TRASLACION DE
LONDRES A PARIS
IV
Refiérese que el doctor Murillo al llegar a París, después de haber
visitado a Londres, dijo que esta ciudad era el hombre y aquélla la
mujer.
Concepto semejante, pero envuelto en los colores de su brillante
pluma, emitió Edmundo de Amicis, con relación a la primera de estas
dos grandes metrópolis, en la forma que va a verse:
"Es una magnificencia teatral y femenina; una excesiva
majestad de aparato, llena de coquetería y vanidad que desvanece y
deslumbra como un inmenso temblor de puntos luminosos, y expresa
exactamente la naturaleza del gran pueblo opulento y voluptuoso,
que trabaja por el placer y por la gloria".
Héme, pues, ya en París, en esta segunda patria de todos cuantos
no hemos nacido en ella, como dijo el ilustre Jefferson; y héme
allí paseando por sus bulevares concurriendo a sus teatros y a sus
instructivas conferencias públicas, visitando sus grandes
monumentos y sus edificios públicos, paseando por el Bosque de
Bolonia, recibiendo atenciones de los
coro. patriotas
residentes en la ciudad, y percibiendo, en una palabra, por todos
cinco sentidos los progresos de la civilización moderna en el
primero de sus grandes centros.
- ¿Qué se llevaría usted de aquí para Bogotá, si pudiese? me
preguntó un día en la calle Florentino Vesga.
- Tres, cosas, le contesté, a poco reflexionar: El Museo de Louvre;
dos de los mejores teatros, con sus cantatrices, comenzando por la
Patti, con sus actores, cantantes, bailarinas, decoraciones y
comparsas; y por último, el buen vino de Burdeos, para curarnos
allá de la anemia. Tomaría además prestada por unas cuántas noches
para obsequiar al bello sexo bogotano, la vista de la plaza de la
Concordia y del Jardín de las Tullerías, con la espléndida
iluminación, el ruido, la animación y el movimiento que usted y yo
-pobres montañeses- hemos admirado en repetidas ocasiones,
creyéndonos transportados por arte de magia a mundos imaginarios,
como en los cuentos de las Mil y una noches. Les dejaría a los
parisienses todo lo muchísimo más que de envidiable poseen, por
temor de que dijesen que yo era un gran
desvalijador como
Napoleón I.
- Ajá! no tiene usted mal gusto, repuso el amigo Vesga, con su
habitual flema.
En enero de 1867 interrumpí mi estancia en París para ir a
conocer a Italia.
Había salido de Londres en noviembre, dejando allí un cielo
brumoso y una temperatura de 6 u 8 grados sobre cero, para venir a
encontrar en París, la tarde del mismo día de mi partida, un sol
radiante y una temperatura media. Ya en enero, cuando salí de esta
última ciudad, el frío era demasiado intenso, y al segundo día de
viaje, después de haber pasado durante la noche el Monte Cenis -que
ahora se atraviesa en ferrocarril por el gran túnel y entonces se
pasaba en diligencia- tuve, al aclarar el día, una deliciosa
sorpresa, viendo el pintoresco valle bañado por el Po, en la parte
en que está situada la hermosa ciudad de Turín, y oyendo el acento
meridional, que me permitió entenderle el francés al
cicerone, cuando en París sólo había podido entenderlo en
los teatros -especialmente en la Comedia Francesa y en las
conferencias públicas- donde se pronuncia con pausa y perfecta
claridad. Además encontré allí una atmósfera tibia, y volví a ver
un sol esplendente, como el de la zona en que nací.
Después de haber permanecido tres días en la capital del
piamonte, visitando sus más notables edificios, partí para Milán,
junto con mis compañeros de viaje Florentino Vesga y dos
apreciables jóvenes mejicanos, de apellido Iglesias.
Bien se habrá advertido que no entra en mi propósito la
descripción de lugares ni la de obras de arte, empresa superior a
mis escasas fuerzas, y que sólo trato de consignar aquí el recuerdo
de algunas, no todas, de las grandes impresiones que recibí durante
el viaje. Pues bien, a esta clase pertenece la que me causó el
aspecto interior y exterior de la catedral de Milán, inmenso
edificio de mármol blanco, coronado de innumerables estatuas del
mismo material, y que es considerada como una de las más grandes
maravillas de la cristiandad, no obstante sus defectos
arquitectónicos, generalmente reconocidos por personas
competentes.
Desde lo alto de la pirámide central, levantada sobre el templo,
y que remata en una estatua de bronce dorado, imagen de la Virgen,
se goza de una vista panorámica de las más extensas, sobre la
fértil llanura que rodea a Milán y sobre la cadena de los Alpes,
cuyas cimas se hallaban cubiertas de nieve. Esta hermosa
perspectiva, y la navegación del lago de Como, en cuyos contornos
se ven preciosas quintas, alegres aldeas y suntuosos hoteles,
fueron los espectáculos que más agradablemente me impresionaron
durante mi corta estancia en la capital de Lombardía. No estaba
abierto el teatro de la Scala.
De ahí seguimos rumbo a Venecia, pasando por Verona y Padua,
plaza fuerte la primera y patria la segunda del reputado milagroso
San Antonio y del historiador Tito Livio. En ambas ciudades
visitamos antiguos monumentos, especialmente en Verona, donde los
hay del tiempo de los romanos.
