LA ADMINISTRACION SALGAR
IX
En 1869 fui elegido segunda vez Senador plenipotenciario por el
Estado de Santander; y ese mismo año se verificó la elección del
General Eustorgio Salgar para Presidente de la Unión, en
competencia con el General Tomás C. de Mosquera, que expiaba en el
destierro el crimen de lesa patria, perpetrado el 29 de Abril de
1867, y a cuya candidatura se adhirieron, no obstante, algunos
jefes del partido conservador, entre ellos los señores General
Leonardo Canal y doctor Carlos Holguín, quienes venían desde
entonces buscando un traidor en las filas liberales que les abriese
las puertas del Capitolio, y que al fin le hallaron en 1885.
Aparte del reconocimiento que los amigos políticos del General
Salgar hacíamos de los importantes servicios por él prestados a la
causa liberal en situaciones difíciles para ésta, y además de tener
en cuenta las dotes de gobierno que había exhibido en la
presidencia de Santander, una consideración de segundo orden
contribuyó también a la proclamación de su candidatura para
Presidente de la Unión.
Por razones que sería superfluo exponer, la candidatura del
General Mosquera, proclamada y sostenida por la fracción liberal
personalista, en liga con otra porción del partido conservador, no
era aceptable en manera alguna por la parte doctrinaria de aquella
colectividad, como no debió haberlo sido por ningún partido o
fracción de partido capaz de anteponer el sentimiento de dignidad
republicana a cualquier motivo seductor.
Pero temiendo ahondar demasiado, y con peligro, tal vez, para la
paz pública, la división producida en las filas liberales por los
acontecimientos políticos de 1867, quísose contemporizar de algún
modo, sin comprometer la dignidad política, y se trató al efecto de
suavizarle al General Mosquera el golpe del rechazo de su
candidatura, presentándole como competidor suyo a un ciudadano con
quien él mantenía, desde 1863, relaciones personales y políticas,
que el golpe de Estado del 29 de Abril no había alcanzado a
interrumpir, como no llegó tampoco a disminuír de modo muy sensible
el prestigio del gran caudillo entre las masas liberales.
El General Salgar desempeñaba en ese tiempo la presidencia de
Santander; y cuando tuvo conocimiento de que la mayoría de los
Estados le había dado su voto para Presidente de la Unión, se
trasladó del Socorro a Vélez, con un objeto cualquiera del servicio
público, y allí, en conferencia privada, me hizo el honor de
consultarme sobre el personal que debía componer su ministerio,
advirtiéndome que era yo el único de sus amigos a quien había
resuelto consultar el punto. Sin vacilar le presenté los nombres de
los señores Salvador Camacho Roldán y Felipe Zapata, el primero
para la Secretaría de Hacienda y Fomento y el segundo para la del
Interior y Relaciones Exteriores; y él, también sin vacilar, acogió
estas indicaciones, que me precio de haberle hecho, por razones que
están hoy al alcance de todos; así como me precio también de
haberle recomendado después -no recuerdo si directamente o si por
conducto del Secretario del Interior- para Director de Instrucción
Pública Nacional al doctor M. M. Mallarino, eminente hombre público
y cumplido caballero, que desde 1866 me honraba con su amistad.
Como bien se recordará, el partido conservador abrigaba todavía
por aquel tiempo (1870) fuertes prevenciones contra el
General Salgar, a quien infundadamente atribuía
responsabilidad en la muerte de algunos de los rendidos en el
combate que, bajo su dirección, se libró en Bucaramanga a mediados
de 1862, y del cual he hablado en otro lugar.
Fácil era desvanecer tan falsa imputación en el ánimo de
adversarios desapasionados, y por experiencia conocedores del papel
que la maledicencia desempeña en nuestras contiendas civiles; y
como en el Senado de 1870, al que tuve
el honor de
concurrir, tenían asiento dos personajes conservadores -los señores
General Pedro Alcántara Herrán e Ignacio Gutiérrez Vergara- con
quienes tuve ocasión de relacionarme y a quienes logré inspirar
confianza en mi sinceridad y patriotismo, fácil me fue borrar del
ánimo de estos dos eminentes ciudadanos la desfavorable impresión
que acerca del carácter moral del General Salgar habían llegado a
producirles los inventores de la calumniosa especie.
Vino luego el acto de posesión del nuevo Presidente, y con éste
el brillante y atinado discurso inaugural, que alcanzó a
predisponer en sentido opuesto al ya indicado el ánimo de la
generalidad de los conservadores. Y como las promesas de tolerancia
política y de personal benevolencia que salieron aquel día de los
labios del Presidente, se hubiesen visto muy luego confirmadas en
la práctica, los sentimientos acerbos que hasta entonces existían
con relación al General Salgar, se cambiaron de un día para otro en
personales simpatías, las que, poco después, fueron traducidas en
actos de cortesía y en demostraciones de confianza.
Pero errado anduviera quien atribuyese a estas solas causas el
transitorio apaciguamiento del partido conservador,
El fracaso experimentado por él en la mañana del 10 de octubre
de 1868, aleccionándolo severamente en cuanto a la naturaleza de
las reacciones armadas, le hizo comprender que necesitaba de una
larga tregua para preparase a entrar en nuevas campañas, como las
que emprendió, todavía sin buen éxito, seis años después.
No pretendo hacer con esto al partido conservador un cargo del
cual crea que pudiera haber estado exento el liberal en
circunstancias análogas.
