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CONGRESO DE 1866
VI


Los graves acontecimientos a que acabo de referirme suministran por sí solos materia para un volumen; mas no teniendo yo la temeraria pretensión de invadir el campo de la historia, me limitaré a mencionar algunos de esos acontecimientos, reanudando para ello la exposición relativa a las sesiones del Congreso de 1866, interrumpida en el momento en que empezaba a discutirse el empréstito extranjero.

Predispuesta como estaba, y con razón, la mayoría de la Cámara de Representantes contra la presunta política del nuevo Presidente, el referido empréstito vino a ser la piedra de escándalo en el seno de aquella corporación, no tanto por lo que él fuera en sí mismo como operación fiscal -aunque había sido tachada de ruinosa en un notable informe presentado a la misma Cámara- no tanto por ese gravísimo inconveniente cuanto por la trascendencia política que desde luego se atribuyó a la negociación.

Nadie desconocía el espíritu eminentemente progresista del Presidente Mosquera, ni su ferviente anhelo por las mejoras materiales; pero a nadie se ocultaban tampoco su grande ambición de mando, sus tendencias absolutistas, ni su falta de escrúpulos cuando se trataba de elegir medios para el logro de algún fin político. Como si las facultades intelectuales se hubiesen desarrollado en él a expensas del sentido moral, éste era casi nulo en el General Mosquera, como lo ha sido en la mayor parte de los hombres públicos que han sobresalido principalmente por la acción.

En tal virtud, el triunfo del Presidente en el asunto del empréstito no podía ser dudoso; y no lo fue para mí, como se verá por el incidente que paso a referir.

La víspera de mi separación del Senado me encontré en la Calle Real con los señores doctor Emigdio Palau y Miguel Salgar, Representante el primero por el Estado del Cauca; y habiendo entrado en conversación con ellos sobre el tema del día, que era el del empréstito, me dijo el doctor Palau que no debería yo retirarme del Senado hasta que ese negocio no se decidiera allí, pues si bien era cierto que en la otra Cámara acababa de aprobarse el contrato en segundo debate, lo había sido por un solo voto de mayoría. -Eso depende le contesté al punto- de que no se necesita más que un voto para formarla, que si se necesitaran dos o más, el Presidente los obtendría. Y dos fueron, en efecto, los votos que en el último debate le dieron el triunfo al Gobierno; pero lo más singular del caso fue que uno de esos votos resultó ser el del mismo doctor Palau, quien dio por razón de cambio tan notable -según lo dijo el Fiscal de la Cámara en su libelo de acusación contra el Presidente Mosquera "el temor de que la paz pública se turbara, si tal negociación no obtenía la aquiescencia del Congreso".

Habiendo nombrado el Poder Ejecutivo para puestos diplomáticos a algunos de los miembros del Congreso que el año de 66 habían contribuido a formar la mayoría ministerial, esta quedó por tal razón convertida en minoría en las sesiones de 1867. Al darse cuenta de ello, el Presidente promovió la deserción de la minoría para que las sesiones quedasen de hecho y definitivamente suspendidas, (1) como sucedió en la Convención de Ocaña. Frustrado este plan, apeló el Presidente al recurso de pedir a la Cámara, como lo hizo en sus Mensajes de 5 y 10 de febrero, (2) la calificación de las Diputaciones de Bolívar, Santander y Tolima, a efecto de que fuese excluido un miembro de cada una de ellas, que el Poder Ejecutivo consideraba excedente, por haber sido fijado el número de Representantes de cada uno de esos Estados conforme a un cómputo de censo hecho por el Presidente provisional de la Unión y revalidado por la Cámara en 1864, cómputo que, a juicio del Poder Ejecutivo, no estaba ya vigente cuando se hizo la elección de Representantes en 1865. Mutilando así la representación nacional, se prometía el Presidente conseguir mayoría.