Ahora, para hablar dignamente y en pocas palabras, de la antigua
ciudad de los Duxes y del Consejo de los Diez, de la reina del
Adriático, que enviaba en otro tiempo sus naves mercantes al confín
del mundo; que osó resistir por sí sola la formidable Liga de
Cambray, y que es patria del Ticiano, del Tintoreto y de Pablo
Veronés; para hablar, digo, con entera propiedad, y para honrar
debidamente a esa fantástica ciudad, tomaré prestado del Itinerario
de Italia el paso siguiente:
"Venecia es uno de los nombres mágicos que se apoderan
de la imaginación, no solamente por el esplendor de los recuerdos
históricos y del arte, sino también por la poesía misteriosa de un
pasado lleno de fiestas, de cortesanas, de libertinaje y de dramas
sombríos. Ella conserva todavía él carácter de ciudad distinta de
todas las otras, la más rara del mundo tal vez. No conoce el ruido
ni el polvo. El asiento de sus casas está en el mar; sus calles son
canales, y sus carruajes góndolas. La góndola es la más encantadora
invención humana para satisfacer a un tiempo la doble necesidad del
reposo y del movimiento, y forma uno de los rasgos más notables de
la fisonomía de aquella magnífica ciudad".
Quien haya estado una vez en la plaza de San Marcos, a la hora
en que las hermosas venecianas van allí a lucir sus esbeltos talles
y sus ricos trajes; cuando las bandas de músicos sueltan al aire
sus raudales de armonía, y se levanta esa nube de palomas, que a la
hora de las dos había venido a recibir su alimento diurno; teniendo
al frente la suntuosa basílica de las cinco cúpulas, y a un lado el
palacio ducal; quien haya tenido a la vista ese hermoso
espectáculo, no lo olvidará jamás.
Todavía se veían escritas en las paredes las felicitaciones
dirigidas al rey Víctor Manuel y al general Garibaldi a su entrada
en la ciudad, poco después de declarada la independencia del reino
véneto y su incorporación al de Italia; acontecimiento que fue,
como es bien sabido, el resultado inmediato de la guerra
austro-prusiana y que había sido celebrado seis meses antes de mi
visita a la ciudad con regocijos públicos y con la reapertura del
teatro La Fenice, que durante los últimos años de la dominación
austriaca había permanecido cerrado, en señal de duelo por la
pérdida de la nacionalidad. A falta de medios efectivos de
reivindicación, nada tan elocuente y respetable como aquella muda
protesta.
Al cabo de seis u ocho días de permanencia en Venecia, tiempo en
que no tuvimos hora de descanso para poder ver lo que más notable,
partimos para Florencia.
A pesar de haber sido en la ya remota Edad Media cuando la
capital de Toscana rayó a grande altura en las letras y en las
artes, y sin embargo de contarse entre los siglos transcurridos de
entonces acá el llamado por antonomasia siglo de las luces, ninguna
otra ciudad del mundo ha alcanzado hasta hoy el insigne honor de
ser comparada con Atenas, lo que hace su mayor elogio; es sí de
sentirse que toda esa grandeza, lo mismo que la de Roma se
encuentre sólo en el pasado.
De lo mucho y muy notable que en Florencia vi, recuerdo bien lo
que nadie podría olvidar, a saber:
La soberanía cúpula, que como un globo inmenso descansa sobre la
hermosa catedral -Santa María del Fiore- y que es la construcción
más atrevida en su clase de cuentas se conocen, sin exceptuar la
cúpula de San Pedro de Roma.
El campanario
(campanile), calificado de
"maravillosa creación de Giotto".
El palacio viejo, el Petti, el Bautisterio, con sus enormes
puertas de bronce, adornadas con bajos relieves; y por último,
entre las obras de arquitectura -para no alargar demasiado esta
relación- la Sacristía nueva, que, como lo dice un distinguido
viajero, "es uno de los santuarios del arte italiano
consagrado a eterna admiración, por hallarse allí las famosas
estatuas en que Miguel Angel reveló su poderosa
originalidad".
Destácase entre ese maravilloso grupo la estatua que representa,
en actitud meditabunda, a Lorenzo de Médicis, creación que ha
recibido el nombre de il
Pensiero (el pensamiento) y que una
vez vista queda para siempre grabada en la memoria.
¿A qué hablar de los museos, de esas inmensas galerías de
estatuas y de cuadros, de donde sale el visitante con la cabeza
mareada y los ojos fatigados, sin poder darse cuenta de cuál de las
maravillosas obras que ha tenido a la vista llamó más su atención,
así como no es posible darse cuenta de los detalles de un paisaje
visto ,al andar de un tren que va con gran velocidad?
Por lo que a mí hace, debo confesar que de todas las obras de
escultura que vi en Florencia, sólo la imagen de la Venus de
Médicis y la del Perseo de Benvenuto Cellini, tiene hoy puesto en
mi memoria; y entre las pinturas, la Virgen de la Silla, la Visión
de Ezequiel, la Venus acostada, del Ticiano, y muy pocas más.
Yo aconsejaría, por tanto, a los que sólo pueden permanecer seis
u ocho días en Florencia, como me sucedió a mí, que no pierdan su
tiempo paseando la vista por ante esas innumerables obras de arte,
y que, acompañados de un buen
cicerone, se fijen
detenidamente en diez o doce obras maestras y prescindan de todo lo
demás. Así podrán dejar grabado en su mente uno que otro de esos
modelos, que les servirá de punto de comparación, para cuando tenga
que juzgar del mérito de obras análogas que lleguen a ver
después.
Pero no cerraré esta ligera revista sin mencionar la plaza de la
"Signoria, en que tuvo lugar el horrendo
suplicio" a que, por instigación del Papa Alejandro VI,
fue condenado el santo e ilustre mártir Savonarola, por haber
clamado un profético acento desde la cátedra sagrada contra los
desórdenes de la Iglesia y de la sociedad; ni dejaré tampoco de
consagrar un recuerdo al Panteón de Florencia, donde están
depositadas las cenizas de Galileo, de Miguel Angel y de
Maquiavelo.
