LA ADMINISTRACION
GUTIERREZ
VIII
Corría el año de 1868. El 1° de abril había tomado posesión de
la presidencia de la República el General Santos Gutiérrez, a
virtud de una elección verdaderamente popular.
La situación política era de calma, pero de calma relativa, pues
que apenas acababa de extinguirse el fragor de la última
tormenta.
El golpe de muerte asestado a las instituciones patrias el 29 de
abril del año anterior, había acercado a conservadores y liberales
republicanos, con el propósito de aunar sus esfuerzos para
restablecer por las armas el imperio de la legitimidad; de manera
que, sin el afortunado golpe militar del 23 de mayo, huestes
republicanas organizadas por los dos grandes partidos habrían
vuelto a vivaquear en un mismo campamento y a la sombra del
pabellón constitucional, como en 1854.
El simple amago de inteligencia entre esos opuestos bandos,
favoreció de modo especial la candidatura conservadora del doctor
Ignacio Gutiérrez Vergara para Gobernador de Cundinamarca, la cual
no sólo tuvo el asentimiento de muchos y muy notables liberales,
sino también el apoyo efectivo de algunos de ellos.
Esa circunstancia fue parte, además, para que el Presidente,
General Gutiérrez, siguiendo el impulso de su generoso carácter,
llamase uno en pos de otro a la Secretaría del Tesoro a los dos
personajes conservadores que desempeñaban las gobernaciones de
Antioquia y Cundinamarca, señores Pedro Justo Berrío e Ignacio
Gutiérrez Vergara, quienes se excusaron de aceptar los respectivos
nombramientos.
Ahora, el hecho de haberse ofrecido éstos a los dos únicos
conservadores que para aceptarlos habrían tenido que dejar una
posición oficial independiente y de mayor influencia política que
la que se les brindaba en el gobierno federal, prueba de modo
inequívoco que aquel paso se dio con cierta vacilación. Y no era
ciertamente el caso para menos. Salvo situaciones excepcionales,
como la de 1855, en que, a virtud del mancomunado esfuerzo de los
dos grandes partidos doctrinarios, se acababa de echar por tierra
una dictadura militar; o el caso nunca visto hasta ahora entre
nosotros, de una transacción entre el Gobierno y el partido
oposicionista; salvo esas especiales situaciones, y quizá alguna
otra que por el momento no me ocurre, pero que no era la de 1868,
los ministerios mixtos son meros expedientes, simples paliativos de
una mala situación política, e inadecuados, por tanto, para allanar
graves dificultades en el Gobierno. Por el contrario, en los pocos
casos prácticos que aquí han ocurrido, esas combinaciones políticas
han dado resultados desfavorables, ya al uno, ya al otro de los dos
partidos en ellas interesados, y a veces a ambos.
Por haber tenido yo ocasión, en el trascurso de mi carrera
pública, de meditar mucho sobre este problema de gobierno, estoy en
capacidad de hablar de él con menos temor de incurrir en desacierto
del que he tenido al tratar otros puntos semejantes.
Con excepción de los principios fundamentales del gobierno
republicano, o sea de sus esenciales condiciones de popular,
representativo, alternativo y responsable -condiciones respecto de
las cuales no había existido hasta 1886 ni la más leve discrepancia
en el credo político de nuestros partidos- con excepción de esos
principios tutelares, en casi todos los demás puntos de la
política, en no pocos de la administración, y aún en lo relativo a
la inteligencia práctica o al desarrollo en las leyes de los dogmas
de libertad, igualdad y seguridad personal, ha habido siempre
notable diferencia entre los partidos, pues precisamente es ésta su
razón de ser.
Ahora bien, para que el jefe o representante de cualquiera de
esas colectividades, una vez elevado al primer puesto oficial de la
Nación, pueda poner en práctica el programa político a que ha
debido su elección, preciso es que se rodee de individuos adictos a
ese mismo programa, so pena de tropezar a cada paso con obstáculos
más o menos graves para su puntual cumplimiento.
Así lo reconoció el más grande de los caudillos que ha tenido el
Nuevo Continente,
(1)
cuando en ocasión solemne se expresó en estos términos:
"Mientras yo tenga el honor de dirigir los asuntos
políticos, no concederé a sabiendas ningún empleo importante a
hombres cuyas doctrinas políticas sean contrarias al fin general
del Gobierno; porque eso, en mi concepto, sería una especie de
suicidio político". Y nótese que estas palabras las dijo
después de haber experimentado los disgustos y embarazos que le
ocasionó la simultánea presencia en el gobierno que presidía de
hombres eminentes por su patriotismo, su talento y sus servicios,
pero contrarios en ideas políticas: Hamilton y Jefferson.
No hace muchos días que, leyendo el editorial de un periódico de
Bogotá, tropecé con un pasaje que me llamó mucho la atención, por
haber visto expuesto allí lo que pudiera llamarse ideal de un
gobernante, dicho con una concisión y claridad difíciles de
igualar.
Es el biógrafo de Balmaceda, quien, al hablar de la política
seguida en el gobierno por este ilustre magistrado, hace observar
que "en el mandatario público se reunen dos caracteres y
dos líneas de conducta: administrador -dice- debe separarse de las
pasiones políticas y fijar su atención únicamente en la aplicación
de las leyes; jefe de la entidad política, no puede olvidar que es
hombre de partido y que éste le elevó al poder para realizar sus
ideales".
Además, bajo el régimen constitucional que imperó en Colombia
hasta 1886, ninguna necesidad hubo de combinaciones políticas como
la de que ahora trato. La colectividad conservadora, que era la que
constituía el bando oposicionista, desde la inauguración de aquel
régimen, tuvo constante participación en el manejo de los negocios
públicos, tanto en los gobiernos seccionales como en el federal,
hasta que se rebeló en 1876. En manos de ese partido estuvo por
largo tiempo el gobierno de dos importantes Estados -Antioquia y
Tolima- los cuales le daban representación en los Congresos; la
tuvo también en las Asambleas legislativas de los Estados, en sus
Tribunales de Justicia, en las oficinas seccionales, en los Jurados
electorales, en las oficinas federales, en la Instrucción Pública,
especialmente en las escuelas universitarias y en las Corporaciones
municipales. En la dirección de la Instrucción pública nacional,
vimos a Mallarino, y a Pardo y a Narváez a la cabeza de las
Escuelas de Medicina e Ingeniería. Con esto y la libertad absoluta
de la prensa, unido al goce más o menos efectivo en la práctica,
pero nunca suspendido ni atropellado oficialmente en tiempo de paz,
de las más amplias garantías individuales, estuvo siempre ese
partido en capacidad de llegar por legítimos caminos a la posesión
del poder federal; y a nada más, como tampoco a nada menos, tiene
derecho, en mi concepto, un partido vencido en leal contienda, como
lo había sido el conservador en 1860.
