LA ADMINISTRACIÓN
MURILLO
X
1872
De este año data el principio de la que, propiamente hablando,
puede llamarse mi carrera pública. Hasta entonces sólo de modo
accidental y transitorio había servido dos destinos del ramo
ejecutivo, ambos con el carácter de suplente o designado: la
Gobernación de la Provincia de Vélez (1856), Y la Presidencia del
Estado de Santander (1862). Puedo decir, por tanto, que mi carrera
pública tuvo por punto de partida un altísimo escalón: la
Secretaría de Hacienda y Fomento de la Unión, en dos
administraciones consecutivas -la del doctor Manuel Murillo (1872 a
1874), y la del doctor Santiago Pérez desde que se inauguró (1°- de
abril de 1874) hasta mediados de mayo de 1875, en que, por
habérseme presentado de candidato para Presidente de la Unión en el
período inmediato, renuncié irrevocablemente la Secretaría. Diré,
de una vez, que este período de mi vida pública, con todo y haber
sido el de más asidua y abrumadora labor, fue el en que gocé de
mayor tranquilidad y el que más gratos recuerdos me ha dejado. No
me detendré a enumerar los actos oficiales que, en aquel tiempo,
autoricé con mi firma; pues que, además de enojosa, sería superflua
esa relación, toda vez que los más importantes de esos actos fueron
publicados en el
Diario Oficial, y se hallan coleccionados
en las Memorias de Hacienda y Fomento que tuve la honra de
presentar al Congreso Federal, en sus sesiones de 1873, 1874 y
1875.
Como preliminar de este capítulo referiré la manera como fui
comprometido a aceptar aquel elevado puesto, en el que nunca había
llegado a pensar, y al cual fui traído a dos
rejos, según la
espiritual e hiperbólica frase de uno de mis mejores amigos -el
doctor José Ignacio Escobar- quien, como Jefe de la Sección de
Fomento, me acompañó en la Secretaría, dedicando todo su talento y
su admirable consagración al desempeño de aquel modesto empleo, en
el cual, de preferencia a su propia reputación de oficinista, en la
que apenas si llegaría a pensar, tuvo en mira la del encargado de
la Secretaría. Tan grande y abnegada demostración de amistad ha
sido correspondida con mi estimación y mi gratitud.
Deseando el doctor Murillo tener una conferencia conmigo, y
suponiendo acaso que yo tuviera alguna repugnancia de ir a Bogotá,
me propuso, en la última carta que por entonces me dirigió, que
viniera a mi hacienda de San Vicente, a donde iría él con el objeto
de que habláramos definitivamente sobre el nombramiento que me
ofrecía.
No debiendo desatender tan cortés invitación, me puse en camino
para la capital, donde no encontré ya al doctor Murillo, quien, a
causa de una novedad en su salud, había partido dos días antes para
Guaduas. En consideración a esto no vacilé en continuar mi viaje
hasta aquella ciudad. Al siguiente día de mi salida encontré en
Las Tibayes al General Santos Gutiérrez, que iba enfermo de
su hacienda, a orillas del Magdalena, para Bogotá.
Al encontrarme con aquel viejo amigo tuve la más agradable
sorpresa. Recibiéndome con un estrecho abrazo, me dijo: -Ya sé que
Murillo quiere nombrarlo a usted Secretario de Hacienda, y yo
celebro este casual encuentro para empeñarme con usted, menos como
amigo suyo que como interesado en el buen nombre del partido
liberal, para que acepte la Secretaría". Para nadie fue
nunca dudosa la sinceridad de este altivo personaje; y yo recordé
con este motivo que él pensó también en mí para su Secretario de
Hacienda.
Conociendo yo el mal estado en que se hallaban las relaciones
entre el General Gutiérrez y el doctor Murillo, desde los
acontecimientos del 9 y 10 de Octubre, me cuidé de adelantar la
conversación sobre el particular. Era el momento de servir el
almuerzo, y el General me invitó para que le acompañara. Aunque ya
me había hablado de la indisposición que le aquejaba, sólo al
observar en la mesa que absolutamente le faltaba el apetito,
comprendí la gravedad de su mal. Terminado el almuerzo nos
despedimos para no volvernos a ver, recibiendo yo de su férrea mano
un apretón que me recordó el que me había dado el León de Apure en
Nueva York en el año de 1866, en que tuve la inolvidable dicha de
conocerle.
Pasé en Guaduas tres días en casa del doctor Murillo, quien me
atendió con su acostumbrada galantería, y me llevó a conocer dos
pequeñas posesiones de campo que tenía a corta distancia de la
ciudad, a una de las cuales, cultivada de café, había dado el
nombre de Túsculo, en memoria del orador romano.
Recuerdo que en los días en que estuve allí me dio el doctor
Murillo para que leyera un opúsculo sobre
La verdad en la
deuda, escrito por el doctor Aníbal Galindo, probablemente a
indicación del doctor Murillo, quien como hombre discreto no llegó
a decírmelo.
A mi regreso a Bogotá tuve la dolorosa noticia de que el General
Gutiérrez estaba de muerte. Desperté al día siguiente un tanto
sobresaltado, y al salir del dormitorio encontré la fatal noticia
de que en el transcurso de la noche había cerrado para siempre los
ojos a la luz del día este héroe colombiano.
Cuando acepté la Secretaría de Hacienda apenas hacía cuatro años
que había logrado fundar una casa importadora -la primera y hasta
hoy la única que se ha establecido en la Provincia de Vélez- casa
cuyos negocios comprendían no sólo la importación y exportación,
sino también algunas empresas agrícolas en el Carare; el de
movilización de cargamentos, y un contrato para la mejora y
conservación del camino que atraviesa aquella desierta comarca. Me
hallaba, pues, a la cabeza de una de las empresas más progresistas
que se han acometido en Santander, empresa que, hasta entonces,
brindaba un halagüeño porvenir; que era considerada por mí como el
coronamiento de una obra acometida veinticinco años atrás y a la
que estaba vinculado el porvenir de mi familia. ¿Por qué me separé
de la inmediata dirección de ella, para atender al llamamiento que
se me hizo a la Secretaría de Hacienda, no sintiéndome, como no me
sentía, estimulado por la ambición política? La contestación es
para mí muy sencilla, y espero que a nadie sorprenderá: por
consagrar mis fuerzas a otra obra de progreso incomparablemente
superior: la del proyectado ferrocarril del Norte.
A la inesperada renuncia que el doctor Salvador Camacho Roldán
hizo de su candidatura para la Presidencia de la República en 1871,
se siguió una especie de vacío, que muy luego fue llenado con el
nombre del doctor Manuel Murillo. Era yo Senador en esa ocasión, y
dentro y fuera de la Cámara trabajé, con mi acostumbrada decisión,
porque se adoptara esta candidatura.
Un sentimiento de gratitud del doctor Murillo, y algún otro
poderoso móvil que creo haber descubierto más tarde, Y que, siendo
honroso para mí y nada desdoroso para él, revelaré más adelante,
fueron sin duda los motivos que determinaron a este político
insigne a esforzarse, como lo hizo, por doblegar a sus deseos mi
hasta entonces firme resolución de no aceptar puestos públicos que
no fuesen de elección popular.
