De todos sus Secretarios, era yo el que con más frecuencia se
sentaba a su mesa; el único que le acompañaba a los bailes,
banquetes diplomáticos y políticos, a las solemnidades religiosas,
a las reuniones nocturnas, -donde se trataba de política con amigos
de grande intimidad, y se cenaba espléndidamente- a los paseos a
caballo, y a la mesa de tresillo, en la cual era cuarto obligado.
Pero lo que debió parecer extraño en aquel tiempo, y lo parecerá
siempre, es que habiendo en el Ministerio un hombre tan ilustrado y
de fácil palabra como el doctor Colunje, y un político de la talla
del doctor Felipe Pérez, hubiese sido yo el preferido por el
Presidente para representarle en las Cámaras; mas al decir esto
advertiré, con mi acostumbrada franqueza, que en cuanto al motivo
de aquella preferencia no me forjé ninguna ilusión. El Presidente
sabía bien lo que hacía en ese particular y por qué lo hacía; sin
que para mí fuese ello un misterio. Yo gozaba, en mayor grado que
mis honorables colegas, de las simpatías de las Diputaciones
liberales, y de una marcada deferencia de parte de las Diputaciones
conservadoras, fundada indudablemente en la confianza que en mi
patriotismo y en la rectitud y firmeza de mi carácter, había venido
inspirándoles desde el tiempo de las sesiones del Senado de 1866.
Por este aspecto vine a ser un verdadero antemural para el
Presidente, como él lo había previsto en la carta que atrás he
insertado. Lo cual no significa que yo quiera aparecer sin otro
mérito que el proveniente de mi carácter moral. Para que la
modestia no raye en hipocresía, debe andar de brazo con la
sinceridad. La primera de estas virtudes consiste en no atribuírse
a sí mismo mayor mérito del que se posee, y en no hacer alarde del
poco o mucho que se tenga, pero no en desestimarse a sí propio, lo
cual es causa del ajeno menosprecio.
Al señalar, pues, como principal motivo de mi llamamiento a la
Secretaría de Hacienda el que atrás he indicado, sólo quise
presentar el lado saliente de mi personalidad política. De largos
años atrás venía yo figurando en las Asambleas Legislativas, en los
Congresos y en las filas de los combatientes armados en defensa de
la Constitución o de la causa política a que he pertenecido, de
manera que no se necesitaba de la perspicacia del doctor Murillo
para estimarme en todo cuanto pudiera valer. Y de que le merecí
alta estimación, hay una prueba irrefutable: la de haber sido él
quien hechó la primera semilla de mi candidatura para la
Presidencia de la República. Para dar a este acto todo el valor que
tiene, preciso es tener en cuenta que el doctor Murillo no podía
equivocarse acerca de mi independencia personal, y que, como hombre
de visión política, e interesado como el que más en la honra y la
prosperidad de su partido, debía necesariamente aspirar a que el
hombre que representara esta gran colectividad en la primera
Magistratura de la Nación, fuera en un todo digno de tan elevado
puesto.
Habiéndome ocupado, quizá con anticipación, en ciertas
propuestas de contratos rechazados por mí, bien que en pequeño
número con relación al cúmulo de los que corrieron igual suerte,
añadiré que sólo dos de estos dieron origen, si no a fuertes
antipatías, sí por lo menos a un cierto desvío en las relaciones
personales. Me refiero a dos antiguos contratistas de elaboración
de la salina de Chámeza, el uno, y a la de Sisguasá y Sismosa el
otro.
No habiendo accedido a sus propuestas de renovación de los
contratos anteriores en los mismos términos en que habían sido
éstos celebrados, por haberlos creído sumamente gravosos para el
Tesoro, como así lo demostré en una de mis Memorias de Hacienda,
los proponentes, que eran ambos personas de posición política y
social, se retiraron disgustados; no desde luego con el Presidente,
quien los había provisto de su acostumbrada carta de recomendación,
sino con el Secretario. Al cabo de pocas semanas apareció en Boyacá
un periódico le oposición a la proyectada empresa del ferrocarril
del Norte, fundado y sostenido por esos mismos señores.
Del resto de los aspirantes a contratos que no fueron
celebrados, nunca recibí demostración alguna de resentimiento o de
enojo, lo que hé atribuído -haciéndoles el debido honor- a que se
persuadieron de que yo no tenía sino una pesa y una medida para
todos, ya fueran amigos personales o políticos, ya fuesen
adversarios: la ley escrita, y las conveniencias le la Nación,
cuyos intereses administraba. Y ay de mí sino me hubiera mantenido
con firmeza inquebrantable en el fiel de la balanza, pues que
entonces las antipatías y las odiosidades me habrían seguido hasta
el hogar doméstico.
Como la proyectada empresa de ferrocarril del Norte hubiese
suscitado alguna oposición de parte de la prensa, y se temiese que,
a causa de ella, cundiera la desconfianza en cuanto a la
oportunidad para acometerla, y principalmente por lo tocante a la
capacidad de la Nación para hacer frente a los grandes compromisos
que la ejecución de la obra haría pesar sobre un Tesoro cuyo
activo, hasta poco tiempo antes, era inferior al pasivo; deber de
honor y de conciencia era para el encargado del Ramo de Fomento
estudiar prolijamente esta gran negociación en su triple aspecto
fiscal, económico y político, y presentar el resultado de ese
estudio al Congreso Federal en sus próximas sesiones.
De la consagración con que ejecuté esta ardua labor, dan
testimonio treinta y seis páginas en folio español dedicadas a
tratar el asunto en el texto de la Memoria de Hacienda y Fomento de
1873, y el volumen de documentos relativos al mismo asunto, que se
encuentran anexos a dicha Memoria. Y en cuanto al aprecio que el
Congreso hiciera de ese trabajo como obra de un concienzudo
estudio, y como base de confianza para el Congreso, no sólo por la
rectitud de miras que tal documento revela, sino también por las
especiales aptitudes que para manejar con acierto tan grave
negociación, resaltan eri la referida exposición, ningún
comprobante mejor puede exhibirse que la ley 89 de 30 de mayo del
mismo año, en que, con el voto de las Diputaciones conservadoras de
Antioquia y Tolima, que formaban la oposición parlamentaria, se
colmó al Poder Ejecutivo de amplias autorizaciones para contratar
la construcción de esa y otras obras, sin quedar sujetos a ulterior
aprobación del Congreso los contratos que -al efecto celebrara.
(Artículo 17 de la citada ley).
