"Señores Diputados"
"El infrascrito, Representante por el Cauca, a quien se
pasó en comisión el proyecto de decreto honrando la vida pública
del General José Hilario López, tiene el honor de devolverlo
proponiendo que lo aprobéis en segundo debate tal como ha sido
presentado.
"Nada más digno de vosotros, que hacer justicia a este
distinguido ciudadano. Pocos, señores, vivimos aún de los testigos
de los hechos gloriosos de nuestros conciudadanos que comenzaron
sus servicios en la primera época de la República, y me honro al
haceros una corta reseña de la carrera pública del General López en
apoyo de las disposiciones que contiene el expresado decreto.
"En el mes de abril de 1812, cuando los realistas
españoles atacaron la ciudad de Popayán, era colegial, y fue uno de
los que con débil mano emuñaron las armas, en defensa de aquel
Establecimiento, cuyo hecho presencié; fueron bastantes los
esfuerzos de la juventud de Popayán para impedir que el enemigo
tomase aquel edificio.
"Abandonada la ciudad de Popayán en el mismo año, en
consecuencia de la pérdida de la División republicana en la acción
de
Piedrapintada en Pasto, el joven López huyó de la ciudad,
y en Puracé lo aprisionó el Comandante Simón Muñoz: pudo escaparse,
y al entrar nuestras fuerzas a Popayán en Octubre del mismo año, en
medio del combate se incorporó a ellas y fue destinado como Cadete
a su batallón: hubo de retirarse la guarnición de Popayán en 1813,
cuando el ejército español invadió al Cauca, a órdenes del
Brigadier Sámano, y alcanzada nuestra fuerza al entrar a la montaña
del Quindío, el joven López fue uno de los que se batieron en
Cerrogordo y Las Cañas, y oí al General Serviez celebrar el
entusiasmo y alegría con que un niño de quince años se batía:
incorporado el ejército del General Nariño en Ibagué, el Cadete
López se batió en la acción del Alto Palacé y en la batalla de
Calibio, librada el 15 de enero de 1814, Y fue ascendido a
Subteniente por su buen comportamiento.
Hizo la campaña de Pasto como tál, en el batallón
Cazadores del Cauca, y se encontró en el combate de
Juanambú, cuyas posiciones no pudieron ser tomadas, hasta que el
Teniente Coronel Enrique Vergo con su cuerpo flaqueó esa tremenda
fortaleza, pasando los ríos Janacatú y Juanambú para atacar por
Matabajos a los españoles: en este batallón iba el Subteniente
López, y en el mismo combatió en Cebollas, Tasines y Pasto, y fue
uno de los oficiales que acompañaron al General Cabal en su
retirada, después de la pérdida de Nariño; batióse el 5 de Julio de
1815 en la batalla de El
Palo, a órdenes del Teniente
Coronel Dufour, que mandaba la caballería; fue uno de los que
persiguieron al enemigo en su derrota, escapándose solamente el
Comandante General Vidaurrázaga con cincuenta hombres, de toda la
fuerza con que nos atacó en El Palo.
"Combatió en la heróica batalla de la
Cuchilla
del Tambo, donde con ochocientos hombres atacaron a dos mil en
sus posiciones y atrincheramientos: el heroísmo no fue bastante
para vencer, y el Subteniente López fue uno de los prisioneros; y
mandados quintar por Sámano los subalternos, tocóle cédula de
muerte: recibióla impasible, y con ella hizo un cigarrillo para
seguir a capilla. Nuestra tía doña María Ignacia Hurtado, casada
con el Teniente Coronel español don José Solís, Gobernador entonces
de Popayán, fue la que logró de Sámano que indultara a su sobrino
de la pena de muerte, como había conseguido que yo no fuese
incluído en el quinto. Permitidme, señores, que al recordar este
día memorable en la vida del General López, en el que se distinguió
por su abnegación, y que celebraba más bien morir que permanecer
esclavo de los españoles, me separé un momento de la narración que
voy haciendo para hacer una memoria honrosa del ilustre General
Cabal. Al salir al patíbulo, en compañía del Coronel Quijano y del
Teniente Coronel Matute, y al pasar por delante del calabozo en que
estaban Caldas, Camilo Torres, Torices, Troyano, Ordóñez,
Gutiérrez, Dávila, Francisco Cabal y otros ilustres próceres de la
Independencia, me alcanzó a ver en la puerta de la prisión y me
dirigió las siguientes palabras, que fueron las últimas de su vida:
Mosquera, usted se salvará por su poca edad: acuérdese de su
General para vengarlo. Ese día terrible fue el 19 de agosto
de 1816.
"Cuarenta y siete años hace que el General López sufría
el martirio por su amor a la libertad: fue conducido preso a
Bogotá, y con otros republicanos condenado a empedrar la plaza de
aquella capital; y las manos que un día debían empuñar el bastón de
Presidente ayudaban a construír el fundamento en que debía
levantarse una estatua a la libertad bajo el emblema de Libertador
de Colombia. Cuando éste venció en Boyacá, el Subteniente López
pudo incorporarse a las fuerzas republicanas, fue destinado como
Teniente del batallón
Boyacá, y marchó a la campaña de
Venezuela, a órdenes del General Soublette; en ella recibió los
ascensos de Capitán y Sargento Mayor, destinado al batallón Vargas,
en el que hizo la campaña de
Carabobo; y si no se encontró
en esta célebre batalla, fue por haber quedado enfermo en San
Carlos. Fue nombrado posteriormente Jefe de Estado Mayor de la
l
a. Brigada de la Guardia, Gobernador político y militar
de Valencia y Comandante militar de los valles de Aragua, en donde
desempeñó, a satisfacción del Libertador y de Páez, sus funciones.
