LA
FEDERACION
II
Como Presidente de la Asamblea legislativa de Santander tuve la
honra de poner en posesión de la primera Magistratura del Estado,
para el período constitucional de 1864 a 1866, a uno de los más
conspicuos y virtuosos ciudadanos que aquella importante sección de
Colombia cuenta en el número de sus hijos: el doctor José María
Villamizar Gallardo.
En este acto solemne dirigí la palabra al nuevo Magistrado en
estos términos:
Señor Presidente:
Acabáis de hacer una promesa solemne: la de cumplir fiel y
exactamente con los deberes que el honor, el patriotismo, la
Constitución y las leyes imponen al Presidente de Santander.
Bien comprendo, señor, que a vuesta ilustración no ha podido
ocultarse la gravedad de este compromiso, ni la inmensa
responsabilidad que envuelve; y que, aunque joven, no os falta
experiencia y madurez.
Sin embargo, al cumplir con el honroso deber che dirigiros la
palabra a nombre de esta respetable Asamblea, no debo limitarme a
felicitaros por vuestra elevación al primer puesto público del
Estado. Las simples congratulaciones son siempre estériles, y a
veces perjudiciales; y la actual situación del país, si no inspira
grandes temores, ni da lugar a serias desconfianzas, a lo menos no
autoriza para que nos entreguemos a expansiones entusiastas.
Verdad es que en Santander, como en todo el territorio de
Colombia, se disfruta de paz; y que, reconstituída esta nación
sobre bases mas homogéneas y en armonía con los principios de la
ciencia política moderna, parece hallarse en plenitud de seguir sin
grandes tropiezos el camino que debe conducirla hacia un brillante
porvenir. Pero si se considera que ha sido a través de la más
obstinada y sangrienta de nuestras luchas domésticas como se ha
llegado a este resultado: que los hábitos y las preocupaciones
sobre que, en parte, descansaba el antiguo régimen, si bien han
cedido al empuje revolucionario, no pueden considerarse
desarraigados o destruídos; si se considera que se han vulnerado
grandes intereses, contrariado aspiraciones vehementes, y lo que es
más aún, exagerado pasiones y engendrado odios profundos, habrá de
convenirse en que, de la política más o menos ilustrada e
imparcial, más o menos recta y conciliadora que guíe a los
encargados del poder público, legisladores y mandatarios, dependerá
casi exclusivamente que la presente situación sea el principio de
una era de tranquilidad y de progreso, o quede, por el contrario,
reducida a los estrechos límites de una tregua, proporcionada a la
extenuación y el cansancio producido por la guerra.
Y ved aquí, señor, ligeramente bosquejado el principal motivo de
la gran responsabilidad que acabáis de asumir!
Merced a circunstancias que no sería fácil determinar con
precisión, pero que, sin jactancia, pudiéramos explicar por un
mayor grado de desarrollo moral en las masas populares; por
antiguos y bien sostenidos hábitos de trabajo; y por una mayor
uniformidad en principios e ideas políticas, es lo cierto que
Santander se encuentra, con relación a los demás Estados de la
Unión, en condiciones muy favorables para afianzar la paz interior,
consolidar las nuevas instituciones, y entrar resueltamente en la
vía del progreso material.
Las importantes empresas sobre caminos, agricultura y comercio
que empiezan a acometerse, y que han logrado fiar ya la expectación
pública, lo prueban suficientemente; y ellas, como todo trabajo
productivo, constituyen, después de la libertad, el primer elemento
de orden en todo país civilizado.
La organización fiscal que se ha dado el Estado, si no satisface
las más exquisitas y elevadas aspiraciones de la escuela liberal,
con el buen servicio público nos ha traído la confianza, y la
confianza, señor, sobre ser por sí sola un bienestar presente,
funda la esperanza más firme de paz y prosperidad para lo
porvenir.
La situación del Estado es, pues, harto consoladora; pero de
ellas deriva indudablemente, en punto a conservación del orden
interior, un mayor grado de responsabilidad delante de los demás
Estados sus hermanos; responsabilidad que debe preocupar a su
Gobierno y que debe hacerlo tanto más circunspecto y previsor. Me
refiero, señor, a la que proviene de la unión y solidaridad en que
se halla constituído. Porque, sin entrar en más detalles a este
respecto, ¿quién puede asegurar que Santander no tenga hoy en sus
manos la balanza del orden general una vez que por su especial
situación, y por el crédito y fuerza relativas de que goza, puede
influir de una manera indirecta pero segura en la buena marcha de
los demás Estados colombianos? ¿Quién puede responder de que,
perturbado aquí el orden, no se rompa el equilibrio general?
Meditad sobre esto, señor.
Nuestra Constitución expedida en 1862, cuando el estruendo de la
guerra aún se hacía oír en el Estado, parece, sin embargo, no
resentirse de tan crítica situación. En ella se consagran todas las
libertades y derechos inmanentes del hombre; y si uno de estos
derechos, el de sufragio, quedó restringido a los que saben leer y
escribir, no fue seguramente porque se quisiera menoscabar un
derecho, ni incrustar en nuestras instituciones algún principio
oligárquico; pensóse únicamente en poner el remedio que de pronto
era posible a escandalosos abusos que minaban por sus cimientos el
edificio republicano, dejando la elección de los más altos
funcionarios a merced de atrevidos fabricantes de votos. Tal
restricción era, además, imperiosamente reclamada por la opinión
pública; y esta sola habría sido razón bastante para
establecerla.
Pero tiempo vendrá, y no muy tarde, en que el sufragio universal
sea la base cierta y fundamental de nuestro sistema político.
Corresponde entretanto al Gobierno y a la prensa liberal del país
trabajar asiduamente por acercar el día en que el ejercicio de tan
precioso derecho no pueda ya convertirse en una farsa inmoral, y
sea, por el contrario, una importante y facunda realidad.
El espíritu de oposición y reforma, característico de nuestra
raza, y aguijón indispensable para toda sociedad que no esté
condenada a vivir estacionaria, tiene entre nosotros todo el campo
de acción que le corresponde en un país libre; pero debería
ilustrársele para que, acertando a distinguir con entera precisión
aquellos puntos de legislación o de gobierno sobre que debe
ejercitarse con provecho público, corresponde mejor a su objeto; y
también para que, acostumbrándose a no traspasar los límites que la
razón y el patriotismo le señalan, no venga a ser nunca un motivo
fundado de alarma y desconfianzas.