Como muestra de tan decidido empeño, inserto a continuación una
de las cartas que entonces me dirigió el doctor Murillo, dejando a
juicio del lector el decidir si, atendido el sentimiento de
legítimo orgullo que caracterizaba a este gran personaje, era o no
dicha carta altamente comprometedora. Dice así:
"1872 -Guaduas 22 de Enero.
Mi amigo y señor doctor Parra.
He leído su carta de 19 Enero, la cual me ha causado una penosa
impresión, y a reserva de que hablemos aquí, si me cumple la
promesa de venir, debo someter a su estudio la siguiente
observación.
En dos cosas se empeñó usted en el último año de asistencia al
Senado, a saber, en que se adoptara mi candidatura para Presidente,
y en que se expidiera la ley que tiene por objeto la construcción
del camino de rieles por Boyacá y Santander, la obra más grande y
más importante para nuestro país, y sobre todo para el Estado de
Santander.
Y bien: se le pide luego su concurso inmediato para que esas dos
cosas sean provechosas al país; para que la primera se presente con
garantías de trabajo, de moralidad y dignidad, y la segunda inspire
confianza de realización, y entonces usted afloja, y se niega a
darles su nombre.
Usted no puede hacer semejante cosa: usted faltaría a sus
deberes de patriota, y no tiene cómo justificarse.
No le pido un favor, sino el cumplimiento de un deber. Tenga
esto entendido.
Sus motivos de excusa son de poquísima fuerza. Sus negocios
pueden continuar bien. Usted tiene hermanos, y además usted puede
atenderlos, al mismo tiempo que sirve la Secretaría, la cual no es
siempre abrumante.
Cuento con que viene, pues si no hubiera de venir yo iría, para
que me dé su opinión sobre muchas cosas. Necesito conferenciar con
usted. Me haría una mala partida regresando a su guarida sin venir
o esperarme.
Su amigo afectísimo,
M. MURILLO".
Una vez comprometido a aceptar la Secretaría, debía presentarme,
y me presenté en la capital el día anterior al de la posesión del
nuevo Presidente. Por la noche de ese mismo día me trasladé a su
casa de habitación; y contra lo que era de esperarse en aquellos
momentos, le encontré solo. Después de recibir de él un cordial
saludo de bienvenida, entramos en conversación, paseándonos a lo
largo de la sala, cuando de repente se volvió a mí diciéndome:
-Y bien ¿qué ideas de finanzas me trae usted?
-¿Qué ideas podré yo traer del fondo de la montaña, de donde usted
me ha sacado?
-No se haga el chiquitico -me replicó- y hábleme como viejo
amigo.
-Pues bien, manifestaré a usted con franqueza que la única idea que
hasta ahora he formado es la de que, si hemos de llevar adelante el
proyecto de contratar la construcción del ferrocarril del Norte,
como no debo dudarlo, es preciso solicitar del Congreso la facultad
de alzar el precio de la sal, y la de aplicar íntegramente el
producto de esta renta a la ejecución de aquella grande obra. Al
formar esta opinión he tenido en cuenta que los Estados de
Cundinamarca, Boyacá y Santander, sobre quienes principalmente pesa
el gravamen representado por el precio oficial del artículo, serán
también los que principalmente aprovecharán los grandes beneficios
del ferrocarril; pero que si la ejecución de esta obra no pudiese
contratarse por la presente Administración, debe bajarse el precio
de la sal compactada a cuarenta centavos los doce y medio
kilogramos, como una medida de equidad en materia de impuestos
nacionales, y de fomento a la industria pecuaria.
-Tiene usted carta blanca -me contestó- poniéndome la mano sobre el
hombro.
Y en justicia debo decir hoy, lleno de reconocimiento hacia
aquel grande amigo, que tuve carta
blanca en todo su período
administrativo, no sólo para aquel negocio, sino para todos cuantos
cursaron por la Secretaría a mi cargo. Tan ilimitada así fue la
confianza que el Presidente fincó, no seguramente en mis aptitudes,
bien limitadas por cierto, pero sí en mi consagración, en mi
honradez y en el vivo deseo que me animaba de contribuir al
lucimiento de aquella Administración.
En el mismo día de su posesión comunicó el Presidente al Senado
los dos únicos nombramientos de Secretarios del Despacho ejecutivo,
hechos por él en aquel día -el de Hacienda y Fomento y el del
Tesoro, que recayó en el General Ramón Santodomingo Vila. Citados
por el Presidente los dos Secretarios para discutir al siguiente
día el célebre Mensaje sobre reducción de la deuda exterior, nos
ocupábamos en la lectura de este importante documento- al cual
propuse yo una ligera reforma que tendía a evitar toda sospecha de
repudiación de la deuda, reforma que acogió el Presidente; -cuando
de modo inesperado dejó éste su asiento, y encargándonos de que
continuáramos en el estudio del Mensaje, se retiró del salón. ¿Qué
había motivado esta salida? La llegada a Palacio de nuestro común
amigo Miguel Salgar, quien de modo apenas percibido por mí, le
había hecho una seña al Presidente. No pudiendo dominar la
curiosidad, salí también del salón poco después que él, y encontré
la desagradable noticia de que el nombramiento del General
Santodomingo Vila había sido desaprobado por el Senado. No
queriendo presenciar el acto de la participación de esta noticia al
General Santodomingo, me retiré de Palacio. Al día siguiente volví
a firmar el referido Mensaje a falta de Secretario del Tesoro; y lo
hice con la más perfecta convicción de que, en el fondo, no se
afectaría en lo más mínimo los intereses reales y efectivos de los
acreedores extranjeros, y sí sólo la remota, y aún podría decirse
ilusoria esperanza de que, con el andar de los tiempos, pudiera
Colombia hacer frente al pago de los intereses de esa enorme deuda,
cuando ya los bonos que la representaban hubiesen pasado, en serie
indefinida, de unas a otras manos; cotizándose a menor precio cada
día, y, por consiguiente, dada la capacidad fiscal del gobierno,
para pagar con puntualidad los intereses de la deuda, una vez
reducida al valor que tenía en el mercado; Y dado igualmente el
firme propósito de cubrir con toda exactitud los intereses del
capital así reducido, propósito que fue lealmente cumplido por esa
y por las dos siguientes Administraciones, se llegaría, como se
llegó efectivamente, en menos de cinco años, a obtener en la Bolsa
de Londres una cotización de nuestros Bonos de más del 40 por 100,
con notable beneficio para los tenedores de la deuda y provecho
para Colombia, que empezaba así a fundar su verdadero crédito.
Añadiré a este breve razonamiento lo que con el mismo objeto
dije en mi Memoria de Hacienda de 1873, es a saber:
"Año tras año se había hecho presente a los
Legisladores que los compromisos contraídos con los acreedores
públicos eran de tal modo superiores a los recursos fiscales de la
Nación, que si se hubiera llegado a cumplir fielmente una vez
siquiera, por este solo hecho el Gobierno habría dejado de existir.
