CONGRESO DE
1866
VI
Los graves acontecimientos a que acabo de referirme suministran por
sí solos materia para un volumen; mas no teniendo yo la temeraria
pretensión de invadir el campo de la historia, me limitaré a
mencionar algunos de esos acontecimientos, reanudando para ello la
exposición relativa a las sesiones del Congreso de 1866,
interrumpida en el momento en que empezaba a discutirse el
empréstito extranjero.
Predispuesta como estaba, y con razón, la mayoría de la Cámara
de Representantes contra la presunta política del nuevo Presidente,
el referido empréstito vino a ser la piedra de escándalo en el seno
de aquella corporación, no tanto por lo que él fuera en sí mismo
como operación fiscal -aunque había sido tachada de ruinosa en un
notable informe presentado a la misma Cámara- no tanto por ese
gravísimo inconveniente cuanto por la trascendencia política que
desde luego se atribuyó a la negociación.
Nadie desconocía el espíritu eminentemente progresista del
Presidente Mosquera, ni su ferviente anhelo por las mejoras
materiales; pero a nadie se ocultaban tampoco su grande ambición de
mando, sus tendencias absolutistas, ni su falta de escrúpulos
cuando se trataba de elegir medios para el logro de algún fin
político. Como si las facultades intelectuales se hubiesen
desarrollado en él a expensas del sentido moral, éste era casi nulo
en el General Mosquera, como lo ha sido en la mayor parte de los
hombres públicos que han sobresalido principalmente por la
acción.
En tal virtud, el triunfo del Presidente en el asunto del
empréstito no podía ser dudoso; y no lo fue para mí, como se verá
por el incidente que paso a referir.
La víspera de mi separación del Senado me encontré en
la
Calle Real con los señores doctor Emigdio Palau y Miguel
Salgar, Representante el primero por el Estado del Cauca; y
habiendo entrado en conversación con ellos sobre el tema del día,
que era el del empréstito, me dijo el doctor Palau que no debería
yo retirarme del Senado hasta que ese negocio no se decidiera allí,
pues si bien era cierto que en la otra Cámara acababa de aprobarse
el contrato en segundo debate, lo había sido por un solo voto de
mayoría. -Eso depende le contesté al punto- de que no se necesita
más que un voto para formarla, que si se necesitaran dos o más, el
Presidente los obtendría. Y dos fueron, en efecto, los votos que en
el último debate le dieron el triunfo al Gobierno; pero lo más
singular del caso fue que uno de esos votos resultó ser el del
mismo doctor Palau, quien dio por razón de cambio tan notable
-según lo dijo el Fiscal de la Cámara en su libelo de acusación
contra el Presidente Mosquera "el temor de que la paz
pública se turbara, si tal negociación no obtenía la aquiescencia
del Congreso".
Habiendo nombrado el Poder Ejecutivo para puestos diplomáticos a
algunos de los miembros del Congreso que el año de 66 habían
contribuido a formar la mayoría ministerial, esta quedó por tal
razón convertida en minoría en las sesiones de 1867. Al darse
cuenta de ello, el Presidente promovió la deserción de la minoría
para que las sesiones quedasen de hecho y definitivamente
suspendidas,
(1)
como
sucedió en la Convención de Ocaña. Frustrado este plan, apeló el
Presidente al recurso de pedir a la Cámara, como lo hizo en sus
Mensajes de 5 y 10 de febrero,
(2)
la calificación de las Diputaciones
de Bolívar, Santander y Tolima, a efecto de que fuese excluido un
miembro de cada una de ellas, que el Poder Ejecutivo consideraba
excedente, por haber sido fijado el número de Representantes de
cada uno de esos Estados conforme a un cómputo de censo hecho por
el Presidente provisional de la Unión y revalidado por la Cámara en
1864, cómputo que, a juicio del Poder Ejecutivo, no estaba ya
vigente cuando se hizo la elección de Representantes en 1865.
