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TRASLACION DE LONDRES A PARIS
IV


Refiérese que el doctor Murillo al llegar a París, después de haber visitado a Londres, dijo que esta ciudad era el hombre y aquélla la mujer.

Concepto semejante, pero envuelto en los colores de su brillante pluma, emitió Edmundo de Amicis, con relación a la primera de estas dos grandes metrópolis, en la forma que va a verse:

"Es una magnificencia teatral y femenina; una excesiva majestad de aparato, llena de coquetería y vanidad que desvanece y deslumbra como un inmenso temblor de puntos luminosos, y expresa exactamente la naturaleza del gran pueblo opulento y voluptuoso, que trabaja por el placer y por la gloria".

Héme, pues, ya en París, en esta segunda patria de todos cuantos no hemos nacido en ella, como dijo el ilustre Jefferson; y héme allí paseando por sus bulevares concurriendo a sus teatros y a sus instructivas conferencias públicas, visitando sus grandes monumentos y sus edificios públicos, paseando por el Bosque de Bolonia, recibiendo atenciones de los coro. patriotas residentes en la ciudad, y percibiendo, en una palabra, por todos cinco sentidos los progresos de la civilización moderna en el primero de sus grandes centros.

- ¿Qué se llevaría usted de aquí para Bogotá, si pudiese? me preguntó un día en la calle Florentino Vesga.
- Tres, cosas, le contesté, a poco reflexionar: El Museo de Louvre; dos de los mejores teatros, con sus cantatrices, comenzando por la Patti, con sus actores, cantantes, bailarinas, decoraciones y comparsas; y por último, el buen vino de Burdeos, para curarnos allá de la anemia. Tomaría además prestada por unas cuántas noches para obsequiar al bello sexo bogotano, la vista de la plaza de la Concordia y del Jardín de las Tullerías, con la espléndida iluminación, el ruido, la animación y el movimiento que usted y yo -pobres montañeses- hemos admirado en repetidas ocasiones, creyéndonos transportados por arte de magia a mundos imaginarios, como en los cuentos de las Mil y una noches. Les dejaría a los parisienses todo lo muchísimo más que de envidiable poseen, por temor de que dijesen que yo era un gran desvalijador como Napoleón I.

- Ajá! no tiene usted mal gusto, repuso el amigo Vesga, con su habitual flema.

En enero de 1867 interrumpí mi estancia en París para ir a conocer a Italia.

Había salido de Londres en noviembre, dejando allí un cielo brumoso y una temperatura de 6 u 8 grados sobre cero, para venir a encontrar en París, la tarde del mismo día de mi partida, un sol radiante y una temperatura media. Ya en enero, cuando salí de esta última ciudad, el frío era demasiado intenso, y al segundo día de viaje, después de haber pasado durante la noche el Monte Cenis -que ahora se atraviesa en ferrocarril por el gran túnel y entonces se pasaba en diligencia- tuve, al aclarar el día, una deliciosa sorpresa, viendo el pintoresco valle bañado por el Po, en la parte en que está situada la hermosa ciudad de Turín, y oyendo el acento meridional, que me permitió entenderle el francés al cicerone, cuando en París sólo había podido entenderlo en los teatros -especialmente en la Comedia Francesa y en las conferencias públicas- donde se pronuncia con pausa y perfecta claridad. Además encontré allí una atmósfera tibia, y volví a ver un sol esplendente, como el de la zona en que nací.

Después de haber permanecido tres días en la capital del piamonte, visitando sus más notables edificios, partí para Milán, junto con mis compañeros de viaje Florentino Vesga y dos apreciables jóvenes mejicanos, de apellido Iglesias.

Bien se habrá advertido que no entra en mi propósito la descripción de lugares ni la de obras de arte, empresa superior a mis escasas fuerzas, y que sólo trato de consignar aquí el recuerdo de algunas, no todas, de las grandes impresiones que recibí durante el viaje. Pues bien, a esta clase pertenece la que me causó el aspecto interior y exterior de la catedral de Milán, inmenso edificio de mármol blanco, coronado de innumerables estatuas del mismo material, y que es considerada como una de las más grandes maravillas de la cristiandad, no obstante sus defectos arquitectónicos, generalmente reconocidos por personas competentes.

Desde lo alto de la pirámide central, levantada sobre el templo, y que remata en una estatua de bronce dorado, imagen de la Virgen, se goza de una vista panorámica de las más extensas, sobre la fértil llanura que rodea a Milán y sobre la cadena de los Alpes, cuyas cimas se hallaban cubiertas de nieve. Esta hermosa perspectiva, y la navegación del lago de Como, en cuyos contornos se ven preciosas quintas, alegres aldeas y suntuosos hoteles, fueron los espectáculos que más agradablemente me impresionaron durante mi corta estancia en la capital de Lombardía. No estaba abierto el teatro de la Scala.

De ahí seguimos rumbo a Venecia, pasando por Verona y Padua, plaza fuerte la primera y patria la segunda del reputado milagroso San Antonio y del historiador Tito Livio. En ambas ciudades visitamos antiguos monumentos, especialmente en Verona, donde los hay del tiempo de los romanos.

Ahora, para hablar dignamente y en pocas palabras, de la antigua ciudad de los Duxes y del Consejo de los Diez, de la reina del Adriático, que enviaba en otro tiempo sus naves mercantes al confín del mundo; que osó resistir por sí sola la formidable Liga de Cambray, y que es patria del Ticiano, del Tintoreto y de Pablo Veronés; para hablar, digo, con entera propiedad, y para honrar debidamente a esa fantástica ciudad, tomaré prestado del Itinerario de Italia el paso siguiente:

"Venecia es uno de los nombres mágicos que se apoderan de la imaginación, no solamente por el esplendor de los recuerdos históricos y del arte, sino también por la poesía misteriosa de un pasado lleno de fiestas, de cortesanas, de libertinaje y de dramas sombríos. Ella conserva todavía él carácter de ciudad distinta de todas las otras, la más rara del mundo tal vez. No conoce el ruido ni el polvo. El asiento de sus casas está en el mar; sus calles son canales, y sus carruajes góndolas. La góndola es la más encantadora invención humana para satisfacer a un tiempo la doble necesidad del reposo y del movimiento, y forma uno de los rasgos más notables de la fisonomía de aquella magnífica ciudad".

