MI VIAJE AL
EXTERIOR
III
Es opinión muy general que, sin el conocimiento de una por lo menos
de las lenguas cultas más extendidas en el mundo, sin estudios
históricos y geográficos, y sin nociones de las bellas artes o
siquiera de mecánica, el viaje a lejanas tierras queda reducido a
un cambio sucesivo de lugares, y el pretendido viajero convertido
en fardo; peor en esto hay sin duda exageración.
Una instrucción elemental, acompañada del sentimiento de lo
bello en la naturaleza y en el arte, y de los recursos necesarios,
basta en mi concepto, para que se pueda hacer a los Estados Unidos
y a Europa un viaje de provecho y de placer.
La presencia del mar, que embelesa y atrae, al mismo tiempo que
impone; el cambio de decoraciones que la naturaleza exhibe con gran
magnificencia a cada nueva estación; los paisajes distintos y los
nuevos horizontes, que con sorpresa y deleite contempla el nativo
de esta zona, al visitar por primera vez esas regiones, bastan a
indemnizar sobradamente el sacrificio de tiempo y de dinero que
para el viaje es preciso hacer. ¿No hemos visto llegar a nuestras
playas distinguidos viajeros, a quienes sólo ha traído el deseo de
conocer las inmensas selvas, las elevadas montañas y las desiertas
pampas que son el lujo de nuestro patrio suelo?
Y ¡qué diferencia en todo lo demás! Mientras acá no hay otra
cosa que pueda llamar la atención del viajero que el grandioso
espectáculo de la naturaleza, allá le faltan ojos para ver y tiempo
para contemplar todo cuanto es digno de ser visto y admirado.
Dícese de la muerte que, sin embargo de ser un hecho natural,
presente a nuestra vista a todo instante, siempre nos sorprende.
Otro tanto puede decirse de los grandes inventos, como el del
telégrafo eléctrico o el de la máquina de vapor, especialmente este
último, cuyo mecanismo está al alcance de todos y con el cual se ha
dotado al hombre de un inmenso poder material, que le pone en
aptitud de luchar, mucho más ventajosamente que 'antes, con las
fuerzas y los obstáculos naturales.
Casi en todas partes se presenta hoy a nuestra vista esa
maravillosa fuerza motriz, adaptada a diversos usos y con formas
diversas: ya la de una locomotora que lleva a remolque muchos y
pesados vagones; ya la de un motor fijo que distribuye fuerza y
movimiento en los diferentes departamentos de una fábrica, o que
levanta objetos de enorme peso; mas el verdadero teatro de la
gigantesca lucha es el mar. Allí es donde la contemplación del
formidable duelo produce indescriptibles emociones.
Pocos habrán sido los que, estando a bordo de uno de esos
grandes vapores, que cual monstruos estupendos surcan el océano,
hayan dejado de admirar, más que en ninguna otra parte, las
maravillas del ingenio humano, y aun de sentir verdaderos
transportes de infinito orgullo, al imaginarse solidarios del que
inventó la portentosa máquina, que, dominando el. viento y las
olas, rápida los conduce a impulso del vapor. Y pocos habrán sido
también los que, deteniéndose a contemplar el abismo en que
navegan, no hayan sentido la misteriosa atracción de su hórrida
grandeza.
Y entrando en los detalles de mi viaje a los Estados Unidos y
Europa, así en lo relativo al itinerario como a las impresiones que
durante él recibí, vienen en primer lugar los que narraré en
seguida, advirtiendo que esta relación tendrá forma de índice, por
ser la que corresponde a un viaje tan acelerado como el que yo
hice.
La vista de la bahía de Nueva York, con su bosque de empavesados
mástiles, las obras monumentales, los palacios Y jardines que la
circundan; la de la hermosa avenida de Broadway, con su incesante
oleada de gentes y carruajes; la visita al Parque Central; el
sorprendente espectáculo de una actividad fabril y comercial de que
nada puede dar idea en nuestro incipiente país; la contemplación,
por vez Primera, del vertiginoso andar de los trenes, que
serpentean bajo sus penachos de humo y con estridente silbido al
través de las sinuosas llanuras; y por último, para no alargar
demasiado esta enumeración de maravillosos objetos, la vista del
incomparable y majestuoso Niágara; hé ahí una serie de emociones,
de verdaderos transportes, cuyo recuerdo conservaré mientras
viva.
Y pasando del nuevo al viejo continente ¡qué de extraordinarias
sorpresas y de indescriptibles impresiones las que aguardan al
viajero!.
A los nueve días de navegación -reducidos hoy a siete- llegamos
a Liverpool, donde llamaron desde luego nuestra atención los
magníficos muelles y la multitud de marineros.
Fue allí donde conocí, anclado en el hermoso puerto, el más
grande de los buques que hasta entonces habían sido echados al mar,
el
Great-Eastern. Pocos días después debía conocer en el
Palacio de Cristal, donde se exhibía como rara curiosidad, un
barquichuelo cuyo cordaje apenas me pareció ser más grueso que el
que emplean los niños para fugar al trompo, y cuyas velas no eran
mucho más grandes que un pañuelo; barquichuelo en el cual dos
atrevidos
yankees habían atravesado el Atlántico.
Sin contar el tiempo de mi corta detención en aquella ciudad,
fueron diez los días que gastamos de Nueva York a Londres.
A esta última ciudad me tocó entrar de noche, como generalmente
sucede; pero habría sido lo mismo entrar de día, pues que yendo en
un coche cerrado sólo puede percibirse el ruido atronador de la
ciudad.