Mutilando así la representación nacional, se prometía el Presidente
conseguir mayoría.
Fundada en el razonado informe de una comisión plural,
(3)
en que se refutó
victoriosamente la débil argumentación del Poder Ejecutivo, la
Cámara, en términos comedidos rehusó acceder a la solicitud
contenida en los referidos mensajes.
¡Quién dijo tal! Al saberlo el Presidente montó en cólera, y
traspasando los límites del decoro dictó la famosa alocución de 13
del citado mes, en la cual fulminó improperios contra la mayoría
del Congreso, dirigió un ataque personal al expresidente Murillo,
calificó al culto
Mensajero de "periódico de
difamación" y declaró estar resuelto a apelar a la
Nación!
Entre los actos inconstitucionales del Poder Ejecutivo que
pudieron ser objeto de acusación ante el Senado, y que por razones
de prudencia pasaron disimulados, se encuentra la célebre circular
"sobre orden público", que establecía la
intervención del Gobierno federal en las contiendas domésticas de
los Estados.
En oposición a tan arbitraria medida política, y con el objeto
de anularla, se adoptó en ambas Cámaras un proyecto de ley que
ordenaba al Ejecutivo guardar estricta neutralidad en las referidas
contiendas.
La sanción de este proyecto implicaba un sacrificio de amor
propio que el Presidente Mosquera, menos quizá que cualquiera otro
de los que han ocupado la silla presidencial de Colombia, a
excepción del Libertador, era capaz de hacer de buen grado; y en
efecto, el Presidente devolvió el proyecto acompañado del célebre
Mensaje de 14 de Marzo, en que declaró 11 cortadas sus relaciones
oficiales con el Cuerpo legislativo".
(Diario
Oficial número 881).
Después de tan inesperado golpe, que implicaba una verdadera
crisis, se pensó en combatirla por medio de un avenimiento entre el
Poder Ejecutivo y la mayoría del Congreso. Con tal fin se promovió
una reunión privada de las diputaciones liberales de ambos matices,
y en ella se acordaron varias proposiciones conducentes al
apetecido objeto, entre ellas la siguiente: "Se modificará
el proyecto de ley sobre orden público, luego que el Presidente
retire su Mensaje (el de 14 de Marzo) y haga nuevas observaciones a
dicho proyecto".
Este compromiso, aceptado por el Presidente en su alocución de
17 de marzo, no fue lealmente cumplido, según lo manifiesta el
Fiscal de la Cámara de Representantes en su libelo de acusación
contra aquel Magistrado, del modo siguiente:
"El Mensaje sedicioso de 14 de Marzo no fue retirado;
el proyecto de ley sobre orden público, que debió ser modificado,
fue objeto, contra lo convenido, de observaciones que se referían a
todo el proyecto, las cuales declararon las Cámaras infundadas, por
una lujosa mayoría".
Acerca del primer cargo puede observarse que, si bien es cierto
que el aludido Mensaje no fue expresamente retirado, el Poder
Ejecutivo dirigió otro al Congreso en términos conciliatorios, y
por medio del cual restablecía las interrumpidas relaciones entre
los dos poderes. En cuanto al segundo cargo, cabe también observar
que era al Congreso y no al Ejecutivo a quien correspondía
modificar el proyecto; y que el hecho de haberse referido las
nuevas objeciones a todo él, no inhabilitaba a la Cámara para
adoptar un nuevo proyecto en que quedasen consignadas las
modificaciones, que naturalmente debieron indicarse en la junta.
Quizá hubiera sido ese un medio de hacer fructuoso el convenio de
16 de. Marzo; y en todo evento, nada se habría perdido con
ensayarlo.