Con ochocientos hombres de las fuerzas de Venezuela fue destinado
al sitio de Puerto Cabello, en donde llenó sus deberes
satisfactoriamente, y con un movimiento estratégico hizo rendir las
fuerzas que ocupaban el mirador de Solano. Cuando fue necesario
levantar el sitio de aquella plaza, el General Páez lo destinó a
acompañar al primer Ministro americano que vino a Colombia, y
cumplida su comisión lo destinó el Poder Ejecutivo de Jefe de
Estado Mayor al Departamento del Cauca.
"A fines de 1823 se encargó del Estado Mayor de la
columna que obraba sobre Pasto, a órdenes del General José María
Córdoba, quien tuvo que retirarse desde cerca de Meneses hasta
Popayán por haber encontrado a Pasto ocupado por los realistas; y
la retirada que ejecutaron Córdoba y López es digna de elogio por
el valor y pericia con que la hicieron, salvando la fuerza que
mandaban, muy inferior a la del enemigo. En 1826 fue nombrado
Comandante General del Cauca y posteriormente de Azuay, ya de
Teniente Coronel con el grado de Coronel, y en 1828 fue elegido
diputado a la Gran Convención de Ocaña, en donde vosotros todos
sabéis que fue uno de los que sostuvieron las ideas federales Y
republicanas de aquella época. En 1829 lo ascendió a Coronel
efectivo el Libertador en Pasto, y en 1830 el Consejo de Gobierno
lo hizo General. Ha sido Secretario de Guerra en las
administraciones Santander y Márquez, senador de la República y
Presidente constitucional en 1849, como vosotros los sabéis, cuya
elección mereció a su regreso de Roma a donde fue de Enviado y
Ministro Plenipotenciario.
"Sus servicios a la causa de libertad en 1854 contra la
revolución militar de Melo, fueron importantes, y ya he dicho en mi
informe a la Convención los merecimientos que ha contraído para con
la Patria. Así es que de este ligero bosquejo que hago de la
carrera pública del General López, conoceréis, que es muy merecido
el que la Convención sancione el proyecto de ley que se me ha
mandado en comisión.
"Rionegro, 9 de Mayo de 1863.
"T.C. DE MOSQUERA
La divergencia de opiniones políticas, y quizá también algún
sentimiento de emulación personal, habían mantenido alejados uno de
otros a estos dos hombres públicos, hasta que la revolución de 1860
vino a unirlos en un mismo interés político, sin que por ello las
relaciones personales ganaran en cordialidad. Testigos presenciales
refieren que, durante la campaña de 1861, se oía decir al General
López, con motivo de ciertos actos de incivilidad del General
Mosquera "que el patriotismo consistía por entonces en
aguantar". Y así debía ser, puesto que ambos iban
en una misma nave, y que mientras el uno era Supremo Director de la
guerra, el otro figuraba apenas como General en Jefe de uno de los
ejércitos.
Mas ya en Rionegro la situación era asaz distinta, pues tanto el
uno como el otro tenía igual puesto en el Gobierno y en la
Convención.
El primer acto de descortesía del General Mosquera para con su
antiguo rival, fue rechazado por éste con grande altivez. La escena
tuvo lugar en el mismo local de la Convención, al fin de una sesión
nocturna. Ya iban allí de hombre a hombre, y el General Mosquera
fue el primero en reportarse; pero se vengó luego, como Presidente,
absteniéndose de expedirle las credenciales de Enviado
Extraordinario y Ministro Plenipotenciario en Caracas, puesto para
el cual le había elegido la Convención.
De los defectos de la Constitución de Rionegro, sea cual fuere
su número y gravedad, puede decirse lo mismo que los preceptos del
decálogo, que se encierran en dos, a saber: la implícita
descentralización del orden público, y las condiciones impuestas
para la reforma del mismo Código, condiciones o requisitos que
equivalían en la práctica a una verdadera prohibición.
Por lo demás, ese documento honrará siempre al partido que lo
dictó por haberse mostrado en él consecuente con las doctrinas
políticas que había predicado en la oposición. Es un código
francamente republicano liberal; sin cobardes aplazamientos, como
los de los artículos transitorios de la Constitución de
86,
y sin emboscadas siniestras, como la famosa
orden
verbal, vigente, y de cotidiana aplicación en el actual
régimen. Cuenta la historia que el vencido en la batalla de
Filipos, a tiempo de darse la muerte exclamó: "¡Oh virtud!
no eres más que un sueño". Imitando al ilustre romano,
podríamos exclamar hoy los colombianos: Oh
libertad en la
Justicia! no sólo eres para quien aquí os invoca nombre vano,
sino también falsa divisa!