A este propósito convendría hacer un estudio más atento de
nuestras necesidades y de los medios de satisfacerlas, evitando así
el que, como sucede comúnmente, se busque el remedio donde es más
difícil encontrarlo, y se inculpe a las instituciones como origen
de males que son causados las más de las veces por la mala
inteligencia y peor ejecución que suele dárseles.
La educación política y religiosa que por espacio de tres siglos
se ha dado a nuestros pueblos, acostumbrándolos a esperarlo todo de
arriba, ya sea en forma de mandato 0 de milagro, pero sin
intervención de esfuerzo alguno de su parte, es seguramente la que
ha producido ese insólito desprecio conque comúnmente mira el
reconocimiento de sus derechos políticos; y de ahí la abdicación
estúpida de sus más preciosas facultades: de ahí esa indolencia y
egoísmo, dominantes en nuestra sociedad, y que, si han sido un
obstáculo para el establecimiento de la República central, lo son
mucho mayor para la práctica del Gobierno propio. Es así como puede
explicarse la ineficacia de nuestras leyes sobre descentralización;
como también el hecho consiguiente de que, en varios Distritos, sin
embargo de encontrarse un número suficiente de hombres honrados,
laboriosos y aptos para el desempeño de los destinos públicos, se
hallen éstos en manos de aventureros que esquilman y desmoralizan
las poblaciones.
Y vese luego a aquellos hombres, comúnmente acomodados
propietarios, pero egoístas e indiferentes por la cosa pública,
darse a la tarea de exhaltar quejas inútiles, y de atribuír al
personal de los empleados públicos, a las pasiones políticas, o a
las instituciones mismas, la causa de su malestar; sin percibirse
de que, como ya he manifestado, estas instituciones que tanto
vituperan, no tienen quizá otro defecto que el de no ser bien
comprendidas y practicadas.
Hoy disponen los Distritos de todo el poder que necesitan para
promover su mejoramiento moral y material; pero para que las leyes
que se han dado y puedan darse con esto objeto no sean letra
muerta, es preciso inculcar en los pueblos el convencimiento de que
sin la activa y eficaz cooperación de los ciudadanos, las mejores
leyes son papeles, como dijo con tanta profundidad el
Libertador.
Las Repúblicas, ha dicho Montesquieu, deben tener por fundamento
la virtud; y sin preocuparnos de la exactitud más o menos rigurosa
de tan autorizado pensamiento, podemos, sí, asegurar que la
indiferencia y el egoísmo son dos grandes enemigos de la
democracia.
Pero los funcionarios públicos también tienen por su parte
deberes de que hasta ahora han prescindido casi generalmente. Hase
creí do que con la observancia de ciertas prácticas rutineras, y
con un trabajo mecánico en las oficinas, llenan cumplidamente su
deber; y pocos se han percibido de que la confianza pública de que
están investidos exige de ellos, no sólo el empleo de la mayor
parte de su tiempo, sino también el de sus luces y hasta el de su
influencia personal en servicio de la comunidad.
A fin de imprimir mayor vigor y actividad en el servicio
público, ha sido presentado y cursa en la Asamblea un proyecto de
ley adicional a lo orgánica del régimen político, que seguramente
tendréis el honor de aprobar.
He concluido, señor, las breves pero francas apreciaciones que
me había prometido haceros en esta ocasión; y sólo me resta,
después de aseguraros la deferencia con que serán oídas por la
Asamblea las indicaciones que tengáis a bien hacerle, expresar la
complacencia de que me siento poseído 31 instalar en la silla
presidencial a un ciudadano que, hallándose por sus servicios y
aptitudes al nivel de los hombres más distinguidos de Santander,
los excede a todos modestia".
Entre los actos legislativos de la Asamblea de aquel año, merece
especial mención el que destinó fondos, para reorganizar los
antiguos colegios de Pamplona y Vélez, de Manera de ponerlos al
nivel de los mejores establecimientos de su clase en la capital de
la República, dotando a cada uno de ellos con un gabinete de
física, y con los instrumentos necesarios para que el estudio de
las matemáticas, especialmente el de la astronomía, se hiciese con
el mayor provecho posible.
Habiéndome confiado el Presidente la delicada misión de elegir
en Bogotá el personal de empleados para el Colegio de Vélez, y de
ofrecer los correspondientes nombramientos, tuve la fortuna de
encontrar en los señores doctor Secundino Alvarez M., don Lorenzo
Codazzi y don Luis Lleras tres institutores modelos.
(1)
Un año después de abierto el colegio de varones, las señoras
esposa y madre del señor Codazzi fundaron un colegio de señoritas,
que vino a ser, en todo el tiempo de su funcionamiento, el mejor
ornato de aquella antigua capital de provincia.
Creo no equivocarme al decir que la existencia, desgraciadamente
corta, de esos dos planteles de enseñanza secundaria, formará época
en los anales de la instrucción pública de la ciudad que fundó
Martín Galeano; y que tanto los caballeros mencionados como las
matronas fundadoras del colegio de señoritas, son recordados allí
con respeto y gratitud.
En 1865 fui elegido Senador Plenipotenciario por el Estado de
Santander; y en respuesta al oficio en que se me comunicó el
nombramiento, dirigí al Presidente de la Asamblea Legislativa una
comunicación, que fue publicada en la Gaceta
de Santander,
junto con la nota que se verá al pie, y de la cual copio los pasos
siguientes:
"Por el correo que llegó ayer a esta ciudad recibí
vuestra nota de 26 de Septiembre próximo pasado, en que me
comunicáis la elección hecha en mí para Senador Plenipotenciario
principal por el Estado, según la declaratoria que en sesión de 19
del mismo mes hizo la Asamblea que presidís.
"Muy honroso y satisfactorio me sería representar al
Estado en aquel alto puesto, que, aunque superior a mis limitadas
facultades, no lo es a la buena voluntad ni al decidido interés que
he tenido siempre de prestar mis servicios al Estado, cuandoquiera
que me sean exigidos o que puedan ser oportunos; pero una vez que
esta elección ha sido sindicada de fraudulenta, yo debo rehusarla
en el interés mismo del Estado, y por propia dignidad.