Siendo el principal objeto de los partidos oposicionistas la
posesión del poder e implantar por medio de él sus respectivas
doctrinas, mal podría pretenderse que la simple tolerancia política
y los afables modos del Jefe de la Nación los hicieran cejar en su
camino; y como por desgracia el dogma de la alternabilidad legal de
los partidos ha venido a convertirse en una especie de mito o en
algo así como el arco iris, que burla las esperanzas de cuantos
pretenden asirlo, no ha quedado a los partidos oposicionistas en
tan tirante situación otra alternativa que la de soportar
pacientemente la exclusión más o menos absoluta del poder, o apelar
al recurso extremo de la fuerza para adueñarse de él. De allí esa
serie de revoluciones que han diezmado nuestra población,
pervertido nuestras costumbres, paralizado, o poco menos, nuestra
incipiente industria, postrado el crédito exterior de la Nación, y
hasta comprometido la existencia de la forma republicana. Mas, sea
de ello lo que fuere, es lo cierto que con la Administración Salgar
vino una tregua entre los partidos, que alcanzó a cobijar la
siguiente Administración presidida por el doctor Murillo; tregua en
un todo semejante a la de que, por causas análogas, había
disfrutado el país quince años antes bajo la Administración
Mallarino. Tal parecía como si un nuevo y benigno clima político
hubiese sido creado exclusivamente para esos breves períodos
administrativos; sin que por ello dejaran de entrar, como
importantes factores en la marcha pacífica del país, las dotes
políticas de aquellos tres afortunados gobernantes.
Reanudando ahora el hilo de la narración, me ocupare, con la
brevedad acostumbrada, en las sesiones del Senado de 1870.
El asunto más importante en que se ocupó esta corporación fue el
tratado sobre excavación de un canal interoceánico a través del
Istmo de Panamá, celebrado entre el Poder Ejecutivo y el Ministro
de los Estados Unidos de América, con autorización de su
Gobierno.
Por este tratado se obligaba el Gobierno Americano a mandar
hacer por su cuenta las exploraciones necesarias para averiguar la
practicabilidad del Canal, y a ejecutar esta obra, por sí o por
medio de alguna compañía empresaria, en caso de ser satisfactorio
el resultado de las exploraciones.
El Gobierno de Colombia concedía al de los Estados Unidos de
América privilegio exclusivo por el término de cien años, para
abrir, administrar y explotar una vía interocéanica, pudiendo
establecer a este efecto una tarifa de derechos para los buques
mercantes cargados y descargados, y para los buques de guerra de
otras naciones que pasaran por el Canal; derechos que se cobrarían
en proporción al tonelaje; y sobre la base de la más perfecta
igualdad en todo tiempo y para todas las naciones. Al Gobierno de
Colombia se le asignaba un tanto por ciento en el derecho de
toneladas.
El Gobierno de la Unión Americana garantizaba al de los Estados
Unidos de Colombia, que el Canal, con sus dependencias y
anexidades, sería inmune y estaría exento de toda hostilidad por
parte de otra nación o potencia extranjera; para lo cual los
Estados Unidos de América se hacían aliados de los Estados Unidos
de Colombia, a fin de ayudarles a rechazar cualquier ataque o
invasión a las obras y propiedades garantizadas; siendo entendido
que los gastos que esta defensa ocasionase serían de cargo
exclusivo de los Estados Unidos de América.
Las partes contratantes se reservaban el derecho de pasar por el
Canal sus buques, tropas y municiones de guerra en todo tiempo,
libres de todo gravamen, impuesto o derecho; y declaraban que el
Canal estaría cerrado a la bandera de la nación que se hallase en
guerra con cualquiera de las partes contratantes. Estipulaban
igualmente que no podrían pasar armadas por el Canal otras tropas
que no fuesen las de los Estados Unidos de Colombia al servicio de
su gobierno constitucional, y las de los buques de guerra de las
naciones que se hallasen en paz con ambas partes contratantes;
debiendo ser, con las indicadas excepciones, absolutamente libre el
uso del Canal para todas las naciones y para toda clase de objetos
sin distinción.
Este proyecto de tratado, cuyas estipulaciones principales se
acaban de ver, fue pasado al estudio de una comisión nombrada por
el Senado y compuesta del General Pedro A. Herrán y de los doctores
Ezequiel Rojas y Carlos Martín. De estos tres Senadores, los dos
primeros informaron favorablemente, indicando algunas
modificaciones, y el tercero lo hizo en sentido opuesto, por medio
de un extenso y bien elaborado informe, en que combatían el
tratado, fundándose principalmente en el carácter aleatorio de la
obligación contraída por el Gobierno Americano para construír el
Canal. Creyóse entonces por algunos Senadores, entre ellos el
informante, que la apertura del Canal era una empresa en alto grado
lucrativa, que podría suscitar la codicia de otros empresarios, y
que se perdería acaso un tiempo útil para dar lugar a provechosa
competencia, con el otorgamiento de largos plazos, cual se suponía
que lo era el de tres años para verificar las exploraciones y el de
dos más para dar principio a la obra, en el caso eventual de que el
Gobierno Americano la considerase practicable; pues que durante ese
tiempo el Gobierno de Colombia no podría celebrar ninguna otra
negociación sobre apertura del Canal.
No faltaron tampoco espíritus suspicaces que atribuyeran al
Gobierno Americano el velado propósito de estorbar por medio de la
posesión del privilegio, el que algún otro empresario contratara la
obra del Canal, que una vez en servicio privaría a la Unión
Americana de la preponderancia naval que hoy tiene en las aguas del
Pacífico; supuesto tanto más fundado, se decía, cuanto el Gobierno
de Colombia no estaría nunca dispuesto a ceder un punto en lo
relativo a la neutralidad del Canal y al paso libre para los buques
de todas las naciones que estuviesen en paz con la República, y
sobre la base de una perfecta igualdad para el cobro de derechos de
tránsito.
Pero ni esto, ni el temor que inspiraba a algunos la alianza con
nación tan poderosa, sin embargo de estar ella limitada en sus
efectos a la defensa del Canal; ni los vigorosos ataques de que fue
objeto el tratado por parte de los senadores Martín, Quijano, Ferro
y Agustín Núñez, fueron eficaces para suspender la consideración de
él, ni para evitar la definitiva aprobación, que con algunas
importantes modificaciones y por gran mayoría de votos le impartió
el Senado.