Quien haya estado una vez en la plaza de San Marcos, a la hora en que las hermosas venecianas van allí a lucir sus esbeltos talles y sus ricos trajes; cuando las bandas de músicos sueltan al aire sus raudales de armonía, y se levanta esa nube de palomas, que a la hora de las dos había venido a recibir su alimento diurno; teniendo al frente la suntuosa basílica de las cinco cúpulas, y a un lado el palacio ducal; quien haya tenido a la vista ese hermoso espectáculo, no lo olvidará jamás.

Todavía se veían escritas en las paredes las felicitaciones dirigidas al rey Víctor Manuel y al general Garibaldi a su entrada en la ciudad, poco después de declarada la independencia del reino véneto y su incorporación al de Italia; acontecimiento que fue, como es bien sabido, el resultado inmediato de la guerra austro-prusiana y que había sido celebrado seis meses antes de mi visita a la ciudad con regocijos públicos y con la reapertura del teatro La Fenice, que durante los últimos años de la dominación austriaca había permanecido cerrado, en señal de duelo por la pérdida de la nacionalidad. A falta de medios efectivos de reivindicación, nada tan elocuente y respetable como aquella muda protesta.

Al cabo de seis u ocho días de permanencia en Venecia, tiempo en que no tuvimos hora de descanso para poder ver lo que más notable, partimos para Florencia.

A pesar de haber sido en la ya remota Edad Media cuando la capital de Toscana rayó a grande altura en las letras y en las artes, y sin embargo de contarse entre los siglos transcurridos de entonces acá el llamado por antonomasia siglo de las luces, ninguna otra ciudad del mundo ha alcanzado hasta hoy el insigne honor de ser comparada con Atenas, lo que hace su mayor elogio; es sí de sentirse que toda esa grandeza, lo mismo que la de Roma se encuentre sólo en el pasado.

De lo mucho y muy notable que en Florencia vi, recuerdo bien lo que nadie podría olvidar, a saber:

La soberanía cúpula, que como un globo inmenso descansa sobre la hermosa catedral -Santa María del Fiore- y que es la construcción más atrevida en su clase de cuentas se conocen, sin exceptuar la cúpula de San Pedro de Roma.

El campanario (campanile), calificado de "maravillosa creación de Giotto".

El palacio viejo, el Petti, el Bautisterio, con sus enormes puertas de bronce, adornadas con bajos relieves; y por último, entre las obras de arquitectura -para no alargar demasiado esta relación- la Sacristía nueva, que, como lo dice un distinguido viajero, "es uno de los santuarios del arte italiano consagrado a eterna admiración, por hallarse allí las famosas estatuas en que Miguel Angel reveló su poderosa originalidad".

Destácase entre ese maravilloso grupo la estatua que representa, en actitud meditabunda, a Lorenzo de Médicis, creación que ha recibido el nombre de il Pensiero (el pensamiento) y que una vez vista queda para siempre grabada en la memoria.

¿A qué hablar de los museos, de esas inmensas galerías de estatuas y de cuadros, de donde sale el visitante con la cabeza mareada y los ojos fatigados, sin poder darse cuenta de cuál de las maravillosas obras que ha tenido a la vista llamó más su atención, así como no es posible darse cuenta de los detalles de un paisaje visto ,al andar de un tren que va con gran velocidad?

Por lo que a mí hace, debo confesar que de todas las obras de escultura que vi en Florencia, sólo la imagen de la Venus de Médicis y la del Perseo de Benvenuto Cellini, tiene hoy puesto en mi memoria; y entre las pinturas, la Virgen de la Silla, la Visión de Ezequiel, la Venus acostada, del Ticiano, y muy pocas más.

Yo aconsejaría, por tanto, a los que sólo pueden permanecer seis u ocho días en Florencia, como me sucedió a mí, que no pierdan su tiempo paseando la vista por ante esas innumerables obras de arte, y que, acompañados de un buen cicerone, se fijen detenidamente en diez o doce obras maestras y prescindan de todo lo demás. Así podrán dejar grabado en su mente uno que otro de esos modelos, que les servirá de punto de comparación, para cuando tenga que juzgar del mérito de obras análogas que lleguen a ver después.

Pero no cerraré esta ligera revista sin mencionar la plaza de la "Signoria, en que tuvo lugar el horrendo suplicio" a que, por instigación del Papa Alejandro VI, fue condenado el santo e ilustre mártir Savonarola, por haber clamado un profético acento desde la cátedra sagrada contra los desórdenes de la Iglesia y de la sociedad; ni dejaré tampoco de consagrar un recuerdo al Panteón de Florencia, donde están depositadas las cenizas de Galileo, de Miguel Angel y de Maquiavelo.

Era Florencia por aquellos días la capital del nuevo reino de Italia, y yo tuve, a causa de ello, ocasión de conocer en el teatro al rey Víctor Manuel, después de haber visto en Milán la estatua de su gran ministro, el conde Covour. De buena gana hubiera ido a la isla de Caprera a conocer al héroe de nuestros días, el gran patriota Garibaldi, como también el lugar en que descansan los restos del insigne republicano Mazzini, para descubrirme ante el regio monumento que los guarda. Así habría tenido cerca de mí, vivos, muertos o en imagen, a los libertadores y unificadores de Italia, contando entre ellos a Napoleón III, a quien había visto más de una vez en París.

El 5 de enero de 1867, víspera de la festividad de los santos Reyes, entramos en la Ciudad Eterna; y como al llegar se nos hubiese informado que al día siguiente había misa de pontifical en la Capilla Sixtina, resolvimos concurrir a ella.