Cuanto a saber si este paso, que llamare de buena política, pudo
haber bastado a detener la tormenta que se desencadenaba, no es
fácil resolverlo, porque entran como elementos del problema las
miras políticas del Presidente Mosquera, que si bien eran
evidentemente liberticidas, no puede asegurarse que fueran
irrevocables. Ya se había visto a este mismo personaje, en ocasión
más propicia para él, ceder en sus pretensiones autoritarias ante
la voluntad firme pero moderada de la Convención de Rionegro.
Tampoco era un secreto el modo como los señores Florentino
González, Secretario de Hacienda en los años de 1847 y 1848, y José
María Plata, Gobernador de Cundinamarca en plena guerra de 1861,
ejercieron, cada uno en su caso, saludable y moderada influencia
sobre el General Mosquera, investido del poder supremo.
Frustrada la tentativa de avenimiento, la lucha entre el Poder
Ejecutivo y el Congreso revivía con acritud e intensidad mayores.
El Presidente objetaba, en términos inconvenientes Y a veces
agresivos, casi todos los proyectos que le eran Presentados para su
sanción; y las Cámaras, por su parte, declaraban infundadas las
objeciones, en algunos casos sin hacerles siquiera los honores de
la discusión. Toda fórmula de cortesía había desaparecido, pues, en
la correspondencia oficial entre los dos poderes, y el conflicto
que por un momento se creyó conjurado, surgió de nuevo con más
graves proporciones.
En la cuestión de orden público, lo mismo que en la relativa al
restablecimiento de las buenas relaciones entre la Iglesia y el
Estado por medio de un concordato, como lo pretendía el Ejecutivo,
tenía éste la razón indudablemente; pero exponiendo sus ideas en
términos imperiosos y descomedidos, les hizo perder toda
eficacia.
Cuando dijo en su Mensaje de 14 de Marzo que el proyecto de ley
sobre orden público era "un proyecto de ley de hacer
revoluciones", expresó una verdad que los hechos debían
confirmar muy pronto; pero lo hizo con demasiada crudeza, sin
salvar siquiera las intenciones del legislador, que eran
indudablemente patrióticas, y antes bien haciendo graves
imputaciones al Congreso. Al situarse éste, en lo tocante al orden
público, en un punto diametralmente opuesto al en que se había
colocado el Poder Ejecutivo en virtud de la célebre circular
citada, procedió quizá impolíticamente, atendidas las
circunstancias. Desde que el partido liberal, obrando con pleno
conocimiento del carácter arbitrario del General Mosquera, lo
aceptó por caudillo de la gran revolución de 1860, contrajo consigo
mismo implícitamente la obligación de emplear con él la política
que consiste en doblegarse sin romperse, a fin de evitar en lo
posible el escollo de la dictadura, que claramente se dibujaba
después del triunfo de la revolución.
Y ya que con tan ruda franqueza he hablado de un hombre público
ya difunto, manifestaré que, si debiera elegir entre déspotas,
preferiría tipos como el de este encumbrado personaje, francos,
varoniles, impetuosos, y capaces en su orgullo de ir hasta el
crimen, pero al mismo tiempo susceptibles de ejecutar actos de
verdadera grandeza preferiría esos tipos a ciertos caracteres
reconcentrados, tortuosos e insaciables de venganza.
Creo, por otra parte, menos vilipendioso para un pueblo llevar
estampada en las espaldas la bota de un general victorioso, que no
la chinela de un político de alcoba, discípulo de Maquiavelo.
Volvamos al Congreso.
En tal situación de los ánimos, vino a reavivar la hoguera un
nuevo combustible.
El Presidente de la Unión, asumiendo la soberanía nacional,
había celebrado un convenio secreto con el Ministro
Plenipotenciario del Perú, lo había canjeado y puesto en vigor, sin
dar cuenta de ello al Congreso.
Este convenio implicaba una alianza defensiva entre los dos
países, para repeler la invasión que España, con pretensiones de
reivindicación, dirigía contra las repúblicas del
Pacífico.