Así se vio en aquel tiempo -llamado de anarquía por los modernos
regeneradores- un equilibrio político proporcionado a la
fuerza efectiva de cada uno de los partidos; el cual, si bien solía
resentirse de nuestra falta de verdaderas costumbres republicanas y
de la exageración a que se llevó el principio federal, tendía
visiblemente a establecer en nuestro país prácticas gubernativas
protectoras del derecho, y a hacer efectivo el principio
democrático del gobierno de todos y para todos.
Volviendo a los ministerios mixtos, réstame observar que, fuera
del caso ocurrido en 1855, en que un ministerio de esta clase
correspondió satisfactoriamente a las necesidades de una situación
política, de 1840 en adelante no ha habido otro que no haya sido un
mero expediente, si se exceptúa el llamamiento del doctor
Florentino González a la Secretaría de Hacienda, hecho por el
General Mosquera en su primera administración; llamamiento que no
fue motivado por ningún plan político, como no fuese el de
demostrar prácticamente la conveniencia de separarse alguna vez de
la común regla en punto a formación de ministerios, para el solo
efecto de iniciar determinadas reformas administrativas, cuya
gestión en los Congresos y cuyo planteamiento por el Ejecutivo
exigían aptitudes especiales.
Y sin embargo de haber sido tan manifiestamente patriótico el
motivo que llevó al doctor González a la Secretaría de Hacienda, y
tan ajeno a los intereses de partido, no dejó por ello de afectar
desfavorablemente los de ambas parcialidades, así: los del partido
liberal, porque comprometió la posición política del más
caracterizado de sus jefes, no obstante la salvedad que él tuvo
cuidado de hacer al aceptar el nombramiento en estos significativos
términos: "mis principios son conocidos, mi fe está
escrita"; y los del bando conservador, porque, según lo
afirma el eminente publicista don José Eusebio Caro en su
Historia del 7 de marzo, ese nombramiento fue causa de la
división de aquel bando y de su consiguiente caída en 1849.
Como prueba de lo difícil que ha sido siempre este paso para
nuestros gobernantes, recordaré el nombramiento que hizo el
Presidente López en el General José Acevedo, conservador moderado y
de notorias aptitudes para Secretario de Relaciones Exteriores, y
la dura necesidad en que se vio de retirarlo, a causa del profundo
disgusto con que fue recibido por la mayoría del partido
liberal.
Antes de posesionarse por segunda vez el doctor Rafael Núñez de
la presidencia de la República, anunció desde Cartagena, en
correspondencia particular, el propósito de venir a observar en el
gobierno una política ampliamente conciliadora; y después de haber
declarado en su discurso de posesión que era "liberal
irrevocable", llamó a formar parte del ministerio,
compuesto en aquel tiempo de solo cuatro Secretarios, a los señores
General Eustorgio Salgar y doctor Napoleón Borrero, quienes aunque
habían apoyado la primera candidatura presidencial del señor Núñez,
conservaban su puesto en las filas.
La presencia de estos liberales en el gobierno, lo mismo que la
del General Santos Acosta, que entró después de haberse retirado
los dos primeros, sólo duró el tiempo necesario para que cayeran en
la cuenta de que el Presidente, cediendo a la tentación del
directorio conservador, había resuelto volverle definitivamente la
espalda al partido liberal, para entrar de lleno, con su nuevo
incondicional aliado, en la amplia vía de la
Regeneración.
(1)
Y comoquiera que esos nombramientos fueron recibidos como prenda
del liberalismo del señor Núñez, produjeron el efecto de enervar la
oposición en la prensa y en las Cámaras legislativas, en momentos
quizá decisivos para la suerte del partido liberal; así como
también contribuyeron a infundir en los Presidentes de Antioquia y
Tolima, engañosa y quizá funesta confianza en la lealtad política
del señor Núñez.
Ocasión vendrá luego de examinar si los señores Salgar, Acosta y
Borrero, al aceptar los referidos nombramientos sin haber tenido
con el Presidente las explicaciones que la conducta de éste en su
primera administración y la falsía genial de su carácter hacían
indispensables, procedieron o no con ligereza indisculpable. Por
ahora basta a mi propósito hacer notar que la entrada de esos
ciudadanos en el Gobierno estuvo muy lejos de favorecer los
intereses del partido que representaban.
Volveré a tratar de los Ministerios mixtos.
El llamamiento hecho por el General Santander al señor Rafael
Mosquera, y en reemplazo suyo al señor Lino de Pombo, a una de las
Secretarías de Estado, puede citarse como un caso análogo al de
1855, por cuanto fue precedido, lo mismo que éste, de una reacción
anti dictatorial, en la que tomaron parte conservadores muy
notables en unión del partido liberal. Hay, además, otra
circunstancia justificativa de tales nombramientos, cual es la de
que esa misma fracción conservadora prestó su apoyo franco a la
candidatura del General Santander.
Debido indudablemente a las especiales condiciones de carácter,
de patriotismo e ilustración del señor Pombo, el General Santander
no tuvo acaso, o al menos se ignora que lo tuviese, motivo para
arrepentirse de haber hecho aquel nombramiento; pero sí lo había
tenido antes respecto del Ministerio del año de 1826, según se ve
en reciente publicación del doctor José Camacho Carrizosa, hecha en
el
Repertorio Colombiano, y titulada
Hombres y
partidos, publicación en la cual se encuentra el siguiente
pasaje, a las páginas 422 y 423.
"Bolívar sólo aceptó la presidencia entonces por dos
días: el 23 y el 24 de Noviembre. El único acto de importancia que
ejecutó, fue asumir el uso de las facultades extraordinarias para
seguir a Venezuela investido de ellas. Santander quedó ejerciendo
el poder como Vicepresidente, conservando el mismo Ministerio, que
en realidad era más adicto a la persona de Bolívar
que a la
política del General Santander, y cuya conducta puede juzgarse
por el siguiente concepto de carta de Santander al doctor Soto,
fechada en Roma a 12 de Diciembre de 1830, la cual, yunto con otras
que tampoco han sido hasta hoy publicadas, insertaremos más
adelante, por la luz que arrojan sobre los acontecimientos de
aquella época. Dice así:
"Erré en vivir persuadido de que Bolívar trabajaba para
Colombia y para su propia gloria;
erré en elegir Ministros
débiles que el día del combate arrojaron la espada y desertaron
al enemigo".
Este histórico acontecimiento me trae a la memoria otro, en
cierto modo semejante, que ocurrió bajo la administración del
doctor Santiago Pérez.
No era el caso de un Ministerio mixto, pues que todos los
miembros del Gabinete pertenecían a una misma comunidad política;
pero habiendo estallado en las filas de ese partido, con motivo del
próximo debate electoral, una honda división que tuvo eco simpático
en algunos de los miembros del Ministerio, ella dio lugar a un
grave conflicto.