La imposibilidad absoluta de dar cumplimiento a tan enormes
obligaciones, palpada y reconocida por los acreedores mismos, había
convertido en
nominales los 2/3 al menos del valor de
nuestra deuda. El crédito de Colombia era una ficción funesta, por
cuanto le faltaba uno de los dos fundamentos sobre que reposa el
verdadero crédito -la posibilidad material de pagar; y en cuanto a
la deuda interior, el descrédito del Gobierno no sólo daba margen a
especulaciones usurarias que distraían los capitales de su más
natural y fecunda aplicación en nuestro país -la industria agrícola
sino que daba origen a intrigas políticas de la peor trascendencia,
en razón a que, por medio de una disposición legislativa, se podía
aumentar o disminuir en centenares de miles el valor real de la
deuda. En tal situación el arreglo definitivo del crédito interior
y exterior, sobre la base de la posibilidad del pago, vino a ser
una necesidad premiosísima para el Gobierno, a la cual hubo de
consagrar asidua atención, en la parte relativa a la deuda
exterior, la precedente Administración, preparando el camino para
la gran medida que se consumó después.
"La solución de esta cuestión por el solo medio que
estaba a disposición del Gobierno, entrañaba la de un problema
moral cuya gravedad y trascendencia hizo vacilar a muchos espíritus
firmes y patrióticos. Tratábase de saber si el Gobierno tiene
derecho para decir a sus acreedores: No reconozco en los
documentos representativos de mi deuda otro valor que aquel por el
cual ustedes los estiman y enajenan en la Bolsa, o sea en el
mercado público. En cambio pagaré puntual y religiosamente los
nuevos valores, por cuanto además de la voluntad, tengo los
medios de hacerlo.
"Para resolver esta cuestión con perfecto conocimiento
de causa, tuviéronse en cuenta los hechos y consideraciones que
paso a exponer:
"1° La inculpabilidad moral de la Nación con respecto a
las causas de su descrédito y del mal estado de sus finanzas;
"2°La imposibilidad de amortizar, aún en el
decurso de muchas generaciones, una deuda destinada a crecer en la
enorme proporción de 7 a 34, a medida de los sacrificios que se
hicieran para pagarla;
"3° Graves dificultades para entrar en convenios con
los acreedores, especialmente con los internos, que no habiéndose
constituído solidarios entre sí, nunca llegaron a formar un comité
que representara el derecho común;
"4° Que sin embargo de no haberse pagado hasta ahora
íntegramente los intereses de la deuda en ningún año, la parte que
de ellos se cubría representaba todo el sobrante de los gastos de
mera subsistencia del Gobierno, y que la continuación de este
estado de cosas condenaba indefinidamente el país a la inmovilidad;
y
"5°, finalmente. Que habiendo pasado de una a otra mano
los documentos representativos de la deuda, en escala difícil de
medir, la pérdida de los primitivos acreedores era ya irreparable,
en tanto que a los tenedores actuales de la deuda no se les iba a
disminuir en un céntimo la suma de valores que en
conciencia
tenían derecho a recibir.
"Nueve meses han transcurrido apenas, ciudadano
Presidente, desde que propusisteis a la Nación, en vuestro Mensaje
del 4 de abril, esta grave cuestión, y ya ella, por medio de su
órgano más autorizados, os ha contestado afirmativamente. Tenéis,
pues, sobrado motivo para congratularos por ese acto de energía
vuestro, uno de los más grandes que se han ejecutado por el
Gobierno del país, en tiempo de paz.
"En cuanto a mí, débil auxiliar vuestro en la
realización de la gran medida, puedo decir con plena conciencia,
pero sin ningún sentimiento de orgullo o de vanidad, que creo, con
ello, haber servido también al país".
Veamos ahora lo que acerca de esta misma importantísima cuestión
dijo el Secretario del Tesoro en su Memoria al Congreso de
1873:
"A virtud de negociaciones iniciadas desde la
Administración anterior, los acreedores extranjeros por medio de su
Comité de tenedores de bonos se dirigieron en primero de marzo al
Gobierno manifestándole estar dispuestos a entrar m un nuevo
arreglo sobre las bases que paso a expresar:
b) Entrega de $ 10.000.000 en bonos de los Estados Unidos le
Colombia a la rata del 5 por 100 anual, en cambio le los antiguos
de la Nueva Granada conocidos con el nombre le
activos, nuevos
activos, y diferidos, el valor de los cuales montaba en números
redondos a $ 33.144.000".
Siguen las cláusulas c), d) y e), que se omiten por tratarse m
ellas de puntos accesorios).
Viene en seguida (página 19) el Convenio de 1° de enero de 1873,
celebrado entre el Secretario del Tesoro, doctor Felipe Pérez, y el
Agente de los acreedores extranjeros en Bogotá, convenio ajustado a
la Ley de 8 de mayo de 1872.
El artículo 2° de este Convenio es del tenor siguiente:
"Todos los bonos de la deuda nacional exterior en
actual circulación, o emitidos a virtud del Convenio de París de 25
de marzo de 1861 y de cualesquiera otros Convenios anteriores,
quedan cancelados de hecho, y en su reemplazo e1 Gobierno de
Colombia emitirá dos millones de libras esterlinas ($10.000.000) en
bonos de deuda exterior colombiana; dichos bonos
ganarán desde el 1° de enero, de 1873 el cuatro y medio por ciento
de interés anual hasta el 31 de diciembre de 1877; y el cuatro y
tres cuartos por ciento de interés anual de esta última fecha en
adelante".
Como se ve, el capital reconocido fue exactamente el mismo que
los acreedores propusieron que se reconociese, y la diferencia del
tanto por ciento anual fue sólo de un cuarto por ciento en favor de
la República
(1)
.
Esto respecto de la deuda exterior; que en cuanto a la interior
-para la cual se solicitó también por el Poder Ejecutivo una
reducción en los fondos destinados al pago de ella- he aquí lo que
el doctor Pérez, Secretario del Tesoro, dice en su Memoria, página
39:
"La situación fiscal de Colombia llegó a ser la
siguiente: la renta de Salinas en su parte libre (85 por 100) se
invertía toda en la fuerza permanente, las pensiones de los
militares de la Independencia y las de las monjas exclaustradas. La
renta de Aduanas se dividía así: 60 unidades para los acreedores
internos; 37 1/2 para los externos, 2 1/2 para los gastos del
servicio del ramo. No quedaba, pues, para los gastos ordinarios de
la administración pública en los tres ramos cardinales del Gobierno
y en el ramo diplomático y consular, sino los $250.000 del
ferrocarril de Panamá y algunos rezagos, que a lo sumo alcanzarían
a $50.000; total $ 300.000.
"Los legisladores de 1872 no fueron sordos a vuestras
indicaciones, y en 23 de abril expidieron una ley por la cual no
debía pagarse a los acreedores extranjeros más que $300.000 por
año, según el artículo 4°- del Convenio de París y no 750.000; y la
Ley de 10 de junio que destinó para el servicio de la deuda
interior la suma de $ 720.000.
