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"La ley de 10 de junio de 1872, llamada a marcar una época en nuestros fastos financieros, no perjudicó en nada notable a los tenedores de documentos de crédito, pues las cotizaciones de éstos continuaron casi en el mismo pie que antes, con la circunstancia de que se asignó interés a los cupones en la circulación, a la Deuda de Tesorería representada en órdenes de pago por Renta nominal y a los vales por intereses, el interés del 4 por 100 sobre cada $ 30 de valor real, o sea el 13 1/2 por 100 al año. Compensación sobrada a cualquier desequilibrio producido por el momento en el valor de los papeles".

Dije al principiar este capítulo que mi asidua consagración al estudio de la organización de la Hacienda pública en todos sus ramos, y mis esfuerzos por aumentar el producto de las rentas no habían sido estériles. Entonces me referí a los resultados obtenidos en los primeros diez meses de la Administración Murillo; y ahora, refiriéndome a la situación fiscal del año siguiente, puedo decir, fundado en documentos oficiales, que esos esfuerzos unidos al gran factor de toda humano progreso -la paz social- fueron verdaderamente fecundos, según así lo demuestra la comparación entre el total producto de las rentas y contribuciones nacionales en el año económico de 1871 a 1872, y ese mismo producto en el siguiente año de 1872 a 1873, pues habiendo sido el primero de $ 3.400,000, en números redondos, el segundo se elevó a $ 4.000,000.

Ahora, como de la comparación del primero de estos guarismos -que representa las entradas- con el que representa las salidas durante el mismo año, resultase una diferencia de $ 150,000 en favor del Tesoro, pude decir al Congreso en 1873 que no había déficit.

Igual comparación hecha entre el total de las rentas y de los gastos en el año fiscal de 1872 a 1873, dió un saldo a favor del Tesoro de $ 850,000. (1)

De modo que en un espacio de tiempo relativamente corto, se pasó del déficit a la nivelación de las rentas con los gastos, y de ahí al superávit, de que se dió cuenta en la Memoria de Hacienda de 1874.

Aunque la reducción de los gastos en el servicio de la deuda pública y el innegable incremento de las rentas, bastaba a explicar satisfactoriamente aquel cambio de situación fiscal; y sin embargo de que la exactitud de los factores numéricos estaba confirmada por la Oficina general de Cuentas y aceptada por la Secretaría del Tesoro y Crédito Nacional, no faltó quien desconociese públicamente la existencia del superávit y promoviera sobre ello ruda discusión. Fue el salón de la cámara de Representantes el teatro de la singular contienda. Previa citación hecha al Secretario de Hacienda para que concurriese al debate y estando allí presente, apareció en la arena, armado de punta en blanco, un reputado financista, que poco tiempo antes había desempeñado con brillo la Secretaría del mismo ramo, escritor público de gran nota, dotado de vasta ilustración, de palabra fácil e insinuante, y a quien sus amigos habían dado familiarmente el título de rey de los números. Si a estos rasgos distintivos de su fisonomía moral se agrega el de ser como era un personaje de alta respetabilidad y vida inmaculada, no habrá quien reconozca en él al doctor Salvador Camacho Roldán, miembro a la sazón de la Cámara de Representantes.

¿Procedía él, en este caso, persuadido de que el mencionado superávit era simplemente el resultado de un error de cuenta? Así debo suponerlo. Por lo demás, aunque la materia no se prestaba para largas y amenas disertaciones, la facundia del orador y la gran nombradía de que gozaba, atrajeron a la barra numerosa concurrencia, y dieron al debate una duración que acaso no merecía.

Tratando, por mi parte, de reducir el campo de la discusión a sus naturales límites, la exhibición de documentos oficiales y la de operaciones aritméticas fueron mis únicas armas defensivas. Y no podían ser otras, pues de lo que se trataba era simplemente de demostrar que en tal día del año, correspondiente al último de determinado mes, estando pagado en su totalidad el servicio público en todos sus ramos, quedaba en la Tesorería general de la Unión una existencia de tal cantidad en dinero efectivo, y de tal otra en créditos activos, cuya mayor parte consistía en pagarés de aduana; de manera, una vez hecha esta demostración, nada más tenía yo que decir.