Para entrar en ese santuario de la religión y del arte, se requiere el traje de ceremonia; y como uno de mis compañeros de viaje, el doctor Vesga, no había llevado casaca, tuvimos la pena de dejarle muy contrariado cuando partimos para el Vaticano. El espectáculo que allí se ofreció por primera vez a nuestra vista, fue verdaderamente grandioso: la majestad del templo; la solemnidad del acto religioso; la presencia augusta de S. S. Pío IX, cuya dulce y resplandeciente fisonomía inspiraba a un tiempo amor y veneración; la asistencia del cuerpo de Cardenales; el canto sagrado peculiar de aquella capilla, que es un diapasón de voces sin acompañamiento de instrumentos músicos; y por último, la vista de esa gran maravilla del arte, las pinturas al fresco de Miguel Angel, especialmente el cuadro del juicio final, obra de un estilo tan poderoso y terrible, que, como lo dice el Itinerario ya citado, "escapa al análisis y a la crítica ordinarios para permanecer como obra aparte, del mismo modo que el poema del Dante, que lo inspiro".

Al tratarse de este gran cuadro, no puede uno menos de recordar la chistosísima, aunque muy repetida anécdota, referente al maestro de ceremonias de Paulo III. Habiéndole manifestado éste al Sumo Pontífice que algunas de las figuras de aquel cuadro eran más propias, por su desnudez, para una sala de baños que para una capilla, y sabido esto por el gran pintor, retrató a su desventurado crítico con orejas de asno y le colocó en un rincón del infierno. Quejóse el tal a S.S. de aquella mala partida, y el Papa le contestó:

- "Si Miguel Angel te hubiera puesto en el purgatorio, yo trataría de sacarte de allí; pero estando en el infierno no puedo hacerlo, porque, como bien debes saberlo, para los condenados a ese lugar, no hay redención posible".

Tampoco puedo resistir a la tentación de copiar un corto pasaje de la carta que el famoso panfletista Aretino dirigió a Miguel Angel, con motivo del mismo cuadro.

"Me avergüenzo -le dice- de la imperdonable libertad que os habéis tomado al presentarnos vuestras fantasías como el fin natural a que tienden los dogmas de nuestra fe. Miguel Angel, admirado por todos, ha querido mostrar al mundo tantas blasfemias como perfecciones hay en su talento. ¿Es posible que hayáis cometido semejantes irreverencias en el más grande oratorio del mundo, en ese recinto donde los reverendos prelados y el Vicario de Cristo vienen a contemplar extasiados el cuerpo y la sangre del Salvador? ¿Dónde encontraréis un verdadero cristiano que, prefiriendo el arte a la religión, perdone a quien le representa mártires y vírgenes canonizados, olvidándose ellos mismos de las más elementales leyes del decoro? Y esto para no hablar de cierto personaje arrastrado por los demonios, tan indecente que hasta las mujeres perdidas se cubrían los ojos para no verle". (1)

Veamos ahora, por vía de contraste, la pintura que de una sola plumada ha hecho Flammarión de ese mismo cuadro, en su reciente obra titulada El fin del mundo. Refiriéndose a un discurso que por allá en el siglo XXV habrá de pronunciar, en el concilio que se reunirá entonces, el Patriarca de Jerusalén, sobre el medroso tema del juicio final, se expresa así:

"Hay que decir que el teatro de la reunión se prestaba maravillosamente al asunto. Era la Capilla Sistina. El inmenso y grandioso cuadro de Miguel Angel se cernía como un nuevo cielo apocalíptico sobre todas las frentes. La formidable acumulación de brazos, de piernas, de contracciones violentas y singulares, el Cristo lanzando sus rayos, los réprobos arrebatados por los diablos de aspecto bestiales, los muertos saliendo de las tumbas, los esqueletos que se vuelven a cubrir de carnes y adquieren nueva vida; el terror de la humanidad temblando ante la cólera de Dios; todo este conjunto parecía dar vida y realidad a los magníficos períodos oratorios del Patriarca, y por momentos, bajo ciertos efectos de luz, parecía que se adelantaban las trompetas del juicio, que se oían casi los lejanos sonidos del celeste llamamiento, y que se agitaban y renacían entre el cielo y la tierra todas aquellas carnes resucitadas".

Cerrando aquí este paréntesis, cuya oportunidad me parece innegable, continuaré mi narración.

Terminado el acto religioso, y cuando me disponía a salir del templo, me sorprendí al ver a pocos pasos de mí al amigo Vesga, vestido en toda regla.

Era hombre inteligente, ilustrado, firme en sus opiniones políticas, consecuente en la amistad. Prestó notables servicios en la prensa al partido liberal. Fue también acreedor, por el lado de la virtud, a grandes elogios.

El siguiente día lo dedicamos a visitar la Basílica de San Pedro, "que es la gran magnificencia de Roma, y cuya vista produce una de las más grandes emociones que puede experimentarse en la vida".

Después de discutir, por la noche, sobre el orden en que debíamos emprender nuestras visitas, resolvimos dar la preferencia a la antigua Roma, la que fue otro tiempo señora del mundo; y habiéndonos provisto de correspondiente cicerone, de un itinerario descriptivo, histórico y artístico de la ciudad, y de un coche de dos caballos, nos pusimos en movimiento al siguiente día a la hora acostumbrada. Si mi memoria no me engaña, fueron tres los días que empleamos en visitar el sepulcro de la antigua ciudad, como la llamó el ilustre autor de Los Ensayos.

Concluída esa visita, nos dirigimos a las demás basílicas, empezando por la de San Pablo, y seguidamente a una que otra de las trescientas ochenta y tanta iglesias que hay en la ciudad; luego a los museos, comenzando por el del Vaticano; y después salimos de la ciudad a recorrer la Vía Apia y las Catacumbas de San Sebastián, y a visitar algunos de esos palacios campestres llamados Villas, en los cuales se exhiben obras de arte de gran mérito.

Después fuimos a buscar los mejores puntos de vista de la ciudad para contemplarla en conjunto, y subimos a la columna de Trajano y al globo de bronce de la cúpula de San Pedro.