Por desgracia fue inútil esa larga y afanosa labor
parlamentaria; pues que el Gobierno Americano, dejando transcurrir
el tiempo hábil para ratificar el tratado, consintió en la
caducidad de él; no habiendo venido a quedarle a Colombia, como
fruto de aquel esmerado estudio, otra cosa que los notables
discursos pronunciados en el curso del debate, los que, habiendo
sido publicados en los
Anales del Senado de aquel año, serán
objeto de interesante lectura para nuestra estudiosa juventud. En
ese gran torneo parlamentario brillaron, alternativamente, la
lógica incisiva y de una sola pieza del doctor Ezequiel Rojas, el
mesurado razonamiento del doctor Justo Arosemena, la sonora
verbosidad del doctor Carlos Martín, la frase abundante y a menudo
irónica del doctor Manuel de J. Quijano, la pomposa oratoria del
doctor Rojas Garrido, la sólida argumentación del doctor Jacobo
Sánchez, el espíritu analítico y la correcta dicción del doctor
Antonio Ferro, las juiciosas observaciones del General Pedro A.
Herrán... para no emplear calificativos sino respecto de los
Senadores que más intervinieron en el debate, sin dejar de
mencionar a los que con menos frecuencia terciaron también en él,
como los señores Mauricio Verbel, J. de la Cruz Restrepo y Juan
Mendoza.
Yo sólo tomé parte en la discusión de algunos pormenores del
tratado; por lo demás, mi labor legislativa se contrajo
especialmente al ramo que considere más a mi alcance. Defendí, en
efecto, un proyecto de ley en que se declaraba libre la explotación
de los bosques nacionales, el cual pasó a ser ley de la
República.
Este acto legislativo vino a dar con el tiempo un poderoso
impulso a nuestra industria extractiva y mayor incremento, por
consiguiente, a la renta de aduanas, mediante el cambio de
productos naturales de nuestros bosques por artefactos extranjeros,
sujetos al pago de derechos de importación. Así se lograron a un
tiempo dos importantes objetos: el de formar una nueva industria al
alcance de todos, y aumentar la renta de aduanas en una cantidad
muy superior a la que alcanzaba a producir el derecho de
explotación de bosques, establecido por disposiciones
anteriores.
Como el Gobierno carecía de datos o informes exactos sobre la
verdadera riqueza de nuestros bosques, y sobre los lugares en que
las sustancias vegetales y minerales que la constituyen son más o
menos abundantes, se hallaba inhabilitado para administrarlos, a
fin de obtener para el Tesoro rendimientos proporcionados al valor
de los productos que se extrajesen; Y se hallaba, por el contrario,
en situación de ser explotado él mismo por la codicia individual.
Estas consideraciones eran bastantes para que el Congreso se
decidiera, como se decidió, a dejar al interés particular el
descubrimiento y la extracción de esos productos, y a abrir nuevo
campo fiara el trabajo remunerador a una población que languidece
por falta de industrias lucrativas. Lo otro era simplemente hacer
representar al Gobierno el odioso papel del perro del
hortelano.
Sostuve igualmente un proyecto de ley "sobre
civilización le indígenas", y otro "sobre
colonización de Territorios nacionales", que fueron ambos
sancionados.
Sobre este mismo asunto dije en mi Memoria de Hacienda le 1873
lo que se leerá a continuación:
Sentado que el valor de las tierras guarda más proporción con la
capacidad productiva de ellas, con su situación y tras condiciones
de importancia y naturaleza varia, que con su extensión, apenas
puede explicarse por la falta de un plano catastral de nuestros
baldíos y por la conveniencia e fomentar cuanto antes su
explotación y cultivo, el que asta aquí se haya aceptado, tanto por
el Gobierno como por el comercio, un precio uniforme para todos
ellos, sin distinción de zonas, de climas ni aún de situación;
procedimiento a virtud del cual puede suceder que un globo e tierra
que contenga inmensas riquezas consistentes en depósitos de guano o
de salitre, o en vegetales preciosos, sea pedido en cambio de
títulos que apenas valen de 25 30 centavos por hectárea, sin que el
Gobierno pueda negar su adjudicación. Esta consideración fue la que
principalmente me determinó a combatir en la Cámara de
Representantes, como Secretario de Hacienda, el proyecto
derogatorio de la y sobre libre explotación de bosques nacionales,
expedida por el Congreso de 1870.
"Para administrar con acierto una finca o propiedad
cualquiera, se necesita tener algún conocimiento, aunque sea
aproximado, de su valor: lo demás es obrar a ciegas y exponerse a
dar por diez lo que vale ciento o mil. En este caso, siendo del
Gobierno la propiedad que se ha de administrar, vale más entregarla
sin restricción al uso común. Y comoquiera que el Poder Ejecutivo
no conoce ni puede conocer actualmente, por aproximación, el valor
de cada lote que se le pida en arrendamiento, en tanto que el que
lo solicita sí ha podido examinarlo y calcular su precio poco mas o
menos, resulta que el Gobierno, como arrendador de bosques
nacionales, no contaría en su favor ni con una probabilidad entre
ciento de no ser engañado por los particulares.
"Ahora, para el levantamiento del plano de los baldíos
se tropieza con una dificultad y un inconveniente: la dificultad
consiste en el gasto considerable que exige la ejecución de este
trabajo; y el inconveniente en que una vez hecho el plano y
conocidas las condiciones de fertilidad y riqueza de cada una de
las secciones en que éste se divida, los tenedores de títulos, que
lo son por valor de millones de hectáreas, se harán adjudicar las
mejores tierras y aprovecharán así del ingente gasto que haga la
Nación. El resultado sería, pues, que no sólo se venderían las
mejores tierras a precio ínfimo, sino que se entregarían
dotadas, para valerme de una expresión comercial. Pero esto
nada importaría si los adjudicatarios de grandes lotes
territoriales tuvieran el deber de colonizarlos en un tiempo
determinado; pues en este caso el aumento del valor de ellos, o sea
la riqueza pública, compensaría suficientemente al Gobierno del
gasto que hiciese en el levantamiento del plano, y esta
compensación no se haría esperar largo tiempo. Nada importaría
tampoco, y al contrario sería de celebrarse que la explotación y
cultivo de nuestros baldíos diese grandes ganancias a sus nuevos
poseedores, siempre que por cada cincuenta hectáreas de tierra que
explotasen establecieran una familia de trabajadores. Para la
riqueza y engrandecimiento del país valdría más un millón de
colonos dedicados al cultivo de la tierra, al laboreo de las minas
o al ejercicio de otras industrias, que cuanto tesoros ocultos
pueden existir en nuestros bosques. Y si en busca de ellos ha de
venir el inmigrante europeo, como el único aliciente que por ahora
le brinda nuestro país, en buena hora que los descubra y aproveche,
siempre que por cada mina que explote funde una aldea o abra una
vía de comunicación.