Después de dos largas sesiones empleadas en aquel, debate, terminó mi honorable contendor anunciando, como último golpe, la presentación para el siguiente día de un documento de crédito no cubierto. Esto dio lugar, como se verá en seguida, a una verdadera escena, que todavía recuerdan algunos de los que la presenciaron, entre otros el doctor Francisco de P. Borda, que es el último a quien se la ha oído referir.

En presencia de numerosa barra se abrió de nuevo el debate, y después de un breve exordio, manifestó mi honorable contrincante que tenía en su bolsillo el anunciado documento.

-Preséntelo usted, le dijo el Secretario de Hacienda, interrumpiéndolo.

-Si señor, contestó el honorable Representante, tengo en mi poder el expresado comprobante.

-Pues preséntelo usted, volvió a decir el Secretario.

Entonces sacó de su bolsillo un bono u otro documento de deuda pública cuyo pago no era exigible.

Así terminó el primer acto de una contienda casi personal, que debía renovarse luego, de un modo más ruidoso con ocasión del debate de un proyecto de ley sobre nuevas autorizaciones al Poder Ejecutivo para contratar la obra del ferrocarril del Norte; empresa contra la cual iba dirigido este primer golpe.

Pocos días después de publicada la Memoria de Hacienda de 1874, en que se exhibió el superávit, me encontré en la calle con don Ignacio Gutiérrez Vergara, gran notabilidad política del partido conservador, como es bien sabido, y cuyo trato particular me fue siempre muy agradable. Al saludarme, con su genial amabilidad, me dió el tratamiento de "enemigo personal y gratuito", dejando conocer por modo tan delicado que estaba reconocido de mis personales simpatías. Después de felicitarme calurosamente por la citada Memoria -él que tan competente era para juzgarla- me dijo en tono de broma: "Cómo se conoce que usted ha sido contrabandista!"

Era esta una alusión directa al tino con que yo había seguido la pista del contrabando a la renta de aduanas, y al modo claro, preciso e incontrovertible como lo había denunciado a la Nación en mi citada Memoria.

Si yo hubiera de jactarme de haber contribuído eficazmente a la extinción de aquel sistemático y ya inveterado contrabando, no me atribuiría ciertamente un mérito que no me correspondiese; pero incurriría en grande injusticia si, al hacerlo, no atribuyera principalmente a la cooperación de los administradores de aduanas, y ante todo el apoyo que me dio el Congreso al aceptar mis indicaciones el buen éxito de tan benéfica labor.

Y para que este deber de reconocimiento, en cuanto se refiere a los empleados de aduanas, quede satisfactoriamente cumplido, consignaré aquí los nombres de los ciudadanos que desempeñaron esos puestos; agregando los de otros altos empleados del ramo de Hacienda que también brillaron por su probidad y consagración, lo mismo que los jueces de la Corte de Cuentas, de cuya rigidez en el cumplimiento de sus deberes dará testimonio la historia administrativa de la época.

 

Aduanas Nombres de los Administradores-tesoreros
Arauca Antonio María Durán
Buenaventura Nicomedes Conto
Carlosama Lino Cárdenas O
Cartagena Miguel A. Vives
Cúcuta Marco Antonio Estrada
Riohacha Manuel Domingo Abello
Riosucio Enrique Pardo
San Andrés y San Luis de Providencia . Joaquín María Palacio
Santamarta Richard T. Newball
Tolú . . . . . . . . . Jesús María Vélez
Tumaco . . . . . . . . . Carlos J. Herrera

 

Salinas.

Administradores.