La Convención de Rionegro pasará a la historia como una de las
corporaciones políticas más dignas, independientes y laboriosas que
ha tenido el país. Lo primero, como rasgo característico de aquella
Asamblea, es generalmente conocido; y en cuanto a lo último,
bastará observar que en los cientos cinco días que duró reunida,
tuvo ciento cuarenta y tres sesiones, y que aparte de la
Constitución -obra laboriosísima expidió treinta y dos leyes, casi
todas ellas de interés general. Digno es también de notarse que
acabando de salir de una larga y cruentísima guerra, en la que
tantos ciudadanos sacrificaron la vida en servicio de la
revolución, y en la que muchos de los sobrevivientes ejecutaron
acciones distinguidas de valor, sólo cuatro decretos de pensiones y
recompensas expidió la Convención. Después se dictaron otros por
los siguientes Congresos, pero nunca se llegó a la prodigalidad que
se ha visto en estos últimos tiempos. Ya se ve: el mercantilismo
político, que la
Regeneración ha bautizado con el nombre de
apaciguamiento, bien que conocido y practicado desde tiempo
inmemorial en casos particulares, nunca, hasta el año
de
gracia de
1886, se había visto elevado a la categoría de
sistema político, proclamado sin escrúpulo e 1mPla nado sin rubor a
la faz de la Nación.
Pero adviértase que si he señalado el año de 86, no es porque en
él hubiera tenido origen el
apaciguamiento, sino porque fue
entonces cuando recibió el más vigoroso impulso, so pretexto de la
revolución recién debelada, y con ocasión de haber principiado la
emisión de papel moneda, que tan admirablemente se presta para dar
amplio y sobrepticio desarrollo a esa política de corrupción; pues,
por lo demás, bien sabido es que ella fue iniciada desde 1882, como
puede verse en varias publicaciones de la prensa periódica de aquel
año, y en algunos discursos parlamentarios.
De una y otra de esas importantes manifestaciones de la opinión
tomaré para nuestra parte del editorial de
El Relator
-periódico redactado por el ilustre periodista doctor Felipe Pérez-
número 254, y el brillante discurso pronunciado por el eminente
Senador doctor Francisco Eustaquio Alvarez, que fue reproducido,
primero en el
Diario de Cundinamarca, y luego en
El
Relator, de 1° de Marzo de aquel mismo año, y que está
destinado a ocupar también una página de nuestra historia.
Habla el periódico últimamente citado, refiriéndose al Mensaje
presidencial de 1882:
"Otro de los errores del señor Núñez ha sido el de las
grandes y frecuentes
podas dadas al fisco, para mantener
contentos a los hombres y a los partidos, y para hacerse de
servidores ciegos y apasionados. Ese sistema, que indudablemente se
ha conquistado ya un puesto de escándalo en nuestra historia, como
las prodigalidades de los ambiciosos romanos que aspiraban al
supremo poder lo tiene en la suya, si es bueno para el
personalismo, no lo es para un partido que quiere probar que es
mejor que los otros; y sobre no ser bueno, es incompatible con la
pobreza y con la moralidad de una República que, si algo tenía de
respetable, era su pureza y su escrupulosidad en el manejo de los
caudales públicos. El señor Núñez se ha reído de eso, pues no sólo
se ha salido del presupuesto antes de límites sagrados, sino que ha
sacado a este mismo de su habitual estrechez y cifras
reducidas..........."
Hay en el Mensaje una laguna que no puede menos de ser notada, y
es aquella donde debiera darse de las cuentas. El país necesita
saber a cuánto asciende lo que el señor
Núñez ha gastado de los fondos públicos recaudados y a cuánto lo
que ha girado contra el porvenir, que desde luego no será un grano
de anís. El obstinado silencio que él ha guardado respecto de la
inversión de la suma producida por la venta de la renta del
Ferrocarril de Panamá; respecto del monto, siquiera aproximado, de
las emisiones de documentos de crédito publico interior; respecto
del logogrifo fiscal del níquel; respecto de la cuantía del diluvio
de contratos con que ha inundado el Tesoro; respecto de las
donaciones a los Estados, etc,; ese silencio, decimos, no arguye
nada bueno en favor de la regeneración administrativa fundamental
prometida, ni es parte a justificar el sistema de general
apaciguamiento que tanto preconiza el señor Núñez. Ese sistema
habría sido laudable y fecundo, si se le hubiera basado en la
filosofía de la política republicana, y no, solamente, en llenar
los bolsillos de sus adictos. ¿O es que a ello se vió obligado el
señor Núñez por "los
deberes confidenciales qué le
impuso virtualmente
la naturaleza de su elección?"
De él son estéis palabras; y qué graves son esas palabras!
Hé aquí parte del discurso:
Señor Presidente:
No concluiré mi discurso sin decir una palabra sobre un
incidente de este debate.
Cuando el ciudadano Becerra suspendió su discurso, para
descansar un momento, el señor Presidente hizo leer una nota de la
Cámara de Representantes, en la cual se lanza a la faz del Senado
un voto de censura contra mí.
La nota dice:
"Bogotá, 15 de Febrero de 1882
"Señor Secretario del Honorable Senado de
Plenipotenciarios.