"También debo dar las gracias a los ciudadanos del
Estado que me honraron con sus votos, y muy especialmente a los
dignos y patriotas hijos de este departamento, de quienes he
recibido tan repetidas muestras de confianza, que estimo en alto
grado, y de las que deseo conservarme siempre digno.
"Servíos, ciudadano Presidente, poner en conocimiento
de la Asamblea mi renuncia del puesto de Senador Plenipotenciario
por el Estado, y aceptad las seguridades de mi respeto y
consideración.
"Vélez, Octubre 3 de 1865.
"AQUILEO PARRA
".
"Asamblea Legislativa -
Socorro, 11 de Octubre de 1865
"Se dio cuenta a la Asamblea de la presente nota en
esta fecha, y se acordó mandarla publicar inmediatamente,
difiriendo resolver otra cosa hasta el 18 de los corrientes.
"
El
Secretario, Próspero C. Azuero
".
La Asamblea se negó a admitir mi renuncia, fundándose en que del
examen de los registros electorales no resultaba ni el menor
indicio de fraude.
Al dar ese paso sólo tuve en mira -como la renuncia misma lo
indica- contribuír con mi modesto ejemplo a la moralización del
sufragio; ejemplo que fue seguido algún tiempo después por el
doctor Eusebio Morales, quien, por análogo motivo, renunció en
cierta ocasión un nombramiento de diputado a la Cámara de
Representantes.
Estos actos fueron aplaudidos en Santander, donde, a favor de
una ilustrada y severa sanción, se procuraba establecer y
consolidar las verdaderas prácticas republicanas, hasta cuando vino
el flagelo de la
Regeneración fundamental, que va haciendo
desaparecer hasta la memoria de esas prácticas!
Conforme a lo dispuesto en la Constitución de 1863, el Congreso
debía reunirse el 1°. de Febrero de cada año, y el período
administrativo -que era de dos años- empezaba el 1°. de Abril. De
modo que entre la reunión del Cuerpo legislativo y la posesión del
Presidente electo mediaba un lapso de sesenta días, que, a causa de
la expectativa de reformas que pudiera iniciar la nueva
Administración, era un tiempo casi perdido para las tareas
legislativas.
Este obligado aplazamiento, que ocurría de dos en dos años, se
prolongó de modo extraordinario en 1866, por que el nuevo
Presidente, General Tomás C. de Mosquera, que se hallaba ausente
del país cuando se declaró su elección, no se encargó del mando
hasta fines de mayo del mismo año. Ese período parlamentario de
cerca de cuatro meses, fue, pues, de calma política, apenas
interrumpida momentáneamente por la elección de primer Designado
para ejercer el Poder Ejecutivo. Para este puesto se presentaron
dos candidaturas: la del doctor Manuel Murillo, que cesaba en el
ejercicio de la Presidencia de la Unión, y la del doctor José María
Rojas Garrido, que ocupaba el empleo de Presidente de la Suprema
Corte de Justicia; y se decidió a favor del último por una mayoría
de cuatro votos.
Al triunfo de la candidatura del doctor Rojas, lanzada y
sostenida por la fracción liberal mosquerista del Congreso,
contribuyó un incidente ajeno a la política, y que por ello vale la
pena de ser referido.
Con intervalo de algunos meses, la Asamblea Legislativa del
Estado de Bolívar había concedido dos privilegios que parecían
excluírse: uno a favor del súbdito inglés `V. F. Kelly,
"para la construcción de un camino de carriles de hierro,
que pusiese en comunicación la ciudad de Cartagena con cualquier
punto de la ribera occidental del río Magdalena"; y otro a
favor de indeterminada persona o compañía, para construír un camino
de igual clase al anterior entre la ciudad de Barranquilla y el
puerto de Sabanilla.
Esta última vía de comunicación, más corta que la primera,
practicable a menor costo y llamada a prestar igual servicio en lo
relativo al comercio de importación y exportación, no sólo del
litoral atlántico sino también del interior de Colombia, pareció
destinada a competir ventajosamente con la primera, y aun quizá a
frustrar su ejecución: motivo por el cual un respetable ciudadano,
vecino de Cartagena, solicitó de la Suprema Corte Federal la
suspensión de la ley que concedió el segundo de dichos privilegios.
La Corte accedió a lo solicitado fundándose en que, por este último
acto legislativo, se vulneraban derechos adquiridos en virtud del
primero; y las Diputaciones de Bolívar -partidarias como eran casi
en su totalidad del ferrocarril de Cartagena- acogieron con
entusiasmo la candidatura del Presidente de la Corte, doctor Rojas
Garrido, y se interesaron a tal punto en el triunfo de ella, que,
hallándose enfermo uno de sus más distinguidos miembros, el doctor
Benjamín Noguera, se hizo trasladar en silla de manos al salón del
Congreso para darle su voto firmado al doctor Rojas Garrido.
