EXPLICACION
PREVIA
Cuando empecé a escribir estas Memorias no tuve ni la más pasajera
intención de publicarlas. Fuera de buscar en su redacción un
agradable pasatiempo, me prometía hacer privadamente de ellas un
legado a mis descendientes, y así lo manifesté en la introducción
que desde entonces escribí.
Tomada hoy la resolución de darlas a la prensa, parecióme a
primera vista indicada la necesidad de sustituir o reformar dicha
introducción; pero después de pensarlo detenidamente, he desistido
de aquella idea por razones de concordancia con algunos pasajes del
texto, en los que se revela el propósito de conservarlas
inéditas.
Fue en una de las más tristes ocasiones de mi vida cuando
emprendí esta labor. Corría el mes de mayo de 1893 y me hallaba en
Chipatá, población cercana a la de Vélez, y que goza de una
temperatura más alta que la de esta ciudad. Había ido allí con el
objeto de acompañar a mi hermano Trino, quien acababa de
trasladarse con su familia a ese lugar, por motivo de la ya
incurable enfermedad que de años atrás venía minando su existencia,
y que debía llevarle a la tumba cuatro meses después.
A la falta de libros en cuya lectura pudiera distraerme, se
agregó cierto accidente que, privándome del uso de un pie, me
condenó a quietud absoluta. En tal situación, y siendo para mí el
reposo intelectual y material unidos un verdadero tormento, me vino
la idea de dar principio a estas Memorias, trabajo que emprendí en
seguida, y que poco después debía suspender para prestar atención
al duelo de mi familia y al arreglo de intereses consiguiente al
fallecimiento de mi hermano, quien, además de haber sido el
compañero de mi infancia y el miembro de mi familia que más de
cerca y por mayor tiempo había compartido mi suerte próspera o
adversa, estuvo casi siempre asociado a mí en negocios
comerciales.
Después de aquella amarga temporada, en que sin duda experimenté
grandes quebrantos, reanudé la interrumpida labor, y cuando ya tuve
escritos los primeros treinta o cuarenta pliegos, los puse en manos
de mi amigo el doctor Francisco Marulanda, para que los hiciera
trasladar a un libro en blanco, después de hacerles las
correcciones gramaticales que juzgara necesarias, como autoridad
que es en la materia. Y por cierto que no pude haber hecho elección
más acertada, pues este amigo tomó a su cargo la tarea con el
interés y el cariño que habría tenido un hermano.
Poco tiempo ha se presentó en casa seguido de un sirviente, que
era portador de cuatro libros, y después de sacarlos y colocarlos
sobre la mesa, me dijo con su habitual sencillez: "Aquí
tiene usted en limpio los borradores que me envió".
-En qué trabajo tan fastidioso lo he puesto a usted, mi buen
amigo, le dije con la más perfecta sinceridad.
-No, señor - me observó al punto - el trabajo ha sido mucho más
fácil de lo que usted tal vez se imaginó.
- Cómo! - le repliqué - ¿y las correcciones?
- Ellas han estado reducidas a uno que otro galicismo.
- De veras?
- Sí, señor, como lo oye, y de ello se convencerá al leer ya en
limpio sus borradores.
- Pues, mi amigo, no pudiendo yo dudar de lo que afirma, debo
concluir haciendo saber a usted que la Gramática me ha entrado en
la cabeza sin saber cómo ni cuándo.
- Por demás está el decir a usted - continuó mi bondadoso amigo -
que tendré mucho gusto en hacerme cargo de corregir las pruebas de
imprenta, cuando usted disponga la publicación de sus
Memorias.
-¿De manera, le dije, que usted cree que yo debo dar a la estampa
estos borrones?
- Sí, señor - me contestó - pues de otro modo no habría valido la
pena de escribirlos.
Confieso que me hizo fuerza esta observación por el tono de
sinceridad con que fue expresada. Luego hice las siguientes
reflexiones:
Este escrito tiene indudablemente algún interés histórico, y
quizá también político. De la exactitud de los hechos en él
referidos, y de la imparcialidad de los comentarios, tengo la más
plena convicción; y por lo que hace a la exposición, en cuanto yo
mismo puedo juzgarla, sobre haber sido hecha con bastante claridad,
está exenta de pretensiones literarias que pudieran, con razón,
causar extrañeza a los lectores. Careciendo, además, como carecen,
de documentos oficiales varios de los actos de mi vida pública que
figuran en la narración, la única prueba de su exactitud que puedo
dar es la que se desprende del hecho mismo de referirlos delante de
las personas que los presenciaron. Si, pues, mañana o cualquier
otro día se quisiere dar publicidad a este trabajo, cuando ya los
individuos nombrados en él como testigos hayan desaparecido de la
escena del mundo, la autencidad de aquellos actos vendrá a
descansar exclusivamente sobre mi palabra.
Hecha esta última reflexión, que me pareció decisiva, me dirigí
a la casa del editor.
AQUILEO PARRA.