Fundada en el razonado informe de una comisión plural, (3) en que se refutó victoriosamente la débil argumentación del Poder Ejecutivo, la Cámara, en términos comedidos rehusó acceder a la solicitud contenida en los referidos mensajes.

¡Quién dijo tal! Al saberlo el Presidente montó en cólera, y traspasando los límites del decoro dictó la famosa alocución de 13 del citado mes, en la cual fulminó improperios contra la mayoría del Congreso, dirigió un ataque personal al expresidente Murillo, calificó al culto Mensajero de "periódico de difamación" y declaró estar resuelto a apelar a la Nación!

Entre los actos inconstitucionales del Poder Ejecutivo que pudieron ser objeto de acusación ante el Senado, y que por razones de prudencia pasaron disimulados, se encuentra la célebre circular "sobre orden público", que establecía la intervención del Gobierno federal en las contiendas domésticas de los Estados.

En oposición a tan arbitraria medida política, y con el objeto de anularla, se adoptó en ambas Cámaras un proyecto de ley que ordenaba al Ejecutivo guardar estricta neutralidad en las referidas contiendas.

La sanción de este proyecto implicaba un sacrificio de amor propio que el Presidente Mosquera, menos quizá que cualquiera otro de los que han ocupado la silla presidencial de Colombia, a excepción del Libertador, era capaz de hacer de buen grado; y en efecto, el Presidente devolvió el proyecto acompañado del célebre Mensaje de 14 de Marzo, en que declaró 11 cortadas sus relaciones oficiales con el Cuerpo legislativo". (Diario Oficial número 881).

Después de tan inesperado golpe, que implicaba una verdadera crisis, se pensó en combatirla por medio de un avenimiento entre el Poder Ejecutivo y la mayoría del Congreso. Con tal fin se promovió una reunión privada de las diputaciones liberales de ambos matices, y en ella se acordaron varias proposiciones conducentes al apetecido objeto, entre ellas la siguiente: "Se modificará el proyecto de ley sobre orden público, luego que el Presidente retire su Mensaje (el de 14 de Marzo) y haga nuevas observaciones a dicho proyecto".

Este compromiso, aceptado por el Presidente en su alocución de 17 de marzo, no fue lealmente cumplido, según lo manifiesta el Fiscal de la Cámara de Representantes en su libelo de acusación contra aquel Magistrado, del modo siguiente:

"El Mensaje sedicioso de 14 de Marzo no fue retirado; el proyecto de ley sobre orden público, que debió ser modificado, fue objeto, contra lo convenido, de observaciones que se referían a todo el proyecto, las cuales declararon las Cámaras infundadas, por una lujosa mayoría".

Acerca del primer cargo puede observarse que, si bien es cierto que el aludido Mensaje no fue expresamente retirado, el Poder Ejecutivo dirigió otro al Congreso en términos conciliatorios, y por medio del cual restablecía las interrumpidas relaciones entre los dos poderes. En cuanto al segundo cargo, cabe también observar que era al Congreso y no al Ejecutivo a quien correspondía modificar el proyecto; y que el hecho de haberse referido las nuevas objeciones a todo él, no inhabilitaba a la Cámara para adoptar un nuevo proyecto en que quedasen consignadas las modificaciones, que naturalmente debieron indicarse en la junta. Quizá hubiera sido ese un medio de hacer fructuoso el convenio de 16 de. Marzo; y en todo evento, nada se habría perdido con ensayarlo.

Cuanto a saber si este paso, que llamare de buena política, pudo haber bastado a detener la tormenta que se desencadenaba, no es fácil resolverlo, porque entran como elementos del problema las miras políticas del Presidente Mosquera, que si bien eran evidentemente liberticidas, no puede asegurarse que fueran irrevocables. Ya se había visto a este mismo personaje, en ocasión más propicia para él, ceder en sus pretensiones autoritarias ante la voluntad firme pero moderada de la Convención de Rionegro. Tampoco era un secreto el modo como los señores Florentino González, Secretario de Hacienda en los años de 1847 y 1848, y José María Plata, Gobernador de Cundinamarca en plena guerra de 1861, ejercieron, cada uno en su caso, saludable y moderada influencia sobre el General Mosquera, investido del poder supremo.