"Modificada así la situación, esto es, echado por
tierra el sistema de la distribución
total de la renta de
Aduanas entre cierta clase de acreedores públicos, quedó libre al
Fisco la suma de $ 1.283.585 en cada año, y perteneció al país en
masa y no a determinados acreedores, el incremento de la primera
renta de la República.
"La Ley de 10 de junio último, llamada a marcar una
época en nuestros fastos financieros, no perjudicó en nada notable
a los tenedores de documentos de crédito, pues las cotizaciones de
éstos continuaron casi en el mismo pie que antes, con la
circunstancia de que se asignó interés a los cupones en
circulación, a la deuda de Tesorería representada en órdenes de
pago por renta nominal, y a los Vales por intereses del 4 por 100
sobre cada $ 30 de valor real o sea el 13 1\2 por 100 al año.
Compensación sobrada a cualquier desequilibrio producido por el
momento en el valor de los papeles".
Y sin embargo, la oposición había levantado el grito al cielo,
clamoreando contra la reforma fiscal, a la que aplicó los más
odiosos calificativos, como expoliación, despojo, etc. Creyeron sin
duda los directores de la prensa oposicionista que ésta era una
ocasión propicia para herir de muerte al Gobierno, sublevando
contra él todas las conciencias honradas, sin echar de ver que su
hipocresía era patente a los ojos de los que no estaban obcecados
por la pasión o por el ciego interés del partido. Cuando el ataque
hubo alcanzado sus más altas proporciones, el Presidente llamó a
Palacio algunos de sus amigos y les sugirió la idea de suscribir
manifestaciones en apoyo de la combatida reforma. Estas afluyeron
de todas partes; y cuando el doctor Carlos Holguín, quien dirigía
el ataque, vio cercana su derrota, se retiró de la lucha diciendo a
sus amigos, con el desenfado propio de su carácter, que el doctor
Murillo tenía siempre de reserva, en cualquier polémica, una última
jugada; cual si se hubiese tratado de una partida de tresillo.
Cuando el debate no puede tener ya otro resultado que el de
mantener los ánimos en estado de exaltación, viene a ser de
oportunidad uno de esos golpes de efecto, en que de ningún modo
entra la violencia, que sería contraproducente. Y no podía tener
otro resultado porque estaba en la conciencia de la mayoría del
Congreso que el arreglo de la deuda pública era de vital necesidad
para la Nación, y que por el aspecto de la moralidad era un acto
comparable al de un deudor que entrega a sus acreedores todo cuanto
tiene, reservando solamente lo absolutamente necesario e
indispensable para la subsistencia de la madre, esposa e hijos.
Los resultados prácticos de la gran medida fiscal, conducida
hábilmente por el doctor Pérez, vinieron muy pronto a confundir a
sus opositores, y entonces se reconoció la importancia del servicio
que la Administración de 1872 a 1874 había prestado a la Nación.
Para esto se necesitaba verdadero valor civil de parte del primer
Magistrado y de su Secretario del Tesoro y Crédito Nacional, pero
ésta sí era, según hemos dicho atrás, una de las grandes dotes
políticas de ambos.
Al terminar la introducción a la Memoria de 1874, después de
haber manifestado, en síntesis, que el problema fiscal que tanto
había ocupado a nuestros hombres públicos, desde los primeros días
de la Patria, estaba resuelto de una manera favorable, agrega el
señor Secretario del Tesoro: "Toca a las nuevas
Administraciones mantener en ese pie los resultados adquiridos; los
cuales, sea dicho de paso, no son la obra de un hombre, ni acaso de
una generación, sino del concurso, ya latente, ya manifiesto, de
muchas inteligencias, el resultado del tiempo, y, sobre todo, el
producto de una virtud: el manejo honrado de los caudales
públicos".
Lástima grande -diremos con el poeta aludiendo al último
concepto- que después del período
regenerativo, no podamos
ya alardear de tanta belleza.
Pocos días después fuí llamado al Senado para asistir a la
discusión de un proyecto de ley por la cual se cedían ciertos
derechos sobre las salinas marítimas de propiedad nacional, a los
Gobiernos de Bolívar y el Magdalena. Combatí, desde luego, el
mencionado proyecto, que estaba en tercer debate, fundado en que la
cesión de aquellas salinas a los referidos Estados impediría el
aumento del precio de la sal procedente de las salinas del
interior, por la competencia que aquella podría hacerle en los
mercados del Norte de Santander y parte de los del Tolima; quedando
así privado el Gobierno del cuantioso recurso que por medio de tal
aumento en el precio de la sal de producción oficial, se proponía
obtener para ayudar a la construcción del ferrocarril del Norte; y
el proyecto fue negado.
Olvidado tenía yo este incidente, cuando recibí, a las seis de
la tarde, una esquela del Presidente, en que me citaba para las
siete de la noche de ese mismo día a una conferencia en
Palacio.
Sin la menor idea del asunto que se iba a tratar, me presenté en
la casa de Gobierno a la hora señalada. Estaban allí reunidas las
Diputaciones de Bolívar y Magdalena, con el General Santodomingo
Vila, Comandante en Jefe de la Guardia Colombiana. No bien hube
tomado asiento cuando el Presidente manifestó el objeto de la
reunión, cual era el de que yo discutiera con aquellas Diputaciones
el proyecto de ley que había combatido ese mismo día en el Senado.
La discusión no fue demasiado larga, y dio el resultado que era de
esperarse; ni yo logré convencer a mis honorables contrincantes, ni
ellos pudieron hacerme cambiar de opinión. Suspendido el debate,
tocaba al Presidente decidir la cuestión. Después de un corto
silencio se levantó de su asiento, y frotándose las manos -lo
recuerdo como si hubiera sucedido ayer- se expresó en estos
términos:
"Pues yo sí soy de opinión que el Gobierno federal debe
ayudar con sus rentas a los Estados, para el sostenimiento de sus
escuelas y la mejora de sus vías de comunicación. pero ustedes
acaban de ver que el señor Secretario de Hacienda no participa de
estas ideas". Y en seguida tomó su asiento.
Yo miré fijamente, por un momento, al señor Presidente; y
después de cambiar unas pocas palabras con el diputado que tenía a
mi derecha, me despedí de la Junta.
Cuando puse el pie fuera de Palacio me consideré también fuera
de la Secretaría; y al llegar a casa extendí mi renuncia de aquel
empleo, sin lo cual no habría podido dormir tranquilamente.
A las ocho de la mañana del siguiente día envié mi renuncia al
Presidente; y en el término de la distancia recibí de él una
esquela muy amable -como lo eran todas las que dirigía a sus
Secretarios- en que me invitaba para que fuese a Palacio a las once
y media del día.
Puntualmente, como lo he tenido de costumbre, concurrí al lugar
de la cita. El Presidente me aguardaba, no sin alguna ansiedad,
pues que al sentir mis pasos en la escalera, salió al corredor.