La idea de una alianza defensiva en tales circunstancias no
podía ser más digna, más justa ni más patriótica; mas el
presidente, al ponerla en práctica sin previa aprobación del
Congreso, había cometido un escandaloso abuso de autoridad.
El Congreso no tuvo noticia de tan grave acontecimiento hasta
que un periódico de Nueva York no reveló la compra del vapor
Rayo, hecha por nuestro Ministro en Washington, General
Eustorgio Salgar, con fondos del Gobierno peruano, a la sombra de
la neutralidad de nuestro Gobierno, públicamente proclamada en
circular dirigida a los Gobiernos de los Estados, y en cumplimiento
del tratado secreto a que me he referido.
La desgraciada compra del vapor
Rayo, a pesar de los
subterfugios que se emplearon para disfrazarla,
(1)
dejó a descubierto la doblez del
Gobierno colombiano, y trajo a nuestra política interior una nueva
complicación, de tal modo grave, que fue precisamente la que motivó
inmediatamente el golpe de Estado del 29 de Abril.
(2)
A fortalecer la opinión contra la Dictadura, que desde Mayo de
1866 se preveía, contribuyó eficazmente la actitud resuelta de la
mayoría del Congreso, y en especial de la Cámara de Representantes,
que se componía de las Diputaciones radicales de varios Estados y
de las conservadoras de Antioquia y Tolima. Esa actitud fue
briosamente sostenida en la tribuna por varios oradores de la
Cámara, entre los cuales sobresalieron los señores Pablo Arosemena,
Carlos Nicolás Rodríguez y Manuel Plata Azuero.
No contribuyó menos a levantar esa opinión contra la dictadura
un periódico político, redactado por tres jóvenes de grande aliento
patriótico y poderosa pluma, los señores Santiago Pérez, Felipe
Zapata y Tomás Cuenca. A pesar de la corta duración de esa hoja,
titulada
El Mensajero, y de sus pequeñas dimensiones, ella
hizo época en los anales de nuestra prensa periódica; su recuerdo
permanecerá indisolublemente unido al del 23 de Mayo de 1867, fecha
memorable en nuestra historia contemporánea.
Después del 29 de Abril los redactores de
El Mensajero,
señores Zapata y Pérez,
(1)
con otros ciudadanos, entre ellos el
General Santodomingo Vila y el señor Santiago Izquierdo, a la
salida de Bogotá en viaje para el Norte de la República, fueron
apresados por uno de los destacamentos que con ese objeto el
General Mosquera había apostado en los afueras de la capital.
Llevaba el doctor Pérez tres o cuatro mil pesos en oro en sus
alforjas. Al día siguiente el General Daniel Delgado se presentó en
casa de la esposa de aquel distinguido ciudadano y, entregándole el
dinero, le hizo la siguiente declaración: "Puede usted,
señora, mandar al cuartel del
Zapadores, que yo mando, todo
lo que necesite el doctor Pérez, y cuente usted con que la vida de
éste y de sus compañeros no corre ningún riesgo mientras yo mande
ese Batallón".
Para lavar la afrenta inferida a la Nación el nefasto 29 de
Abril, y para restablecer el imperio de la legalidad dentro del más
breve término y con el menor sacrificio de sangre y de riqueza,
varios ciudadanos -a cuya cabeza estaba el Jefe de la Guardia
Colombiana y 2° designado para ejercer el Poder Ejecutivo, General
Santos Acosta- resolvieron heroicamente aventurar su vida en la
tentativa de sorprender al dictador en su palacio, aprisionarle y
someterle a juicio ante el Senado, que él mismo había disuelto en
la fecha antes citada; tentativa que se llevó a cabo en la
madrugada del 23 de mayo de ese año, con éxito completamente feliz.
A haberse salvado el General Mosquera de aquel trance, como se
salvó el Libertador en la noche del 25 de septiembre, también
habría levantado patíbulos, aunque los conjurados de mayo no
llevaban el propósito de dar muerte al dictador.