Frustrada la tentativa de avenimiento, la lucha entre el Poder Ejecutivo y el Congreso revivía con acritud e intensidad mayores. El Presidente objetaba, en términos inconvenientes Y a veces agresivos, casi todos los proyectos que le eran Presentados para su sanción; y las Cámaras, por su parte, declaraban infundadas las objeciones, en algunos casos sin hacerles siquiera los honores de la discusión. Toda fórmula de cortesía había desaparecido, pues, en la correspondencia oficial entre los dos poderes, y el conflicto que por un momento se creyó conjurado, surgió de nuevo con más graves proporciones.

En la cuestión de orden público, lo mismo que en la relativa al restablecimiento de las buenas relaciones entre la Iglesia y el Estado por medio de un concordato, como lo pretendía el Ejecutivo, tenía éste la razón indudablemente; pero exponiendo sus ideas en términos imperiosos y descomedidos, les hizo perder toda eficacia.

Cuando dijo en su Mensaje de 14 de Marzo que el proyecto de ley sobre orden público era "un proyecto de ley de hacer revoluciones", expresó una verdad que los hechos debían confirmar muy pronto; pero lo hizo con demasiada crudeza, sin salvar siquiera las intenciones del legislador, que eran indudablemente patrióticas, y antes bien haciendo graves imputaciones al Congreso. Al situarse éste, en lo tocante al orden público, en un punto diametralmente opuesto al en que se había colocado el Poder Ejecutivo en virtud de la célebre circular citada, procedió quizá impolíticamente, atendidas las circunstancias. Desde que el partido liberal, obrando con pleno conocimiento del carácter arbitrario del General Mosquera, lo aceptó por caudillo de la gran revolución de 1860, contrajo consigo mismo implícitamente la obligación de emplear con él la política que consiste en doblegarse sin romperse, a fin de evitar en lo posible el escollo de la dictadura, que claramente se dibujaba después del triunfo de la revolución.

Y ya que con tan ruda franqueza he hablado de un hombre público ya difunto, manifestaré que, si debiera elegir entre déspotas, preferiría tipos como el de este encumbrado personaje, francos, varoniles, impetuosos, y capaces en su orgullo de ir hasta el crimen, pero al mismo tiempo susceptibles de ejecutar actos de verdadera grandeza preferiría esos tipos a ciertos caracteres reconcentrados, tortuosos e insaciables de venganza.

Creo, por otra parte, menos vilipendioso para un pueblo llevar estampada en las espaldas la bota de un general victorioso, que no la chinela de un político de alcoba, discípulo de Maquiavelo.

Volvamos al Congreso.

 

En tal situación de los ánimos, vino a reavivar la hoguera un nuevo combustible.

El Presidente de la Unión, asumiendo la soberanía nacional, había celebrado un convenio secreto con el Ministro Plenipotenciario del Perú, lo había canjeado y puesto en vigor, sin dar cuenta de ello al Congreso.

Este convenio implicaba una alianza defensiva entre los dos países, para repeler la invasión que España, con pretensiones de reivindicación, dirigía contra las repúblicas del Pacífico.

La idea de una alianza defensiva en tales circunstancias no podía ser más digna, más justa ni más patriótica; mas el presidente, al ponerla en práctica sin previa aprobación del Congreso, había cometido un escandaloso abuso de autoridad.

El Congreso no tuvo noticia de tan grave acontecimiento hasta que un periódico de Nueva York no reveló la compra del vapor Rayo, hecha por nuestro Ministro en Washington, General Eustorgio Salgar, con fondos del Gobierno peruano, a la sombra de la neutralidad de nuestro Gobierno, públicamente proclamada en circular dirigida a los Gobiernos de los Estados, y en cumplimiento del tratado secreto a que me he referido.