Era Florencia por aquellos días la capital del nuevo reino de
Italia, y yo tuve, a causa de ello, ocasión de conocer en el teatro
al rey Víctor Manuel, después de haber visto en Milán la estatua de
su gran ministro, el conde Covour. De buena gana hubiera ido a la
isla de Caprera a conocer al héroe de nuestros días, el gran
patriota Garibaldi, como también el lugar en que descansan los
restos del insigne republicano Mazzini, para descubrirme ante el
regio monumento que los guarda. Así habría tenido cerca de mí,
vivos, muertos o en imagen, a los libertadores y unificadores de
Italia, contando entre ellos a Napoleón III, a quien había visto
más de una vez en París.
El 5 de enero de 1867, víspera de la festividad de los santos
Reyes, entramos en la Ciudad Eterna; y como al llegar se nos
hubiese informado que al día siguiente había misa de pontifical en
la Capilla Sixtina, resolvimos concurrir a ella.
Para entrar en ese santuario de la religión y del arte, se
requiere el traje de ceremonia; y como uno de mis compañeros de
viaje, el doctor Vesga, no había llevado casaca, tuvimos la pena de
dejarle muy contrariado cuando partimos para el Vaticano. El
espectáculo que allí se ofreció por primera vez a nuestra vista,
fue verdaderamente grandioso: la majestad del templo; la solemnidad
del acto religioso; la presencia augusta de S. S. Pío IX, cuya
dulce y resplandeciente fisonomía inspiraba a un tiempo amor y
veneración; la asistencia del cuerpo de Cardenales; el canto
sagrado peculiar de aquella capilla, que es un diapasón de voces
sin acompañamiento de instrumentos músicos; y por último, la vista
de esa gran maravilla del arte, las pinturas al fresco de Miguel
Angel, especialmente el cuadro del juicio final, obra de un estilo
tan poderoso y terrible, que, como lo dice el Itinerario ya citado,
"escapa al análisis y a la crítica ordinarios para
permanecer como obra aparte, del mismo modo que el poema del Dante,
que lo inspiro".
Al tratarse de este gran cuadro, no puede uno menos de recordar
la chistosísima, aunque muy repetida anécdota, referente al maestro
de ceremonias de Paulo III. Habiéndole manifestado éste al Sumo
Pontífice que algunas de las figuras de aquel cuadro eran más
propias, por su desnudez, para una sala de baños que para una
capilla, y sabido esto por el gran pintor, retrató a su
desventurado crítico con orejas de asno y le colocó en un rincón
del infierno. Quejóse el tal a S.S. de aquella mala partida, y el
Papa le contestó:
- "Si Miguel Angel te hubiera puesto en el purgatorio,
yo trataría de sacarte de allí; pero estando en el infierno no
puedo hacerlo, porque, como bien debes saberlo, para los condenados
a ese lugar, no hay redención posible".
Tampoco puedo resistir a la tentación de copiar un corto pasaje
de la carta que el famoso panfletista Aretino dirigió a Miguel
Angel, con motivo del mismo cuadro.
"Me avergüenzo -le dice- de la imperdonable libertad
que os habéis tomado al presentarnos vuestras fantasías como el fin
natural a que tienden los dogmas de nuestra fe. Miguel Angel,
admirado por todos, ha querido mostrar al mundo tantas blasfemias
como perfecciones hay en su talento. ¿Es posible que hayáis
cometido semejantes irreverencias en el más grande oratorio del
mundo, en ese recinto donde los reverendos prelados y el Vicario de
Cristo vienen a contemplar extasiados el cuerpo y la sangre del
Salvador? ¿Dónde encontraréis un verdadero cristiano que,
prefiriendo el arte a la religión, perdone a quien le representa
mártires y vírgenes canonizados, olvidándose ellos mismos de las
más elementales leyes del decoro? Y esto para no hablar de cierto
personaje arrastrado por los demonios, tan indecente que hasta las
mujeres perdidas se cubrían los ojos para no verle".
(1)
Veamos ahora, por vía de contraste, la pintura que de una sola
plumada ha hecho Flammarión de ese mismo cuadro, en su reciente
obra titulada
El fin del mundo. Refiriéndose a un discurso
que por allá en el siglo XXV habrá de pronunciar, en el concilio
que se reunirá entonces, el Patriarca de Jerusalén, sobre el
medroso tema del juicio final, se expresa así:
"Hay que decir que el teatro de la reunión se prestaba
maravillosamente al asunto. Era la Capilla Sistina. El inmenso y
grandioso cuadro de Miguel Angel se cernía como un nuevo cielo
apocalíptico sobre todas las frentes. La formidable acumulación de
brazos, de piernas, de contracciones violentas y singulares, el
Cristo lanzando sus rayos, los réprobos arrebatados por los diablos
de aspecto bestiales, los muertos saliendo de las tumbas, los
esqueletos que se vuelven a cubrir de carnes y adquieren nueva
vida; el terror de la humanidad temblando ante la cólera de Dios;
todo este conjunto parecía dar vida y realidad a los magníficos
períodos oratorios del Patriarca, y por momentos, bajo ciertos
efectos de luz, parecía que se adelantaban las trompetas del
juicio, que se oían casi los lejanos sonidos del celeste
llamamiento, y que se agitaban y renacían entre el cielo y la
tierra todas aquellas carnes resucitadas".
Cerrando aquí este paréntesis, cuya oportunidad me parece
innegable, continuaré mi narración.
Terminado el acto religioso, y cuando me disponía a salir del
templo, me sorprendí al ver a pocos pasos de mí al amigo Vesga,
vestido en toda regla.
Era hombre inteligente, ilustrado, firme en sus opiniones
políticas, consecuente en la amistad. Prestó notables servicios en
la prensa al partido liberal. Fue también acreedor, por el lado de
la virtud, a grandes elogios.
