mérito propio, especialmente cuando va unida a la aspereza de modales y a un carácter agresivo.

Esto mismo explica la impresión que dejó en el público cierto lance parlamentario que ocurrió en una sesión de la Cámara de Representantes, del que fueron protagonistas el General Mosquera y el doctor Samper. Habiendo éste dirigido una tremenda filípica al primero, en que le hizo graves, si bien justas acusaciones, pero en el más duro e irrespetuoso lenguaje (me refiero al dicho de testigos presenciales), no bien hubo terminado su discurso, cuando, impulsado por la más profunda indignación, se levantó de su asiento el histórico anciano, y metiéndole las manos en la cara al orador le dijo con voz de trueno: "¿Y tú quién eres, hombre desconocido?.

¿Y qué sucedió? Pues que, a pesar de la justicia de los cargos hechos en el mencionado discurso, las simpatías de la Cámara se declararon en favor del acusado.

Según podrá notarlo el lector, ya por este tiempo empezaban a destacarse en el campo liberal las más conspicuas figuras de los que habían de hacer cruda guerra a mi candidatura para la Presidencia de la República, y como entre ellos debe contarse la del doctor Camilo A. Echeverri, no estará fuera de lugar la relación del incidente que había motivado poco tiempo antes la ruptura de mis relaciones personales con él.

Habiéndome propuesto el Presidente Murillo que colocara como Jefe de Sección en la Secretaría de Hacienda al doctor Echeverri, me opuse por primera y segunda vez a este nombramiento, manifestando al Presidente, de modo confidencial, las razones que tenía para ello; pero como insistiese por tercera vez, me vi en el caso de decirle que bien podía hacer el nombramiento, pero que a mí me cumplía manifestarle que el doctor Echeverri entraría por una puerta en la Secretaría y yo saldría por otra.

Para excusarse con el doctor Echeverri de la negativa a que se vio obligado, le refirió el Presidente al pie de la letra lo ocurrido entre él y yo a propósito de tal nombramiento, y me echó con ello encima un enemigo no menos terrible aunque quizá menos rencoroso que el doctor Samper.

Si se hubiese tratado de la colocación de una persona de escasas aptitudes, pero capaz de observar el reglamento de la oficina, yo habría hecho el sacrificio de aceptarlo por deferencia a la voluntad del Presidente; pero el caso era muy distinto. Al doctor Echeverri le sobraban aptitudes, pero le faltaba lo que aquel edecán de que habla la historia patria echó menos en el héroe de Ayacucho.

Ahora ¿estuvo en su derecho el Presidente para proceder como procedió?

A pesar de la innegable aspereza de mi última contestación, creo firmemente que no. Yo le había manifestado por dos veces la razón de mi resistencia a tal nombramiento, y lo había hecho, como debe suponerse, con toda la moderación y el acatamiento que le eran debidos de parte de toda persona bien educada al primer Magistrado de la Nación, y muy particularmente de la mía, por razón del puesto que ocupaba y de las notables distinciones con que me había honrado; pero él, a su vez, me era deudor de una verdadera adhesión personal, de una lealtad a toda prueba y de la más asidua consagración al desempeño del puesto que me había confiado por el solo interés de contribuir, en bien del partido liberal y del país, al brillo de la Administración que él presidía.

Como yo no tenía por ese tiempo otra aspiración que la de volver a la vida de los negocios particulares, dejando bien puesta mi reputación de alto funcionario público, no me impresionó poco ni mucho aquel desagradable incidente; mas ahora que, a larga distancia, vuelvo a ocuparme en él, lo siento de corazón, y creo que me dejé llevar de una excesiva rigidez; bien que, ni por un momento, llegué entonces a imaginar que el Presidente incurriera en la grave indiscreción, para no darle otro nombre, que indudablemente cometió.

