.......................
Por la lectura del anterior documento habrá podido observarse
que donde más profundamente había calado la idea de la soberanía
preconstituída e inmanente de los Estados, era en los del Cauca y
Bolívar; y que Panamá los seguía, aunque a cierta distancia. Más
tarde, en 1876, vino Antioquia a igualar a los dos primeros, y aún
a excederlos quizá, en pretensiones automáticas. Entre los demás
Estados que formaron la Unión Colombiana, parece haber existido
siempre un lazo de solidaridad política más estrecho, lo cual se
explica quizá por razones geográficas; pero lo que es el
sentimiento de unidad nacional y el de mutua fraternidad, no han
sido nunca ni más firmes, ni más intensos en los unos que en los
otros.
Es digno de atención el segundo discurso del Plenipotenciario
del Cauca, no sólo por la cordura que en él reveló su autor, sino
también por el temor que manifestó -infundado en verdad, pero no
por ello menos patriótico- de que en el Estado de Panamá existiesen
tendencias separatistas. Partidario como el que más de la soberanía
de los Estados, no podía sin embargo tolerar alarde alguno en ese
particular de parte de la Diputación de Panamá, y más de una vez se
le oyó decir, con tal motivo, en plena Convención, que
"con trescientos caucanos podía someter el
Istmo".
Tampoco parecían haberle sido muy simpáticas -dicho sea en
reconocimiento del celo que le distinguió por la integridad
nacional- las declaraciones hechas por el Plenipotenciario de
Bolívar, respecto de la absoluta independencia asumida, Según él,
por ese Estado en 1860.
Mas es de advertir que ni el diputado Arosemena, ni los
diputados Baena y Araújo participaban de las opiniones de los
colegas de Panamá y Bolívar, en lo tocante a soberanía inmanente de
los Estados, ni a incompetencia de la Convención para expedir
libremente la nueva carta fundamental de Colombia.
Pasaré a tratar ahora de la última sesión del Congreso de
Plenipotenciarios, tomando únicamente del acta respectiva lo
concerniente al debate, e interpolando en su lugar la relación de
un incidente que el discreto redactor de las actas, doctor Zapata,
tuvo a bien omitir.
......................
"El Plenipotenciario de Antioquia manifestó en
sustancia que el Pacto de Unión tenía respetabilidad, cualquiera
que fuese la manera como se considerase su origen; que a virtud del
Pacto se consumaron muchos actos importantes de la revolución, y se
convocó la Convención nacional y este mismo congreso; que ha
llegado el tiempo de que el artículo 45 se reforme, para que los
representantes del pueblo de los Estados reunidos en Convención
puedan constituír el país definitivamente; que una discordancia
sobre los términos en que había de verificarse la reforma de dicho
artículo podía llevarlos a un rompimiento y a las más serias
calamidades; que presentaba un proyecto de convenio, pero que
advertía estar dispuesto a adherirse a cualquiera otro en que
conviniese el Congreso, aunque fuese distinto del suyo; que se
prometía que los señores Plenipotenciarios se prestarían con la
misma docilidad patriótica a un movimiento que salvase la República
y asegurase la paz.
.....................
"El Plenipotenciario de Santander manifestó que presentaba
el mismo proyecto del señor Plenipotenciario de Cundinamarca.
"El Plenipotenciario del Cauca manifestó que siendo el
punto de partida la transacción hecha el reconocimiento de la
soberanía de los Estados, no podría haber negociación si el
ultimátum de los señores Plenipotenciarios de Boyacá y Tolima era
la opinión formulada en sus proyectos; puesto que por ellos se
atacaba dicha soberanía.
Por lo demás, ese documento honrará siempre al partido que lo
dictó por haberse mostrado en él consecuente con las doctrinas
políticas que había predicado en la oposición. Es un código
francamente republicano liberal; sin cobardes aplazamientos, como
los de los artículos transitorios de la Constitución de
86,
y sin emboscadas siniestras, como la famosa
orden
verbal, vigente, y de cotidiana aplicación en el actual
régimen. Cuenta la historia que el vencido en la batalla de
Filipos, a tiempo de darse la muerte exclamó: "¡Oh virtud!
no eres más que un sueño". Imitando al ilustre romano,
podríamos exclamar hoy los colombianos: Oh
libertad en la
Justicia! no sólo eres para quien aquí os invoca nombre vano,
sino también falsa divisa!
La Convención de Rionegro pasará a la historia como una de las
corporaciones políticas más dignas, independientes y laboriosas que
ha tenido el país. Lo primero, como rasgo característico de aquella
Asamblea, es generalmente conocido; y en cuanto a lo último,
bastará observar que en los cientos cinco días que duró reunida,
tuvo ciento cuarenta y tres sesiones, y que aparte de la
Constitución -obra laboriosísima expidió treinta y dos leyes, casi
todas ellas de interés general. Digno es también de notarse que
acabando de salir de una larga y cruentísima guerra, en la que
tantos ciudadanos sacrificaron la vida en servicio de la
revolución, y en la que muchos de los sobrevivientes ejecutaron
acciones distinguidas de valor, sólo cuatro decretos de pensiones y
recompensas expidió la Convención. Después se dictaron otros por
los siguientes Congresos, pero nunca se llegó a la prodigalidad que
se ha visto en estos últimos tiempos. Ya se ve: el mercantilismo
político, que la
Regeneración ha bautizado con el nombre de
apaciguamiento, bien que conocido y practicado desde tiempo
inmemorial en casos particulares, nunca, hasta el año
de
gracia de
1886, se había visto elevado a la categoría de
sistema político, proclamado sin escrúpulo e 1mPla nado sin rubor a
la faz de la Nación.
Pero adviértase que si he señalado el año de 86, no es porque en
él hubiera tenido origen el
apaciguamiento, sino porque fue
entonces cuando recibió el más vigoroso impulso, so pretexto de la
revolución recién debelada, y con ocasión' de haber principiado la
emisión de papel moneda, que tan admirablemente se presta para dar
amplio y sobrepticio desarrollo a esa política de corrupción; pues,
por lo demás, bien sabido es que ella fue iniciada desde 1882, como
puede verse en varias publicaciones de la prensa periódica de aquel
año, y en algunos discursos parlamentarios.