No se encontrará tal vez en los Códigos de leyes expedidas por
Congresos liberales, en tiempo de paz, ejemplo alguno de más
ilimitada confianza en la probidad de los encargados de administrar
la Hacienda nacional; por lo que a mí toca, siempre he visto y veré
en ese acto del Congreso un galardón con que me honraré mientras
viva.
Para relatar fielmente el curso de la negociación entablada con
el objeto de contratar la construcción del ferrocarril del Norte,
lo mejor que podría hacerse sería insertar las exposiciones
contenidas en las Memorias de Hacienda de 1873, 1874 y 1875 y en el
último Mensaje presidencial dirigido por mí al Congreso de 1878;
pero como no habría objeto plausible en hacer tal inserción, máxime
tratándose de una obra frustrada, creo deber limitarme en este
capítulo a recordar la manera como se iniciaron los respectivos
trabajos, reservando para los siguientes la relación en orden
cronológico de uno que otro incidente notable de cuantos ocurrieron
en el período de la negociación; dejando para el capítulo
correspondiente a 1878 la exposición de las causas que a mi juicio
ocasionaron el fracaso de aquella redentora empresa.
En cumplimiento de la ley sobre mejoras materiales tántas veces
citada, la anterior Admistración había comisionado al Ministro de
la República en Londres, doctor Justo Arosemena, para que
contratara la exploración de la vía por donde debiera construírse
el ferrocarril del Norte; y en tal virtud el Ministro celebró con
la "Compañía Constructora de obras públicas" de
aquella ciudad un contrato para la ejecución de la referida
obra.
Poco tiempo después de inaugurada la nueva Administración, llegó
a Bogotá la comisión de ingenieros destinada a practicar las
exploraciones, bajo la dirección del ingeniero en Jefe, señor W.
Ridley, quien fue recibido en Palacio al siguiente día de su
llegada. Después de breve conversación, el Presidente le manifestó
que para todo lo concerniente al desempeño de su comisión, debía
entenderse con el Secretario de Hacienda.
El primer punto de que tratamos el señor Ridley y yo, en nuestra
inmediata entrevista, fue el señalamiento de la vía por donde
debieran principiar las exploraciones. Como la del Carare había
sido tenida en cuenta desde cuando se discutió en el Senado de
18711a ley sobre mejoras materiales, debido esto tal vez, al
estudio de los mapas, o al conocimiento del informe que respecto de
aquella vía había presentado el ingeniero Verhany a mi antecesor en
la Secretaría de Hacienda, el hecho es que el señor Ridley parecía
tener alguna idea preconcebida en favor de aquella línea.
Sin tomar para nada en cuenta la cuestión de ingeniería, o sea
la de las mayores o menos dificultades técnicas que pudiera
presentar la línea del Carare, con relación a cualquiera otra, pues
esto era lo que se trataba de averiguar por medio de las
exploraciones, y mirando la cuestión desde un punto de vista
general, determiné recomendar al señor Ridley que estudiara de
preferencia a la del Carare, la del Suárez o Saravita, a que se
refiere la siguiente comunicación:
NOTA
En que se hace al señor Ridley algunas indicaciones relativas a
la exploración de la línea del ferrocarril del Norte.
Estados Unidos de Colombia - Poder
Ejecutivo Nacional - Secretaría de Estado del Despacho de Hacienda
y Fomento - Número 311 - Sección 4°- - Ramo de Fomento - Bogotá, 10
de Abril de 1872.
Señor W. Ridley, Jefe del cuerpo de ingenieros europeos para la
exploración y tazado del camino del Norte.
Presente.
En virtud de la excitación verbal que usted hizo a esta
Secretaría para que se le den algunas instrucciones sobre la
dirección de la línea del ferrocarril del Norte, cuya exploración
va usted a emprender por cuenta del Gobierno de la Unión, hago a
usted, de orden del ciudadano Presidente, las siguientes
indicaciones, que usted puede tener presentes para el plan general
de exploración, pero sin darles otro carácter que el de meras
indicaciones, pues que la ley de 5 de junio de 1871, sobre fomento
de mejoras materiales y colonización de tierras baldías, en
cumplimiento de la cual va usted a emprender la mencionada
exploración, sólo determina los Estados y las secciones de éstos
por donde debe pasar la línea del ferrocarril y sus accesorias,
difiriendo, como es natural, la fijación definitiva de dicha línea
hasta que las exploraciones dejen conocer cuál es la más
conveniente.
Dos son las líneas reputadas hasta ahora como practicables para
la ejecución del ferrocarril del Norte:
1ª La que parte en dirección al Carare, hasta encontrar las
aguas navegables de este río por buques de vapor; y
2ª La que va en dirección al mismo río Magdalena, buscando el
cauce del Suárez, por uno de sus afluentes (el río de las Minas o
Moniquirá) y siguiendo el curso de aquél hasta su desembocadura en
el Magdalena, o hasta un punto en el cual la línea pueda
comunicarse con la proyectada para el ferrocarril de Paturia.
La primera de estas líneas (la del Carare) ha sido indicada por
personas competentes en la materia, previo un estudio de la carta
geográfica del país, y alguna inspección ocular hecha ligeramente
sobre el terreno.
La segunda, sugerida por la simple observación del mapa, es, sin
embargo, la que el Poder Ejecutivo considera preferible (salvo el
resultado comparativo de las exploraciones), por las razones
siguientes:
1ª Porque ella va a terminar en un punto de la ribera del
Magdalena desde el cual la navegación de este río empieza a ser
fácil y segura en toda estación, aun por buques de mayor capacidad
que los que actualmente lo navegan;
2ª Porque siendo más central para las poblaciones de Boyacá y
Santander, evitaría la construcción de las líneas accesorias
previstas por la ley, y penetraría en el Departamento de Soto, que
es uno de los más ricos y productores del Estado de Santander;
y
3ª Porque es probable que de algún punto de la extremidad norte
de esta línea pueda trazarse una rama que vaya a San José de Cúcuta
a abrir salida, por territorio colombiano, a la gran cantidad de
efectos exportables que produce aquella rica e interesante sección
de Santander. En cuanto a la línea por el Carare, si llegare a
averiguarse con entera certidumbre que este río es navegable por
buques de vapor de no menor calado que los que actualmente navegan
en el Magdalena, presentaría la ventaja de ahorrar la construcción
de un trayecto de ferrocarril, más o menos largo, en la parte
inmediata a la ribera del Magdalena, que es cenagosa y malsana
desde Nare, o al menos desde la boca de San Bartolomé en adelante.