Fue el caso de que, habiendo formado el Presidente Pérez el
sincero propósito de abstenerse de toda participación en la lucha
electoral de 1875, el Secretario de Guerra y Marina, General
Santodomingo Vila, de acuerdo con el Comandante de la Guardia
Colombiana, General Solón Wilches, aprovechando esa actitud neutral
del Presidente, se permitió hacer firmar por los jefes y oficiales
del ejército, manifestaciones de adhesión a favor de una de las dos
candidaturas liberales que habían sido lanzadas a la discusión
pública.
Burlada así la voluntad del Presidente, y ofendida su dignidad
de Magistrado, exigió del Secretario disidente la renuncia del
puesto que le había confiado; y como éste se denegase a
presentarla, el Presidente declaró vacante el puesto.
El General Santodomingo Vila no se limitó "a arrojar la
espada y desertar al enemigo", como lo hicieron los
Ministros a que alude el General Santander, sino que la desenvainó
contra el Gobierno de que acababa de hacer parte.
Y si un incidente de tanta gravedad pudo ocurrir entre
copartidarios ¿qué no deberá temerse que suceda entre individuos de
diversa comunión política?
Desde luego no tengo para que referirme a simples divergencias
sobre cuestiones administrativas, nada extraordinarias por cierto,
y que si bien suelen dar lugar a cambios parciales en el
Ministerio, no tienen trascendencia bastante para producir
peligrosas agitaciones en los partidos. De esos cambios ofrece tan
numerosos ejemplos la breve historia de nuestra vida política, que
pocas administraciones podrán gloriarse de no haberlos
experimentado.
Debido probablemente al estado de guerra en que me tocó gobernar
la República, esto es, a la mayor de las contrariedades que pueden
sobrevenirle al Jefe de una Nación, y que, como toda gran
calamidad, parece destinada a excluír contrariedades relativamente
pequeñas; debido tal vez a esa circunstancia, no hube de pasar por
la pena de ver separarse del Ministerio a ninguno de mis
Secretarios por causa de desacuerdo en lo relativo a la política o
a la administración. Los que dejaron su puesto, lo hicieron por
motivos ajenos a toda desavenencia de carácter oficial, o a falta
de armonía en sus relaciones personales con el Jefe del
Gobierno.
Un solo caso de discrepancia ocurrió entre el Presidente Y uno
de sus Secretarios -el de lo Interior y Relaciones Exteriores,
doctor Manuel Ancízar-; pero debido al gran fondo de patriotismo y
a la genial deferencia de este eminente ciudadano, no dio aquello
lugar a ningún conflicto político ni llegó a afectar en lo mínimo
las buenas relaciones personales entre el Secretario y el
Presidente.
Tratábase del arreglo sobre enseñanza de religión católica en
las escuelas públicas, patrióticamente iniciado por el Ilustrísimo
Arzobispo de Bogotá, señor Arbeláez, desde el día siguiente a la
inauguración del nuevo Gobierno.
Tanto el Secretario de lo Interior como el Presidente,
abundábamos en deseos de celebrar tal arreglo, considerándolo como
medio de devolver la tranquilidad a las conciencias -alterada sin
fundamento, pero indudablemente alterada- y como medio de conjurar
la revolución, que so pretexto de la enseñanza laica se predicaba
sin embozo en los distintos lugares de la República, por donde
peregrinaba en propaganda bélica y como representante de su partido
el señor Manuel Briceño, después General.
Debidamente autorizado por el Presidente, y con las
instrucciones del caso, el Secretario de lo Interior y Relaciones
Exteriores procedió a celebrar conferencias con el señor Arzobispo;
y pasados algunos días me presentó, como resultado de ellas, un
proyecto de arreglo del cual tuve la pena de desaprobar
rotundamente la parte que, en mi opinión, implicaba renuncia o
abdicación de facultades por parte del gobierno.
Ante esta declaración del Presidente, el señor Ancízar
permaneció impasible, como si un gran caudal de patriotismo ahogase
en él todo movimiento de amor propio; y después de haber reconocido
explícitamente la justicia de mis observaciones y de haber visto
censurada su conducta en un periódico conservador de la capital;
tuvo la franqueza, -y aún la modestia, puede decirse- de dar
explicaciones acerca de ella en un artículo que se halla publicado
en la sección editorial del número 1975 del
Diario de
Cundinamarca. Como este documento, verdaderamente histórico,
contiene la relación fiel de lo que ocurrió en el curso de las
negociaciones con el señor Arzobispo, creo conveniente y oportuno
transcribirlo a continuación. Es como sigue:
ARREGLOS SOBRE ESCUELAS
Es genial en algunos hombres
Juzgar de los otros por lo que de
sí mismos sienten.
ARREGLOS SOBRE ESCUELAS ha intitulado
El Tradicionista su
editorial del número 510, publicado el 7 del corriente; y
prescindiendo, por ahora, de la destemplanza de lenguaje que lo
distingue, me ceñiré a narrar lo que pasó en esa mal apreciada
negociación.
En la visita de cortesía que el 2 de abril hizo al nuevo
presidente el señor Arzobispo, expresó en su discurso de
felicitación sus patrióticos deseos de que fuesen allanadas las
dificultades que en materia religiosa pudieran ofrecerse; deseos
que con palabras cordiales ratificó en la conversación privada que
siguió a este acto, con referencia a la enseñanza en las escuelas
públicas. El Presidente le contestó abundando en iguales
sentimientos de conciliación, y aceptando la benévola iniciativa
del señor Arzobispo en tratar de este asunto llana y
amigablemente.
Consecuencia natural de esto fue que a los pocos días comenzasen
mis conferencias privadas con el señor Arzobispo, en las que
discutimos cuál sería el medio más aceptable para llegar a un
avenimiento que alejara, por lo menos de la Arquidiócesis, las
envenenadas cuestiones que, so pretexto de
escuelas ateas,
traían exasperados los ánimos en el -Estado del Cauca hasta el
punto de temerse una catástrofe, y empezaban a conmoverlos en otras
partes con apariencias de no menos desastrosos resultados. Un
vehemente y sincero deseo de asegurar la paz y evitar que la
República se deshonrase con la más bárbara de las guerras civiles,
animó estas conferencias, que con interrupciones más o menos largas
provenientes, sin duda, de los quehaceres del señor Arzobispo, no
de mi voluntad, nos ocuparon hasta fines de Junio.
Conviene notar que la mayor de estas interrupciones sucedió
precisamente en los días de aquel mes en que estuvo alarmada Bogotá
por los significativos movimientos de ciertas gentes, que acopiaban
elementos de guerra y manifestaban de diversas maneras el propósito
de llevarla a efecto, y que si desistieron fue porque se
convencieron de que no contaban con auxiliares de afuera, ni con la
esperada y fomentada conmoción del Cauca. Calmado el entusiasmo
bélico de los agitadores, el señor Arzobispo, insistiendo en su
patriótico anhelo, expresó su deseo de que se reanudaran los
interrumpidos arreglos, porque habiendo dado cuenta de ellos a
Roma, quedaría desairado si no se consumaban según lo tenía
anunciado, Y en una posición crítica que quería evitar en beneficio
de esta sociedad cuyos intereses no podían serle extraños.