Después de presentar al siguiente día mis cartas de
introducción, me dirigí a la catedral de San Pablo, edificio que
había venido dándome vueltas en la cabeza desde antes de llegar a
la ciudad. No fue pequeña la desilusión que tuve al verla, cosa que
no es de extrañarse, si se atiende a que siempre el ideal es
superior a la realidad. Mas, al pasar después varias veces por uno
de los costados del edificio, lo veía más grande cada día, hasta el
punto de llegar a figurarme que era un Chimborazo lo que tenía a la
vista. En los días siguientes visité lo más notable que hay en
Londres, en el orden que va a verse: el Museo Británico, enorme
edificio, que contenía entonces, además del Museo, una biblioteca
de 600.000 volúmenes y un gabinete de historia natural; la abadía
de Westminster, primoroso templo de arquitectura gótica, donde se
halla el panteón de los reyes y de los grandes hombres; la Torre de
Londres, que recuerda una historia de regios crímenes, y donde se
exhiben las joyas de la corona y otras notables obras de arte; el
Palacio de Cristal, "ese museo de los museos, tan grande
como
Londres y como todas las cosas de Londres", según la
hiperbólica frase de Taine; el hermoso edificio en que se reune el
Parlamento; el inolvidable Jardín zoológico, donde vi complacido el
cóndor, que me pareció ser el verdadero rey de las aves; los
jardines de aclimatación, y cada uno de los inmensos parques.
Después de ver tantas maravillas me pregunté, y creo que en mi caso
se preguntaría cualquiera, si aquello había sido, o no, soñar
despierto.
Luego me di a la temeraria empresa de conocer toda la ciudad,
¡como si ella tuviese límites! Fue entonces cuando descubrí la
parte gangrenada de aquella orgullosa nación, y a poco de observar
con tristeza y casi con horror la enormidad de la úlcera, volví
instintivamente los ojos del alma a esta virgen América -como la
llaman los poetas- en busca del consolador contraste.
Mientras que en la principal ciudad de la Unión Americana -de
ese privilegiado suelo, donde la libertad política y el progreso
material han encontrado su más amplio y firme asiento- busca el
viajero que recorre sus calles y visita sus apartados barrios, el
lugar de hacinamiento de una multitud hambreada y harapienta, que
ordinariamente se ve en las grandes capitales, y lo busca en vano,
Londres le ofrece a primera vista el espectáculo hiriente de la más
espantosa miseria y de la corrupción más profunda, al lado de la
mayor opulencia conocida y del más brillante estado de cultura y
moralidad.
Este singular contraste, observaré de paso, que tan
profundamente ha preocupado a los filósofos, a los moralistas y a
los hombres de Estado de aquel país, no ha sido ni podía ser
indiferente a los ilustrados viajeros que constantemente lo
visitan. Unos y otros han creído ver en ese estado de miseria, de
degradación y envilecimiento de cierta capa social, la llaga
hereditaria de la poderosa nación.
En busca de alivio para tan cruel dolencia, no menos que como
sabia medida fiscal -que honrará siempre la memoria del célebre
hacendista Sir Roberto Peel- se decretó, hace más de medio siglo,
la reforma de la tarifa de aduanas en lo relativo a la importación
de cereales; y sin duda con el objeto de ir más lejos en el camino
de la redención de las clases desvalidas y con el de reparar al
propio tiempo una injusticia de orden político, se trabaja sin
descanso por la extensión indefinida del derecho de sufragio.
No se necesita de gran sagacidad política para prever que el día
en que la mayoría del Parlamento esté compuesta de verdaderos
representantes de la nación libre y gratuitamente elegidos, el
grito de dolor de las clases indigentes tendrá allí eco más
vibrante y más sonoro que el que tiene en la actualidad; y que ese
día se pensará seriamente en la aplicación del mejor de los
remedios, el que con tan buen éxito se empleó por la Unión
Americana al salir de su guerra de independencia, y por la Francia,
durante su gran revolución: me refiero a la abolición de los
mayorazgos y la obligación impuesta por la ley de dejar a todos los
hijos, por partes iguales, una parte de los bienes. (Véase a
Tocqueville).
Esta sencilla medida traerá por consecuencia la división de la
propiedad territorial y su distribución, no ya como un privilegio
de sangre, sino como premio al trabajo, a la honradez, a la
inteligencia y la economía; cambiando así, en el curso de cinco o
seis generaciones, el monstruo desequilibrio que hoy se advierte
por un relativo estado de armonía económica y social.
Por desgracia se oponen a la adopción de tan redentora medida,
que implica un rompimiento con el pasado feudal, la profunda y casi
supersticiosa veneración por las viejas instituciones, que
políticamente caracterizan a esa nación; y el sentimiento de propia
conservación de la más poderosa clase social, que acaricia la idea
de transmitir incólumes sus títulos nobiliarios, y los bienes
patrimoniales a ellos vinculados, hasta al último de sus
descendientes.
En cambio, las clases propietarias en general, movidas por un
sentimiento de verdadera caridad cristiana, y comprendiendo sus
intereses de actualidad, "prestan voluntariamente o por
mandato de la ley, y con admirable valor, sus robustos hombros para
conllevar el pasado fardo de la miseria pública".
Mas, a despacho de las dificultades apuntadas, la enunciada
reforma vendrá más o menos tarde, pero al fin vendrá, porque ella
significa EMANCIPACION. De esperarse es también que venga por
pacíficos caminos, atendida la sensatez política de que tan
relevantes pruebas ha dado aquella gran nación.
Hecha esta atrevida, pero momentánea incursión en el campo de la
política inglesa, y teniendo en cuenta que voy de paso, me
despediré de la tierra clásica de la aristocracia, de la seguridad
personal y de la cooperación social
(1)
para trasladarme de un salto -como se
pasa también materialmente de ésta a la democrática nación vecina,
y a su espléndida y encantadora capital.
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