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REGRESO A LA PATRIA
V


El 8 de mayo de 1867 nos embarcamos el doctor Camacho Roldán y yo en San Nazario, tomando pasaje para Santa Marta en el vapor Lafayette. Al llegar al último de esos puertos fuimos dolorosamente sorprendidos con la noticia del golpe de Estado que el Presidente Mosquera había dado el 29 de abril próximo anterior, y con la de que la ciudad de Barranquilla estaba ocupada por fuerzas dictatoriales al mando del General Mendoza Llanos, las cuales interceptaban el paso para el interior.

Por el momento pensamos en tomar la vía de Maracaibo, embarcándonos en el primer buque de navegación transatlántica que tocase en Santa Marta; mas, habiéndose establecido pocos días después el bloqueo de este puerto por el vapor Rayo (de cuya procedencia hablaré adelante), quedó también cerrada esta vía para el interior.

A ese tiempo el General Riascos -quien, como encargado de la presidencia del Estado, se había declarado en ejercicio del Poder Ejecutivo federal- se ocupaba activamente en organizar una columna de seiscientos hombres, casi todos voluntarios, con la cual se proponía tomar a Barranquilla y restablecer la libre navegación del río.

Confiados nosotros en el buen éxito de esta operación militar, seguimos de cerca a la fuerza expedicionaria, en compañía del distinguido patriota liberal y amigo nuestro, señor Pedro Blanco García.

Nos acercábamos, pues, a Barranquilla llenos de confianza en el triunfo de los valerosos samarios, cuando de repente vimos bajar el buquecito Tairona, que derrotado se dirigía a todo vapor a Santa Marta. Sin perder tiempo trasbordamos a este buque, y seguimos en él más impresionados quizá por la situación personal del General Riascos que por la nuestra; pues en cuanto al éxito final de la contienda política, no nos preocupábamos en lo mínimo, persuadidos como estábamos de que, en más o menos tiempo, el triunfo quedaría por las armas constitucionales. Colombia se enorgullecía hasta entonces de no haber tolerado dictaduras, ni aún la del mismo Libertador.

Ninguna noticia se tenía en Santa Marta del golpe reparador del 23 de mayo, a pesar de haber transcurrido más de un mes. Así, pues, nuestra perspectiva del momento era la de una campaña en Santander.

El valeroso General Riascos, que había llevado a combatir fuerzas fluviales y terrestres capaces por su número, organización y entidad de llevar a feliz término la proyectada operación militar, no anduvo acertado en la colocación de las primeras al frente del enemigo, quien, aprovechándose de esa mala colocación, lanzó velozmente río abajo uno o dos de los grandes vapores de que disponía, y sin dar tiempo a la flotilla para disparar sus cañones, echó a pique unos bongos, dispersó otros, y puso fin al combate en menos tiempo del necesario para referirlo.

La fuerza terrestre del General Riascos, situada en la banda derecha del río, tuvo que presenciar el desastre de la flotilla sin poder hacer nada para impedirlo ni para tomar el desquite.

Después de tan inesperado contratiempo, no nos quedó a mi compañero y a mí otra vía para el interior que la pésima senda que atraviesa las desiertas pampas bañadas por el río Cesar, y que pasando por Chiriguaná conduce a la provincia de Ocaña.

Al entrar en aquellas vastas soledades y sentir el rigor de su ardiente clima, nos vino a la memoria el sacrificio del distinguido geógrafo e ingeniero general Agustín Codazzi, muerto pocos años hacía en servicio de la República, no muy lejos de los lugares que atravesábamos.

Nuestra obligada permanencia en la culta y hospitalaria Santa Marta excedió de cuarenta días, tiempo que pasamos inútilmente y que sentimos no haber aprovechado en París, gozando allá de la estación de las flores y de los días de mayor auge de la grande Exposición.

Por demás está decir que durante aquella larga permanencia visitamos más de una vez, y siempre con religioso recogimiento, la quinta de San Pedro Alejandrino, donde terminó su inmortal carrera el Libertador de la América del Sur.

 

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