A tiempo de salir del cuartel de Santa Clara los conjurados,
reunidos en el salón de la Mayoría, el doctor Pérez dijo a sus
compañeros:
"Señores, vamos a reducir a la impotencia al dictador
que conculca nuestros derechos de ciudadanos libres; pero nuestro
honor exige que no se toque uno solo de sus cabellos. Se trata
solamente de someterle al yugo de la ley. Quien no se crea capaz de
cumplir con esta exigencia de honor, queda en libertad para
retirarse".
El gran peligro afrontado por los principales autores de este
golpe reivindicador, es título bastante para que sus nombres sean
recogidos por la historia. Además del General Acosta, figuraron en
primera línea como promotores de la reacción, por su orden, los
doctores Carlos Martín y Antonio Ferro; y en calidad de ejecutores,
los Generales Rafael Mendoza, Daniel Delgado y José María Vesga,
Jefes de la Guardia Colombiana. Vienen luego los ciudadanos que
penetraron en palacio y redujeron a prisión al General Mosquera
-algunos de los cuales estuvieron desde el principio iniciados en
la conjuración: - General Ramón Santodomingo Vila, General Daniel
Aldana, Santiago Pérez, Januario Salgar, Santiago Izquierdo, Felipe
Zapata, Salvador Maldonado, Jacinto Corredor Mariano Copete,
Antonio Vanegas, Vicente Aldana, Abelardo Aldana, Rafael Olaya R.,
Mariano Izquierdo, Julio Barriga, Joaquín Granados, José María
Baraya, Manuel Forero, Francisco A. Vela, Alejo de la Torre, Rafael
Latorre, Antonio Convers, Rosendo Gaviria, Alejandro Pérez,
Dionisio Copete Salustiano Villar, Ramón Vásquez, Juan Aguilar Y
Pedro Martínez.
Ocuparon también distinguido puesto en este movimiento
restaurador, los señores Antonio Valencia y Policarpo Forero, jefes
militares, el Capitán Antonio Gómez y el señor Miguel Salgar. Se
comprometieron igualmente en la reacción los jefes y oficiales de
la Guardia Colombiana cuya lista se halla al pie de una
manifestación publicada en el número 937 del
Diario
Oficial.
Todos ellos merecen bien de la patria: el soldado debe fidelidad
y obediencia al Jefe de la Nación, siempre que éste se mantenga
fiel, por su parte, al juramento prestado de sostener y respetar la
Constitución y las leyes; "si no, no", según la
antigua fórmula de juramento de Aragón.
Ahora, para cerrar este importante episodio de nuestra historia,
diré dos palabras acerca del principal director de la conjuración
de Mayo.
Si después de haber prestado al país el inmenso servicio de que
se ha hecho relación, el General Acosta, llevando su
desprendimiento a la altura de su reputación militar, hubiese
llamado a ejercer el Poder Ejecutivo al tercer designado,
conservando para sí el puesto de General en Jefe del Ejército, a
fin de contribuir con la autoridad de su nombre y con su prestigio
militar a la pacificación del país, puede asegurarse que no habría
transcurrido más de un período administrativo sin que la Nación le
hubiese discernido el merecido premio elevándole al solio
presidencial.
Entre los documentos oficiales que se publicaron en esa época,
ocupan lugar preferente, por su alta entonación patriótica y por la
categoría de sus autores, las proclamas de los Presidentes de
Antioquia y Santander -doctor Pedro Justo Berrío y don Victoriano
de Diego Paredes- documentos que insertaré en seguida, para adorno
y complemento de esta breve narración:
PROCLAMA DEL GOBERNADOR DE
ANTIOQUIA
PEDRO J. BERRIO
Gobernador Constitucional del Estado Soberano de Antioquia,
A LA NACION
ANTIOQUEÑOS! La revolución que desde su advenimiento al poder
había estado preparando el Presidente de la República contra la
Nación misma que lo honró con su confianza, ha estallado al
fin.