"Pero no existiendo semejante obligación ni aún de
parte de los tenedores de bonos territoriales emitidos a favor de
los acreedores extranjeros conforme al convenio de 1861, lo que
probablemente resultaría del levantamiento del plano, sería que
dichos tenedores colocarían sus títulos, como cosa de un valor
insignificante, haciéndose adjudicar las mejores tierras, y
aguardarían tranquilos el tiempo en que, por el progreso natural
del país, dichas tierras adquiriesen valor. Este resultado sería
funesto para la Nación, porque la privaría del único medio de que
dispone para estimular la inmigración extranjera e impulsar las
mejoras materiales.
"En tal estado de las cosas, lo que más conviene
seguramente es fijar a los poseedores de títulos y bonos
territoriales un plazo fatal -seis u ocho años, por ejemplo- dentro
del cual les sea forzoso pedir la adjudicación de las tierras y una
vez hecha ésta, proceder al levantamiento del plano de los baldíos
que queden sin adjudicar. Esta medida me parece necesaria, y la
considero equitativa en razón a que el sacrificio que impone a cada
una de las partes interesadas tiene su compensación respectiva. En
efecto, si la Nación se priva de la ventaja que de hecho tiene en
la actualidad de disponer libremente de las más valiosas porciones
de sus baldíos, dejando la más erial e improductiva a los
poseedores de títulos remiso en solicitar la adjudicación de ellos,
también es cierto que el Gobierno no se aprovecha de esta ventaja
por falta de conocimiento de las tierras de que puede disponer; y
si de otro lado habrá de suceder que los dueños de títulos de
tierras baldías, constreñidos a tomar las porciones que les
correspondan, traten de buscar las mejores, el conocimiento que
ellos adquieran de fertilidad y riqueza de cada porción que elijan,
dará el resultado que se tuvo en mira al enajenarlas; el de que
sean examinadas, conocidas y
aprovechadas lo más pronto
posible.
"En cuanto a los dueños de títulos, es cierto que se
les obligaría a concretar su derecho, refiriéndolo a determinada
porción de baldíos, y a hacer los gastos de mensura y levantamiento
de planos; pero la libertad de elegir las mejores tierras, que
pasados algunos años quedará completamente anulada, por virtud de
las concesiones que diariamente hace el Gobierno, sería para ellos
real y efectiva. Por otra parte, pugna, a mi entender, con las más
triviales nociones de equidad y con los principios del derecho
común, el que una propiedad como los baldíos de la Nación haya de
permanecer indefinidamente a merced de titulares, que, no haciendo
el menor aprecio de ellos, no se cuidan de utilizarlos, Y que
defraudan así a la Nación, sin quererlo ni aún pensarlo, de las
ventajas que reportaría con la apropiación y cultivo de ellos, que
es precisamente lo que se ha tenido en mira al cederlos o
enajenarlos.
"Nuestra imprevisión, en esta materia, como en la del
crédito público y otras muchas, ha sido grande sin duda; pero
todavía es tiempo de poner remedio, siquiera sea en parte, y salvar
para las generaciones venideras lo poco que aún queda del
patrimonio nacional".
Obra de ese Congreso fueron también, entre otros muchos que
sería largo enumerar, los siguientes actos legislativos:
El de 17 de mayo, sobre reconocimiento en los patriotas cubanos
de los derechos de beligerancia, proyecto que, acompañado de un
luminoso informe -publicado en el número 1.822 del
Diario
Oficial- fue presentado por el Senador Arosemena y aprobado por
unanimidad de votos;
La Ley de 23 de junio que reformó la tarifa de aduanas,
rebajando el impuesto que gravaba las telas destinadas al consumo
de la clase proletaria;
La que estableció el jurado de aduanas, sabia institución que
aún subsiste;
La que organizó el impuesto y la renta de salinas, a efecto de
facilitar la reducción a 70 centavos del precio oficial de cada
arroba de sal compactada; y
La que autorizó al Ejecutivo para organizar la instrucción
pública primaria a cargo de la Unión.
Por esta ley se mandó auxiliar la fundación de escuelas normales
en las capitales de los Estados, y se fomentó la propagación de la
enseñanza primaria en los distritos y en las poblaciones rurales;
con lo cual se produjo el movimiento instruccionista más vasto y
fecundo que se ha visto hasta hoy en Colombia.
Entre más de cien actos legislativos que expidió aquel Congreso,
tendientes a desarrollar un sistema de administración pública
congruente con el régimen de libertad establecido en la
Constitución de 1863, y destinados a promover el adelanto moral Y
material del país, apenas pueden contarse cuatro destinados a
favorecer de modo especial a individuos particulares, y eso por
medio de justas e insignificantes condonaciones, y de pensiones
puramente alimenticias, decretadas éstas a favor de servidores
públicos, sin distinción de partidos.
Si se exceptúa una controversia de carácter personal, suscitada
en el curso del debate sobre Canal interoceánico, entre los
Senadores doctor Ezequiel Rojas y doctor Carlos Martín, motivada, a
lo que recuerdo, por una expresión vertida en el calor de la
improvisación por el segundo de ellos y recibida por el primero
como manifestación de desacato a su persona, o de pedantesco desdén
por sus razonamientos; si se exceptúa ese episodio de ingrata
memoria, nada hubo en los debates que desdijese en lo mínimo de la
calma y circunspección propias de una corporación como aquella.