El siguiente día lo dedicamos a visitar la Basílica de San
Pedro, "que es la gran magnificencia de Roma, y cuya vista
produce una de las más grandes emociones que puede experimentarse
en la vida".
Después de discutir, por la noche, sobre el orden en que
debíamos emprender nuestras visitas, resolvimos dar la preferencia
a la antigua Roma, la que fue otro tiempo señora del mundo; y
habiéndonos provisto de correspondiente
cicerone, de un
itinerario descriptivo, histórico y artístico de la ciudad, y de un
coche de dos caballos, nos pusimos en movimiento al siguiente día a
la hora acostumbrada. Si mi memoria no me engaña, fueron tres los
días que empleamos en visitar el sepulcro de la antigua ciudad,
como la llamó el ilustre autor de
Los Ensayos.
Concluída esa visita, nos dirigimos a las demás basílicas,
empezando por la de San Pablo, y seguidamente a una que otra de las
trescientas ochenta y tanta iglesias que hay en la ciudad; luego a
los museos, comenzando por el del Vaticano; y después salimos de la
ciudad a recorrer la Vía Apia y las Catacumbas de San Sebastián, y
a visitar algunos de esos palacios campestres llamados
Villas, en los cuales se exhiben obras de arte de gran
mérito.
Después fuimos a buscar los mejores puntos de vista de la ciudad
para contemplarla en conjunto, y subimos a la columna de Trajano y
al globo de bronce de la cúpula de San Pedro.
Con decir que tan interesantes y múltiples visitas fueron la
obra de diez días solamente, dejo comprender cuán poco fue el fruto
que de ellas pude sacar. Recogiendo ahora mis recuerdos para trazar
estas líneas, he llegado a la conclusión de que si pudiera manejar
un pincel sólo alcanzaría a bosquejar, más o menos imperfectamente,
tomándolo de mi memoria, las siguientes producciones del arte
antiguo y moderno:
Entre las primeras, el Panteón, el Foro de Trajano, el Coliseo,
la Termas de Caracalla, la plaza del Capitolio, el Apolo de
Belvedere, la sala de los Emperadores, el Gladiador
moribundo, el Atleta de Braccion Nuovo, y los antiguos
acueductos que transportaban ríos desde grandes distancias para
derramarlos en la ciudad; y entre las segundas, aparte de las dos
grandes basílicas, la vista interior de Santa María la mayor, la de
San Pedro Advíncula, por encontrarse allí el Moisés de Miguel
Angel, la fuente de Trevi, "que no se cree tal fuente sino
algo soñado"; y como dice Amicis en orden a detalles de la
primera de las grandes basílicas -no en este número la grandiosa
cúpula- el altar mayor con su majestuoso baldaquino de bronce
dorado, la Confesión de San Pedro y la tumba de Clemente XIII, obra
de Canova, en la que llama especialmente la atención el Genio de la
muerte, y los dos leones acostados que guardan la puerta del
monumento. Conservo además claro recuerdo de la plaza de Popolo, la
de España, el paseo público del Pincio, la calle del Corso, y
algunas obras más que no menciono por temor de fastidiar;
advirtiendo sí que dejo de incluir en este relato el grupo de
Laocoonte, la Transfiguración de Rafael y la Comunión de San
Jerónimo, del Dominichino, porque estas obras maestras me eran
conocidas en copia desde tiempo atrás.
Al salir de las Catacumbas de San Sebastián, situadas en plena
llanura muy corta distancia de Roma y que de ningún modo podían
pasar inadvertidas a la inquisidora mirada de los perseguidores del
Cristianismo, la primera idea que le viene al visitante de este
oscuro y medroso laberinto, es la de averiguar la causa de la
inmunidad de que allí gozaban los cristianos que se reunían como al
amparo de los muertos, a deliberar sobre sus propios asuntos. Yo
sentí esa curiosidad. Y sólo vine a satisfacerla leyendo el libro
de Castelar, titulado
Recuerdos de Italia. Allí encontré la
explicación del enigma: era que los Emperadores paganos miraban con
más respeto que el que han tenido algunos potentados cristianos, el
asilo "donde terminan todas las querellas".
Poco es, como se ve, lo que con alguna precisión recuerdo de
todo cuanto vi en la antigua ciudad imperial; mas el mero hecho de
haber estado dentro de sus muros, es para mí motivo de singular
satisfacción; no debida exclusivamente a la vista material, por
decirlo así, de sus grandes monumentos sino también, y quizá en
primer lugar, a la magia de los recuerdos históricos que aquellas
representaciones de lo pasado traen naturalmente a la memoria. No
de otro modo se explican ciertas peregrinaciones, por ejemplo, las
que hicieron Cháteaubriand y Lamartine a la desmantelada y mísera
Jerusalén. Con relación a ellas puede decirse que, aún
prescindiendo del sentimiento místico que en mayor o menor grado
todos poseemos, y que es el que generalmente mueve a emprender un
viaje como aquél, basta el sentimiento de admiración por lo
sublime, para que se desee visitar, una vez la vida, el lugar donde
se consumó el más santo de todos los sacrificios y el único cuya
memoria vivirá hasta el fin de las generaciones.
El 16 de enero, a las seis de la tarde, bajamos del tren en la
recién inaugurada estación de Nápoles, a tiempo que el
Mediterráneo, violentamente agitado por una gran tempestad,
atronaba la comarca. Nuestro primer cuidado fue, por tanto, el de
tomar hospedaje en uno de los hoteles que dan vista al mar, y
elegimos el América, por el nombre. Apenas entramos nos dirigimos
al balcón, porque ya nos parecía que la tempestad iba a cesar. Era
una noche de luna, y sin acordarnos de que no habíamos comido,
pasamos horas enteras absortos en la contemplación de aquel
espectáculo, que semejaba un trastorno de la naturaleza. Allí pensé
en mi familia, en mis amigos y en aquellos de mis compatriotas que,
habiendo nacido en las cumbres de los Andes y viviendo pegados a
ellas como la ostra al peñón, no han visto ni admirado
"esa gran cosa de Dios", como alguien llamó al
mar.