El Senado, por su parte, de acuerdo con el dictamen de la
Suprema Corte, declaró nula la citada ley, por dieciséis votos
contra siete, nominalmente emitidos. Entre estos últimos se contó
el mío; y tanto por haber sido ese el único asunto que se discutió
con calor en el Senado antes de la posesión del nuevo Presidente,
como porque mi voto discrepó el fallo de la Corte y del concepto de
la mayoría del Senado, y también para dar más clara idea del fondo
de la cuestión, insertaré aquí, tomándolo del acta respectiva
(Diario Oficial número 602) el extracto del discurso que, en
apoyo de la opinión de la minoría, pronuncié ante el Senado en la
sesión del 28 de marzo, y que es como sigue:
.. "Replicando al ciudadano Ruiz, el
ciudadano, Parra manifestó:
"Que una vez que se hacía el cargo a la minoría de, que
rehusaba tratar la cuestión en otro terreno que 110 fuera el de
averiguar si se estaba o no en el caso de que el Senado hiciera uso
de la atribución constitucional de anular los actos legislativos de
los Estados, y sin embargo de que él consideraba que este es
ciertamente el aspecto más importante de la cuestión; por complacer
al ciudadano Ruiz iba a decir algo en demostración de que los dos
privilegios en cuestión no se oponen el uno al otro, y que con el
segundo no se violan los derechos concedidos por el primero. A este
efecto sentó como base de su razonamiento el principio de que, para
averiguar el verdadero sentido del privilegio concedido al señor
Kelly, esto es, la mayor o menor latitud que pueda darse a sus
disposiciones, debía considerarse éste en todo su conjunto y no
tomarse aisladamente ninguna de sus disposiciones: considerar en
globo el objeto que se propuso la Asamblea de Bolívar al expedirlo;
definir este objeto lo más claramante posible, y deducir si
efectivamente dicho privilegio abrazaba la línea designada para el
segundo privilegio. Que, en su concepto, la Asamblea de Bolívar, al
expedir el primer privilegio, sólo tuvo en mira el establecer una
línea de carriles de hierro que, empezando en la ciudad de
Cartagena,
terminara en cualquier punto de la ribera
occidental del Magdalena que se halle dentro del territorio del
Estado: que esto es lo que dice claramante el artículo 1°. del
privilegio; y que esto era todo lo que se podía pretender, porque
esto sólo llenaba el objeto principal de la empresa, cual es el de
abrir una vía de comunicación que haga de Cartagena el puerto más
importante de la República, brindando mayores facilidades que
cualquiera otro para el comercio de importación y exportación, no
del Estado de Bolívar mismo, sino de todo el interior del país. Que
a la disposición contenida en el artículo 3°. del privilegio, por
la cual se autoriza al señor Kelly para trazar líneas distintas en
todo el Estado, que estén en comunicación con la
línea
principal, no podía dársele otra interpretación recta y
genuina, que la de la facultad de establecer
ramificaciones,
líneas accesorias y dependientes de la principal, que tuvieran
por objeto buscar los diferentes centros de producción agrícola y
de consumo de efectos extranjeros; pero siempre con el propósito
claro e incuestionable de que el tráfico que se hiciera por esas
líneas accesorias, tuviera por centro la línea principal del
ferrocarril, y consiguientemente la ciudad de Cartagena. Que, en su
concepto, esto, y nada más, es lo que se ha pretendido con el
privilegio de Kelly; pues considera moral y económicamente
imposible, por ser un contrasentido manifiesto, el que la Asamblea
de Bolívar, habida consideración al estado de nuestra industria, se
hubiera imaginado siquiera que el camino de carriles de hierro que
debía partir de la ciudad de Cartagena, puerto de mar en el
Atlántico, hubiera de terminar en Sabanilla, puerto de mar también
en el Atlántico. Que el ferrocarril de Barranquilla a Sabanilla
debe considerarse como una línea principal que, lejos de poder ser
continuación de la otra, la excluye, o por lo menos, la reemplaza
en su mayor parte; viniendo a ser
tan principal como la otra
pues cumple el mismo objeto que ella, cual es el de transportar
mercancías de uno de nuestros puertos principales en el Atlántico a
un punto del río Magdalena en que puedan ser trasbordados a los
buques de vapor, y viceversa. De todo lo cual dedujo en la ley de
privilegio en favor del señor Kelly, no privaba al Estado del
derecho de conceder privilegio para construír otra línea de
carriles de hierro distinta de la anterior, y tan
principal
como ella, para poner en comunicación la ciudad de Barranquilla con
el puerto de Sabanilla.
"Pero que, en gracia de discusión, concedía que fuera
ciertamente incompatible el segundo privilegio con el primero; Y
que iba a averiguar si correspondía al Senado, usando de una
atribución constitucional, hacer cesar semejante conflicto,
anulando uno de los actos legislativos que lo produjo; o si, por el
contrario, era una atribución
exclusiva del Poder Judicial
del Estado decidir de la validez o nulidad del contrato a que dio
lugar la segunda ley de privilegio, aplicando la legislación civil
del Estado en la parte correspondiente.
"Que para esto era preciso empezar por definir lo que
es una ley de privilegio; y la definió diciendo que no era otra
cosa que la iniciación de un contrato y su ratificación anticipada,
para el caso en que hubiera quien lo aceptara; y que, a diferencia
de las demás leyes, ésta no causa derecho ni produce obligaciones
para nadie más que para el que
voluntariamente quiera
aceptarlas; no pudiendo, por tanto, considerarse jamás como un acto
por el cual puedan ser violadas las garantías individuales de la
manera prevista por la Constitución. Que no siendo más que un
contrato entre el Gobierno y un particular, puede ser nulo por
cualquier motivo, y en el caso presente pudiera serlo, por ejemplo,
porque se enajenaba una cosa de que no se tenía legalmente derecho
de disponer; pero que la validez o nulidad de este contrato
correspondía decretarla al Tribunal del Estado; sin que importe
nada el que el Gobierno sea una de las partes contratantes, pues en
la condición de tal no tenía más derechos ni privilegios que
cualquier individuo particular.
"Agregó que la Constitución y las leyes no debían
interpretarse de manera que condujeran a un contrasentido; y que en
el caso presente era lo que iba a suceder, pues por sostener la
garantía de la propiedad, que no estaba violada de una manera
inapelable dentro del Estado mismo, se vulneraba otra garantía no
menos preciosa, cual es la que tiene todo individuo (y en este caso
el Gobierno del Estado también la tiene como parte contratante) de
no ser sentenciado sin ser oído y vencido en juicio. Que el Senado,
aprobando la proposición que se discutía, no hacía otra cosa que
dictar un sentencia definitiva, y arrebatar a alguna de las partes
los medios de defensa que le dan las leyes.
"Terminó manifestando que esa tendencia de parte de los
poderes federales a usurpar los derechos de los Estados, era la que
había inspirado la malhadada ley de elecciones de 1859, que, a su
turno, había producido la sangrienta reacción que, puede decirse,
apenas acaba de pasar".
Con fecha 18 de Abril solicitó del Senado de Plenipotenciarios
el encargado del Poder Ejecutivo la aprobación de los siguientes
ascensos militares: el de General efectivo al Coronel Andrés Cerón,
y los de Coroneles a los Tenientes Coroneles Marcelino Gutiérrez A.
y Lino Ruiz.