La única disculpa de aquella inflexibilidad, disculpa que me he dado a mí mismo, es la de que habiéndome tocado en suerte vivir durante algún tiempo en relaciones más o menos estrechas y en algún modo inevitables, con personas aficionadas al uso del licor, concebí tal repugnancia por aquel vicio, y se me hicieron de tal modo intolerables los que adolecían de ese defecto, que habría querido desde entonces estar siempre a distancia de cualquiera de ellos; sin que haya bastado a vencer esa repulsión, y apenas sí a moderarla en la vejez, el convencimiento que he llegado a adquirir de que los adoradores de Baco, lo mismo que las mujeres cortesanas, lo son por temperamento, o sea a causa de una inclinación orgánica, a las veces hereditaria, que acaso no pueden vencer, y que sólo una esmerada higiene moral, aplicada desde la niñez, puede alcanzar a corregir.

Y cuán aplicable es al caso especial en que me ocupo aquello de que la peor mancha suele caer en el mejor paño!

La gran fuerza intelectual del doctor Echeverri, la originalidad de su estilo y aquella bis cómica que derramaba en su conversación, realzándola en ocasiones con una mímica propia de él, parecían llamarlo a ocupar puesto eminente en la política, en las letras y en la más culta sociedad; pero la malhadada inclinación hubo de impedir que se elevara a las más encumbradas cimas aquella águila caudal...

El encargado de dirigir en Londres la negociación relativa al ferrocarril del Norte, era el Ministro de la República en aquella Corte, persona de la más alta competencia; de manera que fue cediendo al deseo de dar participación en la gestión de aquel negocio al partido conservador -que tan decidido apoyo le había prestado a la empresa por medio de sus Diputaciones al Congreso- y al no menos atendible de llevar un contingente de conocimientos prácticos a la negociación, por lo que el Poder Ejecutivo comisionó al señor Gregorio Obregón para que, en asocio del Ministro Arosemena, activara la celebración del contrato.

Al tener conocimiento estos comisionados de los planos para el ferrocarril del Norte, levantados en Londres por el señor Ridley, y del informe de que los acompañó, así como también del disfavor con que la Compañía constructora de obras públicas empezó a mirar la empresa desde que le fueron presentados tales documentos, los comisionados del Gobierno los pasaron al estudio de otras compañías; y al saber que la opinión de éstas era también adversa a la línea principal trazada por el señor Ridley, resolvieron apelar al concepto del muy respetado ingeniero señor W. Martineau, quien fue de opinión "que el ferrocarril era practicable, y que aunque era evidente que presentaba en algunas partes graves dificultades, al ejecutar los trabajos no quedarían todas en pie, pues algunas desaparecerían completamente o disminuirían de importancia a virtud de nuevos y más detenidos estudios" (1) .

Y como a consecuencia de este informe el Congreso hubiese, autorizado la ejecución de nuevas exploraciones en la región del Carare, el Poder Ejecutivo creó para tal objeto una comisión de ingenieros nacionales bajo la dirección del señor J. N. González Vásquez, y la proveyó de los recursos y elementos necesarios para la ejecución de este nuevo trabajo.

Al cabo de seis meses de estudios sobre el terreno, el Jefe de la Comisión avisó al Gobierno que había descubierto una línea, que si bien medía una longitud mayor que la adoptada por el señor Ridley, era mucho más practicable; y habiéndola recomendado como tal al Poder Ejecutivo, éste dispuso que se procediera a hacer en ella el correspondiente trazo. Cuando ya se hallaba éste un tanto adelantado, promovió el Gobierno, por conducto de los señores doctor Joaquín Sarmiento, doctor Miguel Samper, Diego Uribe, Vicente Lafaurie, José María Saravia F., Carlos Schloss y Silvestre Samper, la formación de una compañía anónima con la cual debería contratarse, como en efecto se contrató más tarde la construcción del ferrocarril. Uno de los objetos que se tuvieron en mira al celebrar este contrato, fue el de hacer irrevocables, por medio de él, las concesiones hechas por el Congreso en favor de esta obra.

El Poder Ejecutivo había nombrado Ministro de la República en Londres al doctor Felipe Zapata, y dádole el especial encargo de promover, por cuantos medios estuvieran a su alcance, la consecución del empréstito en los términos de la Ley 31 de 6 de junio de 1874 .