De una y otra de esas importantes manifestaciones de la opinión
tomaré para nuestra parte del editorial de
El Relator
-periódico redactado por el ilustre periodista doctor Felipe Pérez-
número 254, y el brillante discurso pronunciado por el eminente
Senador doctor Francisco Eustaquio Alvarez, que fue reproducido,
primero en el
Diario de Cundinamarca, y luego en
El
Relator, de 1° de Marzo de aquel mismo año, y que está
destinado a ocupar también una página de nuestra historia.
Habla el periódico últimamente citado, refiriéndose al Mensaje
presidencial de 1882:
"Otro de los errores del señor Núñez ha sido el de las
grandes y frecuentes
podas dadas al fisco, para mantener
contentos a los hombres y a los partidos, y para hacerse de
servidores ciegos y apasionados. Ese sistema, que indudablemente se
ha conquistado ya un puesto de escándalo en nuestra historia, como
las prodigalidades de los ambiciosos romanos que aspiraban al
supremo poder lo tiene en la suya, si es bueno para el
personalismo, no lo es para un partido que quiere probar que es
mejor que los otros; y sobre no ser bueno, es incompatible con la
pobreza y con la moralidad de una República que, si algo tenía de
respetable, era su pureza y su escrupulosidad en el manejo de los
caudales públicos. El señor Núñez se ha reído de eso, pues no sólo
se ha salido del presupuesto antes de límites sagrados, sino que ha
sacado a este mismo de su habitual estrechez y cifras
reducidas..........."
Hay en el Mensaje una laguna que no puede menos de ser notada, y
es aquella donde debiera darse de las cuentas. El país necesita
saber a cuánto asciende lo que el señor
Núñez ha gastado de los fondos públicos recaudados y a cuánto lo
que ha girado contra el porvenir, que desde luego no será un grano
de anís. El obstinado silencio que él ha guardado respecto de la
inversión de la suma producida por la venta de la renta del
Ferrocarril de Panamá; respecto del monto, siquiera aproximado, de
las emisiones de documentos de crédito publico interior; respecto
del logogrifo fiscal del níquel; respecto de la cuantía del diluvio
de contratos con que ha inundado el Tesoro; respecto de las
donaciones a los Estados, etc,; ese silencio, decimos, no arguye
nada bueno en favor de la regeneración administrativa fundamental
prometida, ni es parte a justificar el sistema de general
apaciguamiento que tanto preconiza el señor Núñez. Ese sistema
habría sido laudable y fecundo, si se le hubiera basado en la
filosofía de la política republicana, y no, solamente, en llenar
los bolsillos de sus adictos. ¿O es que a ello se vió obligado el
señor Núñez por "los
deberes confidenciales qué le
impuso virtualmente
la naturaleza de su elección?"
De él son estéis palabras; y qué graves son esas palabras!
Hé aquí parte del discurso:
Señor Presidente:
No concluiré mi discurso sin decir una palabra sobre un
incidente de este debate.
Cuando el ciudadano Becerra suspendió su discurso, para
descansar un momento, el señor Presidente hizo leer una nota de la
Cámara de Representantes, en la cual se lanza a la faz del Senado
un voto de censura contra mí.
La nota dice:
"Bogotá, 15 de Febrero de 1882
"Señor Secretario del Honorable Senado de
Plenipotenciarios.
"La Cámara de Representantes ha aprobado, en la sesión de
esta fecha, la proposición que en seguida se copia:
"La Cámara de Representantes se ha impuesto con extrañeza
del lenguaje depresivo de la honra nacional, y particularmente del
honor de esta Corporación, empleado ayer en el Senado de
Plenipotenciarios por el ciudadano Senador Alvarez, con motivo de
la discusión que ha tenido lugar sobre una proposición que aprueba
la conducta del ciudadano Presidente de la República, y, en
consecuencia, resuelve: hágase saber a aquel respetable Cuerpo que
tal lenguaje lo considera la Cámara de Representantes, no solamente
contrario al buen sistema parlamentario, que debe ser respetuoso,
moderado y culto, sino que falta a los miramientos de
circunspección y acatamiento con que deben tratarse las dos ramas
del Poder Legislativo.
"Lo que cumplo con el deber de transcribir a usted,
para que se sirva ponerlo en conocimiento de esa honorable
Corporación.
"Soy de usted atento servidor.
"CARLOS COTES"
Al oír ese documento, determiné presentar al Senado, al punto
que sea despachado lo que está pendiente, esta proposición:
"El Senado resuelve: en la publicación que se haga del
voto de aplauso al Presidente de la República dado por el Senado,
se publicará a continuación la nota de la Cámara de Representantes
en la cual se censura la conducta y el lenguaje que el Senador
Alvarez ha usado en el debate del voto de aplauso".
Esto es algo más que una proposición: es una súplica que dirijo
a mis honorables colegas del Senado, aunque ningún derecho me
asiste para ello, a fin de que dicten la disposición que pido.
Voy de una vez a explicarme:
En una de las sesiones del año antepasado se acercó a mí un
Senador, tomó asiento en un sillón inmediato, y me dijo estas
razones: "Doctor Alvarez, deseamos proponer los que en
este papel está escrito, y queremos ver si usted lo acepta, o por
lo menos si lo deja pasar sin tomar la palabra en el
debate". Leí el papel: era un artículo para una ley de
créditos adicionales a la vigencia económica corriente, el cual
decía, poco más o menos, así: "Para dar a cada uno de los
Senadores y Representantes actuales
tal suma -además de sus
asignaciones legales- para gastos de
regeneración... (digo,
de representación), cincuenta mil pesos".
Recordé el artículo de la Constitución de la República que leerá
el señor Secretario.
Artículo 86 de la Constitución:
"Los sueldos del Presidente de la Unión, de
los
Senadores y Representantes, del Procurador general de la Nación
y de los Magistrados de la Corte Suprema federal
no podrán
aumentarse ni disminuírse durante el período para el cual hayan
sido electos los que desempeñen dichos destinos en la época en que
se haga el aumento o la disminución".
Semejante partida propuesta, era la
regeneración
administrativa fundamental en su apogeo; era el
apaciguamiento del Congreso por el Congreso mismo. Era el
Congreso nacional convirtiéndose descaradamente en alguno más que
en salteador del Tesoro Público. Porque el bandido que esta noche
vaya a escalar el edificio, romper las cajas de la Tesorería, y
extraer de allí los caudales que existan, ejecuta un hecho menos
inmoral, menos vergonzoso, menos reprobable, menos pernicioso a la
sociedad, que el que se proponía en ese artículo.