Con decir que tan interesantes y múltiples visitas fueron la obra de diez días solamente, dejo comprender cuán poco fue el fruto que de ellas pude sacar. Recogiendo ahora mis recuerdos para trazar estas líneas, he llegado a la conclusión de que si pudiera manejar un pincel sólo alcanzaría a bosquejar, más o menos imperfectamente, tomándolo de mi memoria, las siguientes producciones del arte antiguo y moderno:

Entre las primeras, el Panteón, el Foro de Trajano, el Coliseo, la Termas de Caracalla, la plaza del Capitolio, el Apolo de Belvedere, la sala de los Emperadores, el Gladiador moribundo, el Atleta de Braccion Nuovo, y los antiguos acueductos que transportaban ríos desde grandes distancias para derramarlos en la ciudad; y entre las segundas, aparte de las dos grandes basílicas, la vista interior de Santa María la mayor, la de San Pedro Advíncula, por encontrarse allí el Moisés de Miguel Angel, la fuente de Trevi, "que no se cree tal fuente sino algo soñado"; y como dice Amicis en orden a detalles de la primera de las grandes basílicas -no en este número la grandiosa cúpula- el altar mayor con su majestuoso baldaquino de bronce dorado, la Confesión de San Pedro y la tumba de Clemente XIII, obra de Canova, en la que llama especialmente la atención el Genio de la muerte, y los dos leones acostados que guardan la puerta del monumento. Conservo además claro recuerdo de la plaza de Popolo, la de España, el paseo público del Pincio, la calle del Corso, y algunas obras más que no menciono por temor de fastidiar; advirtiendo sí que dejo de incluir en este relato el grupo de Laocoonte, la Transfiguración de Rafael y la Comunión de San Jerónimo, del Dominichino, porque estas obras maestras me eran conocidas en copia desde tiempo atrás.

Al salir de las Catacumbas de San Sebastián, situadas en plena llanura muy corta distancia de Roma y que de ningún modo podían pasar inadvertidas a la inquisidora mirada de los perseguidores del Cristianismo, la primera idea que le viene al visitante de este oscuro y medroso laberinto, es la de averiguar la causa de la inmunidad de que allí gozaban los cristianos que se reunían como al amparo de los muertos, a deliberar sobre sus propios asuntos. Yo sentí esa curiosidad. Y sólo vine a satisfacerla leyendo el libro de Castelar, titulado Recuerdos de Italia. Allí encontré la explicación del enigma: era que los Emperadores paganos miraban con más respeto que el que han tenido algunos potentados cristianos, el asilo "donde terminan todas las querellas".

Poco es, como se ve, lo que con alguna precisión recuerdo de todo cuanto vi en la antigua ciudad imperial; mas el mero hecho de haber estado dentro de sus muros, es para mí motivo de singular satisfacción; no debida exclusivamente a la vista material, por decirlo así, de sus grandes monumentos sino también, y quizá en primer lugar, a la magia de los recuerdos históricos que aquellas representaciones de lo pasado traen naturalmente a la memoria. No de otro modo se explican ciertas peregrinaciones, por ejemplo, las que hicieron Cháteaubriand y Lamartine a la desmantelada y mísera Jerusalén. Con relación a ellas puede decirse que, aún prescindiendo del sentimiento místico que en mayor o menor grado todos poseemos, y que es el que generalmente mueve a emprender un viaje como aquél, basta el sentimiento de admiración por lo sublime, para que se desee visitar, una vez la vida, el lugar donde se consumó el más santo de todos los sacrificios y el único cuya memoria vivirá hasta el fin de las generaciones.

El 16 de enero, a las seis de la tarde, bajamos del tren en la recién inaugurada estación de Nápoles, a tiempo que el Mediterráneo, violentamente agitado por una gran tempestad, atronaba la comarca. Nuestro primer cuidado fue, por tanto, el de tomar hospedaje en uno de los hoteles que dan vista al mar, y elegimos el América, por el nombre. Apenas entramos nos dirigimos al balcón, porque ya nos parecía que la tempestad iba a cesar. Era una noche de luna, y sin acordarnos de que no habíamos comido, pasamos horas enteras absortos en la contemplación de aquel espectáculo, que semejaba un trastorno de la naturaleza. Allí pensé en mi familia, en mis amigos y en aquellos de mis compatriotas que, habiendo nacido en las cumbres de los Andes y viviendo pegados a ellas como la ostra al peñón, no han visto ni admirado "esa gran cosa de Dios", como alguien llamó al mar.

Al siguiente día, a la hora de almorzar, tomó Vesga de una consola el almanaque de ese año, y vimos con sorpresa anunciada en él la tempestad cuyas últimas oleadas se dejaban oir aún, al romperse en el malecón que defiende la ciudad.

Después de dar un paseo por las principales calles y plazas, resolvimos hacer al siguiente día nuestra visita al Vesubio, cuyo hermoso cono, visible desde algunos puntos de la ciudad, es objeto de viva provocación para el viajero.

Para la traslación a ese lugar, con ser corta la distancia, se emplean casi todos los medios conocidos de locomoción terrestre: el ferrocarril, la bestia de silla y aún los propios pies, para subir durante tres cuartos de hora por una pendiente de cincuenta por ciento de desnivel, apoyándose con dificultad sobre escorias movedizas.

Coronada la altura, descendimos al fondo del apagador cráter, en el cual había, sin embargo, a veinte centímetros debajo de nuestros pies, fuego suficiente para quemar un papel. Luego retrocedimos al borde del cráter, a tiempo de la puesta del sol, ávidos de contemplar bajo aquel cielo purpurino el hermoso golfo, rodeado de ciudades y aldeas vistosísimas entre las cuales figura la célebre Sorrento, y cerrado en parte, como para completar la herradura, por la isla de Capri a la izquierda, y las de Prócida e Ischia a la derecha.