Al siguiente día, a la hora de almorzar, tomó Vesga de una
consola el almanaque de ese año, y vimos con sorpresa anunciada en
él la tempestad cuyas últimas oleadas se dejaban oir aún, al
romperse en el malecón que defiende la ciudad.
Después de dar un paseo por las principales calles y plazas,
resolvimos hacer al siguiente día nuestra visita al Vesubio, cuyo
hermoso cono, visible desde algunos puntos de la ciudad, es objeto
de viva provocación para el viajero.
Para la traslación a ese lugar, con ser corta la distancia, se
emplean casi todos los medios conocidos de locomoción terrestre: el
ferrocarril, la bestia de silla y aún los propios pies, para subir
durante tres cuartos de hora por una pendiente de cincuenta por
ciento de desnivel, apoyándose con dificultad sobre escorias
movedizas.
Coronada la altura, descendimos al fondo del apagador cráter, en
el cual había, sin embargo, a veinte centímetros debajo de nuestros
pies, fuego suficiente para quemar un papel. Luego retrocedimos al
borde del cráter, a tiempo de la puesta del sol, ávidos de
contemplar bajo aquel cielo purpurino el hermoso golfo, rodeado de
ciudades y aldeas vistosísimas entre las cuales figura la célebre
Sorrento, y cerrado en parte, como para completar la herradura, por
la isla de Capri a la izquierda, y las de Prócida e Ischia a la
derecha.
Vista panorámica como esa no se encuentra seguramente en ningún
otro lugar del globo; y sin duda, en presencia de ella, se dijo por
vez primera -no con relación a la ciudad sino al golfo- esta
conocida expresión: "Ver a Nápoles y morir". A mí
me vinieron a la memoria estos versos de Zorrilla:
Bello es el mundo, sí, la vida es bella;
Dios en sus obras el placer derrama.
En el trayecto que hicimos a pie se había quedado atrás uno de
nuestros compañeros, cosa que no extrañamos porque él acostumbraba
a andar con lentitud; pero esta vez el retardo fue tan
considerable, que no se presentó hasta después de nuestra salida
del cráter; o más bien, no se presentó sino que le presentaron dos
bondadosos napolitanos que le traían casi en peso, cogido por los
brazos, demudado el semblante, corriéndole el sudor por las
mejillas y en estado de verdadera postración. Pronto vimos que todo
ese cúmulo de síntomas alarmantes era sólo efecto del cansancio, de
modo que a poco rato estuvo completamente restablecido.
Tranquilizado yo acerca de la naturaleza del accidente, y
recordando el lastimoso cuadro del Descendimiento, que poco antes
había tenido a la vista, no pude contener la risa, lo cual no sentó
muy bien a mi cuitado compañero, a pesar de que en esa expansión de
ánimo no había nada de malévolo.
Al pie de la empinada cuesta nos aguardaban las bestias de
alquiler en que debíamos bajar hasta la estación del ferrocarril;
todas ellas enjaezadas con anchos jaquimones de testera colorada y
con una campanilla en la frente. Esta vez me tocó un macho retinto,
bocicolorado, de largas crines vez ensillada, que no sé por qué me
infundió recelo. Monté sin embargo en él, y después de haber andado
buen trecho, en una revuelta del camino dio un rechazo y empezó a
alzarse de ancas. Agotados mis esfuerzos para obligarlo a seguir,
fue preciso que algunas personas que iban a pie viniesen en mi
auxilio apaleándolo por detrás. La escena no dejó de ser grotesca,
y a mi agraviado compañero le vino a pedir de boca la
ocasión de
sacarse el clavo, riendo a sus anchas a mi costa. Tomamos luego
unas copas de Lacryma Christi, por ser la especialidad de aquel
lugar, y seguimos camino, todo ya de buen humor.
Sea por la costumbre de visitar cementerios, adquirida desde la
niñez, y porque hasta ellos no llega el ruido de las ciudades; o
más bien porque la vista de estas mansiones de los muertos no trae
consigo el recuerdo de extraordinarias catástrofes, es lo cierto
que ninguna de aquellas visitas deja una impresión tan melancólica
como de las ruinas de Pompeya.
La soledad que en medio de éstas se siente es tan completa, como
puede serlo la que se experimenta en un desierto; y sin embargo el
visitante se imagina que repentinamente habrá de oir los pasos de
los que frecuentaban sus calles ahora mil ochocientos años.
La ciudad se presenta a la vista casi como la dejaron sus
moradores. "Se puede andar por sus calles, visitar sus
templos, sus teatros, sus edificios; penetrar en las piezas más
recónditas de las casas particulares, y leer en las paredes las
cuentas de los taberneros, las inscripciones y las caricaturas
hechas con lápiz por los paseantes".
Mas todo eso se ve como al través de los siglos, esto es,
teniendo siempre en cuenta su remota antigüedad; y sólo por una
rara excepción deja de suceder eso respecto de la huella de los
carros, la que parece haber sido estampada sobre el pavimento de
las calles el día anterior.
Aunque solo la tercera parte del área de la antigua ciudad
estaba descubierta cuando la visité, ya había bastante para que un
arqueólogo, o un simple aficionado a antigüedades, pudiese pasar
allí entretenido semanas enteras; pero mis compañeros y yo, en
nuestra condición de meros curiosos, nos dimos por satisfechos con
la visita de un día, y al ponerse el sol nos despedimos de la gran
necrópolis, trayendo apenas idea de su conjunto, y en particular de
muy pocos de sus más notables edificios!