-¿Conque usted quiere abandonarme con cualquier pretexto? me
dijo tomándome del brazo y conduciéndome a la pieza
inmediata.
-No, señor -le contesté- dando a mi voz la más seria entonación
posible. Me creo incapaz de una ligereza semejante. Lo que hay es
que el señor Presidente y yo disentimos en una cuestión en que se
compromete la mejor esperanza de emprender la obra para la que fuí
especialmente llamado a la Secretaría de Hacienda.
-Pierda usted cuidado, mi buen amigo, y no se preocupe por tan
poco. Déjeme arreglar ese asunto, y tenga seguridad de que la
empresa del Ferrocarril del Norte será atendida por mí con toda
preferencia. No defraude usted de ese modo la esperanza que he
tenido de que marchemos en la mayor armonía. Y al decir esto, con
la familiaridad que solía usar con algunos de sus amigos, me puso
la renuncia dentro del bolsillo, sin decirme cómo pensaba arreglar
el asunto.
Transcurridos algunos días, fuí informado de que el doctor
Carlos Martín había presentado en el Senado, a nombre del
Presidente, un proyecto de ley semejante al que se negó en la
sesión de que antes he hablado; y que este proyecto había pasado ya
en segundo debate. Inmediatamente ocurrí a casa del doctor Teodoro
Valenzuela, que también era Senador, y le hice la súplica de que,
al abrirse el tercer debate de aquel proyecto, fijara una
proposición en que se me llamase para asistir a la discusión de él.
Y como hubiese pasado el tiempo de la sesión sin haber recibido el
llamamiento, me dirigí nuevamente al doctor Valenzuela a informarme
de lo ocurrido; y él me manifestó que el doctor Martín le había
impedido materialmente escribir la proposición. Al otro día, sin
esperar el llamamiento, me dirigí al salón de la Cámara de
Representantes; y tan luego como se abrió el primer debate del
referido proyecto, hice uso de la palabra para manifestar que yo
había combatido en el Senado, sin especial autorización del
Presidente, un proyecto análogo al que actualmente se discutía; y
después de exponer las razones que a ello me habían movido, y que
son en compendio las mismas que atrás he manifestado, concluí
diciendo que el hecho de haber sido presentado este proyecto en el
Senado a nombre del Presidente de la Unión, y el de haber sido
aprobado en todos tres debates por aquella Cámara, hacían de él una
alta recomendación; y que yo suplicaba a la honorable Cámara que lo
aprobase, al menos en primer debate. El proyecto pasó, sin embargo,
con sólo dos votos de mayoría. Alguien debió llevarle esta noticia
al Presidente, quien me dirigió en el acto una esquela en la que me
suplicaba que al salir de la Cámara entrara en Palacio. Así lo
hice, en efecto, y al llegar a la puerta del salón de recibo oí
esta frase del Presidente dirigida al Secretario de Relaciones
Exteriores, con quien se hallaba: "Pero Parra se ha
obstinado". Una vez dentro del salón fuí saludado por el
Presidente con toda la afabilidad que él empleaba en el trato
social, Y en seguida me dijo: "He sabido que usted atacó
hoy en la Cámara un proyecto de ley que yo hice presentar en el
Senado, y lo he llamado para ver si al fin podemos ponernos de
acuerdo en este asunto".
-Le han informado a usted mal -le contesté- yo no fuí a la
Cámara a combatir el proyecto, sino a explicar mi conducta en lo
relativo a él, para evitar que se piense que procedí con ligereza
cuando ataqué en el Senado el primer proyecto sobre la misma
materia; hecha allí esta explicación, nada más tengo que hacer en
el asunto; pues yo no debo pretender que mi opinión prevalezca
sobre la del señor Presidente. Pero lo que sí debo advertir es que
la mayoría de la Cámara no se inclinaba a votar el proyecto.
-Está muy bien, me contestó: véngase usted mañana a almorzar
conmigo, y le daremos la última mano a ese asunto.
Refería yo este incidente a mi amigo Miguel Salgar en la noche
de ese mismo día, y él me contó entonces algo bien desagradable que
con motivo de tal asunto había ocurrido entre el General
Santodomingo Vila y el Presidente, y que éste se guardó de
referirme. Es el caso que al siguiente día de la reunión tenida en
Palacio para discutir el proyecto sobre salinas marítimas, el
General Santodomingo le dirigió una carta al Presidente haciéndole
el cargo de que prefería conservarme en la Secretaría de Hacienda a
cumplir un ofrecimiento hecho a las Diputaciones de Bolívar y el
Magdalena. El Presidente le contestó que él no podía hacer de eso
una cuestión de gabinete, y que tampoco podía dejar de ver sin
profundo desagrado que el Comandante de la Guardia Colombiana se
dirigiese a él en la forma en que lo había hecho.
Mi conferencia al día siguiente fue de pocas palabras. El
Presidente me manifestó el compromiso que tenía y la conveniencia
que, a su modo de ver, había en hacer aquella concesión a esos dos
Estados cuyas rentas eran muy escasas. Se convino, pues, en que,
llegado el caso de elevar el precio de la sal, se solicitaría del
Congreso el establecimiento de un impuesto de internación de sal
marítima para evitar la prevista competencia, quedando así allanada
la dificultad.
Entre las grandes dotes políticas del doctor Murillo, el
conocimiento de los hombres -debido quizá más que al estudio a su
natural sagacidad- y el don de gentes, no eran de las menos
notables. Penetraba con facilidad así el carácter moral como las
aptitudes intelectuales de las personas con quienes entraba en
relaciones, y sabía muy bien para qué podía servir cada una de
ellas; de manera que los malos nombramientos que solía hacer, o
eran el resultado de compromisos personales, u obedecían a algún
fin político, generalmente eleccionario.
Poseía el doctor Murillo en alto grado aquella cualidad que
Macaulay echó menos en Guillermo III: el arte que dobla el valor de
un servicio y hace perdonar el disgusto de una negativa. Varias
veces le vi dar de limosna a una de esas señoras que llaman
vergonzantes una pequeña moneda, pero lo hacía colocándola dentro
de la mano, estrechando ésta y acompañando el favor de una cariñosa
mirada. Muy al contrario de otros personajes a quienes he visto
extender el brazo para regalar un peso, sin volver a mirar al que
lo recibe. Fácilmente se advierte la distinta impresión que cada
caso dejará en el ánimo del favorecido.
Aunque generalmente se le creía inconsecuente en la amistad, y
se le atribuía el concepto de que en política no se debían pagar
los servicios hechos sino los que estaban por hacer, yo creo que lo
primero no pudo ser aplicable a sus amigos personales, pues yo soy
testigo de que muchos de ellos lo fueron durante toda su vida; y en
cuanto a lo segundo, nunca se lo oí decir. Ni en los círculos de
sus más íntimos relacionados se expresaba jamás con vehemencia
contra sus enemigos; y apenas si un fino sarcasmo solía escaparse
de sus labios. En cambio era muy parco en el elogio; y tanto, que
de todos nuestros hombres públicos sólo del General Santander le
oía hablar con la debida admiración. Gustaba de bromear con sus
inferiores, y chanceaba con los amigos de su intimidad.