"La Cámara de Representantes ha aprobado, en la sesión
de esta fecha, la proposición que en seguida se copia:
"La Cámara de Representantes se ha impuesto con
extrañeza del lenguaje depresivo de la honra nacional, y
particularmente del honor de esta Corporación, empleado ayer en el
Senado de Plenipotenciarios por el ciudadano Senador Alvarez, con
motivo de la discusión que ha tenido lugar sobre una proposición
que aprueba la conducta del ciudadano Presidente de la República,
y, en consecuencia, resuelve: hágase saber a aquel respetable
Cuerpo que tal lenguaje lo considera la Cámara de Representantes,
no solamente contrario al buen sistema parlamentario, que debe ser
respetuoso, moderado y culto, sino que falta a los miramientos de
circunspección y acatamiento con que deben tratarse las dos ramas
del Poder Legislativo.
"Lo que cumplo con el deber de transcribir a usted,
para que se sirva ponerlo en conocimiento de esa honorable
Corporación.
"Soy de usted atento servidor.
"CARLOS COTES"
Al oír ese documento, determiné presentar al Senado, al punto
que sea despachado lo que está pendiente, esta proposición:
"El Senado resuelve: en la publicación que se haga del
voto de aplauso al Presidente de la República dado por el Senado,
se publicará a continuación la nota de la Cámara de Representantes
en la cual se censura la conducta y el lenguaje que el Senador
Alvarez ha usado en el debate del voto de aplauso".
Esto es algo más que una proposición: es una súplica que dirijo
a mis honorables colegas del Senado, aunque ningún derecho me
asiste para ello, a fin de que dicten la disposición que pido.
Voy de una vez a explicarme:
En una de las sesiones del año antepasado se acercó a mí un
Senador, tomó asiento en un sillón inmediato, y me dijo estas
razones: "Doctor Alvarez, deseamos proponer los que en
este papel está escrito, y queremos ver si usted lo acepta, o por
lo menos si lo deja pasar sin tomar la palabra en el
debate". Leí el papel: era un artículo para una ley de
créditos adicionales a la vigencia económica corriente, el cual
decía, poco más o menos, así: "Para dar a cada uno de los
Senadores y Representantes actuales
tal suma -además de sus
asignaciones legales- para gastos de
regeneración... (digo,
de representación), cincuenta mil pesos".
Recordé el artículo de la Constitución de la República que leerá
el señor Secretario.
Artículo 86 de la Constitución:
"Los sueldos del Presidente de la Unión, de
los
Senadores y Representantes, del Procurador general de la Nación
y de los Magistrados de la Corte Suprema federal
no podrán
aumentarse ni disminuírse durante el período para el cual hayan
sido electos los que desempeñen dichos destinos en la época en que
se haga el aumento o la disminución".
Semejante partida propuesta, era la
regeneración
administrativa fundamental en su apogeo; era el
apaciguamiento del Congreso por el Congreso mismo. Era el
Congreso nacional convirtiéndose descaradamente en alguno más que
en salteador del Tesoro Público. Porque el bandido que esta noche
vaya a escalar el edificio, romper las cajas de la Tesorería, y
extraer de allí los caudales que existan, ejecuta un hecho menos
inmoral, menos vergonzoso, menos reprobable, menos pernicioso a la
sociedad, que el que se proponía en ese artículo.
Volví a mirar a mi hombre -quien, aunque, como se ve, de un
valor a toda prueba, me pareció un algo turbado y le dije:
"Si usted propone esto, me descargaré con toda la
violencia de mi alma contra semejante pensamiento: llevaré las
cosas al último extremo, cualesquiera que sean las
consecuencias". Retiróse el señor Senador, y pasó como un
mes sin que apareciera tal proposición; pero en todo ese tiempo no
abandoné durante las sesiones, ni por un instante, el recinto del
Senado. Al fin leyó el señor Secretario el artículo del crédito
adicional dicho. Presto y diligente como siempre, pedí la palabra y
me expresé en tales términos, que el proponente, ofendido, me daba
después constantemente en rostro con mis palabras; pero los votos,
como sucede siempre en casos de esta especie, estaban reclutados, y
el artículo se aprobó, con escasa mayoría. Levantóse la sesión, y
yo dije de modo que se me oyera: "No me queda más que
hacer ni desear sino que al siguiente debate de este asunto he de
conducirme de tal modo que los señores Senadores Que voten en favor
de este crédito se han de ver en la necesidad de pegarme. Yo veré a
cuántos podré llevarme por delante; pero ellos han de tener que
pegarme; y yo haré constar en el acta que el crédito pasó, pero que
me pegaron; porque no tengo otro medio de hacer conocer de una
manera suficientemente ruidosa a la Nación, y sobre todo a mis
comitentes, cómo me he conducido yo delante de esta
infamia".
No puedo saber con certeza si mi discurso o estas últimas
palabras hicieron alguna impresión en los aprobadores: presumo que
sí, puesto que deseaban que yo no hablara. El hecho es que
aprovecharon el momento en que una diligencia indeclinable me hizo
salir de la sala por unos minutos, cuando el proyecto no estaba al
orden del día, y propusieron los mismo aprobadores la
reconsideración del crédito y lo negaron. Al entrar yo otra vez, se
me dio la noticia de lo sucedido.