Si por parte del señor Arzobispo había un interés de dignidad,
además del patriótico, en que los arreglos tuvieran término, por
parte del Gobierno lo había en quitar a los agitadores el pretexto
religioso que hacían valer para cohonestar su mala obra: ni al uno
ni al otro convenía diferir este asunto, por más que así lo imagine
el señor Caro fundado únicamente en la malicia de sus
conjeturas.
Accedió una vez más el Presidente, y al cabo se formularon
proyectos de notas, que son las que publica
El
Tradicionista, inclusive el proyecto de circular del señor
Arzobispo, que me leyó, y de todo lo cual ofrecí dar cuenta al
Presidente. Así lo hice; y éste, a la primera lectura, declaró
perentoriamente que la circular era de todo punto inaceptable por
cuanto encomendaba a los párrocos una inspección sobre las
escuelas, sus textos y métodos, que no era posible conceder, cuando
de lo que se trataba era únicamente de los medios de facilitar la
enseñanza religiosa: borró también en mi proyecto de contestación
las frases que
El Tradicionista pone en bastardilla, y me
encargó que significara al señor Arzobispo que con aquella circular
todo arreglo era imposible, que no se publicaría ninguno de esos
documentos, sino una breve circular mía recordando a los Directores
de escuelas lo que ya se les había prevenido en punto a la efectiva
enseñanza religiosa, y que en la alocución que preparaba
mencionaría esto como un acto espontáneo del Gobierno.
Dos días después tuvo lugar mi última entrevista con el señor
Arzobispo: le expuse en términos claro la decisión del Presidente,
insistiendo en decirle que al Poder Ejecutivo no solo no le era
lícito aceptar, pero ni aún darse por entendido de la circular a
los párrocos. Larga y penosa fue esta conferencia: todo parecía
frustrado; pero al fin convinimos en que el señor Arzobispo
aceptaría pura y simplemente los arreglos formulados por él en su
nota del 1° de junio, admitidos por mí en los términos de mi
respuesta del 6, y reproducidos en la nota que había de pasar al
Director general de Instrucción Pública para que la circulara. Allí
mismo redacté el proyecto de aceptación, tal como lo publica
El
Tradicionista con la fecha 1° de julio, menos el final que
escribí así: "Siempre que los Directores de las escuelas
sean de la satisfacción de los párrocos o ministros";
frase que fue rechazada por el Presidente, lo que motivó su
determinación de invitar al señor Arzobispo a una entrevista que
pusiera punto a estas dificultades, que parecían interminables.
La entrevista tuvo lugar el 1° de julio a las cuatro y media de
la tarde. Eran las siete cuando recibí un billete llamándome. Al
entrar al gabinete, una exclamación del señor Arzobispo me dio a
entender que toda nuestra labor era perdida: la frase rechazada por
el Presidente en el proyecto de aceptación de los arreglos era el
escollo en que se estrellaban. Entonces me ocurrió mudarla en otra
que haría posible el acuerdo, y propuse ésta:
"Siempre que los Directores cumplan con los deberes que
por la circular del gobierno se les impone", y quedó
adoptada; como también quedó adoptada por el señor Arzobispo la
modificación de mi nota del 6 de junio, suprimiendo las palabras
que pone en bastardilla y entre manecillas.
El Tradicionista,
y que el Presidente manifestó que borraba por inexactas las
primeras y por inconvenientes las otras.
Terminó la entrevista cerca de las ocho: se devolvió al señor
Arzobispo el borrador de su proyecto de circular a los párrocos
para significar que ni aún en borrador era aceptable; y se convino
en que la alocución no se publicaría sino junto con los documentos
del arreglo enmendados según queda dicho y reducidos a lo que
apareció en el
Diario Oficial.
Tal es la historia fiel de estas negociaciones: en ellas ni la
suma paciencia ni la mutua sinceridad faltaron: no se perdió nunca
de vista el interés de la República en que la paz no fuese
interrumpida dejando propagar escrúpulos religiosos, que si de
buena fe se tenían por muchos, para otros no eran sino un pretexto
para llevar a efecto sus intentos revolucionarios; ni se ocultó la
situación peligrosísima que los intrigantes de partido labraban al
clero católico arrastrándolo al inseguro terreno de la política
militante. No: cuando cosas tan graves están en juego no se
representan farsas, ni cabe usar sutilezas de tinterillo, que el
señor Caro describe como pocos maestros en el arte podrían
hacerlo.
Debo declarar que en el señor Arzobispo encontré siempre un
inalterable propósito de bien público, y la ingenuidad Y cortesanía
que cuadran a su elevado carácter.
El señor M. A. Caro puede preguntarle si en nuestras dilatadas e
íntimas conversaciones descubrió en mí algo de la falsía que el
católico señor me imputa: cualquiera que no lo conozca creería que
él no ha tratado nunca con hombres de bien, pues tan fácil e
inclinado se muestra a no ver en los otros sino ruines
trapaceros.
Lo que sí sorprende en un sujeto de tanto saber es su ignorancia
del lenguaje de buena sociedad, de que es una muestra aquella
frase: "El señor Ancízar... publica FALSIFICADA su nota de
contestación". Ya he dicho cómo se modificó esa nota: el
señor Caro sabrá de dónde la obtuvo sin las supresiones convenidas,
que él restablece para sacar a lucir la mejor palabra de su culto
estilo.
M.
ANC1ZAR
Espero que no se extrañará este avance cronológico en el curso
regular de estas Memorias. El deseo de reforzar con citas
históricas el fondo de mi argumentación contra los llamados
Ministerios mixtos o de conciliación entre bandos políticos
esencialmente antagónicos, fue lo que me trajo, de un salto, al año
de 75; y como de éste al de 76 sólo hay un paso, no he podido
resistir a la tentación de salvar tan corta distancia, y entrar por
un momento en el palacio de San Carlos, donde llevé vida de
prisionero por espacio de dos años.
Queda, pues, históricamente demostrado, si mi juicio no me
engaña, que, salvo situaciones excepcionales, el problema político
de los llamados Ministerios mixtos se resuelve siempre de uno de
estos dos modos: o el miembro de la oposición llamado a ocupar un
puesto en el Ministerio pretende inclinar la balanza política del
lado del partido a que pertenece -caso en el cual su presencia en
el gabinete se hace embarazosa para la marcha expedita del
Gobierno, y viene a ser por tanto insostenible-; o se amolda
dócilmente a la política predominante en el Ministerio, y entonces
se anula para su propio partido. Resultados: el Gobierno nada habrá
ganado con haber llamado al Ministerio a un miembro de la
oposición; y ésta no sólo habrá dejado de ganar, sino que perderá
alguno o algunos de sus personajes, quienes o quedan anulados o se
pasan al campo enemigo.