Vista panorámica como esa no se encuentra seguramente en ningún otro lugar del globo; y sin duda, en presencia de ella, se dijo por vez primera -no con relación a la ciudad sino al golfo- esta conocida expresión: "Ver a Nápoles y morir". A mí me vinieron a la memoria estos versos de Zorrilla:

Bello es el mundo, sí, la vida es bella;

Dios en sus obras el placer derrama.

En el trayecto que hicimos a pie se había quedado atrás uno de nuestros compañeros, cosa que no extrañamos porque él acostumbraba a andar con lentitud; pero esta vez el retardo fue tan considerable, que no se presentó hasta después de nuestra salida del cráter; o más bien, no se presentó sino que le presentaron dos bondadosos napolitanos que le traían casi en peso, cogido por los brazos, demudado el semblante, corriéndole el sudor por las mejillas y en estado de verdadera postración. Pronto vimos que todo ese cúmulo de síntomas alarmantes era sólo efecto del cansancio, de modo que a poco rato estuvo completamente restablecido.

Tranquilizado yo acerca de la naturaleza del accidente, y recordando el lastimoso cuadro del Descendimiento, que poco antes había tenido a la vista, no pude contener la risa, lo cual no sentó muy bien a mi cuitado compañero, a pesar de que en esa expansión de ánimo no había nada de malévolo.

Al pie de la empinada cuesta nos aguardaban las bestias de alquiler en que debíamos bajar hasta la estación del ferrocarril; todas ellas enjaezadas con anchos jaquimones de testera colorada y con una campanilla en la frente. Esta vez me tocó un macho retinto, bocicolorado, de largas crines vez ensillada, que no sé por qué me infundió recelo. Monté sin embargo en él, y después de haber andado buen trecho, en una revuelta del camino dio un rechazo y empezó a alzarse de ancas. Agotados mis esfuerzos para obligarlo a seguir, fue preciso que algunas personas que iban a pie viniesen en mi auxilio apaleándolo por detrás. La escena no dejó de ser grotesca, y a mi agraviado compañero le vino a pedir de boca la ocasión de sacarse el clavo, riendo a sus anchas a mi costa. Tomamos luego unas copas de Lacryma Christi, por ser la especialidad de aquel lugar, y seguimos camino, todo ya de buen humor.

Sea por la costumbre de visitar cementerios, adquirida desde la niñez, y porque hasta ellos no llega el ruido de las ciudades; o más bien porque la vista de estas mansiones de los muertos no trae consigo el recuerdo de extraordinarias catástrofes, es lo cierto que ninguna de aquellas visitas deja una impresión tan melancólica como de las ruinas de Pompeya.

La soledad que en medio de éstas se siente es tan completa, como puede serlo la que se experimenta en un desierto; y sin embargo el visitante se imagina que repentinamente habrá de oir los pasos de los que frecuentaban sus calles ahora mil ochocientos años.

La ciudad se presenta a la vista casi como la dejaron sus moradores. "Se puede andar por sus calles, visitar sus templos, sus teatros, sus edificios; penetrar en las piezas más recónditas de las casas particulares, y leer en las paredes las cuentas de los taberneros, las inscripciones y las caricaturas hechas con lápiz por los paseantes".

Mas todo eso se ve como al través de los siglos, esto es, teniendo siempre en cuenta su remota antigüedad; y sólo por una rara excepción deja de suceder eso respecto de la huella de los carros, la que parece haber sido estampada sobre el pavimento de las calles el día anterior.

Aunque solo la tercera parte del área de la antigua ciudad estaba descubierta cuando la visité, ya había bastante para que un arqueólogo, o un simple aficionado a antigüedades, pudiese pasar allí entretenido semanas enteras; pero mis compañeros y yo, en nuestra condición de meros curiosos, nos dimos por satisfechos con la visita de un día, y al ponerse el sol nos despedimos de la gran necrópolis, trayendo apenas idea de su conjunto, y en particular de muy pocos de sus más notables edificios! (1)

Las excursiones por los alrededores de Nápoles, en las que podrían emplearse veinte o treinta días sin experimentar fastidio, y cuya descripción puede dar materia para un libro, las hicimos en tres días, no sin habernos detenido especialmente en el célebre promontorio de Pausilipo, que fue mansión de recreo de muy ilustres romanos, entre ellos Cicerón y Virgilio.

La vida en Nápoles es por varios modos agradable: sus baños de mar son excelentes; su principal teatro, San Carlos, era desde entonces el más grande de Europa, después del de la Scala de Milán, y yo vi representar en él una ópera cuyo argumento es nacional -La muda de Portici. Se disfruta allí de buena mesa, y se toma, al precio de tres francos la botella, el vino tinto de Capri, que me pareció ser, en su clase, el mejor de todos los de Italia. Y a propósito de vinos haré la anotación de que en Venecia se toma, a bajo precio, el delicioso de Chipre; de que el Lacryma Christi no corresponde, por su calidad, a la reputación que tiene; y de que en Roma, por darme cuenta de la razón que tuviera el célebre novelista Alejandro Dumas para dar preferencia al vino de Tokay, pagué cinco duros por una botella de engañosa capacidad; no recuerdo hoy si por su sabor correspondió o no (me inclino a pensar lo último) a la idea que de él me había formado, y que parecía confirmar su alto precio.

Para concluir lo relativo a Nápoles diré, en resumen, que, todo bien considerado, sólo se debe ir a esa ciudad por conocer su golfo, que es sin duda incomparable, a causa principalmente del pintoresco marco que lo encierra; por visitar las ruinas de Pompeya y el Vesubio, y por pasar ocho días recorriendo de uno a otro extremo los salones del Museo borbónico, donde se hallan en permanente exhibición los objetos encontrados bajo las ruinas de Herculano y de Pompeya, desde las más preciosas obras de arte hasta el pan que se cocía al horno el día del cataclismo que borró de la superficie terrestre esas dos grandes ciudades.

Al entrar de regreso de Nápoles en la ciudad de los Papas, se nos detuvo en la aduana para registrar los equipajes. En uno de los baúles venía una colección de fotografías, como prueba material del gusto que se había despertado en mí por la pintura; fotografías que representaban cuadros Y estatuas de los que se exhiben públicamente en Nápoles. El empleado de la aduana a quien correspondía examinar dichos cartones, declaró que, a causa de la desnudez de algunas de las pinturas, debían ser decomisadas.