Pero como en caso de adoptarse esta línea, sería preciso construír
las accesorias de que trata la ley en referencia, deberá tenerse en
cuenta esta circunstancia.
En cuanto a las riquezas naturales explotables que se encuentran
a inmediaciones de una y otra de las indicadas líneas, las del
Carare son más conocidas, pero no hay razón para temer que en la
hoya del Sogamoso dejen de encontrarse con igual profusión y
variedad.
Así, pues, en concepto del Poder Ejecutivo, la comisión
exploradora que está bajo la dirección de usted, debería empezar
sus trabajos por examinar en toda su extensión las líneas
indicadas, o cualesquiera otras que la observación del terreno le
sugiera como practicables o convenientes; porque sólo después de
haberlas estudiado todas y formado respecto de cada una de ellas
los planos y presupuestos correspondientes, será cuando se puede
saber cuál es la preferible, y empezar en ella los trabajos de
nivelación.
No hay duda de que cualquiera que sea la línea que se adopte
definitivamente, ella tendrá que pasar por Zipaquirá, y doblar la
serranía que divide ese valle del de Ubaté y Cucunubá; y por tanto,
las nivelaciones que usted mande practicar entre Bogotá y
Zipaquirá, como las exploraciones dirigidas a buscar el paso más
fácil de la serranía indicada, sea faldeándola en dirección a
Guachetá, sea doblándola para bajar a Cucunubá, estos trabajos,
digo, no serán aventurados en concepto del Poder Ejecutivo.
Por lo demás, cada vez que usted desee informes o noticias
relacionadas con el desempeño de su comisión, puede pedirlos a esta
Secretaría, en la seguridad de que le serán comunicados con el
mayor interés, pero con la reserva que se ha hecho al principio de
esta nota.
Soy de usted muy atento servidor,
AQUILEO PARRA
Tratándose de invertir una cantidad de dinero relativamente
enorme a la construcción de un ferrocarril de Bogotá al bajo
Magdalena, debía preferirse a todo trance una línea que, tocando en
las más pobladas secciones de Cundinamarca, Boyacá y Santander,
fuese a buscar la aguas de aquel gran río en la parte en donde
empiezan a ser navegables por los buques de mayor calado hasta
entonces introducidos al país.
De gastar sumas tan ingentes en esta obra -pensaba yo en ese
tiempo y pienso todavía- debe procurarse que ella satisfaga, no
sólo las presentes necesidades comerciales de los Estados por donde
ha de pasar, sino también las venideras, por espacio de tres o
cuatro generaciones. Pero el señor Ridley, a quien intimidaron los
obstáculos que presenta la extensa y profundísima hoya por donde
corre el Chicamocha, y las altas y empinadas rocas que lo
encajonan, opinó de distinto modo, como se ve en la siguiente
nota:
INFORME
del jefe de la comisión exploradora.
Sema, junto a Chiquinquirá, 26 de mayo de 1872
A Su Excelencia el señor Secretario de Hacienda y Fomento.
Muy señor mío:
Tengo el honor de comunicar al Gobierno que, conforme al deseo
expreso de Su Excelencia el Presidente, he hecho la observación
preliminar de las dos líneas de ferrocarril de que trata la carta
que usted me dirigió con fecha 10 del próximo pasado.
En primer lugar visité la ruta indicada, pasando por Ubaté, al
rededor de la laguna de Fúquene por Chiquinquirá, y siguiendo de
allí el curso del río Suárez, hasta el punto en que éste desciende
del llano, volviendo hacia el Occidente por el valle de Jesús
María, y faldeando el declive del monte de cerca a Bolívar hasta el
Alto
del Roble, y continuando de allí para abajo por el lado
de la montaña que se extiende hasta el valle y llanos del
Carare.
En esta visita llegué hasta Guayavito, y soy de opinión que
puede hacerse a lo largo de esta vía una muy excelente línea de
ferrocarril, aunque, por supuesto, hay muchas dificultades que
convendría estudiar y vencer cuidadosamente.
Un día o dos después de mi vuelta a Vélez emprendí la
exploración del Valle del Suárez, escogiendo para mi viaje la
orilla occidental del río, a fin de poder inspeccionar clara y
distintamente la ribera opuesta, que es la única por donde puede
construírse una línea de ferrocarril.
Los numerosos contrafuertes (en su mayor parte de rocas que se
encuentran a pocos pies de la superficie) harán necesariamente que
esta línea sea muy costosa; pero no creo que presentará obstáculos
graves en su construcción hasta el Socorro y el Departamento de
Guanentá.
No encontrando nada hasta el Socorro que me hiciera formar una
opinión desfavorable para llevar la línea principal por este valle,
continué mi correría exploradora, con determinación de seguir por
el valle del Suárez y del Sogamoso abajo hasta que me pareciera
inútil pasar adelante, por estar deseoso de escoger esta vía de
preferencia a la de Carare, en caso de ser practicable.
En consecuencia, continué mi correría por el valle, y,
cruzándolo, tomé el camino por Zapatoca, y a corta distancia de
allí supe que había un punto que dominaba una extensión
considerable del Sogamoso.
Desde la confluencia del río San Gil el valle se estrecha y sus
orillas se hacen más y más pendientes; pero aun no me parecieron
las dificultades imposibles de vencer hasta el punto en que el río
Sube entra en el Suárez, donde las rocas que lo rodean son tan
empinadas que, muy a pesar mío, me convencí de que debía
abandonarse esta ruta.
Logré ver una larga extensión del río abajo de la confluencia
del Sube, con lo cual pude formarme una exacta opinión.
Acompañábanme dos caballeros que conocían muy bien el terreno, y a
cuya bondad soy deudor de muchos informes. No sólo ellos, sino
muchos otros señores a quienes he tenido el placer de encontrar, me
dijeron que estas rocas empinadas continuaban por cerca de veinte
millas, y que eran todavía más pendientes que las que tenía a la
vista, de manera que las dificultades iban en aumento hasta llegar
al cerro de
La Paz, donde terminaban bruscamente los
collados y empezaba la planicie.
Por lo que vi, sin embargo, más allá de la desembocadura del río
Sube, estoy plenamente convencido de que es impracticable, si no
del todo imposible, construír una línea de ferrocarril hacia
abajo.