El estado de completa paz en que se hallaba la República, y la
circunstancia de estar ocupando un puesto en la Suprema Corte
Federal, como Magistrados en propiedad, los doctores Gutiérrez A. y
Cerón, fueron consideraciones que obraron poderosamente en mi ánimo
para decidirme a votar contra tales ascensos. Mas, teniendo en
cuenta que entre los favorecidos se hallaba un amigo mío, el doctor
Marcelino Gutiérrez A., pensé por el momento abstenerme de votar, y
me salí del salón. Por primera vez iba yo a rehuír la
responsabilidad de un voto, o sea a prevaricar a medias, según la
rigurosa expresión del doctor Ezequiel Rojas; y esta consideración
me hizo vacilar en la puerta del salón, a tiempo que el General
Santos Acosta, al pasar cerca de mí, me preguntó si no entraba a
votar. Esta indirecta excitación puso término a la perplejidad en
que me hallaba, y volví a ocupar mi asiento. Era el momento en que
el Secretario del Senado, señor Aureliano González, repartía las
balotas para la votación; y yo, siguiendo una mala costumbre, le
dejé conocer mi voto sacando únicamente la bola negra.
Interesado, como parecía estarlo, el Secretario en que los
ascensos fuesen unánimemente aprobados, se hizo de la vista gorda y
no recogió mi voto con lo cual logró, por el momento, el resultado
que deseaba. Esto era indiferente para mí; pero, deseando que no
pasase inadvertida del Senado la omisión del Secretario, me dirigí
a él en voz alta, mostrando en público mi balota negra, y le
supliqué que se sirviera recogerla, ya que de nada podía servirme.
Al oír esto el General Acosta, que presidía la sesión, me excitó a
que reclamara, y como yo me hubiese denegado a ello, resolvió de
oficio, conforme al reglamento, que se repitiera la votación por
haberse dejado de recibir el voto de un Senador que se hallaba
presente.
Quién habría de pensarlo! Muchos de los votos blancos
anteriormente emitidos se cambiaron en negros, y el resultado de
este nuevo escrutinio fue la desaprobación de los ascensos. La
sesión se levantó un momento después, porque varios Senadores
abandonaron su asiento. En la del siguiente día se volvieron a
considerar los malaventurados ascensos, y fueron aprobados por uno
o dos votos de mayoría. En el interés de que no quedase pública
constancia de lo ocurrido en la sesión precedente, dejó de
publicarse el acta de ella, cosa que ahora sólo he venido a
notar.
Por lo demás, ese voto negro me costó, como era natural que
sucediese, la pérdida de la amistad del doctor Marcelino Gutiérrez;
y sin que hasta hoy pueda yo decir que este distinguido servidor de
la causa liberal se hubiese tornado enemigo mío, quiero aprovechar
el recuerdo de aquel incidente, tanto más desagradable para mí
cuanto, según toda probabilidad, los ascensos fueron propuestos al
Senado sin previo conocimiento de los agraciados: quiero
aprovechar, digo, esta ocasión, para manifestar que las antipatías
y odiosidades de que en el curso de mi vida he sido y soy objeto,
han provenido -sin excepción que ahora recuerde- ya de simples
diferencias políticas, o de una rigidez quizá excesiva en el modo
de desempeñar funciones públicas.
El día primero de mayo fui elegido Presidente del Senado en
competencia con el ilustrado, discreto y simpático orador doctor
Manuel de Jesús Quijano, mediante un segundo escrutinio en que fui
favorecido con los votos de los Senadores de Antioquia señores
doctor Manuel María Mallarino, General Joaquín Posada Gutiérrez y
N. Alvarez.
Como ya se tenía en perspectiva la posesión del nuevo Presidente
de la República para dentro de pocos días, esa elección fue materia
de divergencias entre la mayoría liberal mosquerista del Senado, y
a esa circunstancia debí en parte el triunfo de mi candidatura.
El General Mosquera había manifestado públicamente desde Londres
el propósito de venir a ocupar su puesto de Senador por el Estado
del Cauca, antes de posesionarse de la presidencia de la República;
pretensión verdaderamente insólita, que pugnaba abiertamente con la
índole de las instituciones políticas de aquella época, y contra la
cual obraba, además, la circunstancia de que, no habiéndose
sancionado hasta entonces la ley sobre posesión de empleados, podía
considerarse como virtualmente investido de sus funciones oficiales
el Presidente electo desde el día en que pisase el suelo de la
capital, después de haber principiado su período administrativo.
Comprendiéndolo así, y deseando evitar un conflicto, supliqué al
Senador Largacha, a tiempo de irse para Facatativá a encontrar al
General Mosquera, que le significase el embarazo en que, por las
razones antes dichas, me encontraría, como Presidente del Senado,
para recibirle la promesa reglamentaria.
(1)
No tuve para qué averiguar si el doctor Largacha había cumplido
o no el referido encargo, porque una hora o dos después de haber
llegado el General Mosquera a Bogotá, me comunicó por conducto de
un oficial de órdenes que al día siguiente tomaría posesión de la
presidencia. Y en efecto, a las doce del citado día (20 de Mayo),
ante una numerosa concurrencia reunida en la Catedral, prestó el
General Mosquera la promesa de estilo. En seguida le dirigí la
palabra en estos términos:
"Señor Presidente:
Este es la cuarta vez que venís a prestar ante el Cuerpo
Soberano de la Nación, la promesa de cumplir los deberes que ella
impone a su primer mandatario en la Constitución y la ley.
Tan alta distinción sólo vos la habéis obtenido; y sea que
vuestros servicios al país hayan sido prestados con una oportunidad
y un éxito feliz nada comunes; sea que vuestra despreocupada y
joven inteligencia os haya permitido marchar en la corriente del
progreso sin quedaros atrás; o sea, en fin, que, mimado de la
fortuna, no hayáis experimentado sus cambios y adversidades; es de
todos modos un hecho singular, y que debe complaceros, el de que,
al través de una larga carrera pública, vuestro nombre se haya
preservado de ese eclipse total por que han pasado la mayor parte
de nuestros hombres públicos. Muchos de éstos, cargados de
merecimientos y llenos de aptitudes y de voluntad para el bien, no
pudiendo resistir la prueba de nuestros cambios y revoluciones, han
quedado relegados a un completo olvido, del que sólo volverán a
salir el día en que la imparcial historia vaya a desenterrar sus
nombres, confundidos entre el polvo de las generaciones!.