- Convenido, dijo uno de nosotros; que las decomisen y nos Permitan seguir.

Entonces se presentó un individuo, que debía de ser empleado de la aduana, y nos dijo al oído, en francés, que lo mejor que podíamos hacer era pagar el rescate de las fotografías.

- ¿Cuánto vale? - preguntamos al punto.

- Pueden ustedes dar cuatro escudos (algo más de cinco pesos fuertes), contestó el agente.

Sin vacilar nos sometimos a la pequeña estafa, y los equipajes nos fueron devueltos.

Era ya bien entrada la noche cuando llegamos al hotel La Diana, después de haber pasado por varias calles de las más centrales, en medio de profunda oscuridad. ¡Qué contraste el que hacía, a este respecto la Roma de los Papas, con todas las demás capitales europeas, profusamente iluminadas por el gas!

A excepción de la calle del Corso, de la plaza del Vaticano y de alguna otra, donde se veían, de trecho en trecho, unos faroles como los que medio alumbraban en otro tiempo la Calle Real de Bogotá, el resto de la gran ciudad permanecía en tinieblas.

Tampoco se distinguía Roma por el buen servicio de su policía. Habiendo tenido curiosidad de conocer la renombrada Roca Tarpeya, quedamos sorprendidos mis compañeros y yo de encontrar lo que fue antiguo precipicio convertido en enorme muladar.

Pío IX era generalmente venerado en Roma, no sólo por su dignidad pontificia, sino también por sus reconocidas virtudes; pero la esencia teocrática del gobierno temporal de que era jefe, prescindiendo de otros defectos, habría bastado por sí sola para mantenerle en pugna con la opinión. Este profundo desacuerdo se mostró de modo muy patente y muy ruidoso el día en que tuvo lugar la entrada del rey Víctor Manuel al frente de su ejército en la gran ciudad, que le aclamó libertador, y le llevó en triunfo al palacio del Quirinal (1870).

Al cuarto o quinto día de esta segunda visita me despedí de la llamada ciudad de los Césares, que por honor de nuestra especie debería más bien llamarse la ciudad de Catón y Marco Aurelio, me despedí de ella en la esperanza de volver, no muy tarde, a repasar detenidamente lo que tan de prisa había visto, a fin de poder formar idea cabal de los objetos, y de establecer orden y claridad en mis recuerdos. Mas hoy, después de transcurridos veintisiete años de aquella fecha, y cuando ya he entrado en los setenta de mi edad, no querría hacer el segundo viaje sino acompañado de mis hijas, y en tan buenas condiciones de salud, que me infundiesen confianza de poder volver a dejar mis cansados huesos en la tierra en que reposan los de mis abuelos.

En Civita Vecchia tomamos pasaje para Marsella en el vapor Quirinal, que hizo escala en Liorna, donde visitamos un famoso estanque, y gustamos el excelente vino Vermouth, que se fabrica en la ciudad.

Marsella -" la matrona hospitalaria"- como la llamó Lamartine en su bellísima despedida para Oriente, presenta el aspecto de un gran barrio de París. Su puerto, aunque espacioso y seguro, no es comparable al de Nápoles. Desde él se divisa el castillo de If, tan conocido de los que han leído la interesante novela de Alejandro Dumas, titulada El Conde de Monte Cristo. Habiéndonos detenido un día para conocer siquiera en globo la ciudad, Vesga y yo pedimos permiso para visitar la casa en que murió el venerable Arzobispo Mosquera; quien, desterrado de su patria, iba de paso para Roma a pedir consuelo al Padre de los fieles.

La populosa Lyon, tan conocida en nuestro país por el indomable republicanismo de que dio repetidas pruebas en la época de la monarquía, llama a primera vista la atención del viajero por su hermosa situación en la confluencia del Saona con el Ródano. Sus afamadas fábricas de tejidos de seda se componen de telares muy sencillos al parecer, pero que acaso no lo sean en realidad.

De Lyon a París -un trayecto de poco menos de cien leguasse iba entonces en diez horas, que estarán hoy reducidas a seis. El tren que debía conducirnos partió de Lyon a las siete a.m. y se detuvo a las once durante un cuarto de hora en la estación en que habíamos de almorzar. La mesa estaba servida con tantos cubiertos cuantos pasajeros de l a. clase acabábamos de llegar. Los manjares que en ella había eran variados, como de costumbre en la mesa francesa, por lo cual, y por sentirse ya a esa hora un apetito de maestro de escuela, los quince minutos fijados para pasar en el comedor debieron de parecernos muy cortos (lo digo por mí); pero todo lo suplía el buen servicio de la mesa.

A la espalda de cada uno de los comensales se colocaba un sirviente con el objeto de ofrecer y servir las diferentes viandas, para ganar tiempo, y tranquilizar al pasajero advirtiéndole de vez en cuando que aún le quedaban tantos minutos disponibles para almorzar. Al tomar el último bocado estaba ya sobre la mesa, dentro de una azafate, la lista de los platos que cada cual se había hecho servir, con su valor al frente y el total debajo. Quedaban treinta segundos para pagar el almuerzo y trasladarse al tren, comprando de paso dos o tres diarios de los que se habían publicado la víspera en Londres, Bruselas y París, excelente provisión con la cual se arrellanaba el pasajero en su poltrona a leer con entera tranquilidad mientras el tren le conducía a París.

Quien no haya estado una vez siquiera en Europa o los Estados Unidos, no puede tener idea de lo que es viajar con comodidad. Llegar de paso a un hotel; dirigir por sí mismo o por medio de intérprete unas pocas palabras al dueño del establecimiento, y sentarse luego a esperar que le venga a la mano y a la hora precisa todo cuanto necesita; tener la ropa lavada y aplanchada durante la noche, para colocarla en la maleta al día siguiente; el billete cambiado; la correspondencia puesta en el correo o en la oficina telegráfica; el baño preparado a la temperatura que se desee; los zapatos lustrados; un sirviente que llama cautelosamente a la puerta para indicar que es llegada la hora de levantarse; el desayuno servido; el coche listo para trasladarse a la estación; el pasaje arreglado, y la cuenta de gastos sobre la mesa del comedor; todo esto con sólo haber abierto una vez los labios, es cosa, repito, de que en nuestro país no tenemos idea.