La fisonomía del doctor Murillo era de las más inteligentes que
he conocido; y tanto su mirada como sus modales eran en extremo
seductores. Esmerado en su vestido y de una correcta educación,
poseía además toda la distinción personal que es propia de las
gentes de alta sociedad.
Como no hubiese sido en Tescua, donde debió de hallarse el 1°-
de abril de 1841, en clase de Secretario del. General Carmona,
ignoro que se hubiese encontrado en ningún otro campo de batalla.
No tenía seguramente el valor militar propio de la mayor parte de
nuestros jóvenes de buena sociedad, pero sí el valor personal
necesario para hacerse respetar en toda situación como lo demostró
en cierto encuentro con el doctor Alejo Morales, justamente
reputado como valiente en todo campo. En lo tocante al valor de sus
convicciones políticas y filosóficas, lo poseía en el más alto
grado. Con su artículo
Fotografía social y empirismo penal,
demostró cuán capaz era de desafiar las preocupaciones sociales más
arraigadas, a la manera como el General Santander lo había hecho
mandando enseñar en los colegios públicos Legislación por Jeremías
Bentham; y con el famoso artículo titulado
Alea jacta est,
arrojado como un guante a la faz del Gobierno en 1860, cuando
acababa de estallar la gran revolución de aquel año, revolución que
no había podido contener con toda su autoridad de Jefe del Partido,
demostró que era muy capaz de arrostrar toda clase de persecuciones
para conservar dignamente la posición que ocupaba en su
partido.
En lo tocante a sus íntimos afectos, sólo diré que cuando un
amigo me refirió que, hallándose a la cabecera del lecho mortuorio
del doctor Antonio María Pradilla, derramó algunas lágrimas en el
momento en que este amigo acababa de expirar, estuve por dudarlo.
No hallaba compatible aquel movimiento de ternura con el estoicismo
que yo había creído observar en el fondo de su carácter, y del cual
dio la más elocuente demostración en la hora de su muerte. Tales me
parecieron que eran los principales rasgos del carácter del hombre
público que por tan largo tiempo brilló como estrella de primera
magnitud en la tribuna política y en la prensa periódica; que tanto
contribuyó al esplendor de la Administración del General José
Hilario López, y que en la primera que le tocó a él mismo presidir
(1864 a 1866) dio prueba de ser un verdadero hombre de Estado.
En su viaje a los Estados Unidos y Europa había modificado el
doctor Murillo algunas de sus ideas políticas y económicas. De ahí
el que hubiésemos visto, para no poner más de un ejemplo, al
antiguo defensor del principio absoluto del
dejar hacer,
estableciendo en Colombia, por cuenta del Gobierno, el alambre
telegráfico.
A diferencia de su primera elección presidencial (1863), que fue
un acto espontáneo y casi unánime del liberalismo triunfante, la de
1871 encontró algunas resistencias. El mismo lo comprendió así,
pues yo recuerdo haberle oído decir que por esa vez no se sentía
fuerte. De ahí que se hubiese ayudado en la elección, bien que con
toda la delicadeza propia de un hombre que se respeta a sí mismo, y
a quien el manejo de los negocios y el trato de las gentes, añadido
a su gran capacidad, habían dado un tacto exquisito. Pero es lo
cierto que esa intervención, por indirecta que hubiese sido, como
indudablemente lo fue, no dejó de crearle compromisos que le
sirvieron de embarazo al principio de su Administración. No hubo ni
podía haber nada que se pareciese a un contrato de
do ut
des; pero toda insinuación, por indirecta que fuese, en lo
tocante a su propia elección, tenía naturalmente un valor
entendido.
Desaprobado el nombramiento de Secretario del Tesoro, según se
ha visto atrás, sin otro motivo acaso que el de suponerse que con
ese nombramiento se retribuía al General Santodomingo Vila el apoyo
que había dado a la candidatura Murillo, como Presidente del Estado
de Bolívar, el personal del Ministerio quedó reducido por espacio
de algunos días al Secretario de Hacienda y Fomento; lo que causó
naturalmente mala impresión aún entre los amigos del Gobierno.
Notada que fue por mí, lo hice saber sin demora al Presidente,
quien en mi presencia envió a preguntarle al doctor Medardo Rivas,
que tenía asiento en la Cámara de Representantes, si le hacía
extender el nombramiento de Secretario de lo Interior y Relaciones
Exteriores, que indudablemente le había sido ofrecido; y como
contestase negativamente, llegó el caso de pensar en otro
candidato. Yo aproveché tal coyuntura para indicar al doctor Gil
Colunje, indicación que fue aceptada por el Presidente con esta
frase: "también es un amigo".
El nombramiento del doctor Felipe Pérez, en reemplazo del
General Santodomingo Vila, hubo de retardar más aún, a causa, según
pudo traslucirse, de que la desaprobación hecha al nombramiento de
este último, puso receloso al doctor Pérez, que tenía asiento en el
Senado, y quien como persona avisada no quería exponer su
nombramiento a que fuese deslustrado con algunas balotas negras;
motivo igual supongo que determinó la definitiva excusa del doctor
Rivas. Pasados unos pocos días se encargó el doctor Pérez de la
Secretaría del Tesoro, previa aprobación de su nombramiento por el
Senado; y con el que se hizo en esos mismos días en el señor Manuel
Abello para Secretario de Guerra y Marina quedó completo el
Ministerio.
Poco días después de hallarme en posesión de la Secretaría me
dijo el Presidente que fuera pensando en un candidato para Jefe de
la primera Sección, pues que, en su concepto don Rafael de Porras,
que desempeñaba ese destino, era un empleado esencialmente
rutinero, y que me aconsejaba colocase allí una persona de mayores
aptitudes, para evitar que pesase sobre mí, íntegramente, la parte
más laboriosa del Despacho. Acepté con gusto la indicación, a
reserva de informarme más detenidamente de la marcha de la
oficina.
Don Rafael de Porras había venido desempeñando, desde el tiempo
del señor Castillo Rada, un puesto más o menos subalterno en esa
oficina, y tenía reputación de ser el más conocedor de su archivo;
circunstancia a que debió, según yo mismo lo recordaba, el haber
sido el único de los empleados de la Administración Ospina que
continuó ocupando su puesto bajo el Gobierno provisional del
General Mosquera en 1861.
Poseía en alto grado don Rafael las buenas dotes de los
oficinistas de antigua data: espíritu de orden, absoluta
consagración al desempeño de su empleo y la necesaria rigidez con
sus subalternos. Era un anciano que rayaba en los setenta años; y
se comprendía a primera vista que su separación de ese puesto sería
para él casi un golpe de muerte, por cuanto le privaría de medios
de subsistencia; pues bien sabido era que no había hecho ahorros en
su larga vida de empleado.