Pero vos, señor, habéis formado una rara excepción; y lo que ha
sido esta última vez, vuestra elección se ha hecho con una
popularidad tan incontestable como espléndida. Mi deber es, por
tanto, felicitaros, felicitando también a la Nación; Y lo hago
sinceramente, porque el voto casi unánime de los Estados que forman
la nación colombiana, me está significando que vos sois el llamado
por la Providencia a regir los destinos del país en esta
ocasión.
Sed, pues, bienvenido! y que esta popularidad, así como es el
primer título que tenéis a la confianza y al respeto de vuestros
conciudadanos, sea también el vínculo que más extrechamente os
ligue al deber de servir a la Nación de la única manera como ella
quiere y debe ser servida: obedeciendo sus mandatos y ejecutando
lealmente su voluntad.
El Código fundamental de la Unión, del que vais a ser el primer
guardián, representa, como bien sabéis, la labor de muchos años, y
es el fruto de una larga y costosísima experiencia para la Nación.
De reforma en reforma, y de revolución en revolución, ella ha
llegado por fin a adquirir el convencimiento de que los trastornos
y agitaciones de que ha sido víctima desde su nacimiento hasta hoy,
han tenido origen en la conducta aviesa, parcial y banderiza de los
encargados del poder. La República sabe ya muy bien que el espíritu
revolucionario no encuentra alimento en la índole eminentemente
moral y pacífica de las poblaciones, sino en esa política falaz,
calificada de
hábil por el espíritu de partido, y que
consiste en interpretar la Constitución o la ley en sentido de dar
ensanche a las facultades del Poder Ejecutivo, y en poner la
autoridad pública al servicio de un bando político o de una
ambición personal. De aquí esa tendencia a restringir las
facultades del Poder Ejecutivo, y a ensanchar proporcionalmente,
exagerándolas quizá, las atribuciones del Congreso, y en especial
las del Senado, como que estas corporaciones, en su calidad de
poderes plurales, jamás han inspirado desconfianza a esta Nación,
sobrado celosa de sus libertades.
Pero vos, señor, que fuisteis uno de los más activos
colaboradores en la expedición de ese Código fundamental, y que si
gozáis de gran prestigio en la Nación, lo debéis principalmente a
haberos opuesto de un modo tan eficaz como lo hicisteis a la
reacción que tuvo por objeto ligar los destinos del país a los
intereses o a los destinos de un partido; vos sois el que menos
puede incurrir en tan funesto error, sobre todo si calculáis, por
el aplauso recibido, el enojo y la indignación que despertaríais si
cayeseis en inconsecuencia!...
Además, y es muy justo reconocerlo, el jefe de la ilustrada
administración que empezó en 1845 y terminó en 1849, no es el que
pude inspirar temores de parcialidad y de falta de acierto en la
dirección de los negocios públicos.
Aun a juicio de los contemporáneos, aquella administración fue
fecunda en bienes para el país, y pasará a la historia como un
período de respeto paré la industria y de tregua para el odio
encarnizado de los partidos. ¿Y sabéis señor, por qué esa
administración está reputada como una de las unas ilustradas y
liberales que ha tenido la Nación y por qué ha venido a reflejar
mayor brillo sobre vuestro nombre?
Voy a deciroslo:
No fue la libertad de cierta industria monopolizada por el
fisco: no el impulso eficaz y poderoso que recibieron las mejoras
materiales en todo el país: no el perfeccionamiento de los sistemas
monetarios y de contabilidad para la hacienda pública; no, no fue
nada de esto, ni, todo eso junto; fue algo más trascendental y
singular: fue el hecho de haber iniciado, como iniciasteis, una
política verdaderamente nacional. Entonces comprendisteis que el
Presidente de la República no es, ni debe ser, el jefe de un bando
político cualquiera, sino el Jefe de la Nación: no el representante
de los intereses transitorios y a las veces egoístas de un partido,
sino de los intereses grandes y permanentes de la sociedad. ¡Que el
período administrativo de 1845 a 1849, sea pues el faro que os guíe
en la nueva senda que vais a seguir!
La situación actual de la República es bien consoladora. Las
nuevas instituciones, planteadas ya en todos los Estados, van
recibiendo la aceptación, aun de sus más porfiados adversarios; la
paz es una realidad; y los partidos en que se halla dividida la
Nación, merced al trascurso del tiempo y a la política ilustrada de
la última administración, han depuesto en parte la saña y el rencor
que los agitaba hace dos años. La industria en general, y sobre
todo la agrícola, que es en este país la base de todas las
industrias, recibe incremento diario: las vías de comunicación se
mejoran o se aumentan; la inmigración toca por fin a nuestras
puertas, Y los medios de adquirir crecen y se multiplican, cesando
en proporción la empleomanía, que tanto ha contribuído a fomentar
la ojeriza y la envidia de los partidos. La guerra, que es el
fantasma aterrador de todas las clases de la sociedad, parece haber
concluído definitivamente, pues su última aparición de Octubre la
dejó ver raquítica e impotente no habiéndose manifestado ya como el
supremo esfuerzo de todo un partido, sino como el fruto de la
demencia de unos pocos desgraciados; mientras que, por el
contrario, la paz ha venido a ser el pensamiento dominante de todos
los espíritus, y la aspiración común de los corazones
colombianos.
La situación no puede ser, pues, más lisonjera ni prometedora en
el sentido de la paz y del progreso; y si tenemos en cuenta, aparte
de la alta moralidad de nuestro pueblo, que las ruedas de esta
grande pero sencilla máquina que se llama el gobierno federal,
habrán de seguir girando cada una dentro de la órbita que les ha
fijado la Constitución, sin embarazarse ni ofenderse las unas a las
otras, podemos asegurar que la era de las revoluciones está
definitivamente cerrada en esta tierra, o que la lógica no tiene
aplicación entre nosotros y que la sociedad está enferma de
incurable y periódica locura.