Volví a mirar a mi hombre -quien, aunque, como se ve, de un
valor a toda prueba, me pareció un algo turbado y le dije:
"Si usted propone esto, me descargaré con toda la
violencia de mi alma contra semejante pensamiento: llevaré las
cosas al último extremo, cualesquiera que sean las
consecuencias". Retiróse el señor Senador, y pasó como un
mes sin que apareciera tal proposición; pero en todo ese tiempo no
abandoné durante las sesiones, ni por un instante, el recinto del
Senado. Al fin leyó el señor Secretario el artículo del crédito
adicional dicho. Presto y diligente como siempre, pedí la palabra y
me expresé en tales términos, que el proponente, ofendido, me daba
después constantemente en rostro con mis palabras; pero los votos,
como sucede siempre en casos de esta especie, estaban reclutados, y
el artículo se aprobó, con escasa mayoría. Levantóse la sesión, y
yo dije de modo que se me oyera: "No me queda más que
hacer ni desear sino que al siguiente debate de este asunto he de
conducirme de tal modo que los señores Senadores Que voten en favor
de este crédito se han de ver en la necesidad de pegarme. Yo veré a
cuántos podré llevarme por delante; pero ellos han de tener que
pegarme; y yo haré constar en el acta que el crédito pasó, pero que
me pegaron; porque no tengo otro medio de hacer conocer de una
manera suficientemente ruidosa a la Nación, y sobre todo a mis
comitentes, cómo me he conducido yo delante de esta
infamia".
No puedo saber con certeza si mi discurso o estas últimas
palabras hicieron alguna impresión en los aprobadores: presumo que
sí, puesto que deseaban que yo no hablara. El hecho es que
aprovecharon el momento en que una diligencia indeclinable me hizo
salir de la sala por unos minutos, cuando el proyecto no estaba al
orden del día, y propusieron los mismo aprobadores la
reconsideración del crédito y lo negaron. Al entrar yo otra vez, se
me dio la noticia de lo sucedido.
Desde el momento en que se leyó el proyecto de voto de aplauso
al doctor Rafael Núñez por la conducta que ha observado como
Presidente de la República, estuve torturado por la idea de buscar
un medio eficaz de proceder como lo hice en el caso de los gastos
de representación; cuando los cuarenta y un señores de la Cámara de
Representantes han venido, con su voto contra mí, a ofrecerme el
medio: sinceramente lo agradezco.
Ahora que están en el recinto algunos de los cuarenta y un
Representante que me han honrado con su improbación, permitidme,
señor Presidente, dirigirles la palabra.
¡Jóvenes de la Cámara de Representantes! Os habéis creído con
autoridad para censurarme! Pues oíd a este viejo que, no con la
autoridad de sus canas, no con la autoridad de su ejemplo, sino con
la autoridad de la razón, os dirige la palabra. Os habéis atrevido
a censurarme; y sin embargo ¿no os sentís cada uno de vosotros
destituido de toda competencia intelectual y moral para erigiros en
mis jueves? Pero me diréis que sois cuarenta y uno. Y yo os
pregunto: ¿De cuándo acá el error ha adquirido el privilegio de
convertirse en verdad sumándose? ¿Cuándo es que la inmoralidad ha
adquirido el derecho de convertirse en virtud por el número?
Habéis violado las instituciones de la República; y entended que
yo llamo instituciones de la República aquellos principios que
convertidos en reglas desde los primeros días de 1-9 patria por los
fundadores de ésta, han venido conservándose en nuestras
Constituciones, al través de todas nuestras revueltas, y han venido
a ser así el derecho público fundamental de la Nación. Pero ¿qué os
importan a vosotros estos cánones sagrados? Oid.
Artículo 45 de la Constitución:
"Los Senadores y Representantes son irresponsables por
los votos y las opiniones que emitan. Ninguna autoridad puede, en
ningún tiempo, hacerles
cargo alguno por dichos votos y
opiniones,
con ningún motivo ni pretexto".
Habéis cometido un delito definido y castigado en el artículo
126 del Código Penal, al pretender, sin conseguirlo, imponer una
sanción a mi palabra inmune.
Artículo 126 del Código Penal:
"E1 funcionario o empleado público que en calidad de
tal y en cualquier tiempo pretenda hacer responsable a un Senador o
Representante por los discursos que haya pronunciado u opiniones
que haya manifestado en las Cámaras legislativas, sufrirá la pena
de privación del empleo y pagará una multa de veinte a doscientos
pesos, sin perjuicio de mayor pena si incurriere en caso que la
tenga señalada".
Verdad es que vosotros no sabéis, y aquellos de vosotros a
quienes lo enseñé no pudieron comprenderlo, que la sanción tutelar
de la sociedad, para el hombre honrado, no está en un
establecimiento de castigo, sino en el conocimiento de las leyes
eternas e inmutables de la moral, y en las razones fundamentales en
que esas leyes se apoyan para ser obedecidas; razones mil veces más
poderosas, para el que las conoce, que todas las amenazas de la ley
positiva que consagra aquella ley moral. Me diréis, en
consecuencia, que no hay poder en la República que pueda imponeros
esas penas. Pero yo os pregunto una vez más: ¿qué es lo que infama,
la pena, o el delito?...
Os habéis dejado extraviar por tránsfugas a quienes os entregáis
cegados por el interés; y ¿sabéis cómo se juzga en el mundo a los
tránsfugas? Oid la ley de vuestra patria; Oíd la ley de todo el
mundo civilizado, escrita en el Código del honor, que es el Código
Militar.
Artículo 1128 del Código Militar:
"LOS TRANSFUGAS en política son siempre odioso o
despreciables, porque abandonan sus antiguos partidos con
facilidad, y prueban que no tiene convicciones mi fe en causa
alguna".
Os conducen como humilde rebaño -con la ley que el doctor
Ricardo de la Parra llamó del
carnerismo humano- hombres de
quienes puede decirse con justicia lo que se dijo de Mirabeau: que
tiene más viruelas en el alma que en el rostro...