Dejando por un momento las enormes dificultades de ingeniería
con que habría que luchar, la cuestión de gastos sería tal, en mi
concepto, que haría imposible para cualquier compañía todo buen
éxito
comercial; y esta es cuestión importantísima, por
cuanto a menos que la línea del ferrocarril pueda producir lo
suficiente, la garantía pasaría permanentemente sobre el Gobierno
nacional. He pensado muy detenidamente sobre este asunto, y creo
que aun cuando esta parte del país (que es indudablemente la más
productiva de los tres estados por donde debe pasar el ferrocarril)
fuera más fuerte y estuviera más cultivada de lo que está, todavía
no alcanzaría el ferrocarril a ser una especulación productiva.
Volvamos, sin embargo, a tocar las dificultades de ingeniería.
En primer lugar los viaductos necesarios para llevar la línea por
sobre los ríos San Gil y Sube, serían en extremo costosos; y por la
experiencia que tengo en la construcción de obras semejantes, no
creo que el viaducto sobre el último de estos ríos pudiera valer
menos de £ 80,000. Pero aun esta partida creo que sería
insignificante si se compara con el costo de los túneles que
hubieran de construirse inevitablemente, aun cuando se adoptara el
sistema de tres rieles o de "Tell", para pasar
sobre muchas de las rocas salientes o contrafuertes. En efecto,
donde las rocas son casi verticales, no puede adoptarse otro método
que el de abrir túneles, y como es probable que hubiera de
construírse 8 o 9 millas de túnel en toda la línea, creo, en mi
calidad de ingeniero, que aconsejaría erróneamente al Gobierno si
hubiera de declarar que esta línea es en manera alguna practicable,
o si hubiera de abogar por la construcción de un ferrocarril que
hubiera de tener, después de todo, mal éxito, caso que no fuera del
todo imposible, y que sería de seguro un error comercial.
En este supuesto, creo de mi deber, no solamente para el
Gobierno, sino para con las personas que me han empleado, proceder
con línea del Carare y trazar los ramales de que trata el contrato;
y para esto me fundo en que, después de gastar muchos meses en
trazar una línea (que en mi opinión es impracticable), si al cabo
hubiera de tener mal éxito, yo me vería en el caso de trazar la
línea del Carare para cumplir el contrato celebrado con la Compañía
que represento, proporcionándole por tanto a ésta una gran pérdida
de tiempo y dinero: cosa que, en conciencia, no puedo hacer.
En cuanto al mérito comparado de las dos líneas, me permito
hacer las siguientes observaciones:
1ª La línea principal, por la vía de Carare, junto con los
ramales, tendrán muy próximamente la misma longitud que la línea de
Sogamoso; pero el costo probable de la primera, incluyendo los
ramales de ella como ferrocarriles, sería la mitad de la segunda,
en cuanto me es dado juzgar por la inspección preliminar de una y
otra.
2ª El tiempo necesario para construír la línea de Sogamoso,
suponiéndola posible, sería por lo menos dos veces mayor que el que
se necesitaría para la línea del Carare: cuestión ciertamente
importante, por cuanto menor sea el tiempo que se emplee, más
pronto podrá abrirse la línea, y por consiguiente también podrá
reducirse la cantidad que el Gobierno hubiera de destinar a
satisfacer la garantía.
3ª Las grandes ventajas que proporcionara la vía de Sogamoso son
las que termine en un punto inferior del río Magdalena y de que se
gane tiempo en el tránsito por allí; pero tócale al Gobierno
decidir si lo que se gane en tiempo (que tal vez no serán más de
dos días) habrá de compensar el gran desembolso que esta línea
exija sobre la del Carare. En cuanto por ahora me es dado juzgar,
creo que la última, con sus ramales como ferrocarriles, podría
construírse por £ 2.500,000; y se necesitaría a lo más un día para
que las mercancías pasasen del Departamento de Guanentá al
Magdalena, por la vía del ramal y de la línea principal del Carare,
y un día desde la desembocadura del Carare al puerto de
Barrancabermeja, que es el término que puede suponérsele, más o
menos, a la línea del Sogamoso.
Bien se me alcanza, por supuesto, que algunas veces hay retardos
en el río Magdalena, arriba de Barrancabermeja; pero creo que
habría más economía en mejorar el río entre este punto y la entrada
del Carare, que en construír la línea por Sogamoso.
4ª Como la proyectada línea de Paturia llega hasta Piedecuesta,
me inclino a creer que sería mejor, para provecho del país,
construír la línea del Carare con sus ramales. El país tendría
entonces dos salidas separadas, cuyos términos quedarían a corta
distancia entre sí; aunque, desgraciadamente, creo que sería
imposible unirlos. La comarca del Carare quedaría abierta una vez
que el ferrocarril se construyera, y la fertilidad de estos
terrenos es indudable, aparte de los conocidos recursos minerales
que poseen.
He recorrido los valles de Moniquirá y Ráquira, y no creo que
presenten serias dificultades para que pase por allí el ramal del
Socorro, si no es por cerca de una legua, poco más o menos, río
arriba por el lado de Moniquirá, que será difícil y costoso a un
mismo tiempo, aunque, de ninguna manera impracticable. Este ramal
tendría que juntarse a la línea principal en la depresión inferior
de las montañas, entre este valle y la laguna de Fúquene cerca de
su extremo septentrional. El ramal para el centro del Departamento
de Boyacá se desviará del ramal del Socorro y pasará probablemente
por Leiva; pero aún no he decidido nada sobre este punto.
Finalmente, siento muy de veras que mi correría por el valle del
Sogamoso haya resultado tan desfavorable para línea principal,
especialmente si se consideran las ricas y hermosas comarcas de
Santander y Soto; pero como, a mi entender, la creo impracticable,
según lo que dejo expuesto, creo que no cumpliría con mi deber para
con las personas que me han empleado, si hubiera de emprender el
trazado de una línea que pudiera resultar inútil, al paso que no
hay incertidumbre alguna respecto de la otra línea.
Tal vez lo mejor que pudiera hacer el Gobierno sería que se
explorasen ambas líneas en toda su extensión y que se formasen los
presupuestos correspondientes. Podría entonces hacerse una
comparación entre los méritos respectivos de una y otra y
apreciarse el costo de ambas. Me inclino a aconsejar al Gobierno
que adopte esta medida, por cuanto sería mas satisfactoria para el
país en general, aunque me parece que costaría no menos de £ 6,000,
puesto que la exploración de la línea inferior a la confluencia del
río Sube me parece que tardaría, cuando menos, seis meses; y el
costo de preparar los diseños de los túneles, viaductos y demás
obras de arte, sería considerable y ocuparía mucho tiempo. De todos
modos sería satisfactorio saber si es posible o no, y esto sólo
puede averiguarse nivelando y explorando cuidadosamente la línea en
toda su extensión.