Como no bastase el incipiente crédito de Colombia para obtener el empréstito, sino que se necesitaba comprobar de un modo indubitable y fehaciente a los ojos de los capitalistas ingleses que el empréstito se iba a aplicar a la ejecución de una obra, no solamente practicable sino verdaderamente productiva, era indispensable someter los trabajos iniciados al estudio de un ingeniero cuyo concepto mereciera entera confianza al capital extranjero. De ahí el que la Compañía nacional, sin dejar de continuar los trabajos preparatorios de la obra, hubiese solicitado de los comisionados del Gobierno en Londres el envío a Colombia de un ingeniero práctico en la construcción de ferrocarriles en Sud América, y que inspirase al mismo tiempo la necesaria confianza en sus aptitudes a la Compañía que hubiera de encargarse de encabezar la suscripción del empréstito. El ingeniero contratado fue Mr. F. Ross, quien llegó al país - a fines de 1875, y después de haber examinado las dos líneas del Carare, dirigió su atención a la que el Gobierno había recomendado al señor Ridley como preferible a la anterior. A su tiempo hablaré del resultado de los trabajos ejecutados porel ingeniero Ross.

La organización de la Compañía nacional; el contrato que con ella celebré de orden del Poder Ejecutivo para la construcción del ferrocarril del Norte, y la relación de los trabajos preparatorios de la obra, mandados ejecutar por dicha Compañía, forman un interesante episodio en la historia de las negociaciones entabladas para llevar a efecto la obra del ferrocarril. Quien desee obtener mayores informaciones sobre el particular, puede leer el Apéndice a la Memoria de Hacienda de 1875 y un extenso folleto publicado por la misma Compañía. Y para penetrarse de las razones que indujeron al Poder Ejecutivo a promover la organización de dicha Compañía, se puede ver detenidamente la parte del texto de la Memoria de Hacienda de ese mismo año, desde la página 52 a la 58 inclusive. Allí encontrará también las razones que tuvo el Poder Ejecutivo para no acoger la indicación que el distinguido ingeniero González Vásquez hizo en su segundo informe sobre la nueva línea (documentos citados, páginas 255 a 259), de acometer la ejecución de la obra por el sistema de administración, aplicando las partidas que anualmente se destinarán al efecto. Y aún me atrevería a recomendar también la lectura de toda la parte del capítulo titulado Fomento, que se halla comprendida entre la página 28 y la 62 de dicha Memoria. Fue este mi tercer estudio sobre una materia que parecía agotada, y que sin embargo dio margen a apreciaciones que no carecen quizá de interés.

Hasta fines de 1874 la atención pública se había mantenido fija en las empresas ferrocarrileras que se tenían en proyecto, pero al abrirse el año de 1875, y con él la lucha por las candidaturas liberales para la Presidencia de la República, todo cambió de aspecto. El suave ambiente político de que hasta allí se había gozado, vino a recargarse súbitamente de fluído eléctrico, y la tempestad estalló a la llegada del doctor Rafael Núñez a la capital, pocos días antes del señalado para la reunión del Congreso, en el cual tenía asiento como Senador por el Estado de Bolívar. Y como me hubiese tocado como Presidente del Senado poner en sus manos mi Memoria de Hacienda de ese año, tuve el gusto de oir de su boca una encomiástica alusión a las dos anteriores.

Estando cercano el día en que debía dejar el puesto de Secretario de Hacienda, me despedí de el, al concluir la Memoria, en los términos siguientes:

"Pronto me separaré, ciudadano Presidente, del alto puesto que debo a vuestra confianza y a la del Senado, para atender al llamamiento con que me ha honrado el pueblo de Santander.

Habiendo recibido en el ejercicio de mis funciones públicas las más señaladas muestras de consideración personal, así del Cuerpo Legislativo como de vuestro antecesor y de vos, faltaría a mi deber si no consignara aquí, como respetuosamente lo hago, la expresión de mi profunda gratitud.

No me es dado saber si en los tres años en que he desempeñado la Secretaría de Hacienda he hecho en servicio público cuanto las circunstancias han permitido; pero sí puedo estar seguro, y lo estoy, de que tal ha sido mi más fervoroso anhelo.