Como ya os vais avezando a disponer de las sociedades oponiendo
votos estúpidos a la razón, vosotros, venidos en gran parte a
sentaros en las curules de los legisladores contítulos que todos
conocemos, os creéis en capacidad de condenar a un Senador reelecto
por la opinión de un pueblo honrado, que con sólo ser digno supo
hacer respetar su voluntad, haciéndola triunfar de las aviesas
intrigas y de las amenazas de dos Gobiernos. Levantad la balanza de
la justicia; porque es preciso comprendáis que en el orden moral
los votos no se cuentan, sino que se pesan. Colocad en un plato
vuestro cuarenta y un voto, y ahora yo voy a poner del otro lado un
voto, un solo voto, de los mil que he recibido aprobando mi
conducta. Al salir de aquí, vi de repente en la calle descubrirse
con el más profundo respeto, delante de mí, una cabeza blanca. Era
la venerable cabeza del señor doctor Jorge Vargas. "Lo
felicito", me dijo. -"Cómo, señor
doctor!" le respondí: "¿es cierto que lo que
estoy haciendo yo, no es la obra de un malcriado que está
humillando la República?" -"Usted", me
dijo, "está sirviendo leal y heróicamente a esta patria
feliz; y yo no tengo otro medio de expresarle mi gratitud que con
mi felicitación y mi abrazo".
Sois, señores Representantes, cuarenta y uno; multiplicaos por
cuarenta y uno; poned ese producto más en vuestro plato, y decid,
si os atrevéis, si podrías así levantar la balanza del lado de ese
voto respetable.
Censuráis mi lenguaje, y yo voy a decir a la sociedad cuál es el
lenguaje que aplaudís, y prohijáis porque es lenguaje de vuestras
almas.
En el año de 1879 se presentó a la Asamblea legislativa de
Cundinamarca un proyecto, que fue ley, para remover todo el Poder
Judicial del Estado y entregarlo a la compañía de Raimundo Russi,
perfeccionada y aumentada; lo cual no consiguieron del todo por mis
esfuerzos. Yo luché, como era de mi deber, contra tal atentado; y
advierto que ya hacía cuatro años me había yo retirado
definitivamente del foro. Un diputado se dirigió a mí y me dijo
estas palabras: "Doctor Alvarez, yo creo que esto es malo,
que no debe hacerse; pero voto por ellos, porque me
conviene"; y efectivamente tenía un grande e inicuo
interés en eso. Ese es uno de vuestros directores, de vuestros
modelos.
Otro diputado se levantó a replicarme, y pronuncio este preciso
discurso: "Señores, hablemos con franqueza. Lo que hay es
esto: ya los radicales
mamaron; ahora vamos a
mamar
nosotros". Hé ahí vuestro lenguaje! el que prohijáis y
queréis honrar con vuestros votos; pues al que así ha hablado como
miembro de un Cuerpo legislativo, a ese lo habéis elegido vosotros
mismos para que pueda ir a ocupar la segunda magistratura de la
Nación. ¡Qué bien están vuestros votos para censurarme! ¿Pensáis
acaso que en mí pudiera efectuarse tal cataclismo, que descendiera
a desear, pero ni aun a tolerar, vuestra aprobación?
Si yo tuviera necesidad de defenderme de vuestra censura ante la
opinión o ante la historia, no tendría que hacer otra cosa sino
presentarles, para que avaluaran vuestros votos, el criterio mismo
con que los ha avaluado el hombre a quien aduláis. Oid cómo os ha
juzgado, y cómo enseña a juzgaros, con todas justicia, el hombre
que tan mal parados os tiene ante la conciencia honrada de la
sociedad:
"Digan los que militan o han militado en las filas de
los Partidos (dice el doctor Núñez con La Luz número 92);
los
que conocen su historia íntima secreto por secreto, y
los antecedentes de los paladines, amigos o contendores, si no
es verdad que
en muchos casos, en muchísimos, en innumerables
casos al ardor de la lucha tiene como origen secundario la
convicción, y
como foco principal la mira interesada. Que
eliminen de las agitaciones públicas
a los que defienden en ella
la subsistencia propia, y ¿cuántos les quedan?". Ya
veis que el que conoce vuestra historia íntima secreto Por secreto,
y vuestros antecedentes, dice con toda la autoridad de la
experiencia, y del hastío de vuestro incienso, que hay que hacer
una resta espantosa al avaluar vuestros votos; que sois muchos,
muchísimos, innumerables, los que obráis, no por convicción, sino
por mira interesada; los que sólo defendéis la subsistencia propia.
Lo que puede, eso es lo que vale. ¿Pensáis que hay posibilidad
humana de sustraeros de los muchos, o de los muchísimos, o de los
innumerables, del afrentoso sustraendo del doctor Núñez?
Yo he usado y he abusado de la palabra... oidlo bien: ¡he
abusado de la palabra!... pero lo he hecho para desteñir, hasta
donde puedo, la marca de la afrenta que habéis estampado en el
rostro de la patria. Lamentáis el que las instituciones más
venerables de la República, -las que vienen atravesando el tiempo,
siempre de pie, en todas nuestras Constituciones, hayan no sólo
ordenado la tolerancia en este caso, sino que la hayan hecho
inmune. ¿Podéis comprender la razón de esto? Voy a enseñárosla, por
que puedo hacerlo. Cuando nuestros mayores escribían las
instituciones a las cuales encomendaban nuestra suerte, penetraron
con la mirada del alma en las sombras del porvenir; hubieron de ser
asaltados por los temores que inspira la flaqueza humana, y
temblaron por su obra. Como Jesucristo en el huerto de los Olivos,
debieron de sudar sangre: os vieron a vosotros al través del tiempo
y del espacio, y comprendieron que había de llegar un momento,
nefario para la patria, en que un abuso como el mío había de venir
a ser no sólo un derecho sino un gran deber de un buen
ciudadano.
Os ha seducido la inmoralidad triunfante. Creéis que a los pies
de ella habéis encontrado el lugar donde podéis acomodaros para
explotar a mansalva un pueblo desgraciado. Pero, obcecados, no
sabéis que esta sociedad sufre, pero no sufre siempre; inexpertos,
"no conocéis la tierra que pisáis ni las tempestades que
en su cielo se forman".
¿Sabéis por qué abuso de la palabra? Porque yo considero como
una humillación para el hombre honrado el hablar de la inmoralidad
y el delito haciéndoles reverencias. No les reconozco el derecho de
llamarme a urbanidad para abroquelarse con ella y pretender así la
impunidad. Verdad es que hay una urbanidad cobarde y mercenaria,
que hace genuflexiones ante la maldad cuando está triunfante, y se
llama riqueza, se llama poder; pero yo pisoteo esa urbanidad' y
abofeteo sin piedad la corrupción dondequiera que se me presente.