La desgraciada compra del vapor Rayo, a pesar de los subterfugios que se emplearon para disfrazarla, (1) dejó a descubierto la doblez del Gobierno colombiano, y trajo a nuestra política interior una nueva complicación, de tal modo grave, que fue precisamente la que motivó inmediatamente el golpe de Estado del 29 de Abril. (2)

A fortalecer la opinión contra la Dictadura, que desde Mayo de 1866 se preveía, contribuyó eficazmente la actitud resuelta de la mayoría del Congreso, y en especial de la Cámara de Representantes, que se componía de las Diputaciones radicales de varios Estados y de las conservadoras de Antioquia y Tolima. Esa actitud fue briosamente sostenida en la tribuna por varios oradores de la Cámara, entre los cuales sobresalieron los señores Pablo Arosemena, Carlos Nicolás Rodríguez y Manuel Plata Azuero.

No contribuyó menos a levantar esa opinión contra la dictadura un periódico político, redactado por tres jóvenes de grande aliento patriótico y poderosa pluma, los señores Santiago Pérez, Felipe Zapata y Tomás Cuenca. A pesar de la corta duración de esa hoja, titulada El Mensajero, y de sus pequeñas dimensiones, ella hizo época en los anales de nuestra prensa periódica; su recuerdo permanecerá indisolublemente unido al del 23 de Mayo de 1867, fecha memorable en nuestra historia contemporánea.

Después del 29 de Abril los redactores de El Mensajero, señores Zapata y Pérez, (1) con otros ciudadanos, entre ellos el General Santodomingo Vila y el señor Santiago Izquierdo, a la salida de Bogotá en viaje para el Norte de la República, fueron apresados por uno de los destacamentos que con ese objeto el General Mosquera había apostado en los afueras de la capital.

Llevaba el doctor Pérez tres o cuatro mil pesos en oro en sus alforjas. Al día siguiente el General Daniel Delgado se presentó en casa de la esposa de aquel distinguido ciudadano y, entregándole el dinero, le hizo la siguiente declaración: "Puede usted, señora, mandar al cuartel del Zapadores, que yo mando, todo lo que necesite el doctor Pérez, y cuente usted con que la vida de éste y de sus compañeros no corre ningún riesgo mientras yo mande ese Batallón".

Para lavar la afrenta inferida a la Nación el nefasto 29 de Abril, y para restablecer el imperio de la legalidad dentro del más breve término y con el menor sacrificio de sangre y de riqueza, varios ciudadanos -a cuya cabeza estaba el Jefe de la Guardia Colombiana y 2° designado para ejercer el Poder Ejecutivo, General Santos Acosta- resolvieron heroicamente aventurar su vida en la tentativa de sorprender al dictador en su palacio, aprisionarle y someterle a juicio ante el Senado, que él mismo había disuelto en la fecha antes citada; tentativa que se llevó a cabo en la madrugada del 23 de mayo de ese año, con éxito completamente feliz. A haberse salvado el General Mosquera de aquel trance, como se salvó el Libertador en la noche del 25 de septiembre, también habría levantado patíbulos, aunque los conjurados de mayo no llevaban el propósito de dar muerte al dictador.

A tiempo de salir del cuartel de Santa Clara los conjurados, reunidos en el salón de la Mayoría, el doctor Pérez dijo a sus compañeros:

"Señores, vamos a reducir a la impotencia al dictador que conculca nuestros derechos de ciudadanos libres; pero nuestro honor exige que no se toque uno solo de sus cabellos. Se trata solamente de someterle al yugo de la ley. Quien no se crea capaz de cumplir con esta exigencia de honor, queda en libertad para retirarse".