¿Quién puede asegurar que la apostasía política del doctor
Florentino González no hubiera tenido su primer origen en el
profundo disgusto que debió de sentir al observar que sus
copartidarios, olvidando en un solo día servicios de más de treinta
años, prestados con brillo a la causa liberal, y relevantes pruebas
de firmeza y de valor civil, hubieran dudado de su lealtad política
en el primer momento de prueba?
Por desgracia el posterior cambio político de quien había sido
nuestro Casimiro Periére, vino a dar la razón a cuantos
desconfiaron de él. Y comoquiera que ese caso de defección no ha
sido único ni aún raro entre nosotros, preciso es reconocer la
razón que tienen los partidos para mostrarse celosos de sus hombres
hasta el punto de pretender que no den lugar ni a sospechas, como
lo exigía César de su mujer.
La elección de Gobernador de Cundinamarca, de que hablé antes,
dio origen al suceso político más grave de cuantos tuvieron lugar
durante la administración del General Gutiérrez; suceso que la
historia ha simbolizado en dos fechas: 9 y 10 de Octubre.
La indisputable popularidad con que fue elegido para ese puesto
el doctor Gutiérrez Vergara no bastó a inspirarle confianza en la
solidez de su gobierno, porque tenía al frente un partido de
oposición no conforme con su reciente caída, la que atribuía a una
transitoria división en sus propias filas; y porque, sintiéndose
fuerte por el número y por la virilidad, disponía además de la
influencia que deja tras sí el prolongado ejercicio del poder.
Esa situación del nuevo Gobernador, muy semejante a la en que se
hallaba por ese mismo tiempo el Presidente del Tolima -copartidario
de aquel- y que es común a todos los gobiernos resultantes del
triunfo pacífico de un partido de oposición; esa situación, digo,
era excepcionalmente difícil en Cundinamarca, porque a la
divergencia de opiniones políticas entre el Gobierno seccional y el
de la Unión, se agregaba la circunstancia de tener ambos una
residencia común.
El obligado contraste de estas dos entidades era ocasionado a
choques imprevistos y a mutuas desconfianzas, que debían traer por
consecuencia un estado de permanente intranquilidad en
Cundinamarca.
Comprendiéndolo así los jefes de los dos gobiernos, y sintiendo
la necesidad de inspirar confianza en la paz, tuvieron especial
cuidado de cultivar relaciones personales un tanto cordiales y de
emplear en el tratamiento oficial las más delicadas formas de
cortesía; pero, a la sombra de estas manifestaciones los partidos
se preparaban activamente para medir sus fuerzas en la próxima
lucha electoral.
En previsión de una contienda armada, el Gobernador Gutiérrez
solicitó y obtuvo del gobierno conservador de Antioquia un auxilio
de mil fusiles, que distribuyó entre las poblaciones que le eran
más adictas, "dejando así desarmada la autoridad y armado
el espíritu de facción", como lo dijo el periódico La Paz
en su número del 13 de Octubre de aquel año.
Coincidió con este reparto del parque la organización casi
militar que se dio al Estado, con el nombramiento de jefes
departamentales en individuos que habían figurado en alta posición
en el extinguido ejército vencido en 1560, y que sólo pensaban en
vengar su derrota.
Estos preparativos bélicos, lejos de intimidar al partido
liberal, fueron poderoso estímulo para que redoblara sus esfuerzos
a fin de obtener, como obtuvo, triunfo completo en la elección de
diputados a la Asamblea legislativa, corporación que asumía, según
la Constitución vigente, la casi totalidad del poder seccional.
Prevenidos así los ánimos, la lucha entre el Gobernador y la
Asamblea comenzó el día mismo de la instalación de ésta.
Como el medio más certero de anular la influencia oficial del
Ejecutivo en la próxima elección de Gobernador, la Asamblea dictó
una ley por la cual se disponía que para el nombramiento de
alcaldes de distrito debía sujetarse el Gobernador a una terna que
le presentarían los Designados para ejercer el Poder Ejecutivo del
Estado, empleados cuyo nombramiento correspondía a la misma
Asamblea, es decir, a la mayoría liberal que había en ella.
Comprendiendo el Gobernador la trascendencia de aquella medida,
empeñó todas sus fuerzas para combatirla en el seno de la Asamblea,
por conducto de su Secretario de Gobierno doctor Carlos Holguín; y,
viéndose al fin vencido, le impartió la sanción ejecutiva, en
obedecimiento a un precepto constitucional; mas no le dio
publicidad sin acompañarla de un manifiesto en -que, después de
hacer alarde de tan sencillo acto de sumisión a la suprema ley, se
presentó como víctima de la pasión política de sus adversarios de
la Asamblea, y se ofreció al sacrificio "en aras del
deber". "Hace más de medio siglo -dijo el señor
Gutiérrez Vergara, al comenzar su manifiesto- que se ensaya en la
América Latina el sistema republicano, y más por falta de lealtad
en su práctica que por ignorancia del mismo sistema, él lleva tras
sí una huella de sangre. Nuestra historia da testimonio de ello, y
antes que la anarquía nos devore, obstruyendo más el camino de la
civilización y la prosperidad con nuevas víctimas, preciso es
salirle al encuentro con valor y probidad. Si en esto hubiere un
sacrificio, ni honrado ni republicano será quien deje de ofrecerlo
en las aras del deber".
Después de referirse al acto espontáneo de su elección, dándolo
como obra de todo el partido conservador y de una parte del
liberal, continúa así:
"Sean cuales fueren las causas y los medios que a su
turno hayan elevado después al partido que se denomina
liberal a Cuerpo Legislativo del Estado, ello es que
allí tiene la mayoría; que esta mayoría se ha reconocido legítima
desde que el gran Jurado electoral declaró que lo era, y que como
tal se la acata y reputa, como lo he hecho en mi calidad de
Gobernador del Estado.
"La razón legal y no la pasión política es, por otra
parte, el principio fundamental de orden y de gobierno a que tiene
que someterse la conducta del Magistrado. Una vez aceptado un hecho
como legítimo tienen que reconocerse sus consecuencias, y la
conciencia del deber hace abstracción de las personas para fallar
en el juicio psicológico de las ideas y de las
obligaciones".