No quedaría satisfecho si hubiera de terminar esta carta sin
reconocer la suma bondad con que hemos sido tratados donde quiera
que hemos llegado en nuestro tránsito por estas comarcas. En todas
partes hemos encontrado personas dispuestas y prontas a ayudarnos
de todas maneras, quienes nos han dado informes valiosísimos
respecto del país por donde deben pasar las líneas del
ferrocarril.
Por todo esto doy las más sinceras gracias y así lo manifiesto a
los directores de mi compañía.
Tengo el honor de suscribirme del señor Secretario muy
obsecuente servidor,
WM. RIDLEY
NOTA
dirigida al señor Wm. Ridley pidiéndole un informe, y
contestación.
Estados Unidos de Colombia - Poder
Ejecutivo Nacional - Secretaría del Despacho de Hacienda y Fomento
- Sección 5°- Ramo de Fomento - Número 666 - Bogotá, Noviembre 29
de 1872.
Al señor William Ridley, Ingeniero en jefe y Agente de la
Public Works Construction Company Ld.
El ciudadano Presidente, a quien di cuenta del resultado de las
conferencias tenidas con usted en los días 25, 26, 27, y 28 del
corriente, me ha autorizado para celebrar el contrato sobre
exploración y trazado de un ramal para ferrocarril a vapor por los
Estados de Boyacá y Santander, en los términos acordados en dichas
conferencias.
Me ha encargado, además, suplicar a usted se sirva exponer por
escrito las razones que tuvo para rehusar la propuesta que le hice
en nuestra primera conferencia, de practicar un examen ocular en la
línea de Chicamocha a Paturia, aconsejada para el trazado del
ferrocarril del Norte por varios ciudadanos y recomendada
últimamente al Poder Ejecutivo por la Asamblea de Boyacá.
Terminadas satisfactoriamente las conferencias a que le invité a
usted de orden del Poder Ejecutivo, está en mi deber consignar aquí
la expresión de gratitud del Gobierno hacia el señor O'Leary,
Encargado de negocios de Su Majestad Británica, y hacia el
distinguido caballero señor Carlos Schloss, por la nueva muestra de
interés que ha dado en favor del país, interviniendo amistosamente
en la negociación.
Acompaño a usted un mapa en que se ha hecho el trazado de la
línea de Chicamocha a Paturia, y los memoriales en que varios
ciudadanos de Santander y Boyacá solicitan que se haga por ella el
trazado del ferrocarril del Norte, a fin de que usted se sirva
tenerlos presentes a tiempo de consignar por escrito su opinión
acerca de la referida línea.
Soy de usted atento servidor,
AQUILEO PARRA
En vista de este informe, el Poder Ejecutivo aprobó la
resolución tomada por el jefe de la comisión exploradora, de
proceder a hacer el trazo por el Carare; pero dispuso que se
hiciese un nuevo detenido estudio de la vía del Sogamoso;
resolución de la cual desistió posteriormente en vista de esta otra
comunicación del mismo ingeniero:
CONTESTACION
Número 16 - Bogotá, 30 de noviembre
de 187-1
Excelentísimo señor Secretario de Hacienda y Fomento
Muy señor mío:
Tuve la honra de recibir su estimable, número 666, de 29 del
corriente, en que me pide usted que le manifieste las razones que
me movieron para no emprender, como me lo proponía usted, la
inspección del terreno que para la línea principal del ferrocarril
indican los habitantes de Piedecuesta y otros distritos en petición
recientemente hecha, a fin de que pudiera dar algún informe a este
respecto.
Satisfago gustoso su solicitud, sometiendo a su consideración
las siguientes observaciones:
I. Los Directores de la Compañía me han recomendado que, en
cuanto me sea posible, ayude al Gobierno con mis consejos, y que,
en la elección de las líneas que se trata de establecer, cuide de
hacer las distinciones que estén a mi alcance; y según mi leal
saber y entender, hay tres consideraciones que me parecen más
importantes que todo, a saber:
1ª Que tomando en cuenta los intereses de todo el país, deben
escogerse las líneas que sean no sólo más económicas sino más
directas;
2ª No aconsejar al Gobierno que adopte línea alguna de
ferrocarril, por halagüeña y ventajosa que parezca, que pueda
llegar a ser un gravamen permanente para el Tesoro nacional;
3ª Tener siempre en cuenta que como este país puede decirse que
está en su infancia respecto de ferrocarriles, es necesario, sobre
todo, evitar hasta la ocasión de que los esfuerzos que se hacen
para desarrollar sus grandes y hasta ahora apenas explotados
recursos, lleguen a ser tan desastrosos como lo han sido en algunos
países que han cedido a la tentación de embarcarse en proyectos que
no están al alcance de sus recursos rentísticos.
II. Porque estoy convencido por experiencia de que con mucha
frecuencia la línea más ventajosa es la que presenta menos
dificultades a los trabajos de ingeniatura, especialmente en países
donde los trabajos científicos extranjeros suelen salir tan
costosos.
III. Porque es tan grande el largo de la línea que proponen los
peticionarios, que, teniendo en cuenta las consideraciones que
proceden, mi opinión es que yo no haría bien en abogar por ella ni
en apoyarla.
Debo manifestar, en primer lugar, que la línea principal que
está ya escogida, tendrá unas doscientas millas, y los ramales
cerca de cien millas de largo; que es lo que por ahora puedo
determinar. Y si hubiera de apoderarse la línea principal que
proponen los peticionarios, ella, por si sola, tendrá por lo menos
cuatrocientas quince millas de largo, aun calculando de una manera
muy moderada el largo necesario para vueltas y rodeos. Además, es
indispensable que se cumpla la ley del Congreso, que dispone que
penetre en los Departamentos de Socorro y Guanentá: es evidente,
pues, que habrá que hacer ese ramal, y, según a mi se me alcanza,
sólo hay tres vías que puedan aprovecharse, suponiendo por un
momento que cada una de ellas fuera practicable; a saber:
1ª Partiendo de la propuesta línea principal cerca de Vegas de
Infante, y siguiendo de allí por el valle de Onzaga hasta cerca de
su origen, atravesando el grupo de montañas que lo separa del valle
de Charalá, y siguiendo éste hasta San Gil: trecho cuya longitud no
puedo menos de fijar en 65 millas.
La 2ª vía parte de la línea principal en o cerca de la boca de
Mauro y sigue el curso de los ríos Sube, Suárez y San Gil, cuya
longitud mínima será de 50 millas.
La 3ª se desprende en Leiva o sus inmediaciones, sigue los
valles de Moniquirá y Suárez y continúa por allí por el Socorro
hasta San Gil, que no será menos de 80 millas.