Vanos han sido los esfuerzos de todos los partidos honrados de
la República y de los Gobiernos de los Estados de la Unión, por
conservar la paz.
Un hombre que quiere ser superior a las leyes; un hombre a quien
la Nación colmó de los más altos honores, vuelve hoy contra la
Patria el bastón y la espada que la República puso en sus manos
porque lo consideró digno de defender sus instituciones y sus
libertades, y comete con el ejército un crimen horrendo, que las
leyes y la conciencia denominan ALTA TRAICION!
Pues bien: se quiere someter a la República a nueva prueba; se
la lanza a su pesar en la guerra, y la guerra se hará, y su éxito
no será dudoso: triunfaremos!
ANTIOQUEÑOS! En vano trabajabais de consuno, coadyuvando el más
ferviente deseo del Gobierno del Estado, que era el de conservar la
paz a todo trance. En vano la Nación, herida en una mejilla, volvía
la otra a su agresor. Este, no contento con semejante conducta,
tolerante tal vez en demasía, quiere clavar en su seno el puñal
parricida; y cometiendo la más flagrante y escandalosa violación de
la Constitución, ha enviado fuerzas nacionales a la Costa a
derrocar al Presidente legítimo del Magdalena, para sustituirlo con
un pretoriano a quien de antemano había mandado con el carácter de
guardaparque nacional. Pero no es esto solo: al Presidente del
Estado soberano de Cundinamarca lo ha sepultado en un inmundo
calabozo, encargando a un esbirro de la tiranía de la magistratura
que el pueblo cundinamarqués había confiado al ciudadano General
Daniel Aldana; y por último, el 29 de abril próximo pasado se ha
declarado en ejercicio de la dictadura militar, disolviendo el
Congreso nacional y reduciendo a prisión los Diputados
independientes como Plata Azuero, Arosemena etc., etc.
El ha levantado el estandarte de su personalidad, más allá de la
cual no se alcanza a divisar un solo principio. Nuestra bandera es
la Constitución, y podemos izarla tan alto, que tendrán que verla
hasta los que quieran apartar de ella sus ojos.
La cuestión que va a ventilarse es muy clara: despojar del Poder a
un hombre alzado contra las instituciones que él mismo ayudó a
fundar, y contra la Nación que lo elevó,
no para tener en él un amo vitalicio
y absoluto, sino para que dirigiese sus destinos por los trámites
constitucionales.
En esta cuestión no hay más que dos partidos: el de los
REPUBLICANOS
que son la Nación misma, y el de los
PRETORIANOS
que quieren imponernos por señor a su señor. En
cuestiones de esta clase la neutralidad es un crimen con que en
vano pretendería disfrazarse el egoísmo.
Así, todo el que sienta latir en su
pecho una sola pulsación de libertad, estará con nosotros. Todo el
que, entre la República y un hombre, prefiera este último, estará
por la dictadura.
En nombre de la libertad amenazada,
en nombre de la patria insultada, yo convido a todo republicano a
venir a nuestro campamento. ¡A las armas!
Señores Presidentes de los demás Estados: bien sé que a esta
hora vuestro corazón arderá de entusiasmo en favor de la
Constitución, y que estaréis preparados para derrocar la tiranía.
Yo os prometo que Antioquia no os dejara solos, ni será el último
en dar ejemplo. Obremos de acuerdo, empuñemos juntos la bandera
nacional, que es la Constitución, y la lucha será muy corta.
Colombianos todos! Vosotros sois un pueblo orgulloso y
aguerrido, que jamás ha doblado la cerviz ante el sable de los
tiranos ni de los dictadores, cualquiera que haya sido su nombre.
Triunfaremos una vez más contra la dictadura, con un pequeño y
simultáneo esfuerzo, no lo dudeis!