(1)
Las excursiones por los alrededores de Nápoles, en las que
podrían emplearse veinte o treinta días sin experimentar fastidio,
y cuya descripción puede dar materia para un libro, las hicimos en
tres días, no sin habernos detenido especialmente en el célebre
promontorio de Pausilipo, que fue mansión de recreo de muy ilustres
romanos, entre ellos Cicerón y Virgilio.
La vida en Nápoles es por varios modos agradable: sus baños de
mar son excelentes; su principal teatro, San Carlos, era desde
entonces el más grande de Europa, después del de la Scala de Milán,
y yo vi representar en él una ópera cuyo argumento es nacional
-La muda de Portici. Se disfruta allí de buena mesa, y se
toma, al precio de tres francos la botella, el vino tinto de Capri,
que me pareció ser, en su clase, el mejor de todos los de Italia. Y
a propósito de vinos haré la anotación de que en Venecia se toma, a
bajo precio, el delicioso de Chipre; de que el Lacryma Christi no
corresponde, por su calidad, a la reputación que tiene; y de que en
Roma, por darme cuenta de la razón que tuviera el célebre novelista
Alejandro Dumas para dar preferencia al vino de Tokay, pagué cinco
duros por una botella de engañosa capacidad; no recuerdo hoy si por
su sabor correspondió o no (me inclino a pensar lo último) a la
idea que de él me había formado, y que parecía confirmar su alto
precio.
Para concluir lo relativo a Nápoles diré, en resumen, que, todo
bien considerado, sólo se debe ir a esa ciudad por conocer su
golfo, que es sin duda incomparable, a causa principalmente del
pintoresco marco que lo encierra; por visitar las ruinas de Pompeya
y el Vesubio, y por pasar ocho días recorriendo de uno a otro
extremo los salones del Museo borbónico, donde se hallan en
permanente exhibición los objetos encontrados bajo las ruinas de
Herculano y de Pompeya, desde las más preciosas obras de arte hasta
el pan que se cocía al horno el día del cataclismo que borró de la
superficie terrestre esas dos grandes ciudades.
Al entrar de regreso de Nápoles en la ciudad de los Papas, se
nos detuvo en la aduana para registrar los equipajes. En uno de los
baúles venía una colección de fotografías, como prueba material del
gusto que se había despertado en mí por la pintura; fotografías que
representaban cuadros
Y estatuas de los que se exhiben
públicamente en Nápoles. El empleado de la aduana a quien
correspondía examinar dichos cartones, declaró que, a causa de la
desnudez de algunas de las pinturas, debían ser decomisadas.
- Convenido, dijo uno de nosotros; que las decomisen y nos
Permitan seguir.
Entonces se presentó un individuo, que debía de ser empleado de
la aduana, y nos dijo al oído, en francés, que lo mejor que
podíamos hacer era pagar el rescate de las fotografías.
- ¿Cuánto vale? - preguntamos al punto.
- Pueden ustedes dar cuatro escudos (algo más de cinco pesos
fuertes), contestó el agente.
Sin vacilar nos sometimos a la pequeña estafa, y los equipajes
nos fueron devueltos.
Era ya bien entrada la noche cuando llegamos al hotel La
Diana, después de haber pasado por varias calles de las más
centrales, en medio de profunda oscuridad. ¡Qué contraste el que
hacía, a este respecto la Roma de los Papas, con todas las demás
capitales europeas, profusamente iluminadas por el gas!
A excepción de la calle del Corso, de la plaza del Vaticano y de
alguna otra, donde se veían, de trecho en trecho, unos faroles como
los que medio alumbraban en otro tiempo la Calle Real de Bogotá, el
resto de la gran ciudad permanecía en tinieblas.
Tampoco se distinguía Roma por el buen servicio de su policía.
Habiendo tenido curiosidad de conocer la renombrada Roca Tarpeya,
quedamos sorprendidos mis compañeros y yo de encontrar lo que fue
antiguo precipicio convertido en enorme muladar.
Pío IX era generalmente venerado en Roma, no sólo por su
dignidad pontificia, sino también por sus reconocidas virtudes;
pero la esencia teocrática del gobierno temporal de que era jefe,
prescindiendo de otros defectos, habría bastado por sí sola para
mantenerle en pugna con la opinión. Este profundo desacuerdo se
mostró de modo muy patente y muy ruidoso el día en que tuvo lugar
la entrada del rey Víctor Manuel al frente de su ejército en la
gran ciudad, que le aclamó libertador, y le llevó en triunfo al
palacio del
Quirinal (1870).
Al cuarto o quinto día de esta segunda visita me despedí de la
llamada ciudad de los Césares, que por honor de nuestra especie
debería más bien llamarse la ciudad de Catón y Marco Aurelio, me
despedí de ella en la esperanza de volver, no muy tarde, a repasar
detenidamente lo que tan de prisa había visto, a fin de poder
formar idea cabal de los objetos, y de establecer orden y claridad
en mis recuerdos. Mas hoy, después de transcurridos veintisiete
años de aquella fecha, y cuando ya he entrado en los setenta de mi
edad, no querría hacer el segundo viaje sino acompañado de mis
hijas, y en tan buenas condiciones de salud, que me infundiesen
confianza de poder volver a dejar mis cansados huesos en la tierra
en que reposan los de mis abuelos.
En Civita Vecchia tomamos pasaje para Marsella en el vapor
Quirinal, que hizo escala en Liorna, donde visitamos un
famoso estanque, y gustamos el excelente vino Vermouth, que se
fabrica en la ciudad.