De manera que el
largo total será:
Por los valles de Onzaga y
Charalá
Línea principal
415
Ramal
...............................................................................65
Total de millas
480
Por Sube y Suárez
Línea principal
415
Ramal
....................................................................................50
Total de millas
465
Por los valles de Moniquirá y
Suárez
Línea
principal
...415
Ramal
..............................
80
Total de millas
495
De modo que el largo total mínimo es de 465 millas, y el largo
total máximo es de 495 millas.
Ahora trataré en primer lugar de los ramales. Respecto de la
primera vía, creo que el costo de llevar la línea por las montañas
que dividen los valles de Onzaga y Charalá sería tan grande que
contaría toda probalidad de buen éxito, y además creo que es poco
menos que impracticable pasar esos cerros por ferrocarril. Respecto
de la segunda vía, creo por demás añadir nada a lo que expuse en mi
informe preliminar, y por el examen que hice de una parte del valle
del Sube me convencí de que era imposible trazar línea alguna
satisfactoria por allí.
En cuanto a la tercera vía, el único obstáculo que presenta es
el de su mucha longitud, pero sí es practicable y me propongo
adoptarla en mis actuales exploraciones. Me parece, pues, que de
las tres, esta es la única que puede aprovecharse; y por tanto, el
ferrocarril propuesto mediría en su totalidad 495 millas, en tanto
que por la vía del Carare serían 300 millas, incluyendo los ramales
de Santander y Boyacá especificados en el contrato. Hay un hecho
que merece llamar la atención de usted, y es el de que, por la
primera de estas vías, el Gobierno tendría que construir casi 200
millas más de ferrocarril en que antes no había pensado el país, al
tratarse del Norte.
Ahora bien, por 10 que hace a la línea propuesta infiero que los
peticionarios desean que pase por el valle de Ubaté por la serranía
que lo separa del de Leiva, por Guachetá, Leiva, etc., y cruzando
otra serranía por Suta, Corrales y por el valle de Chicamocha,
cerca de Soatá, Sepitá, Piedecuesta, etc., y allí por el valle del
Lebrija hasta el lago de Paturia, donde, según presumo, podría
reunirse al ferrocarril de Paturia.
Habiendo estudiado cuidadosamente el mejor modo de llevar mi
línea desde los llanos de Ubaté hasta el valle de Leiva o
Sutamarchán, me he convencido hace mucho de que la única vía
verdaderamente practicable es la que va por los montes de cerca de
la hacienda de Sema, que es donde hay mayor depresión en la
cordillera; punto en que he fijado la juntura de mi ramal; pero
puedo asegurar que aun allí no sería fácil tarea la de cruzar lo
cerros, porque el descenso por el lado de Suta es tan rápido, que
la empresa casi raya en lo imposible, si me permite esta expresión.
Sin embargo puede hacerse, aunque ocurre un obstáculo todavía mas
serio en la segunda cordillera que media entre Leiva y el valle de
Sogamoso, que necesita o cruzarla o perforarla. Conozco muy bien
esta serranía porque la estudié muy atentamente cuando estuve
estudiando el valle de Moniquirá y de camino para Ráquira. Creo
poder asegurar que un ferrocarril ordinario no puede pasar por
sobre ella, y que un túnel saldría muy costoso; razones que
por sí solas me parecen suficientes para inducirme a que aconseje
al Gobierno que abandone desde luego semejante vía.
No quiero importunar a usted con la enumeración de otras muchas
dificultades semejantes conque había de tropezar en otros puntos de
esta misma línea; pero quiero
suponer por un momento que
pudiéramos lograr juntarla al proyectado ferrocarril de Paturia.
Importa tener en cuenta que toda vez que la Compañía de Paturia
dejara de completar y mantener abierto su camino, el tráfico se
estancaría y se acumularía a muy inconveniente distancia del río
Magdalena, y acarrearía una gran pérdida a la Compañía poseedora de
la línea principal de Bogotá.
Supongamos también (porque conviene pesar hasta las
contingencias más remotas) que el proyecto de Paturia fracasara del
todo, ya por ser insuficiente el capital, o, lo que sería todavía
peor, por obstáculos naturales: ¿qué sucedería? que la línea
principal vendría a ser enteramente inútil en lo que dice relación
a su objeto principal, es decir, el de dar salida a los productos
del interior, y sería un error irremediable.
Quiero que se entienda claramente que no hago sino
suponer semejante circunstancia, porque confieso que no
conozco nada absolutamente de la línea de Paturia, sino es que se
ha proyectado; pero yo debo llamar la atención de usted aun a las
más remotas causas del mal éxito, puesto que seguramente la
responsabilidad recaería sobre el Gobierno.
Además, estoy convencido ahora de que semejante línea, es decir,
la de que trata el memorial, costaría por lo menos £ 8.000,000.
Hecho este presupuesto, me parece inútil entrar a considerar sus
ulteriores ventajas retísticas; consideración que más bien
corresponde a los hábiles comerciantes del país, y al tranquilo e
imparcial razonamiento de los peticionarios, los cuales también
deberán decidir si el producto y tráfico actual o futuro será tal
que baste a producir un 7 por 100 a los que inviertan su capital en
la empresa, suponiendo que este interés bastará a satisfacerlos.
Por mi parte creo que no.
Esta convicción, señor, es por sí más que suficiente para
justificarme por no haber accedido a hacer un más cuidadoso examen
del terreno de la proyectada vía. Creo también que no sería leal de
mi parte poner al Gobierno en el caso de emprender a costa suya un
viaje que, según mi convicción íntima, habrá de resultar
infructuoso; y tan infructuoso que, a pesar de la buena disposición
que tengo de acceder a los deseos del Gobierno, y del profundo
respeto con que miro los deseos y las opiniones de los caballeros
que suscribieron la solicitud, me creo en el deber de añadir, que
quisiera aquél celebrar un nuevo contrato conmigo para explorar
dicha línea, yo me vería, por supuesto con todo el respeto debido,
obligado a negarme a emprender semejante tarea; viendo que si mis
convicciones no deben impulsarme a disuadir al Gobierno de que
desista del proyecto, la compañía no querría tampoco celebrar un
nuevo contrato para construír semejante línea.
En conclusión, creo por demás decir que en todas mis
investigaciones me he propuesto obrar con la mayor imparcialidad, y
que las líneas que he escogido son las que creo mejor adaptadas a
las exigencias del país y más a propósito para afianzar su
prosperidad.