En cuanto a vosotros, antioqueños, no creo que abriguéis en
vuestro suelo un solo partidario de la tiranía; pero si lo hubiere,
que vaya a engrosar las escasas filas del dictador. Venga por su
pasaporte, que se le dará inmediatamente; su hálito emponzoñado no
debe seguir envenenando el aire puro de nuestras vírgenes montañas,
que no será respirado nunca sino por hombres libres que tengan
dignidad. La tierra de los Córdoba, de los Zea, de los Girardot, de
los Mejía, de los Uribe, de los Restrepo, de los Giraldo, no puede
abrigar a los hijos de la esclavitud.
Nuestra conducta está trazada por la magnitud de nuestro deber.
Observaremos con lealtad las leyes de la guerra Y del Derecho de
gentes; daremos al artículo 91 de la Constitución nacional con
relación al enemigo, la misma inteligencia y aplicación que él le
dé con relación a nosotros, sin descender nunca a actos indignos de
un pueblo civilizado; pero sí con la firmeza bastante para
conseguir el triunfo de nuestra causa. Las escuelas y
establecimientos públicos de instrucción no se cerrarán.
No dudemos un solo instante de la victoria: está de antemano
garantizada por la santidad de la causa que vamos a defender.
Creencias, libertad, instituciones, hogar, familia, propiedad,
todos, todos nuestros sacrosantos derechos están comprometidos; y
antes que se nos arrebaten, vendamos cara nuestra vida a los
usurpadores.
Pero no, ellos son pocos: se reducen a un hombre rodeado de un
puñado sin principios. Nosotros somos la República en masa; y la
República en masa siempre ha triunfado, cualesquiera que hayan sido
los precedentes de sus enemigos.
¡Viva la Constitución!
PEDRO J. BERRIO
El secretario de Gobierno
Néstor Castro.
El secretario de Hacienda
Abraham Moreno.
Medellín, 10 de Mayo de 1867.
ALOCUCION DEL PRESIDENTE DE
SANTANDER
Santandereanos! El Presidente de Colombia ha consumado ya
la revolución con que nos amenazaba y hoy, por su voluntad, hemos
dejado de ser ciudadanos para pasar a ser sus siervos. Aún no se
sabe todavía qué título querrá llevar: puede ser el de rey,
emperador o autócrata; pero cualquiera de esas palabras significa
que nuestras vidas son suyas; que nuestras propiedades son suyas;
que nuestras garantías son suyas, y que nada tenemos fuera de lo
que quiera consentirnos. Con una señal de su cetro puede echar al
patíbulo a centenares de colombianos; con una palabra de su boca
puede arruinar a millares de familias; con un solo decreto expulsar
de esta patria querida a centenares de nosotros. Tal es la
situación. No hay más ley que el capricho de un hombre, ni otra
perspectiva que nuestro sacrificio.
La misión de este Estado ha sido siempre la de lidiar por el
derecho, y no será nuevo para nosotros escarmentar a los tiranos o
perecer noblemente en la lucha por la libertad.
Muy difícil es la situación; pero ¡ay del que vacile entre la
tumba que el deber le señala y los vergonzosos y execrables gajes
que la Dictadura le ofrece!
Hijos de Santander! Os
daré cuenta de lo que ha
pasado. El día 29 de Abril último se aprobaron en la Cámara de
Representantes dos proposiciones que tendían a averiguar la
procedencia y objeto de varios buques de guerra que debían venir a
nuestros puertos, de los cuales había llegado a ellos el que se
denomina El
Rayo. Estas simples proposiciones fueron el
pretexto en que se apoyó el Presidente de la República para dar
aquel día el golpe de Estado que de antemano se veía venir; y
entrando en el ejercicio de un Gobierno absoluto, disolvió el
Congreso, declaró el país en estado de guerra, aprisionó a los
Representantes del pueblo que pudo hallar y que pertenecían a los
que no quisieron traicionar sus deberes, redujo a prisión al
Presidente de Cundinamarca, persiguió y mandó aprehender a varios
editores y redactores de periódicos; y en suma, destruyó de una
plumada todas las garantías que la Constitución consagra.