Debo advertir que, al señalar el origen de tan ruidosa disputa, no
me atengo únicamente al vago recuerdo que hoy puedo hacer del modo
como ella principió, sino que me fundo, además, en una de esas
expresiones que no se olvidan, sobre todo si han sido proferidas
por algún alto personaje y en ocasión solemne; expresión que,
además de indicar claramente de dónde partió el ataque, da idea del
tono singularmente agresivo que asumió la controversia:
"Yo soy como la culebra -dijo en su segunda réplica el
doctor Rojas, como para justificar lo fuerte del lenguaje que había
empleado en la primera- yo soy como la culebra, que cuando la pisan
muerde". Por demás está decir que aquellos discursos, que
ocuparon dos sesiones, no fueron publicados.
Ahora, por lo que hace al recíproco tratamiento oficial o
parlamentario, y a las relaciones personales entre los miembros de
la mayoría y los de la minoría de las Cámaras, especialmente en el
Senado, todo fue de lo más correcto y arreglado a las
prescripciones de la civilidad. Puedo agregar -aunque por lo
inusitado parezca hoy increíble- que la mayoría reveló en todos sus
actos un verdadero espíritu de concordia. Viven todavía, que yo
sepa, de los conservadores que formaron la minoría, los señores
General Marceliano Vélez y doctor Demetrio Viana, quienes pueden
dar testimonio de ese hecho.
Dicen los historiadores que la legislación de un país es el
mejor termómetro para conocer el grado de civilización y cultura a
que haya llegado; observación cuya exactitud parece incontestable.
Partiendo de ese principio, y descendiendo de lo general a lo
particular en su aplicación, puede decirse que las leyes que un
partido dicta son su fotografía moral, y que, por consiguiente, de
la comparación que se haga entre las que son obra de cada
colectividad política, se podrán deducir la diversidad de
tendencias políticas que las distingan, las miras patrióticas o
liberticidas que hayan tenido, y los medios lícitos o inmorales que
hayan adoptado en cada caso para lograrlas. Refiriéndome ahora a la
obra política y administrativa de los dos partidos que desde
1863 se han alternado en el poder, sería de desear que un
juez imparcial comparase la labor legislativa ejecutada durante la
última década de la dominación radical, con la llevada a cabo por
el partido regenerador en un lapso igual, a partir de 1886. Claro
es que bajo la atmósfera política que nos rodea, ese juez imparcial
no puede existir; pero a los liberales debe tranquilizarnos la
seguridad de que él llegará, tarde o temprano, y que se llamará la
HISTORIA.
Como el problema de la civilización de nuestras tribus salvajes
está todavía por resolver, juzgo que no será inútil insertar para
final de este capítulo el informe que sobre tan importante asunto
presenté al Senado en aquel año, y que tomo del número
1.875
del
Diario Oficial. Es como sigue:
Ciudadanos Senadores Plenipotenciarios.
El proyecto de decreto que concede un auxilio del Tesoro
nacional para la civilización de los indígenas goajiros, propuesto
por los señores Senadores Vélez y Vengoechea, es el primer paso que
se da, bajo el imperio de la actual Constitución, para hacer eficaz
la disposición del inciso 4°-, artículo
18 de ella, que
hasta ahora se ha mirado en sí como letra muerta.
La civilización de los indígenas es uno de los más importantes
ramos de gobierno que deben fijar la atención del Congreso, y
aunque desde los primeros años de la República se han expedido
algunas leyes, hasta ahora no se ha hecho nada efectivo.
Las excitaciones dirigidas por el Poder Ejecutivo al actual
Congreso, y la favorable acogida que tuvo en primer debate el
proyecto sobre que tengo el honor de informaros, hacen presumir que
la ocasión es propicia para legislar en la materia.
En mi concepto, pueden hacerse al proyecto dos objeciones: la de
ser insuficientes los medios que propone, y la de limitar sus
efectos a una sola sección de la República. La civilización de los
indígenas no es una obra fácil, que pueda llevarse a cabo por el
laudable interés de algunos individuos y la caridad de un
misionero, por grande que ésta sea. La reducción de las tribus
salvajes tiene que ser el fruto de la acción poderosa y permanente
del Gobierno durante muchos años, y para que esta acción no
desfallezca o se descuide, es preciso comprometer en la empresa
todas las secciones de la República en que haya indígenas, para
que, unidas por un interés común, se apoyen mutuamente, y la obra
cuente siempre con la protección de la mayoría del Congreso.
Uno de los inconvenientes que para este género de empresas que
presenta la federación, consiste en que los Estados no apoyan con
buena voluntad sino aquello en que están directamente interesados;
y de allí viene la natural propensión a negar las medidas que
ocasionan gastos del Tesoro nacional cuando el beneficio que se
deriva de esos gastos no alcanza a cobijarlos a todos.
Las empresas que se acometen con escasos recursos y que no están
sostenidas por un fuerte y permanente interés de los que
contribuyen para ellas, son en lo general empresas frustradas, y
lejos de producir buenos resultados, los gravámenes que ocasionan
solo sirven para desalentar los ánimos. Lo que una vez sale mal,
cuesta trabajo emprenderlo de nuevo; y vale más no hacer nada que
dar principio a lo que luego se ha de abandonar. Creo, pues, que en
esta materia, o no debe legislarse, o debe emprenderse con
perseverancia y resolución un plan general para civilizar los
indígenas.