Entre las agudezas parlamentarias del benemérito patriota y antiguo Senador de Nueva Granada, General José María Mantilla, recuerdo, como de ocasión la siguiente:

Habiendo dejado de concurrir a determinada sesión del Senado uno de los Secretarios del Despacho Ejecutivo -como sencillamente se les llamaba en mejores tiempos- y habiendo presentado como excusa el recargo de negocios en su oficina, el referido Senador le replicó diciendo, que a él le parecían muy semejantes las funciones de un Secretario de Estado, que tiene sus órdenes varios jefes de sección, a las de un Obispo en el acto de pontificar: un sacerdote le quita la mitra cuando el ceremonial lo exige; otro se la coloca de nuevo sobre la frente; el de acá le abre el misal por la página en que debe leer; el de más allá le vuelve la hoja cuando llega el caso; cuál le sirve de atril; cuál le alza la capa magna para que pueda andar con libertad, etc.

Sin admitir como exacta la comparación hecha por el distinguido y espiritual Senador, pero apropiándome el chiste para aplicarlo al presente caso, diré sin temor de suscitar contradicción, que el viajar por los Estados Unidos o Europa, con la cartera bien provista de billetes de banco, chapurrando siquiera el inglés y el francés, o teniendo por compañero a un amigo que conozca estos idiomas, eso sí es pontificar.

Cuando llegué a París se acercaba la apertura de la Exposición de aquel año, gran certamen científico e industrial, para el cual Napoleón III había invitado a los Soberanos de Europa.

En asocio del General Santos Gutiérrez y de los doctores Rafael Núñez, Salvador Camacho Roldán y Florentino Vesga, pero más comúnmente en compañía de Núñez y Camacho, visité muchas veces la Exposición.

Durante esa temporada, en que el movimiento diario de entrada y salida de forasteros en París se calculaba en trescientas mil personas, todos los teatros de la ciudad estaban abiertos, y fueron pocas las veces que dejé de concurrir a algunos de ellos. Al salir una noche del de la ópera italiana, acompañado del General Gutiérrez, como nos detuviésemos un momento en la calle para despedirnos, nos gritaron a la espalda: ¡Allez, Messieurs, allez! Un tanto sorprendidos por el inusitado tono en que se nos hacía tal intimación, volvimos a mirar y vimos cerca de nosotros a un agente de policía con su acostumbrado uniforme militar, y sus mostachos retorcidos a la Napoleón III, quien con visible impaciencia aguardada el cumplimiento de su orden; y como no obedeciésemos en el instante mismo, se cuadró delante de nosotros, y con aire provocador nos apostrofó diciendo: ¡Et vous, me regardez! Conflicto tenemos, me dije, e invité a mi compañero para que abandonásemos el sitio en previsión de uno de esos vejámenes que son casi siempre irreparables, especialmente para extranjeros poco o nada conocidos.

Hoy me complazco en suponer que bajo el sistema de gobierno republicano, y con Presidentes civiles tan modestos como Carnot y Faure, los agentes de policía en Francia serán menos imperiosos, por cuanto han dejado de ser imperialistas.

En iguales circunstancias, un policial de Londres nos habría insinuado cortésmente que debíamos seguir nuestro camino para no estorbar el paso a los demás transeúntes.

Y a propósito de incidentes desagradables, voy a referir otro de naturaleza distinta, pero también muy penoso.

Previamente advertiré que de tiempo atrás había destinado yo algunas de mis pocas horas de ocio a leer y traducir francés, con el mero auxilio de un diccionario y un mal texto de gramática, libros que casi se inutilizaron en la ímproba labor; y que aquel estudio sin maestro, me había hecho forjar la ilusión de que, en caso de necesidad, podría hablar algo al francés; pero el desengaño fue cruel.

Al desembarcar en Calais, el día de mi partida de Londres para París, tuve necesidad de preguntar en qué hotel podría almorzar, y cuál de los trenes que se veían en la estación era el que debía seguir inmediatamente para París. Me di, en consecuencia, a la tarea de buscar con afán en mi memoria los vocablos franceses que de pronto necesitaba emplear. Bregué o no bregué para hallarlos; pero ¡Señor! ni atrás ni adelante.

Del almuerzo podía prescindir, como en efecto prescindí; pero no así de informarme acerca del tren en que debía tomar asiento. De cuán grande fue el aprieto en que me vi, puede juzgarse al saber que lamenté profundamente que en vez del francés, que había creído manejable, no se hablase allí la mucho más difícil lengua de Albión, de la cual conocía las frases más necesarias para casos semejantes. Entonces tuve una inspiración: recordé que mis baúles no habían salido del buque, y que estando escrito mi nombre en el forro de cada uno de ellos, me bastaría seguir tras la persona que los condujese a la estación, para salir del apuro en que me hallaba. Así lo hice en efecto; pero a la llegada a París debía tropezar con otra dificultad no menos grave. A la hora de salir de la estación presenté al primer cochero que se me acercó la tarjeta en que se hallaba escrito el nombre del hotel a donde debía conducirme. Impuesto de ella el postillón me la devolvió, articulando algunas palabras que no entendí, y en seguida se retiró. Vino luego un segundo, y después un tercer postillón, a quienes presenté sucesivamente la mencionada tarjeta, pero la escena ocurrida en el primer caso se repitió hasta por tercera vez. Entre tanto cerraba la noche, la estación quedaba desierta, y yo sin poder sospechar siquiera la causa de tan inesperado contratiempo. Me devanaba los sesos pensando en el partido que debía tomar, cuando de repente oí hablar español a un caballero que pasaba de brazo con una señora. Sin vacilar me lancé hacia adelante de ellos para cerrarles resueltamente el paso, y obligarlos a prestarme atención. No había habido necesidad de tanto: el bondadoso caballero me explicó inmediatamente, con la mayor amabilidad, la causa de lo ocurrido: mi tarjeta tenía escrito el nombre "hotel de Lyon", sin el agregado "y de Colombia", que debía completar la dirección. En París había tres hoteles con el nombre de "Lyon", cada uno de ellos con su respectiva contraseña; de manera que los cocheros a quienes había yo presentado mi tarjeta no podían saber a cuál de esos tres hoteles debía conducirme. El caballero que me sacó de apuros -que era un semipaisano, natural de Cuba- me indicó un hotel situado en el pasaje Goufroy, diciéndome que la dueña de ese establecimiento hablaba español, y luego se despidió de mí afectuosamente.