Así, pues, si por la parte que os corresponde, prometéis
cooperar y cooperáis en efecto, como nadie debe dudarlo, a la
conservación de la paz, ella será de hoy más un hecho irrevocable
que, haciendo la dicha de esta Nación, os franqueará el último
escalón de la gloria!
Antes de concluír debo suplicaros que disimuléis mi franqueza.
En una ocasión, no tan solemne como la presente, pero sí análoga y
no menos grata para mí, hube de expresar, a propósito de la
rectitud e imparcialidad de los gobernantes, conceptos idénticos a
los que acabo de emitir. Entonces me dirigía al Presidente de
Santander; ahora al de los Estados Unidos de Colombia; pero en
ambos casos mis ideas han sido unas, como una ha sido también mi
franqueza para manifestarlas; porque la franqueza es en estas
ocasiones el primer deber del ciudadano.
En resumen, señor Presidente, no olvidéis que se os ha elegido
para que, obedeciendo, vos el primero, la Constitución y la ley,
las hagáis cumplir y obedecer: esto es lo que acabáis de prometer
ante el Congreso; y la Nación espera de vuestro honor que lo
cumpliréis.
He concluido".
Habiéndose sometido, pocos días después, a la sanción ejecutiva
un proyecto de ley "que ordenaba la devolución de las
dotes a las monjas exclaustradas", el Presidente lo
devolvió con las observaciones que aparecen en el Mensaje de 28 de
Mayo, publicado en el número 651 del
Diario Oficial. La
Cámara de Representantes, en sesión de esa misma fecha, declaró
infundadas dichas objeciones, y el Senado debía considerarlas el 30
del mismo mes.
La sesión de este día se anunció borrascosa desde la víspera.
Numerosos grupos de artesanos recorrieron por la noche las calles
de la ciudad a los gritos de ¡Viva el gran General! ¡Abajo los
radicales! Cuando se abrió la sesión, la barra estaba íntegramente
ocupada por individuos pertenecientes a los gremios obreros, que
desde temprano se habían instalado en aquella estrecha localidad.
Al tomarse en consideración las objeciones, el Secretario de lo
Interior y Relaciones Exteriores, doctor José María Rojas Garrido,
hizo uso de la palabra para sostenerlas; y como en el curso de su
vehemente peroración hubiese dejado escapar frases alusivas a la
actitud de la barra, con la intención sin duda de hacer notar que
las opiniones del Gobierno tenían en ella valiosísimo apoyo, el
Presidente del Senado, levantando la voz hasta dominar los
estrepitosos aplausos de la multitud allí reunida, interrumpió en
su discurso al orador con un llamamiento al orden. Las referidas
manifestaciones asumieron entonces carácter amenazante, y en vista
de ello, dos distinguidos Senadores, los Generales Santos Acosta y
Rafael Mendoza, solicitaron a una voz del Presidente que pidiera el
auxilio de la fuerza pública. El momento era verdaderamente
crítico. El local del Senado (antigua sala
De profundis del
convento de Santo Domingo) sólo tenía una puerta de salida, que
estaba ocupada por la compacta multitud; de manera que el portador
de la comunicación en que se hubiese pedido el auxilio de la
fuerza, habría tenido que abrirse paso a través de esa barrera
impenetrable, con lo cual podía haberse provocado un conflicto. En
consideración a esto, el Presidente declaró que no apelaría al
recurso de la fuerza, por estar persuadido de que la barra no iría
en sus manifestaciones de adhesión a la política del Presidente de
la República hasta el criminal extremo de violar el santuario de
las leyes.
"Veo en la barra -añadió el Presidente- una multitud de
ciudadanos exaltados por la pasión política, pero no una horda de
salvajes".
A esta manifestación del Presidente la barra se calmó; y
habiéndosele devuelto al Secretario el uso de la palabra, continuó
éste su discurso sin haber podido reanudar el hilo de su anterior
peroración (cosa rara en tan experimentado lidiador); por lo cual
dio distinto giro a sus ideas, y terminó de modo imprevisto la
segunda parte del discurso.
Las objeciones se declararon fundadas, como era de esperarse de
la composición del Senado, en el que había una mayoría gobiernista.
El escándalo consistente en haber llevado a la barra una multitud
sediciosa, no pudo tener otro objeto que el de hacer ostentación de
una popularidad poco envidiable e ir preparando el terreno para el
golpe de Estado de que hablaré después. Yo pedí enseguida la
palabra, y después de deplorar amargamente el resultado de la
votación, propuse la clausura inmediata de las sesiones del
Congreso. (Acta de la mencionada sesión).
Al siguiente día apareció fijado en la esquina de la casa de la
antigua imprenta de
El Neogranadino un anónimo impreso, que
entre otros insultos contenía éste: "Aquileo Parra y
Felipillo Zapatita son unos pillos de playa y
anzuelo".
El tal
Felipillo, que es un lince, y que leía juntamente
conmigo el referido anónimo, creyó descubrir en la construcción de
alguna frase de pluma del doctor Rojas Garrido. Bien pudo aquel
amigo equivocarse en este ,juicio, pero yo sí creo estar en lo
cierto al pensar que el doctor Rojas no me perdonó nunca los
inesperados campanillazos, que le obligaron a suspender su discurso
cuando empezaba a producir en la barra el mayor efecto.
Aquel mismo día me encontré en el atrio de La Catedral con un
personaje político muy joven por la edad, pero viejo por la
ciencia, por la madurez de juicio y por el respeto que sabía
inspirar; joven con cuya prematura muerte perdió Colombia una de
sus más bellas esperanzas: el doctor Tomás Cuenca. Al tenderme la
mano, me dijo sonriendo:
- ¡Cómo se conoce que usted no se hurtó ni el sorbo de las
vinajeras!.
- ¿Por qué así, doctor?
- Porque ahora se lo habrían sacado a usted a la cara.
Efectivamente, según supe luego, el Representante por Santander,
señor Camilo Vanegas, único de aquella Diputación que formaba en
las filas mosqueristas, y que era mi convecino en la ciudad de
Vélez, había sido puesto en confesión para averiguarle, no sus
propios pecados, sino los míos. Aunque este simpático joven hubiera
sabido algo malo de mí, no lo habría dicho, porque me profesaba
especial cariño, y porque era un caballero.