¿Sabéis por qué no tengo esa piedad? Porque a mi vez no la
necesito. Si mi patria me concediera señalar mi puesto entre sus
servidores, yo querría ser la Némesis implacable de los tiempos
antiguos, para barrer del haz del suelo de la patria todo lo que la
deshonra, todo lo que la humilla y envenena su porvenir.
¿Sabéis lo que habéis hecho en los primeros pasos de vuestra
vida? Habéis prostituído el más alto Cuerpo de la Nación,
convirtiendo en turiferario del poder a la Cámara llamada por la
Constitución a fiscalizarlo. Habéis deshonrado el nombre de la
juventud colombiana... Entre la charca de lodo corrompido y
nauseabundo que se orea a los pies del doctor Rafael Núñez, en la
cual se arrastran no ya vuestras rodillas sino vuestras frentes, no
se encuentra el camino que con huellas inmortales dejó trazado la
juventud colombiana cuando ésta se llamaba Luis Vargas Tejada,
Pedro Celestino Azuero, Mariano Ospina, Ezequiel Rojas, José María
Córdoba!
Jueces incompetentes! habéis dado vuesta sentencia. Ahí tenéis
la mía, pronunciada con un derecho que en vano pretenderáis
desconocer. Apelad ahora al fallo de la Nación. Pero advertid que
la Nación no son los empleados; no son los contratistas
fraudulentos; no son los contrabandistas; no son los héroes de
Bucaramanga; no son los señores de este nuevo feudalismo,
apuntalados con las bayonetas de la Nación para asegurarles la
impunidad de sus abusos en cambio de una complicidad estipulada. La
Nación la forman los hombres que trabajan y producen; los que
tienen que perder; los que trabajan y pagan para que vivan los que
están dedicados al oficio de explotadores del poder.
Y vosotros, ciudadanos Senadores, a quienes se pide un voto de
aplauso para un gobernante cuya historia es una mancha para la
República, votad! Pero ved bien el lugar en que vais a colocaros.
Cuando Nerón mandó abrir el vientre de su madre, el Senado le envió
voto de aplauso, y le confirió el título de "Salvador de
la patria"...
Fuera del saludo de cortesía y del trato puramente ocasional, no
mediaron entre el General Mosquera y los diputados del Interior,
durante las sesiones de la Convención, relaciones personales. No
habiéndose cuidado el General de enviar a los convencionales, a su
llegada a Rionegro, una tarjeta de visita, éstos se abstuvieron de
presentarse en casa de aquél, salvo uno que otro antiguo
relacionado suyo.
La víspera de mi partida de Rionegro, salí a la calle con un
objeto cualquiera, y al pasar por frente a la casa del General
Mosquera se presentó éste casualmente en su balcón. No había yo
vuelto a verle desde que se encargó nuevamente de la Presidencia, y
lo primero que noté fue que había cambiado él vestido sencillo que
llevó en tiempo de la Convención (levita negra, pantalón sin
franja, y sombrero de paja del país, adornado con un listón verde,
a semejanza de la que usaba el Mariscal Castilla, según se lo oí
decir al señor Aureliano González): había cambiado, digo, el traje
de hombre civil por el de uniforme militar. Como al corresponder al
respetuoso saludo que le dirigí, hubiese dejado conocer su deseo de
cambiar conmigo algunas palabras, me detuve al punto, y después de
un corto diálogo me despedí anunciándole que volvería luego a
recibir sus órdenes, cosa en que, a la verdad, no había pensarlo
hasta ese momento.
Acompañado del doctor Narciso Cadena me presenté por la noche en
casa del Presidente, a tiempo en que salía de ella el doctor
Ancízar. Cabalmente -me dijo el General, antes de que hubiésemos
tomado asiento,- conversaba ahora mismo con Ancízar sobre la
conveniencia de destinar parte del millón de pesos que la
Convención ha votado para el camino de la Buenaventura, al
mejoramiento de alguna de las vías de Santander al río Magdalena.
Todo indica, añadió, que la guerra de secesión en que se halla
envuelta la Unión americana se prolongará por uno o dos años; y
como el triunfo de los federalistas parece indudable, la libertad
de los esclavos no tardará en venir, y con ella la decadencia del
algodón en aquel país. Santander es un Estado algodonero, y puede
aprovechar tan feliz ocasión para impulsar esa industria.
La ley había aplicado ese millón de pesos "única y
exclusivamente" a la construcción del camino de ruedas de
la Buenaventura, y sólo en el caso de que
hubiese sobrantes
podía el Ejecutivo fomentar con ellos otras obras materiales,
determinadas en la misma ley, entre las cuales ocupaba el primer
lugar el dique de Cartagena. Yo recibí, pués, aquella manifestación
como una galantería del Presidente, y me abstuve de adelantar, por
mi parte, la conversación sobre el particular.
Luego pasó a hablar del nombramiento de Enviado Extraordinario a
Venezuela, que la Convención había hecho en el General José Hilario
López, manifestando que conforme a alguna vieja o rezagada
disposición legal, no estaba el Presidente obligado a dar curso a
esa misión. Y al decir esto se levantó de su asiento para traer a
la vista el Código en que se hallaba, según él, la aludida
disposición. A esto sí me permití observarle que la ley de la
Convención por su reciente fecha, era preferente a cualquiera de
las anteriores. y poco después me despedí.
Sabido era en todo el país, especialmente por los hombres de
negocios, que desde la ocupación de la ciudad de Nueva Orleans por
fuerzas federalistas en 1862, ocupación a que siguió el bloqueo de
todas las costas de la Unión americana, la exportación del algodón
de los Estados Unidos había disminuído considerablemente, y el
precio de este artículo habrá venido subiendo en los mercados de
Europa.
Ocasión era ésta de enviar muestras de algodón a esos mercados,
y yo anhelaba por volver a Vélez a emprender tal negocio. Por ello
desde mi llegada a esa ciudad puse manos a la obra, comprando
algodón en los distritos de Suaita, San Benito, Santa Ana y Güepsa,
y procedí a conseguir y montar una máquina de desmontar, movida por
fuerza animal, y la prensa para el empaque.
El mejor algodón se compraba entonces de $ 3- 20 a $ 3 - 60 el
quintal con semilla, que da un limpio de 36 a 38 libras.
En Mánchester se vendía de 16 a 18 peniques la libra, y a fines
de 1864 o principios de 65 se colocó hasta 22 peniques, precio de
que no pude aprovecharme por una injustificable precipitación de
mis consignatarios.