Esperando que las observaciones que preceden merezcan la
aprobación del Gobierno, me suscribo, señor, de usted obsecuente
servidor,
WM. RIDLEY,
Ingeniero en jefe y agente de la P. W. C.C°. Ld.
Ante declaración tan perentoria hube de renunciar por entonces,
con asentimiento del Presidente, al grande ideal que había llegado
a acariciar, y que mas tarde acogí de nuevo, según adelante se
verá.
Estando ya bien adelantado el trazo por el Carare, varios
vecinos del Departamento de Soto, Estado de Santander, solicitaron
del Poder Ejecutivo que se ordenase la exploración de una línea
que, partiendo de Paturia, siguiese las margenes del Lebrija hasta
Piedecuesta, las de la quebrada de El
Salado hasta el río
Manco, las de este río hasta las del Umpalá, las de éste hasta el
Chicamocha, las de éste hasta Corrales, y que, continuando por las
sabanas de Sogamoso, fuese a parar a Saboyá.
De este memorial y de la resolución que a él recayó, se dio
cuenta al Congreso en la Memoria de Hacienda ya citada, página 92,
del modo siguiente:
"Es manifiesto, conforme a los términos del contrato
celebrado por el Ministro de la República en Londres con la Public
Works Construction Company, que ésta cumple las obligaciones
que contrajo, haciendo el trazo de un ferrocarril que parte de
Bogotá y termine en el río Magdalena, o en uno de sus afluentes
navegables por vapor, pasando por los Estados y las secciones de
éstos de que se trata en la subsección quinta del artículo segundo
de la ley 7 de junio de 1871, sobre mejoras materiales. De ahí el
que fuera al Ingeniero encargado de la exploración a quien tocaba
elegir, entre las vías preliminarmente reconocidas, la que en su
concepto presentase mayores ventajas o menores inconvenientes, y el
que no le fuera dado al Poder Ejecutivo constreñirlo a hacer el
trazado por una vía que él no reputase adecuada al fin propuesto,
ora procediese semejante inconveniencia de obstáculos naturales
insuperables, o reputados por tales, ora de imposibilidad
económica. Interpretar de otra manera el contrato sería un proceder
tan opuesto a la letra y al espíritu de éste como a las más
triviales nociones de justicia. Para acceder a la solicitud aludida
habría sido menester, pues, celebrar otro contrato de exploración,
y para esto no está facultado el Poder Ejecutivo por la legislación
vigente en la materia. No sería prudente tampoco suscitar
competidores a la Compañía con la cual se tiene iniciadas
negociaciones para la construcción del ferrocarril, y hasta
indelicados sería tal proceder de parte del Gobierno. Por otra
parte, la garantía de un 7 por 100 sobre los capitales que se
inviertan en la obra en un país como el nuestro, donde el Gobierno
es débil y los hábitos de orden no se hallan aún bien formados, es
probablemente un estímulo insuficiente para emprenderla; razón de
mas para que se deje a la parte interesada toda la libertad
compatible con la ley, a fin de que estudie el asunto del
ferrocarril como si se tratara de un negocio que hubiera de
emprender por su exclusiva cuenta; mayormente cuando el interés de
la compañía empresaria y el de la Nación están identificados en
este punto, por la sencilla razón de que la línea de ferrocarril
que más produzca a los empresarios, causará menor gravamen al
Tesoro nacional, y será más fecunda para la industria del
País".
A pesar de este razonamiento, que aunque me esté mal el decirlo,
es de una fuerza incontrastable, no pasó mucho tiempo sin que de
nuevo se solicitase el cambio de la línea de exploración; y como en
esta vez fuese la Asamblea de Boyacá la peticionaria, guardándole
la consideración debida, se propuso nuevamente al señor Ridley que
recorriese la línea indicada en la respectiva solicitud; propuesta
a que este señor no accedió, fundado en las mismas razones que
aparecen en la nota dirigida por él a la Secretaría de Hacienda,
con fecha 30 de Noviembre de 1872, que ya se ha visto.
Esta reiterada negativa del señor Ridley fue atribuída a
influencias del Secretario de Hacienda, a quien se suponía poseedor
de una grande extensión de tierras baldías en el valle del Carare,
e interesado en darles valor por medio del ferrocarril. Aunque este
rumor no alcanzó a levantarse a mayor altura que la que alcanzan
las mismas que se desarrollan en los antros cavernosos de la
tierra, creí de mi deber, por el solo interés de la obra del
ferrocarril, no dejarlo pasar inadvertido, y, en consecuencia,
ofrecí en venta, por medio de algunos periódicos,
todas mis
propiedades en el Carare por la cantidad de cuatro mil pesos.
Como en la provincia de Vélez era bien sabido que yo sólo poseía en
aquella región trescientas hectáreas de tierras baldías, situadas
en la cuchilla de
Gallegos, nadie hizo allí caso ni cuenta
de la referida oferta, como tampoco lo había hecho de la maligna
imputación que le dió origen; y solo en la provincia de Tundama,
Estado de Boyacá, hubo dos personas a quienes llamó la atención el
citado ofrecimiento. Estos señores hicieron viaje a
Gallegos
y después de conocer la finca regresaron sin hacer propuesta
alguna.
Con tal motivo dije en mi citada Memoria de Hacienda a la página
101, lo que se leerá en seguida:
"Notable ha sido el celo con que varios ciudadanos le
han seguido los pasos al Poder Ejecutivo en la dirección del
negociado del ferrocarril del Norte, dejando conocer el temor de
una preferencia indebida por determinada línea de las que se han
creído adaptables a. la ejecución de la obra; aprehensión que no
vacilo en calificar de extraña, porque aun suponiendo que el Poder
Ejecutivo fuese capaz de ejercer influencias con el objeto de
torcer la dirección natural del ferrocarril, éstas encallarían ante
el interés de los empresarios, el cual les aconseja escoger la
línea que ofrezca mayores facilidades de ejecución y prometa
mejores resultados financieros. Dudo que haya un solo colombiano de
cuantos han merecido el honor de ocupar una alta posición oficial,
que quisiese, por ningún motivo, arrastrar la responsabilidad de un
procedimiento desleal en la dirección del negocio de más
trascendencia económica y quizá política que ha tenido hasta ahora
entre manos la Administración pública del país; y creo además, que
serán pocas las personas incapaces de comprender que ante la honra
de llevarlo a feliz término, del modo que mejor consulte los
intereses todos de la sociedad, no hay ambición que no sea pequeña,
ni interés que no deba ser desatendido.