Si no fuere completo el buen éxito de la labor que se me ha encomendado, atribúyase a mi escasez de luces, no a falta de consagración a ella, ni de amplitud de autorizaciones, puesto que el Congreso las ha concedido al Poder Ejecutivo con mano liberal y voto unánime.

Mas, sea de ello lo que fuere, me retiro satisfecho, porque tengo motivos para creer que mi conducta como Administrador de la Hacienda pública ha merecido la aprobación de los partidos".

Mi primer conocimiento personal con el doctor Rafael Núñez no dejó en el ánimo de ninguno de los dos grata impresión. Ocurrió en el Despacho de la Secretaría de Hacienda, a principios de 1855, cuando el doctor Núñez desempeñaba ese puesto bajo la Administración del señor doctor Mallarino. Yo me presenté en el Despacho con el objeto de solicitar el reconocimiento de un crédito; y en el supuesto de que mi nombre no le era desconocido, se lo di a tiempo de saludarlo.

Por los años de 1847 y 1848, siendo el doctor Núñez redactor de un periódico que se publicaba en Cartagena bajo el título de La Democracia, me nombró agente de él en la ciudad de Vélez, lo que dio motivo para que nos cambiásemos unas pocas cartas. Como detalle curioso referiré el de haber sido el señor Núñez el primero que en la prensa hizo preceder mi nombre del título de doctor, tratamiento que han seguido dándome muchas personas, sin distinción de colores políticos, y que yo, después de haberlo rehusado al principio, he acabado por dejarlo pasar como una muestra de distinción personal, de que no sólo yo he sido objeto en este país. (1)

No sólo me recibió el doctor Núñez como persona desconocida, sino que me contestó con el socorrido "vuelva usted después". Yo tenía malas pulgas, y le dije variando de tono: "Si el señor Secretario me ha tomado por uno de tantos importunos que vienen a esta oficina a pedir favor, se ha equivocado". Al oir esto se incorporó el señor Secretario en su poltrona, balbuceó alguna excusa, y me despedí haciéndole una leve cortesía. Más tarde tuvimos buenas relaciones, como lo he dicho en otro lugar.

Tiempo es de confesar, empero, y lo hago sin sacrificio alguno, que formé entre los muchos admiradores del talento del señor Núñez, y que sin embargo de haberle tratado de cerca, no llegué a conocerle. El dijo en uno de sus versos que "el corazón del hombre es un arcano inescrutable", y al pensarlo así, juzgó, indudablemente, por el suyo el de todos los demás.


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1.


Se refería al señor doctor Miguel Samper, notabilísimo estadista. (Regresar)

 

1.





Este joven, que está actualmente colocado en el Ministerio de Relaciones Exteriores tiene muy apreciables condiciones para oficial de pluma: hermosa letra, conocimiento di la ortografía, mucha formalidad y absoluta discreción. Tenía además muy desarrollado e sentido del oído, ventaja que yo pude apreciar, porque estando acostumbrado a dicta paseándome, observaba que a él no se le escapa ni una sola sílaba.(Regresar)

 


1.



Nota de los comisionados, páginas 228 y 229 de los documentos de la Memoria de Hacienda de 1875.(Regresar)

 

1.








En tiempo del Congreso de 1866 paseaba yo una tarde por el atrio de La Catedral en compañía del doctor Teodoro Valenzuela, cuando nos encontramos de manos a boca con el doctor Manuel María Mallarino, quien al saludarme me dio el título de Doctor. Con no poco embarazo le observé que yo no había tenido el honor de recibir ese grado universitario: y él, con la vivacidad que le distinguía, haciendo un movimiento lateral de cabeza, como para significar eso que importa, trajo a cuento la conocida especie de un loco a quien, habiéndole preguntado qué número de enfermos como él había en el manicomio, contestó dando la cifra exacta y agregó: "pero ni son todos los que están, ni están todos los que son". Sorprendido por la prontitud del recuerdo y la delicadeza de la lisonja, le di las gracias, y el continuó llamándome Doctor. (Regresar)

 

 

 

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