Zipaquirá Rudesindo López
Nemocón . . . . . . . . Lino Sánchez.
Tausa . . . . . . . . . Floro Franco P

 

Salinas. Administradores.
Sesquilé . . . . . . . . . Franco. . . José María
Gachetá . . . . . . . . . . Mariano Maza.
Cumaral y Upín Segundo Gutiérrez.
Sogamoso . . . . . . . . . Eugenio Castilla.
Chita y Muneque Evaristo Azuero
Recetor, Cocuachó y Gualivito Segismundo Lalinde
Sisguasá y Sismosá Joaquín Soto

 

Casas de Moneda.

Administradores-tesoreros.

Bogotá . . . . . . . . . Justo Briceño.
Popayán . . . . . . . . . Jeremías Cárdenas.
Medellín Antonio Mendoza (Inspector)

 

Administraciones principales de Hacienda. Administradores.
Medellín . . . . . . . . Mamerto García
Cartagena Diego J. Lafond
Barranquilla Manuel J. Moreno
Tunja Miguel Cortés
Papayán Jorge Quijano
Cali Aníbal Micolta
Santamaría Martín Avendaño
Panamá Pablo Elías Icasa
Socorro Miguel Pradilla
Cúcuta Carlos L. Berti
Ibagué Pedro Antonio Parga
Moreno Agustín Suegart
Arauca Fermín Sandoval

 

Cuando recuerdo aquella época de tanto celo y de pureza tanta en el manejo de los caudales públicos, y la comparo con la presente, no puedo menos de experimentar un sentimiento de honda tristeza. ¡Quién hubiera podido pensar entonces que aquella edad de oro de las finanzas colombianas habría de ser precursora de otra que la historia no llamará siquiera de hierro sino de fango! Epoca de la introducción del papel moneda que, aun suponiéndola hecha con buen fin, ha servido para comprar conciencias, para hacer de la Hacienda pública un gran mercado, para improvisar fortunas colosales, y para fundar un régimen dictatorial, del que sólo podrá redimirse la Nación a costa de un mar de sangre y de un sacrificio de riqueza tal, que el trabajo y la economía de dos generaciones apenas bastará a reponerla!

Terminados que fueron los trabajos de exploración y trazo de la línea del ferrocarril del Norte, el jefe de la Comisión de Ingenieros partió para Londres a ordenar allí los materiales que le habían suministrado el estudio de la línea; a hacer los cálculos matemáticos a que ellos daban lugar, y a presentar el correspondiente informe a la Compañía que lo había encargado del desempeño de esa importante comisión.

Con sorpresa supo el Gobierno, después de transcurridos algunos meses, que el presupuesto de doce y medio millones de pesos que el señor Ridley había formado por anticipación y presentado al Gobierno, había subido en definitiva a la enorme suma de treinta millones de pesos. Esta noticia produjo el desaliento que era natural entre los amigos de la empresa, y dio origen a nuevos y más vigorosos ataques por parte de los adversarios de ella.

Con tal motivo me vi en la necesidad de volver a estudiar la cuestión en todas sus fases; de recoger opiniones autorizadas, y de acopiar datos estadísticos de otros países para contraponer a los argumentos que aducían en contra de la empresa, y someter el resultado de ese estudio al ilustrado criterio del Congreso, que debía ser el Juez en la materia.

"Al emprender este trabajo -dije en esa misma sección de la Memoria (página 124)- no he pensado decir cosa alguna original; temeridad sería pretenderlo. Lo que importa y lo que me propongo hacer con toda la fuerza de voluntad de que soy capaz, es contribuir por cuantos medios estén a mi alcance a combatir el desaliento que en mala hora se ha apoderado del ánimo de algunos de los compatriotas respecto de la empresa del ferrocarril del Norte. Para ello no he debido reparar ni en la extensión de este escrito, ni en la adopción de ajenos conceptos, con tal que una y otra cosa puedan servir para llevar a los espíritus vacilantes la confianza que ha llegado a faltarles y para difundir el convencimiento de que sin ferrocarriles no hay progreso posible, y que es llegado el momento en que los colombianos debemos hacer un supremo esfuerzo para dotar a nuestro país con este maravilloso instrumento de la civilización moderna, como con tanta propiedad lo ha llamado un escritor contemporáneo".

 

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