Para el Gobierno la cuestión no se limita a convertir a la
verdadera religión algunas de las hordas gentiles; su objeto es
iniciarlos en todos los usos y costumbres que constituyen la
civilización. El concurso de misioneros cristianos es, sin duda,
indispensable, tanto para la protección que debe darse a los
indígenas, como para que les infundan las ideas de justicia y
caridad sobre que estriba el orden social; pero el solo concurso de
misioneros no es suficiente. La empresa de civilizar los indios no
puede llegar a buen resultado si no se verifica al mismo tiempo la
colonización de los territorios que ocupan, a fin de obligarlos a
entrar en relaciones de amistad y comercio con la población
civilizada. Sin que pretenda atenuar los buenos efectos de la
predicación evangélica, juzgo que las relaciones que el interés
establezca entre los indígenas y los colonos, será lo que más
eficazmente contribuya a hacerlos abandonar sus costumbres bárbaras
y a adquirir poco a poco los hábitos de la vida civil.
Llevar a cabo un plan de civilización con inmigración
extranjera, es un proyecto que ocasionaría grandes gastos, y en el
que no se puede pensar seriamente. Para emprenderlo con los
actuales recursos del Tesoro, sería preciso principiar por
introducir una severa economía en los gastos públicos y disminuír
las pensiones, cosas ambas imposibles, pues la experiencia
demuestra que los intereses generales, cuando no tienen en su apoyo
sino los buenos deseos de un patriotismo sincero, pero indolente,
no pueden luchar con las pretensiones particulares, cada día más
exigentes.
El medio que, sin imponer nuevos gravámenes al Tesoro,
realizaría con el tiempo la colonización de los territorios
ocupados por tribus indígenas, es el que ha iniciado el señor
Salgar en el decreto que organiza las misiones de Opón. Este medio
consiste en destinar una parte de la fuerza pública a la fundación
de colonias agrícolas que sirvan de apoyo a las misiones que se
establezcan. Según el plan trazado por el señor Salgar, los
individuos de la fuerza que la Ley de 5 de junio de 1868 destina
para la defensa de los establecimientos de agricultura que se
funden en lugares expuestos a las agresiones de los indios, deben
establecerse en ellos como colonos, sin perjuicio de cumplir sus
deberes militares.
Con meras concesiones de tierras baldías no se logrará jamás,
como lo han pretendido algunas leyes de fomento, que familias de
trabajadores destituídas de todo patrimonio, abandonen las
poblaciones y se establezca en nuestras selvas; porque necesitan
víveres para sostenerse mientras las labranzas producen con qué
atender a sus necesidades. Esta dificultad no existe respecto de
los soldados, puesto que ellos reciben su ración diaria, de la cual
se les podría hacer ahorrar una parte, que se les entregaría al
licenciarlos, con el fin de que pudiesen hacer frente a los
primeros gastos de sus establecimientos.
La colonización de nuestros territorios por medio de la fuerza
pública, que, emprendida con los escasos recursos de los Estados,
ofrece resultados remotos, sería susceptible de un gran desarrollo
si se acometiera por el Gobierno federal. No hay que entrar a
exponer la organización que debería darse a las colonias, ni las
condiciones con que pudiera lograrse el establecimiento permanente
de los soldados en los lugares a que fueran destinados. Esto sería
asunto de administración, que correspondería al Poder Ejecutivo, el
que podría hacer que cada colonia fuese, en cierto modo, una
escuela rural que contribuyese a mejorar los medios de cultivo, y a
libertar a nuestra agricultura de las perniciosas rutinas que
entraban su prosperidad.
Pudiera suceder que no se lograse la reducción de los indígenas,
a pesar de los trabajos que se emprendiesen; pero de las colonias
que se fundaran, aunque fueran pequeñas y en corto número, siempre
se obtendrían ventajas de suma importancia. El servicio militar es
una carga gravosísima que pesa, sin compensación, sobre la parte
más infeliz de nuestra población. Al ser licenciado, el soldado
vuelve a su casa tan pobre como salió de ella, habiendo perdido el
hábito de trabajar, y llevando, en lugar de sus sencillas
costumbres de labriego, los vicios que se adquieren en los
cuarteles. Si en vez de mantenerlos en guarniciones, se destinase a
los soldados a la fundación de colonias, ellos obtendrían una justa
retribución por el servicio que prestan, pues el día en que fuesen
licenciados se encontrarían convertidos en propietarios de tierras
y se hallarían en posibilidad de atender a sus necesidades.
No debe olvidarse que son los valles bañados por nuestros
grandes ríos los únicos que están destinados a una gran producción
agrícola; y que si los capitales no se arriesgan sino con timidez a
emprender el cultivo de estos territorios, es por lo difícil y
aventurado que es fundar establecimientos de agricultura cuando se
tienen que llevar trabajadores de lugares lejanos. Si tuviera
efecto la fundación de las colonias, estas dificultades
desaparecerían: los capitales, contando con brazos seguros,
vendrían en apoyo de los trabajadores, Y cada grupo de población
sería no muy tarde el centro de valiosas plantaciones.
Por otra parte, hay un grande interés nacional que exige
urgentemente la colonización de ciertas porciones de
territorio.
La República, con títulos evidentes, ha disputado con dos
naciones limítrofes el dominio de vastos territorios habitados por
indígenas; mas, en realidad, nada se ha hecho hasta hoy para
asegurar su posesión.
El Brasil, con superior previsión e inteligencia, ha empezado a
fomentar colonizaciones en las tierras que nosotros defendemos con
documentos; pero la verdad es que las cuestiones de límites serán
resueltas no por los diplomáticos sino por los colonizadores. La
nación que primero colonice los terrenos que están en litigio se
hará dueña de ellos. Y así parece que debe de ser, pues no se
conciliaría con los sentimientos de justicia que el titulado dueño
de grandes porciones de territorio que, con culpable indolencia, ha
dejado en absoluto abandono, fuera, después de que ellos hubieran
adquirido valor por la inteligencia e industria ajenas, a disfrutar
su dominio, fundado en los derechos que le dieran algunos viejos
pergaminos.