Difícil sería interpretar con más fidelidad, y exponer con
claridad y concisión mayores, la verdadera doctrina republicana; y
puesto que la ocasión se ofrece, no vacilo en aprovecharla para
manifestar que todos los documentos que en aquel tiempo salieron de
la pluma de este distinguido repúblico honran su talento de
escritor; y que el citado manifiesto honraría algo que vale más que
el talento, honraría el espíritu republicano de su autor, si la
conducta que observó en seguida no le hubiera exhibido en abierta
contradicción con la doctrina que acababa de exponer. El había
dicho, en efecto, que la falta de lealtad al sistema republicano,
más que la ignorancia del mismo sistema, era la causa de nuestros
disturbios y de nuestras sangrientas querellas; y sin embargo, como
si se hubiese propuesto demostrar con su propio ejemplo la
exactitud de lo que acababa de decir, eludió primero, por medio de
un decreto, los efectos de la citada Ley de 22 de Agosto sobre
nombramiento de alcaldes, y acabó por declararse francamente en
rebeldía contra las instituciones que había jurado sostener.
Por lo demás, en otra parte del mismo manifiesto reveló el mismo
señor Gutiérrez Vergara el motivo que podría determinarle a
incurrir en tan deplorable inconsecuencia.
"Si sanciono la ley -dijo- cumplo con el precepto
constitucional que así me lo ordena, después de haber hecho mis
observaciones sobre ella; pero tengo que mandar con la convicción
de su inconstitucionalidad y con las trabas que se me oponen para
gobernar,
echando además sobre mí la animadversión de
un
gran número de mis amigos, que esperan y confían en que tengo la
firmeza de oponer la violencia a la violencia que se hace a la
suprema ley por uno de los poderes llamados a cumplirla, aunque de
este choque brote un lago de sangre que pueda inundar el Estado y
la República".
(1)
No hay duda de que sin agentes de su
confianza no podía el Gobernador asumir la responsabilidad
inherente al puesto que ocupaba; pero entre apelar a la violencia o
separarse del gobierno, el camino era claro para quien, como el
señor Gutiérrez, había hecho ostentación de verdadero
republicanismo.
Sin embargo, él optó por la violencia, no
contra la
violencia, como equivocadamente lo afirmó, sino contra un acto
emanado de autoridad que él mismo acababa de reconocer como
legítima. Siempre la falta de lógica, a que tan singular y
acertadamente atribuyó el doctor Francisco Soto la pérdida de la
República!
He dicho que el Gobernador eludió artificiosamente el mandato
legislativo sobre nombramientos de alcaldes; porque ese y no otro
tuvo que ser el objeto con que dictó,
después de clausuradas las
sesiones de la Asamblea, su célebre Decreto de 22 de Agosto, en
que declaró que los alcaldes de distrito no tendrían en adelante
otro carácter que el de empleados municipales, y que las funciones
del orden político serían ejercidas por otros empleados de libre
nombramiento del Gobernador, llamados agentes de policía. Este
subterfugio oficial, que tan mal se aviene con la alteza de
carácter del señor Gutiérrez Vergara, y que probablemente fue obra
de su Secretario Holguín, parecía calculado para exacerbar al
partido oposicionista, a fin de lanzarlo por el camino de la
resistencia armada. Y en efecto, tan pronto como apareció publicado
el decreto, el partido liberal asumió una actitud correspondiente a
la provocación que se le hacía, nombrando un directorio del que
hicieron parte los Designados para ejercer el Poder Ejecutivo, y
cuyo Presidente fue el mismo ciudadano que lo había sido de la
última Asamblea legislativa.
El Procurador del Estado protestó asimismo enérgicamente contra
el citado decreto ejecutivo, por considerarlo inconstitucional, y
ordenó a sus subalternos que resistieran su cumplimiento; con lo
cual se creó una situación que distaba muy poco de la de
guerra.
En seguida el Directorio expidió dos circulares que revelaban el
propósito de resistir, por cuantos medios estuvieran a su alcance,
la ejecución de aquel decreto, y de aguardar con la serenidad
propia de quien se cree seguro en su derecho, a que el partido
liberal se lanzara en la guerra, con lo cual el Gobernador se
habría puesto en situación más favorable; pero resolvió tomar la
delantera, y por eso se perdió. En efecto, el 9 de Octubre apareció
fijado en las esquinas un decreto del Gobernador, por el cual
convocaba éste una Asamblea constituyente y derogaba dos de las
leyes expedidas por la última Asamblea legislativa; lo que
equivalía a asumir la dictadura. Este golpe inesperado produjo en
el ánimo de los habitantes de la capital el alarma que es de
suponerse; y el Gobierno general, juzgando en peligro su propia
seguridad, convocó a palacio una junta de liberales notables, entre
ellos el doctor Murillo, expresidente de la República. De
conformidad con la opinión de esa junta y con la de los Secretarios
del Despacho ejecutivo, resolvió en la tarde del día nueve poner
término al conflicto, desconociendo y reduciendo a prisión al
Gobernador de Cundinamarca; prisión que se ejecutó por la Guardia
Colombiana, sin derramamiento de sangre, en la madrugada del 10 de
Octubre. Cinco días después, y cuando ya el respectivo Designado
había asumido las funciones de Gobernador en reemplazo del señor
Gutiérrez, el Procurador General de la Nación solicitó de la Corte
Suprema que, en uso de la autorización que le conferían el artículo
71 de la Constitución Nacional y el 9°- de la ley orgánica del
Poder Judicial de la Unión, llamara a juicio de responsabilidad al
Gobernador Gutiérrez, por el hecho 'de haber destruído el gobierno
republicano establecido en Cundinamarca, violando de ese modo el
inciso 1°-, artículo 8°- de la Constitución nacional", que
dispone lo siguiente:
"Los Estados se comprometen:
1° A organizarse conforme a los principios del gobierno popular,
electivo, representativo, alternativo y responsable".
Y para demostrar que el referido Gobernador era responsable ante
los poderes federales por esa violación, citaba el Procurador otras
disposiciones constitucionales, de las cuales se deducía que las
autoridades de cada uno de los Estados "tenían el deber de
cumplir y hacer que se cumplieran la Constitución y las leyes de
los mismos, bajo estricta responsabilidad, que les exigirían los
altos poderes federales".
Sin desconocer la Corte que los Gobernadores de los Estados eran
responsables ante ella, en todos los casos en que infringieran la
Constitución y las leyes nacionales, declaró que no era éste el
caso que el Procurador había sometido a su jurisdicción; por
cuanto, a juicio de la Corte, un solo funcionario no podía ser
responsable del cambio efectuado en la organización requerida en
los miembros constitutivos de la Unión podía, en ningún caso, ser
delito en la acepción jurídica de la palabra. "Será una
falta -añade la Corte- un acto de secesión, un caso de desunión o
motivo de guerra civil, mas no de juicio criminal y de castigo a
determinada persona. Son los Estados -continúa- los llamados a
organizarse conforme a los principios del gobierno popular, etc.; y
ni puede admitirse que un individuo tenga por sí solo poder
bastante para cambiar de una plumada el régimen constitucional
adoptado por la mayoría, ni puede exigirse a uno solo
responsabilidad por el hecho que sería, por la aquiescencia o la
complicidad, el crimen de todos".