Para andar más aprisa en la operación, prescindí de la difícil
vía del Carare e hice la exportación por la de Honda. Si hubiese
podido comprar en los años de 63 y 64 la cantidad de algodón
suficiente para obtener dos o tres mil pacas en limpio, habría
hecho una ganancia muy considerable; Pero sucedió que a pesar de
haber acopiado una cantidad equivalente al cuarenta por ciento al
menos de la totalidad del producto en esos distritos, sólo alcancé
a exportar algo más de quinientas pacas de a cinco arrobas cada
una. Tan restringida así es nuestra industria en cualquiera de sus
ramos.
Sin embargo, al negocio del algodón debí en 1863 y 64 como había
debido al de la quina en 55 y 56, la reparación de mi escasa
fortuna, perdida en las revoluciones anteriores. El primero de esos
negocios me abrió además el camino para la fundación de una casa
comercial, y me permitió pensar seriamente en la realización de uno
de los más ardientes y constantes deseos de mi vida, el de visitar
a Europa y los Estados Unidos.
Y ya que incidentalmente he venido a hablar de nuestra
agricultura, haré notar con relación a ella dos hechos comparativos
de tiempo y de lugares, hechos para cuya observación no se necesita
haber alcanzado a conocer biznietos.
Por los años de 44 y 45 el precio del algodón en los mercados de
Suaita y San Benito no excedía de cinco a seis reales por arroba;
pero el producto de esta planta en las vegas de La Ropera y del
Suárez ascendía, por término medio, o por fanegada de sembradura, a
60 o 70 arrobas. En estas mismas tierras ese término medio no pasa
en la actualidad de 25 arribas!
Los distritos del Socorro, Guapotá, Chima y Simacota producían
por esa misma época azúcar en tan considerable cantidad, que con
ella se abastecían todas las poblaciones comprendidas entre Cúcuta
y Bogotá; y el precio de este artículo en la plaza del Socorro
oscilaba entre cuatro y seis reales la arroba.
Pues bien, las tierras en que se daba entonces la caña de azúcar
con la exuberancia necesaria para que, vendido el producto a tan
bajo precio, fuera negocio remunerativo el del cultivo de esa
planta, esas tierras han sido convertidas en dehesas de mala
calidad.
No hay para que traer a cuento la diferencia del precio de los
jornales, que no explicaría por sí solo la de los precios de aquel
artículo, y que es factor de orden distinto al de que ahora se
trata.
Si siguen desmejorando, como es muy probable, los terrenos
destinados al cultivo de la extensa zona comprendida entre el
Suárez y el Chicamocha, a vuelta de cincuenta o sesenta años las
partes altas estarán convertidas en eriales, y las bajas no
alcanzarán a producir tal vez los frutos necesarios para alimentar
una población como la actual.
Cuáles sean las causas del rápido empobrecimiento de esas
tierras, no es punto difícil de determinar. El declive del suelo,
la sequedad producida por la tala de los bosques, y la falta de
abonos artificiales que vuelvan a la tierra parte de la fertilidad
consumida en cada una de las cosechas, son seguramente las
principales; y si bien la última de ellas no es irremediable, habrá
de trascurrir mucho tiempo antes de que se conozca y se defunda el
modo de producir y de emplear tales abonos. Sólo queda, pues, por
ahora al menos, a los inteligentes, frugales y laboriosos hijos de
esa comarca un recurso contra la indigencia que la amenaza: el de
abrirse paso franco a las regiones bañadas por el Opón y por el
Carare, al través del enhiesto y fragoso ramal de la cordillera que
los separa de la hoya del Magdalena.
"El señor Plenipotenciario de Cundinamarca dijo que el
proyecto que había presentado estaba en el fondo perfectamente de
acuerdo con el de los señores Plenipotenciarios de Boyacá y Tolima,
y que no comprendía de qué manera se atacaba en él la soberanía de
los Estados; que el hecho de dejar a la Convención en libertad de
reformar el Pacto y expedir la Constitución no podía considerarse
como un atentado contra las prerrogativas de los Estados, puesto
que se trataba simplemente de quitar las trabas que embarazaban el
ejercicio del poder constituyente; que la Convención tenía el deber
moral de respetar los derechos de los Estados, y que era seguro que
lo cumpliría, una vez que sus miembros eran federalistas decididos;
que él declaraba que si la Convención pretendiera cercenar la
soberanía de los Estados, se retiraría de su seno para no faltar a
los deberes que le impusiera el Estado que lo eligió y a las
instrucciones de su Legislatura; pero que, para evitar ese peligro,
no convenía en que se le pusiesen a la Convención cortapisas que el
Congreso no tenía facultad de establecer.
"El Plenipotenciario de Bolívar propuso que se tomara
en consideración su proyecto.
"El Plenipotenciario de Boyacá dijo que no aceptaba el
proyecto del señor Plenipotenciario de Bolívar, porque le quitaba a
la Convención la facultad de reformar el Pacto antes de expedir la
Constitución, cuando podía ser urgente una reforma parcial; que su
opinión definitiva era la de que se dejase a la Convención en
libertad de disponer del Pacto como lo creyera conveniente.
"El Plenipotenciario del Tolima sostuvo su proyecto y
expresó opiniones semejantes a las del Plenipotenciario de
Boyacá.
"E1 Plenipotenciario del Cauca propuso como
contraproyecto al del Plenipotenciario de Bolívar el proyecto
presentado por los Plenipotenciarios de Cundinamarca y Santander, y
el artículo 1° fue aceptado unánimemente.
"Respecto del artículo 2°, el Plenipotenciario del
Cauca manifestó que lo aceptaba porque contenía el pensamiento de
que el Pacto no pudiese ser derogado sino por medio de la
Constitución que se expidiera.
"El Plenipotenciario de Santander excitó al
Plenipotenciario de Cundinamarca para que se sirviera explicar el
sentido que había querido darle al artículo 2° de su proyecto.
" El Plenipotenciario de Cundinamarca dijo que el
proyecto que había presentado constaba de dos artículos; que por el
1° se derogaba el artículo 45 del Pacto, es decir, que se quitaba
el impedimento que existía para que la Convención nacional pudiera
reformar o derogar el Pacto como y cuando quisiera; que el artículo
2° era explicatorio del 1° y decía que los demás puntos del Pacto
eran materia de Constitución, que la Convención podía adoptar o no
adoptar al expedir aquel acto, sin que por esto se entendiese que
quedaban restringidas sus facultades para derogar el Pacto el día
que lo tuviese a bien; que a su modo de ver el artículo estaba
claro; pero desde el momento que su espíritu se interpretaba de un
modo distinto del que había querido darle, votaba contra él.