!Cuánto mejor sería que el ejército, encargado de defender con
las armas nuestras fronteras, empezase desde ahora a mantenerlas
con los instrumentos del trabajo pacífico! Nuestros oficiales
encontrarían en estas empresas los medios de acreditar el vigor de
que son capaces, y de adquirir grados, posición y fortuna. Siempre
se dará con más general aplauso, y se llevará con más honor el
grado que se confiera al oficial que ha abierto a la producción
nacional cien hectáreas de baldíos, que al que ha destruído en el
campo de nuestras guerras civiles a otros tantos enemigos.
En desarrollo de las ideas indicadas, vuestra comisión ha
formulado el adjunto proyecto de ley, y os propone lo
siguiente:
Suspéndase la discusión del proyecto que concede un
auxilio para la civilización de los indígenas guajiros, y
considérese el que presenta la Comisión.
Ciudadanos Senadores.
Bogotá, marzo 18 de 1870.
AQUILEO PARRA"
Debo referir aquí un incidente de mi vida pública, que, si bien
al parecer es de poca entidad, tuvo cierta trascendencia política
de mal efecto, no precisamente con relación a mí sino al partido
liberal.
Como Presidente de la Asamblea Legislativa de Santander, en sus
sesiones de aquel año (1870), me tocó dar posesión al General
Wilches de la Presidencia del Estado. No había mediado hasta
entonces entre los dos, ni llegó a crearse después, ningún vínculo
de amistad personal, pero sí existía el de confraternidad política
y el de paisanaje, si no tan caro este último entre santandereanos
como lo es entre antioqueños, por ejemplo, sí bastante apreciado.
Yo estimaba al General Wilches como a un esforzado y valeroso
campeón del liberalismo, y él no debía de tener de mí mal
concepto.
Pocos días después de haberse encargado de la Presidencia le fue
remitido, para su sanción, un proyecto de ley presentado por mí a
la Asamblea, en el que se cedía a la Nación, para que la
administrase por su cuenta, una sección territorial de Santander,
conocida después con el nombre de Territorio nacional de Bolívar.
El Presidente tuvo a bien devolver el proyecto con observaciones,
que fueron combatidas por mí en la Asamblea; y esta corporación, en
la que el General Wilches contaba con numerosos amigos, declaró
infundadas las objeciones por
unanimidad de votos.
Pocos días después tuve ocasión de observar cierto desabrimiento
en el trato particular del General Wilches; circunstancia que,
habiendo sido notada por varias personas de la ciudad del Socorro,
fue generalmente atribuída a una mala impresión que diz que le
había causado al Presidente no sé qué pasaje de mi discurso.
No habiendo encontrado yo en éste nada que pudiera servir de
fundamento a tal suposición, juzgué benévolamente que la derrota
parlamentaria era lo que había herido la susceptibilidad del
Presidente.
Mas, habiendo observado en el transcurso del tiempo, que la
inquina de este personaje político no daba muestras de ceder, hube
de pensar -y esa es todavía hoy mi opiIliónque el verdadero motivo
de la displicencia, y aún antagonismo del General Wilches para
conmigo, provenía de un concepto equivocado. Los diputados del
Departamento de Vélez no le habían favorecido con sus votos en
aquella elección para Presidente, y él atribuyó tal vez a
influencia mía el resultado de la votación.
Tanto por el motivo antes apuntado, cuanto por el interés que
tengo de dejar bien establecida y comprobada la uniformidad de mis
ideas en materia de gobierno, transcribo a continuación el
mencionado discurso.
Es como sigue:
"Señor Presidente.
Os felicito por la elección popular que conserva en vuestras manos
las riendas del Gobierno del Estado, por un período
constitucional.
Este es un honor de que os han hecho digno vuestra firme
adhesión a los principios liberales, y vuestro bizarro
comportamiento como soldado de la federación; pero no es una
recompensa.
En las Repúblicas, esta clase de elecciones, ciertamente
honoríficas por cuanto atestiguan la confianza del pueblo, y son
comúnmente un reconocimiento explícito de idoneidad y patriotismo,
no implican prerrogativas de ninguna especie, e imponen, por el
contrario, verdaderos sacrificios: son una pesada carga echada
sobre los hombros de aquel a quien se considera con fuerzas para
llevarla, en virtud del derecho que tiene la sociedad para exigir
de cada uno de sus individuos, servicios proporcionados a sus
respectivas capacidades.
La opinión ocasionalmente admitida en nuestro país, de que los
puestos públicos están destinados a recompensar servicios de
cualquiera naturaleza, sobre ser errónea, sería altamente
perniciosa para la sociedad; porque falseando la justa noción que
los elegidos del pueblo deben tener acerca de sus deberes,
relajaría el ejercicio de las funciones públicas, convirtiendo en
sinecuras los más importantes puestos oficiales; y porque,
rebajando el ideal de las verdaderas recompensas, que solo
consisten en la estimación pública, pervertiría el sentimiento
moral de dignidad en los pueblos, y los prepararía para la
servidumbre. Por eso es por lo que la historia de nuestro país nos
presenta como las épocas de mayor peligro para la libertad,
aquellas que han seguido inmediatamente a los períodos
revolucionarios. Entonces, servidores eminentes se han creído con
derecho al poder; y los pueblos, por un sentimiento extraviado de
gratitud, se han considerado, a su vez, en la obligación moral de
conferírselo.
Afortunadamente para Colombia estos tiempos van pasando, quizá
para no volver; y ni el más susceptible patriotismo encontrará hoy
tal vez motivos de aprehensión a este respecto. Para que la altivez
propia de nuestro carácter pueda ser dominada hasta ese punto; para
que el pueblo colombiano llegue a ese grado de abatimiento moral,
se necesitan grandes calamidades; una guerra doméstica como la
pasada, de que Dios quiera preservar para siempre a Colombia!
Así, pues, estos conceptos pueden muy bien carecer de aplicación
en la actualidad; pero ellos, como todos los que forman la doctrina
liberal republicana, deben ser preconizados con frecuencia,
repetidos sin descanso, especialmente en ocasiones como la presente
en que, aún la palabra del más oscuro ciudadano, puede alcanzar
alguna resonancia.