El gran peligro afrontado por los principales autores de este golpe reivindicador, es título bastante para que sus nombres sean recogidos por la historia. Además del General Acosta, figuraron en primera línea como promotores de la reacción, por su orden, los doctores Carlos Martín y Antonio Ferro; y en calidad de ejecutores, los Generales Rafael Mendoza, Daniel Delgado y José María Vesga, Jefes de la Guardia Colombiana. Vienen luego los ciudadanos que penetraron en palacio y redujeron a prisión al General Mosquera -algunos de los cuales estuvieron desde el principio iniciados en la conjuración: - General Ramón Santodomingo Vila, General Daniel Aldana, Santiago Pérez, Januario Salgar, Santiago Izquierdo, Felipe Zapata, Salvador Maldonado, Jacinto Corredor Mariano Copete, Antonio Vanegas, Vicente Aldana, Abelardo Aldana, Rafael Olaya R., Mariano Izquierdo, Julio Barriga, Joaquín Granados, José María Baraya, Manuel Forero, Francisco A. Vela, Alejo de la Torre, Rafael Latorre, Antonio Convers, Rosendo Gaviria, Alejandro Pérez, Dionisio Copete Salustiano Villar, Ramón Vásquez, Juan Aguilar Y Pedro Martínez.

Ocuparon también distinguido puesto en este movimiento restaurador, los señores Antonio Valencia y Policarpo Forero, jefes militares, el Capitán Antonio Gómez y el señor Miguel Salgar. Se comprometieron igualmente en la reacción los jefes y oficiales de la Guardia Colombiana cuya lista se halla al pie de una manifestación publicada en el número 937 del Diario Oficial.

Todos ellos merecen bien de la patria: el soldado debe fidelidad y obediencia al Jefe de la Nación, siempre que éste se mantenga fiel, por su parte, al juramento prestado de sostener y respetar la Constitución y las leyes; "si no, no", según la antigua fórmula de juramento de Aragón.

Ahora, para cerrar este importante episodio de nuestra historia, diré dos palabras acerca del principal director de la conjuración de Mayo.

Si después de haber prestado al país el inmenso servicio de que se ha hecho relación, el General Acosta, llevando su desprendimiento a la altura de su reputación militar, hubiese llamado a ejercer el Poder Ejecutivo al tercer designado, conservando para sí el puesto de General en Jefe del Ejército, a fin de contribuir con la autoridad de su nombre y con su prestigio militar a la pacificación del país, puede asegurarse que no habría transcurrido más de un período administrativo sin que la Nación le hubiese discernido el merecido premio elevándole al solio presidencial.

Entre los documentos oficiales que se publicaron en esa época, ocupan lugar preferente, por su alta entonación patriótica y por la categoría de sus autores, las proclamas de los Presidentes de Antioquia y Santander -doctor Pedro Justo Berrío y don Victoriano de Diego Paredes- documentos que insertaré en seguida, para adorno y complemento de esta breve narración:

 

 

PROCLAMA DEL GOBERNADOR DE ANTIOQUIA

PEDRO J. BERRIO


Gobernador Constitucional del Estado Soberano de Antioquia,

A LA NACION

 

ANTIOQUEÑOS! La revolución que desde su advenimiento al poder había estado preparando el Presidente de la República contra la Nación misma que lo honró con su confianza, ha estallado al fin.

Vanos han sido los esfuerzos de todos los partidos honrados de la República y de los Gobiernos de los Estados de la Unión, por conservar la paz.

Un hombre que quiere ser superior a las leyes; un hombre a quien la Nación colmó de los más altos honores, vuelve hoy contra la Patria el bastón y la espada que la República puso en sus manos porque lo consideró digno de defender sus instituciones y sus libertades, y comete con el ejército un crimen horrendo, que las leyes y la conciencia denominan ALTA TRAICION!

Pues bien: se quiere someter a la República a nueva prueba; se la lanza a su pesar en la guerra, y la guerra se hará, y su éxito no será dudoso: triunfaremos!