La comunidad de idioma nativo es, en cualquier país extranjero, la mejor carta de introducción. Navegando de Nueva York a Liverpool, en compañía de más de cien pasajeros de primera clase, casi todos de tipo yanqui, distinguimos el doctor Camacho Roldán y yo, al segundo o tercer día de viaje, a un caballero de tez morena y barba negra, a quien tomamos por americano del Sur. Una tarde, al terminar la comida, salí a la cubierta con el objeto de respirar a plenos pulmones el delicioso y vigorizante aire del mar; y encontrando allí al sujeto aludido, le dirigí la palabra sin ceremonia, diciéndole: "¡Qué densa niebla tenemos hoy". - ¡Conque usted habla el idioma de María Santísima! exclamó al punto mi desconocido compañero de navegación, tendiéndome la mano, que yo estreché cordialmente.

Si ahora, al concluír este capítulo, agrego que los únicos ratos desagradables que tuve durante mi paseo por los Estados Unidos y Europa, fueron los dos de que he hablado, cualquiera comprenderá que, aún en condiciones poco favorables -por falta de conocimiento de uno o dos idiomas extranjeros puede hacerse un viaje más prolongado que el que yo verifiqué, con suficientes probabilidades de que sea agradable- En todo caso, quien lo haga quedará libre de la triste consideración de salir de este mundo sin haber visto lo mejor que hay en él.


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1.


Lo más curioso en todo esto, es que el hombre que tan escandalizado se muestra de las licencias artísticas del gran pintor, era un famoso libertino, que llevó su desvergüenza hasta retratarse a sí mismo con expresiones que no me atrevo a reproducir en este escrito, destinado en primer lugar a mis hijas. Quien desee ver tal retrato, puede abrir el tomo 5°. de la Historia Universal de Cantú, a la página 170. (Regresar)
1.

















Por ser de ocasión reproduciré aquí un documento relativo al gran cataclismo que destruyó a Pompeya ya la muerte de Plinio el naturalista, causada por el mismo acontecimiento. En él se vera una prueba más del valor heroico de los que con verdadera vocación se dedican al estudio de la Naturaleza. Dice así aquel documento:   "Plinio el naturalista se hallaba por aquel tiempo en Misena, mandando la flota, cuando un día su hermana -la madre de Plinio el joven- le llamó la atención hacia una nube de forma extraordinaria que se veía sobre el Vesubio. Plinio hizo alistar un navío para ir a estudiar de cerca el fenómeno, y para llevar a los habitantes del pie de la montaña un socorro que pedían. A pesar de las cenizas y de las piedras calcinadas que caían sobre el navío, éste arribó a Italia, y Plinio, después de tranquilizar a su amigo Pomponio, se hizo servir el baño y la comida con apariencia de jovialidad. "En seguida -dice Plinio el joven- se durmió profundamente, pues de la puerta del dormitorio se oía el ruido de su respiración. Entretanto el patio por donde se entraba en su departamento empezó a llenarse de ceniza y piedras hasta el punto que, a haber permanecido allí poco tiempo más, le habría sido imposible salir. Se le despertó, y vino a unirse con Pomponio y sus demás compañeros. En seguida deliberaron sobre si deberían salir al campo o encerrarse en la casa; pero como a este tiempo era ésta conmovida por repetidos temblores, optaron por el primer partido y se pusieron en marcha, llevando almohadas sobre las cabezas para resistir el golpe de las piedras que caían. Aunque a esa hora apareció el sol sobre el horizonte, en torno de Plinio y sus compañeros reinaba completa oscuridad, interrumpida sólo por siniestros resplandores; y esto a tiempo que el mar se agitaba con violencia. Mi tío tendió en el suelo una manta y se acostó, después de haber pedido agua fría, que tomó hasta por segunda vez. Bien pronto el olor de azufre y la proximidad de las llamas pusieron en fuga a todo el mundo Y obligaron a mi tío a levantarse, lo que hizo apoyado en dos jóvenes esclavos, pero un momento después, sofocado por humo, según me lo imagino, cayó al suelo sin sentido'. El tenía el pecho débil, estrecho y jadeante. Tres días después de su muerte se le encontró sin señales de haber recibido herida o contusión alguna, cual si sólo estuviese dormido".
El autor de la carta -que entonces tenía sólo diez y ocho años- retenido por sus estudios había rehusado acompañar a su tío. Su madre, a quien la violencia de los temblores había despertado durante la noche, se precipitó a la cámara del joven para advertirle del peligro, y juntos salieron al patio, donde se ocupó él en leer a Tito Livio y en hacer extractos; pero temiendo ser aplastado por las paredes del edificio, huyeron al campo. "La ribera del mar -continúa la carta- "se había ensanchado; multitud de peces quedaban sobre la arena. Y una negra y horrible nube cruzaba, desgarrada a intervalos por surcos de fuego -que semejaban relámpagos, y descendió sobre la tierra, cubrió el mar, ocultó a nuestra vista la isla de Capri y el promontorio de Misena... A mí me sostenía la triste y a la vez consoladora idea de que todo el universo iba a perecer conmigo". (Regresar)

 

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