Informado de esto el Presidente, me dijo que le ofreciera un
puesto en la Casa de Moneda; y al hacerlo vi con pena cumplida mi
previsión. Recibió el anuncio como la notificación de una
sentencia, y profundamente inmutado me dijo, que si se le quitaba
ese destino se le condenaría a la miseria, porque él se consideraba
incapaz de desempeñar otro cualquiera. Yo le contesté sin vacilar:
no tenga usted cuidado; mientras yo sea Secretario, usted
conservará su destino. Nunca olvidó don Rafael de Porras este
servicio, y yo no tuve por qué arrepentirme de haberlo hecho; pues
era él precisamente el hombre que yo necesitaba en ese puesto. Yo
había entrado en la Secretaría con el firme propósito de estudiar y
resolver por mí mismo, a costa de cualquier esfuerzo, todos los
asuntos que cursaran en mi Despacho, a fin de poder explicar y
defender todos mis actos, si llegaban a ser censurados, ya fuese en
las Cámaras Legislativas o por medio de la prensa. Y como me era
casi absolutamente desconocida la legislación fiscal, necesitaba un
subalterno que pudiese suplir esa falta, y que conociese además los
antecedentes de cada uno de los negocios; y para esto no tenía
rival el decano de los empleados subalternos de la Secretaría de
Hacienda.
Se comprende desde luego cuán excesivo fue el trabajo que me
impuse. Lo primero a que me contraje fue a estudiar la organización
de las rentas públicas, especialmente las de Aduanas y Salinas; y
la exposición que acerca de cada una de ellas hice en mi Memoria de
1873, las reformas que en ella recomendé y obtuve del Congreso,
reformas encaminadas principalmente a moralizar esas rentas, y, por
último, el incremento que ellas tomaron, son la demostración más
inequívoca de que mis esfuerzos no fueron perdidos.
El impulso que la ley de mejoras materiales del año anterior
(1871) dio al ramo de Fomento, no tenía precedente en nuestra
historia.
"Este ramo de la Administración pública -dije en la
citada Memoria de 1° de Febrero de 1873, página 67- ha adquirido de
poco tiempo a esta parte una importancia tal, que no ha
transcurrido quizá una semana desde que me encargué de la
Secretaría de Hacienda sin que haya habido sobre la mesa de mi
Despacho algún negocio relacionado con el de Fomento. Los contratos
celebrados, que en número e importancia exceden a los que se
hicieron durante las dos Administraciones precedentes, son la mejor
demostración de lo que acabo de decir".
Y en efecto, el trabajo en este ramo se recargó de tal modo, que
si no hubiera tenido yo una especial versación en materia de
contratos -versación adquirida en varios años de práctica
comercial-; y si no hubiera tenido en la Sección respectiva un
empleado tan consagrado e inteligente como el señor doctor José
Ignacio Escobar, no me habría alcanzado materialmente el tiempo
para prestar toda la debida atención a ese solo ramo de la
Secretaría; y no podría decir hoy, como con verdadera satisfacción
lo hago, que ninguno de esos contratos mereció la menor censura por
parte de la prensa, ni objeción alguna de parte del Congreso. A ese
incesante trabajo debí el que se me hubiese eximido, por el
Presidente, de la obligación de concurrir al Consejo de Gobierno,
que se reunía diariamente en Palacio, y en el cual cada Secretario
daba cuenta de los negocios que en su respectiva oficina estaban
para resolverse. De ahí también, pero principalmente de la
confianza con que me honró el Presidente, la especie de autonomía
de que gocé en el ejercicio de mis funciones.
Puedo decir, sin exageración, que el Presidente descansó en su
Secretario de Hacienda con igual confianza a la que un padre puede
depositar en su hijo. Por regla general no se imponía el Presidente
de los actos y resoluciones de la Secretaría de Hacienda, sino
cuando aparecían publicados en el Diario Oficial; y no por
negligencia, que no era éste ni por asomo defecto del doctor
Murillo. Casi todo su trabajo, en lo relativo a contratos, se
reducía a escribir cartas misivas al Secretario de Hacienda,
recomendándole el despacho de cada uno de los negocios que se le
proponían y la persona o personas proponentes.
Citaré algunos casos en que apareció claramente que el
Presidente no se detenía un momento a examinar las propuestas que
recomendaba.
Un día se presentaron en mi Despacho cinco distinguidos sujetos
con una carta del Presidente, en que me recomendaba la celebración
de un contrato con estos mismos señores para la construcción del
puente de Girardot, manifestándome que, como tolimense, tenía
especial interés en que se llevara a cabo esa obra, y que los
amigos recomendados por él para contratarlo ofrecían -como así era
la verdad- toda clase de garantías en lo tocante al cumplimiento de
la obligación que contrajesen.
Con positiva complacencia y con la debida atención recibí a esos
caballeros, a quienes también consideraba como amigos míos.
La Ley de 5 de junio de 1871, que autorizaba al Poder Ejecutivo
para contratar la ejecución de varias obras materiales, entre ellas
el referido puente, mandaba garantizar el 7 por 100 de interés
anual sobre la cantidad en que se contratase cada una de ellas; y
en su artículo 20 destinaba hasta 5.000.000 de hectáreas de tierras
baldías, que el Poder Ejecutivo podría conceder, en cantidades
proporcionales, como estímulo en favor de las empresas que se
mandaba fomentar, y cuyo valor total montaba a la suma de $
11.900.000. Acordado que fue el valor de la construcción del puente
en la suma de $ 100.000, y aceptada por los proponentes la garantía
del interés anual del 7 por 100 sobre esa suma, por el término de
veinticinco años, quedaba por fijar la cantidad de tierras baldías
que, como estímulo, debían adjudicarse a los contratistas. Y como
les preguntase qué cantidad de hectáreas pretendían ellos que se
les adjudicase, contestaron que 200.000.
A pesar de la consideración que me merecían estos caballeros, y
de la seriedad y compostura que yo estaba obligado a guardar, no
pude prescindir de traer a cuento una comparación que me ocurrió al
instante. Dije a estos respetables amigos que la exigencia de
200.000 hectáreas de tierras baldías, en calidad de estímulo para
contratar una obra de valor de cien mil pesos, me recordaba el modo
de alimentar a los jornaleros en la Provincia de Vélez, en donde se
les servía una pequeñísima cantidad de carne y un gran plato de
ají, que, como se sabe, es un poderoso estimulante. Dos o tres de
los contratistas sonrieron, pero otro se sintió mortificado y me
observó con cierta vivacidad que el Presidente de la República no
había hecho objeción alguna a los términos de su propuesta. No dudo
que así sería -le contesté- pero conviene que usted tenga en cuenta
que el Secretario de Hacienda también pone su firma en los
contratos. En seguida abrí el Código de leyes de 1871, y
presentándoles la que trataba de aplicar, les llamé la atención a
las dos grandes cifras que en ella figuran, diciéndoles que para
fijar la cantidad de tierras baldías que deberían adjudicarse en
este caso, consultando la letra de la misma ley, el procedimiento
no podía ser otro que el de practicar esta regla de proporción: si
a $11.900.000 -cantidad a que asciende el valor total de las obras
que por la citada ley se manda fomentar- corresponden cinco
millones de hectáreas de tierras baldías, a $ 100.000 cuántas
corresponderán? Y como resultase, en números redondos la cantidad
de 42.016 hectáreas, los contratistas sorprendidos fueron echándose
hacia atrás.