ANTIOQUEÑOS! En vano trabajabais de consuno, coadyuvando el más ferviente deseo del Gobierno del Estado, que era el de conservar la paz a todo trance. En vano la Nación, herida en una mejilla, volvía la otra a su agresor. Este, no contento con semejante conducta, tolerante tal vez en demasía, quiere clavar en su seno el puñal parricida; y cometiendo la más flagrante y escandalosa violación de la Constitución, ha enviado fuerzas nacionales a la Costa a derrocar al Presidente legítimo del Magdalena, para sustituirlo con un pretoriano a quien de antemano había mandado con el carácter de guardaparque nacional. Pero no es esto solo: al Presidente del Estado soberano de Cundinamarca lo ha sepultado en un inmundo calabozo, encargando a un esbirro de la tiranía de la magistratura que el pueblo cundinamarqués había confiado al ciudadano General Daniel Aldana; y por último, el 29 de abril próximo pasado se ha declarado en ejercicio de la dictadura militar, disolviendo el Congreso nacional y reduciendo a prisión los Diputados independientes como Plata Azuero, Arosemena etc., etc.

El ha levantado el estandarte de su personalidad, más allá de la cual no se alcanza a divisar un solo principio. Nuestra bandera es la Constitución, y podemos izarla tan alto, que tendrán que verla hasta los que quieran apartar de ella sus ojos.


La cuestión que va a ventilarse es muy clara: despojar del Poder a un hombre alzado contra las instituciones que él mismo ayudó a fundar, y contra la Nación que lo elevó,

no para tener en él un amo vitalicio y absoluto, sino para que dirigiese sus destinos por los trámites constitucionales.

En esta cuestión no hay más que dos partidos: el de los REPUBLICANOS que son la Nación misma, y el de los PRETORIANOS que quieren imponernos por señor a su señor. En cuestiones de esta clase la neutralidad es un crimen con que en vano pretendería disfrazarse el egoísmo.

Así, todo el que sienta latir en su pecho una sola pulsación de libertad, estará con nosotros. Todo el que, entre la República y un hombre, prefiera este último, estará por la dictadura.

En nombre de la libertad amenazada, en nombre de la patria insultada, yo convido a todo republicano a venir a nuestro campamento. ¡A las armas!

Señores Presidentes de los demás Estados: bien sé que a esta hora vuestro corazón arderá de entusiasmo en favor de la Constitución, y que estaréis preparados para derrocar la tiranía. Yo os prometo que Antioquia no os dejara solos, ni será el último en dar ejemplo. Obremos de acuerdo, empuñemos juntos la bandera nacional, que es la Constitución, y la lucha será muy corta.

 

Colombianos todos! Vosotros sois un pueblo orgulloso y aguerrido, que jamás ha doblado la cerviz ante el sable de los tiranos ni de los dictadores, cualquiera que haya sido su nombre. Triunfaremos una vez más contra la dictadura, con un pequeño y simultáneo esfuerzo, no lo dudeis!

En cuanto a vosotros, antioqueños, no creo que abriguéis en vuestro suelo un solo partidario de la tiranía; pero si lo hubiere, que vaya a engrosar las escasas filas del dictador. Venga por su pasaporte, que se le dará inmediatamente; su hálito emponzoñado no debe seguir envenenando el aire puro de nuestras vírgenes montañas, que no será respirado nunca sino por hombres libres que tengan dignidad. La tierra de los Córdoba, de los Zea, de los Girardot, de los Mejía, de los Uribe, de los Restrepo, de los Giraldo, no puede abrigar a los hijos de la esclavitud.

Nuestra conducta está trazada por la magnitud de nuestro deber. Observaremos con lealtad las leyes de la guerra Y del Derecho de gentes; daremos al artículo 91 de la Constitución nacional con relación al enemigo, la misma inteligencia y aplicación que él le dé con relación a nosotros, sin descender nunca a actos indignos de un pueblo civilizado; pero sí con la firmeza bastante para conseguir el triunfo de nuestra causa. Las escuelas y establecimientos públicos de instrucción no se cerrarán.