Ante semejantes atentados, el corazón de los republicanos leales
a los principios y a la ley, tiene que rebosar en indignación y
rechazar tan ignominiosa usurpación del poder público.
Compatriotas de Santander! Siempre habéis sido
reconocidos en esta tierra como el principal baluarte de la
República democrática, y tenéis que sostener vuestros honrosos
precedentes por un noble orgullo y porque es vuestro imprescindible
deber.
Socorro, 9 de mayo de 1867.
VICTORIANO DF. D. PAREDES
Hoy más que nunca se hacen notables, y hoy más que nunca
querríamos ver grabados con caracteres de oro los patrióticos
conceptos del eminente repúblico doctor Berrío que me he permitido
subrayar.
Ah! si por un favor de la suerte el partido conservador hubiese
tenido el día del golpe de Estado de 1854 un hombre de la elevación
patriótica, de la fuerza de convicción y de la energía del autor de
aquella brillante alocución, posible es que, a pesar de ello,
Colombia hubiera tenido que pasar por la afrenta de la
Regeneración, pues no está siempre en la mano de un solo
hombre detener el carro de los acontecimientos; pero al menos se
habría podido salvar la honra de un gran partido!
Además de aquella luminosa estela trazada en el campo de la
política, dejó el doctor Berrío bien sentada reputación de
Magistrado justiciero y de hábil administrador; raro conjunto de
aptitudes y merecimientos, que le han valido después de su muerte
tres decretos de honores, uno de ellos del Congreso nacional, y la
estatua que el Departamento de Antioquia acaba de erigirle en la
ciudad de Medellín. El hombre se hizo sin duda acreedor al
monumento, y el pueblo que ha sabido honrar en él las virtudes
cívicas del mandatario, se ha mostrado a su vez digno de ser
libre.
El señor Victoriano de Diego Paredes figuró en escala política
mucho más alta que el doctor Berrío; y como hubiese tenido la
fortuna -si tal puede llamarse- de llegar a una edad muy avanzada,
pudo servir a su patria más largo tiempo que el gobernante
antioqueño.
No es esta la ocasión de enumerar todos sus servicios; por lo
cual me limitaré a recordar que don Victoriano fue, allá por los
años de 50 y 51, el más esforzado adalid parlamentario que tuvo la
libertad del cultivo del tabaco en nuestro país; Y que el recuerdo
de este eminente patriota, tan amante del progreso, está unido al
de la construcción del primer camino de ruedas que se conoció en
Colombia.
Su ardiente amor a la democracia le llevó en cierta ocasión a un
extremo peligroso para la sociedad. Prendado de las sencillas
virtudes que distinguen a la clase media del pueblo de Santander,
pretendió nivelarla con la que se llame clase alta, y aún ponerla
por encima de ella, sin embargo de que la de aquel Departamento no
se ha dejado aventajar en patriotismo por las que ocupan una
posición inferior. Esta equivocación le trajo a don Victoriano un
cruel desengaño durante su presidencia en Santander; pues fue
precisamente en la clase media de la sociedad donde, por falta de
luces, encontró más partidarios la dictadura del 29 de Abril.
Los restos mortales de este inmaculado patriota descansan en
humilde huesa en el cementerio protestante de Bogotá, junto a los
de su virtuosísima segunda esposa. Allá irá' algún día a sacarlos
la gratitud de sus compatriotas de Santander, para levantar sobre
ellos un monumento digno de su memoria.
A pesar de aquel lamentable aunque transitorio error de
apreciación política y social, puede decirse de don Victoriano lo
mismo que, en admirable síntesis, dijo Lamartine de un sabio de la
antigüedad: "Pensó con justicia, vivió honradamente, y
murió con esperanza".
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