De no ser para esto, no comprendería yo el objeto de estas
solemnidades, que convertidas en vanas y ostentosas ceremonias,
contrastarían con la sencillez de nuestras costumbres y nos
alejarían más cada día de la austeridad republicana.
Pero la ocasión me impone también el deber de deciros algo que
tenga especial relación con el programa administrativo, que como
Presidente del Estado debéis formular y cumplir; y antes de
hacerlo, debo declararos que no abrigo otra pretensión que la de
armonizar con la costumbre establecida a este respecto,
correspondiendo al propio tiempo a mis humildes precedentes de
franqueza y de lealtad.
Siendo la paz pública la primera de todas las necesidades, su
conservación y afianzamiento es, por el mismo hecho, vuestro primer
deber. Pero a este respecto, en vuestro Mensaje a la Asamblea
emitisteis un concepto que es, por sí solo, un programa entero, del
que la opinión pública del Estado se habrá apresurado a tomar nota.
Dijisteis en aquel solemne documento: Con un pequeño esfuerzo
del buen sentido Y la justa y perseverante tolerancia del Gobierno,
se habrá fundado perdurablemente la paz y el progreso que tanto se
anhela.
Este oportuno y juicioso pensamiento, seguido por vos con la
lealtad que os distingue, sostenido por la fe que acompaña a toda
convicción verdadera, y aplicado especial, cuidadosa e
inflexiblemente al ejercicio del sufragio popular, en cuya libertad
y moralidad descansa el orden social en los países democráticos;
este pensamiento practicado así, atraerá sobre vos, no lo dudeis,
toda la honra y toda la reputación a que aspiráis.
Sin tolerancia no hay vida civil posible: predicarla sin
descanso y practicarla con buen criterio moral, hasta incrustarla
en las costumbres populares, es trabajar del modo más eficaz y
directo por la consolidación de la paz, el afianzamiento de las
instituciones republicanas y el progreso social.
Después de esto y del fiel cumplimiento de las leyes, la
protección asidua e inteligente a la instrucción pública, el
estímulo a toda industria naciente, y el impulso a ciertas mejoras
materiales, deben fijar vuestra atención.
En esta tarea nada podríais hacer sin el concurso del Poder
legislativo; pero la Corporación que lo representa actualmente está
animada de las mismas patrióticas intenciones que han dominado en
todas las Asambleas de Santander; y ella, al ofreceros por mi
conducto su leal cooperación, espera con entera confianza que la
parte que os corresponde en la dirección de la cosa pública, será
desempeñada dignamente.
Ella es de grande importancia; pues sin buenos ejecutores, de
nada o de muy poco sirven las mejores leyes. Aptitudes y probidad,
son las dotes que preferentemente debeis buscar en los agentes que,
conforme a la Constitución y a la ley, tenéis el deber de
nombrar.
Por lo demás, vuestro carácter y la popularidad de que estáis
investido, permiten esperar que gobernaréis sin recelos ni
desconfianzas de ninguna especie. Una política amplia Y liberal es
la que mejor se aviene con la índole, generosa Y las costumbres
realmente democráticas del pueblo que os ha elegido; costumbres
quizás más extendidas y arraigadas en esta que en otras secciones
de Colombia a causa de la unidad de la raza, que, como bien sabéis,
constituye uno de los primeros elementos de la paz social. Esta
feliz circunstancia, y la sensatez y dignidad que distingue en
Santander aún a las masas populares, no degradadas y envilecidas
como en otras partes, facilitan un tanto la tarea del
gobernante.
Nada, pues, debe inquietaros al aceptar el Poder y asumir la
responsabilidad inherente a él. Las simpatías que habéis tenido la
fortuna de inspirar en todas las clases de la sociedad, os
acompañarán para fortalecer vuestro ánimo en los momentos
difíciles, si desgraciadamente se os llegaren a presentar; y yo
espero que al terminar vuestro período administrativo, recogeréis
el mismo aplauso que han merecido vuestros distinguidos
predecesores; y que entre las voces que se levanten para
felicitaros pueda resonar, aunque débil, entusiasta cual la que
más, la del ciudadano que ha tenido la honra de poner en vuestras
manos el bastón presidencial.
He dicho".
A la jornada del 10 de Octubre de 1868 no se siguió un período
de completa paz, como era de esperarse, sino sólo un estado de
relativa confianza en la conservación del orden
general,
debida a la actitud pacífica del partido conservador, sin que
fueran parte a disminuir esa confianza los movimientos
revolucionarios de Cundinamarca y Boyacá (1870 y 1871), porque
ninguno de ellos tuvo en mira introducir alteración alguna en el
régimen político existente, sino un simple cambio en el personal
gubernativo; de donde resultaba que el desenlace de la contienda,
cualquiera que fuese, no podía afectar de modo alguno el orden
federal.
El triunfo de la revolución de Cundinamarca, definitivamente
alcanzado en menos de setenta y dos horas, fue un acontecimiento
raro en la historia de nuestras luchas domésticas, en las que se ha
peleado siempre con la obstinación propia de toda guerra entre
hermanos, y del valor de nuestra raza. Tan rápido desenlace reveló
la existencia de una de estas tres causas, o de todas juntas, a
saber: suma negligencia de los encargados de velar por la
conservación del orden público; carencia absoluta de opinión; o
falta de valor Y de energía para afrontar virilmente el conflicto.
En todo caso, la extrema facilidad con que fue derribado aquel
Gobierno, presidido como estaba por un distinguido patriota, que
gozaba de generales simpatías en Cundinamarca, el General Justo
Briceño, fue una demostración práctica de que el principio de la
legitimidad había perdido todo su prestigio, a causa indudablemente
de la frecuencia con que habían venido cambiándose, por vías de
hecho, los Gobiernos seccionales, de manera de haberse convertido
ya éste en un espectáculo con el cual se iba familiarizando la
Nación
(1).
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