No dudemos un solo instante de la victoria: está de antemano garantizada por la santidad de la causa que vamos a defender.

Creencias, libertad, instituciones, hogar, familia, propiedad, todos, todos nuestros sacrosantos derechos están comprometidos; y antes que se nos arrebaten, vendamos cara nuestra vida a los usurpadores.

Pero no, ellos son pocos: se reducen a un hombre rodeado de un puñado sin principios. Nosotros somos la República en masa; y la República en masa siempre ha triunfado, cualesquiera que hayan sido los precedentes de sus enemigos.

 

¡Viva la Constitución!

PEDRO J. BERRIO


El secretario de Gobierno
Néstor Castro.

El secretario de Hacienda
Abraham Moreno.

Medellín, 10 de Mayo de 1867.

 

 

ALOCUCION DEL PRESIDENTE DE SANTANDER

 

Santandereanos! El Presidente de Colombia ha consumado ya la revolución con que nos amenazaba y hoy, por su voluntad, hemos dejado de ser ciudadanos para pasar a ser sus siervos. Aún no se sabe todavía qué título querrá llevar: puede ser el de rey, emperador o autócrata; pero cualquiera de esas palabras significa que nuestras vidas son suyas; que nuestras propiedades son suyas; que nuestras garantías son suyas, y que nada tenemos fuera de lo que quiera consentirnos. Con una señal de su cetro puede echar al patíbulo a centenares de colombianos; con una palabra de su boca puede arruinar a millares de familias; con un solo decreto expulsar de esta patria querida a centenares de nosotros. Tal es la situación. No hay más ley que el capricho de un hombre, ni otra perspectiva que nuestro sacrificio.

La misión de este Estado ha sido siempre la de lidiar por el derecho, y no será nuevo para nosotros escarmentar a los tiranos o perecer noblemente en la lucha por la libertad.

Muy difícil es la situación; pero ¡ay del que vacile entre la tumba que el deber le señala y los vergonzosos y execrables gajes que la Dictadura le ofrece!

 

Hijos de Santander! Os daré cuenta de lo que ha pasado. El día 29 de Abril último se aprobaron en la Cámara de Representantes dos proposiciones que tendían a averiguar la procedencia y objeto de varios buques de guerra que debían venir a nuestros puertos, de los cuales había llegado a ellos el que se denomina El Rayo. Estas simples proposiciones fueron el pretexto en que se apoyó el Presidente de la República para dar aquel día el golpe de Estado que de antemano se veía venir; y entrando en el ejercicio de un Gobierno absoluto, disolvió el Congreso, declaró el país en estado de guerra, aprisionó a los Representantes del pueblo que pudo hallar y que pertenecían a los que no quisieron traicionar sus deberes, redujo a prisión al Presidente de Cundinamarca, persiguió y mandó aprehender a varios editores y redactores de periódicos; y en suma, destruyó de una plumada todas las garantías que la Constitución consagra.

Ante semejantes atentados, el corazón de los republicanos leales a los principios y a la ley, tiene que rebosar en indignación y rechazar tan ignominiosa usurpación del poder público.

 

Compatriotas de Santander! Siempre habéis sido reconocidos en esta tierra como el principal baluarte de la República democrática, y tenéis que sostener vuestros honrosos precedentes por un noble orgullo y porque es vuestro imprescindible deber.

Socorro, 9 de mayo de 1867.

VICTORIANO DF. D. PAREDES


Hoy más que nunca se hacen notables, y hoy más que nunca querríamos ver grabados con caracteres de oro los patrióticos conceptos del eminente repúblico doctor Berrío que me he permitido subrayar.