Desde el momento en que se leyó el proyecto de voto de aplauso
al doctor Rafael Núñez por la conducta que ha observado como
Presidente de la República, estuve torturado por la idea de buscar
un medio eficaz de proceder como lo hice en el caso de los gastos
de representación; cuando los cuarenta y un señores de la Cámara de
Representantes han venido, con su voto contra mí, a ofrecerme el
medio: sinceramente lo agradezco.
Ahora que están en el recinto algunos de los cuarenta y un
Representante que me han honrado con su improbación, permitidme,
señor Presidente, dirigirles la palabra.
¡Jóvenes de la Cámara de Representantes! Os habéis creído con
autoridad para censurarme! Pues oíd a este viejo que, no con la
autoridad de sus canas, no con la autoridad de su ejemplo, sino con
la autoridad de la razón, os dirige la palabra. Os habéis atrevido
a censurarme; y sin embargo ¿no os sentís cada uno de vosotros
destituido de toda competencia intelectual y moral para erigiros en
mis jueves? Pero me diréis que sois cuarenta y uno. Y yo os
pregunto: ¿De cuándo acá el error ha adquirido el privilegio de
convertirse en verdad sumándose? ¿Cuándo es que la inmoralidad ha
adquirido el derecho de convertirse en virtud por el número?
Habéis violado las instituciones de la República; y entended que
yo llamo instituciones de la República aquellos principios que
convertidos en reglas desde los primeros días de 1-9 patria por los
fundadores de ésta, han venido conservándose en nuestras
Constituciones, al través de todas nuestras revueltas, y han venido
a ser así el derecho público fundamental de la Nación. Pero ¿qué os
importan a vosotros estos cánones sagrados? Oid.
Artículo 45 de la Constitución:
"Los Senadores y Representantes son irresponsables por
los votos y las opiniones que emitan. Ninguna autoridad puede, en
ningún tiempo, hacerles
cargo alguno por dichos votos y
opiniones,
con ningún motivo ni pretexto".
Habéis cometido un delito definido y castigado en el artículo
126 del Código Penal, al pretender, sin conseguirlo, imponer una
sanción a mi palabra inmune.
Artículo 126 del Código Penal:
"E1 funcionario o empleado público que en calidad de
tal y en cualquier tiempo pretenda hacer responsable a un Senador o
Representante por los discursos que haya pronunciado u opiniones
que haya manifestado en las Cámaras legislativas, sufrirá la pena
de privación del empleo y pagará una multa de veinte a doscientos
pesos, sin perjuicio de mayor pena si incurriere en caso que la
tenga señalada".
Verdad es que vosotros no sabéis, y aquellos de vosotros a
quienes lo enseñé no pudieron comprenderlo, que la sanción tutelar
de la sociedad, para el hombre honrado, no está en un
establecimiento de castigo, sino en el conocimiento de las leyes
eternas e inmutables de la moral, y en las razones fundamentales en
que esas leyes se apoyan para ser obedecidas; razones mil veces más
poderosas, para el que las conoce, que todas las amenazas de la ley
positiva que consagra aquella ley moral. Me diréis, en
consecuencia, que no hay poder en la República que pueda imponeros
esas penas. Pero yo os pregunto una vez más: ¿qué es lo que infama,
la pena, o el delito?...
Os habéis dejado extraviar por tránsfugas a quienes os entregáis
cegados por el interés; y ¿sabéis cómo se juzga en el mundo a los
tránsfugas? Oid la ley de vuestra patria; Oíd la ley de todo el
mundo civilizado, escrita en el Código del honor, que es el Código
Militar.
Artículo 1128 del Código Militar:
"LOS TRANSFUGAS en política son siempre odioso o
despreciables, porque abandonan sus antiguos partidos con
facilidad, y prueban que no tiene convicciones mi fe en causa
alguna".
Os conducen como humilde rebaño -con la ley que el doctor
Ricardo de la Parra llamó del
carnerismo humano- hombres de
quienes puede decirse con justicia lo que se dijo de Mirabeau: que
tiene más viruelas en el alma que en el rostro...
Como ya os vais avezando a disponer de las sociedades oponiendo
votos estúpidos a la razón, vosotros, venidos en gran parte a
sentaros en las curules de los legisladores contítulos que todos
conocemos, os creéis en capacidad de condenar a un Senador reelecto
por la opinión de un pueblo honrado, que con sólo ser digno supo
hacer respetar su voluntad, haciéndola triunfar de las aviesas
intrigas y de las amenazas de dos Gobiernos. Levantad la balanza de
la justicia; porque es preciso comprendáis que en el orden moral
los votos no se cuentan, sino que se pesan. Colocad en un plato
vuestro cuarenta y un voto, y ahora yo voy a poner del otro lado un
voto, un solo voto, de los mil que he recibido aprobando mi
conducta. Al salir de aquí, vi de repente en la calle descubrirse
con el más profundo respeto, delante de mí, una cabeza blanca. Era
la venerable cabeza del señor doctor Jorge Vargas. "Lo
felicito", me dijo. -"Cómo, señor
doctor!" le respondí: "¿es cierto que lo que
estoy haciendo yo, no es la obra de un malcriado que está
humillando la República?" -"Usted", me
dijo, "está sirviendo leal y heróicamente a esta patria
feliz; y yo no tengo otro medio de expresarle mi gratitud que con
mi felicitación y mi abrazo".