Marsella -" la matrona hospitalaria"- como la
llamó Lamartine en su bellísima despedida para Oriente, presenta el
aspecto de un gran barrio de París. Su puerto, aunque espacioso y
seguro, no es comparable al de Nápoles. Desde él se divisa el
castillo de If, tan conocido de los que han leído la interesante
novela de Alejandro Dumas, titulada El
Conde de Monte
Cristo. Habiéndonos detenido un día para conocer siquiera en
globo la ciudad, Vesga y yo pedimos permiso para visitar la casa en
que murió el venerable Arzobispo Mosquera; quien, desterrado de su
patria, iba de paso para Roma a pedir consuelo al Padre de los
fieles.
La populosa Lyon, tan conocida en nuestro país por el indomable
republicanismo de que dio repetidas pruebas en la época de la
monarquía, llama a primera vista la atención del viajero por su
hermosa situación en la confluencia del Saona con el Ródano. Sus
afamadas fábricas de tejidos de seda se componen de telares muy
sencillos al parecer, pero que acaso no lo sean en realidad.
De Lyon a París -un trayecto de poco menos de cien leguasse iba
entonces en diez horas, que estarán hoy reducidas a seis. El tren
que debía conducirnos partió de Lyon a las siete a.m. y se detuvo a
las once durante un cuarto de hora en la estación en que habíamos
de almorzar. La mesa estaba servida con tantos cubiertos cuantos
pasajeros de l
a. clase acabábamos de llegar. Los
manjares que en ella había eran variados, como de costumbre en la
mesa francesa, por lo cual, y por sentirse ya a esa hora un apetito
de maestro de escuela, los quince minutos fijados para pasar en el
comedor debieron de parecernos muy cortos (lo digo por mí); pero
todo lo suplía el buen servicio de la mesa.
A la espalda de cada uno de los comensales se colocaba un
sirviente con el objeto de ofrecer y servir las diferentes viandas,
para ganar tiempo, y tranquilizar al pasajero advirtiéndole de vez
en cuando que aún le quedaban tantos minutos disponibles para
almorzar. Al tomar el último bocado estaba ya sobre la mesa, dentro
de una azafate, la lista de los platos que cada cual se había hecho
servir, con su valor al frente y el total debajo. Quedaban treinta
segundos para pagar el almuerzo y trasladarse al tren, comprando de
paso dos o tres diarios de los que se habían publicado la víspera
en Londres, Bruselas y París, excelente provisión con la cual se
arrellanaba el pasajero en su poltrona a leer con entera
tranquilidad mientras el tren le conducía a París.
Quien no haya estado una vez siquiera en Europa o los Estados
Unidos, no puede tener idea de lo que es viajar con comodidad.
Llegar de paso a un hotel; dirigir por sí mismo o por medio de
intérprete unas pocas palabras al dueño del establecimiento, y
sentarse luego a esperar que le venga a la mano y a la hora precisa
todo cuanto necesita; tener la ropa lavada y aplanchada durante la
noche, para colocarla en la maleta al día siguiente; el billete
cambiado; la correspondencia puesta en el correo o en la oficina
telegráfica; el baño preparado a la temperatura que se desee; los
zapatos lustrados; un sirviente que llama cautelosamente a la
puerta para indicar que es llegada la hora de levantarse; el
desayuno servido; el coche listo para trasladarse a la estación; el
pasaje arreglado, y la cuenta de gastos sobre la mesa del comedor;
todo esto con sólo haber abierto una vez los labios, es cosa,
repito, de que en nuestro país no tenemos idea.
Entre las agudezas parlamentarias del benemérito patriota y
antiguo Senador de Nueva Granada, General José María Mantilla,
recuerdo, como de ocasión la siguiente:
Habiendo dejado de concurrir a determinada sesión del Senado uno
de los Secretarios del Despacho Ejecutivo -como sencillamente se
les llamaba en mejores tiempos- y habiendo presentado como excusa
el recargo de negocios en su oficina, el referido Senador le
replicó diciendo, que a él le parecían muy semejantes las funciones
de un Secretario de Estado, que tiene sus órdenes varios jefes de
sección, a las de un Obispo en el acto de pontificar: un sacerdote
le quita la mitra cuando el ceremonial lo exige; otro se la coloca
de nuevo sobre la frente; el de acá le abre el misal por la página
en que debe leer; el de más allá le vuelve la hoja cuando llega el
caso; cuál le sirve de atril; cuál le alza la capa magna para que
pueda andar con libertad, etc.
Sin admitir como exacta la comparación hecha por el distinguido
y espiritual Senador, pero apropiándome el chiste para aplicarlo al
presente caso, diré sin temor de suscitar contradicción, que el
viajar por los Estados Unidos o Europa, con la cartera bien
provista de billetes de banco, chapurrando siquiera el inglés y el
francés, o teniendo por compañero a un amigo que conozca estos
idiomas, eso sí es
pontificar.
Cuando llegué a París se acercaba la apertura de la Exposición
de aquel año, gran certamen científico e industrial, para el cual
Napoleón III había invitado a los Soberanos de Europa.
En asocio del General Santos Gutiérrez y de los doctores Rafael
Núñez, Salvador Camacho Roldán y Florentino Vesga, pero más
comúnmente en compañía de Núñez y Camacho, visité muchas veces la
Exposición.