"El artículo 2°- del contraproyecto fue aceptado por
los Plenipotenciarios de Antioquia, Bolívar y Cauca, y rechazado
por los de Boyacá, Cundinamarca, Magdalena, Panamá, Santander y
Tolima.
"El Plenipotenciario del Cauca dijo que observaba que
se le quería dar la ley, y que eso no lo permitiría; que él había
venido haciendo concesiones constantemente, que había hecho el
sacrificio de sus opiniones consignadas en documentos públicos,
para evitar hasta donde fuera posible que se alterase la paz, y que
esto no había bastado; que dos de los señores Plenipotenciarios
presentaban un proyecto, y apenas lo aceptaba él le negaban su
voto; que en esto no podía haber otra intención que la de darle la
ley; pero que él declaraba que si la autonomía de los Estados no
quedaba a salvo por el convenio que se celebrase, se retiraría del
Congreso, y si era preciso retiraría el Cauca de los Estados
Unidos, cualesquiera que fuesen las consecuencias que
sobreviniesen. "El Plenipotenciario de Santander replicó
que él no había tenido conocimiento del proyecto del señor
Plenipotenciario de Cundinamarca antes de leerse en el Congreso, y
que si lo aceptó al principio fue porque comprendió el sentido del
artículo 2° de la misma manera que lo había explicado su autor; y
que era natural que él hubiera votado en contra del artículo desde
el momento que se tergiversaba su verdadera significación, para no
dar lugar a cuestiones posteriores. Agregó que extrañaba que el
señor Plenipotenciario del Cauca hiciera un casus
belli de
la no adopción del artículo 2° cuando él mismo no había presentado
en su proyecto una opinión semejante; que, por otra parte, no
comprendía cómo quedara a cubierto la soberanía de los Estados
estipulando en el convenio que el Pacto no podría ser reformado
sino al sancionarse la Constitución federal; puesto que la manera
como el Pacto podía abrogarse, no implicaba la obligación de
reconocer dicha soberanía.
"El Plenipotenciario de Bolívar dijo que el objeto del
artículo 2°- del proyecto que había presentado era el de impedir
que el Pacto pudiese ser reformado como una simple ley votada por
mayoría absoluta, como lo había estado haciendo la Convención; que
una Constitución -y el Pacto lo era- no podía ser reformada sino
por otra Constitución sancionada con las formalidades que se
requieren en un sistema federativo; que, al efecto, pensaba
presentar a la Convención un proyecto de ley determinando que las
votaciones de la Constitución se hiciesen por Estados, pues las
mayorías absolutas no podían admitirse sino bajo un régimen
central.
"Los Plenipotenciarios del Magdalena y Panamá
expusieron las razones de su voto negativo al artículo 2°- del
proyecto del Plenipotenciario de Cundinamarca, y sostuvieron los
que ellos habían presentado.
"La conferencia se suspendió por media hora, y durante
ese tiempo los Plenipotenciarios conferenciaron privadamente.
"Habiendo continuado la conferencia, el Plenipotenciario
de Santander propuso que se considerase el proyecto del
Plenipotenciario del Cauca en estos términos:
"Al llegar el debate a este punto, el Plenipotenciario
del Cauca, que ya no podía abrigar duda alguna sobre el resultado
final de la votación, se dejó llevar de la impetuosidad de su
carácter, y abandonando bruscamente el asiento que ocupaba, no sin
proferir vagas protestas, se retiró del salón seguido de algunos de
su colegas. Bien se comprende cuán grande fue la sorpresa causada
por tan inesperado arranque. Para llegar a la escalera de entrada
era preciso atravesar una antesala comunicada con un balcón que
daba a la plaza. Al ver que el General Mosquera, en vez de
encaminarse a la escalera, se dirigía al balcón, comprendí que
había reflexionado y que era el momento oportuno de hacerle una
insinuación, que en otras circunstancias podía haber sido recibida
como una impertinencia. Le propuse, pues, que me franqueara su
proyecto para introducirle una modificación, a lo cual accedió
gustoso.
"El proyecto del Plenipotenciario del Cauca no difería
sustancialmente de ninguno de los otros presentados por los
miembros de la mayoría del Congreso, sino en este punto. Decía el
primero: .............derogamos el artículo 45 del Pacto de
Unión........... para que la Convención acuerde y sancione la
Constitución nacional, y
ratifique en ella las bases de
unión, liga, etc.; y decían los otros proyectos, o cualquiera
de ellos, el del Plenipotenciario de Cundinamarca, por ejemplo:
.......derogamos el artículo 45 del Pacto de Unión, para que
la convención acuerde y sancione la Constitución nacional
y
establezca en ellas las bases de unión, liga, etc.. La
diferencia estaba, pues, en las palabras
ratificar y
establecer.
"Por la primera de ellas se imponía a la Convención el
deber de aceptar textualmente ciertos artículos del Pacto de Unión,
y por la segunda se le reconocía el derecho de dictar libremente la
Constitución. Al sustituir una por otra esas dos palabras, poniendo
establecer en vez de
ratificar,' quedaba allanada la
dificultad. Pues bien, esa al parecer simple sustitución, fue la
que me atreví a proponerle al Plenipotenciario del Cauca,
manifestándole que si la aceptaba yo propondría al Congreso la
reconsideración de su proyecto. Así sucedió, y el conflicto se
conjuró por ese medio, tanto más satisfactorio cuanto menos
esperado".
El acta termina así:
"La conferencia se suspendió por media hora, y
durante ese tiempo los Plenipotenciarios conferenciaron
privadamente.
"Habiendo continuado la conferencia, el
Plenipotenciario de Santander propuso que se considerase el
proyecto del Plenipotenciario del Cauca, modificado en estos
términos:
"Artículo único. De acuerdo con el decreto de
convocatoria del día 13 de Febrero de 1863, dado por la Convención
nacional, derogamos el artículo 45 del Pacto de Unión de 20 de
Septiembre de 1861, para que la Convención nacional que representa
no solamente la soberanía y autonomía de los Estados, sino también
la soberanía nacional, acuerde y sancione la Constitución nacional,
y establezca en ella las bases de unión, liga y confederación
perpetua de los Estados Unidos de Colombia.
"Este proyecto fue aceptado unánimemente por los
Plenipotenciarios.