Sois, señores Representantes, cuarenta y uno; multiplicaos por
cuarenta y uno; poned ese producto más en vuestro plato, y decid,
si os atrevéis, si podrías así levantar la balanza del lado de ese
voto respetable.
Censuráis mi lenguaje, y yo voy a decir a la sociedad cuál es el
lenguaje que aplaudís, y prohijáis porque es lenguaje de vuestras
almas.
En el año de 1879 se presentó a la Asamblea legislativa de
Cundinamarca un proyecto, que fue ley, para remover todo el Poder
Judicial del Estado y entregarlo a la compañía de Raimundo Russi,
perfeccionada y aumentada; lo cual no consiguieron del todo por mis
esfuerzos. Yo luché, como era de mi deber, contra tal atentado; y
advierto que ya hacía cuatro años me había yo retirado
definitivamente del foro. Un diputado se dirigió a mí y me dijo
estas palabras: "Doctor Alvarez, yo creo que esto es malo,
que no debe hacerse; pero voto por ellos, porque me
conviene"; y efectivamente tenía un grande e inicuo
interés en eso. Ese es uno de vuestros directores, de vuestros
modelos.
Otro diputado se levantó a replicarme, y pronuncio este preciso
discurso: "Señores, hablemos con franqueza. Lo que hay es
esto: ya los radicales
mamaron; ahora vamos a
mamar
nosotros". Hé ahí vuestro lenguaje! el que prohijáis y
queréis honrar con vuestros votos; pues al que así ha hablado como
miembro de un Cuerpo legislativo, a ese lo habéis elegido vosotros
mismos para que pueda ir a ocupar la segunda magistratura de la
Nación. ¡Qué bien están vuestros votos para censurarme! ¿Pensáis
acaso que en mí pudiera efectuarse tal cataclismo, que descendiera
a desear, pero ni aun a tolerar, vuestra aprobación?
Si yo tuviera necesidad de defenderme de vuestra censura ante la
opinión o ante la historia, no tendría que hacer otra cosa sino
presentarles, para que avaluaran vuestros votos, el criterio mismo
con que los ha avaluado el hombre a quien aduláis. Oid cómo os ha
juzgado, y cómo enseña a juzgaros, con todas justicia, el hombre
que tan mal parados os tiene ante la conciencia honrada de la
sociedad:
"Digan los que militan o han militado en las filas de
los Partidos (dice el doctor Núñez con La Luz número 92);
los
que conocen su historia íntima secreto por secreto, y
los antecedentes de los paladines, amigos o contendores, si no
es verdad que
en muchos casos, en muchísimos, en innumerables
casos al ardor de la lucha tiene como origen secundario la
convicción, y
como foco principal la mira interesada. Que
eliminen de las agitaciones públicas
a los que defienden en ella
la subsistencia propia, y ¿cuántos les quedan?". Ya
veis que el que conoce vuestra historia íntima secreto Por secreto,
y vuestros antecedentes, dice con toda la autoridad de la
experiencia, y del hastío de vuestro incienso, que hay que hacer
una resta espantosa al avaluar vuestros votos; que sois muchos,
muchísimos, innumerables, los que obráis, no por convicción, sino
por mira interesada; los que sólo defendéis la subsistencia propia.
Lo que puede, eso es lo que vale. ¿Pensáis que hay posibilidad
humana de sustraeros de los muchos, o de los muchísimos, o de los
innumerables, del afrentoso sustraendo del doctor Núñez?
Yo he usado y he abusado de la palabra... oidlo bien: ¡he
abusado de la palabra!... pero lo he hecho para desteñir, hasta
donde puedo, la marca de la afrenta que habéis estampado en el
rostro de la patria. Lamentáis el que las instituciones más
venerables de la República, -las que vienen atravesando el tiempo,
siempre de pie, en todas nuestras Constituciones, hayan no sólo
ordenado la tolerancia en este caso, sino que la hayan hecho
inmune. ¿Podéis comprender la razón de esto? Voy a enseñárosla, por
que puedo hacerlo. Cuando nuestros mayores escribían las
instituciones a las cuales encomendaban nuestra suerte, penetraron
con la mirada del alma en las sombras del porvenir; hubieron de ser
asaltados por los temores que inspira la flaqueza humana, y
temblaron por su obra. Como Jesucristo en el huerto de los Olivos,
debieron de sudar sangre: os vieron a vosotros al través del tiempo
y del espacio, y comprendieron que había de llegar un momento,
nefario para la patria, en que un abuso como el mío había de venir
a ser no sólo un derecho sino un gran deber de un buen
ciudadano.
Os ha seducido la inmoralidad triunfante. Creéis que a los pies
de ella habéis encontrado el lugar donde podéis acomodaros para
explotar a mansalva un pueblo desgraciado. Pero, obcecados, no
sabéis que esta sociedad sufre, pero no sufre siempre; inexpertos,
"no conocéis la tierra que pisáis ni las tempestades que
en su cielo se forman".