¡Cosa singular! -cabe decir aquí a imitación de una célebre
escritora- que en este país, donde hay tántos ciudadanos capaces de
sacrificar sus intereses y su vida en servicio de la Patria o en
defensa de su propia reputación, sean pocos los que se hallan
dispuestos a fiar en el patriotismo y la delicadeza
ajenos!"
Sobre el informe del ingeniero Ridley de que el ferrocarril del
Norte con sus ramales se podían construír con la cantidad
aproximada de doce millones quinientos mil pesos ($12.500,000),
estando facultado el Poder Ejecutivo para garantizar el 7 por 100
de interés anual sobre una suma mayor, creyó llegado el caso de
proceder a iniciar la celebración del contrato respectivo con las
condiciones fijadas en la ley de 5 de junio de 1871 "sobre
mejoras materiales". Con este fin comisionó al señor
Salomón Koppel, que había ofrecido al efecto su cooperación
gratuita, para que, de acuerdo con la Legislación colombiana en
Londres, promoviese ante la
Public Works Construction Company
Limited, de esa ciudad, la pronta organización de la compañía
que se encargase de la construcción del ferrocarril. Púsose en
manos del señor Koppel un pliego de base para el contrato, y se le
autorizó para que lo presentase a la Compañía mencionada, y para
que, si en vista de ellas y previa su aceptación, se organizare,
dentro de seis meses después de presentado, la Compañía empresaria,
y se suscribiere el capital necesario para la ejecución de la obra,
ofreciera a nombre del Gobierno que el contrato se celebraría con
esa Compañía, con exclusión de cualquiera otra propuesta que se
dirigiera al Gobierno sobre el particular.
Al señor Koppel se le proveyó de las siguientes piezas
ilustrativas, para que pudiese basar en ellas todos cuantos
informes le pidiese la Compañía empresaria, relacionados con la
obra que se trataba de construír, a saber:
Una extensa exposición en la que se da una idea general del
territorio por donde debía extenderse el ferrocarril, de la
situación económica e industrial de los Estados a cuya prosperidad
debería contribuír; de sus riquezas naturales, producciones y
climas, de su población, y de los recursos fiscales con que contaba
el Gobierno de la unión para atender a la garantía ofrecida al
capital que se invirtiera en la construcción de la obra.
(1)
Un ejemplar de cada una de las obras de Geograña de
Colombia.
Un mapa general de Colombia.
Una carta especial de la gran sección territorial por donde
debía extenderse la línea.
Ejemplares de las leyes relacionadas con las mejoras materiales
y con la colonización de territorios nacionales.
Un ejemplar de los catálogos de la exposición que se verificó en
1871.
Copia del informe sobre los trabajos de la Compañía exploradora,
dirigido a la Secretaría de Hacienda por el ingeniero señor
Ridley.
Y varias colecciones de muestras minerales y vegetales
contenidas en cajas construídas con las más preciosas maderas que
se presentaron en la última Exposición Nacional.
En su Memoria para el Congreso de 1872, al tratar de la
situación fiscal de la República, había dicho mi inmediato
antecesor en la Secretaría de Hacienda y Fomento, doctor Salvador
Camacho Roldán, que la cuenca general del Tesoro venía arrojando de
años atrás un déficit crónico de $ 500,000, hecho que hacían
patente en realidad las constantes dificultades en que se
encontraba el Gobierno para atender a los gastos del servicio
público. Y esta fue precisamente la mala situación que el
Presidente denunció al - Congreso en su Mensaje de 4 de Abril de
1872, sobre " la verdad en la deuda", situación
que empezó a remediarse por medio de las leyes sobre crédito
interior y exterior, expedidas por el Congreso de ese mismo año, en
virtud de la excitación que le había sido hecha al efecto en el
referido Mensaje.
A este arreglo del servicio de la deuda pública, y al incremento
de la renta de Aduanas, resultado de la paz y de la buena
administración del ramo, se debió el que yo hubiera pedido decir al
Presidente de la Unión en la parte final de mi Memoria de 1873:
"Jamás la Hacienda pública se había hallado en una
situación tan desahogada como al presente. No figuran grandes
cifras en el Presupuesto; pero el
activo de las rentas ha
dejado de ser inferior al pasivo.
"El producto de las Aduanas en los cuatro meses
corridos del 1° de septiembre al 31 de diciembre próximo pasado,
fue de $ 772,500. Calculando un ingreso igual para cada uno de los
cuatrimestres restantes, el producto de esta renta en el corriente
año económico será de $ 2.317,500, cantidad superior en $ 227,500 a
la que figura en el presupuesto.
"Hay, pues, fundados motivos para creer que con la
reforma de la Tarifa, que se propone el Congreso, y mediante una
asidua vigilancia del contrabando, no pasará el año de 1876 sin que
las Aduanas hayan producido $ 3.000.000. El activo del Tesoro
excederá entonces de $ 4.000.000, y sin necesidad de ocurrir a
impuestos adicionales podremos hacer frente a todos los compromisos
que sea necesario contraer para la ejecución de las obras
materiales que la ley manda fomentar en todos los Estados de la
Unión".
Por su parte el Secretario del Tesoro y Crédito Nacional, en su
Memoria de 1873, páginas 50 a 51, expresó idéntico concepto en los
términos siguientes:
"Nunca había sido más desahogada que al presente la
situación fiscal del país; y si no se altera el orden y la economía
establecidos en el servicio del Tesoro, esta situación, lejos de
ser pasajera, puede conceptuarse normal. No se deben sueldos ni
pensiones; y los gastos de fomento e instrucción, el pago de las
deudas interior y exterior, las erogaciones que ocasionan las obras
nacionales, etc., se hacen con la debida puntualidad".
Aunque no sea ya de este lugar, agregaré que no era esta la
primera vez en que se cortaba por lo sano en materia de crédito
público, pues la Ley de 22 de junio de 1858 había ordenado la
conversión de la deuda interior consolidada
al precio del
mercado en la forma que allí se determina.
Por lo que hace a la situación en que quedaron los acreedores
internos, a consecuencia de la reducción de las sumas destinadas a
la amortización de esa deuda por principal e intereses, véase a
continuación lo que el mismo señor Secretario dice en su citada
Memoria, páginas 39 y 40:
"Modificada así la situación, esto es, echado por
tierra el sistema de la distribución
total de la renta de
Aduanas entre cierta clase de acreedores públicos, quedó libre al
Fisco la suma de $ 1.283,585 en cada año, y perteneció al país en
masa y no a determinados acreedores el incremento de la primera
renta de la República.
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