Pocos días después me preguntó el Presidente qué había sido del
proyectado contrato para la construcción del puente de Girardot.
-Qué había de ser- le contesté. Desde que yo vi a cinco magnates de
la talla de los que usted me recomendó, unidos para contratar la
construcción de aquel puente, comprendí que habían sufrido alguna
equivocación; pues que en un contrato de la cuantía de ese,
arreglado en sus condiciones a lo que dispone la ley, no podía dar
margen a utilidades que, repartidas entre cinco, pudieran ser un
halago para los autores de la propuesta. Así fue que, al ponerles
de manifiesto las disposiciones de la ley, y el modo como yo
entendía que debía aplicarse, desistieron de la empresa, según pude
comprenderlo.
El Presidente sonrió ligeramente, y no me hizo ninguna
observación.
La construcción de ese puente fue contratada por mí durante la
guerra de 1876 a 1877, conforme a los precisos términos de la ley,
y tuve la satisfacción de presenciar, en enero de 1884, la
inauguración de esa importante obra.
No recuerdo si en ese mismo año o en el siguiente, que para el
caso nada importa, dio el Presidente carta de introducción a un
amigo suyo, en los expresivos términos que acostumbraba, para que
solicitase de la Secretaría de Hacienda y Fomento un privilegio por
cincuenta años para el establecimiento y explotación de un faro en
cada una de las bocas del futuro Canal interoceánico; y otra, en
iguales comprometedores términos, a otro de sus amigos, en que
recomendaba una propuesta para contratar la acuñación en Europa de
monedas de níquel, por valor efectivo de $ 60.000 equivalente a la
de oro; y esto en virtud de una ley que había quedado rezagada en
algún Código, y que el contratista había desenterrado, creyendo,
seguramente, haber hallado un tesoro.
Como a primera vista se advierte, los mencionados proyectos de
contrato no merecían los honores de la discusión; pero en fuerza de
la recomendación del Presidente, yo hube de hacer semblante de
tomarlos en serio, e hice a cada uno de dichos proyectos parte de
las objeciones que saltaban a la vista, dejando comprender a los
interesados la imposibilidad de celebrar tales contratos. Creí que
eso bastaría, pero me equivoqué. Meses tras de meses se me estuvo
instando para que los hiciera; y como al cabo de ellos hubiese
ocurrido una pausa, o sea
una suspensión de hostilidades,
llegué a creerme libre de aquel fantasma, pero me equivoqué segunda
vez. El día menos pensado se acercó a mi Despacho el señor
Secretario del Tesoro, y me manifestó que tenía encargo del
Presidente para preguntarme qué había habido de los tales
contratos. No pudiendo dominar un movimiento de impaciencia, me
puse instantáneamente de pie, y le dije al señor Secretario: Hágame
usted el favor de decirle al señor Presidente que disponga de su
Secretaría, pues no puedo tolerar que se me hable más de ese
asunto.
Al subsiguiente día tuve necesidad de ir a Palacio, y ya puede
figurarse el lector que no entré allí sin experimentar cierto
embarazo. ¿Qué se piensa que sucedió? Pues que el presidente salió
a recibirme con la misma amabilidad de siempre, sin darse por
entendido de lo que había pasado dos días antes. Pero lo que más
admirará al lector, es que yo no me hubiese detenido a meditar
sobre la causa de una tolerancia tan insólita de parte de un hombre
como el doctor Murillo, que no pecaba de paciente, y que al mismo
General Mosquera le había puesto las peras a cuarto, en una
correspondencia que yo tuve a la vista. Fue, pues, demasiado tarde
cuando vine a caer en la cuenta de lo que pudo haber sido la causa
de tanta lenidad. Lo digo sin ánimo de ofender la memoria de aquel
grande hombre, a quien debí señaladas distinciones; y lo digo
haciendo quizá un pequeño sacrificio de amor propio.
Como ya he dicho en otra parte de este capítulo, el doctor
Murillo al prestar, indirectamente, apoyo a su candidatura, había
contraído ciertos compromisos que, aunque tácitos e indeterminados,
no podían dejar de pesar en el ánimo de quien como él tanto se
distinguía por su buena educación, y por esmero que empleaba en
conservar las buenas relaciones con sus amigos, a quienes no habría
querido dar motivo de queja por cuestiones en que no mediara un
grande interés político.
Pues bien, yo llegué a formarme el concepto de que, necesitando
el doctor Murillo en la Secretaría de Hacienda y Fomento - que era
por la que se hacía la mayor parte de los nombramientos, y en la
que se celebraban casi todos los contratos- un hombre capaz de
protestar, bajo su responsabilidad, los giros que él hiciese en
remuneración de servicios eleccionarios, a falta del doctor Tomás
Cuenca, tempranamente muerto, y cuyo vacío no se ha llenado aún, se
fijó en mí, como una de las personas más adecuadas para desempeñar
tan ingrata misión, dando así - lo diré sin ambages - una prueba
más de su gran sagacidad.
Que la memoria del doctor Murillo me perdone, si al formar el
juicio que antecede he incurrido en equivocación; pero es lo cierto
que hasta hoy no he podido explicarme de otro modo, quizá no tanto
el singular empeño de traer a la Secretaría de Hacienda a un hombre
extraño a los negocios administrativos, cuanto la excesiva lenidad
que empleó para conmigo, como su Secretario.
Los primeros nombramientos que se hicieron con mi firma fueron,
si mal no recuerdo, los de Administrador y de Contador de la Salina
de Chámeza, y lo fueron en personas desconocidas para mí. El día
siguiente al de la publicación de ellos me buscaban con empeño dos
amigos míos, que velaban por mi reputación tanto como por la suya
propia -Januario Salgar y Jacinto Corredor- y me buscaban para
decirme que los referidos nombramientos habían causado, aun entre
los mismos amigos del Gobierno la más desagradable impresión. Con
las orejas encendidas me dirigí en seguida a Palacio, donde
afortunadamente encontré solo al Presidente, y sin dar tiempo para
otra cosa, le referí lo que acababa de oír, agregando, con
verdadera resolución, que no volvería a suscribir ningún
nombramiento que no fuese hecho en persona conocida por mí. Tan
desacertados debieron ser los dos de que se trata, que el
Presidente guardó silencio. Para morigerar un poco la mala
impresión que aquello debió causar en el ánimo del Presidente, y
para mi propio desembarazo, traté en pocas palabras de otro asunto
cualquiera antes de despedirme.
Al leer lo que antecede muchos pensarán que las relaciones entre
el Presidente y su Secretario de Hacienda debieron ir enfriándose
de día en día; mas, por extraño que parezca, sucedió enteramente lo
contrario; prueba inequívoca de que era esa, y no otra, la conducta
que de mí aguardaba el Presidente.
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