¿Sabéis por qué abuso de la palabra? Porque yo considero como
una humillación para el hombre honrado el hablar de la inmoralidad
y el delito haciéndoles reverencias. No les reconozco el derecho de
llamarme a urbanidad para abroquelarse con ella y pretender así la
impunidad. Verdad es que hay una urbanidad cobarde y mercenaria,
que hace genuflexiones ante la maldad cuando está triunfante, y se
llama riqueza, se llama poder; pero yo pisoteo esa urbanidad' y
abofeteo sin piedad la corrupción dondequiera que se me presente.
¿Sabéis por qué no tengo esa piedad? Porque a mi vez no la
necesito. Si mi patria me concediera señalar mi puesto entre sus
servidores, yo querría ser la Némesis implacable de los tiempos
antiguos, para barrer del haz del suelo de la patria todo lo que la
deshonra, todo lo que la humilla y envenena su porvenir.
¿Sabéis lo que habéis hecho en los primeros pasos de vuestra
vida? Habéis prostituído el más alto Cuerpo de la Nación,
convirtiendo en turiferario del poder a la Cámara llamada por la
Constitución a fiscalizarlo. Habéis deshonrado el nombre de la
juventud colombiana... Entre la charca de lodo corrompido y
nauseabundo que se orea a los pies del doctor Rafael Núñez, en la
cual se arrastran no ya vuestras rodillas sino vuestras frentes, no
se encuentra el camino que con huellas inmortales dejó trazado la
juventud colombiana cuando ésta se llamaba Luis Vargas Tejada,
Pedro Celestino Azuero, Mariano Ospina, Ezequiel Rojas, José María
Córdoba!
Jueces incompetentes! habéis dado vuesta sentencia. Ahí tenéis
la mía, pronunciada con un derecho que en vano pretenderáis
desconocer. Apelad ahora al fallo de la Nación. Pero advertid que
la Nación no son los empleados; no son los contratistas
fraudulentos; no son los contrabandistas; no son los héroes de
Bucaramanga; no son los señores de este nuevo feudalismo,
apuntalados con las bayonetas de la Nación para asegurarles la
impunidad de sus abusos en cambio de una complicidad estipulada. La
Nación la forman los hombres que trabajan y producen; los que
tienen que perder; los que trabajan y pagan para que vivan los que
están dedicados al oficio de explotadores del poder.
Y vosotros, ciudadanos Senadores, a quienes se pide un voto de
aplauso para un gobernante cuya historia es una mancha para la
República, votad! Pero ved bien el lugar en que vais a colocaros.
Cuando Nerón mandó abrir el vientre de su madre, el Senado le envió
voto de aplauso, y le confirió el título de "Salvador de
la patria"...
Fuera del saludo de cortesía y del trato puramente ocasional, no
mediaron entre el General Mosquera y los diputados del Interior,
durante las sesiones de la Convención, relaciones personales. No
habiéndose cuidado el General de enviar a los convencionales, a su
llegada a Rionegro, una tarjeta de visita, éstos se abstuvieron de
presentarse en casa de aquél, salvo uno que otro antiguo
relacionado suyo.
La víspera de mi partida de Rionegro, salí a la calle con un
objeto cualquiera, y al pasar por frente a la casa del General
Mosquera se presentó éste casualmente en su balcón. No había yo
vuelto a verle desde que se encargó nuevamente de la Presidencia, y
lo primero que noté fue que había cambiado él vestido sencillo que
llevó en tiempo de la Convención (levita negra, pantalón sin
franja, y sombrero de paja del país, adornado con un listón verde,
a semejanza de la que usaba el Mariscal Castilla, según se lo oí
decir al señor Aureliano González): había cambiado, digo, el traje
de hombre civil por el de uniforme militar. Como al corresponder al
respetuoso saludo que le dirigí, hubiese dejado conocer su deseo de
cambiar conmigo algunas palabras, me detuve al punto, y después de
un corto diálogo me despedí anunciándole que volvería luego a
recibir sus órdenes, cosa en que, a la verdad, no había pensarlo
hasta ese momento.
Acompañado del doctor Narciso Cadena me presenté por la noche en
casa del Presidente, a tiempo en que salía de ella el doctor
Ancízar. Cabalmente -me dijo el General, antes de que hubiésemos
tomado asiento,- conversaba ahora mismo con Ancízar sobre la
conveniencia de destinar parte del millón de pesos que la
Convención ha votado para el camino de la Buenaventura, al
mejoramiento de alguna de las vías de Santander al río Magdalena.
Todo indica, añadió, que la guerra de secesión en que se halla
envuelta la Unión americana se prolongará por uno o dos años; y
como el triunfo de los federalistas parece indudable, la libertad
de los esclavos no tardará en venir, y con ella la decadencia del
algodón en aquel país. Santander es un Estado algodonero, y puede
aprovechar tan feliz ocasión para impulsar esa industria.
La ley había aplicado ese millón de pesos "única y
exclusivamente" a la construcción del camino de ruedas de
la Buenaventura, y sólo en el caso de que
hubiese sobrantes
podía el Ejecutivo fomentar con ellos otras obras materiales,
determinadas en la misma ley, entre las cuales ocupaba el primer
lugar el dique de Cartagena. Yo recibí, pués, aquella manifestación
como una galantería del Presidente, y me abstuve de adelantar, por
mi parte, la conversación sobre el particular.