El Senado, por su parte, dio voto de aprobación a mi
comportamiento en la sesión del 30, reeligiéndome su Presidente
para el período inmediato.
El proyecto de ley que he hablado había pasado en el Senado por
considerable mayoría de votos, según mis propios recuerdos, pues
las votaciones se hicieron en forma ordinaria. El Mensaje con que
el Poder Ejecutivo lo devolvió a las Cámaras no contenía, porque no
podía contener, razón alguna de peso contra tan justa disposición;
de manera que el acto de declarar fundadas las objeciones no sólo
significaba un cambio de opinión de parte de algunos senadores en
lo relativo a determinado proyecto, sino que ponía de manifiesto la
existencia de una mayoría decididamente gobiernista. Esto debió de
desalentar, y desalentó por un momento a la minoría, según pudo
observarse en al sesión del 7 de junio, en que fue presentado el
proyecto de ley por la cual se aprobaba el contrato de empréstito
de 7 1/2 millones de pesos, celebrado sin autorización del Poder
Ejecutivo por el Ministro de la República en Londres, General Tomás
C. de Mosquera, con la casa de Robinson y Fleming, de aquella
ciudad. Al abrirse el primer debate de este proyecto, el Senador
Posada Gutiérrez propuso: "Pídase a la Secretaría de
Relaciones Exteriores la autorización e instrucciones que el Poder
Ejecutivo tuviese nuestro Ministro en Inglaterra para contratar el
empréstito de £ 1.500,000, de cuya aprobación se ocupa el
Senado". Nada más correcto en el fondo y en la forma, nada
más congruente con el espíritu de la Constitución y. de la ley que
esta proposición del Senador Posada; y sin embargo, no tuvo más
voto que el de su autor.... Yo presidía la sesión; Y al notar la
especie de azoramiento que experimentó el respetable Senador cuando
vio que nadie la acompañaba en la votación, pedí en alta voz al
Secretario que se sirviera hacer constar mi voto afirmativo a la
proposición que acababa de negarse.
Pocos momentos después, con un motivo cualquiera, tomó la
palabra el Senador Posada y empezó su discurso en estos
términos:
"Siento que el señor Presidente me haya privado del
honor de ser yo el único que hubiera votado esa
proposición..."
Como manifestación de desahogo y de severa reconvención, por una
parte, al mismo tiempo que como expresión de agradecimiento, por
otra, nada conozco más delicado ni elocuente que las anteriores
palabras.
Diré ahora, para concluír, que quien se prometa encontrar en el
acta de la sesión del 30 de mayo rastro alguno, o la más ligera
huella de lo que con carácter de extraordinario ocurrió aquel día,
se llevará un chasco; pues parece como si el Secretario hubiese
tenido especial cuidado de omitir la relación de esos incidentes;
de manera que si no vivieran varios ciudadanos que como miembros
del Senado concurrieron a esa sesión, me habría visto yo en grande
embarazo para referir los hechos que dejo apuntados.
Esto en cuanto a pormenores de lo ocurrido en la sesión, que
respecto del tumulto en la barra y el objeto de él, la indicada
omisión del Secretario del Senado fue completamente suplida por el
Fiscal de la Cámara de Representantes, en el pasaje siguiente de su
acusación contra el Presidente Mosquera ante el Senado de 1867:
"Las Cámaras, a solicitud del Ilustrísimo señor
Arzobispo de Bogotá, habían adoptado, casi sin discusión, y con el
voto de algunos diputados ministeriales, un proyecto de ley
devolviendo sus dotes a las monjas exclaustradas. La opinión
pública, lejos de preocuparse por la adopción de este proyecto, lo
favoreció indudablemente con su espontánea simpatía. El Presidente
lo objetó, y la Cámara de Representantes declaró infundadas sus
objeciones. Esta resolución de la Cámara lastimó la susceptibilidad
presidencial. Un Representante, dócil a las indicaciones del
Ministerio, propuso el 29 de marzo que se reconsiderarán las
objeciones del
poder Ejecutivo, y la Cámara insistió en su primitiva
determinación. La ira del Presidente llegó a su colmo y salvó el
umbral de palacio. Por la noche, una multitud de individuos,
notables por su audacia, recorrió las calles de la alarmada capital
a los gritos de ¡Muera el Congreso! ¡Viva el Presidente por diez
años! El Presidente oye esos gritos traidores, y exclama con
visible satisfacción: "El pueblo está de buen
humor".
"El Senado debía considerar el 30 de marzo las
objeciones del Poder Ejecutivo al proyecto de ley que había servido
para manifestaciones tan funestas. La turba se dio cita, al
disolverse, para el día siguiente en la barra del Senado.
"Los tumultuarios de la víspera no olvidaron sus
propósitos, y el 30 de marzo tomaron puestos, los primeros, en la
barra del Senado.
"A propuesta del Senador Largacha, futuro Secretario
del Tesoro, se acordó llamar a dos Secretarios de Estado a la
discusión de las objeciones.
"Todos recuerdan ruborizados la historia de esa
sesión.
"Los oradores independientes fueron interrumpidos e
insultados por la barra; y el digno Presidente del Senado intentó
vanamente hacer guardar el orden. El secretario del Interior y
Relaciones Exteriores alentó a los amotinados concediéndoles el
derecho de hacer coacción a la primera y más alta corporación de la
República. El Senado declaró fundada las objeciones del Poder
Ejecutivo... El país no podía engañarse acerca de la significación
de los sucesos del 30 de marzo, que apreció en toda su alarmante
gravedad. El Presidente había escogido un asunto de escasa
importancia para hacer ostentación de fuerza, y mostrar al Cuerpo
legislativo cuán estéril sería su resistencia en las cuestiones
trascendentales que debían ser sometidas a su consideración. Por
eso un honorable Senador propuso la clausura de las
sesiones".
El contrato de empréstito fue, sin duda, el asunto más grave Y
el más calurosamente debatido de cuantos se trataron en el Congreso
de aquel año; pero como yo me separé del Senado, para atender a un
compromiso comercial, cuando apenas se empezaba a discutir ese
importante negocio, dejaré para otro lugar la relación del curso
que él tuvo en las Cámaras.
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