"De la misma manera se aceptaron con ligeras
modificaciones el preámbulo y el final del proyecto del
Plenipotenciario del Cauca.
"Los Plenipotenciarios acordaron que se extendiesen
diez ejemplares del convenio, y encargaron al Plenipotenciario del
Tolima que pusiese uno en manos del Presidente de la Convención
nacional.
"Con lo cual se declararon terminadas las conferencias
del Congreso de Plenipotenciarios.
"El Redactor de las actas del Congreso,
"FELIPE ZAPATA".
Por la noche, al presentarme en el salón de las sesiones de la
Convocación, se dirigió a mí el General Mosquera y me estrechó la
mano.
Ahora, para cerrar la historia del segundo de nuestros Congresos
de Plenipotenciarios, me permitiré referir un incidente que tiene
más de personal que de político.
La víspera del día en que el diputado Ancízar presentó a la
Convención su proyecto de ley "sobre convocación de un
Congreso de Plenipotenciarios", se dirigió a casa de la
Diputación de Santander, en la que habitaban también los señores
Rafael Núñez y Salvador Camacho Roldán, diputados por Bolívar y
Cundinamarca, respectivamente. Habiéndonos encontrado allí a todos,
empezó el señor Ancízar por leer el mencionado proyecto; hizo luego
acerca de él las explicaciones que creyó convenientes, y terminó
manifestando el deseo de conocer la opinión de los diputados
presentes sobre la conveniencia de tal proyecto, opinión que casi
en su totalidad resultó ser adversa.
Yo había guardado silencio durante la conferencia; pero al
despedirse de mí el señor Ancízar, le manifesté con la debida
moderación que contara con mi voto para su proyecto. No bien había
salido el señor Ancízar cuando me rodearon tres de mis compañeros
para impugnar la opinión que yo había emitido, sobresaliendo entre
ellos por la facilidad de su palabra y la intensidad de sus
convicciones el doctor Camacho Roldán.
A pesar de lo desventajoso de mi posición, por tener que luchar
yo solo contra tres poderosos adversarios, hacía lo posible por
defender mi opinión, a tiempo que Estanislao Silva, retirado en un
rincón del corredor, se reía de nuestra disputa.
Serenados los ánimos, como habría dicho el mismo
Estanislao, nos dirigimos al comedor.
Entretanto Felipe Zapata, a quien contrariaba la circunstancia
de que por primera vez estuviéramos él y yo en desacuerdo, meditaba
el punto de nuestra divergencia, y apenas terminada la comida se
dirigió a mí para hacerme un nuevo argumento. -¿Sabe usted lo que
hay, Felipe? -le contesté con afectada pedantería- pues que usted y
todos sus compañeros van a votar por el proyecto del señor
Ancízar.
Y así sucedió en efecto, pero eran de oírse las fingidas
manifestaciones de disgusto hechas por Felipe, a tiempo de votar en
el sentido en que yo le había anunciado que lo haría.
La verdad es que yo comprendí desde el primer momento que, por
aquel camino, se iría con toda seguridad al objeto apetecido, sin
pugnar abiertamente con el hombre a quien el partido liberal era
deudor de inmensa gratitud.
Espero, por lo demás, que se disimule la puerilidad de estos
recuerdos, en atención a que están asociados al de aquella época de
la vida en que el corazón palpita con ímpetu al calor de la amistad
y el patriotismo, y a que son evocados en una edad en que nada hay
ya por delante que halagar pueda la vanidad o el amor propio.
Al reanudar la interrumpida historia de las sesiones de la
Convención, advertiré previamente para tranquilidad de mis
lectores, que yo no voy a seguir paso a paso el curso,
a veces monótono, de los debates, sino solamente a tomar nota de
las principales materias sobre que versaron; a trasladar de las
actas el resultado de las votaciones nominales, relativas a las
cuestiones más importantes que se ventilaron; a dar noticia de los
informes y demás documentos notables que fueron presentados, y a
recoger uno que otro incidente de aquellos que pueden suplir en
parte la falta de un
Diario de Debates.
Esta labor será tanto más deficiente cuanto las actas de las
sesiones no suministran el debido conocimiento de los pormenores
del debate; de tal suerte que sólo por las votaciones nominales,
que no fueron muy frecuentes, o por el tenor de las proposiciones
que se hicieron, puede conocerse hoy la opinión de algunos de los
Diputados en las distintas cuestiones que se trataron.
Y como tampoco hubo en el lugar en que se reunió la Convención
una prensa oficiosa que recogiese los más importantes detalles de
la discusión, no queda hoy otra fuente de información a este
respecto, que la memoria de los pocos diputados que aún viven; la
cual ha tenido que debilitarse mucho en el transcurso de un tercio
de siglo. En la mesa de la Secretaría hubo un taquígrafo que llevó
durante algún tiempo la palabra de los diputados; más, a pesar de
lo resuelto por la Convención, esos discursos no fueron publicados.
Quede, pues, esta advertencia como legítima excusa por la omisión
del Secretario.
Cuando se discutió en segundo debate el proyecto de ley sobre
honores al General Mosquera, el diputado Mateus propuso y la
Convención negó el título de "Capitán General"
Para ese ilustre ciudadano. Poco antes de la votación -que se
verificó secretamente conforme al reglamento- el diputado Otálora
pidió la lectura del decreto del Gobierno provisional, de 18 de
Abril de 1862, "declarando que no hay premios ni honores
por servicios prestados en la presente guerra civil". Pero
lo que más influyó en el ánimo de la mayoría Para negar esa
proposición, fue la circunstancia de que el expresado título es el
mismo que llevaron gobernantes españoles de algunas de estas
antiguas colonias, y de quienes se conservan todavía ingratos
recuerdos.
Pocos días después apareció en los Anales de la Convención el
siguiente acto legislativo:
"DECRETO
(DE 18 DE FEBRERO DE 1863)
restableciendo el ejercicio de las garantías individuales. La
Convención Nacional
DECRETA:
Artículo único. Desde la sanción del presente decreto y hasta
que se disponga lo conveniente en la Constitución nacional, gozarán
los colombianos, en toda su amplitud, de los derechos y garantías
individuales a que se refiere la base 41 del artículo 4° del Pacto
de Unión de 20 de Septiembre de 1861.
Dado en Rionegro, a 18 de Febrero de 1863.
El Presidente,
FRANCISCO J. ZALDUA
El Secretario,
Clímaco Gómez.
Publíquese y circúlese.
S. GUTIERREZ".