Ah! si por un favor de la suerte el partido conservador hubiese tenido el día del golpe de Estado de 1854 un hombre de la elevación patriótica, de la fuerza de convicción y de la energía del autor de aquella brillante alocución, posible es que, a pesar de ello, Colombia hubiera tenido que pasar por la afrenta de la Regeneración, pues no está siempre en la mano de un solo hombre detener el carro de los acontecimientos; pero al menos se habría podido salvar la honra de un gran partido!

Además de aquella luminosa estela trazada en el campo de la política, dejó el doctor Berrío bien sentada reputación de Magistrado justiciero y de hábil administrador; raro conjunto de aptitudes y merecimientos, que le han valido después de su muerte tres decretos de honores, uno de ellos del Congreso nacional, y la estatua que el Departamento de Antioquia acaba de erigirle en la ciudad de Medellín. El hombre se hizo sin duda acreedor al monumento, y el pueblo que ha sabido honrar en él las virtudes cívicas del mandatario, se ha mostrado a su vez digno de ser libre.

El señor Victoriano de Diego Paredes figuró en escala política mucho más alta que el doctor Berrío; y como hubiese tenido la fortuna -si tal puede llamarse- de llegar a una edad muy avanzada, pudo servir a su patria más largo tiempo que el gobernante antioqueño.

No es esta la ocasión de enumerar todos sus servicios; por lo cual me limitaré a recordar que don Victoriano fue, allá por los años de 50 y 51, el más esforzado adalid parlamentario que tuvo la libertad del cultivo del tabaco en nuestro país; Y que el recuerdo de este eminente patriota, tan amante del progreso, está unido al de la construcción del primer camino de ruedas que se conoció en Colombia.

Su ardiente amor a la democracia le llevó en cierta ocasión a un extremo peligroso para la sociedad. Prendado de las sencillas virtudes que distinguen a la clase media del pueblo de Santander, pretendió nivelarla con la que se llame clase alta, y aún ponerla por encima de ella, sin embargo de que la de aquel Departamento no se ha dejado aventajar en patriotismo por las que ocupan una posición inferior. Esta equivocación le trajo a don Victoriano un cruel desengaño durante su presidencia en Santander; pues fue precisamente en la clase media de la sociedad donde, por falta de luces, encontró más partidarios la dictadura del 29 de Abril.

Los restos mortales de este inmaculado patriota descansan en humilde huesa en el cementerio protestante de Bogotá, junto a los de su virtuosísima segunda esposa. Allá irá' algún día a sacarlos la gratitud de sus compatriotas de Santander, para levantar sobre ellos un monumento digno de su memoria.

A pesar de aquel lamentable aunque transitorio error de apreciación política y social, puede decirse de don Victoriano lo mismo que, en admirable síntesis, dijo Lamartine de un sabio de la antigüedad: "Pensó con justicia, vivió honradamente, y murió con esperanza".


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1.
Mensaje de 1° de Julio de 1867, dirigido al Congreso por el 2° Designado en ejercicio del poder Ejecutivo, General Santos Acosta. (Regresar)
2.
Este último Mensaje contiene una mal disimulada amenaza, por lo cual la comisión de la Cámara que informó acerca de él lo calificó de subversivo del orden público. (Regresar)
3. Este informe se publicó en el número 865 del Diario Oficial.(Regresar)
1.


"El General Mosquera dijo al ciudadano Representante Manuel María Ramírez, que era Preciso que Colombia tomase una actitud respetable para ofrecer su mediación en la contienda que sostenían contra la España las Repúblicas aliadas del Pacífico; que éste era el objeto con que había comprado el vapor Rayo, con fondos suministrados por el Ministro de la República de Méjico en los Estados Unidos de América".Acusación del Fiscal de la Cámara de representantes, página 21. (Regresar)
2. Así aparece de la acusación y de la defensa hechas al Presidente Mosquera ante el finado de 1867. (Regresar)
1. El doctor Cuenca había salido ya para el Norte (Regresar)

 

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