Durante esa temporada, en que el movimiento diario de entrada y
salida de forasteros en París se calculaba en trescientas mil
personas, todos los teatros de la ciudad estaban abiertos, y fueron
pocas las veces que dejé de concurrir a algunos de ellos. Al salir
una noche del de la ópera italiana, acompañado del General
Gutiérrez, como nos detuviésemos un momento en la calle para
despedirnos, nos gritaron a la espalda:
¡Allez, Messieurs,
allez! Un tanto sorprendidos por el inusitado tono en que se
nos hacía tal intimación, volvimos a mirar y vimos cerca de
nosotros a un agente de policía con su acostumbrado uniforme
militar, y sus mostachos retorcidos a la Napoleón III, quien con
visible impaciencia aguardada el cumplimiento de su orden; y como
no obedeciésemos en el instante mismo, se cuadró delante de
nosotros, y con aire provocador nos apostrofó diciendo:
¡Et
vous, me regardez! Conflicto tenemos, me dije, e invité a mi
compañero para que abandonásemos el sitio en previsión de uno de
esos vejámenes que son casi siempre irreparables, especialmente
para extranjeros poco o nada conocidos.
Hoy me complazco en suponer que bajo el sistema de gobierno
republicano, y con Presidentes civiles tan modestos como Carnot y
Faure, los agentes de policía en Francia serán menos imperiosos,
por cuanto han dejado de ser imperialistas.
En iguales circunstancias, un policial de Londres nos habría
insinuado cortésmente que debíamos seguir nuestro camino para no
estorbar el paso a los demás transeúntes.
Y a propósito de incidentes desagradables, voy a referir otro de
naturaleza distinta, pero también muy penoso.
Previamente advertiré que de tiempo atrás había destinado yo
algunas de mis pocas horas de ocio a leer y traducir francés, con
el mero auxilio de un diccionario y un mal texto de gramática,
libros que casi se inutilizaron en la ímproba labor; y que aquel
estudio sin maestro, me había hecho forjar la ilusión de que, en
caso de necesidad, podría hablar algo al francés; pero el desengaño
fue cruel.
Al desembarcar en Calais, el día de mi partida de Londres para
París, tuve necesidad de preguntar en qué hotel podría almorzar, y
cuál de los trenes que se veían en la estación era el que debía
seguir inmediatamente para París. Me di, en consecuencia, a la
tarea de buscar con afán en mi memoria los vocablos franceses que
de pronto necesitaba emplear. Bregué o no bregué para hallarlos;
pero ¡Señor! ni atrás ni adelante.
Del almuerzo podía prescindir, como en efecto prescindí; pero no
así de informarme acerca del tren en que debía tomar asiento. De
cuán grande fue el aprieto en que me vi, puede juzgarse al saber
que lamenté profundamente que en vez del francés, que había creído
manejable, no se hablase allí la mucho más difícil lengua de
Albión, de la cual conocía las frases más necesarias para casos
semejantes. Entonces tuve una inspiración: recordé que mis baúles
no habían salido del buque, y que estando escrito mi nombre en el
forro de cada uno de ellos, me bastaría seguir tras la persona que
los condujese a la estación, para salir del apuro en que me
hallaba. Así lo hice en efecto; pero a la llegada a París debía
tropezar con otra dificultad no menos grave. A la hora de salir de
la estación presenté al primer cochero que se me acercó la tarjeta
en que se hallaba escrito el nombre del hotel a donde debía
conducirme. Impuesto de ella el postillón me la devolvió,
articulando algunas palabras que no entendí, y en seguida se
retiró. Vino luego un segundo, y después un tercer postillón, a
quienes presenté sucesivamente la mencionada tarjeta, pero la
escena ocurrida en el primer caso se repitió hasta por tercera vez.
Entre tanto cerraba la noche, la estación quedaba desierta, y yo
sin poder sospechar siquiera la causa de tan inesperado
contratiempo. Me devanaba los sesos pensando en el partido que
debía tomar, cuando de repente oí hablar español a un caballero que
pasaba de brazo con una señora. Sin vacilar me lancé hacia adelante
de ellos para cerrarles resueltamente el paso, y obligarlos a
prestarme atención. No había habido necesidad de tanto: el
bondadoso caballero me explicó inmediatamente, con la mayor
amabilidad, la causa de lo ocurrido: mi tarjeta tenía escrito el
nombre "hotel de Lyon", sin el agregado
"y de Colombia", que debía completar la
dirección. En París había tres hoteles con el nombre de
"Lyon", cada uno de ellos con su respectiva
contraseña; de manera que los cocheros a quienes había yo
presentado mi tarjeta no podían saber a cuál de esos tres hoteles
debía conducirme. El caballero que me sacó de apuros -que era un
semipaisano, natural de Cuba- me indicó un hotel situado en el
pasaje Goufroy, diciéndome que la dueña de ese establecimiento
hablaba español, y luego se despidió de mí afectuosamente.
La comunidad de idioma nativo es, en cualquier país extranjero,
la mejor carta de introducción. Navegando de Nueva York a
Liverpool, en compañía de más de cien pasajeros de primera clase,
casi todos de tipo yanqui, distinguimos el doctor Camacho Roldán y
yo, al segundo o tercer día de viaje, a un caballero de tez morena
y barba negra, a quien tomamos por americano del Sur. Una tarde, al
terminar la comida, salí a la cubierta con el objeto de respirar a
plenos pulmones el delicioso y vigorizante aire del mar; y
encontrando allí al sujeto aludido, le dirigí la palabra sin
ceremonia, diciéndole: "¡Qué densa niebla tenemos
hoy". - ¡Conque usted habla el idioma de María Santísima!
exclamó al punto mi desconocido compañero de navegación,
tendiéndome la mano, que yo estreché cordialmente.
Si ahora, al concluír este capítulo, agrego que los únicos ratos
desagradables que tuve durante mi paseo por los Estados Unidos y
Europa, fueron los dos de que he hablado, cualquiera comprenderá
que, aún en condiciones poco favorables -por falta de conocimiento
de uno o dos idiomas extranjeros puede hacerse un viaje más
prolongado que el que yo verifiqué, con suficientes probabilidades
de que sea agradable- En todo caso, quien lo haga quedará libre de
la triste consideración de salir de este mundo sin haber visto lo
mejor que hay en él.
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