Luego pasó a hablar del nombramiento de Enviado Extraordinario a
Venezuela, que la Convención había hecho en el General José Hilario
López, manifestando que conforme a alguna vieja o rezagada
disposición legal, no estaba el Presidente obligado a dar curso a
esa misión. Y al decir esto se levantó de su asiento para traer a
la vista el Código en que se hallaba, según él, la aludida
disposición. A esto sí me permití observarle que la ley de la
Convención por su reciente fecha, era preferente a cualquiera de
las anteriores. y poco después me despedí.
Sabido era en todo el país, especialmente por los hombres de
negocios, que desde la ocupación de la ciudad de Nueva Orleans por
fuerzas federalistas en 1862, ocupación a que siguió el bloqueo de
todas las costas de la Unión americana, la exportación del algodón
de los Estados Unidos había disminuído considerablemente, y el
precio de este artículo habrá venido subiendo en los mercados de
Europa.
Ocasión era ésta de enviar muestras de algodón a esos mercados,
y yo anhelaba por volver a Vélez a emprender tal negocio. Por ello
desde mi llegada a esa ciudad puse manos a la obra, comprando
algodón en los distritos de Suaita, San Benito, Santa Ana y Güepsa,
y procedí a conseguir y montar una máquina de desmontar, movida por
fuerza animal, y la prensa para el empaque.
El mejor algodón se compraba entonces de $ 3-20 a $ 3 - 60 el
quintal con semilla, que da un limpio de 36 a 38 libras.
En Mánchester se vendía de 16 a 18 peniques la libra, y a fines
de 1864 o principios de 65 se colocó hasta 22 peniques, precio de
que no pude aprovecharme por una injustificable precipitación de
mis consignatarios.
Para andar más aprisa en la operación, prescindí de la difícil
vía del Carare e hice la exportación por la de Honda. Si hubiese
podido comprar en los años de 63 y 64 la cantidad de algodón
suficiente para obtener dos o tres mil pacas en limpio, habría
hecho una ganancia muy considerable; Pero sucedió que a pesar de
haber acopiado una cantidad equivalente al cuarenta por ciento al
menos de la totalidad del producto en esos distritos, sólo alcancé
a exportar algo más de quinientas pacas de a cinco arrobas cada
una. Tan restringida así es nuestra industria en cualquiera de sus
ramos.
Sin embargo, al negocio del algodón debí en 1863 y 64 como había
debido al de la quina en 55 y 56, la reparación de mi escasa
fortuna, perdida en las revoluciones anteriores. El primero de esos
negocios me abrió además el camino para la fundación de una casa
comercial, y me permitió pensar seriamente en la realización de uno
de los más ardientes y constantes deseos de mi vida, el de visitar
a Europa y los Estados Unidos.
Y ya que incidentalmente he venido a hablar de nuestra
agricultura, haré notar con relación a ella dos hechos comparativos
de tiempo y de lugares, hechos para cuya observación no se necesita
haber alcanzado a conocer biznietos.
Por los años de 44 y 45 el precio del algodón en los mercados de
Suaita y San Benito no excedía de cinco a seis reales por arroba;
pero el producto de esta planta en las vegas de La Ropera y del
Suárez ascendía, por término medio, o por fanegada de sembradura, a
60 o 70 arrobas. En estas mismas tierras ese término medio no pasa
en la actualidad de 25 arribas!
Los distritos del Socorro, Guapotá, Chima y Simacota producían
por esa misma época azúcar en tan considerable cantidad, que con
ella se abastecían todas las poblaciones comprendidas entre Cúcuta
y Bogotá; y el precio de este artículo en la plaza del Socorro
oscilaba entre cuatro y seis reales la arroba.
Pues bien, las tierras en que se daba entonces la caña de azúcar
con la exuberancia necesaria para que, vendido el producto a tan
bajo precio, fuera negocio remunerativo el del cultivo de esa
planta, esas tierras han sido convertidas en dehesas de mala
calidad.
No hay para que traer a cuento la diferencia del precio de los
jornales, que no explicaría por sí solo la de los precios de aquel
artículo, y que es factor de orden distinto al de que ahora se
trata.
Si siguen desmejorando, como es muy probable, los terrenos
destinados al cultivo de la extensa zona comprendida entre el
Suárez y el Chicamocha, a vuelta de cincuenta o sesenta años las
partes altas estarán convertidas en eriales, y las bajas no
alcanzarán a producir tal vez los frutos necesarios para alimentar
una población como la actual.
Cuáles sean las causas del rápido empobrecimiento de esas
tierras, no es punto difícil de determinar. El declive del suelo,
la sequedad producida por la tala de los bosques, y la falta de
abonos artificiales que vuelvan a la tierra parte de la fertilidad
consumida en cada una de las cosechas, son seguramente las
principales; y si bien la última de ellas no es irremediable, habrá
de trascurrir mucho tiempo antes de que se conozca y se defunda el
modo de producir y de emplear tales abonos. Sólo queda, pues, por
ahora al menos, a los inteligentes, frugales y laboriosos hijos de
esa comarca un recurso contra la indigencia que la amenaza: el de
abrirse paso franco a las regiones bañadas por el Opón y por el
Carare, al través del enhiesto y fragoso ramal de la cordillera que
los separa de la hoya del Magdalena.