La Corte declaró, en conclusión, que en el asunto de que se
trataba sólo habría lugar a una de dos responsabilidades: o la del
Gobernador ante el Estado, si éste no prohijaba el abuso cometido
por aquél, o a la del Estado ante la Nación, si, sucedía lo
contrario.
Por anárquica que fuera esta doctrina de la Corte, ella
consultaba, a mi entender, más fielmente que la desarrollada por el
Presidente, el principio de la soberanía de los Estados, que era la
base cardinal de la Constitución de Rionegro. La corte se fundó,
además, en que no de otro modo había sido universalmente
interpretado el espíritu de ese Código en casos análogos, ocurridos
anteriormente; lo cual era de toda evidencia.
Dando por sentado que el autor de este auto fue el magistrado
doctor Murillo, observaré de paso que aquí se puso una vez más de
relieve el rasgo predominante del carácter político de este ilustre
personaje, rasgo en el cual pocos de nuestros hombres públicos le
han igualado: el valor de sus propias convicciones. Ya lo habíamos
visto desafiar ciertas preocupaciones sociales cuando lanzó en
El Tiempo su famoso editorial titulado
Fotografía social
y empirismo penal; y ahora le vemos afrontar la cólera de un
gran número de sus copartidarios, y en especial la del General
Gutiérrez. Sabido es que éste nunca le perdonó al doctor Murillo
ese auto de la Corte, en su opinión tan contrario al concepto
emitido por el mismo Murillo en la junta consultiva que se reunió
en palacio la tarde del 9 de octubre, a saber: que debía procederse
sin tardanza a desconocer al gobernador de Cundinamarca. Carácter
moral de una sola pieza, el General Gutiérrez no pudo darse cuenta
de la diferencia que puede haber entre el político y el juez, entre
la razón de Estado y la razón legal.
En más de un pasaje de los escritos que en aquella época publicó
para su defensa el señor Gutiérrez Vergara, se descubre como
impresión dominante en él, la de que la popularidad con que había
sido elegido Gobernador, era título bastante Para oponerse al
querer de la Asamblea, y aun para desconocerla. Esto mismo
aconteció al Presidente Mosquera con relación al Congreso de 1867;
y a pesar de que el ejemplo estaba tan cercano y de que el señor
Gutiérrez Vergara había sido de los primeros en desconocer la
validez de semejante título, no por ello dejó de incurrir en la
misma falta así se demostró una vez más la exactitud del proverbio
de "ver la paja en el ojo ajeno...".
Lástima da ver el talento -dice un historiador- luchando con lo
imposible; e imposible era realmente que estando todavía frescos
los laureles de Segovia, de Tunja y Bogotá, el partido vencedor en
esas tres grandes jornadas se dejase arrebatar por artificiosos
medios - como el ensayado en el decreto de 22 de agosto- o por
vacilantes golpes de autoridad -como el del 9 de octubre- la
posesión del poder público en Cundinamarca, transitoriamente
perdida por él, y recobrada luego con el triunfo obtenido en la
elección de diputados a la última Asamblea.
Hubo, pues, seguedad y obstinación de parte del Gobernador
Gutiérrez, al insistir en el descabellado propósito de usurpar el
Poder legislativo para convocar una Convención y derogar ciertas
leyes; seguedad y obstinación tanto mayores cuanto habiendo
consultado el punto con el Presidente de la Unión, éste le contestó
en los términos siguientes:
"No me diga usted más, señor don Ignacio; eso sería en
resumen, proclamarse usted dictador, cosa que ni armados ni
desarmados se les puede proponer a los cundinamarqueses, y cosa a
la cual ninguno puede imaginarse que me presté jamás yo. Conque es
inútil que me diga usted más de semejante plan.
"Usted, pues, aunque lo diga el periódico citado
(1)
no me ha hecho a mí
árbitro de la situación. Si tal cosa hubiese sucedido, yo le habría
dicho a usted: revoque su Decreto de 22 de agosto próximo pasado
sobre la organización de la administración ejecutiva, el cual ha
anarquizado y puede revolver a Cundinamarca; y si no puede hacerlo,
sepárese de la Gobernación; esta es la única manera como puede
usted salvar la situación, en mi concepto".
Aquella declaración y este consejo debieron hacerle comprender
al Gobernador lo que podía esperar del Jefe de la Nación en caso de
un conflicto como el que intentaba provocar.
Cierto es que el Presidente le manifestó en ésta como en otras
ocasiones, que "obraría siempre de acuerdo con sus deberes
constitucionales y legales"; manifestación en que se funda
el principal cargo que le hizo el Gobernador; pero conocidas como
eran de éste las opiniones particulares del primero, en lo relativo
a la cuestión que se agitaba, y vista la imponente actitud asumida
por el partido liberal de Cundinamarca, la más sencilla previsión
bastaba para que el Gobernador comprendiese cuál sería la conducta
del primer Magistrado de la Nación ante un conflicto que le habría
de colocar en la alternativa de ceder a las exigencias de una
situación que se imponía, o de dar lugar a una complicación en
extremo peligrosa.
Quejóse también el señor Gutiérrez Vergara de que, habiendo sido
consultado el Presidente en la noche del día 9 por el Secretario de
Gobierno de Cundinamarca, doctor Carlos Holguín, sobre el modo como
debería proveerse al mantenimiento del orden en la capital durante
esa misma noche, el Presidente le hubiera contestado en términos
que parecían calculados para infundirle engañosa confianza, a
saber: "Ya he dispuesto que después de las nueve nadie
salga de los cuarteles de la Nación. Hagan ustedes otro tanto en
San Francisco, y así pasaremos esta noche".
(1)
Asediado el Presidente en tan críticos momentos por las
investigadoras preguntas del señor Holguín, ¿pudo éste imaginarse
que, aún en el caso de que a esa hora (entre seis y siete de la
noche) hubiese tomado ya el Presidente la resolución de intervenir
con la fuerza armada, habría de incurrir en la candidez de
anunciarle al Secretario que al amanecer del día siguiente rodearía
el cuartel de San Francisco con los batallones de la Guardia?
Esa respuesta dada al señor Holguín y comunicada directamente al
Gobernador, por conducto del Comandante Emilio Murillo, es la que
el señor Gutiérrez Vergara llamó en uno de sus manifiestos
(colección de documentos citada) "el narcótico
oficial" que le propinó el Presidente, y bajo cuya
influencia pudo pasar esa noche entregado a un. tranquilo sueño.
Sin poner en duda la veracidad del señor Gutiérrez Vergara, preciso
es hacer notar que sobrados motivos tenía él para no abrigar tan
absoluta confianza. En efecto, él había oído, a las doce de ese
mismo día, de boca de un amigo suyo, que lo era también del General
Gutiérrez -el doctor José Segundo Peña- la siguiente
revelación:
"El Presidente me ha manifestado estimarlo mucho a
usted personalmente; y en cuanto a lo oficial, usted sabe que él ha
tratado de conciliar las diferencias de usted y la Asamblea, hasta
el punto de haberse levantado contra él
una terrible oposición
liberal, como usted lo ve" (me permito subrayar ésta y
algunas otras frases).
"El lo ha dicho";
al primero que altere el
orden en Cundinamarca lo atacaré como a perturbador del orden
público; y el General Gutiérrez es hombre que hace lo que dice.
El no había aceptado la indicación de la Convención; ¿cómo cree
usted que procederá con estos decretos, en una situación tan grave
como la de hoy?
(1)
Así, pues, si algo pudo explicar la ciega confianza de que habla
el señor Gutiérrez Vergara no fue seguramente la contestación
aludida, sino la ausencia del Secretario de Gobierno del cuartel de
San Francisco durante aquella temerosa noche.
En efecto, habiendo salido éste de allí en comisión del
Gobernador a tratar con el Presidente sobre el mencionado asunto de
la policía de la ciudad, e indudablemente también con el objeto de
husmear lo que a esas horas pasara en las altas regiones del
Gobierno, sucedió que en vez de volver a ocupar su puesto al lado
del Gobernador, le dirigió una carta tranquilizadora, y se fue a
pasar la noche en la Legación francesa.
¿Se engañó también el señor Holguín? Punto es éste cuya
averiguación poco interesará a la historia; y como, además, se
refiere a un acto psicológico, cualquiera interpretación que de él
se hiciera sería aventurada.
Me limitaré, pues, a transcribir lo que el mismo señor Holguín
dijo a ese respecto en el número 224 de
La Prensa,
refiriendo un incidente que contribuirá a ilustrar el juicio del
lector; es el siguiente:
En la primera conferencia que sobre el asunto de la policía de
la ciudad tuvo el día 9 el señor Holguín con el General Gutiérrez,
éste, según la relación hecha por el mismo señor Holguín en el
citado artículo de
La Prensa, se expresó así:
"Yo bien querría hacer algo, pero no puedo. No tengo
camino legal ninguno para mezclarme en estos asuntos. Vea usted,
hoy no tengo con quien entenderme oficialmente en Cundinamarca: don
Ignacio ha roto los títulos de Gobernador con la expedición del
decreto que me mandó esta mañana. Hoy no es sino un Jefe rodeado de
un poco de gente armada en San Francisco"; o lo que es lo
mismo, agregaré yo, un rebelde.
¿Pudo el Presidente decir algo más significativo, no solo para
persona tan avisada como el señor Holguín, sino para cualquiera
otra?
Oigamos ahora a este señor:
"Sin el menor temor de equivocarse -dice en el citado
artículo aseguraríamos que entonces (es decir en el momento de la
última entrevista) el General Gutiérrez no estaba todavía resuelto
a intervenir. Quién sabe si no era presa en esos momentos de alguna
coacción moral de esas que los partidos imponen a sus hombres
(1)
en nombre de alguna
suprema injusticia. Quién sabe si esas gentes
(2)
que había en su cuarto empeñadas en un
caluroso debate, no estaban allí reunidas para arrancarle la
palabra de que faltaría a su deber, e hilando sutilezas teológicas
(curiosa es esta frase en boca del católico señor Holguín!) para
tranquilizarle la conciencia".
Ahora, si esta previsión no fue de aquellas que suelen tenerse
ex post facto, ella contradice o infirma la aserción del
señor Holguín sobre la seguridad que dice haber tenido
"hasta ese momento" de que el General Gutiérrez
no estaba todavía resuelto a intervenir; y la infirma, porque tal
previsión implica duda, y la duda es incompatible con la
certidumbre absoluta
Temiendo acaso el señor Holguín -y ésta es mera conjetura-
incurrir en la nota de candoroso, que estaba muy lejos de merecer,
desvirtuó la afirmación que había hecho para explicar honrosamente
su ausencia de San Francisco en la hora del peligro.
Pasando ahora a tratar de la conducta del Presidente, observaré
que como el desarme y prisión del Gobernador fueron ordenados con
manifiesta violación de la ley de orden público, hubo de invocarse
en defensa de tales actos la disposición constitucional que imponía
al Ejecutivo el deber de velar por el orden público; se razonó
extensamente sobre el principio de que el encargo principal de los
gobiernos es el de dar seguridad; y se alegó, por último, el estado
de sitio a que, según frase oficial, había quedado reducido el
gobierno federal "en su propia residencia". Para
hacer más patente esa situación, se agregó que las fuerzas
organizadas por el señor Gutiérrez Vergara estaban bajo las órdenes
inmediatas de los más caracterizados enemigos de las instituciones
nacionales.
(1)
Todo esto, y algo más, se dijo por la prensa y se alegó en la
Cámara de Representantes, con motivo de la acusación intentada en
ella contra el Presidente Gutiérrez, acusación que fue desechada
por la mayoría de dicha Cámara.
Aún suponiendo infundado -como yo me atrevo a creer que lo era-
el temor de que el Gobierno General, apoyado como estaba en la
Guardia Colombiana, fuera atacado por las fuerzas revolucionarias
de Cundinamarca, es indudable que en la situación en que se vio
colocado, después de haber sido inútil su papel de conciliador, no
le quedaba al Presidente otro camino que el que adoptó, como no
fuera el de permanecer pasivo espectador de una lucha armada entre
los partidos beligerantes de Cundinamarca, que hubiera tenido por
teatro la misma capital; y en ese caso habría corrido el riesgo de
no poder impedir que una parte al menos de la fuerza nacional
hubiera terciado en la contienda, y de ver, por consiguiente,
desconocida su autoridad. Se recordará, en efecto, que el día 9
corrió el rumor en la ciudad de que con el apoyo de alguno o
algunos cuerpos de la guardia se le haría al Presidente un 23 de
mayo, cosa muy posible en tan extraordinaria situación. Cuando, en
circunstancias imprevistas, el dilema que se presenta es el de
"ser o no ser", tanto los individuos como las
colectividades adoptan sin vacilar el primer medio de defensa que
les viene a la mano.
Queda, pues, demostrado una vez más, que no sólo hubo
imprudencia sino temeridad de parte del Gobernador de Cundinamarca,
en colocar al Presidente de la Unión en la alternativa de violar la
ley o de dar margen a una profunda división en su partido, que
hubiera comprometido la paz general; corriendo además el riesgo,
remoto sí, pero no imposible, de verse expulsado de la casa de
Gobierno por sus mismos copartidarios, en nombre de la salvación
común.
A pesar del respeto que me inspiró el señor Gutiérrez Vergara,
y. de las simpatías que despertó en mí su afable trato, no vacilo
en manifestar que, a mi juicio, obró con poca cordura en su calidad
de Gobernador, sometiendo al Presidente de la Unión a tan terrible
prueba. Actos de abnegación o de valor civil, que en alguna
especial situación puedan equivaler a un suicidio político, de
nadie es prudente aguardarlos.
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